sábado, 23 de abril de 2016

Los libros son el camino que lleva a todas partes: Monique Lange, Jean Genet y Juan Goytisolo

 
Para Joaquim, lector como yo de Goytisolo en aquellos años; en la amistad.
 
El azar guía a veces nuestras lecturas de modo inesperado, así que un libro con el que no esperabas encontrarte te conduce a otro y este a uno posterior, enredándose todos en una maraña que pareciera no tener fin.
 

 
Paseaba, semanas atrás, por las calles del centro de Bruselas, cuando la curiosidad me llevó a entrar en la librería Pêle-Mêle, en el Boulevard Maurice Lemonnier, 55. Busqué la sección de libros en español y me encontré con uno que en su día se me pasó: Genet en el Raval, de Juan Goytisolo, publicado con mucho esmero por Galaxia Gutemberg. La edición lleva en la portada una espléndida fotografía en blanco y negro de un Genet joven aún.
 

 
Lo compré, a un precio muy asequible -con librerías como esta el que no lee en Bruselas es porque no quiere-, y empecé a leerlo en el aeropuerto de Lille, en el noroeste de Francia, donde la compañía aérea había desviado mi vuelo debido al atentado terrorista en el aeropuerto de Zaventem, en Bruselas, de donde hubiera debido partir de regreso a Barcelona.
 
Entre los textos recogidos en el libro del Círculo de lectores, figura el capítulo tercero, "El territorio del poeta", del texto autobiográfico En los reinos de taifa, publicado por Seix Barral, en Barcelona, en 1986; compré ese libro y lo leí de un tirón -casi debería escribir "devoré"- en aquel noviembre de hace ahora treinta años.
 

 

La misma tarde del día en que me reincorporé a mi trabajo, salí a ver libros en las librerías de lance de la zona de la calle Aribau de mi ciudad. Como si lo hubiera dispuesto así el azar, me encontré con un ejemplar, en buen estado, de la primera edición de Las casetas de baño, de Monique Lange, que publicó Seix Barral en febrero de 1983, en traducción de José María Arancibia y que fue un libro que, a pesar de ser citado por Goytisolo en su libro memorialístico (p.295), no despertó mi interés, sin que se me alcance del todo el porqué. Ni que decir tiene que lo compré y lo empecé a leer esa misma tarde. Acabé su lectura de madrugada, aprovechando que al día siguiente entraba algo más tarde al trabajo.
 

 
No había leído ninguno de los libros de Monique Lange y poco o nada sabía de ella como autora. Mi escaso conocimiento de su figura literaria y de su persona estaba mediatizado por lo que de ella, y de su relación con ella, contaba Goytisolo en sus libros, más allá del recuerdo de haber escuchado a Carmen Balcells en un programa de televisión decir que Monique Lange, por su trabajo en la Editorial Gallimard, era una de las personas más importantes e influyentes del mundo editorial en la Europa de aquellos años, los que transcurrieron entre la década de los cincuenta y de los setenta aproximadamente.
 

El libro me cautivó desde la primera página. Estructurado en treinta y siete capítulos breves, alguno de solo una página, está escrito con una economía expresiva sorprendente que dota al estilo de Lange de una modernidad asombrosa y de una fuerza literaria que me atrapó desde el mismo inicio de la narración. Aunque siempre estuve interesado en la visión de la relación Lange-Goytisolo desde el punto de vista de ella, ya que desde el lado del escritor tenía un conocimiento suficiente a través de lo que él mismo había contado, no sabía si la lectura del libro de Lange iba a saciar esa curiosidad intelectual mía -alejada en todo del morbo y centrada en lo complejo de la situación humana y afectiva que dicha relación planteaba- de modo suficiente. Me bastó la lectura de la primera página: "Estuvo allí (en el Sur) con el padre de su hija y luego con su marido" (p.9), para saber que el libro iba a responder sobradamente a mis expectativas.
 

Ese término, "marido", llamó poderosamente mi atención ya que salvo la expresión "su mujer", referida al "expatriado", alter ego del escritor, no recordaba que Goytisolo se refiriera a Lange en términos semejantes. La "joven mujer", protagonista en la que se proyecta la autora en su novela, es enviada a Roscoff, en la costa de Bretaña, convaleciente de una enfermedad, y se lamenta enseguida de que todos se vayan y la dejen: "La vida debe ser eso: acostumbrarse a que la gente te deje" (p.15). Con lo que el relato se instala desde el comienzo en la tristeza y la melancolía.
 
 
La "joven mujer" va refiriéndose, sin nombrarlo nunca, a Goytisolo: "Después de veinte años de vida en común, él le propuso casarse. Ninguno de los dos creía en el matrimonio (...) Se casaron un 17 de agosto" (p.25) -en su libro Goytisolo da la fecha exacta, el 17 de agosto de 1978-. Aunque la narradora del libro de Lange no nombre nunca a Goytisolo, como hemos dicho, y se refiera a él con el pronombre personal o con el grupo nominal "su marido", da pistas lo suficientemente elocuentes para que el lector sepa de quién está hablando y de qué relación personal está tratando. Veamos algunas de esas pistas.
 

 
La primera de ellas es la referencia a la muerte de Julia Gay, la madre de los Goytisolo, en el bombardeo por parte de la aviación italiana en la Barcelona en guerra de marzo de 1938: "fue yendo a buscar comida a Barcelona como su madre -de ojos azules como un lago soleado- murió en un bombardeo franquista" (p.26).
 
 
También constituye una pista clara el diálogo que alude al interés de Goytisolo por la cultura árabe: "- ¡Qué bien habla árabe su marido! -Es que le apasionan las lenguas" (p.44); o cuando la narradora dice: "No va a dar con otro español que lea el Corán, que tenga siempre un manual de gramática árabe en su mesilla de noche, que todos los domingos vaya al hamman de la mezquita, le guste el harira y escriba libros hermosos, cada vez más difíciles para los demás y para ella" (p.83).
 
 
Leyendo las páginas de Las casetas de baño, se advierte que la "joven mujer" vive el conflicto de un modo doloroso, con plena conciencia de que la situación que lo produce, las relaciones de "su marido" con hombres árabes, hace ese amor "imposible" (p.101), lo cual no es óbice para que la "joven mujer" y "su marido" se "quieran con un amor inmenso".
 
A la protagonista le llama la atención el hecho de que "su marido", "hijo de ricos españoles, solo haya podido llegar al fondo del amor uniéndose a hombres que tienen las manos destrozadas por la sociedad de la que él procede" y confiesa, en un tono en el que se advierte la crítica social, que el conocimiento de ello "le dolió enormemente", aunque le pareciera "grandioso y conforme a la moral de ambos" (p.54). Se queja a continuación de que a pesar de que "quiere desde el fondo de su corazón a esos humillados y oprimidos, ahora resulta que le quitan a su marido" (p.59). Todo ello lo dice tras la confesión de una infidelidad en la que "su marido" le confiesa que ha hecho el amor con un hombre argelino, casado y obrero que trabaja, al igual que su mujer, en una fábrica" (p.58). Qué hay de recreación literaria o de verdad en esto es ya difícil saberlo.
 
 
El rompimiento, en la novela de Lange, inevitable a pesar del esfuerzo por mantener la convivencia, se anuncia con una frase lapidaria: "tú estás yéndote todo el tiempo y Mao (su gato) no se va nunca". Las separaciones son cada vez más largas y más frecuentes. La distancia ahonda la sima y la sensación que tiene el lector -al menos el lector que yo soy- es que poco a poco, página a página, va imponiéndose el tono elegíaco y la narración se va convirtiendo en un largo lamento por la pérdida de un amor que las circunstancias convirtieron en imposible.
 
 
En su relato autobiográfico ya citado, incluye Goytisolo (p.238-242) el texto de la estremecedora carta en que confiesa a Monique la verdad de sus sentimientos. A esa carta, que la narradora del libro de Lange califica como "espléndida y desgarradora" y que considera como "un balance de su vida (la de "su marido")" (p.101), se hace alusión en Las casetas de baño a través de un par de citas entrecomilladas que no coinciden con el texto publicado por Goytisolo, aunque el espíritu que las anima sí sea el que se desprende del contenido de la carta del escritor. Al leer el texto de Goytisolo y compararlo con el de Lange, esas citas -"solo tú me ayudas a vivir" y "tienes que decidir tú"-, que supuestamente dice "su marido" a la "joven mujer", cobran un sentido muy triste que acaba invadiendo toda la narración de Monique Lange.
 
 
Han transcurrido treinta y dos años desde la publicación de Las casetas de baño, Goytisolo felizmente vive aún, Monique Lange murió en 1996, pero la sensación de que fue la suya una compleja, atormentada y hermosísima historia de amor se mantiene viva en las apasionantes páginas de su novela.
 
Como se enredan las cerezas en el cesto, así me ha ocurrido a mí con estos libros, de Genet en el Raval a Las casetas de baño, con una escala intermedia en la necesaria relectura de En los reinos de taifa. Al mismo tiempo, esas lecturas evocan las que en otro tiempo hice de las obras de Juan Goytisolo, apasionantes lecturas a las que me ha devuelto el azar del libro encontrado en Pêle-Mêle. Si como dice Monique Lange en su novela "los libros son el camino que lleva a todas partes", a mí estas lecturas entrecruzadas de las últimas semanas me han llevado a redactar esta evocación tardía de quienes ya no están.
 
 

Tanto Monique Lange como Juan Goytisolo confiesan en sus libros la importancia que para ambos tuvo la lectura de la obra literaria de Jean Genet así como el conocimiento de su persona. Lange es muy explícita acerca de esa importancia: "Se acuerda del corte que hubo en su vida al leer a Genet (sobre todo, Diario del ladrón). La hacía penetrar en un mundo que le estaría negado para siempre, pero que la situaba para siempre al otro lado. Hay una clase de belleza que debe dejarla a una maltrecha" (p.20) Bien sabía Lange que en ese mundo que a ella se le negaba, sería "su marido" quien acabaría instalándose y recorriendo los oscuros callejones de su laberinto.
 
 
Sobre la influencia de la persona y la obra de Jean Genet en la obra y en la manera de ser de Juan Goytisolo lo mejor es reproducir aquí las palabras de la contraportada de Genet en el Raval porque son un testimonio sobradamente elocuente. Escribe Goytisolo: "Si en mi juventud imité de modo más o menos consciente algunos modelos literarios europeos y americanos, él ha sido en verdad mi única influencia adulta en el plano estrictamente moral. Genet me enseñó a desprenderme poco a poco de mi vanidad primeriza, del oportunismo político, del deseo de figurar en la vida literario-social, para centrarme en algo más hondo y difícil: la conquista de una expresión literaria propia, mi autenticidad subjetiva."
 
 
Jean Genet, que había nacido en París en diciembre de 1910, moriría el 15 de abril de 1986, también de ello hace ahora treinta años, en la misma ciudad. Dejó profunda huella en Juan Goytisolo y en Monique Lange y en cuantos lo conocieron y lo trataron. No tuvo una vida fácil y, sin embargo, llegó a ser un autor universal y de referencia. Está enterrado en Larache y viendo la fotografía de su tumba, me vienen a la memoria los versos del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, los que tomó prestados Luis Cernuda para titular un libro suyo: "En donde esté una piedra solitaria / sin inscripción alguna, / donde habite el olvido, / allí estará mi tumba."
 


 Nota. Las fotografías que aparecen en la entrada están tomadas de las ediciones de los libros reseñados. Es del fotógrafo Ricardo Martín, la de Goytisolo en su estudio de la casa de Marrakech. Pertenece al diario El País la de Juan Goytisolo entrando en su casa de Marrakech. Procede de la revista Mercurio la de Goytisolo y Monique Lange en 1964. La de Julia Gay está tomada de la red. La de Monique Lange en el la solapa de la edición de Las casetas de baño es de Carole Lang, su hija. La de Juan Goytisolo de la solapa de En los reinos de taifa es de Néstor Almendros. La de las casetas del inicio es de un cuadro de casa de mis amigos J. y M.

martes, 12 de abril de 2016

Tanka del sueño


TANKA DEL SUEÑO

Es tregua el sueño
de las adversidades
y las tristezas
suspensión de la lucha
merecido descanso.


Nota. La foto que ilustra este tanka está tomada en Oostende, Bélgica, a finales de marzo de 2016. En el lugar que hoy ocupa esa suerte de hermosa palmera, había instalado un puesto de vigilancia alemán, con su ametralladora y el servidor, en mayo de 1940. Las fotografías que dan testimonio están situadas al pie de la barandilla del paseo. Aunque la invasión se produjo algunos kilómetros hacia el sur, en Normandía, esta costa estuvo muy vigilada durante la guerra. Las hojas de hierro de la palmera han sustituido a los cañones y a las armas, pero las imágenes impiden la desmemoria.

lunes, 4 de abril de 2016

Cervantes: por los pasos de la virtud



 Después de la victoria sobre el Caballero de los Espejos, que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco, don Quijote y Sancho se encuentran en el camino con don Diego de Miranda, a quien don Quijote nombrará como el Caballero del Verde Gabán. Este caballero, "prototipo de persona discreta, instruida, acomodada, de buenas y sanas costumbres" -en palabras de Martín de Riquer-tiene un hijo de dieciocho años que, tras haber estudiado en Salamanca las lenguas latina y griega, en vez de proseguir sus estudios en Leyes o en Teología, decide seguir su inclinación hacia la poesía, lo que causa algún malestar en su padre. Mantiene don Diego un diálogo con don Quijote en el que este, lleno de cordura, reflexiona sobre la educación de los hijos con estas sabias palabras que hoy traigo aquí, a estas páginas volanderas:

Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida. A los padres toca encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia, no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso, y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y aunque la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee.

Ensalza don Quijote la poesía y dice que "está hecha de una alquimia de tal virtud que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio" y anima a don Diego a respetar la inclinación de su hijo por el arte de la versificación. Todo un ejemplo de admirable cordura.