jueves, 5 de abril de 2018

Juan Benet: las tres edades


Empecé, hace muchos años, quizá por 1978, varias veces la lectura de la novela de Juan Benet Volverás a región y unas veces por una causa -requería una lectura pausada y no disponía entonces del tiempo necesario-, otras por otra, la abandoné sin terminarla, dejándola, me decía, para otro momento. Pasado un tiempo, en 1983, cuando se publicó por primera vez, leí de un tirón, por andar entonces metido en la lectura de novelas sobre la guerra civil -por cierto, ¿debe considerarse La tierra que pisamos, la segunda novela de Jesús Carrasco, una novela sobre la guerra civil?- los tres volúmenes de Herrumbrosas lanzas, que publicó Alfaguara. Deslumbrado por la prosa de Benet, pensé que tenía que corregir la anomalía de no haber acabado la lectura de Volverás a Regiónla novela inaugural de uno de los espacios narrativos de ficción más importantes de la narrativa española del siglo XX, desde entonces una suerte de asignatura pendiente para mí

Han pasado casi cuarenta años desde el primer intento fallido de lectura de la novela epifánica de Región y ahora por fin la he leído, guiado por la sabiduría de Ricardo Gullón - "Una región laberíntica que bien pudiera llamarse España", nº 319, junio de 1973, Ínsula- y Gonzalo Sobejano, -Novela española de nuestro tiempo 1940-1974 (En busca del pueblo perdido)-,  cuyas palabras me han servido de guía a la hora de internarme en el tupido bosque de dificultad que constituye la lectura del texto de Benet. 

También he de decir que el artículo que publicó en el diario El País Julio Llamazares sobre el Pantano de Porma, obra de ingeniería diseñada por Juan Benet que sepultó sobre las aguas Vegamían, pueblo natal del escritor leonés, proponiendo la relectura de Volverás a Región, fue un acicate, no sé, estimuló mi curiosidad y me hizo ver que era este el momento propicio de leer de una vez por todas esa novela. 

Para cerrar la lista de sincronías, por esos días, en Historia de nuestro cine, el programa de la dos, se repuso la película El Filandón, cinta de 1984 en la que participaban Merino, Mateo Díez, Pereira, Llamazares y Trapiello (Pedro), y en la que la historia última, la que protagonizaba Llamazares era una visita al pantano que sepultó su lugar de nacimiento, lo que acrecentó, más si cabe, mi interés por la lectura del libro de Juan Benet. 

¿Y cuál fue el resultado de todo ello, se preguntará quien tenga la paciencia de leer esta entrada? La respuesta es bien sencilla, si la lectura de Herrumbrosas lanzas me deslumbró, la de Volverás a región lo hizo aún más. Despertó mi admiración por la fuerza de la naturaleza descrita en las páginas de la novela, leída además con el "Mapa de Región" extendido sobre mi mesa de trabajo. Reforzó mi interés por la historia de los personajes, que apenas recordaba: el doctor Sebastián y la mujer, María Timoner, Eugenio Mazón y sus avatares en la guerra civil, que tanta luz arrojan anticipándose a Herrumbrosas lanzas, la historia mítica del Numa y su disparo, el personaje del ahijado del doctor Sebastián, hijo de María Timoner, que en un momento de delirio acomete a quien le ha cuidado tal vez de un modo en exceso riguroso, en fin, un conjunto de historias personales intensas y estremecedoras.

Pero, sobre todo, aunque eso ya lo había descubierto en la lectura prematura de Herrumbrosas lanzas, lo más destacable de la literatura de Juan Benet es el estilo, la prosa, la forma de contar. Como una muestra, traigo aquí esta cita de Volverás a región, páginas 253-254 de la primera edición, la de Ediciones Destino, colección Áncora y Delfín nº 295, Barcelona, diciembre de 1967 -Benet lo escribe todo en un único párrafo, pero para facilitar la lectura me permito establecer algunos puntos y aparte:

Creo que la vida del hombre está marcada por tres edades: la primera es la edad del impulso, en la que todo lo que nos mueve y nos importa no necesita justificación, antes bien nos sentimos atraídos hacia todo aquello -una mujer, una profesión, un lugar donde vivir- gracias a una intuición impulsiva que nunca compara; todo es tan obvio que vale por sí mismo y lo único que cuenta es la capacidad para alcanzarlo. 

En la segunda edad aquello que elegimos en la primera, normalmente se ha gastado, ya no vale por sí mismo y necesita una justificación que el hombre razonable concede gustoso, con ayuda de su razón, claro está; es la madurez, es el momento en que, para salir airoso de las comparaciones y las contradictorias posibilidades que le ofrece todo lo que contempla, el hombre lleva a cabo ese esfuerzo intelectual gracias al cual una trayectoria elegida por el instinto es justificada a posteriori por la reflexión. 

En la tercera edad no sólo se han gastado e invalidado los móviles que eligió en la primera sino también las razones con que apuntaló su conducta en la segunda. Es la enajenación, el repudio de todo lo que ha sido su vida para la cual ya no encuentra motivación ni disculpa. Para poder vivir tranquilo hay que negarse a entrar en esa tercera etapa; por muy forzado que parezca debe hacer un esfuerzo con su voluntad para permanecer en la segunda; porque otra cosa es la deriva. 

Pues bien, le diré una cosa: mi pueblo, mi gente, mi generación apenas vislumbró la primera edad; en seguida nos dieron todo, no pudimos elegir casi nada. Mediante un esfuerzo más considerable que su estimación logramos sobrevivir gracias a una justificación incompleta, ilógica y defectuosa pero suficiente. Y duró muy poco; en verdad no hemos conocido sino la deriva o quizás el encallamiento, eso es, un encallamiento en una cosa tan sórdida, desértica y hostil que no nos hemos atrevido a salir de la barca que nos trajo a ella. 

No es necesario decir que Herrumbrosas lanzas ya estaba contenido en Volverás a región, y que, por tanto, requerirá ahora de una relectura que en estos días de descanso ya he emprendido. Y no solo de esa larga novela publicada en Alfaguara en tres volúmenes, sino de otros títulos de Benet que la lectura aquí comentada ilumina, como, por ejemplo, La otra casa de Mazón. Fue Benet, sin duda, un gran escritor y quizá sería necesario que se recuperase su obra, se reeditara en buenas ediciones críticas y se pusiera así, nuevamente, en ediciones fiables, en manos de aquellos lectores que quieran acercarse a ella.

Nota. La foto que ilustra la entrada, pido perdón por su baja calidad, está tomada de mi ejemplar de la primera edición de la novela, la de Destino, de diciembre de 1967

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