sábado, 27 de junio de 2009

Autorretrato





AUTORRETRATO

                 Ya hace tiempo que no tengo el favor de los
                  dioses y que alargo inútilmente mis años.
                                    Virgilio, Eneida, Libro II, v. 633.

He llegado, tras de no pocas adversidades,
a la edad madura de mi vida,
de modo que se hace preciso escribir
algunos versos que hablen de mí.
Cuando mis ojos despertaron a la luz,
era tiempo de edificios derruidos en Europa
y de guerras duramente perdidas en España.
Mi infancia es la memoria del agua,
varada en el Mar Menor y su ribera,
y de las aladas calles de la Ciudad del Aire,
secreta y lejana, improbable como el paraíso.
Fue mi juventud un destino itinerante,
soledad de ciudades apenas entrevistas,
de inviernos ateridos en tierra adentro,
de veranos largos y cálidos frente al mar.
Yo también, como casi todos, he vivido
algunas historias que me duele recordar.
Mas he conocido la plenitud del amor
que desbarata las sombras y la dicha
de haber amado intensamente y el gozo
de prolongar el amor en otras miradas
que pertenecen a otra edad, a otro tiempo,
a un incierto futuro que ya no será mío.
Ni me gusta el mundo en que vivo
ni el tiempo que me ha tocado vivir.
Con los años he ido perdiendo,
irremisiblemente, la fe en los demás.
Me gustaría escribir que soy libre y feliz,
pero me lo impide la agónica mirada
de los niños que se mueren de hambre.
En el fondo de mi corazón enajenado,
a despecho de la miseria y la injusticia,
aletea indeleble el vuelo de la esperanza.
La memoria sustenta siempre mi escritura
y la melancolía de los sueños imposibles,
desarbolados en el árido combate
contra la dureza altiva de la vida.
Lo que más me gusta es escribir
y leer lo que otros han escrito,
siempre que me resulte dulce y útil.
Es probable que también mi voluntad
sucumbiera en una noche de luna,
mas hace ya tiempo que perdí el favor
de los dioses y alargo, en vano, mis años.
Para cuando llegue el final del sueño,
que no tenga la luz color de cementerio
ni se estremezca el viento de la tarde,
que me lleven lentamente las sombras
y que naufrague mi voz, desmoronada y sola,
en el oscuro mar de la calma y el olvido.

Nota. Mi libro de escolaridad, “Estudios de Bachillerato. Libro de calificación escolar”, se abre el 30 de marzo de 1964 en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Isaac Peral” de Cartagena. Durante el curso 1963/1964 estudié el preparatorio en el colegio “Ruiz de Alda” de la Ciudad del Aire. Mi profesor, único para todas las materias, fue Don Eliseo. Con fecha 30 de mayo de 1964, esto es, sin haber cumplido aún los diez años, me examiné en el instituto de Cartagena “Isaac Peral”, por libre, en la prueba de “Ingreso en el Bachillerato Elemental” y obtuve la calificación de “Admitido (8)”, según reza en el libro de escolaridad con fecha 30 de mayo de 1964. La foto que acompaña este autorretrato es la que figura en la primera página de ese Libro de escolaridad. Cuando me la hicieron, me faltaban tres meses para cumplir diez años. Sobre el cabello, que acabé perdiendo, se advierten las huellas de la grapa que adjuntaba la foto al mencionado documento escolar.

jueves, 25 de junio de 2009

El perfil alertado de un hombre flaco: releer a Marsé



Se llega a un tiempo en que, sin darte cuenta de las razones que te llevan a ello, te sorprendes releyendo libros que leíste hace más de treinta años. Muchas veces nos preguntamos por qué leemos, qué es exactamente lo que buscamos en los libros, qué nos empuja a coger un nuevo libro apenas hemos terminado el anterior, por qué incluso leemos dos o más libros a la vez; sin embargo, habría que preguntarse, llegados a cierta edad, por qué releemos cuando es tanto lo que nos queda por leer. En fin, quizá sea un enigma indescifrable, pero lo cierto es que releemos. A veces, cuando releemos, buscamos nuevas ediciones del libro ya leído, o ediciones críticas con prólogo, o esa reedición en la que el autor ha revisado el texto y que suele llevar el marbete de “versión corregida y definitiva”.

Entre los autores cuyas obras suelo releer se encuentra Juan Marsé. Me asombra que la memoria sea tan desleal y traicionera y que de un libro que me entusiasmó en su momento, sólo queden retazos deshilvanados, a pesar de haber sido leído en su tiempo con atención y estoy por decir que con pasión. Por otra parte la traición de la memoria permite que el libro sea leído ahora como si lo fuera por vez primera. No salgo de mi asombro, qué gran escritor es Marsé y qué extraordinaria novela es Si te dicen que caí.

Releyéndola advertí una referencia oculta a un personaje a la que me quiero referir hoy en esta sección de mi blog a la que di el nombre de “notas a pie de página”. En una de las “aventis” en la cual Ramona le está contando su pasado a Java, sin que el lector pueda distinguir de la mano de la narración de Sarnita dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción, y al hablarle del asesinato del padre del alférez Conradito en la Carretera de la Rabasada en Barcelona, dice Ramona:

Dos meses después me vinieron a buscar unos hombres de las Patrullas de Control y me llevaron al hotel Falcón en coche, recuerdo que era primavera y había tiros y barricadas en las calles, se veían ventanas protegidas con sacos terreros y aspas de papel engomado en los cristales, y los hombres de mi tío iban preocupados y callados con sus fusiles y granadas, sus pañuelos rojos y negros anudados al cuello, eran muy jóvenes. En las Ramblas no se veía un alma. En el hotel, una miliciana con el gorrito ladeado sobre los rizos fue en busca de tío Artemi. Se oían risas y canciones de soldados, en el pavimento resonaban culatazos de fusiles y había mucho trajín de chicas recaudando fondos para el Socorro Rojo. Mi tío no estaba, había ido al Comité, que estaba más arriba, junto al café Moka. Fuimos y allí nos dijeron ha ido a hablar con el inglés en la azotea del edificio de enfrente, sobre el cine Poliorama, ¿ves la cúpula?, me dijeron, ¿ves al Paco que asoma la cabeza? Recuerdo el perfil alertado de un hombre flaco, con el fusil vertical rozándole la nariz, leyendo un libro. Mi tío apareció a su lado ofreciéndole una botella de cerveza y palmeando su espalda. Me enteré entonces del asalto a la Telefónica y me explicaron la situación: se temía un ataque a nuestros locales, había que defender el hotel. Ahora vendrá tu tío, me dijeron, pero le esperamos en vano, ellos decidieron volver al coche y poco después corríamos por una carretera de las afueras.




Ese hombre flaco de perfil alertado es George Orwell. Como es bien sabido, Orwell luchó en las milicias del POUM en los primeros meses de la Guerra Civil. Los sucesos de la novela de Marsé se refieren a los acontecimientos ocurridos en Barcelona en mayo de 1937, que no dejaron de ser una suerte de guerra civil interna del bando republicano, y que han pasado a la historia como “Los hechos de mayo del 37”. Orwell participó en ellos y lo contó en su libro Homenaje a Cataluña. Veamos cómo describe Eric Arthur Blair, de origen británico y nacido en la India en 1903, autor de Rebelión en la granja y 1984, esos sucesos:



Kopp me llevó al primer piso y me explicó la situación. Debíamos defender los edificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones en el sentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo. Justo enfrente había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y, en la parte más alta, muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño observatorio con dos cúpulas gemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos hombres apostados allí podían impedir cualquier ataque contra los edificios del POUM. Los encargados del cine eran miembros de la CNT y nos dejarían entrar y salir. (...) Pasé los tres días y noches siguientes en la azotea del Polioroma, con breves intervalos en los que me deslizaba hasta el hotel para comer. No corría ningún peligro, sufría solo hambre y aburrimiento y, no obstante, fue uno de los períodos más insoportables de mi vida. Creo que pocas experiencias podrían ser más asqueantes, más decepcionantes o, incluso, más exasperantes que esos días de guerra callejera. (...) Las calles soleadas continuaban desiertas. Lo único que ocurría era el raudal de balas que salían de las barricadas y las ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba un solo vehículo y, a lo largo de las Ramblas, los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores los habían abandonado al oír el primer disparo.

Los faieros de la novela de Marsé, que tratan de mantener viva la resistencia desde dentro de la España vencedora en la guerra, son vistos con innegable simpatía por el narrador o por los muchos narradores que tiene esta novela. En un pasaje para referirse a los “Hechos de mayo” y a la desaparición del hermano del Java, en cierto modo el personaje en torno al cual se centra la novela, el narrador utiliza la expresión “escabechina de los pañuelos rojos”, refiriéndose a la imposición que sobre los anarquistas llevaron a cabo los comunistas y el ejército republicano; estas son las palabras del narrador: 

Dicho por Java con palabras o gestos de la abuela: que un día del mes de junio del treinta y siete, cuando la escabechina de los pañuelos rojos estaba en marcha, su hermano desapareció del mapa y ahí quedó la foto y esa hoja del calendario acumulando polvo, y que la abuela no ha querido arrancar.

En ese contexto, me parece advertir en las palabras que han dado lugar a esta entrada cierto homenaje personal de Marsé a Orwell, a lo mejor es sólo una simple referencia, pero sabiendo de la simpatía de Marsé hacia los círculos anarquistas de los años treinta quizá no esté errado del todo.



Nota. Las fotos de Juan Marse y de George Orwell proceden de la red. La del antiguo cine, hoy teatro, Poliorama, en las Ramblas, también procede de una página de arquitectura de la ciudad. Las portadas de los libros de Marsé y Orwell también están tomadas de la red. Aunque me parece innecesario para lectores de cierta edad, el término "paco" al que se hace alusión en el texto de Marsé, nombra a los francotiradores que disparaban desde las casas y desde las azoteas. Es un nombre onomatopéyico, por recordar el "pac" seco de un fusil al dispararse.

domingo, 21 de junio de 2009

El juicio final


A José Miguel Ridao

- ¿Por qué me tengo que definir? No se me alcanza la razón por la que deba hacerlo.

- Sería más fácil para todos: sabríamos a qué atenernos.

- Sinceramente, esa no me parece una razón de peso; además, ¿en qué quiere que me defina, en política, en religión, en gustos literarios...?

- No sea esquivo, lo sabe de sobra.

- No me gusta el tono en que me habla, sobre antipático, me resulta insufriblemente autoritario.

- Modérese, no le hacen ningún favor las impertinencias.

- Empiezo a sentirme mal, el tono de su voz me recuerda al de un juez severo y adusto.

- ¿Qué tal si deja los rodeos y cumple con lo que se le ha pedido?

- Me niego a definirme, no quiero ser gratuitamente encasillado.

- Usted sabrá lo que se hace; pero le advierto que si persiste en su negativa, me veré forzado a mantenerle encerrado.

- Está bien, ya veo que está usted dispuesto a todo. ¿Le bastará si me defino en único aspecto?

- Eso depende.

- ¿De qué?

- Depende de qué aspecto se trate y de lo poco o mucho que concrete su definición.

- Está bien. Trataré de definirme en materia religiosa.

- Suya es la palabra.

- No soy creyente, no tengo fe; soy agnóstico, pero no ateo.

- ¿En qué tipo de Dios cree usted, pues?

- Lo ve, ya me está liando; que haya dicho que no soy ateo no le da derecho a afirmar que por ello tenga que creer en algún tipo de Dios.

- Le ruego que no sea ilógico o que maneje el lenguaje con más cuidado.

- Usted sólo sabe tenderme celadas.

- No me crea tan maquiavélico. Respóndame ¿cree en Dios o no cree?

- Reitero lo dicho: no tengo fe, soy agnóstico, pero no ateo.

- Si persiste en la confusión de conceptos no me quedará otro remedio que mantener su confinamiento.

- No me moveré un centímetro de la posición adoptada, así que usted decide.

- Lo siento, pero no me convence en absoluto su definición, así que daré orden de retenerlo hasta que se hayan aclarado y ordenado sus ideas.


Nota. La ilustración es de Hyeronymus Bosch "El Bosco" (1453-1516). Es la parte central del retablo titulado "El juicio final" y es de 1504. José Miguel Ridao mantiene el estupendo blog "Por estos andurriales", puede visitarse desde mis "enlaces". En cierto modo esta entrada nace de un encendido y polémico debate mantenido en su blog a raíz de una entrada suya titulada "Celíaquia y Comunión".

sábado, 20 de junio de 2009

De blog a blog: Maya Goded


Navegar por el mundo de los blogs, por utilizar la consabida metáfora náutica, sobre sorpresas, aporta conocimiento y descubrimientos inesperados. ¿Será esta una de las funciones del blog? No lo sé, pero me ha llamado poderosamente la atención esta soberbia e inquietante fotografía que he visto en el cuaderno, al que tantas veces me he referido aquí, de Antón Castro. Entro en google para buscar información acerca de la autora de la foto y encuentro esto:

Maya Goded

Maya Goded Colichio nació en México en 1970.

Empezó a fotografiar con 15 años. En 1993 editó su primer libro Tierra Negra que trata de la comunidad negra en Oaxaca, México. Con su ultimo trabajo Sexo–Servidoras recibió el prestigioso premio "W. Eugene Smith Fund Award“. Este trabajo lo desarrolló durante cinco años y trata de las prostitutas del barrio de La Merced en México. Con él, Goded realizó un profundo análisis en torno a la mujer: la desigualdad, la transgresion, el cuerpo y el sexo, la maternidad, la infancia, la vejez, las creencias, y lo que es ser amada o no.

Su trabajo ha sido expuesto en muchas galerías y museos del mundo tanto en exposiciones individuales como en grupo. También ha sido publicado en medios de muchos países.

Goded entró en la agencia Magnum como nominee en el año 2000.

viernes, 19 de junio de 2009

Seis meses de blog



Amanece nublado sobre mi ciudad. Un insoportable bochorno hace pesado el aire, casi irrespirable. La ropa se pega al cuerpo, empapada de sudor. Antes de salir de casa , he conocido la noticia: otra bomba más, otra vida segada. De nuevo la barbarie, la muerte injusta, el sinsentido, la violencia ciega e inútil. Mientras me dirijo al trabajo pienso en Vicente Ferrer, fallecido ayer, y en su labor y se me da por comparar lo que hacen unos y lo que hacen otros: hay quien defiende la vida, la generosidad, la alegría, la entrega a los demás, la solidaridad con los desheredados de la tierra, la abnegación, los ideales más dignos y más decentes; otros sólo saben sembrar el dolor más innoble, embestir en vez de pensar, destruir, amedrentar, condenar y ejecutar en nombre de no se sabe bien qué. Comienza a chispear cuando salgo del metro. Cierro las páginas de Si te dicen que caí, me pierdo en un laberinto de callejuelas y llego al trabajo. Ni un solo comentario ni de una ni de otra noticia, tan solo gritos, pelotazos, exámenes a destiempo.

Se trastocan mis planes de escritura. En esta entrada quería hablar de los números redondos, de las fechas conmemorativas, de los visitantes que se asoman a las páginas volanderas y virtuales de este blog, como rezaba el subtítulo que antes llevaba. Seis meses han pasado desde que colgué la primera entrada. Mil personas se han asomado a ver mi perfil, seguramente para saber quién soy, como si eso se pudiera saber a través de una simple nota biográfica, y siete mil lo han visitado y tal vez hasta hayan leído el texto de alguna de las entradas. ¡Qué sensación rara esta de escribir en el blog! Nunca sabes quién te lee, quién curiosea simplemente, quién trata de inmiscuirse en forma de spyware (como avisa el antivirus con una significativa imagen de una cabeza con gafas de sol y pinta de espía) cuando abres el acceso para dejar alguna nueva entrada. La mayoría de las veces la pregunta que te asalta es la de “¿hay alguien ahí?”. Otras ni eso, escribes porque te apetece hacerlo, sin más. Agradeces que los asiduos al blog, ya amigos, te dejen comentarios. ¿Por qué sigo escribiendo en el blog? Hoy, precisamente hoy, no tengo respuesta para esta pregunta.










Nota. La foto del atentado es de abc.es y la de Vicente Ferrer de lasprovincias.es

miércoles, 17 de junio de 2009

El deterioro


- Al cumplir determinada edad, cobras conciencia de que los signos de deterioro son cada vez más visibles y de que el tiempo no soluciona el problema, antes bien lo agrava.

- El deterioro es una consecuencia inevitable del transcurrir de los años y hay que asumirlo porque forma parte del vivir, salvo que queramos desnaturalizar esto que llamamos vida.

- Desde luego, claro que es necesario aceptarlo y yo lo acepto, pero lo que me aterra es ver en los que te preceden, sobre todo en los padres, sus efectos demoledores.

- También eso es un hecho natural. El sucederse de la generaciones nos enseña que los que van delante nos muestran el camino, así como nosotros se lo mostramos a quienes nos suceden.

- Le tengo miedo a dos cosas: a no poderme valer por mí mismo y al dolor.

- Me recuerdas a aquel personaje de Max que decía que los hombres tememos más al dolor que a la muerte.

- Pero yo no te hablaba de la muerte, sino de su antesala.

- De acuerdo, pero están inexorablemente unidos: el deterioro se manifiesta en la vejez, lleva aparejado el dolor y es el preludio de la muerte, del final.

- Luego, según tú, es la cercanía de la muerte lo que me causa miedo.

- No tengo la menor duda.

- ¿Y por qué le temo tanto a la muerte?

- Porque aquella fe antigua e ingenua de los años de la niñez y la adolescencia se ha ido disolviendo lentamente en la nada.

- Así que no hay asidero ni tabla de salvación posible.

- Contra la muerte, no.

- Pero queda lo que hemos hecho y nuestro recuerdo en los demás.

- Tan efímero lo uno como lo otro, lo mismo que una pompa de jabón en el vacío.

- Entonces no hay más remedio que asumir que la muerte es el colofón final de todo.

- ¿Ha vuelto alguien de la muerte?

- Jesús.

- Eso es dogma de fe, no verdad científica.

- Me cuesta mirarlo así.

- Quizá sea esa esperanza íntima y secreta a la que te aferras la que te lo impide.

- Tal vez.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección, o subgénero, al que doy el nombre de dialogismos. Esto es lo que al respecto de este término escribe Demetrio Estébanez Calderón: “Figura retórica consistente en la enunciación, por parte del hablante, de un pensamiento o reflexión interior expuestos en forma de diálogo consigo mismo (...) Los términos dialogismos y polifonía han sido utilizados por M. Batjin en sus estudios sobre Rabelais y Dostoievsky, para aludir a la mezcla de voces y diversos tipos socioculturales de discurso que conviven y se interfieren en una obra literaria. Los fenómenos de desdoblamiento, convergencia o diferencias entre las voces del autor, narradores y personajes presentes en un relato confieren ese carácter polifónico y dialógico al texto literario que, como hecho de lengua, constituye una opinión pluridiscursiva sobre el mundo (M. Batjin, 1978)". ESTÉBANEZ CALDERÓN, Demetrio, Diccionario de términos literarios, Col. Alianza Diccionarios, Alianza Editorial, Madrid, 1996, 1134 pp. ISBN 84-206-5251-2. Cita de las págs. 284-285.

lunes, 15 de junio de 2009

Ciudad del Aire



CIUDAD DEL AIRE

Mi infancia es la memoria
de un mar de agua tibia,
salado, menor, azul, surcado
de balandros y poblado
de balnearios; horizonte limitado
de mis sueños infantiles.

Mi infancia es también la luz
y el perfume de los jazmines,
intenso como fragancia arrebatada,
y una casa grande y luminosa,
rodeada de jardín, con un huerto,
un pozo seco y una palmera;
una casa en la calle Cuatro Vientos
de un pueblo leve, paradisíaco,
que no aparecía en los mapas,
territorio indeleble de mi niñez,
Ciudad del Aire.

Mi infancia es un mundo de silencios,
y de verdades en voz baja,
que mi padre imponía severo
y nosotros acatábamos sumisos,
en la obediencia que dictaba
un entorno hostil, autoritario,
que dominaba las conciencias
y ponía plomo en las alas
del pensamiento libre.
No pude saber entonces
en qué bando hizo mi padre la guerra,
porque nunca de eso hablaba;
era como si se hubiese impuesto
el deber de mantenernos
ignorantes de todo aquello:
el hambre, las calamidades,
la miseria por todas partes,
los pelotones de fusilamiento,
la luz cautiva de las cárceles,
la nostalgia inútil del destierro.

Mi infancia es la ternura de mi madre
prodigada en caricias y desvelos.
Mi madre, joven y hermosa,
con una vitalidad contagiosa,
aunque algunas tardes de otoño
se dejara ganar por la morriña
de su tierra brumosa y marinera;
la recuerdo siempre cantando:
cuando pienso que te fuiste
negra sombra que me asombras…
si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras.

Mi infancia es el sueño de Jacob,
la confusión de la torre de Babel,
la historia de Tobías y el ángel.
Es también el miércoles de ceniza,
cuando un cura sombrío dibujaba
en las frentes infantiles, memento mori,
una cruz de ceniza con el dedo,
imborrable como un estigma.
Viernes de cuaresma y penitencia,
años de confesiones tenebrosas.
Pero también el venid y vamos todos,
entonado en las tardes de mayo,
con flores a María que madre nuestra es.

Mi infancia es el himno nacional
cantado todas las mañanas mientras
la bandera era izada en el mástil
frente a la puerta del colegio;
gloria a la patria que supo seguir
y nosotros firmes con la cartera
en la mano y el pelo peinado
con colonia, por el azul del mar,
los pantalones cortos, los calcetines
altos, y el caminar del sol.
Después, monotonía de lluvia
tras los cristales de la clase.
Un maestro enjuto, de duro trato,
soberbio y despótico nos atemorizaba
con problemas matemáticos,
las comarcas leonesas o las ciudades
navarras: Estella, Tafalla, Olite
Corella y Cascante; el crimen de Caín
y el desamparo de Abel, los mártires
de la cruzada española, los verbos
irregulares y las bienaventuranzas.
El colegio era el temor y el castigo,
pero también los partidos de fútbol
del recreo, Ciudad contra Ribera,
confusión de balones y jugadores,
algarabía de voces infantiles
que se llevó el tiempo hacia
el mundo sombrío de los adultos.

Mi infancia es la noche de reyes,
un desvelo ilusionado de fuertes
y vaqueros, de indios sometidos
a la marginación en sus reservas,
de incipiente capitalismo de palé,
de garajes, balones y del inevitable
misal que nunca pedíamos y siempre
nos traían, para que veáis qué buenos
son los reyes, decía mi madre.

Mi infancia es el juego solitario,
aquella tendencia mía al aislamiento,
encerrado a solas con mis juguetes,
como quien no necesita a nadie,
mundo propio hecho de silencios;
te has fijado, decía mi padre
a mi madre, en que este niño
está siempre triste y ausente.

Mi infancia es una música
aprendida en la guitarra
que le regalaron a mi hermano,
arpegios de mis dedos menudos,
banales melodías populares.
Después de tantas cosas, fue la mía
una infancia feliz y compartida
y nada pudieron contra ella los fantasmas
y los miedos con que algunos
quisieron limitar mis sueños
y ensombrecer la luz de mi alegría.

Mi infancia es una esperanza postergada
que se oculta en el fondo de mis días,
como tantas ilusiones que navegan
en las aguas turbulentas de los años.



Nota. Las fotos de la Ciudad del Aire están tomadas hace ya algunos años, en el verano de 2004. Sigo fotografiando estos lugares, inexplicablemente en declive, en los que viví los mejores años de mi infancia.

jueves, 11 de junio de 2009

Un alma siempre en borrador



Lo difícil es acabar, dar algo por cerrado, despedirse, decirse adiós. Cada año que pasa Leonardo está más cansado y le cuesta más encontrar las frases con las que terminar el curso. No es fácil, es una de las tareas que más se le resisten. El azar quiso que, releyendo a su admirado Juan de Mairena, ese peculiar profesor de retórica tan amigo de don Antonio Machado, encontrase un texto que, paradójicamente, podría servirle para la ocasión. Mairena lo dice en el inicio de sus clases, pero Leonardo piensa que es bueno para ser leído durante los cinco últimos minutos del curso, cuando las clases se acaban y no volverán a empezar hasta septiembre. A Leonardo le gusta porque las palabras de Mairena ponen patas arriba aquella máxima terrible que trataron de inculcarle en su niñez: "La caridad bien entendida empieza por uno mismo". Mairena no enseña a tener seguridad, sino a desconfiar de uno mismo y esa es la paradoja que a contramano se acerca a la verdad: la duda metódica, desconfiar de todo, planteárselo todo, analizarlo todo. Como siempre, la lectura, en silencio sepulcral de respeto hacia el poeta amigo de Mairena, desconcierta una vez más a los muchachos, que ya solo piensan en las vacaciones y en ir a la playa. Tomó Leonardo el libro y leyó:

"Pláceme poneros un poco en guardia contra mí mismo. De buena fe os digo cuanto me parece que puede ser más fecundo en vuestras almas, juzgando por aquello que a mi parecer, fue fecundo en la mía. Pero ésta es una norma expuesta a múltiples yerros. Si la empleo es por no haber encontrado otra mejor. Yo os pido un poco de amistad y ese mínimo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas. Pero no me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que os digo y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra. No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque yo soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de arrepentimientos. Llevo conmigo un diablo -no el demonio de Sócrates-, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo, para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras yo por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos."


Al terminar la lectura, Leonardo dio la clase y el curso por acabados. Dos alumnos levantaron la mano para preguntar. Leonardo los miró con cara de sorpresa y les dio la palabra. "¿Cuándo son los exámenes de recuperación?", preguntaron casi a coro. Leonardo los miró detenidamente, muy serio, durante unos instantes y sembró después el desconcierto con su respuesta: "Ya están ustedes recuperados, pueden ir en paz."


Nota. La cita del Juan de Mairena, de Antonio Machado, procede de la edición que José María Valverde hizo del texto para la Editorial Castalia hace ya algunos años. La foto de las aulas vacías está tomada de la red.

miércoles, 10 de junio de 2009

Recuérdalo tú, Salamanca



SALAMANCA

Recuérdalo tú, Salamanca,
que tantas veces lo soñaste
enredado en el laberinto
impredecible de tus calles,
siempre en actitud de búsqueda,
como náufrago entre la niebla.
Dile que lo supiste siempre,
que nunca ignoraste el misterio
que nos aguarda tras la muerte.
Memoria eterna de su nombre
quiso dejar entre tu gente,
que nunca sepa, Salamanca,
que fuiste tú quien lo amparaste
y protegiste de las sombras
que sin descanso lo acechaban.
Recuérdalo tú, Salamanca,
y no lo despiertes del sueño
de su muerte vivificada.


Nota. La foto la tomé en Salamanca en abril de 2005.

domingo, 7 de junio de 2009

Obstinado silencio



Aquella tarde, cuando apenas hacía una semana que se había instalado en el piso, escuchó por primera vez las notas desafinadas del piano. Se imaginó por un instante las manos temblorosas y lentas que las arrancaban de un instrumento seguramente viejo y destartalado. Flotaban un instante, antes de desaparecer, en el ámbito en penumbra del patio interior, cuya bóveda encristalada desdibujada el tímido fulgor de lejanas e imprecisas estrellas.

Supo, tiempo después, que su vecina, de cuyo piso procedía la música, era una anciana que vivía sola y había cumplido los noventa. Su hija, azacaneada por las prisas y el estrés, la visitaba a diario hasta que llegó el momento en que hubo de ponerle una cuidadora, que se instaló a vivir con la vieja porque ésta ya no podía cuidarse por sí misma. Fue entonces cuando empezaron los gritos, los llantos, las despertadas a medianoche, las riñas en voz alta de la cuidadora porque la vieja la despertaba a horas intempestivas por las cosas más nimias: que si un vaso de agua, que si he oído a alguien, que si he visto una sombra; él lo escuchaba todo a través de los finos tabiques que separaban su casa de la de su vecina.

El piano dejó de sonar. Ya no hubo más música, sólo voces destempladas excepto cuando venía la hija de visita, en que todo se volvía parabienes y forzada simpatía. Un día la vieja se cayó y se rompió la cadera. Estuvo ausente casi cuatro meses. Mientras tanto la familia de la cuidadora, con su insoportable música de salsa todo el día sonando a todo volumen, se había instalado a sus anchas en el piso. Pero la vieja volvió, en silla de ruedas y con agudísimos dolores, pero volvió, extraviada en el laberinto de sus terrores, con su demencia senil y sus desvaríos, pero volvió.

Últimamente ya ni la misa de la televisión los domingos por la mañana le ponían, a ella que era tan creyente. Los dolores la martirizaban y los gritos irrumpían en plena noche y despertaban a los vecinos, él incluido, pero la familia no se enteraba de nada; la agonía de la vieja la sufrían los demás, su miedo a la muerte se resolvía en desgarradores gritos que ninguno de los suyos escuchaba, sólo la cuidadora y los vecinos.

Al volver de un fin de semana, se encontró el silencio, un denso y obstinado silencio. La vieja había fallecido, según rezaba un cartel colgado en el ascensor, aquel sábado por la noche. Desapareció la familia de la cuidadora con sus ruidos y su salsa. La noche recuperó el sosiego y el silencio. La muerte, al final, era eso: un denso y obstinado silencio. Solo silencio, nada más que silencio.