martes, 7 de abril de 2009

Romance del destierro


I

Bajo la luz metálica
y difusa de febrero,
como sombras derrotadas,
caminaban al destierro.
Entre la nieve y la lluvia,
frío, dolor y cansancio,
amarga desesperanza,
quietud del mar a lo lejos.
Atrás va quedando España,
nieve sobre los tejados,
montañas, ríos y valles,
soledades de los campos.
Cuando ya no lo esperaban,
homicida y cruel su vuelo,
altos, feroces aviones
ametrallan desde el cielo.
Al amparo de las piedras
en la linde del camino,
como pueden se protegen
hombres, mujeres y niños.
Pero el fuego racheado
engendrado en el infierno,
el odio siembra y la muerte
pierde luz de camposanto.
Después la tristeza inerte
de los cuerpos olvidados,
rojo sobre nieve sucia,
insepultos en el barro.
Destempladas de los hombres
las voces claman al cielo,
grito inútil de impotencia,
pesadumbre y desconsuelo.
Los aviones se retiran
misión cumplida de fuego,
dejando un rastro de sangre
injuriada sobre el suelo.
Acabada la refriega
vuelven todos al camino,
no está lejos la frontera,
a pocos pasos del sueño.



II

Mientras tanto cae la noche
a lo largo del sendero,
desangelada entre sombras,
queda la tierra en silencio.
A un amasijo de hombres
las estrellas dan cobijo
e incierto refugio ofrece
un recodo del camino.
Transcurren lentas las horas,
nadie duerme con el frío,
callado mundo que a solas
reniega de su destino.
Con leña seca y maleza
han encendido un fuego,
cansado calor de llamas
que reconforta los cuerpos.
Un hombre viejo sostiene
una niña entre los brazos,
no logra reanimarla,
tiene los pies congelados.
Implacable la gangrena
devora los tiernos miembros,
bajo la luz de la luna
cava la muerte su hueco.
La niña que no responde
tiene apenas siete años,
desfallecida la vida
se le pierde por las manos.
Al hombre viejo que llora
de poco sirve el lamento
que las voces desgarradas
le ofrecen como consuelo.
Rigurosa la agonía
se acerca con paso brusco,
el alma llena de sombras,
vacía de luz los ojos.
En la fría madrugada
la pobre niña se ha muerto,
cantan los gallos del alba,
vierte la aurora su llanto.


       
III

Ya despierta la mañana
sobre los campos sombríos,
no calienta el sol los cuerpos
ateridos por el frío.
Estrépito de motores,
impacientes los relinchos,
algarabía de voces,
muchedumbre en el camino.
A lo lejos se divisa
baluarte fronterizo,
rodeado de alambradas,
entre niebla confundido.
Hay que arrojar los fusiles
para pasar desarmados,
allez, allez, les increpan
gendarmes de gesto adusto.
La manta llevan terciada
sobre el roído abrigo,
inútiles uniformes,
altiva dureza de los rostros.
Capitanes y soldados,
milicianos, guerrilleros,
ejército a la deriva,
desarbolado y vencido.
Va con ellos el poeta
con su madre y su hermano,
soledades, galerías,
álamos del desamparo.
Los desprecian cuando pasan
en aluvión por los pueblos,
miradas insolidarias
de incomprensión y recelo.
Van a parar a la playa
hombres duros y curtidos
en cien sangrientas batallas
de lucha contra el fascismo.
Han perdido la esperanza,
Argelés es el infierno
que entierra entre sus arenas
su dignidad y su orgullo.




IV

Alambradas en la arena
el viento roba los sueños,
el mar, salitre y espuma,
horizonte encarcelado.
En tiendas improvisadas
ni luz ni agua ni alimentos,
se preguntan hasta cuando
han de sufrir el encierro.
Como fantasmas deambulan
aturdidos por el campo,
soldados senegaleses
con saña injurian y odio.
Cautivos y desarmados
sólo esperan el momento
de quebrantar las prisiones
y embarcar rumbo a México.
Pero ese día no llega
y es cárcel y sombra todo,
mundo de viento y arena,
cielo triste del destierro.
Casi nadie piensa en volver,
no hay para ellos sitio
en España, luz de invierno,
desolado cementerio.
Cataluña ya perdida,
Levante queda y el Centro,
aislada Madrid y sola,
espejo roto del sueño.
Armas quiere la venganza,
la esperanza pide brazos,
hombres fuertes y mujeres
que no conozcan el miedo.
Pero Francia pone cárcel
a su ansia de regreso,
los acorrala la historia,
los aniquila el olvido.
Despiadada y agorera
tiende la muerte su vuelo,
la memoria sólo es humo,
sombra, nada, arena y viento.



Nota. Las fotos que acompañan a este romance las tomé una tarde de finales de agosto de 2006 en la playa de Argelès, donde en su día estuvieron instalados los campos de concentración en los que fueron internados los republicanos españoles en febrero de 1939. La foto de época, de algunos de esos prisioneros en las mismas arenas arriba retratadas, está tomada de la red.