jueves, 23 de abril de 2009

Veinte aforismos literarios y una sentencia descarnada



[1] No tiene sentido la obra literaria que no defienda, contra viento y marea, la libertad de conciencia.

[2] La literatura será siempre una indagación en la memoria, una despiadada lucha contra el poder devastador del olvido.

[3] ¿La novela española? Cervantes, Galdós y Baroja.

[4] Volver una y otra vez sobre lo escrito, pulirlo, despojarlo de la maleza, desnudarlo en su esencia.

[5] Es razonable aspirar a la novela total, la que integra todos los géneros: poesía, diálogo dramático, narración, ensayo.

[6] Hay a quien le preocupa saber qué tipo de escritor es, yo me conformo con saberme escritor.

[7] ¿La vida literaria? para otros, a mí me basta con la vida.

[8] Los grandes autores, los que abrieron caminos ilimitados a la narrativa durante el siglo XX, fueron los que se decidieron a innovar, al margen de modas y de gustos literarios, a escribir según los dictados de su ética y de su estética personal: Proust, Kafka y Joyce.



[9] La obra literaria debe ser valorada en sí misma, al margen del autor que la creó.

[10] La literatura nace siempre de la soledad.

[11] Del yo al nosotros: la literatura debe tratar de cerrar el círculo de la comunicación.

[12] ¿El teatro español del siglo XX? Luces de bohemia, a lo lejos, García Lorca.

[13] Buscar denodadamente el estilo propio, que te individualice, que te distinga, que sea tu sello personal.

[14] Se equivocó Luis Goytisolo: la novela no solo no ha muerto, sino que goza de excelente salud.

[15] La crítica literaria solvente, razonada, argumentada, basada en sólidos criterios éticos y estéticos, que juzga y valora las obras en sí mismas sin condicionamientos extraliterarios, es y será siempre conveniente y necesaria.



[16] Las urgencias en literatura son poco recomendables.

[17] La verdadera obra literaria, la que acierta, es la que es capaz de vencer al tiempo y de ser leída y disfrutada muchos años, siglos, después de haber sido escrita.

[18] Cada autor debe aspirar a dejar al menos un libro redondo, una obra totalmente lograda, como, por ejemplo, La voz a ti debida.

[19] Profesor y escritor, escritor y crítico literario, periodista y escritor, político y escritor, novelista, poeta, dramaturgo, ensayista: ¡cuántas denominaciones vanas en tu nombre, literatura!

[20] Las obras, sólo las obras, van construyendo al correr de los años eso que da en llamarse biografía literaria.

[Sentencia] De acuerdo con Gil de Biedma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra.


Nota. Las ilustraciones que acompañan esta entrada fueron tomadas por mi hija Marta en una lluviosa, nublada y fría tarde de febrero en los campos de olivares de L'Alt Empordà, tierra productora de un aceite de gran calidad.





domingo, 19 de abril de 2009

Persistencia de la memoria




Si quedaba algo de mí en aquel lugar, entre aquellos sinuosos callejones que en otro tiempo transité, no fui capaz de advertirlo. Regresé por azar, no deliberadamente. Una feria judía medieval llenaba las calles de tenderetes en los que se vendía un poco de todo. La lluvia deslucía el evento y la hora, cercana a la de la comida, tampoco acompañaba. Los vendedores, disfrazados de época, cerraban los puestecillos y se disponían a comer para volver a abrir a las cinco de la tarde. Nos perdimos por el laberinto de callejas... En el pasado, cuando la base militar que se aloja en los terrenos aledaños al pueblo era un CIR de reclutas, esas calles se llenaban, sobre todo a la hora del atardecer, de soldados que salían de la base para cenar, pasear y comprar tabaco y alimentos. El bullicio de la juventud de los mozos llenaba de vida el pueblo. Casi en cada casa se improvisaban comedores donde dar a los soldados buenos platos de patatas fritas con carne, macarrones, butifarras y todo cuanto les consolase del magro rancho del cuartel. Yo fui uno de ellos. Yo también transité esas calles y probé, aunque pocas veces, aquellos platos a rebosar de patatas fritas, huevos y butifarra. Pero al correr de los años el CIR dejó de serlo y la base se quedó en eso, en base militar. Las levas desaparecieron y el pueblo languideció hasta reducirse a lo que hoy es, un hermoso y tranquilo pueblo de l’Alt Empordà, donde la vida discurre monótona y sosegada, silenciosa, como en cualquier otro lugar de la zona.

La ventana del balcón entreabierta, con los cristales rotos, dejaba ver el cielo encapotado de tormenta porque el tejado de la casa se había hundido y mostraba las cicatrices del tiempo al viajero que supiera fijarse en ello. Unos metros más allá, un grupo reducido de albañiles trabajaba en el remozamiento de una vivienda que se había salvado con algo más de fortuna de la acción devastadora del tiempo. Más adelante, un callejón en forma de arco y con soportal se abría en dirección a la iglesia. Como un resto del naufragio del pasado me encontré con una vieja máquina expendedora de cajetillas de cigarrillos que evocó en mí, de modo irremediable, aquel lejano año de 1980, cuando entre octubre y diciembre cumplí la primera parte, el campamento, de las milicias universitarias. “Imecos” nos llamaban burlonamente los soldados de reemplazo al vernos pasar con nuestro cordón distintivo sobre la guerrera del uniforme. En el fondo, nos veían como señoritos universitarios que hacíamos una mili distinta a la suya, mucho más cómoda y corta. Además, nos veían como futuros mandos que un día u otro marcaríamos el paso de la instrucción y probablemente arrestaríamos a colegas de levas posteriores a las suyas. Vi entonces aquella vieja máquina con la bandera española y la palabra “cigarrillos” escrita con dos acentos; aquel viejo letrero, hoy tachado, también con la bandera española y la leyenda “Tabacalera S.A. Expendeduría”; me asomé al escaparate de la tienda que contenía, casi como único libro, “Mujeres españolas” de Salvador de Madariaga; un poco más allá, un anuncio en chapa, clavado milagrosamente a la pared, de “Gaseosa insuperable La Casera”: todo llevaba la huella del tiempo impresa; era como si fueran vestigios de un pasado ya olvidado, o en trance de ser olvidado por ese tranquilo pueblo que busca afirmar su personalidad propia al margen de la influencia, innegable en aquellos años, que sobre él ejerció el acuartelamiento del Ejército español. Si acaso, me llamó la atención la saña con la que se había borrado los colores de la bandera en el letrero y cómo se habían conservado, sin embargo, en la vieja e inservible máquina expendedora de cajetillas de tabaco, convertida en un elemento artístico indudable que así debería mantenerse.


Nota. Estuve en este CIR entre octubre y diciembre de 1980. Tenía veintiséis años. Tuve noticia de la muerte de John Lennon entre las cuatro paredes del barracón en el que me alojaba. Presidió la jura de bandera el general Alfonso Armada. De pie, en medio de la formación, escuché palabras que me sonaron a viejo: que si teníamos que estar preparados para dar nuestra sangre por España y cosas así que se han ido desdibujando en la memoria. Dos meses después, su implicación en el 23-F aclaró el verdadero sentido de algunas de aquellas extemporáneas palabras que nos dirigió durante su encendida alocución tras haber jurado bandera.

jueves, 16 de abril de 2009

El pequeño señor Paul, de Martin Baltscheit



Al pequeño señor Paul, que había crecido entre libros, porque estos abundaban en la casa de sus padres -había tantos que los utilizaban hasta como muebles, para sentarse, como mesa-, la lectura, el leer muchísimo, le salvaba de los días aburridos y pesados. Esta puede ser una de las ideas que el estupendo libro de Balstscheit comunica a los lectores, jóvenes o no, que se acercan a sus páginas: la lectura alivia soledades, alimenta el espíritu y rescata del tedio y la mediocridad. Y no está nada mal una reflexión así en un mundo como el que vivimos, dominado en todos sus extremos por la cultura audiovisual. El pequeño señor Paul disfruta al llegar a casa y sentarse en su butaca de lectura y también cuando comenta sus lecturas con algún compañero de trabajo, porque el pequeño señor Paul se ha hecho mayor, ha ido al colegio y ha aprendido un oficio.

La literatura, sobre todo la infantil y juvenil, debe estimular la imaginación, haciendo vivir al lector situaciones sorprendentes y divertidas, pero también debe mover a reflexión, hacer pensar sobre la realidad y el mundo en que se vive, es decir, también aquí el dulce y útil horaciano. El pequeño señor Paul, de repente, pierde la risa, no se puede reír de un chiste que lee en el periódico y eso le preocupa y le crea un serio problema. El lector, divertido, puede asistir a la solución del conflicto. El pequeño señor Paul se encuentra en el tranvía con una señora que lleva su día encerrado en el bolso porque es uno de esos días malos. Pero si hay días malos es porque también los hay buenos: cómo pasar de unos a otros, he ahí el dilema que se acomete en esa historia. ¿Se imaginan estar metido dentro de un semáforo convertido en el hombre de rojo que no puede moverse de allí? ¿Cómo salir? ¿Cómo recuperar la libertad de movimiento perdida? Estas y otras aventuras semejantes son las que le ocurren al muy leído pequeño señor Paul, a quien acompañamos en sus peculiares vacaciones en la segunda parte del libro.

Un acierto este libro de Martín Baltscheit ilustrado por Ulf K, y editado por Anaya en la misma colección en la que se editara, en 1997, el memorable Cuando el mundo era joven todavía de Jürg Schubiger y el estupendo Días de Reyes Magos, de Emilio Pascual, en 1999.


Martin Baltscheit, según reza en el texto de la solapa de la edición, nació en 1965. Estudió Diseño y Comunicación en el Folkwangschule de Essen. Ha recibido muchos premios y condecoraciones por sus trabajos como dibujante de cómic, ilustrador, actor, y por sus libros para niños, adultos, y también como dramaturgo. En la actualidad vive en Dusseldorf.

martes, 14 de abril de 2009

Alta, alta, ondeaba la bandera republicana...


Los tranvías se habían ido quedando parados, no había lugar para uno más, ni dentro de ellos para un ser viviente más, ni sobre su techumbre, ni sobre el tejadillo de la Estación de Metro, ¡oh, cómo les envidiaban, eran los privilegiados! Se enracimaban los cuerpos humanos en los balcones, de pie en los barandales; festoneaban los áticos de todos los edificios, se erguían como bandadas de cigüeñas en los tejados, buscando respaldo en las chimeneas. Y seguían, seguían viniendo; más no era posible, sin codazos, pisotones, tropiezos. Llegaron aún unas oleadas desde las calles Mayor y Arenal, y como el viento en un campo de trigo, se extendió la onda sonora: “Sea ha ido, se acaba de ir, ahora, en este momento”... Y en este momento todas las cabezas se alzaron hacia arriba, hacia el Ministerio de la Gobernación; se abrió el balcón, apareció un hombre, un hombre solo, alto, vestido de oscuro traje ciudadano; sobrio, dueño de sí, izó la bandera de la República que traía en sus brazos y se adelantó un instante para decir unas pocas palabras, una sola frase que apenas rozó el aire, y levantando los brazos con el mismo gesto sobrio, en una voz más sonora, como se cantan las verdades, gritó: “¡Viva la República!” “¡Viva España!”. Y como una sola voz de mil registros, llenó el aire, subió hacia las nubes blancas, redondas, que habían venido también, no acababa de extinguirse y en tonos diferentes, en cien registros como en un gigantesco y nunca oído órgano en una coral, que entonaba todo un pueblo, subía la voz a las nubes, y volvía a bajar y así el aire estuvo lleno de esos gritos, que aunque ya no hubieran repetido estarían allí llenándolo todo. El cielo de abril dejaba caer su luz blanca, azul y blanca hasta tocar transfigurando a la multitud. La luz era también de mil reflejos, en un blanco único toda la infinitud que hay en el blanco. En la blancura destacándose, perfilándose en el cielo. Alta, alta, ondeaba la bandera republicana, ahora ya del todo desplegada. Y mirándola, fijó los ojos en el reloj de la torre. Eran las seis y veinte. Las seis y veinte de la tarde de un martes 14 de abril de 1931.

Nota. El relato de lo vivido en Madrid, en la Puerta del Sol, el 14 de abril de 1931 se debe al talento narrativo indiscutible de María Zambrano. El texto procede de las páginas 230-231 del libro Delirio y Destino, editado por Mondadori, en 1989. La foto de la autora está tomada en el Museu Memorial de l'Exili, que se encuentra en la población gerundense de La Junquera, C./ Major 43-47, 11700 y cuya página web es http://www.museuexili.cat/ y correo electrónico info@museuexilio.cat ; animo, desde las páginas de este blog, a todas las personas interesadas en la memoria histórica a realizar una visita a este necesario museo.

viernes, 10 de abril de 2009

Burgos, lejano clamor de campanas



BURGOS, LEJANO CLAMOR DE CAMPANAS

De tus torres las cumbres afiladas
desperezadas suben hacia el cielo,
inmortal el silencio de su vuelo,
las horas las contemplan asombradas.

Inermes en su destino y calladas,
soberbia su altura lejos del suelo,
perdida luz del sueño en desvelo,
pobladas de sombras estremecidas.

En otro tiempo estas torres me vieron
despertar a su luz enardecida,
entre un clamor de campanas lejano.

Fueron otros que de ellas me apartaron,
de sus claridades de amanecida,
de nada sirve que me queje en vano.

martes, 7 de abril de 2009

Romance del destierro


I

Bajo la luz metálica
y difusa de febrero,
como sombras derrotadas,
caminaban al destierro.
Entre la nieve y la lluvia,
frío, dolor y cansancio,
amarga desesperanza,
quietud del mar a lo lejos.
Atrás va quedando España,
nieve sobre los tejados,
montañas, ríos y valles,
soledades de los campos.
Cuando ya no lo esperaban,
homicida y cruel su vuelo,
altos, feroces aviones
ametrallan desde el cielo.
Al amparo de las piedras
en la linde del camino,
como pueden se protegen
hombres, mujeres y niños.
Pero el fuego racheado
engendrado en el infierno,
el odio siembra y la muerte
pierde luz de camposanto.
Después la tristeza inerte
de los cuerpos olvidados,
rojo sobre nieve sucia,
insepultos en el barro.
Destempladas de los hombres
las voces claman al cielo,
grito inútil de impotencia,
pesadumbre y desconsuelo.
Los aviones se retiran
misión cumplida de fuego,
dejando un rastro de sangre
injuriada sobre el suelo.
Acabada la refriega
vuelven todos al camino,
no está lejos la frontera,
a pocos pasos del sueño.



II

Mientras tanto cae la noche
a lo largo del sendero,
desangelada entre sombras,
queda la tierra en silencio.
A un amasijo de hombres
las estrellas dan cobijo
e incierto refugio ofrece
un recodo del camino.
Transcurren lentas las horas,
nadie duerme con el frío,
callado mundo que a solas
reniega de su destino.
Con leña seca y maleza
han encendido un fuego,
cansado calor de llamas
que reconforta los cuerpos.
Un hombre viejo sostiene
una niña entre los brazos,
no logra reanimarla,
tiene los pies congelados.
Implacable la gangrena
devora los tiernos miembros,
bajo la luz de la luna
cava la muerte su hueco.
La niña que no responde
tiene apenas siete años,
desfallecida la vida
se le pierde por las manos.
Al hombre viejo que llora
de poco sirve el lamento
que las voces desgarradas
le ofrecen como consuelo.
Rigurosa la agonía
se acerca con paso brusco,
el alma llena de sombras,
vacía de luz los ojos.
En la fría madrugada
la pobre niña se ha muerto,
cantan los gallos del alba,
vierte la aurora su llanto.


       
III

Ya despierta la mañana
sobre los campos sombríos,
no calienta el sol los cuerpos
ateridos por el frío.
Estrépito de motores,
impacientes los relinchos,
algarabía de voces,
muchedumbre en el camino.
A lo lejos se divisa
baluarte fronterizo,
rodeado de alambradas,
entre niebla confundido.
Hay que arrojar los fusiles
para pasar desarmados,
allez, allez, les increpan
gendarmes de gesto adusto.
La manta llevan terciada
sobre el roído abrigo,
inútiles uniformes,
altiva dureza de los rostros.
Capitanes y soldados,
milicianos, guerrilleros,
ejército a la deriva,
desarbolado y vencido.
Va con ellos el poeta
con su madre y su hermano,
soledades, galerías,
álamos del desamparo.
Los desprecian cuando pasan
en aluvión por los pueblos,
miradas insolidarias
de incomprensión y recelo.
Van a parar a la playa
hombres duros y curtidos
en cien sangrientas batallas
de lucha contra el fascismo.
Han perdido la esperanza,
Argelés es el infierno
que entierra entre sus arenas
su dignidad y su orgullo.




IV

Alambradas en la arena
el viento roba los sueños,
el mar, salitre y espuma,
horizonte encarcelado.
En tiendas improvisadas
ni luz ni agua ni alimentos,
se preguntan hasta cuando
han de sufrir el encierro.
Como fantasmas deambulan
aturdidos por el campo,
soldados senegaleses
con saña injurian y odio.
Cautivos y desarmados
sólo esperan el momento
de quebrantar las prisiones
y embarcar rumbo a México.
Pero ese día no llega
y es cárcel y sombra todo,
mundo de viento y arena,
cielo triste del destierro.
Casi nadie piensa en volver,
no hay para ellos sitio
en España, luz de invierno,
desolado cementerio.
Cataluña ya perdida,
Levante queda y el Centro,
aislada Madrid y sola,
espejo roto del sueño.
Armas quiere la venganza,
la esperanza pide brazos,
hombres fuertes y mujeres
que no conozcan el miedo.
Pero Francia pone cárcel
a su ansia de regreso,
los acorrala la historia,
los aniquila el olvido.
Despiadada y agorera
tiende la muerte su vuelo,
la memoria sólo es humo,
sombra, nada, arena y viento.



Nota. Las fotos que acompañan a este romance las tomé una tarde de finales de agosto de 2006 en la playa de Argelès, donde en su día estuvieron instalados los campos de concentración en los que fueron internados los republicanos españoles en febrero de 1939. La foto de época, de algunos de esos prisioneros en las mismas arenas arriba retratadas, está tomada de la red.

lunes, 6 de abril de 2009

Mirando la nieve


Entonces, cuando se acercaba el final, no conseguía recordar en qué momento ni por qué razones había decidido en su día cruzar hasta la otra ribera del río y adentrarse en el pantanoso terreno de la creación literaria. Desde siempre, desde que fue capaz de recordar, Andrés K. se sintió lector, sólo y exclusivamente lector. ¿Qué le empujó pues a pasar al otro lado del espejo, qué fuerza extraña consiguió que saltara la tapia del jardín de su vecino y se convirtiera, como dejó dicho Chesterton, en un verdadero aventurero? Lo ignora, no logra recordarlo y vistas, a la altura de hoy, las funestas consecuencias que trajo esa decisión, debería recordarlo, sería imprescindible que Andrés K. lo recordara.

Si fuera capaz de hacerlo, tal vez podría anestesiar el dolor de la derrota, esa amarga sensación de fracaso que le roe las entrañas desde hace no sabe ya cuánto tiempo. Si en su desvelo consiguiera entender por qué lo hizo, por qué dio aquel paso tan inadecuado para sus escasas y limitadas fuerzas, tal vez sería capaz de reencontrar el sosiego, la imprescindible sensación de sentirse bien y en paz consigo mismo, sin deudas con su pasado, sin exigirse trabajos estériles que a la postre sólo servían para reabrir de nuevo la herida.

Pero Andrés K. no solo no era capaz, sino que se sentía cada vez más desamparado, más perdido en el desconcierto de no alcanzar a comprender siquiera por qué la creación literaria le había sumido en un atormentado mundo de sombras, en una noche oscura, en un laberinto de silencios inexplicables. Nada tenía sentido ya en lo relacionado con la literatura, ni siquiera la lectura le servía de consuelo, no podía evitar el pensar, bien, leo, pero para qué sirve leer si no se es capaz de escribir. Antes que tratar de entenderlo, era mejor renunciar a todo. Era lo más sensato, casi lo único sensato.

Como hacía más de un año que no escribía, varios meses desde que había decidido no volver a leer un libro más y algunos años desde que publicó su última novela, que nadie entendió y que como casi todas las suyas apenas tuvo lectores, no le costó mucho trabajo tomar la decisión: no volvería a escribir ni a leer jamás una sola línea, renunciaba para siempre.

Lo demás era ya sólo cuestión de tiempo. Empezó a llevar los libros en cajas y maletas que llenaban el maletero del coche y los fue quemando en la chimenea de la casa de la montaña con mucho sosiego y una paciencia infinita viéndolos arder con no poco deleite. Calculaba que necesitaría unos meses, los del otoño y el invierno, para completar la tarea. Una vez concluida, Andrés K. podría sentarse, tranquilo y bien abrigado, en la terraza de la casa a mirar el paisaje sin más propósito que advertir la derrota de su voluntad sepultada en el aterido manto de una blanca, fría y húmeda capa de nieve.

miércoles, 1 de abril de 2009

Elvira Godás y José Ramón Arana



Para Elvira Godás, en la amistad

Cuando el escritor tuvo clara conciencia de que su tiempo se agotaba, de que su enfermedad era irreversible, le pidió a Elvira, encarecidamente, que no le dejara morir en México, que le trajera a España a morir con los suyos. Elvira lo dejó todo para cumplir ese deseo. Se instalaron en Castelldefels. Llegaron mediado 1972. Fue en la navidad de ese año, cuando el escritor consiguió trasladar los restos de su madre, Petra Borau Alcrudo, desde Zaragoza al cementerio de Monegrillo, para poder ser enterrado junto a ella al fallecer siete meses después; siempre sintió Arana una devoción especial hacia su madre. A la ceremonia, lúgubre y triste, le acompañó Federico Arana, uno de los hijos habidos en su relación con María Dolores Arana. Elvira se quedó en Castelldefels, prefirió no acompañarle, nunca le gustó la liturgia tenebrosa de la muerte.

A pocos meses de morir -la muerte le llegó un 23 de julio de 1973-, escribió un estremecedor poema titulado “Adiós”. En el final, resurge y se impone la querencia de la tierra aragonesa y de la madre, la vuelta a las raíces, al paraíso lejano y perdido de la infancia:

En mayo está la muerte. Por saberlo
miro mi ayer de chopos y pobreza
con la pupila azul que da el recuerdo:
limpio de hiel, sin sombra de tristeza,
otra vez niño, y tuyo sólo, madre.
En mayo está la muerte. Como un nido
cavado en la matriz de donde nace
esta ciega postura sin sentido.


Se le agolparían entonces, en aquellos meses, tantas vivencias que su cabeza, malherida y en trance de tránsito final, difícilmente podría hacer suyas. Monegrillo, donde se refugió, tras el triunfo faccioso del golpe en Zaragoza, en casa de los Borau, con su mujer, Mercedes Gracia, y sus hijos, Alberto, Augusto, Marisol y Rafael. Después el traslado a Barcelona, la familia en Monistrol. El escritor, con cargo político, trabaja en Barcelona y allí conoce a María Dolores Arana. En los meses finales de 1938, una misión secreta, en opinión de Elvira relacionada con el SIM, lo lleva a Bayona. El final de la guerra le sorprende en Francia y ya no puede regresar a España. No verá nacer a su quinta hija -en el momento del abandono de la familia, Mercedes está embarazada-, y cuando se entere de su muerte le dedicará un emocionado poema de su libro Ancla, publicado en 1941. La incomprensión, los reproches, el resentimiento dolorido durante años, el olvido injusto, la penuria de volver a empezar sin el padre, heridas perennes, quien sabe si incurables, cuyo correlato literario es la novela de Alberto Ruiz-Borau La piel de la serpiente.




En Francia se reúne con María Dolores Arana y a finales de 1939 les nace un hijo, Juan Ramón. Francia es ocupada por los alemanes, Arana va a parar al campo de concentración de Gurs. Luego, tras de no pocas penalidades, consigue llegar a Marsella. Desde allí, gracias a la red de ayuda a los refugiados españoles, creada por Margaret Palmer, logra, después de reunirse con María Dolores y su hijo, embarcar hacia México. Al llegar a La Martinica, nacerá Federico. Los principios del escritor en México, muy ligados a la amistad con Manuel Andújar, los retrató Otaola en La librería de Arana, donde nos dejó este apunte: “Es fuerte y cuadrado. Tiene porte exterior de capataz. Tiene cara de palabrotas, de hombre feroz, de sargento Malacara. Le rascas, de corazón a corazón, y se observa que las apariencias se ceban en él porque es, lo que se dice, un niño, un niño gigantón y admirable. Vendiendo libros, hablando y escribiendo de España, sufriendo y soñando se le va la vida.”

Venta ambulante de libros por los cafés, distintos intentos de establecer un local fijo, penuria, estrecheces, España siempre en el corazón. Andújar y la revista Las Españas, cuentos, teatro, Veturián, ensayo sobre Machado y Casals, búsqueda inútil de la concordia y del entendimiento en sus Cartas a las nuevas generaciones españolas, firmado con uno de sus pseudónimos, Pedro Abarca, el otro fue Juan de Monegros. Páginas y páginas de lucha contra el olvido, de esfuerzo titánico para estrellarse una y otra vez contra el insalvable muro de la dictadura franquista en España y de la indiferencia hacia la labor cultural de los republicanos exiliados. Primeros síntomas de la enfermedad, en 1968, trece días de internamiento en el Sanatorio Español de México.

Aunque se habían conocido unos años antes, por razón de coincidir en el trabajo editorial, su relación amorosa tiene una fecha: 6 de enero de 1950, precisamente el año en que ve la luz en México, en la colección Aquelarre, su mejor libro: El cura de Almuniaced. Habían quedado para verse esa tarde. Elvira se puso elegante pensando en que irían a algún restaurante a cenar. Arana, vestido toscamente, se presentó con un paquetito de bombones en un cucuruchito humilde de papel y fueron a sentarse a un banco de la alameda y allí conversaron hasta las tres de la mañana. No fue hasta 1959, pocos meses antes de que naciera Veturián, que el escritor se decidiría a romper su relación con María Dolores Arana. Se presentó ante Elvira con lo puesto, sin más, y le dijo “aquí estoy, vengo para quedarme.” Después, en la navidad de 1972, las fotografías atestiguan el parecido asombroso, los mismos rasgos del padre en Alberto, su primer hijo, y en Veturián, el último, reunidos ante el azar insospechado de la cercanía de la muerte.


Elvira Godás, hija de un familia liberal dedicada a la pedagogía -su padre fundó, en 1906, el primer colegio laico en Lleida-, ha sido siempre una mujer luchadora, vitalista, abierta y tolerante. Maestra de la Generalitat, trabajaba en Figueres, donde le sorprendió el final de la guerra. Casada con un maestro, militante de Izquierda Republicana, se vio forzada a exiliarse de España. Cruzó la frontera a pie, por el monte, con su hijo pequeño en brazos. Tras de no pocas adversidades, consiguió llegar a México, donde quedaría viuda enseguida. Compagina numerosos trabajos con clases particulares de piano, profesora de música como era. Fue en uno de esos trabajos, en la Distribuidora de Ediciones Unión, donde conoció al escritor, quien iba allí a buscar los libros que después vendía por los cafés. Antes de establecer su relación con José Ramón Arana, con quien se casó el 29 de diciembre de 1960, Elvira se había vuelto a casar y había tenido dos hijos. De modo que el encuentro con José Ramón Arana Alcrudo, que duró veintitrés años, fue el amor último y definitivo para ambos.

“Al llegar a España, me dijo Elvira una tarde en que la visité en su modesto piso de Barcelona, José Ramón repitió la última hoja de la novela en que trabajaba, veinte o treinta veces, por su enfermedad. Con un dedo buscaba las teclas de la máquina y repetía la misma hoja una y otra vez. A veces me decía: “estoy contento porque adelanté, dime qué te parece” y a mí se me caía el alma a los pies porque era la misma hoja, como si por un mecanismo especial la retuviera en su memoria y la copiara una y otra vez.” Las hojas, con muchas faltas de ortografía y eso que Arana no cometía ninguna, se las envió Elvira a Manuel Andújar, quién sabe si como tantas otras cosas se habrán perdido para siempre.

Durante la semana santa de 1973, antes de que el empeoramiento de la enfermedad fuese irreversible, Elvira y José Ramón hicieron un viaje por Zaragoza, como si el escritor hubiese querido despedirse del paisaje y de su propio pasado. Garrapinillos, donde había nacido un trece de marzo de 1905. El recuerdo de su padre, maestro allí, al que perdió a los ocho años de edad; así lo evoca en el relato “Anda que te anda”: “Guardo de él pocos y débiles recuerdos. Sólo sus ojos vuelven a aparecer en ocasiones: son, como los vi una tarde, ya cerca de su muerte; grandes, dulces, oscuros, con una luz desesperada dentro.” Zaragoza, los talleres donde trabajó, la casa en la que vivió con Mercedes, “aquélla era la habitación de Marisol.” Los días previos al golpe en Zaragoza, los señoritos, vestidos de camisa azul, campando por sus respetos y amedrentando desde la dialéctica asesina de sus pistolas. Su nombre en una lista negra de dirigentes sindicales, por serlo de la federación ugetista de banca. Los escenarios de la memoria: la Plaza de Sas, la calle de Estébanes, el Arco de Cinejas, el Royalty, Conde Aranda, el Camino de los Cubos, los paseos de Pamplona, de Sagasta y de la Independencia. Los libros ya escritos en México que forman el ciclo novelesco-biográfico Por el desván de los recuerdos, Can Girona y ¡Viva Cristo Ray! El primero, donde relató su paso por la fundición barcelonesa del Poble Nou, Can Girona, en los años finales de la dictadura primorriverista, tuvo tiempo de verlo editado, por Al-Borak, en enero de 1973. El segundo lo editó Heraldo de Aragón, póstumamente, en 1980. Luego el olvido, la soledad del paisaje, la belleza lunar de una tierra requemada y polvorienta, los adentros abrasados de sombra perenne, la mirada tendida a lo lejos, hasta la sierra de Alcubierre, la luz amortecida de la tarde, el desvarío de la mente extraviada en los oscuros laberintos del presagio del sueño eterno.



Nota. Este artículo, bajo el título de "una pasión definitiva", se publicó en el suplemento "Artes y Letras" de Heraldo de Aragón pocas semanas antes de que se inaugurara el año del centenario del escritor. Poco se hizo para recordarlo, salvo la publicación de El cura de Almuniaced (Cuentos) en la Biblioteca del Exilio de la Editorial Renacimiento, edición que corrió a cargo de Luis Antonio Esteve Juárez y la edición que Javier Barreiro hizo de Poesías en Rolde de Estudios Aragoneses, con un clarificador prólogo que corrió a cargo del propio Barreiro, de Alejandro R. Díez Torre y de Eloy Fernández Clemente. ¿Para cuándo la edición de la obra completa de Arana? En fin, recupero hoy aquí este texto para seguir manteniendo viva su memoria. La foto de Elvira y José Ramón está tomada del libro de Rolde, así como la del dibujo que un compañero le hizo en el campo de concentración de Gurs y que tuve ocasión de ver en el salón de la casa barcelonesa de Elvira; la foto de Arana solo proviene, en una toma personal, del libro de Otaola, La librería de Arana, de Ediciones El imán y la de Elvira en una celebración republicana me la facilitó ella misma.