sábado, 23 de abril de 2016

Los libros son el camino que lleva a todas partes: Monique Lange, Jean Genet y Juan Goytisolo


Para Joaquim, lector como yo de Goytisolo en aquellos años; en la amistad.

El azar guía a veces nuestras lecturas de modo inesperado, así que un libro con el que no esperabas encontrarte te conduce a otro y este a uno posterior, enredándose todos en una maraña que pareciera no tener fin.



Paseaba, semanas atrás, por las calles del centro de Bruselas, cuando la curiosidad me llevó a entrar en la librería Pêle-Mêle, en el Boulevard Maurice Lemonnier, 55. Busqué la sección de libros en español y me encontré con uno que en su día se me pasó: Genet en el Raval, de Juan Goytisolo, publicado con mucho esmero por Galaxia Gutemberg. La edición lleva en la portada una espléndida fotografía en blanco y negro de un Genet joven aún.



Lo compré, a un precio muy asequible -con librerías como esta el que no lee en Bruselas es porque no quiere-, y empecé a leerlo en el aeropuerto de Lille, en el noroeste de Francia, donde la compañía aérea había desviado mi vuelo debido al atentado terrorista en el aeropuerto de Zaventem, en Bruselas, de donde hubiera debido partir de regreso a Barcelona.

Entre los textos recogidos en el libro del Círculo de lectores, figura el capítulo tercero, "El territorio del poeta", del texto autobiográfico En los reinos de taifa, publicado por Seix Barral, en Barcelona, en 1986; compré ese libro y lo leí de un tirón -casi debería escribir "devoré"- en aquel noviembre de hace ahora treinta años.




La misma tarde del día en que me reincorporé a mi trabajo, salí a ver libros en las librerías de lance de la zona de la calle Aribau de mi ciudad. Como si lo hubiera dispuesto así el azar, me encontré con un ejemplar, en buen estado, de la primera edición de Las casetas de baño, de Monique Lange, que publicó Seix Barral en febrero de 1983, en traducción de José María Arancibia y que fue un libro que, a pesar de ser citado por Goytisolo en su libro memorialístico (p.295), no despertó mi interés, sin que se me alcance del todo el porqué. Ni que decir tiene que lo compré y lo empecé a leer esa misma tarde. Acabé su lectura de madrugada, aprovechando que al día siguiente entraba algo más tarde al trabajo.



No había leído ninguno de los libros de Monique Lange y poco o nada sabía de ella como autora. Mi escaso conocimiento de su figura literaria y de su persona estaba mediatizado por lo que de ella, y de su relación con ella, contaba Goytisolo en sus libros, más allá del recuerdo de haber escuchado a Carmen Balcells en un programa de televisión decir que Monique Lange, por su trabajo en la Editorial Gallimard, era una de las personas más importantes e influyentes del mundo editorial en la Europa de aquellos años, los que transcurrieron entre la década de los cincuenta y de los setenta aproximadamente.


El libro me cautivó desde la primera página. Estructurado en treinta y siete capítulos breves, alguno de solo una página, está escrito con una economía expresiva sorprendente que dota al estilo de Lange de una modernidad asombrosa y de una fuerza literaria que me atrapó desde el mismo inicio de la narración. Aunque siempre estuve interesado en la visión de la relación Lange-Goytisolo desde el punto de vista de ella, ya que desde el lado del escritor tenía un conocimiento suficiente a través de lo que él mismo había contado, no sabía si la lectura del libro de Lange iba a saciar esa curiosidad intelectual mía -alejada en todo del morbo y centrada en lo complejo de la situación humana y afectiva que dicha relación planteaba- de modo suficiente. Me bastó la lectura de la primera página: "Estuvo allí (en el Sur) con el padre de su hija y luego con su marido" (p.9), para saber que el libro iba a responder sobradamente a mis expectativas.


Ese término, "marido", llamó poderosamente mi atención ya que salvo la expresión "su mujer", referida al "expatriado", alter ego del escritor, no recordaba que Goytisolo se refiriera a Lange en términos semejantes. La "joven mujer", protagonista en la que se proyecta la autora en su novela, es enviada a Roscoff, en la costa de Bretaña, convaleciente de una enfermedad, y se lamenta enseguida de que todos se vayan y la dejen: "La vida debe ser eso: acostumbrarse a que la gente te deje" (p.15). Con lo que el relato se instala desde el comienzo en la tristeza y la melancolía.


La "joven mujer" va refiriéndose, sin nombrarlo nunca, a Goytisolo: "Después de veinte años de vida en común, él le propuso casarse. Ninguno de los dos creía en el matrimonio (...) Se casaron un 17 de agosto" (p.25) -en su libro Goytisolo da la fecha exacta, el 17 de agosto de 1978-. Aunque la narradora del libro de Lange no nombre nunca a Goytisolo, como hemos dicho, y se refiera a él con el pronombre personal o con el grupo nominal "su marido", da pistas lo suficientemente elocuentes para que el lector sepa de quién está hablando y de qué relación personal está tratando. Veamos algunas de esas pistas.



La primera de ellas es la referencia a la muerte de Julia Gay, la madre de los Goytisolo, en el bombardeo por parte de la aviación italiana en la Barcelona en guerra de marzo de 1938: "fue yendo a buscar comida a Barcelona como su madre -de ojos azules como un lago soleado- murió en un bombardeo franquista" (p.26).


También constituye una pista clara el diálogo que alude al interés de Goytisolo por la cultura árabe: "- ¡Qué bien habla árabe su marido! -Es que le apasionan las lenguas" (p.44); o cuando la narradora dice: "No va a dar con otro español que lea el Corán, que tenga siempre un manual de gramática árabe en su mesilla de noche, que todos los domingos vaya al hamman de la mezquita, le guste el harira y escriba libros hermosos, cada vez más difíciles para los demás y para ella" (p.83).


Leyendo las páginas de Las casetas de baño, se advierte que la "joven mujer" vive el conflicto de un modo doloroso, con plena conciencia de que la situación que lo produce, las relaciones de "su marido" con hombres árabes, hace ese amor "imposible" (p.101), lo cual no es óbice para que la "joven mujer" y "su marido" se "quieran con un amor inmenso".

A la protagonista le llama la atención el hecho de que "su marido", "hijo de ricos españoles, solo haya podido llegar al fondo del amor uniéndose a hombres que tienen las manos destrozadas por la sociedad de la que él procede" y confiesa, en un tono en el que se advierte la crítica social, que el conocimiento de ello "le dolió enormemente", aunque le pareciera "grandioso y conforme a la moral de ambos" (p.54). Se queja a continuación de que a pesar de que "quiere desde el fondo de su corazón a esos humillados y oprimidos, ahora resulta que le quitan a su marido" (p.59). Todo ello lo dice tras la confesión de una infidelidad en la que "su marido" le confiesa que ha hecho el amor con un hombre argelino, casado y obrero que trabaja, al igual que su mujer, en una fábrica" (p.58). Qué hay de recreación literaria o de verdad en esto es ya difícil saberlo.


El rompimiento, en la novela de Lange, inevitable a pesar del esfuerzo por mantener la convivencia, se anuncia con una frase lapidaria: "tú estás yéndote todo el tiempo y Mao (su gato) no se va nunca". Las separaciones son cada vez más largas y más frecuentes. La distancia ahonda la sima y la sensación que tiene el lector -al menos el lector que yo soy- es que poco a poco, página a página, va imponiéndose el tono elegíaco y la narración se va convirtiendo en un largo lamento por la pérdida de un amor que las circunstancias convirtieron en imposible.


En su relato autobiográfico ya citado, incluye Goytisolo (p.238-242) el texto de la estremecedora carta en que confiesa a Monique la verdad de sus sentimientos. A esa carta, que la narradora del libro de Lange califica como "espléndida y desgarradora" y que considera como "un balance de su vida (la de "su marido")" (p.101), se hace alusión en Las casetas de baño a través de un par de citas entrecomilladas que no coinciden con el texto publicado por Goytisolo, aunque el espíritu que las anima sí sea el que se desprende del contenido de la carta del escritor. Al leer el texto de Goytisolo y compararlo con el de Lange, esas citas -"solo tú me ayudas a vivir" y "tienes que decidir tú"-, que supuestamente dice "su marido" a la "joven mujer", cobran un sentido muy triste que acaba invadiendo toda la narración de Monique Lange.


Han transcurrido treinta y dos años desde la publicación de Las casetas de baño, Goytisolo felizmente vive aún, Monique Lange murió en 1996, pero la sensación de que fue la suya una compleja, atormentada y hermosísima historia de amor se mantiene viva en las apasionantes páginas de su novela.

Como se enredan las cerezas en el cesto, así me ha ocurrido a mí con estos libros, de Genet en el Raval a Las casetas de baño, con una escala intermedia en la necesaria relectura de En los reinos de taifa. Al mismo tiempo, esas lecturas evocan las que en otro tiempo hice de las obras de Juan Goytisolo, apasionantes lecturas a las que me ha devuelto el azar del libro encontrado en Pêle-Mêle. Si como dice Monique Lange en su novela "los libros son el camino que lleva a todas partes", a mí estas lecturas entrecruzadas de las últimas semanas me han llevado a redactar esta evocación tardía de quienes ya no están.



Tanto Monique Lange como Juan Goytisolo confiesan en sus libros la importancia que para ambos tuvo la lectura de la obra literaria de Jean Genet así como el conocimiento de su persona. Lange es muy explícita acerca de esa importancia: "Se acuerda del corte que hubo en su vida al leer a Genet (sobre todo, Diario del ladrón). La hacía penetrar en un mundo que le estaría negado para siempre, pero que la situaba para siempre al otro lado. Hay una clase de belleza que debe dejarla a una maltrecha" (p.20) Bien sabía Lange que en ese mundo que a ella se le negaba, sería "su marido" quien acabaría instalándose y recorriendo los oscuros callejones de su laberinto.


Sobre la influencia de la persona y la obra de Jean Genet en la obra y en la manera de ser de Juan Goytisolo lo mejor es reproducir aquí las palabras de la contraportada de Genet en el Raval porque son un testimonio sobradamente elocuente. Escribe Goytisolo: "Si en mi juventud imité de modo más o menos consciente algunos modelos literarios europeos y americanos, él ha sido en verdad mi única influencia adulta en el plano estrictamente moral. Genet me enseñó a desprenderme poco a poco de mi vanidad primeriza, del oportunismo político, del deseo de figurar en la vida literario-social, para centrarme en algo más hondo y difícil: la conquista de una expresión literaria propia, mi autenticidad subjetiva."


Jean Genet, que había nacido en París en diciembre de 1910, moriría el 15 de abril de 1986, también de ello hace ahora treinta años, en la misma ciudad. Dejó profunda huella en Juan Goytisolo y en Monique Lange y en cuantos lo conocieron y lo trataron. No tuvo una vida fácil y, sin embargo, llegó a ser un autor universal y de referencia. Está enterrado en Larache y viendo la fotografía de su tumba, me vienen a la memoria los versos del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, los que tomó prestados Luis Cernuda para titular un libro suyo: "En donde esté una piedra solitaria / sin inscripción alguna, / donde habite el olvido, / allí estará mi tumba."



 Nota. Las fotografías que aparecen en la entrada están tomadas de las ediciones de los libros reseñados. Es del fotógrafo Ricardo Martín, la de Goytisolo en su estudio de la casa de Marrakech. Pertenece al diario El País la de Juan Goytisolo entrando en su casa de Marrakech. Procede de la revista Mercurio la de Goytisolo y Monique Lange en 1964. La de Julia Gay está tomada de la red. La de Monique Lange en el la solapa de la edición de Las casetas de baño es de Carole Lang, su hija. La de Juan Goytisolo de la solapa de En los reinos de taifa es de Néstor Almendros. La de las casetas del inicio es de un cuadro de casa de mis amigos J. y M.

martes, 12 de abril de 2016

Tanka del sueño


TANKA DEL SUEÑO

Es tregua el sueño
de las adversidades
y las tristezas
suspensión de la lucha
merecido descanso.


Nota. La foto que ilustra este tanka está tomada en Oostende, Bélgica, a finales de marzo de 2016. En el lugar que hoy ocupa esa suerte de hermosa palmera, había instalado un puesto de vigilancia alemán, con su ametralladora y el servidor, en mayo de 1940. Las fotografías que dan testimonio están situadas al pie de la barandilla del paseo. Aunque la invasión se produjo algunos kilómetros hacia el sur, en Normandía, esta costa estuvo muy vigilada durante la guerra. Las hojas de hierro de la palmera han sustituido a los cañones y a las armas, pero las imágenes impiden la desmemoria.

lunes, 4 de abril de 2016

Cervantes: por los pasos de la virtud



 Después de la victoria sobre el Caballero de los Espejos, que no es otro que el bachiller Sansón Carrasco, don Quijote y Sancho se encuentran en el camino con don Diego de Miranda, a quien don Quijote nombrará como el Caballero del Verde Gabán. Este caballero, "prototipo de persona discreta, instruida, acomodada, de buenas y sanas costumbres" -en palabras de Martín de Riquer-tiene un hijo de dieciocho años que, tras haber estudiado en Salamanca las lenguas latina y griega, en vez de proseguir sus estudios en Leyes o en Teología, decide seguir su inclinación hacia la poesía, lo que causa algún malestar en su padre. Mantiene don Diego un diálogo con don Quijote en el que este, lleno de cordura, reflexiona sobre la educación de los hijos con estas sabias palabras que hoy traigo aquí, a estas páginas volanderas:

Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida. A los padres toca encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia, no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso, y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y aunque la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee.

Ensalza don Quijote la poesía y dice que "está hecha de una alquimia de tal virtud que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio" y anima a don Diego a respetar la inclinación de su hijo por el arte de la versificación. Todo un ejemplo de admirable cordura.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Tanka de la despedida



TANKA DE LA DESPEDIDA
                      
Me despido así
una tarde de lluvia
triste contigo
encendida nostalgia
de terrazas vacías.

sábado, 19 de marzo de 2016

De San Agustín a Camilo José Cela: Dios y el tiempo



En el "Capítulo XIV" del "Libro Undécimo" de las Confesiones, en traducción del humanista, escritor y fraile agustino Ángel Custodio Vega, escribe san Agustín lo siguiente sobre el tema de la creación y el tiempo:
No hubo, pues, tiempo alguno en que tú no hicieses nada, puesto que el mismo tiempo es obra tuya. Más ningún tiempo te puede ser coeterno, porque tú eres permanente, y este, si permaneciese, no sería tiempo. ¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.
En 1999 publicó Camilo José Cela la que a la postre sería su última novela, Madera de boj. En ella, escribe Cela, de quien este año de 2016 se cumple el centenario de su nacimiento en Iria Flavia, sobre el tema de Dios y el tiempo, motivo de esta entrada de hoy:
La mar no se paró nunca desde que Dios inventó el tiempo hace ya todos los años del mundo, Dios inventó el mundo al mismo tiempo que el tiempo, el mundo no existía antes del tiempo, la mar no se cansa nunca, el tiempo no se cansa nunca, ni el mundo, que cada día es más viejo pero tampoco se cansa nunca, la mar se traga un barco o cien barcos, se lleva un marinero o cien marineros y sigue murmurando con su voz afónica, con su voz de borracho triste y pendenciero, amargo y peleón.
La personificación y la metáfora A de B, con su desgarradora enumeración, tiene el poder de evocar esas vidas en el tiempo, en el Finis Terrae, en la Costa da Morte, donde naufragan las embarcaciones a merced de Dios y el tiempo, que no tiene vuelta atrás, aunque se le trate con "inteligencia y cariño", como dice en un momento de la novela el narrador.
Nota. La cita del San Agustín procede de Confesiones, introducción de José Luis Aranguren y traducción y notas de Ángel Custodio Vega, Col. Bruguera Libro Clásico 159, Editorial Bruguera, Barcelona, marzo de 1984, 423 pp: cita de la pág. 328. La de Camilo José Cela de Madera de boj, Col. Espasa Narrativa, Editorial Espasa, Madrid, 1999, 323 pp.; cita de la pág. 13. La ilustración es un cuadro de Sandro Botticelli.

lunes, 1 de febrero de 2016

Tanka de la fe


TANKA DE LA FE

Ya no te pido
alguna señal Tuya
no como entonces
cuando mi fe anhelaba
poder hablarte un día.

Nota.  Escribí otros poemas relacionados con este tema que pueden leerse AQUÍ  y también AQUÍ.  La foto está tomada en Binibèquer Vell, Menorca, a principios de enero de 2016.

lunes, 25 de enero de 2016

La dignidad de la memoria: un encuentro con Alberto Ruiz-Borau

La mañana del sábado ocho de agosto de 2015 amaneció desapacible y fría después de semanas de calor despiadado. Bajo una llovizna monótona que dejaba una espesa neblina trepando por las laderas de las montañas, el coche circulaba por la autovía en dirección a Barcelona. Tomé el desvío de la A-23 que conduce a Huesca. Mi destino era San Mateo de Gállego y mi intención, conocer a Alberto Ruiz-Borau, el hijo del escritor aragonés José Ramón Arana.

Sabía que vivía en San Mateo porque se hizo una lectura de sus poemas en la biblioteca del pueblo. La amabilidad de los aragoneses se me mostró cordial una vez más. Cuando pregunté por Ruiz-Borau, me ayudaron a dar con él. Fue el editor de La Fragua del Trovador, con la mediación de la escritora María José Pellejero, quien facilitó el contacto telefónico. Llamé a Alberto y me citó en el bar El Puente.


Lo reconocí en cuanto entró, porque sus rasgos físicos me recordaron a los de su padre. Alberto Ruiz-Borau Gracia (Barcelona, 1928) es alto y delgado. Tiene el pelo blanco. Sus pómulos, acentuados por su delgadez, enmarcan como un paréntesis el bigote que siempre gastó. Tiene un hablar pausado y preciso. Mira con ojos escrutadores, como diseccionando a quien tiene enfrente. Al principio se muestra receloso, pero después hablamos casi dos horas.

Me disculpo por mi intromisión y le agradezco que me haya atendido. Le digo que estoy escribiendo sobre su padre y que me gustaría consultarle algunas dudas. Me dice que sobre su padre ya se sabe todo, pero muestra interés por las preguntas que le formulo desordenadamente, porque no era mi intención entrevistarlo, sino conocerlo. Le hablo de mis peripecias para encontrar la tumba de su padre cuando visité Monegrillo en 2001. Casi nadie conocía a un escritor del exilio llamado José Ramón Arana. Le pregunto si fue su padre quien decidió que en la lápida figurase su nombre real, José Ruiz Borau, sin ninguna alusión a aquel con el que firmó su obra literaria. Alberto cree recordar que fue la familia quien lo decidió y que de ninguno salió la idea de enterrarlo con otro nombre que no fuera el suyo.

Hablamos de una tarde de diciembre de 1972 en que su padre, que había regresado a España muy enfermo, visitó la tumba de su madre, Petra Borau Alcrudo, en el cementerio de Monegrillo, la misma que siete meses después iba a ser la suya. Me cuenta Alberto que su padre sufrió un desvanecimiento y empezó a encontrarse tan mal que tuvieron que ingresarlo en el hospital porque pensaban que se moría. Allí coincidieron Alberto y sus hermanos, hijos de Mercedes Gracia, con Federico Arana, hijo de María Dolores Arana y Veturián Arana, hijo de Elvira Godás.


Me intereso por don Ventura Ruiz Lara, el abuelo paterno que Alberto no conoció. Me dice que era maestro superior en Garrapinillos, pueblo donde nació su padre en marzo de 1905 y donde don Ventura vendría a morir en 1913, víctima de una tuberculosis intestinal que un familiar a quien cuidaban acabó contagiándole. Tenía dieciséis años de servicio cuando murió y le faltaban cuatro para devengar pensión, así que dejó a su viuda y a su hijo en un desamparo económico rayano en la pobreza. Doña Petra, su abuela, intentó cobrar el último sueldo de su marido, pero la maldad de algunos lo impidió. La anécdota, ejemplo de entereza y dignidad, la cuenta Alberto en su novela El año que perdí el otoño (La fragua del Trovador, 2007).

En mayo de 1973, ante la gravedad de la enfermedad de su padre, se decidió ingresarlo en la Clínica Quirón de Zaragoza para recibir un novedoso tratamiento contra el cáncer que padecía. Allí lo acompañaron y visitaron sus hijos, los primeros que tuvo, fruto de su matrimonio con Mercedes Gracia Argensó, con quien se casó en 1925, cuando Arana tenía veinte años: Alberto, Augusto, ya fallecido, Marisol y Rafael, quienes junto a Mercedes, la hija pequeña que nació en 1937 en Mequinenza y murió en Barcelona el 29 de enero de 1939 por la mezquindad de un médico que se negó a seguirla atendiendo, quedaron abandonados a su suerte en Barcelona al marchar su padre al exilio en Bayona en noviembre de 1938.

Le pregunto, en el límite de la confesión, si se reconcilió con su padre cuando regresó en 1972. Alberto no responde, pero hace algo parecido a un movimiento negativo con la cabeza o al menos así lo interpreto yo. Inquiero si sus padres se vieron entonces y la respuesta es la misma; sin embargo, añade, sentencioso, que en la vida nadie está libre de cometer un error, pero si es consciente del mismo, se debe rectificar y tratar de hacer las cosas bien. Le pregunto por su madre y me dice que falleció en enero de 1973, seis meses antes que su marido, y que está enterrada en Zaragoza.


Alberto habla de todo esto sin sombra de rencor en su voz, con sosiego. Una velada melancolía, con todo, entreveo en su mirada. Guarda silencio un instante y luego me dice que su padre hizo lo que le dio la gana sin calibrar el alcance de sus actos y sintió fuertes remordimientos por ello. Me cuenta que, pocos días antes de morir su padre, lo visitó a solas en su habitación de la Quirón. Arana estaba sumido en un duermevela que Alberto no quiso perturbar. Movido por la bondad, acarició su rostro un brevísimo instante. Su padre despertó, entreabrió los ojos y lo miró sin decir nada. Luego los cerró y Alberto vio dos lágrimas surcar las descarnadas mejillas de su decrépito rostro de moribundo.

Hablamos también de la obra literaria de su padre y señaló que el ciclo novelesco autobiográfico Por el desván de los recuerdos, era lo mejor que salió de su pluma. Alberto siente debilidad por el cuento “Torre de años” y me dice que otro le molestó y se lo podía haber ahorrado por las alusiones al pasado; no me dice el título, pero sí el nombre de la protagonista, Malva.


Antes de que pusiéramos fin a nuestra charla, me interesé por su obra literaria y especialmente por La piel de la serpiente. Mis intentos para hacerme con un ejemplar resultaron fallidos. No la había leído, pero conocía la historia que se narraba en sus páginas. Alberto me dijo, ignoro si con falsa modestia, que era un libro malo, porque se había implicado demasiado. La frase acrecentó mi interés por el libro. Me aclaró que las ediciones de sus libros las ha pagado de su bolsillo, porque si no tienes nombre, me dijo, es difícil publicar. La piel de la serpiente, sin ISBN, tuvo una edición del autor, en Zaragoza, en 2001. Más tarde se interesó por sus otras obras el editor de La Fragua del Trovador.

Al despedirnos, le acompaño a su casa y me regala tres libros. Además de los dos ya mencionados, Polvo de estrellas, su poemario, que es el que me dedica. Nos intercambiamos direcciones y nos despedimos. De regreso, mientras conduzco camino de Barcelona, voy pensando en la fuerte impresión que me ha causado Alberto Ruiz-Borau, que trasmina dignidad y decencia entreveradas con un bondadoso escepticismo que, como poso, le ha dejado el transcurrir de los años.

Ya en Barcelona, leo La piel de la serpiente dos veces seguidas. No doy crédito a lo que leo. Me cuesta reconocer a Arana, cuya obra he estudiado y editado, en la figura de Ramiro, el protagonista. Su deslealtad, la magnitud del engaño hacia Enriqueta, su mujer, y sus hijos, a quienes deja abandonados a su suerte en Monistrol primero y después en la Barcelona del final de la Guerra Civil, es de tal calibre que su comportamiento resulta injustificable; la figura de Arana-Ramiro sale seriamente dañada tras la lectura del libro. El final de la novela es de una tristeza devastadora. El narrador consigue ganar la afectividad del lector para con Enriqueta, Jaime y sus hermanos y Antonina, la madre de Ramiro, que se ven obligados a regresar a Zaragoza en un vagón de ganado.

La piel de la serpiente, novela en clave, merecería una buena edición. No comprendo cómo no se ha hecho aún. No creo que la literatura aragonesa esté en condiciones de echar en el olvido una novela tan interesante como La piel de la serpiente, que transcurre casi íntegramente en el Aragón de la Guerra Civil y en la que se habla del Consejo de Aragón, ya que Ramiro es consejero de Obras Públicas y Hacienda; además, se narra una historia familiar de hondo calado humano.

Cuando termino la lectura de la novela, escribo una carta a Alberto Ruiz-Borau para decirle la profunda impresión que me ha causado su libro y para agradecerle la enconada defensa de la dignidad de la memoria que atesoran sus páginas. Al cabo de unos días me contesta y me dice: “En otro orden de cosas, creo que algún día debería hacerse un homenaje a las mujeres republicanas que sacaron adelante a sus hijos, solas, en el ambiente hostil de una sociedad levítica, intolerante y rencorosa.” Hago mía, desde este artículo, esa propuesta de Ruiz-Borau.

Javier Quiñones
Barcelona, septiembre de 2015


Nota. Escribí recientemente en este blog acerca de Alberto Ruiz-Borau, de su poemario Polvo de estrellas; el lector interesado puede consultarlo AQUÍ. Agradezco a Antón Castro las facilidades para publicar este artículo (con otras ilustraciones) en el suplemento literario del Heraldo de Aragón, "Artes y Letras". El artículo fue publicado el 1 de octubre de 2015 a doble página, en la 3 y 4. 

domingo, 17 de enero de 2016

La ingratitud


Salía al camino con la mirada escrutadora de quien busca a alguien. Posaba en nosotros sus ojos de sombra con una fijeza inquietante. Precavido, no se acercaba; miraba desde lejos y luego se adentraba en la espesura que le servía de refugio. Supimos que era un perro abandonado desde la primera vez que lo vimos.

Fue una tarde de finales de julio. Un fordfiesta invadió el camino de ronda. El conductor, un hombre de unos treinta años, descendió del vehículo y nos preguntó si habíamos visto a un perro cuya descripción nos facilitó. Algo en su forma atropellada de hablar resultaba sospechoso. Daba la impresión de que ocultaba algo, pero no dijimos nada. Apenas un kilómetro después vimos al perro, cruce de collie y otra raza, acercándose a todo el que pasaba por allí.

Desde entonces, cuando volvemos al lugar, y lo hacemos a menudo porque es nuestra ruta habitual, lo vemos de nuevo. No se ha movido, casi cinco años después, de la misma zona, aunque las condiciones de vida a la intemperie sean muy duras, sobre todo en invierno.

Algunos días, cuando se nos acerca, nos parece advertir en su mirada, que ha ido apagándose al tiempo que se volvía desconfiada, melancólica y triste, la certeza de que ese can hermoso sabe que su dueño nunca volverá, pero también que su destino, como la voz callada del instinto, cobra sentido en esa espera inútil. Esa lealtad es la razón de su existencia y nunca desfallecerá en ella. Seguirá saliendo al camino, a pesar de la ingratitud. 



Nota. Las fotos están tomadas en el camino de ronda de Port de la Selva, en la comarca del Alt Empordà, Girona, 2015.

lunes, 4 de enero de 2016

Tanka de los libros



TANKA DE LOS LIBROS

Solo en los libros
laberintos de signos
busco refugio
contra el ruido y la furia
que me obseden y cercan.

Nota. La foto, tomada en un ventoso día de marzo de 2014, es del monasterio románico de Santa María de Vilabertrán, en la comarca del Alt Empordà, Girona. Cada verano acoge un festival dedicado a la música de Schubert, la Schubertiada.

jueves, 31 de diciembre de 2015

¡Feliz 2016!


Con esta imagen de la iglesia de Valverde del Fresno, entrañable lugar al que me siento muy ligado, quiero desear a todos los que os asomáis a estas páginas volanderas de literatura y vida que acaban de cumplir siete años, felicidad, bienestar y alegría en el año nuevo que está a punto de comenzar.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Un lago de clara mansedumbre: ¡Feliz Navidad!


Con este fragmento del poema de Leopoldo Panero "El templo vacío", perteneciente al libro Escrito a cada instante (1949), quiero felicitar, un año más, la Navidad a quienes pasáis por aquí con alguna frecuencia y a los que no lo hacéis, también. 

EL TEMPLO VACÍO (fragmento)

Soy el huésped del tiempo; soy, Señor, caminante
que se borra en el bosque y en la sombra tropieza,
tapado por la nieve lenta de cada instante,
mientras busco el camino que no acaba ni empieza.

Soy el hombre desnudo. Soy el que nada tiene.
Soy siempre el arrojado del propio paraíso.
Soy el que tiene frío de sí mismo. El que viene
cargado con el peso de todo lo que quiso.

Lo mejor de mi vida es el dolor. ¡Oh lumbre
seca de la materia! ¡Oh racimo estrujado!
Haz de mi pecho un lago de clara mansedumbre.
¡Señor, Señor! Desata mi cuerpo maniatado.

Nota. Cito el poema de Memoria del corazón (Antología poética), selección y prólogo de José Cereijo, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2009, cita de las páginas 82-83. La ilustración de la entrada es una reproducción de "La Sagrada Familia" de El Greco, cuadro pintado entre 1586 y 1588. Está en el Museo de Santa Cruz, de Toledo. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

Tanka de lo eterno


TANKA DE LO ETERNO

Vasto silencio
el viento en los olivos
gime y suspira
mi corazón se asombra
trémulo ante lo eterno.

Nota. Los olivos pertenecen a los campos que rodean San Martín de Trevejo, en Sierra de Gata. Tomé la foto en diciembre de 2013.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Pérez Galdós: "...por indecente"


Leyendo la novela Tormento, de don Benito Pérez Galdós, me doy de bruces con el adjetivo de la polémica y de la discordia. La familia Bringas se ha cambiado de domicilio al inicio de la novela y nos encontramos a don Francisco decorando una de las paredes de la sala con ciertas dudas acerca de dónde colgar los cuadros; esta es la escena:

A pesar de la superioridad del criterio decorativo de Bringas, este no se fiaba de sí mismo, y quería consultar con su mujer peliagudos problemas.
   - Rosalía..., ven acá, hija... A ver dónde te parece que coloque estos cuadros. Creo que el Cristo de la Caña debe ir al centro.
   - Poco a poco: al centro va el retrato de Su Majestad...
   - Es verdad. Vamos a ello.
   - Se me figura que Su Majestad está muy caída. levántala un poquito, un par de dedos.
    - ¿Así?
    - Bien.
    - ¿En dónde pongo a O'Donnell?
    - A ese le pondría yo en otra parte... por indecente.
    - ¡Mujer...!

Como puede advertirse, Rosalía, la mujer de Bringas, da prioridad al retrato de "Su Majestad", esto es, Isabel II, frente a la imagen de Jesús durante la Pasión. No debe pasarse por alto la ironía, o si se quiere la anfibología, de la oración "Su Majestad está muy caída", sobre todo si se tiene en cuenta la inminencia de la revolución de 1868, la que en tiempo de Galdós se llamaba "La Gloriosa". Pero hay que detenerse en por qué llama la de Bringas "indecente" al general Leopoldo O'Donnell. Mejor, en vez de explicarlo yo mismo, que reproduzca la nota a pie de página de la edición de Vicens Vives preparada por Teresa Barjau y Joaquim Parellada que ya fue motivo de una entrada anterior en este blog; dice así:

El general Leopoldo O'Donnell, líder de la Unión Liberal, fue uno de los dos jefes de gobierno que se alternaron en el poder durante el reinado de Isabel II. Al calificarlo de indecente, Rosalía repite la opinión de la reina Isabel II y de su camarilla, con quienes tanto se identifica. O'Donnell perdió el favor real en julio de 1866 tras dirigir la represión de la insurrección popular que siguió al motín de San Gil. Pese a que el general mostró una gran dureza con los rebeldes, Isabel II juzgó que la represión había sido insuficiente, así que apartó a O'Donnell del gobierno. El general murió al año siguiente, el 5 de noviembre, pocos días antes de que los Bringas se mudaran a la Costanilla de los Ángeles.

Sin comentarios. 

Nota. Ya se ve que el uso del adjetivo de la discordia tiene antecedentes regios y literarios ilustres. Si en el caso que nos ocupa fue la reina quién juzgó y decidió, que sean ahora los ciudadanos quienes lo hagan con su voto. Al hilo de la definición que da el diccionario de la RAE, acepción 4, del adjetivo decente -"digno, que obra dignamente"-, me pregunto si recortar a más de la mitad la ayuda a los dependientes es un acto decente, y por consiguiente digno, o más bien un acto al que habría que poner el prefijo negativo "in-" a los adjetivos de marras para calificarlo. Que juzgue cada cual. Me gustaría recordar, finalmente, la figura del expresident Pujol, asomado al balcón del Palau de la Generalitat, sede del gobierno autonómico, en la Plaza de Sant Jaume" de Barcelona, vociferando, al calor del caso Banca Catalana, la histórica frase: "el govern ha fet una jugada indigne" ["el gobierno (socialista) ha hecho una jugada indigna" (indecente)]; no sé si con lo que ha ocurrido recientemente, esta rotunda afirmación del expresident se sostiene; en cualquier caso, nadie se rasgó las vestiduras entonces.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Ediciones

 
 
Max Aub: Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico.
Presentación de Francisco Ayala. Selección y prólogo de Javier Quiñones. Col. Alba Literaria nº 8. Editorial Alba, Barcelona, 1995, 499 pp.
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Max Aub: Aforismos en el laberinto
Prólogo de José Antonio Marina. Edición, introducción y selección de Javier Quiñones.
Col. Aforismos nº 30, Editorial EDHASA, Barcelona 2003, 181 pp.
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Varios autores: Solo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español.
Edición, selección y prólogo de Javier Quiñones. Col. Reloj de arena nº 15, Editorial Menoscuarto, Palencia, 2006, 324  pp.
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Max Aub: Todo es vida. Elogios y alabanzas.
Edición, selección y prólogo de Javier Quiñones. Fundación Max Aub, Segorbe, Castellón, 2009, 84 pp.
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viernes, 11 de diciembre de 2015

Fátima Mernissi: aforismos

 


[1] No hay que admitir nunca la superioridad masculina, porque es absurda y absolutamente antimusulmana: Alá nos hizo a todos iguales.

[2] Hay que aprender a gritar y a protestar, del mismo modo que se aprende a caminar y a hablar. Llorar cuando te ofenden es como pedir más.

[3] ¿Somos musulmanas o no? Si lo somos, todo el mundo es igual. Alá así lo dijo. Y lo mismo predicó Su profeta. Nunca hay que aceptar la desigualdad, porque no es lógica.

[4] Todos los seres humanos son iguales, sin que importe el dinero que tengan, su origen, el lugar que ocupen en la jerarquía, ni cuáles sean su idioma y su religión. Si se tienen dos ojos, una nariz, dos piernas y dos manos, entonces uno es igual que todos los demás. 

[5] Cuando vas a emprender una aventura, no tienes que considerar el principio sino el final. Así que cuando te entren deseos de volar, piensa cómo y dónde acabarás.

[6] Una persona es feliz cuando se siente bien, alegre, creadora, satisfecha, amorosa, amada y libre. Una persona infeliz tiene la sensación de que existen barreras que aplastan los deseos y talentos que posee.

[7] Los sueños pueden cambiar la vida y, a la larga, el mundo.

[8] La peor de las prisiones es la que uno mismo se crea.

[9] Las vidas de las feministas parecían tratar todas de luchas y matrimonios desgraciados, nunca de momentos felices, noches maravillosas o lo que fuera que les diese fuerza para seguir adelante. Si alguna vez dirigía alguna batalla por la liberación de la mujer, no olvidaría la sensualidad. ¿Para qué rebelarse y cambiar el mundo si no puedes conseguir lo que le falta a tu vida? Y lo que le falta más claramente a nuestras vidas es amor y lujuria. ¿Por qué organizar una revolución si el nuevo mundo va a ser un desierto emocional?

[10] Es cierto que si no posees el poder, un simple sueño no transforma el mundo ni hace desaparecer los muros, pero te ayuda a conservar la dignidad.

Nota. Hace unos días falleció Fátima Mernissi. Sueños en el umbral, libro editado por Muchnik Editores en marzo de 1995, en traducción del inglés de Ángela Pérez, es una de las memorias de infancia más hermosas que he leído y desde luego, ni por su estilo ni por su contenido, el libro dejará indiferente al lector que se acerque a él. En este tiempo en que la tolerancia, pero también la lucidez, la claridad de ideas y la valentía, son tan necesarias, dejo aquí como homenaje  a la mujer y a la escritora estos aforismos intratextuales, todos ellos pertenecientes al libro mencionado. Me uno al dolor de sus familiares y amigos. Descanse en paz.

martes, 1 de diciembre de 2015

El bien y la bondad


A Leonardo, con el paso de los años, parece que se le acaban los calificativos para condenar la violencia. Ya no sabe qué decirles a sus jóvenes alumnos ante la abrumadora presencia del mal, del sinsentido del mal, que solo engendra violencia y más violencia. Es como si las palabras utilizadas tantas veces para condenarla hubieran perdido ya su sentido, su fuerza, como si no sirvieran para nada. Pero escarba en sus libros, lee, relee y busca textos que afirmen y justifiquen que el bien existe y la bondad también, que no todo está perdido, que somos capaces de lo peor, pero también de lo mejor. De modo que aquella mañana de otoño, cuando aún estaba vivo el rescoldo del dolor por la muerte de tantos seres inocentes, puso en su cartera un libro voluminoso, Vida y destino, del escritor ruso Vasili Grossman, y se dirigió a clase como cada lunes. Al empezar, sus alumnos esperaban con los ojos velados aún por el sueño, sus palabras sobre lo ocurrido aquel fin de semana. Leonardo, sin previo aviso, sacó el libro de su cartera y se dispuso a leer:

El bien no está en la naturaleza, tampoco en los sermones de los maestros religiosos ni de los profetas, no está en las doctrinas de los grandes sociólogos y líderes populares, no está en la ética de los filósofos. Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto vive; aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo. Al final del día prefieren el calor del hogar a encender hogueras en las plazas.

Así, además de ese bien grande y amenazador, existe también la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da de beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad de los jóvenes que se apiadan de los ancianos, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío. Es la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de prisioneros y reclusos, con cuyas ideas no congenia, a sus madres y mujeres.

Es la bondad particular de un individuo hacia otro, es una bondad sin testigos, pequeña, sin ideología. Podríamos denominarla bondad sin sentido. La bondad de los hombres al margen del bien religioso y social.

"Lo que cuenta, pues -dice Leonardo-, lo único que se me ocurre recomendarles, es que hagan el bien -recuerden que para Sócrates el bien es un estado del alma-, por pequeño que sea su alcance, hagan el bien, cada uno en lo suyo y eviten el mal, que nos ahoga y nos desborda, que nos deja el corazón frío, como las estrellas que tiritan en el cielo en una noche de invierno; recuerden también que Vida y destino, una gran novela, se centra en la batalla de Stalingrado, la más sangrienta y dura de las acaecidas durante la Segunda Guerra Mundial, en la que la mortandad fue altísima, no lo olviden."

Nota. Cité el libro de Grossman,  Vida y destino, en marzo de 2009, en otra entrada que ahora enlazo para quien esté interesado. La fotografía está tomada en la Capella de la Escola Industrial de Barcelona.