jueves, 24 de octubre de 2013

Días tristes


Se sabía, tarde o temprano cumplirían la condena y quedarían en libertad. De poco sirve plantearse ahora si se hubiera tenido que revisar el código penal a su debido tiempo, porque no se hizo y en España las condenas son las que son. Como estado democrático de derecho hay que acatar y cumplir las sentencias de los tribunales europeos. 

Dicho esto, causa asombro y hasta estupor la paradoja de ver que quienes privaron a otros del derecho a la vida buscaron y encontraron amparo en un tribunal, precisamente, de derechos humanos. 

Son estos días tristes. A las víctimas de los atentados no las amparó nadie cuando, en nombre de no se sabe qué, quienes ahora salen libres se convirtieron en jueces que dictaron sentencia de muerte y en siniestros verdugos que la ejecutaron sin piedad.

Un recuerdo solidario, hoy más que nunca, para todos ellas y para sus familias.

Nota. La fotografía del atentado es del diario El País.

domingo, 20 de octubre de 2013

Leyendo a Alice Munro



Con una oración exclamativa recomendaba mi amigo Fernando Valls hace unos días en su blog que había que leer a Alice Munro. En el mundo del cuento, y en otros, claro, Fernando es una referencia absolutamente fiable, así que dirigí mis pasos hacia una céntrica librería y busqué algún libro de la autora. Elegí Amistad de juventud, un libro de 1990. Fui a pagar y delante de mí otro cliente se llevaba, entre otros, un libro de Munro, del cual no pude ver el título, traducido al catalán. 

Me bastó la lectura del primer cuento, que leí junto al mar, el sábado pasado hizo un día casi veraniego, para advertir la gran calidad literaria de la autora. El relato que da título al libro es un cuento logradísimo, que no se agota en sí mismo y cuya materia literaria bien podría haber servido de base a una novela. Al igual que esa melancólica historia llena de delicadeza y rebosante de soledad sobre esa poeta observadora de una realidad áspera y triste, perteneciente a una familia de colonos sobre la que la muerte y el destino trágico se abaten sin piedad, que es "Meneseteung". Una prosa admirable. Mano maestra en eso que algunos llaman cuentos de la media distancia. Habrá que seguir leyendo a Munro.

Nota. El fondo que contemplan mis pies es el Cap Ras. La foto es de MQ.

jueves, 3 de octubre de 2013

Camilo J. Cela: La alcoba de don Antonio / y 3


Cela no se limita, en Judíos, moros y cristianos, a describir la alcoba del poeta, también nos habla de la tertulia a la que acudía con regularidad en el estudio del ceramista Fernando Arranz:

En el taller de Arranz se formaba todas las tardes, después de almorzar, una tertulia que presidía don Antonio, el escultor Emiliano Barral, que era de Sepúlveda y trabajaba a martillazos, según la buena técnica de su abuelo que a los noventa años aún picaba piedra, el más duro granito; y el padre Villalba, un agustino exclaustrado, y el cadete Carranza, que tocaban la música; y Seva, que era empleado de Haciendo y la sombra de don Antonio; y don Blas Zambrano, de quien Barral hizo una cabeza de piedra con una inscripción que dice: el arquitecto del acueducto; y Julián María Otero, que publicó un Itinerario sentimental de la ciudad de Segovia; y Mariano Quintanilla, que aún vive en Segovia, guardián de tanto viejo recuerdo; y Carral, Ignacio Carral, que había de morir trágicamente en Madrid; y Manuel Cardenal Iracheta, tolerante y buen amigo del vagabundo.(...) Sobre Blas Zambrano, el padre de María Zambrano, la escritora a quien el vagabundo conoció en Madrid, en su casa de la plaza del conde Barajas, publicó don Antonio un artículo en La Vanguardia, de Barcelona, durante la guerra."

En una carta de Machado a María Zambrano, fechada el 22 de diciembre de 1937, se refiere a Blas Zambrano y le dice a su hija:

Diga V. a su padre -mi querido don Blas-, que lo recuerdo mucho, y siempre para desearle toda suerte de bienandanzas y de felicidades. Dígale que, hace unas noches, soñé con que nos encontrábamos otra vez en Segovia, libre de fascistas y de reaccionarios, como en los buenos tiempos en que él y yo, con otros viejos amigos, trabajábamos por la futura República. Estábamos al pie del acueducto y su papá, señalando a los arcos de piedra, me dijo estas palabras: "Vea V., amigo Machado, cómo conviene amar las cosas grandes y bellas, porque ese acueducto es el único amigo que nos hoy queda en Segovia". En efecto -le contesté-, palabras son esas dignas de su arquitecto. (Poesía y Prosa, Tomo IV, pág. 2228, ed. de Oreste Macrì)