martes, 8 de junio de 2010

La verdad incómoda


A estas alturas, tantos años después, parece que sigue siendo necesario recordar, a juzgar por el artículo de Javier Cercas el domingo en El País, en el que se hacía eco de una polémica entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina, una verdad incómoda para algunos: el levantamiento golpista de una parte del Ejército español contra el Gobierno constitucional, legalmente constituido, procedente del juego de mayorías surgido de las elecciones de febrero de 1936, fue la mecha que prendió la llama de la Guerra Civil Española y, por consiguiente, los que alentaron, sufragaron y llevaron a cabo ese levantamiento son los directamente responsables de que en España hubiese una cruenta e innecesaria guerra incivil; muchos años después volvimos a ser a una democracia parlamentaria y constitucional. A algunos quizá les pese, pero la terquedad de los hechos es así, por muchas vueltas que se le quiera dar. ¿Qué hubiera pasado de no levantarse en armas una parte del Ejército? Lamentablemente no lo vamos a saber nunca y todo lo que se diga al respecto no dejarán de ser sesudas teorías historicistas y políticas, pero teorías al fin y al cabo. La realidad es contumaz y acaba siempre imponiéndose: de no haber habido levantamiento militar contra la República no hubiera habido guerra. Otra cosa es lo que pasó a partir de aquel fatídico 18 de julio. Es ya harina de otro costal.

6 comentarios:

Joselu dijo...

El levantamiento del ejército contra el resultado de las elecciones de 1936 -al principio los sublevados no condenaban la república- es el inicio de la guerra civil. No entiendo que pueda ser una verdad incómoda. Es evidente. Los sublevados sabían que habría resistencia y que ello desencadenaría un conflicto armado. Pero ¿Adónde nos lleva esto si es una evidencia? ¿Que fueron los responsables? Ellos pueden argüir que el desencadenante fue el asesinato de Calvo Sotelo, o la revolución de Asturias, o el clima de desorden social imperante, o la política anticatólica de la izquierda. Había dinamita en cantidades industriales lista para estallar. ¿Quién encendió la mecha? Como todo, tiene interpretaciones. El resultado es lo que cuenta: orden social que supuso veinte años después crecimiento económico en el contexto de una férrea dictadura que terminó disolviéndose a la muerte del dictador. El protagonista: un pueblo cainita y maximalista que no encontró en la República el equilibrio que hubiera necesitado en la Europa en crisis de los años treinta. Una tragedia de la que todavía no nos hemos repuesto.

Olga B. dijo...

Sí, para mí ese hecho también es indiscutible. Y una vez empezada una guerra, y más una guerra civil, que nadie espere más que lo que llega: crueldad, mezquindad... hasta el herosísmo, de haberlo, es negativo.
Pero quizá lo que se pretende argumentar es que la vieja historia de buenos y malos tiene otras gamas de gris. Ni la que contaron durante cuarenta años de victoria, llena de rojos diabólicos que iban a vender España a satán y a los que no quedó más remedio que humillar y exterminar casi por su propio bien, ni la que algunos pretenden contar después, llena de excelentes republicanos que nunca hicieron daño a nadie y malvados falangistas de la piel del diablo. La realidad es contumaz, efectivamente.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Conflictividad social, la hubo entonces y la hay ahora y quizá la habrá siempre; tristemente, asesinatos y violencia también; todo eso me parece, Joselu,justificaciones urgentes para lo que venía tramándose desde demasiado tiempo atrás.

No trataba, Olga, de señalar buenos y malos, sino de poner de m,anifiesto un hecho contumaz y tozudo: si los militares, sólo una parte de ellos, conviene no olvidarlo, no hubieran sacado los tanques a la calle el 18 de julio, no hubiera habido guerra civil. Los responsables fueron, pues, los que dieron esas órdenes de rebelión. Nada de buenos y malos. Nada de falangistas malvados ni de republicanos santones. La verdad: había un orden constitucional y un sector del ejército se rebeló contra él con las armas en la mano desencadenando todo lo que vino después, que, sostengo, es ya harina de otro costal

Un abrazo a los dos,y gracias por vuestros comentarios, Javier.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

No he leído el artículo de Cercas, pero sí he buscado los de Leguina y Grandes, y me siento inclinado a darle la razón al primero.
Un abrazo.

Javier dijo...

¿Cómo no habría de ser la verdad incómoda en este caso concreto, si lo es en todas las ocasiones y circunstancias en que se desvela? Diría más: hasta la mentira, cuando adopta visos de verosimilitud, eso que algunos llaman "duda razonable", se torna insoportable para quienes la propagaron. Y esta mendacidad, que está presente por doquier, nos la llevamos puesta siempre.

La verdad de los hechos trágicos de nuestra reciente historia no será posible hasta que, como ya he dicho en alguna ocasión, pasen los suficientes años como para que no queden testigos vivos, quizá incluso para que no queden descendientes de estos testigos en un par de generaciones. Entonces esta verdad, llamémosle realidad, no resultará tan incómoda.

Un abrazo.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Javier, la verdad resulta incómoda a aquellos a quienes les cuesta reconocer que el levantamiento en armas del 18 de julio fue un golpe de estado contra un gobierno constitucional y que fue el hecho decisivo que inició la guerra civil. Es casi una verdad objetivable y ampliamente demostrada por los historiadores más rigurosos. No cabe pues, o yo no le veo mucho sentido, el relativismo en eso. Otra cosa es la búsqueda de razones, causas políticas y cosas así, y no digamos todo lo que pasó a partir de aquella fecha trágica.

Un abrazo y gracias por tu comentario.

José Miguel. si lees el artículo de Cercas entenderás que la polémica está servida.
Gracias también por tu comentario.
Un abrazo, Javier.