sábado, 27 de mayo de 2017

Don vencido: la innecesaria crudeza de Altisidora



Derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, regresa, mohíno, don Quijote a su aldea para cumplir la penitencia, el castigo, impuesto por el vencedor. Dan de nuevo, el hidalgo y su escudero, con los Duques al pasar por Aragón, y para no perder la costumbre de los poderosos ociosos, que en el fondo es lo que representan esos personajes en la novela, preparan una nueva máquina de embustes y burlas para regocijo de quienes parecen no tener ni un átomo de piedad en sus corazones; de los duques, que se burlan "despiadadamente" de nuestros héroes (Riquer, 2003), dice Cide Hamete: "tan locos los burladores como los burlados"; y añade, "no están los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponen en burlarse de dos tontos" (Don Quijote, II, 70).

Ahora, a cuatro capítulos del final de la novela, quieren hacer creer a don Quijote que Altisidora ha muerto -está sobre un túmulo en el patio principal del castillo- a causa del desdén y olvido del hidalgo. Descubierta la máquina del engaño, don Quijote se dirige a la doncella y le dice: "Yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados (si los hubiera) me dedicaron a ella, y pensar que otra alguna hermosura ha de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible."

Ante tan estremecedora declaración de amor y de fidelidad, la respuesta de Altisidora es de una crudeza innecesaria, llena de expresiones soeces y vulgares, de insultos y menosprecios hacia el caballero vencido y de regreso a su lugar:

¡Vive el señor don bacalao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido, que no soy mujer que por semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme. (Don Quijote, II, 70)

Aunque don Quijote piensa, y así se lo dice a la duquesa, que "todo el mal de esta doncella nace de ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua" (II, 70), las palabras de Altisidora resultan crueles, porque lo que con ellas dice es tanto como decirle al caballero que todos se han estado burlando de él y que en el fondo no es más que un "vencido y molido a palos" al que cualquiera engaña del modo más vil con la única intención de divertirse a su costa.
 
Con todo, a pesar de la melancolía causada por la derrota y del desengaño que lentamente ha ido instalándose en el alma de don Quijote a lo largo de su tercera salida, estas airadas palabras de Altisidora, "moza desenvuelta y decidida" (Riquer, 2003), no hacen demasiada mella en el ánimo de don Quijote, que más parece atribuirlas al despecho que a otra cosa.

jueves, 4 de mayo de 2017

Memorias de una depresión, Joaquín Díaz



Recuerda, en la presentación de este libro, Andrés Amorós las esclarecedoras palabras que en su día escribiera Diego Torres de Villarroel: "Todos cuantos han escrito y escribirán no pueden hacer otra cosa que vaciar sus melancolías o sus aprehensiones, como hice yo." Oportuna cita que viene muy a cuento, porque el libro de Joaquín Díaz tiene mucho de eso, de vaciado de melancolías y aprehensiones a través de la escritura; el propio autor lo dice: "si de la primera depresión -fueron dos los episodios que padeció- salí con la lectura, debo decir que en la segunda ocasión me ayudó mucho el escribir." Función terapéutica, pues, la de la escritura en este libro, sensible, emotivo y magnífico, en el que el músico aborda el espinoso tema de la depresión a partir de su experiencia personal con esa compleja enfermedad, que Díaz define en acertadas metáforas: "estrecha celda que mi mente ha creado", "cárcel blanca que no tiene ventanas".

Reconoce el artista -el Menéndez Pidal de la canción popular, como bien lo definiera Paco Ibáñez-, cuya hermosa voz en las grabaciones de sus discos de romances me ha acompañado desde hace tantos años, que la enfermedad le hace preferir el pasado "que solo obliga a recordar", pero también le mueve a reflexionar sobre el arte, que "tiene su raíz en el acto creativo único" -quizá por ello grababa una única toma de cada romance en sus discos-; incluso en momentos de contemplación de la naturaleza siente que la vida le pide que "invente un ser supremo" al que agradecerle tanta belleza.

A veces en la depresión, o desde ella, se puede predecir o intuir la muerte; al autor le ocurrió, al menos, en dos ocasiones según menciona en las páginas de su libro: en el final de su padre y en el del también folclorista y músico catalán, amigo personal suyo, Xesco Boix. "Toda vida es un viaje", nos dice Díaz, para constatar a continuación que la depresión ha sido para él un "extraño trayecto", un dolor del que por fin consigue liberarse; "me bajo del dolor", escribe muy expresivamente.

Menciona luego la lectura del libro Itinerario sentimental (Guía de Itzea), de Pío Caro Baroja, que se publicó en Editorial Pamiela, de Pamplona, en 1995. Pío Caro reproduce textos de su hermano Julio, tomados en su mayoría de su gran libro Los Baroja; de su tío, el novelista Pío Baroja, procedentes, entre otros, de los libros Ayer y hoy y Las horas solitarias; también algunos, entre ellos una curiosa carta fechada el siete de abril de 1939, de su otro tío, el pintor Ricardo Baroja. Dice Joaquín Díaz que el libro "no tiene desperdicio" y tiene mucha razón al decirlo, puesto que es un libro lleno de melancolía en el que se relata el final, en páginas emotivas y logradas, tanto de su hermano Julio como de su tío Ricardo, y todo ello se hace al tiempo que se van describiendo, a veces con minuciosidad, los espacios de la casa de Iztea, lugar mítico que los amparó a todos. La memoria de la familia Baroja está muy ligada a las habitaciones, a la biblioteca, a los espacios, en fin, de aquella casa que compró en 1912 Pío Baroja y que la familia fue reformando al correr de los años. No es estraño, pues, que entusiasmara a Díaz su lectura en el momento de dejar atrás la depresión y que sintiera cercana la enorme melancolía de algunas de sus páginas.

    
El libro de Joaquín Díaz, escrito en una prosa soberbia, elegante, poética y muy cuidada -no solo es un gran intérprete de la música popular, sino también un magnífico escritor-, tiene un epílogo, titulado "colofón, veinte años después", que constituye un cierre perfecto al libro en el cual dice que la depresión "solo te permite tener la seguridad de que estás en un laberinto del que desconoces la entrada y la salida e incluso la posición que ocupas dentro de él"; sin embargo, en sus páginas se aprende que se puede luchar contra esa enfermedad y que existe una salida, por secreta y angosta que sea, a ese laberinto. 

Tiene razón Andrés Amorós cuando, citando a Unamuno, escribe: "Esto no es un libro: es un hombre". Esa es la impresión que te queda como lector, la de estar ante un hombre de carne y hueso, más allá del intelectual y del artista dotado de una enorme sensibilidad y perspicacia, que lucha contra una enfermedad silenciosa y destructiva que nunca avisa cuando llega.

Solo resta, en fin, felicitar a La Huerta Grande Editorial, de Madrid, por la hermosísima y bien cuidada edición de un libro tan personal y agenérico como este.



Nota. La fotografía del autor está tomada del Diario de Valladolid. Dejo AQUÍ el enlace para visitar la página y leer el comentario al libro que sostiene en sus manos Joaquín Díaz. Dejo también el enlace de la página de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en el que se reproduce el texto de la presentación que tuvo lugar el 22 de febrero de 2017. AQUÍ

jueves, 20 de abril de 2017

El pez más viejo del río: Buero Vallejo y Miguel Hernández



En un breve artículo titulado "Mis recuerdos de Miguel Hernández" (publicado en Miguel Hernández, poeta, Alicante, 1992), hablaba Buero Vallejo de las veces que coincidió con Miguel Hernández. La primera fue en 1938, en Benicasim, donde el poeta convalecía de un gran agotamiento. La segunda fue en Madrid, en la prisión de Conde de Toreno, donde vivieron "unos diez meses juntos en la galería de condenados a muerte". El tercer encuentro fue en noviembre de 1940, en Yeserías, donde el poeta estaba de paso a otra prisión y el dramaturgo pudo verlo y "cambiar impresiones durante quince minutos". Esa fue la última vez que lo vio, "ya no le volvería a ver más", escribe.

Dice Buero que era el poeta entonces, sobre todo en la prisión de Conde de Toreno, "un hombre a caballo entre la alegría y el dolor, entre la luz y la sombra". Dice que esas palabras "alegría, luz, sombra" se reiteran constantemente en su obra porque "Miguel era ya un gran poeta trágico".

Habla Buero, echando mano de sus recuerdos, de la personalidad y la sensibilidad del poeta, también de su generosidad, que, dice, "eran muy difíciles de tener en las situaciones apretadas que vivíamos." Insiste en su "humanidad excepcional" y dice que "si algún compañero le pedía algo, él, si podía, se lo daba; y daba lo mejor que podía regalar: poesía".

Cuenta, para cerrar su breve pero emotivo y lúcido texto, la siguiente anécdota, que copio completa:

Recuerdo la anécdota que un compañero me contó: cierto preso miraba preocupado una fotografía de su hija, que dentro de unos días celebraría su onomástica y para la que no tenía nada que poderle mandar. Miguel, al saberlo, tomó prestada la foto y le dedicó ese precioso poema que se titula: "El pez más viejo del río". Este poema, que parece a primera vista un poema menor dentro de la obra de Miguel, no es tal poema menor y expresa magistralmente esa lucha entre el dolor y la alegría del poeta trágico que era. Del grande, dolorido y solidario hombre que fue.

El poema al que se refiere Buero Vallejo en la anécdota contada en su artículo, incluido en Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941) (lo reproduzco tomándolo de Obra poética completa, edición de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, Alianza editorial, Madrid 1982), es este:

El pez más viejo del río
de tanta sabiduría
como amontonó, vivía
brillantemente sombrío.
Y el agua le sonreía.

Tan sombrío llegó a estar
(nada el agua le divierte)
que después de meditar,
tomó el camino del mar,
es decir, el de la muerte.

Reíste tú junto al río,
niño solar. Y ese día
el pez más viejo del río
se quitó el aire sombrío.
Y el agua te sonreía.

En nota a pie de página, Lepoldo de Luis y Jorge Urrutia, padre e hijo (puede verse otra entrada sobre ambos aquí), dicen que el poema se publicó por primera vez en el número 9, de mayo de 1946, de la revista Halcón, y que en esa edición llevaba como título "A la niña Rosa María" y que en el verso doce, donde dice "niño solar", el poeta escribió "niña solar".

Nota. Los fragmentos del artículo de Antonio Buero Vallejo están tomados de Obra completa. Vol. II. Poesía, narrativa, ensayos y artículos, edición de Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco, Espasa Calpe, Madrid, 1994, pp. 1234-1236. El dibujo de Miguel Hernández que ilustra la entrada es el que Buero le hizo en la cárcel. El del dramaturgo es un autorretrato pintado en 1947.

viernes, 24 de marzo de 2017

Rafael García Serrano: las normas por las armas / y 2


Una vez que Eugenio ha decidido dejarlo todo para centrarse en su lucha y ha sustituido las normas por las armas, al llegar al capítulo siete de la novela, nos situamos en febrero de 1936, en las elecciones a Cortes que dieron, aunque fuera por un estrecho margen, lo que ponía de manifiesto la división del país (aquí), la victoria al Frente Popular. En el relato de García Serrano hay un cierto desprecio hacia esos comicios, pues, como dice Eugenio, "se gana el cielo con la espada".

En un diálogo muy significativo de Eugenio con los camaradas universitarios, alguien dice: "Nos llaman bárbaros y pistoleros", y otro responde: "No saben que la civilización se defiende a tiros". Esos estudiantes recorren los colegios electorales el día de las elecciones y se sorprenden de que "haya lista en la que figuren con diez votos", para sacar la siguiente conclusión: "Después de todo, qué nos interesa el sufragio si hemos de ganar a tiros." Estamos ante una nueva exaltación de la violencia y ante un flagrante desprecio a la democracia parlamentaria.

En el final del capítulo, tal vez porque García Serrano asistiese, se hace una alusión al mitin del cine Europa, celebrado el dos de febrero de 1936 con José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda y Raimundo Fernández Cuesta como oradores. En ese mitín se cantó por primera vez en un acto público el "Cara al sol", himno de Falange.

(Sobre ese mitin y la figura de Ruiz de Alda, recomiendo, a quien quiera leer esa entrada, el intercambio de comentarios sostenido con un falangista joseantoniano de la primera hora, para mí fue entrañable y clarificador; agradezco de nuevo a mi anónimo comunicante su participación de aquel día.aquí)

Al inicio del último capítulo, el noveno, cuyo título es "Proclamación de la Primavera", hay una elipsis narrativa. Eugenio ha sido detenido, tal vez al tiempo en que lo fueron otros falangistas, entre ellos, José Antonio, y está encarcelado. Eugenio, "el bien engendrado", uso curioso del epíteto épico, parece que muere en el mes de mayo, en la calle, camino de la facultad, "cuatro hombres, revueltos en polvo y sangre, desprecio y odio", disparan sobre Eugenio y allí queda muerto.

Estructuralmente esta muerte es necesaria para justificar la violencia que se desatará en pocas semanas. Dice el narrador: "es verdad, nos llaman pistoleros, pero a nosotros también nos matan a tiros y a traición". Siempre necesitó la violencia ampararse en el agravio, en otra violencia de signo contrario y ese parece ser el significado de la muerte de Eugenio. Su muerte supone la proclamación de la primavera, es decir, que la sangre se hiciera fértil e iluminara el camino que habrían de seguir tantos jóvenes falangistas en aquellos turbulentos años. La novela se cierra con un significativo "Para Dios y el César", que, naturalmente, no es Franco, sino José Antonio Primo de Rivera.



Ese entusiasmo en la lucha del principio, al que tantos jóvenes se sumaron, algunos con apenas diecisiete años, tal vez sin haberlo meditado mucho, entusiasmo que los hizo verse envueltos, sin la preparación suficiente, en la vorágine de la guerra, que se rige por sus propias normas militares, se fue apagando lentamente con el transcurrir de los meses, quizá por la fatiga del combate, tal vez por el desastre de tanto herido y de tanta muerte inútil, de tantos jóvenes sacrificados en un combate que la mayoría ni buscó ni quiso. Es precisamente ese cansancio y ese desengaño el que acaba por minar la moral de los jóvenes falangistas que en su idealismo, el que se respira en Eugenio, quizá no calibraron bien la magnitud de la tragedia en la que se iban a ver envueltos.

El propio García Serrano, en La fiel infantería, la novela del combate, escrita en 1943, nos deja algunas muestras de ese cansancio de la guerra, de la injusticia de que los combatientes aguerridos se jueguen la vida en los frentes mientras otros dirigen la estrategia plácidamente desde los despachos. Se respira, o al menos así me lo parece a mí, un cierto sabor de cansancio, una sombra de desengaño sobre si el esfuerzo y el sacrificio han merecido la pena, se han visto recompensados, o han sido otros, los que se hicieron con las riendas del poder, los que sacaron beneficio de la victoria a la que contribuyeron con su juventud y su sangre los jóvenes falangistas de primera hora. Esto escribe, hacia el final de esa novela, el narrador:

¿Es Dios justo al matar así, así, tan pobremente, tan sin gloria, a un varón que lleva con coraje sus armas y soporta con valor las contrarias? Entre Mambrú que se va y nadie sabe la fecha de su vuelta, que se va y no vuelve, que deja un amplio margen para el imaginario laurel, y este mísero Mambrú que vuelve con fiebre, amarillo, acatarrado, colítico, apestoso, hay una enorme diferencia, según piensa Ramón. Nada se reparte equitativamente, menos la muerte, que se da a todos. Mentira, mentira: en la muerte hay clases y privilegios. No da igual morir que morirse. Ni da igual morirse a que lo maten a uno. Ni es lo mismo el garrote vil que el fusilamiento, ni el fusilamiento que el paseo canalla, ni este que la muerte limpia de un buen tiro en la cresta. Es justo que cada cual muera como merece.



Eugenio, la novela que comentamos, fue escrita en diferentes momentos y lugares; según especifica su autor lo fue en "abril del 36, Madrid; agosto del 36, Somosierra; noviembre del 36, víspera de Madrid; agosto y noviembre del 37, Bandera 26 de Navarra", lo que indica el itinerario del paso del escritor por el conflicto. Eugenio vería la luz por primera vez en 1938, en Ediciones Jerarquía, de la Editora Nacional, con ilustración de Pepe Caballero. Luego pasó a formar parte de la trilogía La guerra, junto con Plaza del Castillo y La fiel infantería, publicada por Fermín Uriarte Editor, en Madrid, en 1964, con un estudio introductorio de Antonio Valencia y un significativo prólogo del autor firmado en 21 de agosto de 1945, en Madrid.



Gonzalo Sobejano, en su memorable Novela española de nuestro tiempo 1940-1974 (En busca del pueblo perdido) (Marenostrum, 2005), sitúa la figura literaria de Rafael García Serrano, junto a la de Cecilio Benítez de Castro, José María Alfaro, José Vicente Torrente y Ricardo Fernández de la Reguera, en el grupo de "novelistas militantes" y refiriéndose a todos ellos y a sus novela sobre la Guerra Civil Española, escribe: "En el momento de empezar la guerra, estos y otros autores estaban en edad de ser incorporados, de un modo u otro, a la lucha. Falangistas y soldados, pelearon en los frentes y conocieron el miedo, la fatiga, el hambre, el frío, todo lo que en campaña se ha de resistir. Pero también supieron de la alegría de las victorias y gozaron de la exaltación de sus ideales. Con tal experiencia no lograron, sin embargo, fraguar la gran novela que estuviera a la altura de los hechos vividos."

Con todo, a pesar de su militancia combativa, la prosa de García Serrano, sobre todo en los momentos líricos, tiene fuerza y calidad literaria y sus novelas se leen con interés. El idealismo de aquellos jóvenes falangistas que se lanzaron al combate en pos de un cambio y de una revolución que nunca hicieron y que siempre sería su "revolución pendiente", mantiene su vitalismo incólume en las páginas de las novelas de García Serrano, especialmente en las tres a que se hace referencia en esta entrada. Sin embargo, la violencia extrema, ya lo hemos dicho, nos parece injusta e innecesaria; fueron muchos, incluso José Antonio desde la cárcel de Alicante, los que se dieron cuenta del error de haber contribuido a disparar un conflicto que acabó llevándonos a todos al desastre.

Hay una frase final en Plaza del Castillo que nos parece la mejor manera de cerrar esta entrada, conmemorativa del centenario del escritor; dialogan un magistrado y un militar en el momento primero del Alzamiento, en Pamplona; el magistrado parece aceptar que, a veces, "los códigos deben acabar en una bayoneta", sin embargo, le dice al militar:

- La justicia, lo primero de todo la justicia, teniente Sanz, porque sin ella todo carece de fundamento, nada es sólido...

miércoles, 15 de marzo de 2017

Rafael García Serrano: las normas por las armas / 1

(Rafael García Serrano)

Bajo el título global de La Guerra, se decidió, en 1964, Rafael García Serrano (Pamplona, 1917- Madrid, 1988) a agrupar en una trilogía sus tres novelas, muy distintas entre sí y escritas en momentos diferentes, sobre la Guerra Civil Española. Editado el voluminoso libro, casi seiscientas páginas, por Fermín Uriarte, llevaba este un estudio introductorio de Antonio Valencia y un prólogo del autor fechado en Madrid el veintiuno de agosto de 1945. Los libros, ordenados por la cronología de los hechos históricos que en ellos se narran y no por su fecha de publicación, que integran la edición son: Eugenio o la proclamación de la primavera (1938), Plaza del Castillo (1951) y La fiel infantería (1943).

Me ocuparé, en esta entrada de hoy, en el año en que se cumple el centenario del nacimiento del autor, de Eugenio, escrito así, con la simplificación del título con el que se publicó en el volumen citado, y me propongo releerlo a la luz de la influencia del Futurismo de Filippo Tommaso Marinetti, sin dejar de tener en cuenta las otras dos obras que integran la trilogía.



El escritor Max Aub, que no sentía grandes simpatías hacia la obra literaria de García Serrano, incluyó en su Luis Buñuel, novela (Cuadernos del Vigía, Granada, 2013), en la segunda parte, en el capítulo titulado "Los ismos", unos extractos del primer manifiesto futurista de Marinetti, publicado en Le Figaro el veinte de febrero de 1909. Leyéndolos, cualquier lector puede advertir que su contenido está muy cercano a los presupuestos ideológicos que años después, sobre todo tras el mitin fundacional del veintinueve de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid, defendería en cierta manera Falange Española, sobre todo antes del inicio de la Guerra Civil, que todo lo contaminó y lo trastocó. Precisamente, la novela de la que me ocupo se desarrolla en ese periodo histórico, el de la inminencia del estadillo de la Guerra Civil, o si se quiere, del golpe de estado que prendió la mecha de la Guerra Civil. García Serrano sitúa la acción de su Eugenio entre mayo de 1935 y el mismo mes de 1936.



Sostiene Aub que lo conseguido por el Futurismo en literatura "fue mediocre", pero que "fue mucho más importante el impacto político". Algunos futuristas italianos, de la mano de Marinetti, tomaron la deriva de las connivencias con el fascismo de Mussolini, sin embargo, otros se inclinaron hacia el socialismo e incluso hacia el comunismo. Como buen conocedor de los movimientos vanguardistas, al fin y al cabo se formó en ellos, escribe Aub que "el futurismo llevaba en su entraña algo más rebelde que el fascismo: el nacionalismo, todavía vivo en el mundo entero." (Citas de las páginas 438-441 de la mencionada edición). Señaladas estas concomitancias del aparato teórico del Futurismo con el Fascismo, entresaca Aub los siguientes puntos del citado manifiesto primero del Futurismo (advierto al lector que es en el contenido de esas premisas donde observo, en una lectura interpretativa y por tanto sometida a error, la posible influencia ideológica de este controvertido movimiento vanguardista en el Eugenio de García Serrano); de entre todos los que recoge Aub en su libro, elijo los que me parece que se relacionan de modo más claro con la obra del entonces joven escritor falangista:


1. Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y la temeridad.
2. Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la audacia y la religión.
3. Puesto que la literatura ha glorificado hasta hoy la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño, nosotros pretendemos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso, el puñetazo y la bofetada.
4. Ya no hay belleza más que en la lucha ni obras maestras que no tengan un carácter agresivo. La poesía debe ser un violento asalto contra las fuerzas desconocidas para hacerlas rendirse ante el hombre.
5. Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, la acción destructora de los anarquistas, las hermosas ideas que matan y el desprecio a la mujer.
6. Deseamos demoler los museos y las bibliotecas, combatir la moralidad y todas las cobardías oportunistas y utilitarias. 

 
(Filippo Tommaso Marinetti)

Desde el principio de la novela de García Serrano, cuando el narrador se encuentra con Eugenio, metonimia del falangista altivo, intelectual y combativo, y este le dice que "debe indignarse porque en esta hora hace falta un canto civil y heroico" frente a la música de Sorozábal, que es la que prefiere la burguesía, empiezan las alusiones a una violencia soterrada y latente que no tardará en cobrar carta de naturaleza. En efecto, sin más ni más, Eugenio, "el bien engendrado", epíteto épico que utiliza el narrador para referirse al héroe, "hermoso de cólera" (son notables los aciertos estilísticos y poéticos en la prosa del narrador), se pelea a puñetazos con un "señorito" que lleva en la solapa la insignia de un partido burgués. Luego hay una alabanza a la muerte "en combate", en el que la "sangre se hace fértil como una primavera". Todo esto, ya en el mismo arranque de la narración.

Después, llegado ya el verano, frente al mar de San Sebastián, el narrador, que firma sus cartas con un "Rafael" que lo emparenta con el autor, escribe a Eugenio estas reveladoras palabras:

Vivíamos junto a la vida. Y es necesario que vayamos aprendiendo a morir, porque ya es el tiempo de la sangre en el campo. Y si ahora basta con las venas de unos pocos, serán luego necesarias las venas de muchos.


Más que reveladoras, estas palabras, a la luz de lo sucedido después, resultan proféticas. Estos jóvenes, cuyas ideas responden bien a cierto perfil del futurismo antes reseñado, se burlan de la que llaman "civilización pacifista -la del progreso indefinido- que todo lo subordina a la higiene y a los ensanches". Así que, el narrador reconoce que Eugenio le "ha enseñado el arte de pensar violentamente" y que frente a la sociedad pacifista hay que oponer la violencia transformadora, que cambie las inercias. Con todo, la frase definitoria llega en el capítulo quinto, cuyo significativo título es "Pedagogía de la pistola", en boca de Eugenio mientras conversa con Rafael: "Uno se lo explica todo cuando dispara el primer tiro". 


 Así que, nada de pacifismo, ni de civismo, ni siquiera de política: violencia, acción directa, imperio, desprecio de lo burgués. Hay que arrojar el pasado por la borda y afrontar el mundo nuevo desde la acción, es Eugenio quien se define: "Ya soy hombre de acción. De choque. Estoy seguro de que la conciencia no me remuerde por haber matado a un hombre. A un comunista." En actitudes como estas, está el germen de la violencia desatada tras el triunfo del Alzamiento allí donde le golpe se impuso: una violencia terapéutica, necesaria, quirúrgica.

En Plaza del Castillo, la novela publicada en 1951, que se desarrolla en Pamplona entre el lunes seis de julio de 1936 y el domingo, diecinueve, cuando ya se ha producido la rebelión militar contra el gobierno constitucional de la República, el narrador escribe:

La convivencia estaba rota, hecha pedazos: ardía en los retablos, en el trigo, en los olivares, se tumbaba con dos balazos en el mármol de las autopsias. Era el instante de una sacra violencia, de alzar a los campos y a los pueblos, a las villas y a las ciudades, de levantar el grito, de ponerlo en el cielo y confiarlo al cielo y rogando a Dios esgrimir el mazo.

Habla luego el narrador de esa novela del preludio de la muerte, de la "danza macabra que iba a iniciarse sobre la espaciosa patria" y a uno se le ponen los pelos como escarpias sabiendo lo que iba a pasar después de ese entusiasmo hacia la violencia y esa necesidad de "salvar a España", como dice Juanito, un personaje falangista de la novela de García Serrano. Después de casi tres años de guerra, uno de los tres jóvenes falangistas -Ramón, Miguel y Matías-, entusiastas combatientes desde la primera hora del conflicto, dice así en La fiel infantería: "Pobre Blanco. Mala suerte la suya. Si al menos hubiese sido mañana, haciendo algo... Es igual. Siempre decimos lo mismo. Si tal, si cual, si mañana, si pasado. Pasa que no es agradable morir".



El tiempo de la novela avanza y llegamos así al doce de octubre de 1935. Eugenio reivindica la idea de imperio y dice: "Falange hará imperio", para solicitar a renglón seguido a las madres de España: "Parid hijos para la Patria. Está cercana la hora de asaltar el prestigio y la admiración del mundo con el gesto rebelde de nuestro pecho. Que vuestros hijos, madres de España, sean, en el momento preciso, carne de cañón. Salvaremos a la Patria en la gracia de la revolución."

El golpe, anunciado en estas palabras de Eugenio, no tardaría en llegar y en convertir a tantos jóvenes españoles de entonces, de un bando y de otro, en esa "carne de cañón" por la que parece clamar Eugenio, para "salvar" a una patria que nunca pidió ser salvada y que cuarenta años después volvió a ser la democracia constitucional que era en el momento en que Eugenio lanza su incendiario discurso. Tarea inútil, pues, posición equivocada, violencia estéril, muerte y destrucción evitables. De nada sirve, pues, que Eugenio abandone su familia y sus estudios y cambie, como expresa el narrador en aliteración paronomásica, "las normas por las armas."

domingo, 5 de marzo de 2017

Gonzalo Goytisolo Gil: Personas pintadas

Hasta el día 26 de marzo podrá, quien lo desee, visitar una exposición en la que, además de recrearse en la visión de la obra expuesta, tendrá la oportunidad de ver al artista trabajar y, si la ocasión es propicia, charlar con él y recibir algunas explicaciones acerca de su técnica pictórica. Muy pocas veces eso sucede así y es uno de los elementos, al margen claro de la calidad artística de los cuadros expuestos, que hacen singular esta muestra en el "Espai Volart" de la Fundació Vila Casas, sita en la calle Ausiàs Marc, 22, de Barcelona.

(Retrato de Carmen Balcells, web Fundació Vila Casas) 
Gonzalo Goytisolo Gil (Barcelona, 1966), pintor de reconocido prestigio y  larga trayectoria, basta con visitar su página  web gonzalogoytisolo.com, centra el tema de esta exposición en el retrato, género pictórico en el que se revela como un consumado maestro.

Los que pueden verse en esta exposición versan sobre escritores famosos, entre ellos su padre y sus tíos, pero también Marsé, Gimferrer o Vargas Llosa; personas destacadas en el mundo de la cultura como Carmen Balcells; familiares -entrañables resultan los de sus padres y su hermano en grafito sobre papel-, amigos, personas influyentes en el mundo de la política y de los negocios; en fin, personas pintadas a lo largo del tiempo en cuadros de diferente formato, enfoque, color, luces y sombras, técnicas, posturas, ambientaciones y fondos en los que predominan los interiores confortables: salones, despachos, bibliotecas, jardines o terrazas. Todos ellos captan a las personas retratadas en un instante de sus vidas que queda eternizado en la ficción del cuadro, pasando así, la persona retratada, a convertirse en personaje de esa obra de arte.

                                      (Litografía 24/175 de Goytisolo Gil, colección particular)

En el catálogo de la exposición, cuya portada ilustra esta entrada, escribe Gonzalo Goytisolo un interesante texto titulado "Hacerse un retrato (teoría relativa)" -impreso en catalán, castellano e inglés- del que extraigo esta reflexión sobre la "vocación artística":

Tengo la suerte de vivir exclusivamente de la pintura, es decir, de producir una clase de bienes que claramente no son de primera necesidad, y menos aún con la que está, y seguirá, cayendo, así que en lugar de lamentarme del Hado adverso, he decidido buscarme la vida del modo más realista del que soy capaz para poder llegar a mis citas mensuales con el banco de la manera lo menos traumática posible, así que he decidido enfocar mi trabajo en los encargos, sobre todo los retratos, ya que desde hace años son estos mi fuente real de sustento. (...) Pintar, vender, comer, vivir, pintar. Reconozco que, explicado de este modo, todo resulta demasiado pragmático, poco artístico, y por así decirlo, sin magia. Pero es que yo creo que eso que llamamos magia es frecuentemente el resultado de un trabajo tedioso realizado con una pasión más o menos quieta y más o menos lúcida, más parecida a la tozudez que a otra cosa, y, necesariamente, en el entorno del mundo real. Del mismo modo que creo que la idea popular de una vocación artística como una especie de pasión flamígera e incontenible que se manifiesta de modo espectacular, popular por ser una fantasía autoindulgente, está bastante alejada de la realidad. En mi experiencia, la vocación es eso que realmente se manifiesta con el paso del tiempo, cuando llegan las malas noticias, las cosas no vienen rodadas y ya no resulta todo tan fácil ni prometedor, y unos abandonan, mientras que otros creen que a pesar de todo sigue mereciendo la pena seguir adelante y se las ingenian para ir presentando batalla lo mejor que saben o pueden. Pintar, como vivir, es un acto esencialmente concreto y empírico. 

(Goytisolo Gil en el taller de Antonio López y Juan José Aquerreta.
Tomo la foto del Blog de Estrella, http://chiquitin52.blogspot.com.es)

Mi relación con Gonzalo Goytisolo, inexistente en lo personal hasta el viernes tres de marzo, se debe a dos coincidencias muy distanciadas entre sí en el tiempo. La primera es el hecho de haber adquirido, a finales de los ochenta dos hermosas litografías, cuyas deficientes fotos ilustran esta entrada, que desde entonces han ocupado un lugar destacado en las paredes del comedor de casa, de modo que podría decirse que llevo más de treinta años comiendo junto a esos paisajes urbanos de la ciudad de Barcelona filtrados a través del arte y la sensibilidad de Goytisolo Gil. La segunda es más literaria. Cuando publiqué en Alba Editorial mi novela, Años triunfales. Prisión y muerte de Julián Besteiro, la editorial le encargó la portada a Gonzalo Goytisolo. La hizo, se publicó, pero no tuve la oportunidad entonces de conocerlo.
 
                                  (Goytisolo Gil, imagen que ilustra la portada de Años triunfales)

Salgo poco y apenas frecuento los actos culturales, vivo bastante alejado de lo que suele llamarse vida literaria, en este caso, artística. Pero mis amigos -Joaquim y Elena- me hablaron de la exposición de Goytisolo Gil y al explicarme que el artista estaba instalado en el piso de abajo ("donde está el poder", me dijo luego Gonzalo con cierta sorna) trabajando y que no rehuía el trato con los visitantes, al contrario, parecía agradecerlo, vi la oportunidad de acercarme, el lugar de la exposición está relativamente cerca de donde vivo, y conocer a Gonzalo personalmente. Así que, el viernes tres de marzo, casi a última hora de la tarde, me acerqué, con mi mujer y mi hija, a conocerlo y a ver sus cuadros, claro está.


(Goytisolo Gil, litografía 17 / 175. Colección particular. La luz de la parte
       izquierda del cuadro no se debe al artista sino a mi impericia fotográfica.)

Le llevé un ejemplar dedicado de la novela y me lleve también el mío para que su firma figurará en él. El puro azar había hecho que coincidiéramos de modo inesperado años atrás y ahora fui yo quien quiso tener un encuentro personal con él, que resultó muy cordial y lleno de sabiduría por sus explicaciones técnicas acerca de lo que estaba pintando, un retrato de mujer. Se acercaron también otras personas y alabaron el hecho de asistir a una exposición en la que se podía conocer al artista, verlo trabajar y saludarlo, nunca antes les había sucedido; a nosotros, tampoco.

Charlamos largo rato sobre arte y literatura y advertí que Gonzalo no solo es un gran pintor, sino que posee una soberbia capacidad para analizar los aspectos teóricos y técnicos de la pintura, ofreciendo cumplidas explicaciones sobre el proceso artístico y creativo de elaboración de un retrato, con una pedagogía de primer nivel, si se me permite decirlo así.

Después, me quedé, en silencio, viéndolo pintar. Nos despedimos con gran complicidad. Antes de irme, subí de nuevo al piso de arriba para ver el retrato de su padre y de sus tíos, el titulado "Los hermanos Goytisolo", que sirvió para ilustrar una conocida revista de literatura en 1999. Mi hija le pidió a Gonzalo si podía retratarnos juntos. Accedió encantado y ella buscó como fondo, con el permiso del autor, claro, uno de los cuadros que más me habían gustado de la exposición, el dedicado al ingeniero de minas don Juan Gavala y Laborde (Lebrija, Sevilla, 1885 - Madrid, 1977), el cuadro debió ser un encargo del Excmo. Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, hermosísimo lugar gaditano a cuyo paisaje estuvo ligada la infancia del personaje retratado.


Gracias, Gonzalo, por tu cordialidad, por tu pintura y por tu magnífica y estimulante lección de vida, creatividad y arte pictórico.


Nota. Después de haber publicado esta entrada, veo en el blog de mi amigo Fernando Valls, La nave de los locos, esta otra, entrañable y sabia, dedicada a Gonzalo; dejo el enlace para quien quiera visitarla AQUÍ; los cuadros que Fernando reproduce son impresionantes, sobre todo el "bodegón" Verdura acuchillada

jueves, 2 de marzo de 2017

Tanka del ayer



TANKA DEL AYER

Dónde irá el tiempo
me pregunto a menudo
dónde los sueños
qué será de lo que ayer
fue mío entre lo nuestro.

Nota. La foto la tomaste tú, junto a mí, una tarde de principios de enero de 2016, en Menorca.

miércoles, 22 de febrero de 2017

La iglesia española en 1936: El cura de Almuniaced / y 2



A las pocas semanas de iniciada la guerra, los anarquistas entran en Almuniaced y convierten la iglesia en granero, al tiempo que organizan una quema de las imágenes en la plaza del pueblo. Don Jacinto, alarmado ante la posibilidad de que quemen a Cristo esos "satanases", tiene la siguiente conversación con el sacristán:

Y saltó ciego de ira repentina, temiendo verle aparecer entre remolinos de polvo hacia un hondo Calvario de cardos y ceniza.
   - ¡Satanases! -gritó-. ¡Van a quemar a Cristo!
   Bajaba las escaleras como un torbellino cuando le detuvo el sacristán.
   - ¿Ande va Ud.?
   - Van a quemar a Cristo esos caínes.
   - ¡Qué han de quemar! ¡Hala!, vuélvase arriba.
   - No me da la gana; ¡aparta!
   El sacristán le empujó dulcemente.
   - Le digo a Ud. que no lo queman. Dicen que es de los suyos...
   - ¿Eh?
   - Sí, que es rojo también, y que no lo queman.
   - ¡De los suyos!... ¡Qué ha de ser de los suyos! -y se le quebró la voz sintiendo algo muy suave, muy dulce, que le nacía en las entrañas.
   - ¡Hala!, siéntese; ya verá como con Él no se meten.
   - ¿No me engañas?
   - ¿A santo de qué le he de engañar? Yo mismo he visto el cartel que le han puesto pa que nadie lo toque.
   - Otro inri -refunfuñó el párroco.
   - Nada de inris -protestó el sacristán-, allí lo que dice, poco más o menos, es lo siguiente: "Compañero, este es de los nuestros. Respétalo".
   Mosén Jacinto se enjugó el sudor. Lo tenían por suyo, por uno de los suyos..., pero ellos... ellos, ¿eran de Él?

Considerar a Jesús el primer revolucionario era un lugar común entre algunos anarquistas, así que esta escena del libro de Arana, que termina con ese interrogante de tan difícil respuesta, más allá de que esté o no inspirada en algún suceso real, resulta eficaz y lograda y despierta en el párroco, y también en le lector, cierta simpatía por esos "caínes" que parecen no respetar nada de lo suyo.

sábado, 11 de febrero de 2017

La Iglesia española en 1936: El cura de Almuniaced /1


En su tiempo dejé escrito, probablemente en un artículo periodístico, que El cura de Almuniaced me parecía una de las mejores novelas cortas escritas sobre la Guerra Civil Española. Releo, de hecho el releído este libro varias veces, estos días el texto en la edición de Luis A. Esteve Juárez (Renacimiento, 2005) y no me queda otra que ratificarme en el juicio que entonces emití sobre la obra. 

No es cuestión de volver a analizar la novela ahora, tantos años después, pero me he fijado en la conversación entre Mosén Jacinto, el cura unamuniano protagonista de la historia, y don Juan, el Sr. Notario, representante de la España que apoyó sin fisuras el Alzamiento. Lo que me parece más destacado de ese diálogo, y es la razón por la que lo traigo a estas páginas volanderas, es la concepción que tiene de la religión cristiana y de la Iglesia que la sustenta don Jacinto, tan lejana de lo que luego fue la postura oficial de apoyo a lo que acabaron denominando "Cruzada de liberación".

Por los balcones del Casino, abiertos de par en par, salía el mugido de la radio. Mosén Jacinto cruzó la calle en cuatro zancadas. Entró en el zaguán.
   - Hasta luego.
   - Con Dios, señor cura.
   Subió como una tromba, temiendo y deseando conocer las proporciones del desastre.
   Una voz ronca se deshacía en chillidos histéricos: "...¡Españoles! Frente a la anarquía y al caos, frente a la anti-patria, es imposible dudar. Nuestro glorioso Ejército ha emprendido la cruzada salvadora. En este momento solemne solo cuentan los intereses sagrados de Dios y de la Patria. ¡Viva España! ¡Viva España! ¡Viva España!"
   Empujó la mampara hablando para sí:
   - ¡Qué España va a vivir, si la están matando!
   Dentro las fuerzas vivas de Almuniaced vociferaban en pequeños grupos. Se le acercó el Sr. Notario -alto, cetrino, marchoso- con un destello bronco en la pupila agitanada.
   - Al fin llegó la nuestra, Mosén Jacinto.
   Se le encendió la sangre al viejo párroco:
   - ¿La nuestra? Será la suya, señor don Juan. Yo, aunque indigno, soy ministro de una religión que es toda amor y caridad, toda misericordia; que prohíbe expresamente la venganza, y cuyo quinto mandamiento es "No matarás".
 
Solo quiero destacar, en fin, el sintagma con el que define don Jacinto a la religión cristiana y por ende a la Iglesia que la ampara; es, según la concepción de este cura tan entrañable de la novela de Arana, una definición nítida y lúcida que no necesita la más mínima explicación: "una religión que es toda amor y caridad, toda misericordia". 

lunes, 23 de enero de 2017

La amistad: Galdós y Pereda


Es proverbial y sobradamente conocido el espíritu tolerante de don Benito Pérez Galdós, aunque no lo entendieran así algunos periódicos carlistas que en 1912 organizaron una feroz e insidiosa campaña en su contra al ser propuesto como candidato al Premio Nobel por un nutrido grupo de académicos, amigos y escritores de su tiempo. José Carlos Mainer cuenta, en la introducción a su edición de Misericordia (Vicens Vives, Barcelona, 2007), que los que alentaron esa campaña, El Siglo Futuro, entre otros, pedían a sus lectores que enviaran a la Academia sueca un telegrama con un texto en el que se decía que Galdós n'est aucunement digne prix Nobel porque no representaba a España, mientras que Menéndez Pelayo, en contraposición, sí lo era. 

Uno de los valores que caracterizaban la personalidad de don Benito era el de cultivar con constancia y dedicación el sentimiento de la amistad. Podría decirse, sin temor a equivocarse, que Galdós fue siempre amigo de sus amigos, aunque estos estuvieran en posiciones ideológicas, políticas o religiosas, muy alejadas de las suyas, no importaba; Galdós demostró con su ejemplo, y dio con ello una admirable lección de tolerancia, diálogo y respeto, que se puede ser amigo de quienes no piensan como uno. 

En el libro que editó Federico Carlos Sainz de Robles bajo el título Recuerdos y Memorias, (Ed. Tebas, Madrid, 1975), en la parte titulada "Memorias de un desmemoriado", escribe Galdós:

Del 72, el primer año que yo visité la capital cantábrica, data mi entrañable amistad con el insigne escritor montañés; amistad que permaneció inalterable, fraternal, hasta que acabaron los días del glorioso autor de Sotileza y Peñas arriba. Algunos creen que Pereda y yo vivíamos en continua rivalidad por cuestiones religiosas y políticas. Esto no es cierto. Pereda tenía sus ideas y yo las mías; en ocasiones nos enredábamos en donosas disputas, sin llegar al altercado displicente. En verdad, ni don José María de Pereda era tan clerical como alguien cree, ni yo tan furibundo librepensador como suponen otros. En mi copioso archivo epistolar conservo como un rico tesoro multitud de cartas de Pereda, escritas maravillosamente en aquella prosa fluida, galana, incomparable.

Viendo los cauces por los que discurre hoy la realidad social y política, más sectaria y enconada que nunca, el ejemplo de Galdós y Pereda es digno de ser imitado o cuando menos, tenido en cuenta.