viernes, 19 de octubre de 2012

José Antonio Pagola




Leí el libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica, en cuanto se puso a la venta. Ávido de encontrarme con un perfil de Jesús de Nazaret más humano que el que nos lo presenta convertido casi en dogma de fe. No me defraudó la lectura, es un gran libro, escrito con una sólida base histórica y desde los presupuestos de una fe sincera y creo que razonada, basada en la lectura inteligente, sosegada y reflexiva de los Evangelios, a los que califica como “un género literario absolutamente original y único”, lejos, pues, de las visiones simplistas y dogmáticas.

Hay, con todo, dos momentos que me dejaron insatisfecho: el relato de las curaciones, de los llamados milagros y el de la resurrección, en ellos las explicaciones del padre Pagola no me convencieron, me resultaron insuficientes. Sin embargo, es de alabar, en el segundo de los temas, su honestidad intelectual cuando escribe: “Los relatos llegados hasta nosotros no permiten establecer de manera segura y definitiva los hechos que se han producido después de la muerte de Jesús. No es posible, con métodos históricos, penetrar en el contenido de la experiencia.” Quiere ello decir, pues, que en ese asunto se nos sitúa en el territorio de la creencia y de la fe, nada que objetar, pero no acaba de convencerme.


Afirma el padre Pagola que la resurrección de Jesús transforma a sus discípulos y les lleva a empezar, dice, una nueva vida. Por consiguiente, la resurrección es una de las claves de la continuidad del cristianismo y un dogma básico en la fundación de la Iglesia. Lo que sorprende es que, después de habernos presentado a Jesús como un hombre a lo largo del libro, al final aparezca lo sobrenatural, lo que necesita de la fe para ser creído.


“Si todo acaba en la muerte ¿quién nos puede consolar?” se pregunta el padre Pagola, para afirmar a continuación que “la resurrección de Jesús es para nosotros la razón última y la fuerza diaria de nuestra esperanza”. Una esperanza basada pues en la fe y no en la razón, que a la luz de la imposibilidad científica de la resurrección nos conduce a la nada, a la desaparición inapelable.  Reconoce el padre Pagola que “para Jesús, como para cualquier judío, la muerte es la mayor desgracia, pues destruye todo lo bueno que hay en la vida y no conduce sino a una existencia sombría en el sheol”, es decir, en el reino de las sombras y de las tinieblas que, según la tradición judía, está en las profundidades de la tierra. ¿Existiría pues el cristianismo sin la resurrección? ¿Y la Iglesia? 


Dice el padre Pagola que fueron las generaciones siguientes de cristianos quienes mantuvieron vivo el testimonio de la resurrección de Cristo en “unos relatos llenos de encanto –escribe- que evocan los primeros encuentros con Jesús resucitado.” A pesar de ello, dice en nota al pie: “nada se puede concluir con certeza”. De lo cual se desprende que la resurrección, improbable a la luz de la ciencia y la razón, es la base de todo, de ahí que la Iglesia lo haya convertido en dogma incuestionable. Creer en la resurrección es pues cuestión de fe y es precisamente la resurrección lo que convierte al Jesús hombre del libro del padre Pagola en el elemento clave de una religión que siguen millones de seres humanos en el mundo. ¿Por qué, pues, la Conferencia Episcopal lleva el libro de José Antonio Pagola ante la Inquisición romana? ¿Qué es lo que no les gusta? No lo entiendo.

Enhorabuena, padre Pagola, porque el suyo es un gran libro de lectura imprescindible y necesaria que nos presenta a un Jesús partidario de los pobres, de “los que no tienen nada: gentes que viven al límite, los desposeídos de todo, los que están en el otro extremo de la elites poderosas, sin riqueza, sin poder y sin honor” y nos dice que “Dios no es un juez siniestro que espera airado; es un amigo que se acerca ofreciendo su amistad.”


Nota. Escribo esta entrada después de leer la contraportada de la edición del diario El País de hoy, dedicada a José Antonio Pagola.

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