sábado, 9 de marzo de 2013

La luz de Barcelona


Casi sin advertirlo, me doy cuenta, cuando miro, de que la luz de Barcelona ha cambiado, de que este cielo de principios de marzo, en el que navegan a merced del viento esas blancas y algodonosas nubes, ya no es el mismo de semanas atrás. Hay otra claridad y es otra la nitidez.


De repente cambia la perspectiva y la torre parece inclinarse ligeramente, como en un esfuerzo estéril por emular a otra célebre torre, y el pez, que antes mostraba menesteroso su hambrienta silueta recortada contra el azul, ha desaparecido del encuadre. Los edificios son ahora una vaga simetría enmarcando la nada, dos signos de admiración ante la belleza de este cielo que tiende su manto sobre la ciudad.


Doy la espalda a las torres y pongo la vista en el mar, en cuya superficie espejean los rayos del sol que se filtran a través de esa humilde nube deshilachada y flotando solitaria en el azul. ¿De dónde vendrá esta luz? El verde de la hierba parece querer rubricar el enfoque cruzando la escena de lado a lado. Las figuras que se ven sobre la arena son un ejercicio de imprecisa humanidad junto a la orilla de la playa. 


Me he quedado un rato adormilado después de haber estado leyendo De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León: "Dios está presente en nosotros, porque en él y por él, no solo nos movemos y respiramos, sino también vivimos y tenemos ser, pero así nos está presente, que en esta vida nunca nos es presente; quiero decir, que está presente y junto con nuestro ser, pero muy lejos de nuestra vista y del conocimiento claro que nuestro entendimiento apetece; por lo cual convino, o por mejor decir, fue necesario, que entre tanto que andamos peregrinos dél en estas tierras de lágrimas, ya que no se nos manifiesta ni se junta con nuestra alma su cara, tuviésemos, en lugar de ella, en la boca algún nombre y palabra, y en el entendimiento alguna figura suya, como quiera que ella sea imperfecta y oscura, enigmática". 

Cuando me desperezo y me incorporo, todo ha cambiado. Siento la extrañeza de la luz y aunque no me atreva a confesarlo, quizá también, como el ilustre agustino, la nostalgia del cielo.

Nota. Las fotos son de mi hija Marta y están tomadas en el Port Olímpic de Barcelona.

3 comentarios:

Francesc Cornadó dijo...

No he querido comentar tu escrito hasta realizar las correspondientes comprobaciones visuales. Echada la mirada a la luz de esta Barcelona pre-primaveral, pienso que la inclinación de las torres es debida a una mirada cónica, aguda. Se trata del punto de fuga y no quiero pensar se estén emulando las torres Kio y las intrigas y trapicheos que se producen en su interior. Ahora como tu dices, parecen signos de admiración enmarcan un cielo meridionalmente bello, y tampoco quiero pesar que el edificio vela sea sólo la ilusión de una barquita que se aleja, llevándose la nostalgia del cielo.
Salud
Francesc Cornadó

Rafael dijo...

La hermosura del texto está a la altura de la luz que celebra.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Gracias, Francesc y Rafael por vuestros amables comentarios. La pregunta clave no es la vela o las torres (por cierto, pensaba en Pisa), es ¿de dónde vendrá esa luz?
Un abrazo, Javier.