domingo, 11 de diciembre de 2016

Los estratosféricos y la Virgen de Loreto


Cada diez de diciembre se celebra en la Academia General del Aire, de San Javier (Murcia), la festividad de la patrona de los aviadores, la Virgen de Loreto.

Cuando era niño, ese era el día en que acudíamos a la Academia para asistir al espectáculo que preparaban los cadetes y los alféreces alumnos; lo llamaban "Los estratosféricos". Todo lo organizaban ellos y durante su actuación, cantaban, bailaban y representaban comedias. Ignoro, porque han pasado cincuenta y dos años de lo que aquí evoco, si la costumbre se mantiene en nuestros días.

Recuerdo que de la actuación del  año 1965, si no me falla la memoria, tal vez el último que asistimos a aquel evento, se me quedaron grabados dos motivos: el primero de ellos fue la actuación de un cadete, cuyo nombre me es imposible recordar, que, acompañado por un conjunto de guitarras, bajo y batería, interpretó la canción "El mundo", de Jimmy Fontana, y lo hizo tan bien, que se me grabó la melodía en la memoria y la estuve cantando más de un mes seguido. Jimmy Fontana, cuyo verdadero nombre era Enrico Sbriccoli, falleció en septiembre de 2013. A veces, todavía hoy, me descubro cantando esa canción; nunca olvidé aquella melodía: "Oh mondo, soltanto adesso,/ io ti guardo / nel tuo silenzio io mi perdo / e sono niente accanto a te."

El segundo motivo fue la representación que hicieron los cadetes de La venganza de don Mendo, la obra de don Pedro Muñoz Seca. Como de lo que se trataba era de aludir a los mandos de la Academia en tono humorístico, no dejaron de aprovechar la ocasión e hicieron particular hincapié en los conocidísimos versos que al ser oídos por el auditorio, hizo que todos los ojos se volvieran hacia donde yo, y tal vez alguno de mis hermanos, estaba sentado, o al menos eso me pareció entonces:

Los cuatro hermanos Quiñones
a la lucha se aprestaron
y al correr de sus bridones,
como cuatro exhalaciones
hasta el castillo llegaron.
"¡Ah del castillo!" -dijeron-.
"¡Bajad presto ese rastrillo!"
Callaron y nada oyeron,
sordos, sin duda, se hicieron
los infantes del castillo.
"¡Tended el puente!…¡Tendello!
Pues de no hacello, ¡pardiez!,
Antes del primer destello
domaremos la altivez
de esa torre, habéis de vello…"
Entonces, los infanzones
contestaron: "¡Pobres locos!…
Para asaltar torreones,
cuatro Quiñones son pocos.
Hacen falta más Quiñones!
Cesad en vuestra aventura,
porque aventura es aquesta
que dura, porque perdura
el bodoque en mi ballesta…"
Y a una señal, dispararon
los certeros ballesteros,
y de tal guisa atinaron,
que por el suelo rodaron
corceles y caballeros.

Donde don Pedro Muñoz escribió "cuatro Quiñones", los cadetes lo convirtieron en "cinco Quiñones", en alusión directa a mí y a mis cuatro hermanos. Las risas del auditorio fueron generales, claro. Yo no me lo tomé a mal, pero al chiquillo malhumorado que era yo por entonces tampoco es que le hiciera demasiada gracia. Hoy, al recordarlo, se me saltan las lágrimas de risa. Entonces yo desconocía la trágica historia de Muñoz Seca, sacado de la cárcel de San Antón, donde estaba encarcelado al ser detenido en casa de un actor amigo en Barcelona, durante los días que siguieron al Alzamiento, y asesinado en Paracuellos del Jarama el veintiocho de noviembre de 1936. Nunca puede, en España, haber risa sin llanto.

Aquellos divertidos cadetes, o alféreces, serán ya generales y probablemente estén en la reserva. Habrán dejado atrás una vida de servicio en quién sabe qué destinos o qué misiones.

Evoco ahora, tantos años después, a aquellos jóvenes aviadores, metidos por un día a cantantes o actores. Aunque sé sobradamente que la obligación se cumple sin esperar nada a cambio, quiero rendir un tributo de agradecimiento por los servicios prestados a todos los aviadores; lo hago en estos tiempos voraces en los que nadie agradece nada a nadie.