jueves, 25 de junio de 2009

El perfil alertado de un hombre flaco: releer a Marsé



Se llega a un tiempo en que, sin darte cuenta de las razones que te llevan a ello, te sorprendes releyendo libros que leíste hace más de treinta años. Muchas veces nos preguntamos por qué leemos, qué es exactamente lo que buscamos en los libros, qué nos empuja a coger un nuevo libro apenas hemos terminado el anterior, por qué incluso leemos dos o más libros a la vez; sin embargo, habría que preguntarse, llegados a cierta edad, por qué releemos cuando es tanto lo que nos queda por leer. En fin, quizá sea un enigma indescifrable, pero lo cierto es que releemos. A veces, cuando releemos, buscamos nuevas ediciones del libro ya leído, o ediciones críticas con prólogo, o esa reedición en la que el autor ha revisado el texto y que suele llevar el marbete de “versión corregida y definitiva”.

Entre los autores cuyas obras suelo releer se encuentra Juan Marsé. Me asombra que la memoria sea tan desleal y traicionera y que de un libro que me entusiasmó en su momento, sólo queden retazos deshilvanados, a pesar de haber sido leído en su tiempo con atención y estoy por decir que con pasión. Por otra parte la traición de la memoria permite que el libro sea leído ahora como si lo fuera por vez primera. No salgo de mi asombro, qué gran escritor es Marsé y qué extraordinaria novela es Si te dicen que caí.

Releyéndola advertí una referencia oculta a un personaje a la que me quiero referir hoy en esta sección de mi blog a la que di el nombre de “notas a pie de página”. En una de las “aventis” en la cual Ramona le está contando su pasado a Java, sin que el lector pueda distinguir de la mano de la narración de Sarnita dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción, y al hablarle del asesinato del padre del alférez Conradito en la Carretera de la Rabasada en Barcelona, dice Ramona:

Dos meses después me vinieron a buscar unos hombres de las Patrullas de Control y me llevaron al hotel Falcón en coche, recuerdo que era primavera y había tiros y barricadas en las calles, se veían ventanas protegidas con sacos terreros y aspas de papel engomado en los cristales, y los hombres de mi tío iban preocupados y callados con sus fusiles y granadas, sus pañuelos rojos y negros anudados al cuello, eran muy jóvenes. En las Ramblas no se veía un alma. En el hotel, una miliciana con el gorrito ladeado sobre los rizos fue en busca de tío Artemi. Se oían risas y canciones de soldados, en el pavimento resonaban culatazos de fusiles y había mucho trajín de chicas recaudando fondos para el Socorro Rojo. Mi tío no estaba, había ido al Comité, que estaba más arriba, junto al café Moka. Fuimos y allí nos dijeron ha ido a hablar con el inglés en la azotea del edificio de enfrente, sobre el cine Poliorama, ¿ves la cúpula?, me dijeron, ¿ves al Paco que asoma la cabeza? Recuerdo el perfil alertado de un hombre flaco, con el fusil vertical rozándole la nariz, leyendo un libro. Mi tío apareció a su lado ofreciéndole una botella de cerveza y palmeando su espalda. Me enteré entonces del asalto a la Telefónica y me explicaron la situación: se temía un ataque a nuestros locales, había que defender el hotel. Ahora vendrá tu tío, me dijeron, pero le esperamos en vano, ellos decidieron volver al coche y poco después corríamos por una carretera de las afueras.




Ese hombre flaco de perfil alertado es George Orwell. Como es bien sabido, Orwell luchó en las milicias del POUM en los primeros meses de la Guerra Civil. Los sucesos de la novela de Marsé se refieren a los acontecimientos ocurridos en Barcelona en mayo de 1937, que no dejaron de ser una suerte de guerra civil interna del bando republicano, y que han pasado a la historia como “Los hechos de mayo del 37”. Orwell participó en ellos y lo contó en su libro Homenaje a Cataluña. Veamos cómo describe Eric Arthur Blair, de origen británico y nacido en la India en 1903, autor de Rebelión en la granja y 1984, esos sucesos:



Kopp me llevó al primer piso y me explicó la situación. Debíamos defender los edificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones en el sentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo. Justo enfrente había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y, en la parte más alta, muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño observatorio con dos cúpulas gemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos hombres apostados allí podían impedir cualquier ataque contra los edificios del POUM. Los encargados del cine eran miembros de la CNT y nos dejarían entrar y salir. (...) Pasé los tres días y noches siguientes en la azotea del Polioroma, con breves intervalos en los que me deslizaba hasta el hotel para comer. No corría ningún peligro, sufría solo hambre y aburrimiento y, no obstante, fue uno de los períodos más insoportables de mi vida. Creo que pocas experiencias podrían ser más asqueantes, más decepcionantes o, incluso, más exasperantes que esos días de guerra callejera. (...) Las calles soleadas continuaban desiertas. Lo único que ocurría era el raudal de balas que salían de las barricadas y las ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba un solo vehículo y, a lo largo de las Ramblas, los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores los habían abandonado al oír el primer disparo.

Los faieros de la novela de Marsé, que tratan de mantener viva la resistencia desde dentro de la España vencedora en la guerra, son vistos con innegable simpatía por el narrador o por los muchos narradores que tiene esta novela. En un pasaje para referirse a los “Hechos de mayo” y a la desaparición del hermano del Java, en cierto modo el personaje en torno al cual se centra la novela, el narrador utiliza la expresión “escabechina de los pañuelos rojos”, refiriéndose a la imposición que sobre los anarquistas llevaron a cabo los comunistas y el ejército republicano; estas son las palabras del narrador: 

Dicho por Java con palabras o gestos de la abuela: que un día del mes de junio del treinta y siete, cuando la escabechina de los pañuelos rojos estaba en marcha, su hermano desapareció del mapa y ahí quedó la foto y esa hoja del calendario acumulando polvo, y que la abuela no ha querido arrancar.

En ese contexto, me parece advertir en las palabras que han dado lugar a esta entrada cierto homenaje personal de Marsé a Orwell, a lo mejor es sólo una simple referencia, pero sabiendo de la simpatía de Marsé hacia los círculos anarquistas de los años treinta quizá no esté errado del todo.



Nota. Las fotos de Juan Marse y de George Orwell proceden de la red. La del antiguo cine, hoy teatro, Poliorama, en las Ramblas, también procede de una página de arquitectura de la ciudad. Las portadas de los libros de Marsé y Orwell también están tomadas de la red. Aunque me parece innecesario para lectores de cierta edad, el término "paco" al que se hace alusión en el texto de Marsé, nombra a los francotiradores que disparaban desde las casas y desde las azoteas. Es un nombre onomatopéyico, por recordar el "pac" seco de un fusil al dispararse.

3 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Buena entrada Javier.

Me ha gustado.

Comparto lo que dices en volver a leer obras de hace años. Me pasa mucho con poesía, mucho. Y ya los tengo gastados.

Un fuerte abrazo.

Joaquín Parellada dijo...

Muy bien, Quiñones. A esto se le llama hacer crítica filológica positivista, y lo demás son cuentos. Ese tipo de crítica que sólo puede hacer el que ha leído (y releído) mucho. Un abrazo (ya ves que al final me ha animado a escribir).

Javier Quiñones dijo...

Gracias Javier nuevamente por tus palabras.Es verdad lo que dices de releer poesía, tal vez se relea más que la novela, pero ésta también.
Y gracias a ti, Joaquín que, por fin, te decides a entrar y a dejar un comentario. Entiendo lo de "crítica filológica postivista" en el sentido de contrastar el dato en base a un documento fehaciente y no a la simple especulación. Me sorprende, no obstante, el uso del adjetivo. ¡Tantas veces he explicado, de la mano de Octavio Paz, que el Modernismo, el de Rubén, el de Machado, fue una respuesta, de los nervios y de la inteligencia, a la visión helada de la realidad que trataba de imponer el postivismo, que no deja de resultarme paradójico su empleo. En cualquier caso, sabes que esta es tu casa y que puedes entrar cuando quieras.
Un abrazo, Javier.