sábado, 25 de diciembre de 2010

¡Feliz 2011!


A todos los que se asoman a estas páginas volanderas, a esta bitácora, ¡que acaba de cumplir dos años!, a esta nave que surca las aguas tantas veces procelosas de la red, desde el dibujo de mi hija Marta, feliz navidad y que el año 2011 sea algo menos duro y cruel de lo que ha sido este con tanta y tanta gente. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Mendoza en el laberinto


Soy lector de la obras de Mendoza desde hace tantos años que rara vez he faltado a la cita que cada cierto tiempo nos convoca a las librerías para adquirir su nuevo libro. Esta vez, sin embargo, debo confesar que me mostraba remiso a la hora de hacerme con Riña de gatos. Madrid 1936. Tal vez el premio que la avalaba era más un inconveniente que un acicate. ¿Qué necesidad tenía -me preguntaba mientras con un ejemplar de la novela en las manos valoraba si me decidía finalmente a hacerme con él o no- un autor tan prestigioso como Mendoza, con una obra literaria tan consolidada, de presentare a un premio así? Leí las dos primeras páginas para ver si me ayudaba o no a decidirme. Fue decisivo. Las terminé, me dirigí a la caja, pagué, me llevé el libro. Esa noche leí setenta páginas de un tirón. Lo dejé porque al día siguiente a las siete menos cuarto debía estar en pie. Lo terminé pocos días después. Un acierto, un acierto rotundo. Dinero bien gatado (el ordenador se come la ese y pienso que es un juego de palabras con el título, así que lo dejo tal cual).

Dos ejes vertebran la narración: de un lado la reflexión sobre el arte, la pintura y la figura de Velázquez, de otro las intrigas previas al golpe de estado de julio del 36. Todo ello visto a través de la figura de un crítico y profesor de arte inglés que viaja a Madrid en la primavera de ese fatídico año, lo que supone un acierto en la perspectiva desde la cual se cuenta un relato que necesita, por su materia, de un distanciamiento necesario. Se entreveran en el tejido de la novela la intriga de carácter policiaco, los enredos que proceden de la novela galante o del vodevil, el sentido del humor que facilita escenas cómicas de puro enredo, las tramas políticas que condujeron al golpe y sobre todo, la figura de José Antonio Primo de Rivera, que ya había aparecido en la estupenda novela de Sánchez Dragó Muertes paralelas.


Pocas veces los novelistas se han fijado con tanta insistencia en la peripecia política y personal de José Antonio como lo ha hecho Mendoza. El clima de violencia de aquellos días, los mítines en el cine Europa, las tertulias y cenas con Sánchez Mazas, Ruiz de Alda, Fernández Cuesta y otras figuras relevantes entonces, los contactos con el general Franco, la detención y el encarcelamiento de la cúpula de Falange. Pocas veces, con la excepción ya mencionada de Sánchez Dragó, había visto aparecer esos asuntos en una novela y en eso acierta de lleno Mendoza y además resulta innovador al novelar lo que pocos habían hecho antes y haciéndolo además con una obra que tiene una decidida voluntad popular, mayoritaria, de dirigirse a un público amplio sin perder ni el rigor ni la calidad literaria de sus grandes novelas. Valga este fragmento de una conversación entre José Antonio y Anthony Whitelands al final de la novela en la que el líder de Falange se lamenta de su fracaso:

Yo quería la paz y la reconciliación. Pero no me han dejado. He dado mi vida por España y España me ha vuelto la espalda. He defendido a la clase obrera y la clase obrera, en vez de escucharme, me ataca. Nadie me hace caso. Y, sin embargo, yo podía haber logrado lo que nadie ha logrado ni logrará: superar la lucha de clases insensata, echar los cimientos de una España nueva, la patria de todos. Me he esforzado en vano: los españoles prefieren seguir con sus ideologías anacrónicas, su demagogia oscurantista, su caciquismo disfrazado de democracia y su salvaje ajuste de cuentas. ¿Qué diferencia hay entre sacar en procesión la imagen del Sagrado Corazón y quemarla? Este es un país cavernario, hundido en la miseria, la atonía y la falta de higiene.



La novela de Mendoza supone otra manera, distanciada e irónica, más narrativa y literaria, de acercarse a la dura realidad española en vísperas de la guerra civil desde un punto de vista amplio, pues no sólo la figura de José Antonio puebla estas páginas, también aparece en la parte final un fidedigno retrato del presidente Azaña. Además conviene no olvidar las soberbias páginas dedicadas a la reflexión sobre el arte, a la figura y la obra de Velázquez, páginas en la que brilla la prosa de Mendoza con transparente hondura. En fin, esta novela no es en absoluto una obra menor ni una obra oportunista para ganar un premio como el que ha ganado, sino una obra de calado, llena de amenidad y viveza narrativa que hará disfrutar al lector que se adentre en sus páginas.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Memoria dispersa: Ruiz de Alda


Me tropiezo en la prensa con una elocuente fotografía de Martín Santos Yubero en la que aparece Julio Ruiz de Alda junto a Raimundo Fernández Cuesta y José Antonio Primo de Rivera. Caminan todos por las calles de Madrid, en la zona de Cuatro Caminos, que algunos llamaban entonces o consideraban el "Madrid rojo", el dos de febrero de 1936, tras haber celebrado un mitin en el cine Europa. Al ver el rostro y el gesto de Ruiz de Alda, se dispara la memoria, como una llama que iluminara lo oscuro, hacia los años de mi infancia.


En la Ciudad del Aire, término municipal de San Javier (Murcia), donde debimos llegar, procedentes de Madrid, al iniciarse el curso 1962-1963, en el que yo estudié preparatorio para el ingreso en el bachillerato en el colegio “Nuestra Señora de Loreto”, había un “Casino” para recreo de los oficiales que llevaba el nombre de Julio Ruiz de Alda. El lugar era para nosotros, hijos de oficial, mi padre era entonces profesor de vuelo en la Academia, un lugar de diversión, pero también de solemne respeto en ciertos espacios en los que apenas nos atrevíamos a entrar, por ejemplo, los salones en los que estaban “los mayores”. Tenía el “Casino” dos pistas de tenis de cemento, que estaban más allá de la piscina, separadas por las pérgolas en las que una mañana de primavera desayunamos festivamente tras la ceremonia de recibir la primera comunión "los tres pequeños", es decir, mis dos hermanos y yo, tal como atestiguan las viejas fotografías del álbum familiar. Aprendí a jugar al tenis en esas pistas, viendo primero cómo lo hacían los mayores y después dando los primeros golpes con aquellas viejas raquetas de madera Dunlop Maxply y Slazenger.


Nos preguntamos muchas veces quién sería el tal Ruiz de Alda que daba nombre al “Casino”. Supongo, aunque no lo recuerdo, que alguien nos daría alguna explicación sobre su persona, pero entonces de las cosas de la guerra apenas se hablaba, así que lo único que llegamos a saber es que fue un gran aviador. Al ver ahora su fotografía en el periódico, me doy cuenta de que su figura contrasta con la que yo me había formado en mi imaginación de niño. He de confesar que me lo figuraba de otra manera a como ahora lo veo: no sé, me habían dicho que era un héroe y yo pensaba en un hombre joven, esbelto, al modo de los galanes de la viejas películas en blanco y negro de Hollywood; y sin embargo, la foto que veo hoy en el diario me muestra a este hombre enfundado en un castizo abrigo de paño cruzado, corpulento, de sonrisa seductora y desafiante, de frente despejada y cigarrillo en mano, de andar seguro y de actitud arrogante.


Tampoco sabía entonces, porque nadie nos hablaba de ello y menos que nadie, mi padre, que había sido uno de los fundadores de Falange y que tomó la palabra en el mitin del Teatro de la Comedia, en el año 1933, en Madrid, junto a José Antonio Primo de Rivera en el acto fundacional del partido. También desconocía, aunque parcialmente, pues ya he dicho que su figura se envolvía en un halo de heroicidad, de gran aviador capaz de una gesta inaudita como fue cruzar el Atlántico por primera vez en el “Plus Ultra”, que murió asesinado en el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936, precisamente junto a un hermano de José Antonio, sin haber cumplido aún los cuarenta años. Hoy navego por la red y me encuentro muchas fotografías de Ruiz de Alda, entre ellas las más patéticas, las de su rostro inerte y desamparado, bajo el gesto severo de la muerte, con un número tres sobre el pecho. Él, el héroe del aire, en tierra con el rostro desfigurado por la brutalidad de una muerte salvaje e injusta, innecesaria, producto de la barbarie que asoló nuestro país en aquellos primeros meses de la Guerra Civil. A pesar del tiempo transcurrido, sigo sin comprender cómo gente que se decía de izquierdas, por mucho que se justificaran diciendo que la mecha de la llama la encendieron otros con el golpe militar, pudo entrar en una cárcel y fusilar a presos inermes y desarmados en patios sombríos y huérfanos de luz, para que la última visión de esos hombres fuera así un presagio amargo y cruel de la oscuridad infinita.


No sé si es lo más conveniente que el “Casino”, así lo llamábamos y así permanece en mi memoria, siga llevando el nombre de Ruiz de Alda, tan decantado hacia uno de los bandos de la guerra civil. Hoy ya no se llama “casino” sino “Centro deportivo Socio Cultural del Ejército del Aire “Ruiz de Alda”. Cuando yo lo visitaba y me bañaba en la piscina, y jugaba al tenis en sus pistas, y comía los domingos en la pérgola las maravillosas paellas de un cocinero cuyo nombre (¿Mauro, Santos?) he olvidado lastimosamente, apenas tenía seis años de vida, ya que había sido inaugurado en 1956. Y eso es lo que evoca en mí el nombre de “Ruiz de Alda”, la vida y no la muerte que entonces muchos de sus partidarios por un lado y de los otros por otro, se empeñaron en sembrar por los campos y ciudades de España.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección del blog a la que doy el título de “Memoria dispersa”. Trataré en ella de recoger las evocaciones del pasado que me sugieran hechos del presente. La fotografía la he tomado, fotografiándola con mis propios medios, por lo que pido disculpas por la baja calidad, del diario El País.

lunes, 1 de noviembre de 2010

No contar nunca nada. Tu rostro mañana, de Javier Marías



“No debería uno contar nunca nada”. Así empieza Tu rostro mañana, una de las dos grandes obras escritas en castellano en el arranque del siglo XXI, la otra es 2666, de Roberto Bolaño. A pesar de que Javier Marías fue publicando la novela por entregas Fiebre y lanza (2002), Baile y sueño (2004) y Veneno y sombra y adiós (2007), fue en 2009 cuando se publicó la edición conjunta que permite leer el texto como lo que es, una sola novela. Resulta llamativo que el arranque sea, en cierto modo, una negación de lo narrativo, del hecho en sí de “contar”. En esa misma idea ha insistido Marías en un artículo reciente en el EPS, en el que recalcaba la idea de que conviene tener sumo cuidado con lo que se dice y cuenta porque puede volverse contra uno mismo en forma de crítica o de escarnio o de burla. Sin embargo, Jaime o Jack o Jacobo Deza cuenta y cuenta mucho y dialoga y reflexiona, aunque lo hace sabiendo que nada ni nadie es imprescindible, desde un escepticismo total frente a eso que suele llamarse “destino”: “Hay personas que asumimos que estuvieron siempre destinadas a sus funciones, que nacieron para lo que hacen o las vemos ya haciendo, cuando nunca nadie nació para nada, ni hay destino que valga ni nada está asegurado.”

Tres personajes van vertebrando el relato: Sir Peter Wheeler, el padre de Jaime Deza y Bertram Tupra. De los dos primeros, es el propio autor quien nos da el referente real: Sir Peter Russell y el padre del novelista, el filósofo Julián Marías. Las referencias a la Guerra Civil son muy interesantes y cohesionan también la narración: la investigación de Deza sobre el asesinato, a manos de agentes del estalinismo, en Alcalá de Henares, de Andreu Nin; la historia estremecedora de la delación contra el padre de Deza y los recuerdos de este sobre la violencia antes, durante y sobre todo después de la Guerra, de hecho podríamos entender la novela como una densa y extensa reflexión sobre la violencia, sus causas y sus consecuencias en la forma de actuar de las personas; el asesinato en Ronda de Emilio Marés, “toreado” por los falangistas hasta su muerte, hecho del que alardeaba después por los cafés cierto escritor que “tuvo exequias solemnes cuando murió, hasta un ministro muy democrático ayudó a llevar el ataúd”; finalmente, la integridad moral del padre de Deza se impone en un paisaje de miseria, violencia y delación.


Hay en la novela personajes grotescos como Rafita de la Garza, encarnación de la chulería, el machismo y la vulgaridad e ignorancia hispanas, contra quien se emplea una violencia tal vez desmesurada por parte de ese otro personaje logrado y misterioso que es Tupra, Bertram o Bertie, para quien Jaime Deza presta servicios y cuya relación con él es casi siempre problemática, compleja y de confusos límites. También resulta grotesco, violento y cobarde, Custardoy, el artista que protagoniza una historia cruda en el final de la novela y sobre quien Deza ejerce la misma violencia que Tupra con de la Garza, aunque quizá en este caso tenga más justificación por la violencia machista que Custardoy ejerce sobre las mujeres. Interesante es también la relación de Deza con Luisa, su mujer, de quien está separado, y con sus hijos y que en la parte final del relato, junto con la muerte del padre, cobra un especial relieve narrativo. Del mismo modo, la peculiar relación “amorosa” de Deza con la joven Pérez Nuix es de gran interés. Con todo, la melancolía ante la cercanía de la muerte, la complicidad y la inteligencia de Wheeler, los diálogos, los temas de conversación entre él y Deza sea lo mejor de la novela junto al personaje del padre y la visión que este ofrece de la España de los años de hierro de la dictadura.

Es muy difícil, en una nota breve como por fuerza ha de ser una entrada de blog, tratar de una novela que es un universo narrativo en sí misma. Creo, con todo, que es lo mejor que he leído de Marías y creo también que Tu rostro mañana sea tal vez la mejor novela de los últimos treinta o cuarenta años escrita en lengua castellana (en el recuerdo, Antagonía de Luis Goytisolo). Como dice Mario Vargas Llosa, por fin Premio Nobel, la novela ha de mantener en todo momento el “poder de persuasión”, el hacer creer al lector que entra en un universo distinto del mundo en que todos vivimos y a fe que Marías lo consigue plenamente con una prosa de sintaxis poderosa, evocadora y de una riqueza inusual en el panorama narrativo actual, así que al terminar esta larga novela tiene uno la sensación de que las citas que aparecen en la faja que adorna la edición dicen verdades como puños y no te queda otra que compartirlas plenamente: “De lejos es el mejor prosista español actual... Un escritorazo”, dice Roberto Bolaño; “uno de los mejores escritores europeos contemporáneos”, asegura JM Coetzee; “entre quienes deberían recibir el Nobel, está Javier Marías”, concluye Orhan Pamuk. Que así sea y pronto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Pequeña cerrilidad pueblerina...


Hace unas semanas, el 20 de septiembre, dediqué una entrada a José Antonio Labordeta con motivo de su fallecimiento. Afirmaba en ella, traición inequívoca de la memoria, que su disco Cantar i callar lo editó “Edigsa, la de los cantautores catalanes”. He leído en estos días su libro Regular, gracias a dios. Memorias compartidas, tan estremecedor en lo que se refiere a la narración de los efectos de la devastadora enfermedad que acabó llevándoselo y tan tierno como nostálgico en la recreación de los recuerdos. Pues bien, cuando se refiere a la grabación y posterior salida a la venta de aquel disco escribe con cierta sorna el siguiente párrafo, tan elocuente, que copio aquí:

Tres hitos de la canción. Lo que había empezado siendo casi un juego se fue convirtiendo en un compromiso y para muchas personas en una necesidad. El EP de cuatro canciones se transformó en un LP diseñado por Gonzalo Tena, grabado en Barcelona y editado por Le Chant du Monde. Esto se hizo así porque Edigsa –discográfica que tenía el contrato- se negó a editarlo porque ellos eran catalanes y solo aceptaban canciones en catalán o en euskera. Los demás pasábamos a la historia. Lo que sucedió fue que el sello Le Chant tenía más prestigio por Europa, así que gracias a esa pequeña cerrilidad pueblerina, salí ganando. El disco llevaba por título Cantar i callar. De la i latina yo decía en broma que era que el título estaba en altoaragonés. Algunos se lo creyeron; otros se cabrearon.

De lejos viene, pues...

martes, 28 de septiembre de 2010

Dime si es verdad




Dime si es verdad

Dime, padre, si es verdad
que en el lugar que habitas
el tiempo existe también
y la melancolía
del otoño es la misma
que me dejó tu ausencia.

Dime, padre, si es verdad
que no todo termina
en soledad y muerte
que algo nuestro pervive
para siempre en lo eterno
más allá del olvido.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Besteiro, setenta años después


Hoy se cumplen setenta años del menesteroso e injusto final de Julián Besteiro en la cárcel de Carmona. Cuando presenté mi novela sobre sus últimos días en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en marzo de 1998, acompañado de Alfonso Guerra y Horacio Vázquez-Rial, dije que me parecía que sobre los hechos que en ella se narraban había caído una densa masa de desconocimiento y olvido a partes iguales. Pedí entonces que se anulara el juicio que lo condenó a pena de muerte, que luego sería sustituida por la de treinta años de reclusión mayor. Lo mío fue un modesto intento de reivindicar su memoria tratando de limpiarla de las graves acusaciones que algunos habían vertido sobre ella durante años. Besteiro y Dolores Cebrián no tuvieron hijos y, por tanto, tampoco nietos. Nadie, pues, que hiciera suya con tenacidad la reivindicación de su memoria, aunque su familia hiciera cuanto pudo en aquellos años duros de la dictadura. Ya en democracia, en 1988, el libro Cartas desde la prisión editado por Carmen Zulueta, hija de Mercedes Cebrián, hermana de Dolores y por tanto sobrina de don Julián (“Bugán”, como le llamaban familiarmente) fue un buen ejemplo de ello. Se tiene la impresión, a juzgar por el busto que está en los pasillos del Congreso, justo al lado de la puerta por la que entran y salen sus señorías al salón de plenos, de que a Besteiro se la ha hecho justicia (la biografía Nadar contra corriente. Julián Besteiro, publicada en 2002 por Patricio de Blas y Eva de Blas va en esa dirección) y hoy es un referente necesario (algunos dicen que de la tercera España) de la memoria histórica colectiva. Sin embargo, el juicio que lo condenó por “rebelión militar” sigue intacto y nadie que tenga verdadera influencia en estos tiempos de recuperación de la memoria histórica ha movido un solo dedo por anular una de las condenas que merecerían estar, como dijo Miguel Mena en El Periódico de Aragón al comentar mi libro, en la historia universal de la infamia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Como una linterna mágica sin luz


Releyendo Penas del joven Werther, en la traducción del ilustrado aragonés José Mor de Fuentes (1762-1848), autor del estupendo Bosquejillo de la vida y escritos, publicado en Barcelona en 1836 y reeditado con una introducción de Manuel Alvar en la Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses, bajo la dirección literaria de José-Carlos Mainer, de Guara Editorial en 1981, me encuentro con estos aforismos intertextuales que dejo aquí y cuya calidad humana y literaria no necesita de ningún comentario:

[1] La raza humana es harto uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuanto pueden por perderla. ¡Oh, destino del hombre!

[2] Toda regla asfixia los verdaderos sentimientos y destruye la verdadera expresión de la naturaleza.

[3] Basta con conocer lo que es bello y atreverse a expresarlo.

[4] Sin el amor, ¿qué sería el mundo para nuestro corazón? Lo que una linterna mágica sin luz.

[5] Nuestra felicidad depende de nuestro propio corazón.

[6] El que sigue los impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar, y se le mira como a un ebrio o un demente.

[7] La naturaleza humana tiene sus límites; puede soportar, hasta cierto grado, la alegría, la pena, el dolor; si pasa más allá, sucumbe.

[8] Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada.

[9] Las flores de la vida no son sino vanas apariencias. ¡Cuántas se marchitan sin dejar el más leve rastro!

[10] Yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo.

[11] ¡Ay de mí! ¡Este vacío, este horrible vacío que siente mi alma...!

[12] ¿Qué otro destino le cabe al hombre sino el de llenar todo el camino con sus dolores, y apurar su cáliz hasta las heces?

[13] Señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido?

[14] ¡Morir! ¿Qué significa esto? Los hombres soñamos siempre que hablamos de la muerte. He visto morir a mucha gente; pero somos tan pobres de inteligencia que no sabemos nada del principio ni del fin de la vida.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Labordeta: Cantar y callar



La memoria, esa embaucadora infiel, no me deja recordar el nombre del programa de televisión, en blanco y negro, aunque sí el de su presentador, Gonzalo García-Pelayo (creo que se escribía con guión), en el que en una sobremesa de 1974 escuché cantar, sin ver su imagen, por primera vez a José Antonio Labordeta: “Polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta.” La sorpresa y el estremecimiento ante la hondura, la nobleza y la fuerza de aquella voz me dejaron sin palabras en aquel sofá del cuarto de estar de la casa de mis padres. Compré enseguida el disco, elepé de vinilo, editado por Edigsa, la de los cantautores catalanes. La austeridad del acompañamiento musical, una guitarra sola, y la voz recia, profunda y grave de Labordeta realzaban los textos y las melodías que reflejaban, con cierta tristeza, la realidad aragonesa: “Para Navidad la oliva, para el verano la siega, para el otoño la siembra, para primavera nada.” Así que, escuchando el disco, era como si viéramos “las arcillas viejas, las arcillas pobres”, o “el campo que se agosta”, o “el sacristán que loco por las campanas se desguazó ante el altar.” Todo era autenticidad, desgarro, canto que hundía sus raíces en lo más profundo de la tierra aragonesa.

Como su hermano Miguel, el poeta, también José Antonio “quiso ser palabra sobre el río al amanecer”, y como él, “se nos marchó con un suave silencio que el viento rompió.” El título del disco era en sí mismo una lección ética y lo decía todo Cantar y callar. Fue lo que hizo. Cantó y ahora, por desgracia, le tocó callar, aunque su voz siempre permanecerá entre nosotros. Que la tierra le sea leve en este casi otoño en el que ya “las uvas dulces van por el aire” y lo hacen, como él decía, "reventar de parte a parte.”

miércoles, 7 de julio de 2010

De nombres y cuentos: Siglo XXI, de Gemma Pellicer y Fernando Valls



En literatura, para valorar razonablemente lo que se publica, es preciso tener cierta perspectiva. Son raras las antologías compiladas desde la inmediatez, sin la necesaria distancia temporal que confirme o desmienta la calidad de lo publicado por los diferentes autores. Es más fácil dejar que un escritor de cuentos se asiente y luego incluirlo en una antología, que escoger un relato de su primer o segundo libro y asumir el riesgo de que después su carrera literaria no responda a las expectativas creadas. Salir airoso de ese reto le es dado a pocos. Creo que Gemma Pellicer y Fernando Valls lo han logrado con creces en este Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual.

Me han gustado más los cuentos que las poéticas que los acompañan, demasiado previsibles algunas, aunque la de Andrés Neuman suma un nuevo “Dodecálogo de un cuentista” con aforismos metaliterarios tan interesantes como estos: “La voz decide el acontecimiento, más que viceversa” o “Mucho más necesario que noquear al lector es despertarlo”. A veces, con ironía y sentido del humor, se confiesa que se escribe cuentos por curiosas razones, entre ellas, las que aporta Daniel Gascón: “Yo, de niño, escribía novelas. Novelas latguísimas e inacabadas, llenas de personajes y peripecias. Mi padre, supongo que cansado de leer tantas páginas, me sugirió que escribiera cuentos. Desde entonces, siempre llevo un relato en la cabeza.”

Me han interesado, y gustado especialmente, de entre los autores que conocía, los cuentos de Ricardo Menéndez Salmón, Andrés Neuman, el suyo me atrevo a decir que es el mejor cuento de esta antología (que me perdonen los demás), Daniel Gascón, Ismael Grasa, Julián Rodríguez, Berta Marsé, Hipólito G. Navarro y Carlos Castán. De entre los autores de los que no había leído nada, me gustaría resaltar el excelente cuento de Pablo Andrés Escapa “El cielo distante”, para mí, junto con el de Neuman, de los mejores del libro, sobre ese maestro llamado don Laureano Gamazo, aviador republicano represaliado. También por su mirada irónica sobre las relaciones familiares, me ha gustado mucho el cuento de Pepe Cervera. Y también los de Irene Jiménez e Ignacio Ferrando, sin que ello quiera decir que no me han gustado los que no menciono, al contrario, creo que la calidad de los cuentos incluidos es muy alta y el lector que se adentre en las páginas de esta antología podrá comprobarlo y disfrutarlo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Mujeres y hombres deshabitados



El hombre deshabitado se queja, en el prólogo de la obra, amargamente al Vigilante nocturno, ese artífice contra quien acabará rebelándose al final y echándole en cara que no es su creador sino un criminal porque le mandó un ángel del abismo para perderse y tener una excusa para poder así después ser arrastrado como castigo eterno al fondo de la tierra, se queja, digo, preguntándole por qué ha poblado su sueño de fantasmas incomprensibles. El hombre deshabitado fue escrita por Rafael Alberti, probablemente, como él mismo declaró en su día, en torno a 1928 o 1929 y terminada a finales de 1930 o principios de 1931 para su estreno en el Teatro de la Zarzuela por la compañía mexicana de María Teresa Montoya, estreno que se llevó a cabo el 26 de febrero, en vísperas como quien dice de las elecciones municipales que cambiarían el rumbo político de España con la llegada de la República. El vigilante nocturno, enfocando con su linterna amarilla, muestra al hombre deshabitado un fragmento de realidad con estas palabras:

¿Ves? Esta esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del Universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y oscuridad en que viven por dentro. Todo lo que desfila por esta calle del mundo es un páramo, un desierto movido por el frío. Faldas, chaquetas, sombreros, pantalones, máscaras lívidas, pertenecientes a mujeres y hombres deshabitados como tú. Ninguno sabe nada, ninguno desea nada, ninguno ve nada. Tropiezan diariamente los unos contra los otros. Se dan codazos, pisotones, y maldicen a media voz, pero nunca jamás se insultan. Son cobardes y feos, feos, hasta el espanto. Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que sólo es el molde hueco de una careta de albayalde. Aquello otro que parece el ramajo seco de un árbol, aseguran que es un anciano y que es noble y hermoso. Pero no hagas caso: es solamente unas podridas barbas de estopa, que hasta el mismo fuego desprecia. Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es sólo una chaqueta, un traje ciego, sin camino. En esta calle helada nadie tiene memoria. Todos la han perdido. Es como un duelo hacia la muerte de maniquíes sonámbulos, olvidados de su alma.


Leyendo, y escuchando casi, las palabras del Vigilante, no puede uno dejar de pensar que a veces eso somos todos nosotros: hombres y mujeres deshabitados que no sabemos nada, que no deseamos nada, que no preguntamos nunca nada a nadie, porque creemos que todo lo sabemos. Es como si viviéramos con los ojos vendados en medio de un laberinto de incomunicación. Y que todo a nuestro alrededor no fuera sino un baile de máscaras, donde tratamos de aparentar que somos lo que en realidad nunca seremos.

Nota. La cita del texto procede de la edición que Gregorio Torres Nebrera hizo, en 1991, para Ediciones Alfar, Sevilla, de las obras de Rafael Alberti El hombre deshabitado y Noche de Guerra en el Museo del Prado. Procede de la página 147 de la mencionada edición. La imagen que ilustra esta entrada es una fotografía de una litografía de Ricardo Baroja titulada “Máscaras”. Pido disculpas por la mala calidad de la foto, tomada de uno de los cuadros que cuelgan de las paredes mi estudio. La de Alberti está tomada de la red.

jueves, 17 de junio de 2010

El comisario



Qué quiere que le diga, llevábamos casi un año pasando frío y hambre, mordiendo el polvo amorraos al terruño, cuando una mañana de mayo del 37 apareció junto al comandante de la brigada aquel lechuguino, con su guerrera impecable, las botas lustrosas y aquellas gafas redondas de concha que le daban un aire distinguido de señorito intelectual. Créame que, tan apenas llegó, empezaron los discursitos, que si ahora seríamos soldados del ejército de la República, que si se necesitaba más que nunca disciplina y orden, que si fe ciega en la victoria y no sé qué más, y todo ello salpimentado con mucho “salud”, “camaradas” y otras zarandajas por el estilo.

Las cosas sucedieron así, como le voy a contar. Aquella mañana las órdenes del comandante nos tocaron los cojones. Había que atacar una posición del enemigo imposible de tomar; todos supimos que aquello era como mandarnos al matadero. “Al que retroceda, lo fusilo”, bramó la voz aguardentosa del comandante, un mecánico de Reus. “No lo olvidéis, camaradas”, apostilló en tono impertinente el lechuguino.

Usted verá, no nos quedó otra que cumplir las órdenes y atacar. Lo hicimos como siempre, con coraje y con valor. Yo iba con la ametralladora a cuestas, ayudado por el madriles, un chirivías de 19 abriles, pero con todo lo que hay que tener, no se crea, no se amilanaba ni tanto así. Vimos caer a muchos de los nuestros, a los mejores, a Eusebio, pastor de Soria, a Anselmo, campesino de La Almunia, a Emeterio, fresador de Sabadell. No, no pudimos tomar la posición, cómo quiere usted que la tomáramos si nuestras fuerzas eran tan inferiores a las del enemigo, que además estaba bien atrincherado; el resultado fue que nos frieron.

Cuando las cosas se pusieron muy mal para nosotros, algunos empezaron a retroceder y a buscar cobijo que a lo último resultó inútil. Entre ellos el lechuguino, que corría que se las pelaba. Qué quería que hiciera... Le dije al madriles, “atento, que ahora verás”; apunté al lechuguino, disparé y lo vimos caer “como un tronquico, oiga, lo mismo que un tronquico.”

martes, 8 de junio de 2010

La verdad incómoda


A estas alturas, tantos años después, parece que sigue siendo necesario recordar, a juzgar por el artículo de Javier Cercas el domingo en El País, en el que se hacía eco de una polémica entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina, una verdad incómoda para algunos: el levantamiento golpista de una parte del Ejército español contra el Gobierno constitucional, legalmente constituido, procedente del juego de mayorías surgido de las elecciones de febrero de 1936, fue la mecha que prendió la llama de la Guerra Civil Española y, por consiguiente, los que alentaron, sufragaron y llevaron a cabo ese levantamiento son los directamente responsables de que en España hubiese una cruenta e innecesaria guerra incivil; muchos años después volvimos a ser a una democracia parlamentaria y constitucional. A algunos quizá les pese, pero la terquedad de los hechos es así, por muchas vueltas que se le quiera dar. ¿Qué hubiera pasado de no levantarse en armas una parte del Ejército? Lamentablemente no lo vamos a saber nunca y todo lo que se diga al respecto no dejarán de ser sesudas teorías historicistas y políticas, pero teorías al fin y al cabo. La realidad es contumaz y acaba siempre imponiéndose: de no haber habido levantamiento militar contra la República no hubiera habido guerra. Otra cosa es lo que pasó a partir de aquel fatídico 18 de julio. Es ya harina de otro costal.

lunes, 31 de mayo de 2010

Haikú: Ni aun el olvido



Nada quedará
de este tiempo de sombras,
ni aun el olvido.


Nota. La foto está tomada por mi hija Marta y es un detalle arquitectónico de un edificio cercano al Parlamento Europeo, en Bruselas.

jueves, 20 de mayo de 2010

Pero no así el dolor: de Manoel de Oliveira a Max Aub



La muerte es una condición absoluta. Cuando nacemos es lo único seguro; moriremos, no hay dudas. Esa certeza me ha hecho no temerla. Aunque temo, eso sí, el dolor. La muerte, como decía Tolstói, sólo es una puerta de salida.

Estas declaraciones, recogidas por Elsa Fernández-Santos, enviada especial de El País al festival de Cannes, fueron hechas por el director portugués en respuesta a un periodista que le reprochaba el pesimismo de su última película. La lucidez de las mismas las acerca al pensamiento aforístico, aunque, lógicamente de haber sido redactadas tal vez el cineasta les hubiera dado otra forma distinta, a lo mejor, discúlpeseme el atrevimiento, algo parecido a esto:

La muerte es una condición absoluta, así que cuando nacemos lo único seguro es que moriremos. Esa certeza me ha hecho no temerla, pero no así el dolor. La muerte es sólo una puerta de salida.


A este respecto recuerdo siempre la frase aforística de Julián Templado, uno de los protagonistas de Campo de sangre la novela de El laberinto mágico una parte importante de la cual transcurre en la Barcelona en guerra de 1938:

Los hombres temen el dolor, no la muerte.

Nota. La foto del director portugués procede de la red, la del escritor valenciano de mi archivo personal.


martes, 18 de mayo de 2010

El socialismo cristiano en bicicleta de Gumersindo Pellitero


Para Gumersindo Pellitero, que falleció en Santa Coloma de Gramenet el 17 de mayo a la edad de 63 años. En la amistad.

Para cuantos tuvimos el privilegio de conocerle y de compartir con él los afanes y los desvelos, las alegrías y las ingratitudes de esa tarea apasionante y a menudo tan poco valorada que es la educación, o sea, enseñar a los demás aquello que otros en su día te enseñaron a ti, ayudar a los jóvenes a que se formen como ciudadanos, a que sean libres y responsables, tolerantes y solidarios, para quienes compartimos, digo, todo eso con él durante largos años, escribir sobre Gumer es muy fácil. Porque a despecho del dolor que nos provoca su muerte a destiempo, siempre le recordaremos como lo que fue: un hombre en el buen sentido de la palabra bueno, una persona que lo dio todo por los demás y que encarnó, esto es puso carne y emoción, los más imperecederos y hermosos de los valores: la decencia, la lealtad, el sentido de la justicia y el respeto a quienes pensaban de forma diferente a como lo hacía él.
 
Se dice, y creo que con razón, que uno no desaparece del todo hasta que se muere el último de los que te recuerdan. Descansa tranquilo, amigo Gumer, porque tu ejemplo y tu persona han dejado una huella perenne en el corazón de muchos de nosotros y será imposible que te olvidemos. Siempre me recordaste, Gumer, no sé bien por qué, a Mario Díez, el personaje de Delibes, que también nos acaba de dejar, que alumbraba, en palabras certeras de Umbral, “un socialismo cristiano en bicicleta”.
 
Escribo estas palabras para decirte adiós, Gumer, para despedirme de ti. Pero también para decirte que seguiré tu ejemplo, que perseveraré en la tarea, en la noble tarea de vivir e intentar hacer vivir, tal como hacías tú, a través de la educación y la palabra a los demás. Con todo, nos queda, Gumer, el más duro de los aprendizajes, el más desolador, el de aprender a convivir con tu ausencia.
 
Sé, lo sabemos muchos, Gumer, la importancia que para ti tuvo siempre la poesía. Permíteme, desde tu sueño y tu descanso eternos, que cierre estas torpes palabras con los versos de un poeta a quien siempre admiraste, don Antonio Machado:
 
Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.
 
Hasta siempre, amigo, compañero.

lunes, 17 de mayo de 2010

En el adiós a Juan Luis Alborg



El pasado 6 de mayo falleció en Bloomington, USA, el crítico literario e historiador de la literatura española Juan Luis Alborg. Leí la noticia en los “Obituarios” de El País, en la edición del viernes 14 de mayo. La nota la escribían su editor en Gredos, Manel Martos y la profesora María de los Ángeles Encinar.

No creo que haya una sola biblioteca personal de profesores y de lectores curiosos en la que no estén los cinco magníficos volúmenes de su Historia de la literatura española, que la editorial Gredos fue publicando en las últimas décadas. Tampoco creo que hubiera uno solo de los opositores al Cuerpo de Agregados de Bachillerato, hoy de Profesores de Enseñanza Secundaria, que no llevase entre sus materiales de trabajo los correspondientes resúmenes extraídos de las páginas de los distintos tomos de esa obra. Ni creo, en fin, que falten en ninguna biblioteca, escolar o no, que se precie de serlo. Ahí queda pues el trabajo de Alborg, ocupando un espacio en nuestras estanterías tras haber abierto senderos de lectura y de interpretación en la memoria de sus muchos lectores.

Era Juan Luis Alborg un crítico a contracorriente, que hacía gala de su independencia a la mínima ocasión que se le presentaba. Así en el prólogo del libro cuya imagen sirve para ilustrar esta entrada, escribía el crítico valenciano: “Mi mayor orgullo es no haber llevado jamás en ninguna parte de mi persona, desde la solapa a los jamones (que es donde se graba bien) la marca de ninguna ganadería. Ni aceptado jamás cargo, sinecura o remuneración no procedente de mi absoluto trabajo profesional. Cosa esta en la que siempre he puesto muy buen cuidado.”

El primer volumen de Hora actual de la novela española es de 1958. El segundo, el que traigo aquí, es de 1962. Alborg, que siguió un camino parecido al de Ignacio Soldevila, valenciano como él, fue de los profesores que, para seguir investigando, tuvieron que marcharse a Estados Unidos. Allí llegó Alborg en 1961. Se hizo, en tierras norteamericanas, con las obras que pudo de los novelistas del exilio, las que lógicamente no se podían editar en España por la fuerte censura del régimen de Franco, y preparó tres estudios sobre Ramón J. Sender, Max Aub y Arturo Barea, que publicó en el mencionado volumen junto a autores como Gonzalo Torrente Ballester, Jesús Fernández Santos, Sebastián Juan Arbó, Juan Antonio Zunzunegui o Elena Soriano entre otros. Ello nos da muestra de cómo Alborg entendía que la literatura española, la novela en concreto, de esos años era una sola que se publicaba dentro y fuera de España exclusivamente por razones políticas, pero que eran dos ramas hermanas e hijas del mismo tronco común, la tradición literaria hispánica. Es la suya un visión certera e integradora que a la altura de 1962, año en que se publicó el libro, cuando tan escasas noticias se tenía del quehacer literario de tantos escritores que se vieron forzados a abandonar España tras la derrota de la República en la Guerra Civil, aún no se había publicado el libro de Marra-López Narrativa española fuera de España (1963), nos muestra en qué forma hubiera debido escribirse la historia de la novela de aquellos años: Cela junto a Ayala, Aub junto a Delibes, Sender junto a Torrente Ballester, Barea junto a Laforet.

Nos deja, pues, Juan Luis Alborg, pero nos quedan sus estudios y sus reflexiones certeras sobre nuestra literatura. Me sumo desde aquí al dolor de su familia y amigos, que es el mismo de cuantos leímos con devoción lo que escribió.

Nota. Google, que posee imágenes de todo o de casi todo, no ha sido capaz de suministrarme un solo retrato, una sola fotografía de Alborg, así que me he visto obligado a coger mi cámara digital y malfotografiar, pido disculpas por ello, la foto familiar que ilustraba los comentarios de El País.

jueves, 13 de mayo de 2010

El infierno según Azcona



A Luis Valdesueiro

Sin que acierte a saber muy bien por qué, el caso es que leyendo la entrada del martes 11 titulada “El infierno” en el blog Las esquinas del día, magnífica bitácora de mi admirado Luis Valdesueiro, me vino a la memoria la reflexión que sobre el infierno y la muerte nos dejó Rafael Azcona en el soberbio guión de la película de José Luis Cuerda La lengua de las mariposas. Hay en ese texto secuencias extraordinarias en las que, partiendo de los personajes del ya célebre cuento de Manuel Rivas, Azcona nos deja sutiles y atinadas reflexiones, algunas, como las del fragmento que copio a continuación, dignas del mejor Unamuno:


SECUENCIA 38
HUERTO Y CAMINO
DÍA

MONCHO
He visto un entierro...

DON GREGORIO
¿Quién Se ha muerto?

En lugar de responder, Moncho pregunta:

MONCHO
Cuando uno se muere, ¿se muere o no se muere?

El maestro, volviendo ya hacia el pueblo, lo mira unos instantes antes de responder:

DON GREGORIO
En su casa, ¿qué dicen?

MONCHO
Mi madre dice que los buenos van al cielo y los malos al infierno.

DON GREGORIO
¿Y su padre?

MONCHO
Mi padre dice que de haber Juicio Final los ricos irían con sus abogados. Pero a mi madre no le hace gracia.

DON GREGORIO
Y usted, ¿qué piensa?

MONCHO
Yo tengo miedo.

Don Gregorio se inclina hacia él, le habla confidencial:

DON GREGORIO
¿Es capaz de guardar un secreto?
Moncho asiente:

DON GREGORIO
Pues, en secreto: ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad, eso es el infierno... A veces el infierno somos nosotros mismos.

Moncho alza la mirada hacia su mentor, que ya se ha incorporado. Y, aliviado, le pega el primer mordisco a la fruta que le ha regalado el maestro.


Nota. El guión de La lengua de las mariposas, basado en los cuentos de Manuel Rivas “La lengua de las mariposas”, “Carmiña” y “Un saxo en la niebla”, pero con excelentísimas escenas debidas a la sabiduría de Azcona, se publicó en primera edición en noviembre de 1999, en la “Colección Espiral” de la editorial “Ocho y medio, libros de cine” (http://www.ochoymedio.com/), con la participación de SOGETEL y Las Producciones del Escorpión.

domingo, 9 de mayo de 2010

Antes de conocerte



Cuando se marchó el último de sus amigos, aunque se sentía algo turbado por los excesos de la cena, se encaminó al estudio y se sentó a la mesa de trabajo con el fin de tomar algunas notas. No dejaba de darle vueltas a lo que el más íntimo de sus conocidos le había dicho en tono confidencial: “Lo que necesitas es un título, así que para que dejes de lamentarte como un viejo achacoso, te regalaré uno que me salió al paso mientras leía una obra de teatro: Mi vida antes de conocerte; ahí está, todo tuyo, ya no tienes excusa, así que ponte a trabajar.”

Daba vueltas en su sillón giratorio mientras valoraba las posibilidades que le ofrecía el título propuesto. Encendió el ordenador, abrió una ventana nueva y empezó a teclear: “Mi vida antes de conocerte era menos que nada, adusto pedregal, desierto infame, una pompa de jabón sobre el vacío. Antes de conocerte no existía, sólo a tu lado conseguí ser este yo que fui y voy dejando poco a poco de ser, vencedor de humillaciones y aniquilador de sombras.” Sintió un cansancio repentino, le vencía el sueño, de modo que archivó lo escrito y apagó el ordenador. Se acostó. Durmió plácida y relajadamente, a pesar del hueco hiriente de su ausencia. En el sueño supo, con todo, que nada le había quedado por decir.

martes, 4 de mayo de 2010

Mi paseo por Barcelona en primavera



A Joaquim, el més barceloní dels barcelonins, en l'amistat.

Cuando llegué a la ciudad, en la primavera de 1973, Barcelona vivía de espaldas al mar. Su fachada marítima se reducía a escasas playas desordenadas y anárquicas, repletas de merenderos, de casetas de baños, encajonadas entre fábricas, tinglados y construcciones avejentadas que encarcelaban la mirada sobre el mar y la reducían a destellos anhelantes de espacio y horizonte. Tenía todo un aspecto destartalado, como por hacer, esperando la llegada de un orden imposible. El barrio más cercano al mar, la Barceloneta, era un espacio degradado, olvidado, como si los que gobernaban la ciudad desde el autoritarismo hubieran decretado que los edificios y las estrechas callejuelas que lo conformaban hubieran de ser la frontera última de la urbe, como si no estuviera el mar detrás, reclamando dignidad y atención.


Con el paso de los años, y sobre todo con el impulso olímpico, las fábricas y talleres que se esparcían a lo largo de la costa e impedían con sus muros y sus chimeneas la llegada franca hasta el mar, fueron desapareciendo, derribados por la piqueta que abría caminos y recuperaba playas y arenales, dársenas y malecones donde era tan fácil sentirse, con Neruda, abandonado como los muelles en el alba. En su lugar se levantó un puerto deportivo de nueva planta. A veces las ciudades crecen a golpe de eventos y recuperan espacios olvidados durante décadas hasta la degradación y el sinsentido.

Cuando llegué a la ciudad, entonces, aún podían leerse insultantes pintadas con el lema “fora xarnegos” escritas con letra apresurada en la clandestinidad de las paredes más escondidas y secretas. Hoy, en mi paseo solitario por todas estas avenidas redescubiertas, escucho hablar en no sé cuántas lenguas y me cruzo, siendo como es día festivo, con gentes de múltiples nacionalidades, familias que buscan el yodo del aliento marino y la caricia del sol primaveral, la brisa refrescante de un mar que nada sabe de idiomas, naciones ni banderas. La ciudad no desaprovecha, sin embargo, la oportunidad de afirmarse en lo que es y así, el símbolo de las cuatro barras que conforman la enseña catalana se despereza hacia el cielo libre de la esplendente mañana de finales de abril.


La modernidad de los arquitectos asombra con estos edificios emblemáticos que se yerguen sobre lo que antes eran solares abandonados. Esta vela de hormigón y ventanas, de curvas insinuantes, imponente en sus alturas, parece como marcar la proa de la ciudad adentrándose en el mismo mar que antaño ignorara.
 

Las velas navegan libres sobre las aguas y se reflejan, como una metáfora del tiempo eterno y recuperado, sobre los ventanales del edificio, como si por fin la ciudad se hubiera reconciliado, ya para siempre, con el mar a cuyas orillas fue fundada hace tanto tiempo que ya no es capaz de ser abarcado por la memoria.
 


Nota. Las fotos fueron tomadas por mi hija Marta el último domingo del mes de abril. Las traigo aquí ahora para ilustrar esta entrada. El edificio "Vela" fue concebido y diseñado en el "Taller de Arquitectura", del arquitecto Ricardo Bofill.