lunes, 9 de mayo de 2011

Vernet d'Ariège: Arthur Koestler y Max Aub / 1



En los años de mi juventud, los del final del franquismo y primeros de la transición, Arthur Koestler era abiertamente vilipendiado por la progresía de izquierdas y tildado de espía de la CIA, de reaccionario, de mentiroso, de enemigo de la revolución y leer un libro suyo era poco menos que pasarse al enemigo; el “estás con nosotros o contra nosotros”, que entonces esgrimían algunos, funcionaba a pleno rendimiento. De modo que haber leído El cero y el infinito o Un día en la vida de Iván Denísovich o cualquier otro de Alexander Soljenitsin era suficiente para que se te considerara fascista y contrarrevolucionario. Todavía en los años noventa, a principios, tuve que aguantar las ironías y las gracietas burlonas de un “progre” izquierdoso que menospreciaba el libro que yo entonces leía: El largo viaje, de Jorge Semprún. En fin, el sábado leí los artículos, de Gabriel Albiac, estupendo, y de Anna Caballé, que se publicaron sobre Koestler en ABC Cultural a raíz de la publicación de las Memorias del escritor, y me entraron ganas de dejar aquí, en dos entradas, lo que escribí sobre Koestler en mi novela sobre Aub.


DERROTA Y PERSECUCIÓN

El veintinueve de mayo de 1940 Aub, quien formaba parte de una lista de veintiocho extranjeros considerados indeseables y a los que la policía recomendaba internar en el campo de castigo disciplinario de Vernet d’Ariège, abandonó esposado Rolland Garros para ser trasladado, en un penoso viaje en tren, en un vagón de mercancías, al campo de Vernet, adonde llegaría el treinta de mayo y en donde permanecería encerrado hasta finales de noviembre. Aub ocupará el barracón treinta y cuatro de la sección C, destinada para alojar a los sospechosos con pruebas poco fiables; heredó el jergón que hasta tres días antes había pertenecido a Arthur Koestler.

Aub había leído, no hacía demasiados meses, a su llegada al exilio francés, el libro del escritor húngaro Diálogo con la muerte, subtitulado Testamento español, y le había parecido un gran libro. Conocía la historia de Koestler, su disensión del comunismo, su abandono del partido y su posición abiertamente crítica con el estalinismo. Resultaba extraño, por consiguiente, que Koestler arrastrara esa cadena de reclusiones y que también fuera a parar a Vernet; la policía francesa, instigada por la Gestapo, lo confundía todo, ya que lo que no podía, de ningún modo, decirse de Koestler y de él mismo, es que fueran peligrosos activistas comunistas. Koestler había sido detenido en España en 1937, tras la caída de Málaga. Lo condenaron a muerte y lo trasladaron a la cárcel de Sevilla, donde esperó durante seis largos meses a que se cumpliera la sentencia. Fue en esos meses cuando escribió el libro que vería la luz en Londres en 1937 y en una traducción al castellano, la que Aub leyó, publicada en Buenos Aires en 1938. Aunque al correr de los años Aub se distanciara de las posiciones de Koestler, que cayó, en los años de la guerra fría en un abierto anticomunismo que fue aprovechado por el imperialismo norteamericano, Testamento español le pareció un libro estremecedor que releería, con impresiones diferentes, muchos años después. Esa coincidencia, la de ocupar su jergón en el campo de reclusión de Vernet, la veía Aub como un signo de los tiempos, como una coincidencia, como una muestra de que el mundo caminaba hacia la pérdida de las libertades y de los derechos individuales.


Había allí, en Vernet, recluidos profesores universitarios de la Sorbona, artistas, escritores, intelectuales, políticos, cineastas, todos antifascistas, todos acusados de ser comunistas. Los presos pertenecían a las nacionalidades más diversas, aunque predominaban los procedentes de Alemania y de los países del este de Europa. Pudo pronto Aub comprobar el sectarismo de sus propios compatriotas. El diez de junio de 1940, es decir, apenas llegados al campo de Vernet, los comunistas españoles consiguen dejar el campo para embarcar hacia México. Supo, por José María Rancaño, que los del SERE le habían borrado de las listas, lo que le obligó a permanecer, en duras condiciones, seis meses más en Vernet.

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