jueves, 15 de noviembre de 2012

Barcelona, octubre de 1934 / y 3


Julián Marías, Una vida presente. Memorias 1 (1914-1951), Alianza Editorial, Madrid, 1988. Pág.161.


Paralelamente a la insurrección de Asturias, en Barcelona, Companys, que había sustituido a Maciá en la presidencia de la Generalidad, proclamó la República catalana, en franca rebeldía frente al Gobierno nacional, con las fuerzas que estaban a sus órdenes y otras improvisadas, paramilitares. El general Batet acabó prontamente con esta rebelión, que ofreció muy escasa resistencia, pero dejó en suspenso el Estatuto y produjo una situación de tensión y descontento.

En ambos casos, se trataba de una ruptura de la convivencia, por una parte; de la legalidad, por otra. La Constitución y el Estatuto fueron igualmente violados por ambas rebeliones. Faltó en absoluto el respeto a las leyes, incluso a las más altas, reguladoras de la vida nacional. Tuve la impresión, pronto confirmada, de que la República había quedado herida mortalmente, y sería muy difícil salvarla; para ello habrían sido necesarias grandes dosis de inteligencia, energía y generosidad; las tres escaseaban.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Barcelona, octubre de 1934 / 2


GARCÍA OLIVER, Juan, El eco de los pasos, Ruedo Ibérico, Ibérica de Ediciones y Publicaciones, París, 1978, pág. 159.

En Barcelona lo acontecido fue de comedia. Dencás, cabecilla máximo de Estat Català, dirigía el movimiento desde el edificio de Gobernación. Badía, segundo que aspiraba a primero, acompañado de policías catalanes, de Guardias de Asalto y de algunos escamots, paseaba con descaro por las calles de Barcelona, "Thompson" en mano, deteniendo a anarquistas y a militantes de la CNT. Asaltó los locales de Solidaridad Obrera y algunos otros de la CNT.

Aunque Companys se consideraba el jefe del Frente Popular en toda España, el movimiento, tal como lo estaban llevando a cabo Dencás, Badía y sus escamots, era la iniciación de un movimiento de tipo fascista. Solamente los lerdos podían ignorarlo. En el Palacio de la Generalidad, Companys, con su mirada un poco torcida, resplandeciente de gozo, proclamaba una Cataluña libre, federada a una España federal. Los desmanes de Dencás y Badía desmentían las buenas palabras de Companys.

Companys se fue quedando solo ante el micrófono de Radio Barcelona instalado en el Palacio de la Generalidad. El Frente Popular no daba señales de vida. La Alianza Obrera, con "treintistas" disidentes de la CNT, minúsculos residuos de rompehuelgas de la UGT y microsindicatos del POUM, tampoco hicieron acto de presencia. Los rabassaires estaban muy lejos, allá donde hacía poco tiempo se había pisado las uvas. De los cinco mil prometidos, los pocos escamots que habían salido a la calle empezaban a sentir el frío de las miradas despectivas de los barceloneses. Fue un continuo abandonar los fusiles y las pistolas de que estaban armados. Las bocas de las alcantarillas eran los lugares preferidos para deshacerse de los armamentos.

"Hombres y mujeres del Frente Popular y de la Alianza Obrera, acudid en defensa de la Generalidad", clamaba Companys, llamando a las fuerzas disciplinadas de que hizo gala ante Largo Caballero.
"Rabassaires, no me dejéis solo en este momento solemne."
Las palabras resbalaban por las paredes de las casas y los balcones cerrados.
"Hombres de la CNT, siempre tan generosos, acudid a defender esta causa".
El silencio de la ciudad ultrajada por aquellos forajidos de Dencás y Badía era impresionante. 

Aquel silencio fue interrumpido por los estampidos de un tiroteo que provenía de las Ramblas. Eran Comte y sus muchachos del Partit Proletari Català, separatistas y marxistas, que intentaban resistir ante el batallón de infantería del ejército que anunciaba la proclamación del estado de guerra decidido por el capitán general de la IV Región, el general Batet.

Murió Comte. Companys y los miembros del gobierno de la Generalidad que lo acompañaban fueron detenidos, procesados, condenados y enviados a extinguir condena al penal del Puerto de Santa María.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Barcelona, octubre de 1934 / 1


Gabriel Jackson: La República española y la Guerra Civil. 1931-1939, Princeton University Press, México, D.F., 1967. Páginas 133-135.

A pesar del Estatuto y de la gran popularidad personal de Companys, Cataluña fue sacudida por una oleada de nacionalismo incontrolado. En la Universidad, los profesores castellanos veían cómo sus discípulos y sus colegas catalanes se mostraban deliberadamente hostiles al uso continuado de la lengua castellana en las aulas. Aparecieron octavillas exhortando a los catalanes a no contaminar su sangre casándose con castellanas. Más grave que tales síntomas era el crecimiento de un movimiento casi fascista dentro de las filas juveniles de la Esquerra. Llevando camisas verdes, llamándose a sí mismos escamots (pelotones), y denominando a su movimiento Estat Català, hacían la instrucción en formación militar, con fusiles anticuados o inservibles, reconociendo como jefe a José Dencás, consejero de Orden Público de la Generalidad. (...) Los escamots, a veces amenazando con sus pistolas, detuvieron tranvías y autobuses, dijeron a los expendedores de billetes en las taquillas del Metro que se fueran a sus casas, y amenazaron con destrozar los escaparates de las tiendas que no cerraran. También se informó que estaban levantando los raíles del ferrocarril al este de Lérida para separar "Cataluña" de "España". (...) El presidente Companys se vio metido en medio de una tormenta en formación. (...)  La tarde del día 6, los nacionalistas exaltados esperaban la proclamación de la plena independencia de Cataluña. Dencás planeaba por su cuenta la proclamación del Estat Català. Companys, en medio de tantos fuegos cruzados, tomó el micrófono de manos de Dencás y proclamó el "Estado catalán dentro de la República federal española". Luego él y su Gobierno se atrincheraron en la Generalidad, dependiendo para su defensa de unos 100 mozos y esperando desesperadamente que el general Batet permaneciera neutral. (...) Dencás, olfateando el fracaso, huyó de Barcelona aquella noche. A las cinco de la mañana, Companys acordó por teléfono los términos de la rendición. El general Batet ordenó que se abrieran las puertas y que los mozos salieran con los brazos en alto. (...) La revolución catalana de octubre costó algunos muertos en las escaramuzas habidas en la noche del 6 al 7 de octubre, y al amanecer el Gobierno de Companys fue a la cárcel para aguardar el proceso bajo el cargo de rebelión contra la autoridad debidamente constituida.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Sin sitio


Hace unas semanas, seguramente para no sentirme sin sitio y buscando a quién votar -desde el año 1977 he sabido a quién votaba en la elecciones generales, en las autonómicas fue otro cantar-, leí con cierta esperanza el manifiesto “Federalistes i d’esquerres”. Compartí buena parte de su contenido hasta que me topé con la siguiente frase: “No creemos que pertenecer a España sea una obligación perpetua, pero no compartimos tampoco las razones de quienes sostienen la necesidad histórica de la ruptura.” Lo de siempre, pensé. La visión de Catalunya y de España como realidades diferentes. Parece, a juicio de los redactores del manifiesto, que “estar” en España sea transitorio; el verbo “ser”, referido a España, se diluye como agua que corre por el sumidero de la historia.


Días después, el PSC aprobó en su programa electoral la necesidad de llevar a cabo una reforma de la Constitución para garantizar el “derecho a decidir” de los catalanes. A decidir qué, se preguntaba con acierto el editorial de El País. El PSC ha contribuido gravemente, con su política errática en esta materia de la identidad, a crear la conflictiva e incierta situación actual de manera decisiva, sobre todo en los años en los que estuvo en el gobierno. Se dejó tiradas las siglas PSOE sin que nadie dijera por qué y sin dar ninguna explicación. Se alentó, desde la presidencia socialista de Maragall con el insensato apoyo de Rodríguez Zapatero, un estatuto que más tenía de constitución de un estado que de estatuto de autonomía. Aún hoy, a pesar del giro positivo, pero claramente insuficiente, no se pueden borrar los errores de tantos años de la noche a la mañana, que implica la nueva política impulsada por Pere Navarro, el PSC sigue en la ambigüedad, sin atreverse a corregir una política que en el pasado situó al partido claramente en el ámbito soberanista. Debería recuperar las siglas dejadas en el camino y hablar con más claridad a los ciudadanos. Por ejemplo, diciendo que Catalunya y España son una única realidad política, un mismo proyecto, un mismo estado. Les bastaría para ello con buscar en sus propios archivos y recuperar las palabras de Pascual Maragall cuando era alcalde de Barcelona: “Lo que es bueno para Catalunya, es bueno para España”. ¿Se acuerdan? Las pronunció en el año 1986, cuando se otorgó a Barcelona la organización de la Olimpiada del 92.

Por fin hoy, domingo 4 de noviembre, leo en El País un manifiesto con el que sentirme identificado y que firmaría sin reparos. La lástima es que lo hayan redactado en Madrid. ¡Qué falta harían intelectuales así en Catalunya! ¡Ay, España!...