martes, 9 de septiembre de 2014

El soplo de Dios



El alma constituía una realidad simple, y del complejo humano era ella lo único fundamental. Apenas recordaba el cadáver de su padre yaciendo en un ataúd negro, del tamaño del de un niño, y últimamente el descarnado y enlutado de la señora Zoa. Pero al evocarlos ahora, experimentaba una sensación rotundamente clara de que allí no quedaba apenas nada de su padre o de la señora Zoa. Eran unos amorfos pedazos de materia, un cárdeno montón de pienso para los gusanos. Aquella rigidez amoratada de los miembros, aquella mueca póstuma dibujada en el rostro con el postrer rechinar de dientes y el último movimiento muscular voluntario daban idea de que allí se había consumado un desligamiento, una recentísima escisión. De un lado quedaba aquel cuerpo, tieso y frío como un garrote; al otro, en una región inaudita e inasequible para los vivos, permanecería el alma durante una era interminable. Aquello no era, pues, el sueño eterno, sino un eterno despertar. (...) Esto [el cuerpo] desaparecerá un día. Volverá a fundirse con el barro de donde ha salido. Pero el alma..., el alma es el soplo de Dios.

Miguel Delibes, Aún es de día, 1ª edición, octubre de 1949, Col. Áncora y Delfín, Editorial Destino, Barcelona; cita de las páginas 230-231.

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