viernes, 15 de mayo de 2009

El tiempo detenido


El laberinto de callejas ensombrecidas desemboca de repente en una plaza que dormita bajo una luz restallante que anonada y ciega las pupilas, esa luz intensa de las primeras horas de la tarde, cuando está todo como en duermevela y apenas nadie transita por las calles, en ese destiempo que supone la hora de la siesta en un caluroso día de primavera en una pequeña ciudad del sur, cuyas piedras milenarias contemplan la calma iridiscente del mar en sosiego. Alzo la vista y contemplo el reloj sobre uno de los muros de la iglesia. ¿Cuánto tiempo llevarán quietas sus manecillas? ¿Cuándo fue la última vez que funcionó? ¿Por qué se me antoja su quietud una metáfora del tiempo detenido, como si la vida hubiese quedado estancada en el pasado, como si a nadie interesasen ya esas piedras atacadas del mal de la nostalgia, que ahora se dibujan contra un cielo de azul límpido e intenso? Prosigo en silencio mi camino; empiezan a verse las primeras personas camino del café, los primeros chiquillos que salen de la escuela; los coches, con el ruido de sus tubos de escape, me devuelven de golpe al presente. Las manecillas de mi reloj marcan las cinco y veinte de la tarde. Las de la iglesia siguen detenidas en las once y cuarto.

Nota. La foto está tomada en la Plaza de España de El Puerto de Santa María, una tarde de mayo; el reloj está sobre uno de los muros laterales de la Iglesia Mayor Prioral.

5 comentarios:

Mega dijo...

Menos mal que esas piedras atacadas por el mal de la nostalgia nos devuelven el puro tiempo atesorado; también el de quienes ya se fueron.

Bonita estampa detenida.
Un abrazo

Javier Quiñones dijo...

Se fueron, es verdad, pero dejaron su huella y a fe que en El Puerto de Santa María se nota con el simple andar por las calles. Lo de los relojes detenidos me lo encontré igualmente en Jerez y también en otra iglesia; será que están más preocupados por el tiempo eterno que por el que marcan los relojes, en fin...
Gracias por tu comentario.
Un abrazo, Javier.

Fauve, la petite sauvage dijo...

Yp veo las once y once; quizás porque el 11 es mi número ;-)

Javier Quiñones dijo...

¡Pelillos a la mar! Para el caso tanto da que sean las once y once como las once y cuarto; en mi defensa soy peligro sumo, pero si te fijas bien, la sombra -ay! a veces las sombras son más explícitas y certeras que las realidades- está sobre las y cuarto. En fin...
Un abrazo y gracias por tu comentario.
Javier.

Fauve, la petite sauvage dijo...

Eso, la sombra... Pero la aguja del minutero, en el once...
Perdona, por favor; es que además de terca soy forofa del 11, que me persigue por todas partes, y me hizo gracia verlo ahí (lo vi antes de leerte).
Saludos ;-)