miércoles, 2 de marzo de 2011

El mundo de los sentidos



"La espiritualidad renacentista supo armonizar muy bien las ideas paganas con el cristianismo. A esa nueva filosofía se le dio el nombre, algo confuso, de neoplatonismo. Se trataba, una vez más, de explicar el mundo y la vida. ¿Quién de entre ustedes no ha sentido algo especial al contemplar el cielo estrellado en una noche de verano? ¿Quién, en ese momento mágico, no ha notado que le recorría los adentros un anhelo de plenitud, un ansia de eternidad? Copien estos versos que voy a escribir en la pizarra," dijo Leonardo mientras se giraba hacia el encerado y con su letra menuda y su peculiar caligrafía se disponía a escribir:

Cuando contemplo el cielo,
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte, y digo al fin con voz doliente:

"Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?

"Esa morada de grandeza y ese templo de claridad y hermosura, que el poeta sitúa en lo alto, en el cielo, háganse a la idea de que se corresponde con lo que Platón llamaba el mundo de las ideas, donde todo es eterno e inmutable y de donde procede el alma, que tiene, pues, origen divino. Sin embargo, vive encerrada en la cárcel del cuerpo, que es efímero, caduco, transitorio, y pertenece al mundo de los sentidos, donde nada permanece y todo pasa. El alma, pues, anhela y añora su origen divino y se siente desterrada en eso que el poeta llama suelo oscuro. Ello provoca ese ansia y hace que la voz doliente de Fray Luis de León se queje en estos espléndidos versos que acaban de copiar."
De repente, desde el fondo del aula alguien levantó el brazo para pedir la palabra. Leonardo se la concedió y la alumna dijo: "Lo siento pero no me creo esa diferenciación que hace usted entre mundo de las ideas y de los sentidos, como tampoco creo que exista el alma ni que sea eterna, nada lo es en nosotros. Para mí no hay más vida que la terrenal y cuando se acaba, se acabó todo."
Al terminar, Leonardo preguntó al resto de la clase si estaban de acuerdo con lo que su compañera había dicho. El silencio fue la única respuesta, así que Leonardo se quedó mirando a la alumna y le dijo: "¿Y cómo y por qué está usted tan segura de lo que dice?" A continuación y sin esperar respuesta, como si hubiera sido la suya una pregunta retórica, dio la clase por terminada.

domingo, 27 de febrero de 2011

El camino de la felicidad



Estando tan cerca del camino de la felicidad, tras haber conocido a Paula al azar de una noche que todo lo cambia porque él no sabe nada de nada, Dionisio se deja arrastrar, como el cordero que inerme es llevado al sacrificio, hacia el camino de la ñoñería y la hiperclorhidria. Por eso esta obra de Miguel Mihura es, en certeras palabras de Fernando Valls, “una de las más pesimistas, tristes y sutilmente críticas de la historia del teatro español.” Como muy bien dejó dicho Francisco Ruiz Ramón, Tres sombreros de copa ilustra el tema de la libertad imposible, de la alienación del individuo:

En esa habitación y durante una noche se enfrentan ambos mundos y nace y muere el amor de Dionisio y Paula. Dionisio hace la experiencia de la libertad, de una libertad paradisíaca, más allá de toda convención y de toda norma, para renunciar irremediablemente a ella y regresar, deslumbrado aún, pero impotente, a la falsedad del universo de la norma y la convención, establecido, fijado y aceptado como único posible. Al renunciar Dionisio a la libertad redescubierta del ser humano, reingresando en el orden común establecido, queda consolidada la alienación.

jueves, 17 de febrero de 2011

Las certezas


- O sea, que usted cree en dios pero no está seguro de su existencia.
- Así es, son imposibles las certezas en determinados asuntos.
- Pues, discúlpeme, pero lo suyo es una paradoja rayana en el oxímoron.
- Es posible que sea como usted dice, pero en mi descargo déjeme que le diga que en absoluto albergo la soberbia de poder asegurar la existencia de dios, pero sí, con sosiego y humildad, la necesidad de creer en él.
- Me desconcierta usted.
- Seguramente porque le cuesta aceptar la existencia de creencias no del todo racionales.
- No es eso, lo que me descoloca es la necesidad suya de creer.
- Es el viejo anhelo de ordenar el caos, de dar un sentido a todo esto.
- La existencia se fundamenta en el propio hecho del vivir, no creo que sea necesario nada más.
- Perdone, pero creo que se olvida usted de la necesidad de afrontar el tránsito bajo el cobijo de la esperanza.
- Y, según usted, la idea de dios encarna la esperanza.
- Para miles de millones de ciudadanos en el mundo sí.
- Pues a mí esa idea me deja más bien frío.
- Allá usted, yo me considero uno entre esos miles de millones de personas que no se resignan a perder la esperanza.
- No es lo importante cómo morimos, sino cómo vivimos.
- Observo que le gustan las frases solemnes. De acuerdo, pero la idea de dios muchos la asociamos a Jesús, su hijo, y a su mensaje ético, cuya actualidad es permanente.
- Defiende usted pues el papel de la Iglesia católica.
- No, en eso soy poco ortodoxo, la Iglesia como institución me parece trasnochada, fosilizada y demuestra una incapacidad manifiesta para adaptarse a los tiempos que corren.
- Vaya, oírle decir eso es un alivio.
- La idea de dios está por encima de esas contingencias, aporta consuelo, confianza, da esperanza y ordena el mundo.
- Me asombra que me diga que algo de cuya existencia ni está usted seguro ni parece querer estarlo sea capaz de ordenar el mundo.
- Aunque sea imposible la certeza, no es condición necesaria.
- Críptico se vuelve usted, pero mire, basta con echar una mirada al mundo, por superficial que sea, para constatar el fracaso de ese dios del que usted me habla.
- Bueno, no juzgue usted tan severamente a dios, más bien somos los seres humanos los responsables de ese fracaso.
- En eso estamos de acuerdo, pero es usted quien parece querer ponerlo todo en manos de la providencia.
- Mientras la idea de dios aporte un mensaje de esperanza, de amor a los demás, de solidaridad con los menesterosos, para mí es una idea válida.
- No es necesario creer en ningún dios para compartir esas ideas de las que me habla.
- Claro, por eso ni siquiera espero que tras nuestra charla crea usted en la existencia del dios del que le hablo.
- Perdone, pero me desconcierta; es usted el primer creyente que conozco no proselitista.
- Querido amigo, la idea de dios es como una luz encendida en el corazón y es imposible que prenda en quien ante esa idea mantiene cerradas a cal y canto las puertas de su alma.
- ¿De qué habla cuando me habla del alma?
- De esa parte de usted deliberadamente secuestrada por su razón, de ese hálito que proviene, como dejó dicho Platón, del mundo de las ideas.
- ¿Ese que es eterno e inmutable y donde reside el dios del que me habla?
- El mismito.

martes, 15 de febrero de 2011

Haikú: Días vacíos




Días vacíos
monótonos y tristes,
cielo y nostalgia.

sábado, 12 de febrero de 2011

Homenaje a Ignacio Soldevila

                                             (Autorretrato de Ignacio Soldevila)

Son los homenajes un espacio de encuentro para hablar de la persona y de la obra de quien nos ha dejado; también un momento para el recuerdo y la evocación. Los que nos reunimos el pasado jueves, 10 de febrero, en una sala que se asoma al claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes, hoy sede de la Biblioteca Valenciana y cárcel de infausta memoria para los vencidos en 1939, lo hicimos movidos por un impulso común: recordar a Ignacio Soldevila Durante, hablar de él, de su obra y de lo que a él le gustaba sobre todas las cosas, su verdadera pasión: la literatura.

                              (Javier Lluch y José-Carlos Mainer en el momento de 
                                inaugurar la exposición  dedicada a Soldevila) 

En tres direcciones se desarrolló la labor de Ignacio Soldevila: por un lado la docencia, que ejerció hasta su jubilación como catedrático de la Universidad de Laval (Quebec), por otra la labor de investigación centrada en dos campos, la literatura del exilio y la lexicografía, y por último en la escritura de una obra compuesta por un conjunto de libros fundamentales y más de un centenar largo de artículos no menos básicos, al margen de su labor como crítico literario en la prensa y en revistas especializadas, sin olvidar, aunque fuera un camino que transitara poco, su faceta de creador de ficciones y sus numerosas conferencias dictadas al correr de los años aquí y allá y las no menos numerosas ponencias en congresos universitarios. Al mismo tiempo, mantuvo, con muchos de nosotros una extensa relación epistolar, correspondencia de la cual se publicaron recientemente las cartas que intercambió con Max Aub.

                                  (Cecilio Alonso presentando a José-Carlos Mainer)

Pero sobre todo, fue Ignacio Soldevila, además de filólogo ejemplar, una gran persona, afable, bondadoso, amigo de sus amigos, siempre dispuesto a ayudar, paciente, sosegado, dando siempre sabios consejos, acudiendo allí donde se le solicitaba, escuchando a todo el mundo por igual, fueran grandes figuras de la filología o humildes investigadores jóvenes que daban sus primeros pasos. Para todos fue un ejemplo la manera en que afrontó la grave enfermedad que acabó con su vida en 2008. Todos aprendimos de él y por ello nos reunimos en Valencia, su Valencia, para rendirle un merecido homenaje. Se habló mucho y bien de literatura, de la filología española en el exilio, del que él formaba parte desde los años cincuenta, se habló, cómo no de Max Aub, de Juan Rejano, de León Felipe, de Martínez Nadal y lo hicieron sus amigos, sus compañeros de tarea, tanto en la docencia, como en la investigación y la escritura.

           (Algunas encuadernaciones curiosas de libros de la biblioteca de Soldevila) 

Se inauguró, asimismo, una exposición titulada “El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929 – Québec, 2008)”. Ese legado lo adquirió la Biblioteca Valenciana en 2006 y hoy allí se custodia junto con el del también filólogo valenciano Rafael Lapesa. Al encuentro acudió su viuda, Alicia Ruiz, quien se encargó de clausurar la jornada con una emoción contenida y un agradecimiento infinito por el recuerdo amistoso y entrañable que todos hicimos de Ignacio Soldevila.

(Javier Lluch y José Antonio Pérez Bowie)

(Claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


                (Luis López Molina, José-Carlos Mainer, Juan Antonio Ríos Carratalá, 
                 Javier Lluch y Manuel Aznar)


(Edición de la novela de Paulino Masip de la biblioteca de Ignacio Soldevila)

(Ignacio Soldevila y unas compañeras de facultad en 
el Madrid de los años cincuenta)

(Max Aub, Peua Barjau e Ignacio Soldevila en Canadá)

                                      (Parte de las fichas de trabajo de Ignacio Soldevila)


(Fachada del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


Nota. Pido disculpas por la poca calidad de las fotografías que tomé durante la Jornada.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ignacio Soldevila Durante

 

JORNADA INTERNACIONAL
IGNACIO SOLDEVILA DURANTE
                      Y 
LA LITERATURA ESPAÑOLA EN EL EXILIO

Monasterio de San Miguel de los Reyes
Jueves, 10 de febrero de 2011

ORGANIZACIÓN
Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas.

PROGRAMA
10.00 h: Inauguración de la Jornada.
10.30 h: José-Carlos Mainer (Universidad de Zaragoza), «La filología española en el exilio».
11.15 h: Javier Lluch Prats (Universidad de Bolonia-GICELAH, CCHS-CSIC), «La fuga de capital cultural en la España franquista: el homo academicus ‘exiliado’».
12.30 h: Franklin García Sánchez (Trent University), «Entre Barroco y Vanguardia: a propósito de la obra narrativa de Max Aub».
13.15 h: Inauguración de la exposición «El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929-Quebec, 2008)».
16.00 h: Manuel Aznar Soler (Universitat Autònoma de Barcelona), «La puerta abierta, obra teatral inédita de Juan Rejano».
16.45 h: José Antonio Pérez Bowie (Universidad de Salamanca), «León Felipe contra las fabulaciones de los discursos históricos».
17.30 h: Juan Antonio Ríos Carratalá (Universidad de Alicante), «La singularidad de un exiliado: José Luis Salado».
18.45 h: Luis López Molina (Universidad de Ginebra), «Semblanza de Rafael Martínez Nadal».
19.30 h: Mesa redonda sobre la figura de Ignacio Soldevila Durante, moderada por Javier Lluch Prats, en la que intervienen Alfons Cervera («Ignacio Soldevila Durante y la literatura que pervive») y Javier Quiñones («El compromiso de la imaginación: de Ignacio Soldevila a Max Aub»).
20.30 h: Clausura.


viernes, 4 de febrero de 2011

Salvador Allende



Durante años, cuando la información llegaba de modo tan confuso como restringido, muchos de nosotros, para quienes Salvador Allende era un símbolo de coherencia política, de entereza y de defensa de los menesterosos, creímos la versión en la que se aseguraba que el presidente constitucional chileno, democráticamente elegido, había sido asesinado durante el asalto, el once de septiembre de 1973, al Palacio de la Moneda y que habían sido los militares quienes lo habían matado en el despacho presidencial, después de que el mandatario se hubiese negado a aceptar el avión que los golpistas supuestamente pusieron a su disposición para que abandonara el país.

Sin embargo, veinticinco años después, en 1998, el doctor Óscar Soto, que había sido testigo en el Palacio de la Moneda del asalto, escribió un libro titulado El último día de Salvador Allende, en el cual daba otra versión del final del presidente Allende. Leí ese libro en su momento con un interés extraordinario. Cuando lo terminé, sentí que se resquebrajaba el mito que había sido, como tantos otros episodios de la historia, interesadamente divulgado y que debía enfrentarme a la realidad de los hechos. La crudeza de lo que en aquellas horas decisivas había pasado en La Moneda, tan bien relatado por el doctor Soto, me enseñó otra versión de lo acontecido y me obligó a revisar un episodio que había sido muy importante en mis años de juventud y de formación; tenía yo diecinueve años cuando el general Pinochet encabezó el golpe de estado que derrocó a Allende.

Ayer el diario El País publicaba una carta del doctor Soto, que vive en España, en la que pide, a raíz de una información publicada en el mismo diario días atrás por Sol Alameda, que la justicia chilena desvele los detalles de la muerte del presidente y aclare qué fue lo que realmente pasó. Habrá que esperar el resultado de esa investigación para saber si lo que cuenta el doctor Soto en su libro se acerca más a la verdad que la versión distorsionada que en mis años de juventud era creída a pie juntillas.

En aquel tiempo en que leía el libro del doctor Soto, había publicado ya mi novela sobre Besteiro, quien esperó leyendo, en la habitación que habían habilitado para que descansara en el Ministerio de Hacienda de Madrid, la llegada de las tropas nacionales que lo habían de detener el 28 de marzo de 1939, para juzgarlo después y dejarlo morir en el abandono de la cárcel de Carmona en septiembre de 1940. No pude entonces evitar la comparación entre los comportamientos de esos dos hombres, Besteiro y Allende, que se enfrentaron de modo tan diferente a su destino trágico. No se trata de juzgar, porque es muy difícil saber cómo debe actuarse en circunstancias tan difíciles y adversas, pero veo claro al correr de los años que la serenidad de ánimo, el sosiego, la entereza, el libro en las manos como única arma, la dignidad y la decencia como bagaje son la mejor manera de arrostrar un destino inevitablemente trágico. El correr de los años hace el resto, engrandece el gesto.

miércoles, 26 de enero de 2011

En la muerte de Jaime Salinas, ¿qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?



Primavera de 1993

Al terminar la comida, a la que también asistieron Mario Benedetti y las hijas de Max Aub –era la primera vez que las veía a las tres juntas, Elena, que vivía en Madrid, Carmen, en México, y María Luisa, en Inglaterra- decidimos dar un paseo hasta el Ayuntamiento. Llegando a la plaza del Agua limpia fue cuando, tras quedarnos rezagados del grupo, le pregunté: “¿Qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?” Detuvo su pausado y elegante caminar, me miró desde detrás de sus gafas de concha con una de aquellas miradas suyas que derrochaban simpatía e ironía a la vez que penetrante inteligencia y me contestó sonriendo: “¿Y qué sabes tú de esa casa?” Callé durante breves instantes para responder después: “Poco, muy poco, solo lo que leí en el Diario del artista seriamente enfermo.” En ese momento Benedetti, que nos había observado conversar, acompasó su caminar al nuestro y habiendo oído mi respuesta dijo: “qué buen poeta, Jaime Gil; pero díganme ¿de qué están hablando?” Salinas, mirándonos a los dos, dijo entre sonrisas: “De nada, Mario, de nada; este joven –yo aún lo era entonces-, que me quiere hacer recordar unos años lejanos y una casa admirable en la que viví en Barcelona.”

Llegamos, mientras tanto, al Ayuntamiento y subimos directamente al Salón de Plenos, donde yo debía leer unas cuartillas de presentación del libro De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío al que se había concedido el Premio Max Aub el año anterior. Benedetti y Salinas formaban parte del jurado del premio de aquel año. Elena Aub pronunció un breve y entrañable discurso de agradecimiento por el honor que la ciudad de Segorbe rendía a la figura y a la obra de su padre (si no me traiciona la memoria creo que se le entregaba la medalla de oro de la ciudad a título póstumo).

Pensé entonces, al terminar el acto, que la conversación que yo había iniciado había quedado olvidada. Pero no fue así. Jaime Salinas vino en mi busca, se cogió, en un gesto naturalísimo de afecto, de mi brazo y así marchamos juntos hacia el salón donde se serviría un refrigerio. No salía de mi asombro. Estaba con las hijas de Max Aub, a quien secretamente había dedicado yo mi cuento, conversando con Benedetti, a quien tanto había leído y admirado, y el hijo de uno de mis poetas favoritos, Pedro Salinas –Ay! qué alegría vivir en los pronombres-, estableció conmigo, que no soy nadie ni represento nada, una inusitada complicidad teniendo en cuenta que no conocía ni el santo de mi nombre.

Hablamos de todo, de su estancia en Barcelona en aquel lejano 1956, de sus relaciones de amistad con Carlos Barral, con Jaime Gil de Biedma, con Gabriel Ferrater, con Juan Goytisolo. Como yo le mostrara mi interés por la obra de esos escritores del grupo barcelonés del 50 y le preguntase si les era difícil vivir en una España como la de aquellos años, Jaime Salinas me contestó que vivían un poco al margen, en un mundo propio de amistades, de conversaciones, de relaciones intelectuales y literarias. En ese sentido me contó un viaje a Madrid acompañado de Jaime Gil de Biedma y de Carlos Barral para tener un encuentro con los poetas de allí. Salinas los describía con mucha gracia como unos señores muy serios, que vestían de traje gris y corbata negra y que pedían café con leche a media tarde, cuando ellos los recibieron en el hotel con un vaso de ginebra en la mano. Hablamos también de Alianza Editorial, de la colección de bolsillo, de las memorables portadas de Daniel Gil, del papel de esa colección en la difusión de la literatura y de la cultura en la España de aquellos años, de su importancia en la formación intelectual y literaria de muchos de nosotros. Nos despedimos al caer la tarde. Nosotros debíamos coger el coche para volver a Barcelona. Salinas regresaba a Madrid para preparar su inmediata partida para Islandia, donde pasaría el verano.

Ayer por la tarde, al llegar a casa, encontré un correo de mi amigo Joaquim Parellada en el que me comunicaba la muerte de Jaime Salinas. Evoco ahora aquella tarde, que siempre estará en mi memoria, de casi veinte años tras y la traigo aquí, a las páginas de este blog, como nostálgica y personal despedida del escritor, del intelectual ligado a la España de los años treinta en la que tal vez por tradición familiar aprendió a ejercer la libertad de conciencia -tan perseguida y maltratada en España durante tantos siglos, según dejó dicho Juan Marichal-, del editor que tanto hizo desde Alianza y desde Alfaguara por la cultura española. Descanse en paz.

viernes, 14 de enero de 2011

Qué cosa es ser tirano



No dejan, por más años que pasen, de sorprender a Leonardo las preguntas, o las consideraciones, pretendidamente ingenuas que sus jóvenes pupilos le plantean no pocas veces de manera imprevista. Aquella mañana iba Leonardo dispuesto a explicar el nacimiento de la prosa en castellano cuando por esos azares extraños que suelen suceder en las aulas se suscitó un vivo debate en torno a las formas de gobierno y un curioso muchacho intervino para preguntar si tirano y dictador significaban lo mismo. Leonardo observó con detenimiento al joven que había hecho la interesante pregunta y guardó silencio en espera de que fueran sus propios compañeros quienes respondiesen. Pero se hizo el silencio. Era como si no se atrevieran a decir lo que pensaban, tal vez por miedo a no saberse expresar en voz alta, tal vez por no tener, ellos que no habían conocido la dictadura y eran hijos de la democracia, las ideas demasiado claras al respecto, quizá fuera que la figura de Leonardo les imponía, el caso es que guardaron silencio. Aprovechó Leonardo, ante la ausencia de respuesta, para ir a su mesa, sacar de su cartera el libro Antología Mayor de la literatura española, compilada por Guillermo Díaz Plaja y disponerse a leer:



TÍTULO I. LEY X

QUÉ QUIERE DECIR TIRANO, ET CÓMO USA DE SU PODER EN EL REGNO DESPUÉS QUE ES APODERADO DÉL.

Tirano tanto quiere decir como señor cruel, que es apoderado en algun regno o tierra por fuerza, o por engaño, o por traición: et estos tales son de tal natura, que después que son bien apoderados en la tierra, aman más de facer su pro, maguer sea a daño de la tierra, que la pro comunal de todos, porque siempre viven a mala sospecha de la perder.

Et porque ellos pudiesen cumplir su entendimiento más desembargadamente, dixieron los sabios antiguos que usaron ellos de su poder siempre contra los del pueblo en tres maneras de artería: la primera es que puñan que los de su señorío sean siempre necios et medrosos, porque cuando atales fuesen non osaríen levantarse contra ellos, nin contrastar sus voluntades; la segunda que hayan desamor entre sí, de guisa que non se fíen unos dotros; ca mientra en tal desacuerdo vivieren non osarán facer ninguna fabla contra él, por miedo que non guardaríen entre sí fe nin poridat; la tercera razón es que puñan de los facer pobres, et de meterlos en tan grandes fechos que los nunca puedan acabar, porque siempre hayan que veer tanto en su mal que nunca les venga a corazón de cuidar facer tal cosa que sea contra su señorío. Et sobre todo esto siempre puñaron los tiranos de estragar a los poderosos, et de matar a los sabidores, et vedaron siempre en sus tierras confradías et ayuntamientos de los homes: et puñaron todavía de saber lo que se decíe o se facíe en la tierra: et fían más su consejo et la guarda de su cuerpo en los estraños porquel sirven a su voluntad, que en los de la tierra quel han de facer servicio por premia.

Otrosí decimos que maguer alguno hobiese ganado señorío de regno por alguna de las derechas razones que deximos en las leyes antes désta, que si él usase mal de su poderío en las maneras que dixíemos en esta ley, quel puedan decir las gentes “tirano”, ca tórnase el señorío que era derecho en torticero, así como dixo Aristóteles en el libro que fabla del regimiento de las ciudades et de los regnos.

Cuando hubo terminado, apostilló Leonardo: “así que ya saben, jóvenes, no sean necios ni medrosos, ni tengan entre ustedes desamor para que el tirano no llegue al poder por la fuerza, el engaño o la traición y lo use para su propio beneficio olvidándose del bien común. Piensen, de paso, qué sabio era el Rey Sabio.”




Nota. El texto de Las Partidas procede del libro mencionado en el texto de la entrada, publicado por Editorial Labor en Barcelona en 1969.

lunes, 10 de enero de 2011

Haikú: Fulgor de nieve



La luz de enero
relumbra en las laderas,
fulgor de nieve.

miércoles, 5 de enero de 2011

¿Quién soy o qué?


[1] ¿Quién soy o qué: un profesor que escribe o un escritor que da clases? 

sábado, 1 de enero de 2011

Editar a Galdós



Mis amigos Teresa Barjau y Joaquim Parellada me envían, días antes de terminar el año, un ejemplar de esta nueva edición de Tormento, de Benito Pérez Galdós. Publicada en una colección que lleva años suministrando buenas ediciones de clásicos españoles para la llamada enseñanza secundaria, este nuevo trabajo tiene su base en la ejemplar edición crítica que ambos, Teresa y Joaquim, hicieron de la novela de Galdós en 2007 para la editorial Crítica, en la colección "Clásicos y Modernos". Ahora, sin perder el rigor filológico, se ha buscado un planteamiento más didáctico y según mi manera de verlo, los autores han acertado plenamente, tanto en lo que se refiere a la introducción, como a las notas a pie de página y a los apéndices finales de estudio de la obra. Releer Tormento tan bien editado ha sido todo un placer. Quiero, en esta primera entrada del nuevo año, dar las gracias a Teresa y a Joaquim por esta nueva contribución a la edición rigurosa de nuestros clásicos.  

jueves, 30 de diciembre de 2010

Haikú: Paz y silencio




Luz en la sombra
destellos sobre el agua
paz y siencio.

sábado, 25 de diciembre de 2010

¡Feliz 2011!


A todos los que se asoman a estas páginas volanderas, a esta bitácora, ¡que acaba de cumplir dos años!, a esta nave que surca las aguas tantas veces procelosas de la red, desde el dibujo de mi hija Marta, feliz navidad y que el año 2011 sea algo menos duro y cruel de lo que ha sido este con tanta y tanta gente. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Mendoza en el laberinto


Soy lector de la obras de Mendoza desde hace tantos años que rara vez he faltado a la cita que cada cierto tiempo nos convoca a las librerías para adquirir su nuevo libro. Esta vez, sin embargo, debo confesar que me mostraba remiso a la hora de hacerme con Riña de gatos. Madrid 1936. Tal vez el premio que la avalaba era más un inconveniente que un acicate. ¿Qué necesidad tenía -me preguntaba mientras con un ejemplar de la novela en las manos valoraba si me decidía finalmente a hacerme con él o no- un autor tan prestigioso como Mendoza, con una obra literaria tan consolidada, de presentare a un premio así? Leí las dos primeras páginas para ver si me ayudaba o no a decidirme. Fue decisivo. Las terminé, me dirigí a la caja, pagué, me llevé el libro. Esa noche leí setenta páginas de un tirón. Lo dejé porque al día siguiente a las siete menos cuarto debía estar en pie. Lo terminé pocos días después. Un acierto, un acierto rotundo. Dinero bien gatado (el ordenador se come la ese y pienso que es un juego de palabras con el título, así que lo dejo tal cual).

Dos ejes vertebran la narración: de un lado la reflexión sobre el arte, la pintura y la figura de Velázquez, de otro las intrigas previas al golpe de estado de julio del 36. Todo ello visto a través de la figura de un crítico y profesor de arte inglés que viaja a Madrid en la primavera de ese fatídico año, lo que supone un acierto en la perspectiva desde la cual se cuenta un relato que necesita, por su materia, de un distanciamiento necesario. Se entreveran en el tejido de la novela la intriga de carácter policiaco, los enredos que proceden de la novela galante o del vodevil, el sentido del humor que facilita escenas cómicas de puro enredo, las tramas políticas que condujeron al golpe y sobre todo, la figura de José Antonio Primo de Rivera, que ya había aparecido en la estupenda novela de Sánchez Dragó Muertes paralelas.


Pocas veces los novelistas se han fijado con tanta insistencia en la peripecia política y personal de José Antonio como lo ha hecho Mendoza. El clima de violencia de aquellos días, los mítines en el cine Europa, las tertulias y cenas con Sánchez Mazas, Ruiz de Alda, Fernández Cuesta y otras figuras relevantes entonces, los contactos con el general Franco, la detención y el encarcelamiento de la cúpula de Falange. Pocas veces, con la excepción ya mencionada de Sánchez Dragó, había visto aparecer esos asuntos en una novela y en eso acierta de lleno Mendoza y además resulta innovador al novelar lo que pocos habían hecho antes y haciéndolo además con una obra que tiene una decidida voluntad popular, mayoritaria, de dirigirse a un público amplio sin perder ni el rigor ni la calidad literaria de sus grandes novelas. Valga este fragmento de una conversación entre José Antonio y Anthony Whitelands al final de la novela en la que el líder de Falange se lamenta de su fracaso:

Yo quería la paz y la reconciliación. Pero no me han dejado. He dado mi vida por España y España me ha vuelto la espalda. He defendido a la clase obrera y la clase obrera, en vez de escucharme, me ataca. Nadie me hace caso. Y, sin embargo, yo podía haber logrado lo que nadie ha logrado ni logrará: superar la lucha de clases insensata, echar los cimientos de una España nueva, la patria de todos. Me he esforzado en vano: los españoles prefieren seguir con sus ideologías anacrónicas, su demagogia oscurantista, su caciquismo disfrazado de democracia y su salvaje ajuste de cuentas. ¿Qué diferencia hay entre sacar en procesión la imagen del Sagrado Corazón y quemarla? Este es un país cavernario, hundido en la miseria, la atonía y la falta de higiene.



La novela de Mendoza supone otra manera, distanciada e irónica, más narrativa y literaria, de acercarse a la dura realidad española en vísperas de la guerra civil desde un punto de vista amplio, pues no sólo la figura de José Antonio puebla estas páginas, también aparece en la parte final un fidedigno retrato del presidente Azaña. Además conviene no olvidar las soberbias páginas dedicadas a la reflexión sobre el arte, a la figura y la obra de Velázquez, páginas en la que brilla la prosa de Mendoza con transparente hondura. En fin, esta novela no es en absoluto una obra menor ni una obra oportunista para ganar un premio como el que ha ganado, sino una obra de calado, llena de amenidad y viveza narrativa que hará disfrutar al lector que se adentre en sus páginas.

martes, 7 de diciembre de 2010

Haikú: Tanto y tanto hablar



Tanto y tanto hablar
para no decir nada,
torpes palabras.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Haikú: Si nada queda



Si nada queda
para qué la esperanza
alma de cántaro.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Memoria dispersa: Ruiz de Alda


Me tropiezo en la prensa con una elocuente fotografía de Martín Santos Yubero en la que aparece Julio Ruiz de Alda junto a Raimundo Fernández Cuesta y José Antonio Primo de Rivera. Caminan todos por las calles de Madrid, en la zona de Cuatro Caminos, que algunos llamaban entonces o consideraban el "Madrid rojo", el dos de febrero de 1936, tras haber celebrado un mitin en el cine Europa. Al ver el rostro y el gesto de Ruiz de Alda, se dispara la memoria, como una llama que iluminara lo oscuro, hacia los años de mi infancia.


En la Ciudad del Aire, término municipal de San Javier (Murcia), donde debimos llegar, procedentes de Madrid, al iniciarse el curso 1962-1963, en el que yo estudié preparatorio para el ingreso en el bachillerato en el colegio “Nuestra Señora de Loreto”, había un “Casino” para recreo de los oficiales que llevaba el nombre de Julio Ruiz de Alda. El lugar era para nosotros, hijos de oficial, mi padre era entonces profesor de vuelo en la Academia, un lugar de diversión, pero también de solemne respeto en ciertos espacios en los que apenas nos atrevíamos a entrar, por ejemplo, los salones en los que estaban “los mayores”. Tenía el “Casino” dos pistas de tenis de cemento, que estaban más allá de la piscina, separadas por las pérgolas en las que una mañana de primavera desayunamos festivamente tras la ceremonia de recibir la primera comunión "los tres pequeños", es decir, mis dos hermanos y yo, tal como atestiguan las viejas fotografías del álbum familiar. Aprendí a jugar al tenis en esas pistas, viendo primero cómo lo hacían los mayores y después dando los primeros golpes con aquellas viejas raquetas de madera Dunlop Maxply y Slazenger.


Nos preguntamos muchas veces quién sería el tal Ruiz de Alda que daba nombre al “Casino”. Supongo, aunque no lo recuerdo, que alguien nos daría alguna explicación sobre su persona, pero entonces de las cosas de la guerra apenas se hablaba, así que lo único que llegamos a saber es que fue un gran aviador. Al ver ahora su fotografía en el periódico, me doy cuenta de que su figura contrasta con la que yo me había formado en mi imaginación de niño. He de confesar que me lo figuraba de otra manera a como ahora lo veo: no sé, me habían dicho que era un héroe y yo pensaba en un hombre joven, esbelto, al modo de los galanes de la viejas películas en blanco y negro de Hollywood; y sin embargo, la foto que veo hoy en el diario me muestra a este hombre enfundado en un castizo abrigo de paño cruzado, corpulento, de sonrisa seductora y desafiante, de frente despejada y cigarrillo en mano, de andar seguro y de actitud arrogante.


Tampoco sabía entonces, porque nadie nos hablaba de ello y menos que nadie, mi padre, que había sido uno de los fundadores de Falange y que tomó la palabra en el mitin del Teatro de la Comedia, en el año 1933, en Madrid, junto a José Antonio Primo de Rivera en el acto fundacional del partido. También desconocía, aunque parcialmente, pues ya he dicho que su figura se envolvía en un halo de heroicidad, de gran aviador capaz de una gesta inaudita como fue cruzar el Atlántico por primera vez en el “Plus Ultra”, que murió asesinado en el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936, precisamente junto a un hermano de José Antonio, sin haber cumplido aún los cuarenta años. Hoy navego por la red y me encuentro muchas fotografías de Ruiz de Alda, entre ellas las más patéticas, las de su rostro inerte y desamparado, bajo el gesto severo de la muerte, con un número tres sobre el pecho. Él, el héroe del aire, en tierra con el rostro desfigurado por la brutalidad de una muerte salvaje e injusta, innecesaria, producto de la barbarie que asoló nuestro país en aquellos primeros meses de la Guerra Civil. A pesar del tiempo transcurrido, sigo sin comprender cómo gente que se decía de izquierdas, por mucho que se justificaran diciendo que la mecha de la llama la encendieron otros con el golpe militar, pudo entrar en una cárcel y fusilar a presos inermes y desarmados en patios sombríos y huérfanos de luz, para que la última visión de esos hombres fuera así un presagio amargo y cruel de la oscuridad infinita.


No sé si es lo más conveniente que el “Casino”, así lo llamábamos y así permanece en mi memoria, siga llevando el nombre de Ruiz de Alda, tan decantado hacia uno de los bandos de la guerra civil. Hoy ya no se llama “casino” sino “Centro deportivo Socio Cultural del Ejército del Aire “Ruiz de Alda”. Cuando yo lo visitaba y me bañaba en la piscina, y jugaba al tenis en sus pistas, y comía los domingos en la pérgola las maravillosas paellas de un cocinero cuyo nombre (¿Mauro, Santos?) he olvidado lastimosamente, apenas tenía seis años de vida, ya que había sido inaugurado en 1956. Y eso es lo que evoca en mí el nombre de “Ruiz de Alda”, la vida y no la muerte que entonces muchos de sus partidarios por un lado y de los otros por otro, se empeñaron en sembrar por los campos y ciudades de España.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección del blog a la que doy el título de “Memoria dispersa”. Trataré en ella de recoger las evocaciones del pasado que me sugieran hechos del presente. La fotografía la he tomado, fotografiándola con mis propios medios, por lo que pido disculpas por la baja calidad, del diario El País.

lunes, 1 de noviembre de 2010

No contar nunca nada. Tu rostro mañana, de Javier Marías



“No debería uno contar nunca nada”. Así empieza Tu rostro mañana, una de las dos grandes obras escritas en castellano en el arranque del siglo XXI, la otra es 2666, de Roberto Bolaño. A pesar de que Javier Marías fue publicando la novela por entregas Fiebre y lanza (2002), Baile y sueño (2004) y Veneno y sombra y adiós (2007), fue en 2009 cuando se publicó la edición conjunta que permite leer el texto como lo que es, una sola novela. Resulta llamativo que el arranque sea, en cierto modo, una negación de lo narrativo, del hecho en sí de “contar”. En esa misma idea ha insistido Marías en un artículo reciente en el EPS, en el que recalcaba la idea de que conviene tener sumo cuidado con lo que se dice y cuenta porque puede volverse contra uno mismo en forma de crítica o de escarnio o de burla. Sin embargo, Jaime o Jack o Jacobo Deza cuenta y cuenta mucho y dialoga y reflexiona, aunque lo hace sabiendo que nada ni nadie es imprescindible, desde un escepticismo total frente a eso que suele llamarse “destino”: “Hay personas que asumimos que estuvieron siempre destinadas a sus funciones, que nacieron para lo que hacen o las vemos ya haciendo, cuando nunca nadie nació para nada, ni hay destino que valga ni nada está asegurado.”

Tres personajes van vertebrando el relato: Sir Peter Wheeler, el padre de Jaime Deza y Bertram Tupra. De los dos primeros, es el propio autor quien nos da el referente real: Sir Peter Russell y el padre del novelista, el filósofo Julián Marías. Las referencias a la Guerra Civil son muy interesantes y cohesionan también la narración: la investigación de Deza sobre el asesinato, a manos de agentes del estalinismo, en Alcalá de Henares, de Andreu Nin; la historia estremecedora de la delación contra el padre de Deza y los recuerdos de este sobre la violencia antes, durante y sobre todo después de la Guerra, de hecho podríamos entender la novela como una densa y extensa reflexión sobre la violencia, sus causas y sus consecuencias en la forma de actuar de las personas; el asesinato en Ronda de Emilio Marés, “toreado” por los falangistas hasta su muerte, hecho del que alardeaba después por los cafés cierto escritor que “tuvo exequias solemnes cuando murió, hasta un ministro muy democrático ayudó a llevar el ataúd”; finalmente, la integridad moral del padre de Deza se impone en un paisaje de miseria, violencia y delación.


Hay en la novela personajes grotescos como Rafita de la Garza, encarnación de la chulería, el machismo y la vulgaridad e ignorancia hispanas, contra quien se emplea una violencia tal vez desmesurada por parte de ese otro personaje logrado y misterioso que es Tupra, Bertram o Bertie, para quien Jaime Deza presta servicios y cuya relación con él es casi siempre problemática, compleja y de confusos límites. También resulta grotesco, violento y cobarde, Custardoy, el artista que protagoniza una historia cruda en el final de la novela y sobre quien Deza ejerce la misma violencia que Tupra con de la Garza, aunque quizá en este caso tenga más justificación por la violencia machista que Custardoy ejerce sobre las mujeres. Interesante es también la relación de Deza con Luisa, su mujer, de quien está separado, y con sus hijos y que en la parte final del relato, junto con la muerte del padre, cobra un especial relieve narrativo. Del mismo modo, la peculiar relación “amorosa” de Deza con la joven Pérez Nuix es de gran interés. Con todo, la melancolía ante la cercanía de la muerte, la complicidad y la inteligencia de Wheeler, los diálogos, los temas de conversación entre él y Deza sea lo mejor de la novela junto al personaje del padre y la visión que este ofrece de la España de los años de hierro de la dictadura.

Es muy difícil, en una nota breve como por fuerza ha de ser una entrada de blog, tratar de una novela que es un universo narrativo en sí misma. Creo, con todo, que es lo mejor que he leído de Marías y creo también que Tu rostro mañana sea tal vez la mejor novela de los últimos treinta o cuarenta años escrita en lengua castellana (en el recuerdo, Antagonía de Luis Goytisolo). Como dice Mario Vargas Llosa, por fin Premio Nobel, la novela ha de mantener en todo momento el “poder de persuasión”, el hacer creer al lector que entra en un universo distinto del mundo en que todos vivimos y a fe que Marías lo consigue plenamente con una prosa de sintaxis poderosa, evocadora y de una riqueza inusual en el panorama narrativo actual, así que al terminar esta larga novela tiene uno la sensación de que las citas que aparecen en la faja que adorna la edición dicen verdades como puños y no te queda otra que compartirlas plenamente: “De lejos es el mejor prosista español actual... Un escritorazo”, dice Roberto Bolaño; “uno de los mejores escritores europeos contemporáneos”, asegura JM Coetzee; “entre quienes deberían recibir el Nobel, está Javier Marías”, concluye Orhan Pamuk. Que así sea y pronto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Pequeña cerrilidad pueblerina...


Hace unas semanas, el 20 de septiembre, dediqué una entrada a José Antonio Labordeta con motivo de su fallecimiento. Afirmaba en ella, traición inequívoca de la memoria, que su disco Cantar i callar lo editó “Edigsa, la de los cantautores catalanes”. He leído en estos días su libro Regular, gracias a dios. Memorias compartidas, tan estremecedor en lo que se refiere a la narración de los efectos de la devastadora enfermedad que acabó llevándoselo y tan tierno como nostálgico en la recreación de los recuerdos. Pues bien, cuando se refiere a la grabación y posterior salida a la venta de aquel disco escribe con cierta sorna el siguiente párrafo, tan elocuente, que copio aquí:

Tres hitos de la canción. Lo que había empezado siendo casi un juego se fue convirtiendo en un compromiso y para muchas personas en una necesidad. El EP de cuatro canciones se transformó en un LP diseñado por Gonzalo Tena, grabado en Barcelona y editado por Le Chant du Monde. Esto se hizo así porque Edigsa –discográfica que tenía el contrato- se negó a editarlo porque ellos eran catalanes y solo aceptaban canciones en catalán o en euskera. Los demás pasábamos a la historia. Lo que sucedió fue que el sello Le Chant tenía más prestigio por Europa, así que gracias a esa pequeña cerrilidad pueblerina, salí ganando. El disco llevaba por título Cantar i callar. De la i latina yo decía en broma que era que el título estaba en altoaragonés. Algunos se lo creyeron; otros se cabrearon.

De lejos viene, pues...