jueves, 5 de abril de 2018

Juan Benet: las tres edades


Empecé, hace muchos años, quizá por 1978, varias veces la lectura de la novela de Juan Benet Volverás a región y unas veces por una causa -requería una lectura pausada y no disponía entonces del tiempo necesario-, otras por otra, la abandoné sin terminarla, dejándola, me decía, para otro momento. Pasado un tiempo, en 1983, cuando se publicó por primera vez, leí de un tirón, por andar entonces metido en la lectura de novelas sobre la guerra civil -por cierto, ¿debe considerarse La tierra que pisamos, la segunda novela de Jesús Carrasco, una novela sobre la guerra civil?- los tres volúmenes de Herrumbrosas lanzas, que publicó Alfaguara. Deslumbrado por la prosa de Benet, pensé que tenía que corregir la anomalía de no haber acabado la lectura de Volverás a Regiónla novela inaugural de uno de los espacios narrativos de ficción más importantes de la narrativa española del siglo XX, desde entonces una suerte de asignatura pendiente para mí

Han pasado casi cuarenta años desde el primer intento fallido de lectura de la novela epifánica de Región y ahora por fin la he leído, guiado por la sabiduría de Ricardo Gullón - "Una región laberíntica que bien pudiera llamarse España", nº 319, junio de 1973, Ínsula- y Gonzalo Sobejano, -Novela española de nuestro tiempo 1940-1974 (En busca del pueblo perdido)-,  cuyas palabras me han servido de guía a la hora de internarme en el tupido bosque de dificultad que constituye la lectura del texto de Benet. 

También he de decir que el artículo que publicó en el diario El País Julio Llamazares sobre el Pantano de Porma, obra de ingeniería diseñada por Juan Benet que sepultó sobre las aguas Vegamían, pueblo natal del escritor leonés, proponiendo la relectura de Volverás a Región, fue un acicate, no sé, estimuló mi curiosidad y me hizo ver que era este el momento propicio de leer de una vez por todas esa novela. 

Para cerrar la lista de sincronías, por esos días, en Historia de nuestro cine, el programa de la dos, se repuso la película El Filandón, cinta de 1984 en la que participaban Merino, Mateo Díez, Pereira, Llamazares y Trapiello (Pedro), y en la que la historia última, la que protagonizaba Llamazares era una visita al pantano que sepultó su lugar de nacimiento, lo que acrecentó, más si cabe, mi interés por la lectura del libro de Juan Benet. 

¿Y cuál fue el resultado de todo ello, se preguntará quien tenga la paciencia de leer esta entrada? La respuesta es bien sencilla, si la lectura de Herrumbrosas lanzas me deslumbró, la de Volverás a región lo hizo aún más. Despertó mi admiración por la fuerza de la naturaleza descrita en las páginas de la novela, leída además con el "Mapa de Región" extendido sobre mi mesa de trabajo. Reforzó mi interés por la historia de los personajes, que apenas recordaba: el doctor Sebastián y la mujer, María Timoner, Eugenio Mazón y sus avatares en la guerra civil, que tanta luz arrojan anticipándose a Herrumbrosas lanzas, la historia mítica del Numa y su disparo, el personaje del ahijado del doctor Sebastián, hijo de María Timoner, que en un momento de delirio acomete a quien le ha cuidado tal vez de un modo en exceso riguroso, en fin, un conjunto de historias personales intensas y estremecedoras.

Pero, sobre todo, aunque eso ya lo había descubierto en la lectura prematura de Herrumbrosas lanzas, lo más destacable de la literatura de Juan Benet es el estilo, la prosa, la forma de contar. Como una muestra, traigo aquí esta cita de Volverás a región, páginas 253-254 de la primera edición, la de Ediciones Destino, colección Áncora y Delfín nº 295, Barcelona, diciembre de 1967 -Benet lo escribe todo en un único párrafo, pero para facilitar la lectura me permito establecer algunos puntos y aparte:

Creo que la vida del hombre está marcada por tres edades: la primera es la edad del impulso, en la que todo lo que nos mueve y nos importa no necesita justificación, antes bien nos sentimos atraídos hacia todo aquello -una mujer, una profesión, un lugar donde vivir- gracias a una intuición impulsiva que nunca compara; todo es tan obvio que vale por sí mismo y lo único que cuenta es la capacidad para alcanzarlo. 

En la segunda edad aquello que elegimos en la primera, normalmente se ha gastado, ya no vale por sí mismo y necesita una justificación que el hombre razonable concede gustoso, con ayuda de su razón, claro está; es la madurez, es el momento en que, para salir airoso de las comparaciones y las contradictorias posibilidades que le ofrece todo lo que contempla, el hombre lleva a cabo ese esfuerzo intelectual gracias al cual una trayectoria elegida por el instinto es justificada a posteriori por la reflexión. 

En la tercera edad no sólo se han gastado e invalidado los móviles que eligió en la primera sino también las razones con que apuntaló su conducta en la segunda. Es la enajenación, el repudio de todo lo que ha sido su vida para la cual ya no encuentra motivación ni disculpa. Para poder vivir tranquilo hay que negarse a entrar en esa tercera etapa; por muy forzado que parezca debe hacer un esfuerzo con su voluntad para permanecer en la segunda; porque otra cosa es la deriva. 

Pues bien, le diré una cosa: mi pueblo, mi gente, mi generación apenas vislumbró la primera edad; en seguida nos dieron todo, no pudimos elegir casi nada. Mediante un esfuerzo más considerable que su estimación logramos sobrevivir gracias a una justificación incompleta, ilógica y defectuosa pero suficiente. Y duró muy poco; en verdad no hemos conocido sino la deriva o quizás el encallamiento, eso es, un encallamiento en una cosa tan sórdida, desértica y hostil que no nos hemos atrevido a salir de la barca que nos trajo a ella. 

No es necesario decir que Herrumbrosas lanzas ya estaba contenido en Volverás a región, y que, por tanto, requerirá ahora de una relectura que en estos días de descanso ya he emprendido. Y no solo de esa larga novela publicada en Alfaguara en tres volúmenes, sino de otros títulos de Benet que la lectura aquí comentada ilumina, como, por ejemplo, La otra casa de Mazón. Fue Benet, sin duda, un gran escritor y quizá sería necesario que se recuperase su obra, se reeditara en buenas ediciones críticas y se pusiera así, nuevamente, en ediciones fiables, en manos de aquellos lectores que quieran acercarse a ella.

Nota. La foto que ilustra la entrada, pido perdón por su baja calidad, está tomada de mi ejemplar de la primera edición de la novela, la de Destino, de diciembre de 1967

domingo, 4 de marzo de 2018

José Luis Cancho: Los refugios de la memoria


Barcelona, cuatro de marzo de 2018

Estimado José Luis:

Ignoro en qué momento dejamos interrumpida nuestra relación epistolar, la que iniciamos tras haber facilitado el contacto entre nosotros el editor Sergio Gaspar, en cuyo catálogo de DVD Ediciones, coincidimos, tú con Grietas e Indicios y yo con los relatos de El final del sueño. Ya no recuerdo quién debía carta a quién, pero da igual, me decido a escribirte hoy y lo hago a través de este medio digital. Debería haber titulado esta entrada "Carta abierta a José Luis Cancho", pero he preferido utilizar el título de tu obra y convertir la carta en un comentario sobre ella.

¿Qué debería decirte primero, que estoy impresionado tras la lectura de tu libro, que no se puede decir más con menos palabras y en tan escaso número de páginas? ¿Acaso debería ahorrarme el elogio por el hecho de ser lector tuyo y haber intercambiado textos, escritos y confidencias literarias en el pasado? A lo mejor, sí; pero, a estas alturas, créeme, no elogiaría tu libro si no supiese que es un gran libro.

Quizá te choque, pero ¿sabes en quién pensaba mientras leía el episodio de tu detención, tortura y encarcelamiento?, en todos los que por estas latitudes han dado en tergiversar la historia, en tildar de "franquista" al sistema democrático del 78 y en hablar abiertamente de "represión" y de "presos políticos". Pensaba en ellos y pensaba en qué pensarían si leyeran ese episodio de tu libro, esa atrocidad cometida sobre un hombre joven de poco más de veinte años entonces. Es admirable, con todo, la sensación de durísima verdad que destilan tus páginas y la falta de odio y hasta de rencor hacia quienes fueron los causantes de tan deleznables hechos!

Es verdad, José Luis, como dices, es el tuyo un autorretrato fragmentario, de hecho, todos lo son. Podías haber escrito, con los avatares que cuentas en tu libro, los de tu propia vida, un apasionante novelón de quinientas páginas; pero siempre tendiste, en tu escritura, a lo breve -parece, en ese sentido, un guiño del destino que hayas publicado el libro en una editorial que se llama "papelesmínimos"- y en esta autobiografía has seguido siendo fiel a tus principios narrativos de economía lingüística, así que es muy coherente que hayas escrito tu libro en una prosa bella y concisa, alejada en todo de lo que Marsé llama "prosa de sonajero". Has querido, y has logrado, que el lector vaya a la esencia de las cosas, de la materia narrativa que relatas y no se distraiga en circunloquios estilísticos. Ello no quiere decir que no abunden también las páginas en las que la prosa se vuelve poética y se detiene en hermosas y logradas descripciones como las de La Gomera (XIII).

Hablas en tu libro de tu paso, breve y efímero, por la enseñanza y de tu condición de viajero, aunque mejor sería decir de nómada. La docencia, como bien aprendiste, requiere unas condiciones específicas que tal vez no se daban en tu "yo" militante en lo político, ni en tu "yo" intimista y reflexivo, el que buscaba en el arte literario las razones ocultas de las cosas. Al dejar la enseñanza y sosegar tu vida nómada, de repente, lo cuentas muy bien, escribiste tu primera novela, El viajero junto al mar, que se convirtió en el inicio de la obra del escritor que eres ahora. Cuando te conocí y leí tus libros, se pusieron de manifiesto, al menos para mí, muchos puntos en común entre nuestros libros que ahora he vuelto a constatar en la lectura de Los refugios de la memoria: la indagación en la memoria, la exploración y reivindicación de un pasado oculto, los episodios más oscuros y terribles de la Guerra Civil, el exilio y sus consecuencias, la reflexión sobre la creación literaria, los recuerdos de la niñez y tantos otros que fueron apareciendo también en nuestro epistolario, que he releído antes de escribirte esta carta.

Voy cerrando, pero antes de hacerlo, déjame decirte, respondiendo a una de tus preguntas -"¿La memoria como fuente de energía a la vez privada y colectiva? (71)"-, que estoy de acuerdo contigo, que cuando se ilumina la memoria y el pasado renace vivificado en las páginas de la obra literaria, lo privado puede volverse colectivo y servir para todos. ¿Cuántos, que lean el proceso de tu detención y el abandono posterior de la militancia para buscar otros caminos, indagar en otras fuentes, no se sentirán identificados con lo que cuentas? Nunca estamos solos, José Luis, nunca somos quienes somos sin los demás.

Ahora sí, cierro de verdad y déjame que lo haga con un par de interrogaciones retóricas: ¿Te sirve, como valoración de tu libro, que te diga que ayer, sábado tres de marzo, lo leí de un tirón, sin interrupciones? ¿Te sirve que te diga que cuando llegué al final, volví al principio y lo empecé a leer otra vez y que en cuanto acabe esta carta lo terminaré por segunda vez? Pues si te sirve, basta.

Déjame ahora dirigirme a los lectores, alguno habrá, que compartan esta carta abierta, para decirles que no dejen de leer este libro, que no desesperen de encontrarlo, aunque la distribución sea manifiestamente mejorable; de hecho, yo, desde Barcelona -y aquí hay unas cuantas librerías-, tuve que acabar pidiéndolo a la editorial y comprándolo por internet. Con todo, sea como sea, que no dejen de leerlo, porque es un libro tan estremecedor como necesario.

Recibe un fuerte abrazo de tu amigo y compañero de tareas literarias, Javier Quiñones.

Nota: Después de publicada esta entrada, hoy, 23 de marzo, José Luis Cancho me envía una foto de la portada de su libro con el fajín en el que se da cuenta de la concesión del Premio de la Crítica de Castilla y León 2018. Procedo a cambiar la ilustración y a felicitar a su autor por tan merecido premio.  

martes, 20 de febrero de 2018

Tanka de la memoria


TANKA DE LA MEMORIA

Es la memoria
infiel y olvidadiza
miente a sabiendas
desvirtúa y engaña
tergiversa y confunde.

jueves, 11 de enero de 2018

Tanka de la melancolía



TANKA DE LA MELANCOLÍA

A ti, una vez más...

Dejas la casa
vacía cuando te vas
queda en el aire
dulce melancolía
el eco de tu nombre.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Fernando de Rojas: diatriba contra el amor

 

De diatriba contra el amor podrían calificarse las palabras con que Pleberio se refiere a la tragedia de la muerte de su hija en el planto que cierra la extraordinaria obra de Rojas. Estas son algunas de ellas:

¡Oh amor, amor, que no pensé que tenías fuerça ni poder de matar a tus subjectos! (...) ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? Si amor fuesses, amarías a tus sirvientes; si los amasses, no les darías pena; si alegres viviessen, no se matarían como agora mi amada hija. (...) Bienaventurados los que no conociste o de los que no te curaste. Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traídos. Enemigo de toda razón, a los que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congoxosa dança. (...) Ciego te pintan, pobre y moço. Pónente un arco en la mano con que tires a tiento. Tu fuego es ardiente rayo que jamás haze señal do llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas.

Laméntase Pleberio de que la falsa alcahueta Celestina muriese a manos de los criados de Calisto, Pármeno y Sempronio, que a su vez fueron degollados; Calisto murió despeñado y Melibea  "quiso tomar la misma muerte por seguirle". Eso es lo que provocan los excesos de amor. "Dulce nombre te dieron, se queja Pleberio, amargos hechos hazes." 

Nota. La foto la tomé, en los últimos días del año 2013, en la Plaza Mayor de Cáceres.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Los que no tienen nada que perder: Daniel Viglietti


Lo vi actuar en el teatro Romea de Barcelona hace un montón de años, a finales de los setenta. Me impresionó su voz grave y cálida con acentos íntimos y desgarro ético en los temas políticos. El absoluto dominio de su guitarra, en la que arpegiaba con una limpieza y una calidad excepcionales, serán siempre difíciles de olvidar; sus "Seis Impresiones para canto y guitarra" son una buena muestra de cuanto digo.
 
Eran aquellos años de compromiso político, recién salidos como estábamos de la larga dictadura, y canciones suyas como "A desalambrar" se convirtieron en himnos. Discos como "Uruguay. Canciones para mi América", con temas donde decía, por ejemplo, "Yo quiero romper la vida / como cambiarla quisiera", en su "Milonga de andar lejos", demostraban que el compromiso podía armonizar la hondura lírica con una intensa capacidad melódica y una innegable calidad musical. 
 
Con todo, a mí me impactó, tras escucharlo muchas veces,  un disco suyo que grabó con la Nueva Trova Cubana, "Trópicos". Cantaba en él Viglietti un tema de Silvio Rodríguez titulado "Existen", que  escuchado ahora, que acaba de fallecer el cantante uruguayo,  me llena de melancolía; en él se dice: "Menos mal que existen los que no tienen nada que perder (...) los que se mueren sin decir de qué muerte, sabiendo que en la gloria también se está muerto (...) los que no dejan de buscarse a sí, ni siquiera en la muerte, de buscarse a sí." 
 
Descanse en paz este gran artista, este hombre comprometido, este poeta que soñó siempre con el hombre nuevo y supo expresar ese sueño en canciones solidarias e inolvidables. Me uno al dolor de su familia y sus amigos. Descanse en paz. "Se precisan niños para amanecer", decía en un tema suyo llamada "Gurisito"; pues bien, empieza ahora el amanecer de la posteridad jubilosa de Viglietti. 
 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Soneto para un adiós


SONETO PARA UN ADIÓS

Para D.Z., que nos dejó un lunes de agosto, in memoriam

Nunca sabremos lo que fuiste a buscar
aquella madrugada de verano
sobre el sordo rumor de un mar lejano
ni qué oscuras sombras cegaron tu azar

volviéndolo triste de luto y pesar
de palabras pronunciadas en vano
de un dolor antiguo y siempre cercano
de un sueño que no volverás a soñar.

Si es verdad que tras esta hay otra vida
en la que es eterna la luz del cielo
y tiene el laberinto una salida,

deja que en tu nombre al Señor le pida
humildemente para ti el consuelo
de saberte memoria estremecida.

domingo, 13 de agosto de 2017

Contigo al fin del mundo, el viaje iniciático de Emma y Kim



La clave de la forma de narrar este viaje iniciático que supone, para sus protagonistas, Emma y Kim, Contigo al fin de mundo hay que buscarla, a mi modo de ver, en la novela de Julio Cortázar Rayuela. En el viaje de Emma, joven neoyorkina que decide visitar París tras un compromiso matrimonial bastante convencional, punto de partida de su periplo europeo, el narrador omnisciente, que narra desde la segunda persona, dice: "¿Encontrarás al Mago?" (p.71). La frase remite inmediatamente al inicio de la genial novela de Cortázar. Es innecesario recordar que la estructura narrativa de la novela del escritor argentino, maestro del cuento, posibilitaba al lector dos lecturas: una, la tradicional, es decir, desde el inicio hasta el final y otra que consistía en seguir una tabla en la que se indicaban los saltos de capítulo; para facilitar esta segunda opción, al final de cada capítulo se incluía el número del nuevo al que el lector debía dirigirse.

En esta novela de Mauro Cavaller, cuyo apellido se oculta en la portada, así como su biografía, que se limita a un "A Mauro le gusta y no le gusta", se alude a las novelas, se dice que muy populares en los ochenta y en los noventa, "elige tu propia aventura", en la que el lector podía optar entre varios finales y entre varias rutas narrativas para llegar a ellos. Confieso mi ignorancia en cuanto a ese tipo de novelas y es posible su influencia en el texto que comento, pero creo que el juego narrativo que Mauro propone tiene más que ver, salvando las distancias, con Rayuela que con ese tipo de literatura popular. 

Aquí hay dos viajes, o dos peripecias, que se cuentan: la de Emma y la de Kim. El lector tiene, por tanto, dos vías de entrada a la historia: una, la del viaje de Emma, que empieza en el capítulo uno, página once, y otra, la del viaje de Kim, que empieza en la página dieciséis, en el capítulo dos. Pero, a partir de ahí los caminos se bifurcan y el lector debe optar por seguir primero las peripecias de uno u otro personaje. Para no perderse, al final hay una tabla con los capítulos del viaje de cada cual y las ciudades por las que se pasa. Es ingenioso, pero pondré un pequeño pero. Hay un momento en que al final de determinados capítulos se te da una doble opción ir a una página o a otra; según la que elijas tendrás una solución narrativa u otra. Algunas conducen a un "final", a veces brusco y precipitado. Entonces, has de volver atrás, al capítulo de la bifurcación y tomar el otro ramal. Esto, a mi juicio, no está bien solucionado, porque hubiera costado muy poco decir, tras la palabra "fin", si no te gustado este final, vuelve a la página x, es decir a la de la bifurcación. Facilitaría la lectura y el lector, al menos quien esto escribe, lo hubiera agradecido.

En algunos comentarios de la red he leído que se califica esta novela como "novela para jóvenes"; bien, no estoy muy seguro del acierto de esa expresión; yo hace muchos años que dejé de ser joven y he leído esta novela con mucho interés y me ha parecido que cualquier adulto la puede disfrutar. Es obvio, no obstante, que esta es una novela de acceso a la experiencia, de crecimiento; en definitiva, estamos ante un bildungsroman en el sentido clásico del término. El viaje de Emma y Kim es un viaje de reafirmación de la personalidad, de búsqueda de las propias señas de identidad.

El viaje, y las ciudades por las que transcurre, son aquí muy importantes. Esta es una novela muy europeísta y está bien que sea así. El arte, y especialmente el arte grafitero, pero también la música y el cine, el ambiente de los bares y las calles, las formas alternativas de viajar y de vivir tienen su importancia tanto en el viaje de Emma como en el de Kim, aunque algo más en el de este último. La huida de los convencionalismos y la búsqueda de la autenticidad parecen guiar los pasos de los jóvenes protagonistas; en ese sentido, el amor, o la intuición del amor, será un motivo de presencia constante en esta novela de protagonistas jóvenes. Una escritura de frase corta, muy efectiva narrativamente hablando, no exenta de aforismos reflexivos de corte existencial y de momento líricos, junto a capítulos breves y a veces hiperbreves, contribuye al acierto y a la agilidad en la lectura del libro.

Recomiendo, pues, al lector, esta novela fresca y vitalista, llena de sensibilidad y sabiduría, divertida a veces y otras no tanto, pero siempre interesante. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Tanka de la estrella de mar


TANKA DE LA ESTRELLA DE MAR

Naufraga tu luz
en el cielo del agua
estrella de mar
solitaria en tu lecho
de salobre y espuma.

Nota. La foto, sin retoques, es tuya, de tus días de mar.

sábado, 8 de julio de 2017

La vigilancia de los acantos, de Javier Pérez Escohotado y Miquel Pescador



Podría decirse que los relatos que integran este libro, singular y original por muchas razones, están relacionados con la tradición de la literatura latinoamericana: de una parte son deudores de la cultura mexicana de la muerte, de la que ya bebieron, entre otros, Max Aub en sus Crímenes ejemplares y en sus Epitafios; por otra parte, se relacionan con la minificción y el microrrelato. Por eso, la Quintana en que están ambientados algunos de ellos evoca en el lector, al menos en el lector que yo soy, la Comala de Juan Rulfo, es decir, ese tipo de territorio literario de ficción en el cual las tortuosas líneas de la vida y de la muerte se entreveran y confunden como si fuesen incapaces de perimetrar sus límites. Al mismo tiempo, el tono poético de la mayoría de las narraciones hace pensar en los relatos mínimos de Juan José Arreola: "Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte". Es, en este caso, significativo que en Quintana Roo, uno de los estados federales de México, haya una escuela federal pública que lleve el nombre de Arreola.


Estos microrrelatos, brillantes, nostálgicos, irónicos y divertidos a veces, terminan en un epitafio en forma de estrofa de dos o tres versos, que evoca los finales didácticos con que don Juan Manuel cerraba sus cuentos en El conde Lucanor, aunque no haya aquí didactismo alguno, sino una buena dosis de escepticismo ante la condición humana. Estas referencias no empecen, en absoluto, la originalidad de estos cuentos, antes bien les brinda un anclaje en una tradición literaria sólida y constatable. En ese sentido, los "guiños" literarios son frecuentes. Por ejemplo, en el relato titulado "Omar K. Perhaps" el inicio es "Te recuerdo como eras a los quince años", lo que hace pensar en los versos de Neruda: "Te recuerdo como eras en el último otoño"; lo mismo ocurre en el titulado "Aaron P. Moses", en el que se dice "yo nací, perdonadme, en Estambul", lo que evoca los versos de Jaime Gil de Biedma: "Yo nací, perdonadme, en la edad de la pérgola y el tenis".


Estos cuentos, calificados de "vidas paralelas" en la contraportada del libro, relatan unas vidas imaginadas, a partir de nombres rescatados del spam, a quienes el autor imagina una peripecia vital que se cuenta en pasado porque sus protagonistas ya han fallecido. Son, pues, retratos mínimos, vidas imaginadas, contadas en el sucinto espacio de un texto breve o hiperbreve. No sé por qué, al leerlos, he recordado a Camilo José Cela, quien practicó este tipo de relato breve, retrato de personajes imaginados, cuya trayectoria se contaba en una o dos páginas, pienso en Los viejos amigos.


Pero el tono de modernidad, el reflejo de la inanidad de cualquier vida, la extrañeza ante una realidad no pocas veces adversa, los fracasos en el amor y en muchas de las empresas emprendidas por estos hombres y mujeres imaginados, los asuntos tratados y las voces de los narradores contribuyen decisivamente a la personalidad y a la brillantez de estos cuentos.



En casi todos ellos hay tristeza, o al menos yo lo he visto así. Es precisamente esa tristeza la que ha sabido captar con gran acierto Miquel Pescador en los retratos que ilustran el libro y que nacen todos ellos de la lectura de los textos. Recomiendo al lector de este libro que ponga su atención en las miradas de los personajes de las ilustraciones. Esas miradas reflejan, según lo veo yo, el desamparo de los seres humanos. Parecen captadas del vacío, de la nada, de un más allá intangible que ni existe ni tiene fundamento alguno. El retrato que corresponde al relato titulado "Peggy Pennington", triste historia de una cooperante de una oenegé, es un claro ejemplo de lo que digo:


Leyendo el relato, este y los demás, se entenderá bien la fuerte ligazón que existe entre textos e ilustraciones, esto es, entre pintura y literatura. En este que señalo, la mirada es de profunda tristeza, tal vez de decepción, y parece como rescatada de la nada; pero otras veces, las miradas son inquietantes, dislocadas, desvalidas e incluso arrogantes y desafiadoras. Pero es la tristeza  el sentimiento que predomina en esas miradas imaginadas y provenientes de un extraño mas allá.

Este libro forma parte, pues, de un proyecto artístico multidisciplinar que se expone, al que los autores han llamado Spam Project AnthologyDesde estas páginas volanderas recomiendo o bien la lectura del libro o bien la asistencia a alguna de las exposiciones, como la realizada en La Rioja, que lo muestran o mejor, ambas cosas al tiempo.