lunes, 5 de enero de 2009

José Ramón Arana y Monegrillo


Al dejar la autopista en la salida de Bujaraloz, una carretera en línea recta me lleva a La Almolda, que parece trepar sobre un alcor en cuya cima una enorme antena de telecomunicaciones desdibuja el paisaje. Antes de entrar en el centro urbano, un desvío me señala el camino de Monegrillo, distante veintiún kilómetros. Lo tomo y me distraigo al ver una vereda de cipreses que lleva al cementerio y a los restos de un templo derruido, quizá por efecto de las bombas de la guerra civil.

La carretera hacia Monegrillo es estrecha, con curvas, pero también con extensas rectas. El firme es irregular. La línea divisoria no está pintada y circular por ella te transporta a otra época. El paisaje resulta de una belleza estremecedora para los ojos que lo sepan mirar. La sensación de soledad es profunda mientras se cruza estos páramos, desiertos de vegetación, con los campos abrasados por el sol y esa pátina grisácea y amarillenta que lo cubre todo. Durante el trayecto no me cruzo con ningún coche. Sólo veo llanuras que se extienden hasta perderse en la lejanía. Sensación de infinitud. Tiendo la mirada sobre la melancolía de la tierra en desamparo. Piedras. Sol. Aire que abrasa.



Avisto Monegrillo asentado sobre una elevación del terreno, cuyo telón de fondo es la Sierra de Alcubierre. La carretera asciende y deja ver, recortándose contra un cielo límpido, los cipreses y las tapias del cementerio. Sin entrar en el núcleo urbano, tomo el desvío hacia Osera de Ebro y me dirijo al camposanto. Está cerrado. A través de los barrotes de hierro de la alta puerta de madera contemplo el interior. Una calle central con cipreses a ambos lados conduce a un panteón familiar y divide el espacio en dos mitades casi simétricas. Al fondo una suerte de capilla. Sobre el perímetro del muro viejo se alojan los nichos y una construcción reciente deja ver huecos vacíos toscamente tapados. Las tumbas más antiguas aún conservan las fotografías sobre las que el tiempo ya se ha puesto amarillo. Cruces de hierro. Algunas tumbas en el suelo, otras en lecho de piedra.

Decido desandar lo andado e internarme en el pueblo a la espera de que alguien me facilite la llave para acceder al recinto cerrado. Busco con afán una sombra donde aparcar el coche. Un hombre joven, vestido de trabajo, aparca su vehículo detrás del mío. Le pregunto por la tumba del escritor y le expongo mi deseo de visitarla. Me mira con cara de asombro. Le digo que se trata de un escritor del exilio republicano muerto hace ya muchos años. Me responde que no sabe de ningún escritor enterrado en el pueblo, pero que me acompañará a la casa donde se custodia la llave para acceder al cementerio.





El sol de mediodía de agosto cae como una losa sobre mi despoblada cabeza. La hierba seca y la maleza han ido inundándolo todo. La sequedad es aquí aún más intensa. Me cuesta dar con la tumba. Recorro el perímetro del recinto y me voy fijando en lápidas que tienen escritos nombres y fechas. No encuentro la de Arana. Cuando ya desespero de poder hallarla, una lápida, de color gris claro, situada a ras de suelo, medio cubierta por la hierba seca y tapada por una de las tumbas centrales, lleva la siguiente inscripción: "Petra Borau Alcrudo, 29-6-1879, 29-5-1956 y su hijo José Ruiz Borau, 13-3-1905, 23-7-1973". En uno de los extremos hay unas flores rosadas de plástico. Limpio los hierbajos que ocultan la lápida. Mato con el pie un insecto que sale de debajo de ellas. Quito, con los dedos húmedos, un seco excremento de pájaro en medio del mármol. Saco después una fotografía, sólo una, en la que el nombre del escritor sea bien visible.


Devuelvo la llave y me encamino hacia el Ayuntamiento, después de haber recorrido las calles y las plazas que sirven de escenario a la novela, quizá la mejor novela corta sobre la guerra civil, El cura de Almuniaced, que Arana publicó en México en 1950 y a ¡Viva Cristo Ray!, editada póstumamente por Heraldo de Aragón en 1980. El Ayuntamiento, en la plaza central del pueblo, es un moderno edificio en cuya fachada principal hay un balcón en forma de medialuna y un sobrado encristalado. Un reloj señala los doce y media. Una joven, sentada al ordenador en una sala climatizada, me atiende con toda amabilidad. Me regala un libro titulado Monegrillo y su entorno, de Angel Calvo Cortés. Le cuento que vengo de visitar la tumba de José Ramón Arana y que me gustaría saber si puedo hablar con alguien de la familia. En ese momento entra una señora y la joven me dice que de aquella época ella es la que más sabe y que además, junto con otras personas mayores del pueblo está escribiendo un libro para conservar la memoria del pasado. Entre mí pienso que es una idea digna de ser imitada. La señora, que de joven había conocido a Arana, me cuenta algunas anécdotas de los años de la guerra, haciendo mucha insistencia en que en Monegrillo no hubo nunca fusilamientos. Hubo, eso sí, algunos muertos, dice, en escaramuzas entre los rojos, que venían de Bujaraloz y La Almolda y los otros, que venían de Farlete. Finalmente me acompaña a la casa familiar de los Borau, a muy poca distancia del Ayuntamiento.



En esta misma casa se reugió el escritor con su mujer y sus hijos cuando triunfó el golpe militar en la ciudad de Zaragoza, me dice Mercedes Laguna Borau, quien me recibe amablemente y charla conmigo sobre Arana. Lo mismo le sucede a Ramón, el protagonista de ¡Viva Cristo Ray!, le digo a mi vez. Vino después Barcelona y un libro de relatos El tío Candela, en 1938. La derrota y el exilio. Campo de concentración de Gurs, en Francia. Desde Marsella, en el Ipanema, a México. Hablamos después del libro de Otaola La librería de Arana, un retrato generacional de los escritores del exilio y del propio Arana, que ha editado recientemente José Luis Borau en Ediciones de El Imán; mi primo, recalca Mercedes, y me muestra un retrato dedicado a ella por el cineasta. A Mercedes se le humedecen los ojos cuando menciono el regreso y las circunstancias que rodearon la muerte del escritor. Han pasado muchos años, pero la memoria mantiene viva la imagen de un hombre enfermo y derrotado que volvió a España para morir. Castelldefels fue el lugar elegido para el regreso en 1972. Apenas vivió un año entre nosotros, pues a pesar del tratamiento, novedoso entonces, me dice Mercedes, que siguió en la Clínica Quirón de Zaragoza, la enfermedad, que se le había declarado en México, acabó con su vida en la ciudad de Zaragoza el 23 de julio de 1973. Le pregunto a Mercedes por qué quiso enterrarse en Monegrillo y ella me dice que por su madre. Una de sus preocupaciones cuando estaba en México, así lo hacía saber en sus cartas, era su madre, que enviudó cuando Arana era aún un niño. Sin embargo, cuando Petra Borau falleció en mayo de 1956, el escritor no pudo asistir al entierro, tal vez por la imposibilidad de entrar en España. Por eso quiso enterrarse aquí con ella.



Me despido de Mercedes y vuelvo al coche para seguir mi viaje. Regreso hacia La Almolda y Bujaraloz, camino de Sestago, Caspe y el Mar de Aragón. Mientras el coche circula, bajo el calor abrasador de las primeras horas de la tarde, por la soledad planetaria de las carreteras de Los Monegros, recuerdo unos versos de José Ramón Arana: "Mis ojos son tan viejos / que han visto derrumbarse / el mundo de mi infancia / y brotar este mundo. / Mira y dime si queda / recuerdo, huella, sombra / del hombre que se erguía / difícilmente humano. / Si algo queda es posible / que amanezca de nuevo."



Nota. Este artículo fue publicado en el suplemento "Artes y letras", del Heraldo de Aragón. Las fotos de la tumba de Arana, del cementerio y del paisaje de los Monegros las tomé durante un secreto viaje de homenaje que rendí al escritor. La foto de Arana y su caricatura pertenecen a la edición que del libro de Otaola hizo El Iman,de José Luis Borau.

7 comentarios:

ana carmen dijo...

Yo soy nieta de Jose Ruiz Borau, más conocido por Jose Ramón Arana.
Aunque la memoria de mi padre sobre el hombre que lo engendró, apenas va más allá de lo que le contaron sus hermanos mayores ( quienes si vivieron crudamente el abandono del padre)hay muchas mentiras que creo sería de justicia sacar a al luz, como por ejemplo esos hijos que nunca se mencionan en las reseñas acerca del escritor y que sufrieron la peor parte de toda la historia. O el hecho de que mi abuelo jamás se divorció de mi abuela, su primera y única esposa.

Anónimo dijo...

Acabo de leer "El cura de Almunacied" y me ha gustado mucho. Como me gustó también oro sobre la misma época y parecida situación "Requiem por un campesino español" de Ramón Sender.
Me ha parecido muy interesante y evocador este viaje a Monegrillo.
Siento lo de los hijos del escritor que cuenta su nieta.

Anónimo dijo...

Jose Ramon Arana tuvo 7 hijos de tres esposas. Alberto, Augusto, Rafael y Mercedes con su primera mujer Mercedes. Juan Ramon y Federico con Dolores Arana y Veturian con Elvira Godas. Todos los hijos sufrieron las consecuencias de la Guerra Civil pero nadie sufrio mas que Jose Ramon Arana. Ya es hora de enterrar rencores.
Verurian Arana

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Encantado de verte por estas páginas de literatura y vida, Veturián, por este blog que navega contra viento y marea como puede y subsiste con no poco esfuerzo. Literatura y vida. Tu padre, nacido Ruiz Borau, es literariamente, en todas las historias de la literatura, José Ramón Arana, guste poco o mucho o nada. El hombre, es verdad, tuvo los hijos que nombras en tu comentario, que te agradezco, y aceptarlo o no entra ya dentro del ámbito privado y ese es terreno muy resbaladizo.Pronto publicaré una nueva entrada sobre tu padre.
Un fuerte abrazo, Javier.

Unknown dijo...

Una pregunta, Javier: Ese libro "El tío Candela", que alguna vez se cita en las bibliografías de Arana, ¿existió realmente? ¿lo ha visto alguien? ¿No sería una edición personal, artesanal, como la que hizo con alguno de sus libros de poemas?

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Al igual que "Mar del Norte", es un libro secreto; por más que los he buscado no he dado con ellos hasta la fecha; tampoco conozco a nadie que los haya visto. Quizá fueron ediciones del propio autor impresas ambas en la Barcelona en guerra, no lo sé con seguridad. Un abrazo, amigo "desconocido".

Mª Jesús dijo...

Hola, me interesa mucho encontrar un ejemplar de "Apuntes de un viaje a la URSS", sólo he visto ejemplares en bibliotecas remotas y uno a la venta con un precio de 240 euros. ¿Hay forma de consultar el texto?