domingo, 27 de febrero de 2011

El camino de la felicidad



Estando tan cerca del camino de la felicidad, tras haber conocido a Paula al azar de una noche que todo lo cambia porque él no sabe nada de nada, Dionisio se deja arrastrar, como el cordero que inerme es llevado al sacrificio, hacia el camino de la ñoñería y la hiperclorhidria. Por eso esta obra de Miguel Mihura es, en certeras palabras de Fernando Valls, “una de las más pesimistas, tristes y sutilmente críticas de la historia del teatro español.” Como muy bien dejó dicho Francisco Ruiz Ramón, Tres sombreros de copa ilustra el tema de la libertad imposible, de la alienación del individuo:

En esa habitación y durante una noche se enfrentan ambos mundos y nace y muere el amor de Dionisio y Paula. Dionisio hace la experiencia de la libertad, de una libertad paradisíaca, más allá de toda convención y de toda norma, para renunciar irremediablemente a ella y regresar, deslumbrado aún, pero impotente, a la falsedad del universo de la norma y la convención, establecido, fijado y aceptado como único posible. Al renunciar Dionisio a la libertad redescubierta del ser humano, reingresando en el orden común establecido, queda consolidada la alienación.

jueves, 17 de febrero de 2011

Las certezas


- O sea, que usted cree en dios pero no está seguro de su existencia.
- Así es, son imposibles las certezas en determinados asuntos.
- Pues, discúlpeme, pero lo suyo es una paradoja rayana en el oxímoron.
- Es posible que sea como usted dice, pero en mi descargo déjeme que le diga que en absoluto albergo la soberbia de poder asegurar la existencia de dios, pero sí, con sosiego y humildad, la necesidad de creer en él.
- Me desconcierta usted.
- Seguramente porque le cuesta aceptar la existencia de creencias no del todo racionales.
- No es eso, lo que me descoloca es la necesidad suya de creer.
- Es el viejo anhelo de ordenar el caos, de dar un sentido a todo esto.
- La existencia se fundamenta en el propio hecho del vivir, no creo que sea necesario nada más.
- Perdone, pero creo que se olvida usted de la necesidad de afrontar el tránsito bajo el cobijo de la esperanza.
- Y, según usted, la idea de dios encarna la esperanza.
- Para miles de millones de ciudadanos en el mundo sí.
- Pues a mí esa idea me deja más bien frío.
- Allá usted, yo me considero uno entre esos miles de millones de personas que no se resignan a perder la esperanza.
- No es lo importante cómo morimos, sino cómo vivimos.
- Observo que le gustan las frases solemnes. De acuerdo, pero la idea de dios muchos la asociamos a Jesús, su hijo, y a su mensaje ético, cuya actualidad es permanente.
- Defiende usted pues el papel de la Iglesia católica.
- No, en eso soy poco ortodoxo, la Iglesia como institución me parece trasnochada, fosilizada y demuestra una incapacidad manifiesta para adaptarse a los tiempos que corren.
- Vaya, oírle decir eso es un alivio.
- La idea de dios está por encima de esas contingencias, aporta consuelo, confianza, da esperanza y ordena el mundo.
- Me asombra que me diga que algo de cuya existencia ni está usted seguro ni parece querer estarlo sea capaz de ordenar el mundo.
- Aunque sea imposible la certeza, no es condición necesaria.
- Críptico se vuelve usted, pero mire, basta con echar una mirada al mundo, por superficial que sea, para constatar el fracaso de ese dios del que usted me habla.
- Bueno, no juzgue usted tan severamente a dios, más bien somos los seres humanos los responsables de ese fracaso.
- En eso estamos de acuerdo, pero es usted quien parece querer ponerlo todo en manos de la providencia.
- Mientras la idea de dios aporte un mensaje de esperanza, de amor a los demás, de solidaridad con los menesterosos, para mí es una idea válida.
- No es necesario creer en ningún dios para compartir esas ideas de las que me habla.
- Claro, por eso ni siquiera espero que tras nuestra charla crea usted en la existencia del dios del que le hablo.
- Perdone, pero me desconcierta; es usted el primer creyente que conozco no proselitista.
- Querido amigo, la idea de dios es como una luz encendida en el corazón y es imposible que prenda en quien ante esa idea mantiene cerradas a cal y canto las puertas de su alma.
- ¿De qué habla cuando me habla del alma?
- De esa parte de usted deliberadamente secuestrada por su razón, de ese hálito que proviene, como dejó dicho Platón, del mundo de las ideas.
- ¿Ese que es eterno e inmutable y donde reside el dios del que me habla?
- El mismito.

sábado, 12 de febrero de 2011

Homenaje a Ignacio Soldevila

                                             (Autorretrato de Ignacio Soldevila)

Son los homenajes un espacio de encuentro para hablar de la persona y de la obra de quien nos ha dejado; también un momento para el recuerdo y la evocación. Los que nos reunimos el pasado jueves, 10 de febrero, en una sala que se asoma al claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes, hoy sede de la Biblioteca Valenciana y cárcel de infausta memoria para los vencidos en 1939, lo hicimos movidos por un impulso común: recordar a Ignacio Soldevila Durante, hablar de él, de su obra y de lo que a él le gustaba sobre todas las cosas, su verdadera pasión: la literatura.

                              (Javier Lluch y José-Carlos Mainer en el momento de 
                                inaugurar la exposición  dedicada a Soldevila) 

En tres direcciones se desarrolló la labor de Ignacio Soldevila: por un lado la docencia, que ejerció hasta su jubilación como catedrático de la Universidad de Laval (Quebec), por otra la labor de investigación centrada en dos campos, la literatura del exilio y la lexicografía, y por último en la escritura de una obra compuesta por un conjunto de libros fundamentales y más de un centenar largo de artículos no menos básicos, al margen de su labor como crítico literario en la prensa y en revistas especializadas, sin olvidar, aunque fuera un camino que transitara poco, su faceta de creador de ficciones y sus numerosas conferencias dictadas al correr de los años aquí y allá y las no menos numerosas ponencias en congresos universitarios. Al mismo tiempo, mantuvo, con muchos de nosotros una extensa relación epistolar, correspondencia de la cual se publicaron recientemente las cartas que intercambió con Max Aub.

                                  (Cecilio Alonso presentando a José-Carlos Mainer)

Pero sobre todo, fue Ignacio Soldevila, además de filólogo ejemplar, una gran persona, afable, bondadoso, amigo de sus amigos, siempre dispuesto a ayudar, paciente, sosegado, dando siempre sabios consejos, acudiendo allí donde se le solicitaba, escuchando a todo el mundo por igual, fueran grandes figuras de la filología o humildes investigadores jóvenes que daban sus primeros pasos. Para todos fue un ejemplo la manera en que afrontó la grave enfermedad que acabó con su vida en 2008. Todos aprendimos de él y por ello nos reunimos en Valencia, su Valencia, para rendirle un merecido homenaje. Se habló mucho y bien de literatura, de la filología española en el exilio, del que él formaba parte desde los años cincuenta, se habló, cómo no de Max Aub, de Juan Rejano, de León Felipe, de Martínez Nadal y lo hicieron sus amigos, sus compañeros de tarea, tanto en la docencia, como en la investigación y la escritura.

           (Algunas encuadernaciones curiosas de libros de la biblioteca de Soldevila) 

Se inauguró, asimismo, una exposición titulada “El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929 – Québec, 2008)”. Ese legado lo adquirió la Biblioteca Valenciana en 2006 y hoy allí se custodia junto con el del también filólogo valenciano Rafael Lapesa. Al encuentro acudió su viuda, Alicia Ruiz, quien se encargó de clausurar la jornada con una emoción contenida y un agradecimiento infinito por el recuerdo amistoso y entrañable que todos hicimos de Ignacio Soldevila.

(Javier Lluch y José Antonio Pérez Bowie)

(Claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


                (Luis López Molina, José-Carlos Mainer, Juan Antonio Ríos Carratalá, 
                 Javier Lluch y Manuel Aznar)


(Edición de la novela de Paulino Masip de la biblioteca de Ignacio Soldevila)

(Ignacio Soldevila y unas compañeras de facultad en 
el Madrid de los años cincuenta)

(Max Aub, Peua Barjau e Ignacio Soldevila en Canadá)

                                      (Parte de las fichas de trabajo de Ignacio Soldevila)


(Fachada del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


Nota. Pido disculpas por la poca calidad de las fotografías que tomé durante la Jornada.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ignacio Soldevila Durante

 

JORNADA INTERNACIONAL
IGNACIO SOLDEVILA DURANTE
                      Y 
LA LITERATURA ESPAÑOLA EN EL EXILIO

Monasterio de San Miguel de los Reyes
Jueves, 10 de febrero de 2011

ORGANIZACIÓN
Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas.

PROGRAMA
10.00 h: Inauguración de la Jornada.
10.30 h: José-Carlos Mainer (Universidad de Zaragoza), «La filología española en el exilio».
11.15 h: Javier Lluch Prats (Universidad de Bolonia-GICELAH, CCHS-CSIC), «La fuga de capital cultural en la España franquista: el homo academicus ‘exiliado’».
12.30 h: Franklin García Sánchez (Trent University), «Entre Barroco y Vanguardia: a propósito de la obra narrativa de Max Aub».
13.15 h: Inauguración de la exposición «El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929-Quebec, 2008)».
16.00 h: Manuel Aznar Soler (Universitat Autònoma de Barcelona), «La puerta abierta, obra teatral inédita de Juan Rejano».
16.45 h: José Antonio Pérez Bowie (Universidad de Salamanca), «León Felipe contra las fabulaciones de los discursos históricos».
17.30 h: Juan Antonio Ríos Carratalá (Universidad de Alicante), «La singularidad de un exiliado: José Luis Salado».
18.45 h: Luis López Molina (Universidad de Ginebra), «Semblanza de Rafael Martínez Nadal».
19.30 h: Mesa redonda sobre la figura de Ignacio Soldevila Durante, moderada por Javier Lluch Prats, en la que intervienen Alfons Cervera («Ignacio Soldevila Durante y la literatura que pervive») y Javier Quiñones («El compromiso de la imaginación: de Ignacio Soldevila a Max Aub»).
20.30 h: Clausura.


viernes, 4 de febrero de 2011

Salvador Allende



Durante años, cuando la información llegaba de modo tan confuso como restringido, muchos de nosotros, para quienes Salvador Allende era un símbolo de coherencia política, de entereza y de defensa de los menesterosos, creímos la versión en la que se aseguraba que el presidente constitucional chileno, democráticamente elegido, había sido asesinado durante el asalto, el once de septiembre de 1973, al Palacio de la Moneda y que habían sido los militares quienes lo habían matado en el despacho presidencial, después de que el mandatario se hubiese negado a aceptar el avión que los golpistas supuestamente pusieron a su disposición para que abandonara el país.

Sin embargo, veinticinco años después, en 1998, el doctor Óscar Soto, que había sido testigo en el Palacio de la Moneda del asalto, escribió un libro titulado El último día de Salvador Allende, en el cual daba otra versión del final del presidente Allende. Leí ese libro en su momento con un interés extraordinario. Cuando lo terminé, sentí que se resquebrajaba el mito que había sido, como tantos otros episodios de la historia, interesadamente divulgado y que debía enfrentarme a la realidad de los hechos. La crudeza de lo que en aquellas horas decisivas había pasado en La Moneda, tan bien relatado por el doctor Soto, me enseñó otra versión de lo acontecido y me obligó a revisar un episodio que había sido muy importante en mis años de juventud y de formación; tenía yo diecinueve años cuando el general Pinochet encabezó el golpe de estado que derrocó a Allende.

Ayer el diario El País publicaba una carta del doctor Soto, que vive en España, en la que pide, a raíz de una información publicada en el mismo diario días atrás por Sol Alameda, que la justicia chilena desvele los detalles de la muerte del presidente y aclare qué fue lo que realmente pasó. Habrá que esperar el resultado de esa investigación para saber si lo que cuenta el doctor Soto en su libro se acerca más a la verdad que la versión distorsionada que en mis años de juventud era creída a pie juntillas.

En aquel tiempo en que leía el libro del doctor Soto, había publicado ya mi novela sobre Besteiro, quien esperó leyendo, en la habitación que habían habilitado para que descansara en el Ministerio de Hacienda de Madrid, la llegada de las tropas nacionales que lo habían de detener el 28 de marzo de 1939, para juzgarlo después y dejarlo morir en el abandono de la cárcel de Carmona en septiembre de 1940. No pude entonces evitar la comparación entre los comportamientos de esos dos hombres, Besteiro y Allende, que se enfrentaron de modo tan diferente a su destino trágico. No se trata de juzgar, porque es muy difícil saber cómo debe actuarse en circunstancias tan difíciles y adversas, pero veo claro al correr de los años que la serenidad de ánimo, el sosiego, la entereza, el libro en las manos como única arma, la dignidad y la decencia como bagaje son la mejor manera de arrostrar un destino inevitablemente trágico. El correr de los años hace el resto, engrandece el gesto.