miércoles, 11 de febrero de 2015

El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado / 1


"De la misma manera que somos la única especie a la que constantemente le crece el pelo, somos también, como dijo Montaigne, el único ser que cocina", con esta reveladora frase empieza Javier Pérez Escohotado la introducción a este conjunto de ensayos, sobre arte, cultura y gastronomía, recogidos bajo el título de El mono gastronómico, editado con esmero por Ediciones Trea, de Somonte-Cenero, Gijón, en 2014. Explica a continuación el autor el tributo que rinde con el título a Octavio Paz y a Desmond Morris. Ya desde estas páginas del prólogo se centra el tema: la cultura, el arte, la gastronomía o lo que es lo mismo, la vida, lo que somos, lo que comemos, cómo se filtra lo gastronómico en en la obra de arte; a este respecto cita Pérez Escohotado la luminosa frase, aforismo metafórico, atribuida a Josep Pla: "La gastronomía de un país es su paisaje puesto en la cazuela"; es decir, también se puede leer este libro como una historia de lo que somos a través de lo que comemos. Este asunto de las relaciones entre lo gastronómico, lo artístico y lo cultural, aunque también lo social y lo político, ya fue tratado por Pérez Escohotado en Crítica de la razón gastronómica (2007), conjunto de ensayos dedicados al tema, entre ellos uno titulado "Cárcel y dieta de Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo", cuyo proceso inquisitorial estudió y editó el autor en 2003.

En uno de los mejores ensayos del libro, el titulado "Hierbas de España", se fija el autor en un detalle de un extraordinario autorretrato de Alberto Durero de 1493, quien sostiene entre sus manos un cardo; escribe Pérez Escohotado:


En su tiempo, esta variedad de cardo campestre es una planta perenne, hierba molesta y despreciable, pero gráficamente muy poderosa y que en el siglo XV simboliza los sufrimientos de Cristo y también la fidelidad conyugal. La costumbre consistía en ofrecer a las jóvenes esposas esta planta, sin duda anticipando los contratiempos que implica el matrimonio: el parir con dolor, el sometimiento paulino al marido, el débito conyugal...Aunque en el momento de pintar el cuadro, Durero no estaba casado, se autorretrata con ese cardo probablemente para regalárselo a su prometida y futura esposa Agnès Frey.

Con amenidad, combina la prosa de Pérez Escohotado la erudición, la observación atenta y la perspicacia al relacionar elementos procedentes de distintos ámbitos culturales y sociales con la gastronomía. Un ejemplo es este artículo en el que presta una atención especial a la generación de escritores y artistas del exilio republicano, particularmente al grupo formado por el pintor Ramón Gaya, el poeta Juan Gil-Albert, el novelista y crítico literario Antonio Sánchez Barbudo, el narrador Rafael Dieste y el también poeta Arturo Serrano Plaja, cuya célebre fotografía de grupo, con Ángela Selke, esposa de Sánchez Barbudo, quien sostiene en brazos a su hija Virginia, al salir del campo de concentración de Saint-Cyprien en la primavera de 1939, reproduce con acierto el autor. 



  (Los lectores de este blog pueden leer, si lo desean, la entrada titulada "Sánchez Barbudo  lee y recuerda a Gil Albert: la generación del desgarro y el destierro". Aquí.)

Naturalmente, se fija mucho el autor en los bodegones delicados y poéticos pintados por Ramón Gaya, sin duda por el contenido del artículo, cuando habla de la influencia del pintor murciano en el también pintor y músico Salvador Moreno. Dice Pérez Escohotado, aunque no refiriéndose al cuadro que hemos añadido como ilustración a esta entrada, que "esos floreros que como género abundan tanto en la obra de Gaya son una versión modernizada de las vanitas históricas" y que Gaya, "con sus naturalezas muertas, se rebela contra el vacío crítico que atenaza a ese género pictórico", para concluir que en su obra "las flores o las hierbas -una simple rama de perejil- es tan importante o más que el vaso de cristal o el jarro de cerámica corriente". Luego, en "Gastronomía de vanguardia al servicio de la República", dedica el autor unas páginas a Gaya y a su grupo generacional tan evocadoras como interesantes.  



Pérez Escohotado tiene una especial habilidad para entreverar amenidad y erudición. En las páginas de este libro encontrará el lector referencias a Leonardo Da Vinci o a Manet y los sabores del espárrago y el limón; también a la reforma culinaria y a la contrarreforma gastronómica. Del mismo modo, se tratan en el libro temas curiosos y algo más escabrosos, como las páginas dedicadas a la última cena de los condenados a muerte. No puede faltar, tratándose de relacionar la literatura con la gastronomía, la alusión a Proust y su archifamosa magdalena en el artículo que cierra el libro "En busca del relato gastronómico", que, por cierto, se abre con una cita de Manuel Vázquez Montalbán, otra referencia en este y en anteriores libros del autor.

En definitiva, El mono gastronómico es un libro de ensayos tan ameno como instructivo, en el que destaca la capacidad del autor para relacionar elementos culturales diversos y exponerlos en una prosa límpida, muy cuidada en su redacción y muy sabia en la combinación de rigor documental, erudición y amenidad.

viernes, 6 de febrero de 2015

El árbol de la vida


Tardé en ver La delgada línea roja, a pesar de que me la habían recomendado con insistencia, porque creía que con Senderos de gloria La chaqueta metálica -aún recuerdo su final, esa voz en off que, en medio de la marcha de los soldados en un paisaje nocturno de edificios destruidos y en llamas, dice algo así como, "este mundo es una puta mierda pero yo estoy vivo"- bastaba. Estaba equivocado, la película de Terrence Malick era espléndida y hoy me parece una de las grandes aportaciones al cine bélico.Sin embargo, nada es comparable al estremecimiento que me produjo El árbol de la vida cuando la vi el miércoles en "Cine de la 2", programa que, al igual que "Versión española", emite películas sin interrupciones en un horario razonable, de 10 a 11,40 de la noche aproximadamente.

Sin querer resultar, a destiempo, la película fue Palma de Oro en el festival de Cannes en 2011, ridículamente hiperbólico, creo que desde la emoción que me produjeron en su día las películas de Víctor Erice, no había sentido nada parecido. Llevo las imágenes en la cabeza: cada plano, cada encuadre, cada movimiento de la cámara, los fundidos, el color, la sucesión de imágenes que pretenden explicar la formación del universo, los escenarios, los decorados, en fin... Del mismo modo, la actuación de los actores, soberbio Brad Pitt y también magnífico Sean Penn, y la madre, Jessica Chastain, y los niños, sobre todo el mayor de los tres.

El mundo de silencios de la infancia, contado con las palabras justas, al igual que en El espíritu de la colmena o en El sur, es un elemento capital en esta película y me parece que se trata con una delicadeza y una inteligencia encomiables: la ternura de la madre, el rigor excesivo del padre, la complicidad, pero también la discordia, entre los hermanos. Frente al padre que quiere que sus hijos tengan "fuerza de voluntad para salir adelante", para aguantar con firmeza los vaivenes y las injusticias del medio social, la madre susurra, en portentosa voz en off, como si lo hiciera al oído de los niños, que sean buenos y amen a todo el mundo, a cada rama, a cada flor y a cada árbol, porque si no saben amar su vida pasará como un destello.

La muerte del primogénito dispara en la película la indagación en el sentido de la vida, en su trascendencia, y en la angustia y la necesidad de Dios, con quien dialoga, y a veces parece increpar suavemente, la voz en off de la madre, que previamente dice a sus hijos que tendrán que elegir entre dos caminos que podrán seguir en la vida, el de la naturaleza o el de lo divino. Cobra así esta obra una dimensión existencial que se completa con esa visión cosmogónica desde la creación del mundo a los rascacielos de las grandes ciudades de nuestros días. Creí ver en algunas de esas imágenes epifánicas una suerte de homenaje a Kubrick, pero a lo mejor estoy, como tantas veces, equivocado.

De lo que sí estoy del todo seguro es de que El árbol de la vida es una de las mejores películas que he visto en mi vida y permanecerá durante mucho tiempo en mi memoria. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Tanka de la batalla



TANKA DE LA BATALLA

Es lo que queda
después de la batalla
escombro y muerte
un navío que surca
el mar de la tristeza.

Nota. La foto la tomé en el Museo Dalí de Figueres a finales de agosto de 2013.

domingo, 25 de enero de 2015

Caminos del exilio: La Vajol



Llegamos a La Vajol cuando ya casi caía la tarde. La luz de enero declinaba y entristecía ciertamente el paisaje. Hacía frío y abrigados recorrimos los senderos que bordean la pequeña población. Bosques de hermosas encinas. El suelo abrigado de bellotas desperdigadas. El monumento al exilio revive un instante de la tragedia que por aquí, en estos y otros parajes similares, se vivió en tal mes como este del año de 1939. 






Alguna casa de este pueblo sirvió de última morada en España al presidente Manuel Azaña. Él mismo se encargó de contarlo en una larga "Carta a Ángel Ossorio", recogida en Memorias de guerra 1936-1939, publicado por Grijalbo en 1996. Escribe allí el presidente Azaña:

Mientras tanto en La Vajol ocurrían algunos incidentes extraños. Más allá de la minúscula aldea, atestada de refugiados, el camino corre por una meseta pintoresca, y se bifurca. La rama de la derecha pasa junto a una masía, una gran casa, ya muy estropeada, y remonta a un puertecito, a pocos cientos de metros, que es la frontera. La rama izquierda desciende a un barranco, hasta cierta mina de no sé cuál sustancia. En la mina, aprovechando sus instalaciones, y en otras construidas para el caso, estaban depositados los cuadros que no cupieran en Perelada, y joyas y otros objetos que según me dijo Negrín valían 200 millones.





Estuvimos aquí hace un montón de años, cuando recorrimos por primera vez los caminos del exilio. Nos detuvimos a fotografiar el paisaje que seguramente verían, si es que en aquellos días hubo alguno con la suficiente claridad como para contemplarlo y si es que el presidente y sus acompañantes quisieron salir al camino una tarde, tal vez parecida a la que dedicamos nosotros a visitar estos lugares, para asomarse y ver la tierra catalana que estaban en trance de perder de un día para el otro, verían, digo, Azaña y los que estaban con él, la soberbia vista de la plana del Ampurdán con la bahía de Rosas al fondo, perdida entre la última bruma de la tarde, que desfiguraba suavemente el paisaje.



Por ese mismo camino, que hoy está asfaltado y por el que se conduce cómodamente, se llega a la cima del Coll de Manrella, hoy paso franco hacia Francia; seguro que por ahí cruzarían también la frontera entonces muchas personas. Hay allí erigido un monumento a la memoria de Lluís Companys. El paso fronterizo está hoy abierto como pista forestal después de muchos años de estar cerrado.






Sin embargo, Azaña y Negrín se exiliaron por el Coll de Lli, por donde lo harían con una hora o algo más de retraso los presidentes Aguirre y Companys. Hay allí, en el lugar por donde dejaron a la sola y desdichada España, como dijo Cervantes en La Numancia, una placa conmemorativa del evento histórico y una panel con datos para el que quiera leerlo.





Así narró Azaña su salida de España en la carta a Ángel Ossorio, quien sustituyó a Luis Araquistáin como embajador en Francia tras la caída del gobierno de Largo Caballero:

El domingo 5, a las 6 de la mañana, emprendimos el camino del destierro. Éramos una veintena de personas, Martínez Barrio no se había olvidado de Companys, pero como el séquito del Presidente de la Generalidad le pareció a Martínez Barrio demasiado numeroso y abigarrado, creyó mejor que no saliese en nuestra compañía. Citó a Companys en La Vajol, pero con una hora de retraso; así, cuando llegase, ya habríamos salido nosotros y él seguiría el mismo camino. Nos acomodamos en los coches de la policía, capaces de trepar por aquel derrumbadero. Hicimos luego el resto del camino a pie. Ya en lo alto apenas clareaba, los bultos de los carabineros, cuadrados con mucho respeto, nos vieron pasar. El descenso, por una barrancada cubierta de hielo, fue difícil.






Nos marchamos de La Vajol cuando ya anochecía. El frío era muy intenso. Camino de La Jonquera, nos detuvimos en las afueras de Agullana, para ver el Mas Perxès, el lugar donde estuvo Companys y un grupo de políticos e intelectuales que le acompañaban. 



Allí otra vez los bosques de encinas y los paneles informativos de las rutas del exilio.





El trazado sinuoso nos condujo, finalmente, hasta la carretera de La Junquera y después nos perdimos por los caminos del Ampurdán rumbo a casa. Azaña en la memoria. La nostalgia del pasado asaltando una vez más los días del presente.


Al llegar a casa busqué en las estanterías de mi biblioteca la edición del libro de Josep Pernau Diario de la Caída de Cataluña, Ediciones B, Barcelona, 1989, y leí el siguiente pie de foto referido a la que ilustra la portada del libro y que sirvió de base para el monumento al exilio erigido en La Vajol:

Cincuenta años median entre las dos imágenes (la mencionada y una de los dos hermanos en una calle de Barcelona, obra de Pere Monés), pero algunos de los personajes son los mismos: son Alicia Gracia Bamala, que en la fotografía histórica aparece de la mano de su padre y su hermano Antonio, que es el chico que se ve en tercer lugar. El del centro, el hermano menor, Amadeo, vive también (al menos, en 1989). Fueron protagonistas de una historia que empezó a escribirse en Monzón, Huesca, siguió por Cataluña y terminó en Francia.
   


Antes de dormirme, agotado por el intenso día de emociones vividas o revividas, porque estuvimos aquí muchos años atrás, cuando aún no había paneles informativos, releo el inicio del poema "1936", de Luis Cernuda, perteneciente a Desolación de la quimera:

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
Cuando asqueados de la bajeza humana,
Cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

Nota. Las fotos las tomamos el sábado tres de enero de 2015, excepto la de la Mina Canta o Mina de Negrín y, claro, la de Negrín y Azaña, que no se corresponde al momento de la salida de España. Ambas las tomé de la red.

sábado, 17 de enero de 2015

Tanka de los años



TANKA DE LOS AÑOS

Serán cada vez
más hostiles los años
más esquinados
jugarán en mi contra
me harán más vulnerable.

Nota. La foto está tomada en Figueres, en el Museu Dalí.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡Feliz 2015!



A todos los que pasáis por aquí, y a los que no, también, os deseo lo mejor para el año que empieza de inmediato. No estaría de más considerar, aunque fuera solo un instante, el refrán de la ilustración que acompaña esta entrada, que quiere ser una felicitación de paz y bienestar: juntos estamos mejor; a mí no me cabe ninguna duda, pero, eso sí, cada oveja con su pareja. Feliz año, pues, a todos.

Nota. Como en otras ocasiones, el dibujo es de MQ.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Tanka de la estrella



TANKA DE LA ESTRELLA

Llora su pena
en el cielo una estrella 
lágrimas tristes
como luces de ausencia
relumbran en la noche.

Nota. La foto de París es de MQ y a ella está dedicado el tanka.

jueves, 18 de diciembre de 2014

José Ramón Arana: tres apuntes biográficos / y 3


El tercer apunte biográfico, y último de esta serie, procede también, como los de las anteriores entradas, del libro Can Girona. Por el desván de los recuerdos. Hace ahora alusión Ramón, en conversación con el médico de la fábrica, don Carlos, a su gusto por la lectura y a su precoz afición a "devorar" libros.

   - Desde niño he sido un insaciable devorador de letra impresa. Siete años tenía cuando leí El crimen sacrílego, El judío errante y otros novelones parecidos. Sé que fue en ese tiempo porque mi padre vivía aún; a los ocho me quedé sin él.
     - ¿Y le dejaban leer eso?
     - ¡Qué me habían de dejar! A escondidas era. Escogí la parte baja de un armario en el que guardaba mi padre cuadernos, tinta, pizarrines y otros materiales de la escuela. Hecho un ovillo en lo más bajo, dejaba entre una y otra portezuela una rendija para que entrara luz, y a tragar páginas. Así hasta que me dolía todo por lo incómodo de la postura.
   - ¿De donde sacaba esas novelas?
   - Es que encontré una mina entre los muebles y cacharros que guardaba mi madre en el desván. Un día alcé la tapa de un vetusto baúl forrado de piel de cabra, con desgarros aquí y allí, pelado a corros y reforzado con herrajes -parece que estoy viéndolo-, y allí estaba el filón. Había algunos libros en un idioma extraño, supongo que latín, empastados en pergamino, y no pocas novelas. Cuando las leí todas, metí el diente a un libraco incomprensible para mí, pero atractivo. Barruntaba en él algún misterio gordo y lo leí de cabo a rabo sin entender ni jota. Era una Historia del arte de partear.
    - ¡Qué horror! Seguro que tenía láminas.
    - No, dibujos a línea sin nada claro para mí.

Este entrañable bosquejo de los inicios como lector de José Ramón Arana resulta, a mi juicio, del máximo interés y explica muchas cosas; entre ellas, la influencia, aunque fuera en este caso pasiva, de la figura del padre en el despertar a la literatura de nuestro escritor. Si don Ventura Ruiz no hubiera sido profesor y esos libros no hubieran estado allí, tal vez al niño que fue José Ruiz Borau no se le hubiera despertado el gusto por la letra impresa, como él dice, por la lectura, por la literatura, en definitiva. Pero ocurrió, y además, en la más temprana edad, así que la semilla que habría de germinar años después quedó sembrada y firmemente enraizada en el alma incipiente de un muchacho que al correr de los años, tras haber vivido duras y complejas experiencias, escribiría en México una de las mejores novelas cortas sobre la Guerra Civil Española, El cura de Almuniaced

sábado, 13 de diciembre de 2014

José Ramón Arana: tres apuntes biográficos / 2



Continuando con el mismo libro de la entrada anterior, Can Girona. Por el desván de los recuerdos, anotamos ahora un apunte biográfico más, este bien curioso, que en sus páginas nos dejó el escritor. Se refiere en él a su afición a los toros y a su fallido intento de convertirse en torero. Dialoga Ramón ahora con Damián, logradísimo personaje que comparte con él el protagonismo de la historia y que en un tris estuvo de dar título al libro:

Hablo, a pregunta suya, de la primera vez que vine a Barcelona, hace casi tres años. Damián ríe de buena gana cuando le digo que vine a tirarme a la corrida de la Merced.
    - ¿Querías ser torero?
  - Sí, claro; ya llevaba dos años de capeas. Mira -y le enseño en la pierna izquierda una cicatriz larga, blancuzca-, aquí tengo un puntazo corrido. Me lo dio "la Chorreada", una vaquilla que sabía latín.
   - Pues oye, no te enfades, pero el tipo te ayudaría poco. Más lo tienes de picador.
   - Sí, me lo decían todos, pero uno... De todas maneras, lo peor no fue que el tipo me ayudara poco, sino que el miedo me estorbaba mucho. Sobre todo desde que mató una vaca a mi compañero de aventuras. "El Puri", le decíamos. Le metió el cuerno por la ingle y para qué te cuento.

Escribe Javier Barreiro, en "Un acercamiento biográfico", en el prólogo de su edición de Poesías, Rolde de Estudios Aragoneses, Diputación de Zaragoza, 2005, comentando esta afición del escritor, lo siguiente: "De natural inquieto, cambió de trabajo con frecuencia y hasta probó suerte en el carpetovetónico mundo de las capeas. En esta y otras aventuras, siempre estuvo acompañado de su amigo Miguel, al que en 1951 dedicaría Veturián, y que después se hizo barbero. La historia terminó cuando una vaca, La Chorreada, corneó al futuro escritor en la pierna. La gran cicatriz que le cruzaba desde el tobillo hasta la rodilla daba fe del episodio." 

Nota. En la foto que ilustra esta entrada, recorte de una familiar publicada en otra entrada de este blog dedicada a Arana "Biografía de solapa", se puede apreciar, en el hombro derecho del escritor, el pelo de Veturián Arana Godás, último hijo del escritor nacido de su matrimonio con Elvira Godás. 

martes, 9 de diciembre de 2014

José Ramón Arana: tres apuntes biográficos / 1



El libro, cuya portada ilustra esta entrada, inicio del ciclo narrativo "Por el desván de los recuerdos", recrea los años en que Arana trabajó en la fundición Can Girona, en el Poble Nou, un barrio obrero de la Barcelona del tiempo de la dictadura de Primo de Rivera. Dedica Ramón, nombre del protagonista y narrador, el libro a sus "compañeros de ayer" y nos deja algunos interesantes testimonios que poseen, además del entrañable valor humano, el carácter de documentos biográficos sobre la vida de José Ramón Arana, por aquel entonces aún José Ruiz Borau.
     En el primero de ellos, dialoga Ramón con Don Carlos, el médico de la fábrica, culto, escéptico y empedernido lector, que lo atiende de unas heridas producidas en el duro laborar:

-  Usted no ha sido siempre obrero, ¿verdad?
- Siempre. A los doce años entré de aprendiz en una imprenta y desde entonces...
- Pues es raro. ¿Por qué dejó ese oficio?; a mí me hubiera gustado, creo.
- Y a mí, pero eran diez horas dándole al pedal de una "Minerva" por veinticinco céntimos, y comprenderá usted que con un real...
- ¡No he de comprender! Era inicuo. ¿Lo sacó su padre de allí?
- No, mi padre había muerto años atrás.
- ¿Y qué era su padre?
- Maestro.
-¡Ah, vamos!

El padre de Arana se llamaba Ventura Ruiz Lara y fue maestro en Garrapinillos, Zaragoza, donde nació el escritor. Murió "de tuberculosis prematuramente -en 1913- sin tener suficientes servicios para causar pensión", escribe Luis A. Esteve en el prólogo a su edición de El cura de Almuniaced, Biblioteca del Exilio, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2005, lo que conllevó que el escritor y su madre pasaran "muchas estrecheces". Según Esteve, la madre abrió un taller-academia de corte y confección en Pina de Ebro y a los doce años su hijo entró de aprendiz en una imprenta cuando vivían ya en el casco viejo de Zaragoza.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tanka de los adentros



TANKA DE LOS ADENTROS

Por mis adentros
como en un laberinto
me pierdo a veces
buscándote, Dios mío,
detrás de tu silencio.

Nota. La foto de la playa de la Barceloneta, con el edificio de La Vela al fondo, está tomada el pasado mes de noviembre.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Rivesaltes: las sombras pasan



Una tarde de otoño, de finales de octubre, cuando declinaba la luz y el cielo encapotado amenazaba lluvia, cuando el viento inclemente azotaba los arbustos de la desangelada llanura en medio de la nada, llegué al Campo de Concentración de Rivesaltes, o mejor dicho, al monumento erigido para honrar la memoria de quienes allí estuvieron recluidos. Una placa sobre un monolito de piedra, la de la fotografía que ilustra la entrada, recuerda a los niños, a las mujeres y a los hombres civiles y militares republicanos españoles que allí estuvieron internados. Unos versos de Antonio Machado, traducidos al francés, sugieren un pensamiento profundo. Los versos pertenecen al poema que el autor sevillano escribió en memoria de don Francisco Giner de los Ríos y que incluyó en el libro Campos de Castilla, en la edición de 1917. El poema está fechado en Baeza, el 21 de febrero de 1915. 

Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan,
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced,campanas!

Quien grabó los versos en el mármol no quiso poner la exclamación que tan significativa resulta.


Otros monolitos se levantan para honrar la memoria de los más de 2250, entre ellos ciento diez niños, judíos deportados al campo de exterminio de Auschwitz entre agosto y octubre de 1942.


Un talud de arena, de unos dos metros de alto, rodea los restos del campo de concentración, abandonados a la intemperie, mostrando la ruina de un tiempo pasado de infausta memoria. Unos letreros advierten de que se está en terreno militar y de que no se puede acceder sin contravenir el código penal en determinados artículos explicitados en los numerosos letreros que rodean el campo. Parece como si se quisiera ocultar la historia, como si se pretendiera borrar la memoria de ese campo de internamiento que permaneció abierto muchos años.


Pero es difícil ocultar la historia. Al regresar, ya entrada la noche, a casa, al otro lado de la frontera, leí, después de cenar, en el libro Mas allá de la muerte y el exilio, escrito por Louis Stein en 1979 y publicado por Plaza y Janés, en traducción de Manuel Vázquez, en diciembre de 1983, lo siguiente:

El doctor Harvey, que visitó Rivesaltes en septiembre de 1941, quedó también asombrado por la inadecuada ubicación física del campo -una llanura desnuda, barrida por los vientos- y por las deficiencias de la dieta. El guía oficial subrayó el hecho de que los refugiados eran huéspedes de Francia y afirmó que se les estaban suministrando un promedio de 1750 calorías diarias, la misma cantidad que a la población francesa. Resultó evidente al norteamericano, sin embargo, que esa afirmación era falsa. La inmensa mayoría de habitantes del campo eran mujeres, niños y viejos. El doctor Harvey visitó la guardería infantil, y observó aproximadamente a treinta niños. Había algunos niños de ocho y nueve años de edad que parecían recién nacidos. Pocos eran los pequeños que estaban ganando peso normalmente. El hospital, un barracón transformado, no podía albergar más que a una pequeña proporción de enfermos. La mayoría de los refugiados enfermos permanecían en sus propios barracones.


Finalmente, en julio de 1941, Humbert llamó la atención del prefecto sobre el informe de Lefebvre y señaló la gravedad de la situación. El prefecto respondió entonces  ordenando al doctor Dorvault, inspector médico de los Pirineos Orientales, que investigara la situación. El doctor Dorvault no se alarmó excesivamente por lo que halló en la investigación. El malestar afectaba a un número relativamente pequeño de individuos en la población del campo de ocho mil personas. Estos pacientes eran incapaces de defenderse contra la infección debido a sus constituciones débiles o dañadas, o porque sus cuerpos habían envejecido prematuramente a causa de la guerra y la emigración. Inevitablemente, se producían muertes frecuentes entre ellos. Llegó a la conclusión de que el brote de disentería era estacional, no epidémico, y que afectaba solamente a los miembros más débiles del grupo. Señaló cierta falta de alimentación, y aprobó la concesión de raciones mayores.


Abandoné el campo no sin antes asomarme, junto a unos jóvenes franceses que fotografiaban los restos de edificios y de alambradas, a ver lo que pude desde los límites del talud, lo que queda, del campo de concentración en el que mis compatriotas republicanos habían tenido la desgracia de ir a parar. Conduje en silencio, estremecido por la impresión que siempre me causa visitar lugares como este. Llegué a casa y releí el libro de Stein, mientras pensaba en el poema de Machado y en cuántos de aquellos "hermanos" se habrían ido, como se fue el "hermano Francisco" por "una senda clara" esperando que alguien alguna vez les hiciera un "duelo de labores y esperanzas".

domingo, 23 de noviembre de 2014

Me pasó lo mismo


Leo con asombro el artículo de Claudia Piñeiro "No me morí mañana", en "La cuarta página" de la edición de El País de hoy. Por si le sirve de consuelo a la autora, a mí me hicieron lo mismo: anunciar mi muerte en la página de Wikipedia dedicada a mí. Me vi obligado a escribir una "fe de vida", publicada en este blog el seis de julio. Una compañera y amiga rectificó la broma macabra, por calificarla de algún modo. Tiene mucha razón Piñeiro cuando dice que "el anonimato es el gran talón de Aquiles del sistema virtual". Mi solidaridad.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Elzéard Bouffier: la esperanza



"Cuando pienso que un solo hombre, reducido a sus simples recursos físicos y morales, fue capaz de hacer surgir del desierto este país de Canaán, siento que, pese a todo, la condición humana es admirable. Pero cuando llevo la cuenta de toda la constancia en la grandeza de alma y de todo el empeño en la generosidad que han sido necesarios para obtener este resultado, me invade un inmenso respeto por ese viejo campesino iletrado que supo completar una obra digna de Dios."

Jean Giono, El hombre que plantaba árboles, prólogo de José Saramago, Duomo Ediciones, Barcelona, 2011; cita de la página 58.

martes, 4 de noviembre de 2014

Tanka de la historia


TANKA DE LA HISTORIA

Con voz callada
nos recuerda la historia
que nadie gana
en la estéril batalla
de patrias y banderas.


NOTA. La fotografía fue tomada el viernes treinta y uno de octubre desde el mirador de los Encantes Viejos que se asoma a la Plaza de las Glorias de Barcelona. Compré allí una edición de Francisco Ayala de El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, en la colección Clásicos Castalia, nº 31, de la Editorial Castalia, Madrid, 1979. Con este soberbio párrafo inicia Ayala la introducción: "En tiempo de Fray Gabriel Tellez era idea admitida y corriente en España la de que las virtudes intrínsecas de una sangre noble se manifiestan en el carácter y conducta de la persona, aun cuando esta ignore la calidad de su origen." Pues eso...   

jueves, 23 de octubre de 2014

El ojo de la aguja


Peligros de la riqueza.

Y echando en torno una mirada, dice Jesús a sus discípulos: ¡Cuán difícilmente los que posean riquezas entrarán en el reino de Dios! Los discípulos se asombraban al oír estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra les dice: Hijos, ¡cuán difícil es que los que tienen puesta su confianza en las riquezas entren en el reino de Dios! Más fácil es pasar un camello por el ojo de la aguja que entrar un rico en el reino de Dios. 

San Marcos 10, 23-25.

martes, 14 de octubre de 2014

Tanka del olivo



TANKA DEL OLIVO

Echar raíces
sobre la tierra humilde
como el olivo
que en silencio agradece
el terrón que lo ampara.

Nota. La foto del olivo está tomada en el camino de Castelló d'Empúries, en la comarca del Alt Empordà, Girona.

viernes, 10 de octubre de 2014

Todo lo que ambiciono



"Las palabras amor, gloria, poesía, no me suenan ya al oído como me sonaban antes. He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono; ser un comparsa en la inmensa comedia de la humanidad y, concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida. Cada día me voy convenciendo más que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí."

Guatavo Adolfo Bécquer, Desde mi celda. Cartas literarias, Col Austral nº 788, Espasa Calpe, Madrid, 1972, octava edición. La cita procede de la "Carta tercera", páginas 58 y 59. 

domingo, 5 de octubre de 2014

El Romanticismo: Duque de Rivas y Casalduero / y 3


[1] Esta es la situación trágica que descubre el romanticismo. No que el corazón tenga sus razones que la razón no entiende, como en el barroco; sino que el corazón tiene una fuerza que choca contra la razón, y aun sabiendo que acarrea la perdición del hombre, su magnetismo nos atrae y nos sentimos felices al vernos en medio de esa corriente de pasión que todo lo inunda y todo lo arrastra.

[2] El hombre romántico queda reducido a la mirada -ese paisaje del alma-.

[3] El sino es una fuerza ciega que se va apoyando en azares sin sentido. El romántico, lo único que puede hacer es seguir ese frenesí entre dos gritos: la maldición y la misericordia.

[4] El hombre romántico quiere ser él, romper cadenas que aprisionan su voluntad.

[5] Entre Dios y Luzbel, el hombre romántico siente que quien triunfa es el Malo. Incomprensiblemente, absurdamente Dios ha abandonado al hombre.

[6] Si el destino es una fuerza cuyo sentido nos escapa, el amor llega hasta la muerte. El amor romántico no florece en el jardín; su pasión, su ardor agosta todo lo que toca, convierte el edén en un desierto.

Aforismos procedentes del prólogo de Joaquín Casalduero a la edición de Don Álvaro o la fuerza del sino reseñada en dos entradas anteriores.

jueves, 2 de octubre de 2014

El Romanticismo: Duque de Rivas y Casalduero / 2



[1] La única ley romántica es la de la libertad: no son las formas las que se imponen al poeta, es el poeta el que las tiene sometidas a su sentimiento.

[2] En busca de lo natural y de la palabra adecuada, confían la exuberancia de sentimiento a un vocabulario sencillo. Le elevación poética la consiguen a fuerza de vehemencia y de exaltación.

[3] El error nos hace bordear el abismo y la razón nos salva. Ese conflicto ideológico es el origen del sentimiento dramático.

[4] Lo que va a mostrar el romanticismo es la supremacía de la pasión sobre la razón.

[5] Entre la sociedad y los deberes que impone y el amor, el hombre romántico sucumbe ante la pasión.

[6] Amor, venganza, la vida como impulso, como fuerza que arrastra sin saber adónde. La ternura, el cariño, los sentimientos nobles y delicados, todo es arrasado por un viento seco y desolador.

[7] El romanticismo es una de las varias épocas de la historia a las cuales les ha sido negada la felicidad. La claridad del siglo XVIII, su ideal de felicidad van a parar al mundo turbio y desdidachado del siglo XIX.

[8] La vida romántica es siempre un desesperado tender hacia.

Aforismos procedentes del prólogo de Joaquín Casalduero a la edición de Don Álvaro o la fuerza del sino reseñada en una entrada anterior.