viernes, 17 de abril de 2015

Leopoldo de Luis: A nadie importa, pero es mío este muerto



En 1954, en Melilla, en la colección de libros breves "Mirto y laurel", publicó Leopoldo Urrutia de Luis un libro de tono elegíaco titulado El padre, dedicado a la muerte de su padre, Alejandro Urrutia, acaecida poco tiempo antes. De ese libro seleccionó el autor algunos poemas para la antología titulada Poesía 1946-1968, publicada en la colección "Selecciones de Poesía Española" de la Editorial Plaza y Janés, en Barcelona, en 1968, con un texto de Vicente Aleixandre, "Encuentro con Leopoldo de Luis", y un prólogo de Ramón de Garciasol. Entre esos poemas está el estremecedor soneto, que traigo a estas páginas, "Muerto mío".



En la edición del diario El País del sábado 21 de febrero de 2015, publicó Manuel Jabois un reportaje, bajo el título de "El padre secreto de Umbral", en el que desvelaba, al hilo de la biografía de Umbral publicada por Anna Caballé, que Leopoldo Urrutia de Luis y Francisco Umbral eran hermanos por parte de padre. Así, el soneto del que hablo era, de algún modo secreto que tal vez el autor ni siquiera sospechó y que no conoció hasta muchos años después, un soneto compartido:

MUERTO MÍO

La guerra, el hambre, el odio... Día a día
¿cuánta carne de muerto no devora
la vida, cuánta lumbre, cuánta aurora
no ciega el ala de la tarde fría?

Y sigue tercamente la porfía:
canta para olvidar la vida, y hora
tras hora va la mano leñadora
talando rama a rama la alegría.

Se oye el golpe en el tronco. Cae la rama.
El mar continuo de la vida brama.
Ya sé que a nadie importa, pero es mío

este muerto. Me duele. Lo levanto
a hombros, con esfuerzo, sobre el llanto,
y mi sangre lo lleva en su hondo río.


En otro poema del mismo libro y de la misma antología, "La imposible vuelta", el poeta dialoga con el padre ausente y le dice que si quisiera volver, vería "todo en el aire inmóvil del recuerdo"; le dice también que está junto a la ventana, en ese estrecho rincón que conoce, y que está escribiendo esos "prosaicos versos tan sencillos como si hubiera vuelto". Le hace saber, en fin, que es ocho de abril y que "la tarde, alondra herida por el cielo, como un dolor antiguo va sangrando lentamente".

Cuenta en su reportaje Manuel Jabois que Umbral, cuando murió Leopoldo de Luis el 20 de noviembre de 2005, acudió al tanatorio y pidió a Jorge Urrutia, el hijo del poeta, que le dejara a solas con su padre. Nunca sabremos qué le dijo, o qué pensó, Umbral a su hermano por parte de padre en ese momento, pero tal vez en lo más íntimo de su corazón recordaría en ese momento los versos que Leopoldo escribió a la muerte del padre común de ambos: "Ya sé que a nadie importa, pero es mío este muerto." 

jueves, 9 de abril de 2015

Josefina Aldecoa, el cielo de los libres


Me propongo en esta entrada, y en otras posteriores, recuperar lo que escribí en su día sobre la obra literaria de Josefina Aldecoa, a quien ya dediqué una entrada con motivo de su fallecimiento en la que recogía un comentario a su libro de memorias En la distancia (quien lo desee, puede leerlo AQUÍ). Quiero compartir, con quienes visiten estas páginas de literatura y vida, mis impresiones de lector de la obra de esta importante escritora de la generación del medio siglo, que nos dejó en el mes de marzo de 2011.
                       
                            
 EL  CIELO  DE  LOS  LIBRES


Cerca del cielo de los libres es un verso perteneciente a un poema de juventud de Daniel Rivera, poeta y profesor universitario, protagonista, junto a Teresa y Berta de la última entrega novelística de Josefina Aldecoa, El enigma, e ilustra uno de los aspectos claves de la obra, la búsqueda de la libertad personal: "Por primera vez, ¿en siglos?, se sentía libre. Pensó que del otro lado del océano había quedado una vida, la suya, anclada en la rutina y el aburrimiento y el desasosiego". Esa vida rutinaria, mediocre y convencional a la que se refiere el narrador -externo, de tipo omnisciente-, es la de Daniel Rivera junto a Berta, la mujer con la que está casado y ha tenido dos hijos. A lo largo de la novela, el lector asiste al continuo desencuentro y al abismo existente entre las personalidades, las actitudes y los intereses de ambos. En los muchos rasgos negativos acumulados en el personaje de Berta, en su mentalidad conservadora y reaccionaria, nos parece advertir un eco lejano de la Menchu de Cinco horas con Mario; los reproches hacia la tarea intelectual y literaria de Daniel, los continuos acicates para mejorar la situación económica de la familia, evocan en el lector la mediocridad que caracteriza al personaje de Delibes.


La insatisfacción, el vacío, la desolación infinita y color gris rodean, nos dice el narrador, la vida de Daniel Rivera junto a Berta. Durante su estancia en una universidad americana como profesor invitado parece tomar conciencia "de que en algún punto del camino se había equivocado y ya para siempre sería víctima de ese error." Pero el azar le tiene reservada una sorpresa con nombre de mujer, Teresa. Junto a ella vivirá una historia de amor que es el contrapunto a su relación con Berta. Teresa es el polo opuesto de Berta. Comparte con Daniel las inquietudes intelectuales y el gusto por la literatura y la escritura, "le elevaba hacia un mundo en el que la inteligencia, la sensibilidad eran lo más valioso". Es un mujer libre, culta e inteligente, que también se refugia en la misma universidad, huyendo y "dejando atrás un matrimonio fracasado". El amor surge enseguida entre ellos y se hace más y más profundo con el paso de los días. La lejanía y el extrañamiento del campus universitario, espacio en cierto sentido fuera de la realidad, propicia la ausencia casi total de obstáculos para esta relación que abarca la primera parte de la novela. El teléfono, único vínculo con el pasado, es la ventana abierta a través de la cual, a partir de breves retazos de conversaciones, Berta asoma su mediocridad como la sombra única que nubla el cielo libre recién conquistado de los amantes.


No es la primera vez que en la reciente narrativa española el mundo de la universidad y de los profesores universitarios sirve de motivo literario; existe ya cierta tradición y podría hablarse casi de un subgénero narrativo; pensamos, por ejemplo en la novela de Ramón Carnicer También murió Manceñido, en La isla de los jacintos cortados, de Gonzalo Torrente Ballester, en Todas las almas, de Javier Marías, o, en buena medida, en Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina, entre otras.



Teresa está escribiendo un libro sobre las relaciones de pareja, centrado en la historia amorosa de algunos personajes célebres, y ése es uno de los puntos fundamentales de esta novela que supone una descarnada y sincera indagación en el mundo de las relaciones de pareja: "Las parejas. Qué extraña relación, la más vieja del mundo." La historia de amor de Teresa y Daniel, así como la conflictiva vida matrimonial de éste con Berta son el contrapunto a las historias del libro que escribe Teresa; de modo que asistimos a dos aspectos de una misma cuestión, el de la reflexión intelectual sobre las relaciones amorosas y el de la vivencia de dos historias de amor que se entrecruzan y pivotan en el personaje de Daniel.

La indagación de Teresa, y de hecho la novela toda, intenta responder al enigma que supone el hecho de que la relación amorosa entre personas perdure en el tiempo: "¿Por qué en algunos casos la relación entre iguales superiores funcionaba y en otros no? ¿Por qué?... Era un enigma." Quizá se desprende del libro que la libertad personal, la autenticidad y la sinceridad son imprescindibles para que una relación sea estable y duradera. Desde que se acaba el cuatrimestre y con él la estancia de Daniel en América, es decir, en la segunda parte de la novela, la relación con Teresa, al chocar con la realidad y quedar condicionada por la ausencia y la distancia, empieza a ser conflictiva. Daniel no es capaz de enfrentarse a la situación y tratar de poner una solución. En el fondo, empieza a cuestionarse la oportunidad de esa relación: "¿Por qué Teresa había aparecido en su camino cuando ya su vida estaba anclada en un punto de no retorno?" Ella le reprocha que no sepa tomar una decisión e hipoteque su vida. Daniel se resiste al divorcio y a abandonar a Berta y a sus hijos. A pesar de los encuentros breves, unos días en Menorca y un verano en Asturias, Daniel no da el paso y el amor con Teresa atraviesa por momentos muy difíciles. Todo apunta hacia un final descorazonador que oculta los sueños en un oscuro camino de sombras y sumerge al personaje en un pozo de mediocridad y frustración al que le ha llevado su carácter irresoluto, su cobardía y el miedo a afrontar su propio fracaso. Daniel renuncia a la libertad y tal vez también a la felicidad.

La rememoración del pasado, tema frecuente en la narrativa de Josefina Aldecoa, se ciñe aquí al mundo de la infancia de los personajes, que es evocado y recuperado en las conversaciones entre Teresa y Daniel. Julia, personaje de La enredadera, decía: "todo se fragua en la infancia, todo se arrastra desde la infancia"; parece, pues, en esta historia -y en varios de los cuentos de su libro Fiebre-, volver Aldecoa al mundo de las novelas anteriores a la trilogía iniciada por Historia de una maestra. El enigma insiste en la preocupación de la autora por la complejidad de las relaciones humanas, por las renuncias y los desencuentros, por la soledad y el desamparo, por la búsqueda de la libertad personal y de un territorio de luz no gastada.

La novela está ambientada a finales de los ochenta, en la época de los gobiernos socialistas. Estructurada en fragmentos breves, a veces simples retazos de conversaciones telefónicas, posee una indudable agilidad y un lenguaje directo que resulta muy eficaz en este tipo de relato. Madrid, Nueva York, Menorca y Asturias son los escenarios para esta historia de soledades compartidas, que despertará, seguro, el interés de los lectores.


NotaEsta reseña, “El cielo de los libres. El enigma, de Josefina Aldecoa”, fue publicada en la revista de literatura Quimera, Barcelona, nº 220, septiembre de 2002, pp. 70-71.

sábado, 28 de marzo de 2015

Unamuno: los hunos y los hotros


Estremece volver a leer este libro, que no pudo llegar a ser, de Miguel de Unamuno. Releyendo sus notas manuscritas, la transcripción de esos apuntes y la glosa y el brillante estudio de Carlos Feal, se llega a la conclusión de que, de haber podido el escritor desarrollarlo, hubiera sido uno de los sus libros más clarividentes y estremecedores. Pero no pudo ser, quedaron los apuntes que editó Alianza Tres en su día, 1991, pero no el libro que hubiera escrito Unamuno. 

Traigo aquí, como ejemplo, estas luminosas palabras del escritor vasco glosadas por Feal:

Unamuno considera un atentado contra la unidad nacional el deseo de destruir materialmente al enemigo. Ya que la vida humana es conflicto, lucha íntima o de unos con otros, exige la permanencia o actividad de los rivales, sean éstos aspectos contradictorios de uno mismo o individuos diferentes. Aniquilar al otro equivale a la propia aniquilación, a dejar de ser uno para transformarse en "huno", generador implacable de un "hotro"; esto es, incapaz de verse a sí mismo como otro: "No son unos españoles contra otros -no hay Anti España- sino toda España -escribe Unamuno-, una, contra sí misma. Suicidio colectivo".  

domingo, 22 de marzo de 2015

Días y Noches: derrota y exilio de Justo García Valle


"A veces tengo la sensación de que soy un lector olvidadizo, descuidado, poco constante, que no presta la debida atención a los libros que lee. ¿No les pasa a ustedes lo mismo? - Leonardo preguntó a sus alumnos, los mayores de entre aquellos a quienes imparte docencia, en la certeza de que nadie respondería a su extraña pregunta formulada en su no menos extraño inicio de clase de aquel lunes frío y lluvioso de febrero-. Puede que haya libros que no se leen en el momento adecuado, no lo sé."

"Leí Días y Noches en el verano de 2001. A pesar de ser una novela excelente, no la supe valorar lo suficiente en aquella primera lectura. Eso ocurre a veces con algunos libros, con los que tienes la sensación de que no los lees en el momento adecuado y de que no les prestas, así, la atención que se merecen. Luego, las circunstancias o el azar, vayan ustedes a saber, hacen que los vuelvas a leer y entonces una de dos: o se reafirma la primera mala impresión, o la valoración cambia diametralmente y se da uno cuenta de su precipitación al juzgar el libro y su consideración hacia él cambia de medio a medio. Eso es lo que me ha ocurrido a mí con este libro, releído catorce años después, cuyo título procede de un romance de los del ciclo de El Cid: "caminan días y noches / con camino apresurado."

"La portada reproduce -siguió diciendo Leonardo- un cuadro del pintor Ramón Gaya, titulado Veracruz, 1949. El libro es un diario escrito por un tal Justo García Valle, un joven combatiente republicano que en la retirada abandona España por Molló y el Col d'Ares y va a parar al pueblo francés de Prats de Molló. Luego, en una serie de duras peripecias es recluido en el campo de concentración de Saint Cyprien. Más tarde, consigue dejar el campo y llegar a París. Después de un tiempo, con la ayuda de un personaje llamado Lechner, una estupenda creación novelesca, consigue que el SERE, el servicio de ayuda a los refugiados republicanos auspiciado por el expresidente Negrín con el respaldo del PCE, lo incluya en las listas del Sinaia junto a su amigo, barco que finalmente zarpó de Sète con destino a México llevando a bordo a mil quinientos republicanos. El diario va anotando, en una prosa certera y expresiva, todas las vivencias del personaje en este trayecto. Observen estas citas que les voy a leer de la narración de Justo García Valle -Leonardo cogió el libro de su mesa de profesor y con voz alta y clara, con la debida lentitud, leyó los siguientes fragmentos a sus alumnos mientras no se oía una mosca en clase-:

Sobre la pérdida de la Guerra, p.143

No fue lo peor el cansancio, el frío y el hambre. Lo más inhumano fue y es, en mi modesta opinión, nuestra propia desmoralización, pues a nadie le cabe en la cabeza que, siendo nosotros los mejores y los más numerosas, hayamos perdido la guerra. Nosotros teníamos la razón y detrás a todo el pueblo, y nos han destruido. Nos obligaron a hacer una guerra que no queríamos y que ellos empezaron. Eso es así. Pero al mismo tiempo se siente uno culpable por no haberlo dado todo.

Sobre las desigualdades en la derrota, p.183

Ya han salido de Francia, con dinero del gobierno español, muchos refugiados, en su mayor parte peces gordos. Encuentro eso injusto. Hasta que perdimos la guerra era natural que existieran las jerarquías y los grados. No todos podíamos ser iguales. No es lo mismo un sargento que un coronel. Pero hemos perdido la guerra. El general y el miliciano, el ministro y el obrero, el secretario general y el último de los afiliados son ya lo mismo; entonces, ¿por qué nuestro gobierno en el exilio favorece a unos más que a otros? Los comunistas son los que mejor parados están saliendo, no se sabe cómo lo consiguen siempre. A muchos de ellos se los llevan a Rusia.

Sobre la muerte del padre, p.204

He recibido carta de casa. Padre ha muerto en la enfermería de Porlier. Ha sido como una puñalada en el corazón. Noto aún la hoja de torvo acero clavada aquí. Padre mío... Allí, como un perro, en la enfermería de una cárcel, tú, que jamás hiciste daño a nadie, al contrario, que dedicaste tu vida a los demás.

Sobre el distanciamiento de la política. En el barco, p.238

Hoy hubo una discusión sobre Prieto y Largo Caballero en la que intervinieron algunos compañeros y algunos comunistas. Se lanzaron acusaciones muy fuertes. Me pasa con la política lo que me ha pasado con la baraja. Mientras viva seré socialista, pero no quiero volver a oír hablar de algunos asuntos en mucho tiempo.

"¿Es real ese diario o es una invención del autor? -preguntó una muchacha a quien interesaba de verdad la literatura-. Créame -respondió Leonardo- que eso importa poco, lo que cuenta es que el relato sea verosímil y se ajuste a la verdad histórica de la materia que se narra y en este caso puedo decirle que esa máxima cervantina se cumple con creces. Pero si no queda contenta con la respuesta, le diré que el autor recurre a la técnica del manuscrito encontrado, la misma que empleó don Miguel de Unamuno en la novela que les propuse leer el curso pasado, San Manuel Bueno, mártir. El autor dice haber encontrado el manuscrito del diario en la biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias, ligada al PSOE y dirigida por Alfonso Guerra, que atesora un importante fondo documental sobre la Guerra Civil y el exilio republicano. Seguro que si va allí a preguntar por el manuscrito de Justo García no lo encontrará, o tal vez, sí, ¿quién sabe dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción?"

De nuevo, como en otras ocasiones, Leonardo terminó su clase con una pregunta sin respuesta, mientras en los cristales de la clase resbalaban lentamente las gotas de lluvia de aquel frío lunes de febrero.

martes, 10 de marzo de 2015

Caminos del exilio: Cantallops / y 2


Mientras el coche circulaba por la escarpada ladera, por una pista forestal más apropiada para un jeep que para un turismo, con un suelo irregular que se iba empapando con la lluvia que caía mansamente, salpicado de piedras y con badenes considerables en algunos tramos, pensaba en qué podía haber impulsado a aquellas personas a elegir este camino para llegar al paso fronterizo, a unos doce kilómetros aproximadamente de Cantallops, aunque tal vez fuera el colapso producido en el paso de Le Perthus lo que les empujara a buscar caminos alternativos aunque fuese a través de las montañas. 


La ascensión a pie, y cargados de bártulos, no sería fácil para quienes optaron por seguir esta ruta para dejar España. Detuvimos el coche en lo alto del collado para contemplar el paisaje de la plana del Ampurdán, que se dejaba acariciar por el sosiego de la lluvia. Llegamos, trabajosamente, a la cima, lugar donde la pendiente se suavizaba, y allí seguimos la ruta hacia el Castillo de Requesens, nuestro lugar de destino.


Conforme nos adentrábamos y nos acercábamos a la fortaleza, el camino estaba en peor estado. Los encinares se mezclaban con otras especies de árboles en un peculiar batiburrillo. Luego supimos que el bosque había sido sometido a una deforestación salvaje, lo que había conllevado que la repoblación, ignoro si natural o planificada, diera esa mezcolanza de especies. 



El edificio de la aserradera, casi al pie del castillo, apenas resiste la ruina del tiempo. Las madreselvas ocultan los muros, pero aquí se tallaron árboles centenarios sin el menor escrúpulo durante años. Hoy todo lleva la huella del tiempo impresa, como de algo perteneciente a un pasado de cierto esplendor que ya nunca volverá.



El último kilómetro, hasta el fuerte, es de un pronunciado desnivel y el estado del camino empeora notablemente. No obstante, subimos en el coche, que tuvo que trabajar lo suyo. En aquel febrero de 1939, quienes llegaran hasta aquí, lo harían a pie y buscarían refugio en el castillo para guarecerse tal vez de la lluvia y buscar amparo para pasar la noche en sus estancias semiderruidas, ya que fue saqueado por los anarquistas al inicio de la revolución en julio de 1936.




El castillo fue ocupado por los militares tras el final de la Guerra Civil y fue un destacamento para luchar contra el maquis y de vigilancia de los numerosos pasos fronterizos que existen a lo largo de la sierra de las Alberas. Fue, así, el castillo, un cuartel y los militares que lo ocuparon acondicionaron las estancias a sus necesidades y edificaron un hospital intramuros del castillo, del que hoy se puede ver aún el símbolo de sanidad. 



Algunos dicen que destrozaron la rehabilitación que se había llevado a cabo unos años antes, de la cual todavía quedan restos, como estas baldosas con el emblema bien conservado. Pero sea como fuere, el castillo entró en una decadencia que hoy se ha frenado en parte, pero solo en parte.










Desde las almenas, si se mira al frente, se ve la tierra francesa, la que acogería a los refugiados que atravesaron la frontera por allí, un lugar escarpado e inhóspito, tanto a un lado de la frontera como al otro. 




Si se mira por la otra vertiente de la ladera, se advierte la plana del Ampurdán desdibujándose a lo lejos. 




Esa sería la última visión, si el día era claro, que tendrían de España los que decidieron exiliarse por aquí en febrero de 1939. A un lado la lejanía de la llanura y a otro el enmarañado laberinto de caminos boscosos. Dejar atrás la vida vivida para adentrarse en el territorio de la incertidumbre.







Deben ser escasísimos, si los hay, desde luego yo no he tenido acceso a ellos, los testimonios de quienes se exiliaron por este lugar. Al pasar de los años, solo se conservan los relatos de quienes en su tiempo tuvieron acceso a los medios de publicación, es decir, diputados, historiadores, escritores, periodistas; sin embargo, los relatos que se conservaron vivos en la memoria de las gentes y que se transmitieron de forma oral de generación en generación, tienden a ir desapareciendo. No es extraño, por tanto, que del paso por La Vajol y Agullana haya muchos documentos y libros, pero ignoro si los habrá de quienes pasaron por este camino áspero y difícil de Requesens. 


La lluvia ha cesado y emprendemos el regreso hacia Cantallops. Nos acompaña la sensación de que la naturaleza se ha ido imponiendo al esplendor de una época sepultada ya en el tiempo. Solo sobreviven los restos del naufragio, el castillo en desuso y medio abandonado, una ermita, un restaurante y las ruinas de una serradora cuyas paredes son una significativa metonimia del olvido. Cuando llegamos a Cantallops nos sorprende un arco iris que indica que la tormenta ha terminado definitivamente.   


Nota. Todas las fotos, excepto la histórica, las tomé en Cantallops y en Recasens el domingo quince de febrero de 2015.

sábado, 21 de febrero de 2015

Caminos del exilio: Cantallops / 1


La mañana de domingo se levantó lluviosa y fría, como corresponde al mes de febrero. La carretera, estrecha y mal asfaltada, se fue adentrando poco a poco en la espesura de la Sierra de la Albera, que se dibujaba azul a lo lejos. Detrás de los montes, la raya imaginaria de la frontera entre Francia y España. Llegamos a Cantallops, tomando un desvío a mano derecha en la carretera comarcal que conduce a La Jonquera desde Roses y Vilajuïga, entre una lluvia que caía mansamente sobre los campos y las lindes del camino, verdecidas en unos tramos y resecas en otros.


Fue este pequeño, hermoso y silencioso pueblo uno de los lugares elegidos, dada su cercanía a la frontera francesa, por muchos de los que querían dejar atrás la pesadilla del avance inexorable de las tropas nacionales, para cruzar la raya que separa Francia de España. Muchos eligieron el camino, más transitado y seguro, pero también más concurrido y abigarrado, de La Jonquera; pero otros prefirieron atravesar el áspero y dificultoso sendero de las Alberas para llegar al país vecino, que tan mal acogió la avalancha humana que se le vino encima y lo desbordó en aquel febrero de 1939. Damos una vuelta por las calles estrechas del pueblo, casas de fachada de piedra, silencio, la lluvia cayendo pausadamente sobre los tejados que en otro tiempo vieron pasar a los que marchaban expulsados de su tierra hacia un destino adverso e incierto.





Dejamos el pueblo atrás y nos disponemos a realizar la ascensión hacia el Castillo de Requesens. El camino deja de estar asfaltado y se convierte en una pista forestal de difícil conducción, con un suelo irregular y lleno de piedras. Antes de internarnos en la espesura de la sierra, vemos a lo lejos la llamativa fachada del Mas Bell-Lloc. 


Aquí estuvo refugiado, antes de marchar a Agullana para reunirse con Companys en Mas Perxès, el diputado, periodista e historiador Antoni Rovira i Virgili. Llegaron por carretera desde Girona, procedentes de Olot tras haber partido de Barcelona cuando ya la entrada de las tropas nacionales era inminente, en el bibliobús del Departament de Cultura de la Generalitat, que luego seguiría camino hasta Agullana, hasta el Mas Perxès, en las afueras del pueblo. El último tramo del camino tuvieron que hacerlo a pie porque el autobús no podía circular por caminos tan estrechos. Tenía entonces, Rovira i Virgili, cincuenta y seis años y marchaba camino del exilio con su familia; moriría en Perpignan en 1949, después de haber sido President del Parlament de Catalunya en el exilio. Publicó, ya en el destierro, en Buenos Aires, en 1940, en las Edicions de la Revista de Catalunya, su libro Els darrers dies de la Catalunya republicana


En sus páginas describe la noche pasada en el Mas Bell-Lloc, que en ese momento teníamos frente a nosotros, con estas palabras que traduzco del catalán:

Llegamos al Mas Bell-Lloc. Decepción desde el primer momento. Es un viejo castillo destartalado y ruinoso. Enseguida percibimos que hace mucho frío. Mientras caminábamos, el ejercicio de la marcha atenuaba la crudeza de la temperatura. El frío de los espacios interiores es el más difícil de sobrellevar.

En este caserón -medio masía, medio castillo- hay pocos muebles: pocas sillas, pocas mesas, pocas camas, ninguna comodidad. No hay cena, ni tampoco ingredientes para prepararla. Los masoveros no pueden ofrecernos otra cosa que unas rebanadas de pan, unos trozos de butifarra y un vaso de vino dulce. Nos lo ofrecen con buena voluntad y nos sienta bien.


Si con un poco de imaginación podemos pensar que hemos cenado, ni con toda la imaginación del mundo podríamos pensar que tenemos lecho. No nos queda ni el recurso de poner colchones en el suelo, porque no los hay. No hay ni jergones. ¡Si tuviéramos al menos aquellos bancos de la noche de Gerona! La noche de Cantallops será más dura.


Mientras los masoveros se van a acostar en la cama donde duermen cada día, única que hay en la masía, las treinta personas que nos hemos alojado allí, nos distribuimos por diferentes estancias, que utilizamos como si fueran dormitorios. Mi mujer y yo apelamos al ingenio para construir unos lechos con hatillos, maletas y mantas. Como solo caben nuestros hijos, ella y yo pasamos la noche sentados en las sillas.


A pesar de la dureza de las condiciones descritas por Rovira i Virgili, estos intelectuales, diputados muchos de ellos, tuvieron unas condiciones mejores de exilio si las comparamos con las que tuvo que sufrir el pueblo llano; mucho peor fue para los soldados y la población civil que tuvieron que continuar el camino, en dura ascensión, hacia el castillo de Requesens, en el que muchos se refugiaron para pasar la noche, para cruzar después la frontera por un paso agreste de montaña. Por el contrario, Rovira i Virgili y otros escritores y políticos, se desplazaron desde el Mas Bell-Lloc hasta Agullana para instalarse en el Mas Perxès, donde estaba el presidente Companys y un nutrido séquito de intelectuales, políticos y militares. Después, desde allí, salieron Rovira i Virgili y su familia, junto a otras personas, en el bibliobús camino de La Jonquera para exiliarse finalmente en Perpignan.


No obstante, no todos los que estaban "alojados" en el Mas Perxès tuvieron las mismas facilidades, si puede hablarse así, para exiliarse. El escritor Xavier Benguerel, por ejemplo, se exilió a pie a través del coll de Manrella, junto a otros compañeros que estaban como él en el Mas Perxès. Así lo narra -traduzco del catalán- en su libro Els vençuts, que es una reescritura de la novela testimonial de 1956 titulada Els fugitius, que el autor revisó y amplió en 1969:

- Sin forzar el paso, en una media hora o tres cuartos llegaréis al coll de Manrella, sobre el valle de Les Illes.

Retomamos el camino bien entrada la noche. Avanzábamos juntos, confiados, pero sin detenernos. Escalamos el collado con los ojos fijos en la línea iluminada que reseguía la cima.

Caminamos mucho tiempo, dos o puede que tres horas. Tuvimos que rehacer una y otra vez un camino sin camino, entre pedregales que nos herían los pies, setos espinosos y toparnos con intransitables torrenteras con timbas y barrancos o simulacros de sendero que al fin y a la postre no conducían a ningún sitio. Sabíamos que era imprescindible subir, trepar hasta la cima, desembocar como fuera en la vertiente que entraba en Francia (...) Pasamos la frontera bañados por la luna, en silencio.




La mayoría de los testimonios de lo que fue y significó aquel exilio, en la zona de Cantallops, Agullana y La Vajol, son los dejados por los escritores y los historiadores catalanes, como el caso de Rovira i Virgili y Benguerel, claro que también otras personas, entre ellas el Presidente de la República, Manuel Azaña, escribieron sobre ello. No obstante, con el paso de los años se va perdiendo la memoria de la gente corriente que vivió aquel exilio en circunstancias muy duras y trágicas no pocas veces. Nadie se preocupó durante años de preguntar a los supervivientes de aquella tragedia y hoy muchos episodios permanecen en el olvido a la espera de futuros investigadores que se interesen por los hechos, aunque si lo hacen, y no dudo de que así será, tendrán que trabajar sobre los documentos escritos y conservados, pero ya no podrán contar con el testimonio, con la memoria viva, de las personas que estuvieron allí en aquel preciso momento.



martes, 17 de febrero de 2015

Tanka del pasar de la vida



TANKA DEL PASAR DE LA VIDA

Sin darnos cuenta
fugaz como los sueños
pasa la vida
no te lamentes alma
si no soy el de entonces.

viernes, 13 de febrero de 2015

El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado / y 2

Ramón Gaya, "Sant Benet (Manresa)", 1939.

Mientras regresaba a casa, después de haber asistido a la presentación del libro El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado, me surgieron, al hilo de lo que en el acto dijeron el autor y el presentador, Ferran Toutain, algunas reflexiones que concreto en estas tres que siguen a continuación: 

[1] Lo peor, sin duda, al menos para mí, del esnobismo gastronómico reinante, es su elitismo. Las grandes figuras de la llamada "alta cocina" componen sus platos y sus novedades para que los deguste una élite poderosa económicamente, la que puede pagar los precios de los restaurantes con estrellas Michelin. La gente corriente sabe que difícilmente tendrá acceso a esas exquisiteces culinarias.

[2] Ignoro si puede hablarse o no de "arte gastronómico", pero el "soplo espiritual" que aporta la verdadera obra de arte brilla por su ausencia en un plato por muy elaborado, novedoso e imaginativo que resulte. "Las Meninas" es una obra de arte grandiosa. Las sinfonías de Beethoven, también. El "David" de Miguel Ángel, es arte sublime. El "Guernika" de Picasso es arte comprometido contra la barbarie de la guerra. Las "Soledades" de Góngora son arte poético quintaesenciado. Las "Suites para violonchelo solo" de J.S. Bach son arte  y no creo que nadie lo ponga en duda. "Luces de bohemia", de Valle-Inclán, o "La vida es sueño", de Calderón de la Barca, igual. ¿Podríamos decir lo mismo de un plato de cocina, por muy sorprendente y exquisito que resulte? 

[3] Me es completamente ajeno ese mundo del esnobismo cultural, sea gastronómico o no, que tantas veces da gato por liebre. No es lo mío. Así que en el ejemplo del monasterio benedictino de Sant Benet de Bages, cerca de Manresa, puesto por el autor del libro -el lector puede leerlo si lo desea en "Hierbas de España", páginas 110 y siguientes-, entre el mundo de la vanguardia gastronómica y el de los escritores, pintores y editores, todos ellos defensores de la República, que allí trabajaron imprimiendo en condiciones menesterosas, Altolaguirre, Gil-Albert o Ramón Gaya, me quedo por razones obvias con el último. Del mismo modo, entre el bus de la Fundación Alícia y los de las Misiones Pedagógicas que recorrieron los pueblos de España para acercar la cultura y el arte a la gente, o los camiones de La Barraca y de El Búho, que también lo hicieron, en su caso para representar las obras del teatro clásico, de la mano de García Lorca y Max Aub, ni que decir tiene.

Nota. La presentación se llevó a cabo ayer jueves, día 12 de febrero, en la librería La Central, de la calle Mallorca de Barcelona.   

miércoles, 11 de febrero de 2015

El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado / 1


"De la misma manera que somos la única especie a la que constantemente le crece el pelo, somos también, como dijo Montaigne, el único ser que cocina", con esta reveladora frase empieza Javier Pérez Escohotado la introducción a este conjunto de ensayos, sobre arte, cultura y gastronomía, recogidos bajo el título de El mono gastronómico, editado con esmero por Ediciones Trea, de Somonte-Cenero, Gijón, en 2014. Explica a continuación el autor el tributo que rinde con el título a Octavio Paz y a Desmond Morris. Ya desde estas páginas del prólogo se centra el tema: la cultura, el arte, la gastronomía o lo que es lo mismo, la vida, lo que somos, lo que comemos, cómo se filtra lo gastronómico en en la obra de arte; a este respecto cita Pérez Escohotado la luminosa frase, aforismo metafórico, atribuida a Josep Pla: "La gastronomía de un país es su paisaje puesto en la cazuela"; es decir, también se puede leer este libro como una historia de lo que somos a través de lo que comemos. Este asunto de las relaciones entre lo gastronómico, lo artístico y lo cultural, aunque también lo social y lo político, ya fue tratado por Pérez Escohotado en Crítica de la razón gastronómica (2007), conjunto de ensayos dedicados al tema, entre ellos uno titulado "Cárcel y dieta de Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo", cuyo proceso inquisitorial estudió y editó el autor en 2003.

En uno de los mejores ensayos del libro, el titulado "Hierbas de España", se fija el autor en un detalle de un extraordinario autorretrato de Alberto Durero de 1493, quien sostiene entre sus manos un cardo; escribe Pérez Escohotado:


En su tiempo, esta variedad de cardo campestre es una planta perenne, hierba molesta y despreciable, pero gráficamente muy poderosa y que en el siglo XV simboliza los sufrimientos de Cristo y también la fidelidad conyugal. La costumbre consistía en ofrecer a las jóvenes esposas esta planta, sin duda anticipando los contratiempos que implica el matrimonio: el parir con dolor, el sometimiento paulino al marido, el débito conyugal...Aunque en el momento de pintar el cuadro, Durero no estaba casado, se autorretrata con ese cardo probablemente para regalárselo a su prometida y futura esposa Agnès Frey.

Con amenidad, combina la prosa de Pérez Escohotado la erudición, la observación atenta y la perspicacia al relacionar elementos procedentes de distintos ámbitos culturales y sociales con la gastronomía. Un ejemplo es este artículo en el que presta una atención especial a la generación de escritores y artistas del exilio republicano, particularmente al grupo formado por el pintor Ramón Gaya, el poeta Juan Gil-Albert, el novelista y crítico literario Antonio Sánchez Barbudo, el narrador Rafael Dieste y el también poeta Arturo Serrano Plaja, cuya célebre fotografía de grupo, con Ángela Selke, esposa de Sánchez Barbudo, quien sostiene en brazos a su hija Virginia, al salir del campo de concentración de Saint-Cyprien en la primavera de 1939, reproduce con acierto el autor. 



  (Los lectores de este blog pueden leer, si lo desean, la entrada titulada "Sánchez Barbudo  lee y recuerda a Gil Albert: la generación del desgarro y el destierro". Aquí.)

Naturalmente, se fija mucho el autor en los bodegones delicados y poéticos pintados por Ramón Gaya, sin duda por el contenido del artículo, cuando habla de la influencia del pintor murciano en el también pintor y músico Salvador Moreno. Dice Pérez Escohotado, aunque no refiriéndose al cuadro que hemos añadido como ilustración a esta entrada, que "esos floreros que como género abundan tanto en la obra de Gaya son una versión modernizada de las vanitas históricas" y que Gaya, "con sus naturalezas muertas, se rebela contra el vacío crítico que atenaza a ese género pictórico", para concluir que en su obra "las flores o las hierbas -una simple rama de perejil- es tan importante o más que el vaso de cristal o el jarro de cerámica corriente". Luego, en "Gastronomía de vanguardia al servicio de la República", dedica el autor unas páginas a Gaya y a su grupo generacional tan evocadoras como interesantes.  



Pérez Escohotado tiene una especial habilidad para entreverar amenidad y erudición. En las páginas de este libro encontrará el lector referencias a Leonardo Da Vinci o a Manet y los sabores del espárrago y el limón; también a la reforma culinaria y a la contrarreforma gastronómica. Del mismo modo, se tratan en el libro temas curiosos y algo más escabrosos, como las páginas dedicadas a la última cena de los condenados a muerte. No puede faltar, tratándose de relacionar la literatura con la gastronomía, la alusión a Proust y su archifamosa magdalena en el artículo que cierra el libro "En busca del relato gastronómico", que, por cierto, se abre con una cita de Manuel Vázquez Montalbán, otra referencia en este y en anteriores libros del autor.

En definitiva, El mono gastronómico es un libro de ensayos tan ameno como instructivo, en el que destaca la capacidad del autor para relacionar elementos culturales diversos y exponerlos en una prosa límpida, muy cuidada en su redacción y muy sabia en la combinación de rigor documental, erudición y amenidad.