miércoles, 11 de noviembre de 2009

El escepticismo elegante de González Romano: Señales de vida


Viene siendo un tópico más o menos repetido el decir que la literatura se alimenta de literatura y que quien escribe lo hace sobre lo que otros escribieron antes. Es un tópico, cierto, pero como casi todos los tópicos encierra su parte de verdad. Quien escribe lo hace situándose voluntariamente en una tradición, que analiza, estudia y escoge con sumo cuidado. Esto de las formas breves tiene antecedentes lejanos e ilustres en la poesía española. Si nos remontamos al origen, llegaríamos hasta las jarchas, poemitas de cuatro versos en los que una voz femenina pone por testigo a su madre de sus desencuentros y penas amorosas. La lírica de tipo tradicional, tan tardíamente desarrollada en la poesía castellana en comparación con la galaico-portuguesa y la catalano-provenzal, insiste en el uso de las formas breves. Los epigramas de los poetas del XVIII son otra buena muestra de ese tipo de poesía. Pero si nos venimos a lo más o menos reciente, nos encontramos con la familia de los Machado, empezando por los cantes flamencos básicos, anónimos y populares, recopilados por el padre de la saga, que firmaba Machado y Álvarez, hasta la poesía breve de proverbios y cantares de Antonio y sobre todo la de algunos poemarios de Manuel. También García Lorca cultivó las formas breves, Bergamín fue muy dado a la poesía sentenciosa resuelta en pocos versos y, claro, Ramón Gómez de la Serna expandió su magisterio en las breverías.

En esa tradición de las formas breves es en la que deliberadamente se instala, con notable acierto, González Romano. Su Señales de vida, primer libro de poemas que publica, está escrito todo él en ese tipo de poesía. No es fácil, aunque las apariencias engañen, escribir esa clase de poemas en los cuales la expresión se concentra y se limita a cuatro, a veces algunos más, pero siempre pocos, versos. Si esas formas tradicionales de poesía, soleares y seguidillas, se entreveran con una sentimentalidad moderna, la de un poeta de nuestros días, del siglo XXI, se corre un alto riesgo de que la fórmula chirríe y acabe por no funcionar. Nada de eso, sin embargo, sucede, felizmente, en el libro de González Romano, en el cual la síntesis entre modernidad y formas populares se solventa con éxito en los poemillas que integran el libro. Podemos imaginarnos la gran labor de poda que entre los muchos poemas escritos con esta fórmula habrá llevado a cabo su autor. Pero los incluidos en el libro tienen la chispa de la inteligencia y de la brillantez y saben comunicar un pensamiento breve y profundo al mismo tiempo con solvencia, elegancia y dominio de los recursos poéticos.

Con escéptica elegancia indaga el poeta en la existencia, en ese dolor que la acompaña y cuyas causas muchas veces no conseguimos ni siquiera explicarnos: “¿Por qué será este dolor / que no se calma con nada, / si sé que no existe nada / que provoque este dolor?”. Cifra el poeta su poética en el intento de salvar las distancias entre la vida y el arte: “POÉTICA. Si quiero cambiar de tema / escribo punto y aparte. / Ojalá fuera la vida / tan sencilla como el arte.” Acompaña a este escepticismo elegante, una actitud vitalista, la de quien defiende la vida, a pesar de las limitaciones que forzosamente nos impone la existencia: “¿Tiene sentido la vida? / A mí no me lo preguntes: / yo me limito a vivirla.” La búsqueda de la propia identidad está también presente en estos poemas: “Yo ya no sé quién soy yo: / si el que busca o el que olvida / o ninguno de los dos.” La ineludible referencia a la tradición, pero con elegancia, mostrando que la fuente de la que se bebe se asimila para dejar paso al acento personal: “Hoy también me siento adelfos: / las alegrías por fuera / y la amargura por dentro.” La literatura, sin aspavientos, sin grandilocuencias, con naturalidad es una forma adecuada para dejar “señales de vida”, de nuestros pasos en la tierra: “No existe mayor herida / que pasar por este mundo / sin dar señales de vida.”

González Romano las empieza a dar con este primer poemario al que seguro seguirán otros en los que volverá a dar muestras de su buen hacer poético. No queda sino felicitar a la Fundación Ecoem y muy especialmente a Javier Sánchez Menéndez por haber creado esta colección de poesía “Siltolá” a la que, a juzgar por la calidad de los títulos publicados, auguramos larga vida.

2 comentarios:

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Javier, ¿cómo agradecerte esta entrada? La mejor manera que se me ocurre es haciendo que se cumpla el inicio del último párrafo.
Gracias, muchas gracias, de corazón.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

No hay que agradecer nada, Juan Antonio. Quedas, desde ahora, emplazado. Esperamos tu nuevo libro, pero recuerda, las prisas en literatura son malas consejeras, así que tómate tu tiempo, pero quedas emplazado.
Un abrazo, Javier.