martes, 28 de septiembre de 2010

Dime si es verdad




Dime si es verdad

Dime, padre, si es verdad
que en el lugar que habitas
el tiempo existe también
y la melancolía
del otoño es la misma
que me dejó tu ausencia.

Dime, padre, si es verdad
que no todo termina
en soledad y muerte
que algo nuestro pervive
para siempre en lo eterno
más allá del olvido.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Besteiro, setenta años después


Hoy se cumplen setenta años del menesteroso e injusto final de Julián Besteiro en la cárcel de Carmona. Cuando presenté mi novela sobre sus últimos días en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en marzo de 1998, acompañado de Alfonso Guerra y Horacio Vázquez-Rial, dije que me parecía que sobre los hechos que en ella se narraban había caído una densa masa de desconocimiento y olvido a partes iguales. Pedí entonces que se anulara el juicio que lo condenó a pena de muerte, que luego sería sustituida por la de treinta años de reclusión mayor. Lo mío fue un modesto intento de reivindicar su memoria tratando de limpiarla de las graves acusaciones que algunos habían vertido sobre ella durante años. Besteiro y Dolores Cebrián no tuvieron hijos y, por tanto, tampoco nietos. Nadie, pues, que hiciera suya con tenacidad la reivindicación de su memoria, aunque su familia hiciera cuanto pudo en aquellos años duros de la dictadura. Ya en democracia, en 1988, el libro Cartas desde la prisión editado por Carmen Zulueta, hija de Mercedes Cebrián, hermana de Dolores y por tanto sobrina de don Julián (“Bugán”, como le llamaban familiarmente) fue un buen ejemplo de ello. Se tiene la impresión, a juzgar por el busto que está en los pasillos del Congreso, justo al lado de la puerta por la que entran y salen sus señorías al salón de plenos, de que a Besteiro se la ha hecho justicia (la biografía Nadar contra corriente. Julián Besteiro, publicada en 2002 por Patricio de Blas y Eva de Blas va en esa dirección) y hoy es un referente necesario (algunos dicen que de la tercera España) de la memoria histórica colectiva. Sin embargo, el juicio que lo condenó por “rebelión militar” sigue intacto y nadie que tenga verdadera influencia en estos tiempos de recuperación de la memoria histórica ha movido un solo dedo por anular una de las condenas que merecerían estar, como dijo Miguel Mena en El Periódico de Aragón al comentar mi libro, en la historia universal de la infamia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Como una linterna mágica sin luz


Releyendo Penas del joven Werther, en la traducción del ilustrado aragonés José Mor de Fuentes (1762-1848), autor del estupendo Bosquejillo de la vida y escritos, publicado en Barcelona en 1836 y reeditado con una introducción de Manuel Alvar en la Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses, bajo la dirección literaria de José-Carlos Mainer, de Guara Editorial en 1981, me encuentro con estos aforismos intertextuales que dejo aquí y cuya calidad humana y literaria no necesita de ningún comentario:

[1] La raza humana es harto uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuanto pueden por perderla. ¡Oh, destino del hombre!

[2] Toda regla asfixia los verdaderos sentimientos y destruye la verdadera expresión de la naturaleza.

[3] Basta con conocer lo que es bello y atreverse a expresarlo.

[4] Sin el amor, ¿qué sería el mundo para nuestro corazón? Lo que una linterna mágica sin luz.

[5] Nuestra felicidad depende de nuestro propio corazón.

[6] El que sigue los impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar, y se le mira como a un ebrio o un demente.

[7] La naturaleza humana tiene sus límites; puede soportar, hasta cierto grado, la alegría, la pena, el dolor; si pasa más allá, sucumbe.

[8] Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada.

[9] Las flores de la vida no son sino vanas apariencias. ¡Cuántas se marchitan sin dejar el más leve rastro!

[10] Yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo.

[11] ¡Ay de mí! ¡Este vacío, este horrible vacío que siente mi alma...!

[12] ¿Qué otro destino le cabe al hombre sino el de llenar todo el camino con sus dolores, y apurar su cáliz hasta las heces?

[13] Señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido?

[14] ¡Morir! ¿Qué significa esto? Los hombres soñamos siempre que hablamos de la muerte. He visto morir a mucha gente; pero somos tan pobres de inteligencia que no sabemos nada del principio ni del fin de la vida.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Labordeta: Cantar y callar



La memoria, esa embaucadora infiel, no me deja recordar el nombre del programa de televisión, en blanco y negro, aunque sí el de su presentador, Gonzalo García-Pelayo (creo que se escribía con guión), en el que en una sobremesa de 1974 escuché cantar, sin ver su imagen, por primera vez a José Antonio Labordeta: “Polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta.” La sorpresa y el estremecimiento ante la hondura, la nobleza y la fuerza de aquella voz me dejaron sin palabras en aquel sofá del cuarto de estar de la casa de mis padres. Compré enseguida el disco, elepé de vinilo, editado por Edigsa, la de los cantautores catalanes. La austeridad del acompañamiento musical, una guitarra sola, y la voz recia, profunda y grave de Labordeta realzaban los textos y las melodías que reflejaban, con cierta tristeza, la realidad aragonesa: “Para Navidad la oliva, para el verano la siega, para el otoño la siembra, para primavera nada.” Así que, escuchando el disco, era como si viéramos “las arcillas viejas, las arcillas pobres”, o “el campo que se agosta”, o “el sacristán que loco por las campanas se desguazó ante el altar.” Todo era autenticidad, desgarro, canto que hundía sus raíces en lo más profundo de la tierra aragonesa.

Como su hermano Miguel, el poeta, también José Antonio “quiso ser palabra sobre el río al amanecer”, y como él, “se nos marchó con un suave silencio que el viento rompió.” El título del disco era en sí mismo una lección ética y lo decía todo Cantar y callar. Fue lo que hizo. Cantó y ahora, por desgracia, le tocó callar, aunque su voz siempre permanecerá entre nosotros. Que la tierra le sea leve en este casi otoño en el que ya “las uvas dulces van por el aire” y lo hacen, como él decía, "reventar de parte a parte.”