miércoles, 26 de enero de 2011

En la muerte de Jaime Salinas, ¿qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?



Primavera de 1993

Al terminar la comida, a la que también asistieron Mario Benedetti y las hijas de Max Aub –era la primera vez que las veía a las tres juntas, Elena, que vivía en Madrid, Carmen, en México, y María Luisa, en Inglaterra- decidimos dar un paseo hasta el Ayuntamiento. Llegando a la plaza del Agua limpia fue cuando, tras quedarnos rezagados del grupo, le pregunté: “¿Qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?” Detuvo su pausado y elegante caminar, me miró desde detrás de sus gafas de concha con una de aquellas miradas suyas que derrochaban simpatía e ironía a la vez que penetrante inteligencia y me contestó sonriendo: “¿Y qué sabes tú de esa casa?” Callé durante breves instantes para responder después: “Poco, muy poco, solo lo que leí en el Diario del artista seriamente enfermo.” En ese momento Benedetti, que nos había observado conversar, acompasó su caminar al nuestro y habiendo oído mi respuesta dijo: “qué buen poeta, Jaime Gil; pero díganme ¿de qué están hablando?” Salinas, mirándonos a los dos, dijo entre sonrisas: “De nada, Mario, de nada; este joven –yo aún lo era entonces-, que me quiere hacer recordar unos años lejanos y una casa admirable en la que viví en Barcelona.”

Llegamos, mientras tanto, al Ayuntamiento y subimos directamente al Salón de Plenos, donde yo debía leer unas cuartillas de presentación del libro De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío al que se había concedido el Premio Max Aub el año anterior. Benedetti y Salinas formaban parte del jurado del premio de aquel año. Elena Aub pronunció un breve y entrañable discurso de agradecimiento por el honor que la ciudad de Segorbe rendía a la figura y a la obra de su padre (si no me traiciona la memoria creo que se le entregaba la medalla de oro de la ciudad a título póstumo).

Pensé entonces, al terminar el acto, que la conversación que yo había iniciado había quedado olvidada. Pero no fue así. Jaime Salinas vino en mi busca, se cogió, en un gesto naturalísimo de afecto, de mi brazo y así marchamos juntos hacia el salón donde se serviría un refrigerio. No salía de mi asombro. Estaba con las hijas de Max Aub, a quien secretamente había dedicado yo mi cuento, conversando con Benedetti, a quien tanto había leído y admirado, y el hijo de uno de mis poetas favoritos, Pedro Salinas –Ay! qué alegría vivir en los pronombres-, estableció conmigo, que no soy nadie ni represento nada, una inusitada complicidad teniendo en cuenta que no conocía ni el santo de mi nombre.

Hablamos de todo, de su estancia en Barcelona en aquel lejano 1956, de sus relaciones de amistad con Carlos Barral, con Jaime Gil de Biedma, con Gabriel Ferrater, con Juan Goytisolo. Como yo le mostrara mi interés por la obra de esos escritores del grupo barcelonés del 50 y le preguntase si les era difícil vivir en una España como la de aquellos años, Jaime Salinas me contestó que vivían un poco al margen, en un mundo propio de amistades, de conversaciones, de relaciones intelectuales y literarias. En ese sentido me contó un viaje a Madrid acompañado de Jaime Gil de Biedma y de Carlos Barral para tener un encuentro con los poetas de allí. Salinas los describía con mucha gracia como unos señores muy serios, que vestían de traje gris y corbata negra y que pedían café con leche a media tarde, cuando ellos los recibieron en el hotel con un vaso de ginebra en la mano. Hablamos también de Alianza Editorial, de la colección de bolsillo, de las memorables portadas de Daniel Gil, del papel de esa colección en la difusión de la literatura y de la cultura en la España de aquellos años, de su importancia en la formación intelectual y literaria de muchos de nosotros. Nos despedimos al caer la tarde. Nosotros debíamos coger el coche para volver a Barcelona. Salinas regresaba a Madrid para preparar su inmediata partida para Islandia, donde pasaría el verano.

Ayer por la tarde, al llegar a casa, encontré un correo de mi amigo Joaquim Parellada en el que me comunicaba la muerte de Jaime Salinas. Evoco ahora aquella tarde, que siempre estará en mi memoria, de casi veinte años tras y la traigo aquí, a las páginas de este blog, como nostálgica y personal despedida del escritor, del intelectual ligado a la España de los años treinta en la que tal vez por tradición familiar aprendió a ejercer la libertad de conciencia -tan perseguida y maltratada en España durante tantos siglos, según dejó dicho Juan Marichal-, del editor que tanto hizo desde Alianza y desde Alfaguara por la cultura española. Descanse en paz.

viernes, 14 de enero de 2011

Qué cosa es ser tirano



No dejan, por más años que pasen, de sorprender a Leonardo las preguntas, o las consideraciones, pretendidamente ingenuas que sus jóvenes pupilos le plantean no pocas veces de manera imprevista. Aquella mañana iba Leonardo dispuesto a explicar el nacimiento de la prosa en castellano cuando por esos azares extraños que suelen suceder en las aulas se suscitó un vivo debate en torno a las formas de gobierno y un curioso muchacho intervino para preguntar si tirano y dictador significaban lo mismo. Leonardo observó con detenimiento al joven que había hecho la interesante pregunta y guardó silencio en espera de que fueran sus propios compañeros quienes respondiesen. Pero se hizo el silencio. Era como si no se atrevieran a decir lo que pensaban, tal vez por miedo a no saberse expresar en voz alta, tal vez por no tener, ellos que no habían conocido la dictadura y eran hijos de la democracia, las ideas demasiado claras al respecto, quizá fuera que la figura de Leonardo les imponía, el caso es que guardaron silencio. Aprovechó Leonardo, ante la ausencia de respuesta, para ir a su mesa, sacar de su cartera el libro Antología Mayor de la literatura española, compilada por Guillermo Díaz Plaja y disponerse a leer:



TÍTULO I. LEY X

QUÉ QUIERE DECIR TIRANO, ET CÓMO USA DE SU PODER EN EL REGNO DESPUÉS QUE ES APODERADO DÉL.

Tirano tanto quiere decir como señor cruel, que es apoderado en algun regno o tierra por fuerza, o por engaño, o por traición: et estos tales son de tal natura, que después que son bien apoderados en la tierra, aman más de facer su pro, maguer sea a daño de la tierra, que la pro comunal de todos, porque siempre viven a mala sospecha de la perder.

Et porque ellos pudiesen cumplir su entendimiento más desembargadamente, dixieron los sabios antiguos que usaron ellos de su poder siempre contra los del pueblo en tres maneras de artería: la primera es que puñan que los de su señorío sean siempre necios et medrosos, porque cuando atales fuesen non osaríen levantarse contra ellos, nin contrastar sus voluntades; la segunda que hayan desamor entre sí, de guisa que non se fíen unos dotros; ca mientra en tal desacuerdo vivieren non osarán facer ninguna fabla contra él, por miedo que non guardaríen entre sí fe nin poridat; la tercera razón es que puñan de los facer pobres, et de meterlos en tan grandes fechos que los nunca puedan acabar, porque siempre hayan que veer tanto en su mal que nunca les venga a corazón de cuidar facer tal cosa que sea contra su señorío. Et sobre todo esto siempre puñaron los tiranos de estragar a los poderosos, et de matar a los sabidores, et vedaron siempre en sus tierras confradías et ayuntamientos de los homes: et puñaron todavía de saber lo que se decíe o se facíe en la tierra: et fían más su consejo et la guarda de su cuerpo en los estraños porquel sirven a su voluntad, que en los de la tierra quel han de facer servicio por premia.

Otrosí decimos que maguer alguno hobiese ganado señorío de regno por alguna de las derechas razones que deximos en las leyes antes désta, que si él usase mal de su poderío en las maneras que dixíemos en esta ley, quel puedan decir las gentes “tirano”, ca tórnase el señorío que era derecho en torticero, así como dixo Aristóteles en el libro que fabla del regimiento de las ciudades et de los regnos.

Cuando hubo terminado, apostilló Leonardo: “así que ya saben, jóvenes, no sean necios ni medrosos, ni tengan entre ustedes desamor para que el tirano no llegue al poder por la fuerza, el engaño o la traición y lo use para su propio beneficio olvidándose del bien común. Piensen, de paso, qué sabio era el Rey Sabio.”




Nota. El texto de Las Partidas procede del libro mencionado en el texto de la entrada, publicado por Editorial Labor en Barcelona en 1969.

sábado, 1 de enero de 2011

Editar a Galdós



Mis amigos Teresa Barjau y Joaquim Parellada me envían, días antes de terminar el año, un ejemplar de esta nueva edición de Tormento, de Benito Pérez Galdós. Publicada en una colección que lleva años suministrando buenas ediciones de clásicos españoles para la llamada enseñanza secundaria, este nuevo trabajo tiene su base en la ejemplar edición crítica que ambos, Teresa y Joaquim, hicieron de la novela de Galdós en 2007 para la editorial Crítica, en la colección "Clásicos y Modernos". Ahora, sin perder el rigor filológico, se ha buscado un planteamiento más didáctico y según mi manera de verlo, los autores han acertado plenamente, tanto en lo que se refiere a la introducción, como a las notas a pie de página y a los apéndices finales de estudio de la obra. Releer Tormento tan bien editado ha sido todo un placer. Quiero, en esta primera entrada del nuevo año, dar las gracias a Teresa y a Joaquim por esta nueva contribución a la edición rigurosa de nuestros clásicos.