sábado, 27 de junio de 2009

Autorretrato





AUTORRETRATO

                 Ya hace tiempo que no tengo el favor de los
                  dioses y que alargo inútilmente mis años.
                                    Virgilio, Eneida, Libro II, v. 633.

He llegado, tras de no pocas adversidades,
a la edad madura de mi vida,
de modo que se hace preciso escribir
algunos versos que hablen de mí.
Cuando mis ojos despertaron a la luz,
era tiempo de edificios derruidos en Europa
y de guerras duramente perdidas en España.
Mi infancia es la memoria del agua,
varada en el Mar Menor y su ribera,
y de las aladas calles de la Ciudad del Aire,
secreta y lejana, improbable como el paraíso.
Fue mi juventud un destino itinerante,
soledad de ciudades apenas entrevistas,
de inviernos ateridos en tierra adentro,
de veranos largos y cálidos frente al mar.
Yo también, como casi todos, he vivido
algunas historias que me duele recordar.
Mas he conocido la plenitud del amor
que desbarata las sombras y la dicha
de haber amado intensamente y el gozo
de prolongar el amor en otras miradas
que pertenecen a otra edad, a otro tiempo,
a un incierto futuro que ya no será mío.
Ni me gusta el mundo en que vivo
ni el tiempo que me ha tocado vivir.
Con los años he ido perdiendo,
irremisiblemente, la fe en los demás.
Me gustaría escribir que soy libre y feliz,
pero me lo impide la agónica mirada
de los niños que se mueren de hambre.
En el fondo de mi corazón enajenado,
a despecho de la miseria y la injusticia,
aletea indeleble el vuelo de la esperanza.
La memoria sustenta siempre mi escritura
y la melancolía de los sueños imposibles,
desarbolados en el árido combate
contra la dureza altiva de la vida.
Lo que más me gusta es escribir
y leer lo que otros han escrito,
siempre que me resulte dulce y útil.
Es probable que también mi voluntad
sucumbiera en una noche de luna,
mas hace ya tiempo que perdí el favor
de los dioses y alargo, en vano, mis años.
Para cuando llegue el final del sueño,
que no tenga la luz color de cementerio
ni se estremezca el viento de la tarde,
que me lleven lentamente las sombras
y que naufrague mi voz, desmoronada y sola,
en el oscuro mar de la calma y el olvido.


Nota. Mi libro de escolaridad, “Estudios de Bachillerato. Libro de calificación escolar”, se abre el 30 de marzo de 1964 en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Isaac Peral” de Cartagena. Durante el curso 1963/1964 estudié el preparatorio en el colegio “Ruiz de Alda” de la Ciudad del Aire. Mi profesor, único para todas las materias, fue Don Eliseo. Con fecha 30 de mayo de 1964, esto es, sin haber cumplido aún los diez años, me examiné en el instituto de Cartagena “Isaac Peral”, por libre, en la prueba de “Ingreso en el Bachillerato Elemental” y obtuve la calificación de “Admitido (8)”, según reza en el libro de escolaridad con fecha 30 de mayo de 1964. La foto que acompaña este autorretrato es la que figura en la primera página de ese Libro de escolaridad. Cuando me la hicieron, me faltaban tres meses para cumplir diez años. Sobre el cabello, que acabé perdiendo, se advierten las huellas de la grapa que adjuntaba la foto al mencionado documento escolar.

jueves, 25 de junio de 2009

El perfil alertado de un hombre flaco: releer a Marsé



Se llega a un tiempo en que, sin darte cuenta de las razones que te llevan a ello, te sorprendes releyendo libros que leíste hace más de treinta años. Muchas veces nos preguntamos por qué leemos, qué es exactamente lo que buscamos en los libros, qué nos empuja a coger un nuevo libro apenas hemos terminado el anterior, por qué incluso leemos dos o más libros a la vez; sin embargo, habría que preguntarse, llegados a cierta edad, por qué releemos cuando es tanto lo que nos queda por leer. En fin, quizá sea un enigma indescifrable, pero lo cierto es que releemos. A veces, cuando releemos, buscamos nuevas ediciones del libro ya leído, o ediciones críticas con prólogo, o esa reedición en la que el autor ha revisado el texto y que suele llevar el marbete de “versión corregida y definitiva”.

Entre los autores cuyas obras suelo releer se encuentra Juan Marsé. Me asombra que la memoria sea tan desleal y traicionera y que de un libro que me entusiasmó en su momento, sólo queden retazos deshilvanados, a pesar de haber sido leído en su tiempo con atención y estoy por decir que con pasión. Por otra parte la traición de la memoria permite que el libro sea leído ahora como si lo fuera por vez primera. No salgo de mi asombro, qué gran escritor es Marsé y qué extraordinaria novela es Si te dicen que caí.

Releyéndola advertí una referencia oculta a un personaje a la que me quiero referir hoy en esta sección de mi blog a la que di el nombre de “notas a pie de página”. En una de las “aventis” en la cual Ramona le está contando su pasado a Java, sin que el lector pueda distinguir de la mano de la narración de Sarnita dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción, y al hablarle del asesinato del padre del alférez Conradito en la Carretera de la Rabasada en Barcelona, dice Ramona:

Dos meses después me vinieron a buscar unos hombres de las Patrullas de Control y me llevaron al hotel Falcón en coche, recuerdo que era primavera y había tiros y barricadas en las calles, se veían ventanas protegidas con sacos terreros y aspas de papel engomado en los cristales, y los hombres de mi tío iban preocupados y callados con sus fusiles y granadas, sus pañuelos rojos y negros anudados al cuello, eran muy jóvenes. En las Ramblas no se veía un alma. En el hotel, una miliciana con el gorrito ladeado sobre los rizos fue en busca de tío Artemi. Se oían risas y canciones de soldados, en el pavimento resonaban culatazos de fusiles y había mucho trajín de chicas recaudando fondos para el Socorro Rojo. Mi tío no estaba, había ido al Comité, que estaba más arriba, junto al café Moka. Fuimos y allí nos dijeron ha ido a hablar con el inglés en la azotea del edificio de enfrente, sobre el cine Poliorama, ¿ves la cúpula?, me dijeron, ¿ves al Paco que asoma la cabeza? Recuerdo el perfil alertado de un hombre flaco, con el fusil vertical rozándole la nariz, leyendo un libro. Mi tío apareció a su lado ofreciéndole una botella de cerveza y palmeando su espalda. Me enteré entonces del asalto a la Telefónica y me explicaron la situación: se temía un ataque a nuestros locales, había que defender el hotel. Ahora vendrá tu tío, me dijeron, pero le esperamos en vano, ellos decidieron volver al coche y poco después corríamos por una carretera de las afueras.




Ese hombre flaco de perfil alertado es George Orwell. Como es bien sabido, Orwell luchó en las milicias del POUM en los primeros meses de la Guerra Civil. Los sucesos de la novela de Marsé se refieren a los acontecimientos ocurridos en Barcelona en mayo de 1937, que no dejaron de ser una suerte de guerra civil interna del bando republicano, y que han pasado a la historia como “Los hechos de mayo del 37”. Orwell participó en ellos y lo contó en su libro Homenaje a Cataluña. Veamos cómo describe Eric Arthur Blair, de origen británico y nacido en la India en 1903, autor de Rebelión en la granja y 1984, esos sucesos:



Kopp me llevó al primer piso y me explicó la situación. Debíamos defender los edificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones en el sentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo. Justo enfrente había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y, en la parte más alta, muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño observatorio con dos cúpulas gemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos hombres apostados allí podían impedir cualquier ataque contra los edificios del POUM. Los encargados del cine eran miembros de la CNT y nos dejarían entrar y salir. (...) Pasé los tres días y noches siguientes en la azotea del Polioroma, con breves intervalos en los que me deslizaba hasta el hotel para comer. No corría ningún peligro, sufría solo hambre y aburrimiento y, no obstante, fue uno de los períodos más insoportables de mi vida. Creo que pocas experiencias podrían ser más asqueantes, más decepcionantes o, incluso, más exasperantes que esos días de guerra callejera. (...) Las calles soleadas continuaban desiertas. Lo único que ocurría era el raudal de balas que salían de las barricadas y las ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba un solo vehículo y, a lo largo de las Ramblas, los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores los habían abandonado al oír el primer disparo.
Los faieros de la novela de Marsé, que tratan de mantener viva la resistencia desde dentro de la España vencedora en la guerra, son vistos con innegable simpatía por el narrador o por los muchos narradores que tiene esta novela. En un pasaje para referirse a los “Hechos de mayo” y a la desaparición del hermano del Java, en cierto modo el personaje en torno al cual se centra la novela, el narrador utiliza la expresión “escabechina de los pañuelos rojos”, refiriéndose a la imposición que sobre los anarquistas llevaron a cabo los comunistas y el ejército republicano; estas son las palabras del narrador: 

Dicho por Java con palabras o gestos de la abuela: que un día del mes de junio del treinta y siete, cuando la escabechina de los pañuelos rojos estaba en marcha, su hermano desapareció del mapa y ahí quedó la foto y esa hoja del calendario acumulando polvo, y que la abuela no ha querido arrancar.

En ese contexto, me parece advertir en las palabras que han dado lugar a esta entrada cierto homenaje personal de Marsé a Orwell, a lo mejor es sólo una simple referencia, pero sabiendo de la simpatía de Marsé hacia los círculos anarquistas de los años treinta quizá no esté errado del todo.



Nota. Las fotos de Juan Marse y de George Orwell proceden de la red. La del antiguo cine, hoy teatro, Poliorama, en las Ramblas, también procede de una página de arquitectura de la ciudad. Las portadas de los libros de Marsé y Orwell también están tomadas de la red. Aunque me parece innecesario para lectores de cierta edad, el término "paco" al que se hace alusión en el texto de Marsé, nombra a los francotiradores que disparaban desde las casas y desde las azoteas. Es un nombre onomatopéyico, por recordar el "pac" seco de un fusil al dispararse.

domingo, 21 de junio de 2009

El juicio final


A José Miguel Ridao

- ¿Por qué me tengo que definir? No se me alcanza la razón por la que deba hacerlo.

- Sería más fácil para todos: sabríamos a qué atenernos.

- Sinceramente, esa no me parece una razón de peso; además, ¿en qué quiere que me defina, en política, en religión, en gustos literarios...?

- No sea esquivo, lo sabe de sobra.

- No me gusta el tono en que me habla, sobre antipático, me resulta insufriblemente autoritario.

- Modérese, no le hacen ningún favor las impertinencias.

- Empiezo a sentirme mal, el tono de su voz me recuerda al de un juez severo y adusto.

- ¿Qué tal si deja los rodeos y cumple con lo que se le ha pedido?

- Me niego a definirme, no quiero ser gratuitamente encasillado.

- Usted sabrá lo que se hace; pero le advierto que si persiste en su negativa, me veré forzado a mantenerle encerrado.

- Está bien, ya veo que está usted dispuesto a todo. ¿Le bastará si me defino en único aspecto?

- Eso depende.

- ¿De qué?

- Depende de qué aspecto se trate y de lo poco o mucho que concrete su definición.

- Está bien. Trataré de definirme en materia religiosa.

- Suya es la palabra.

- No soy creyente, no tengo fe; soy agnóstico, pero no ateo.

- ¿En qué tipo de Dios cree usted, pues?

- Lo ve, ya me está liando; que haya dicho que no soy ateo no le da derecho a afirmar que por ello tenga que creer en algún tipo de Dios.

- Le ruego que no sea ilógico o que maneje el lenguaje con más cuidado.

- Usted sólo sabe tenderme celadas.

- No me crea tan maquiavélico. Respóndame ¿cree en Dios o no cree?

- Reitero lo dicho: no tengo fe, soy agnóstico, pero no ateo.

- Si persiste en la confusión de conceptos no me quedará otro remedio que mantener su confinamiento.

- No me moveré un centímetro de la posición adoptada, así que usted decide.

- Lo siento, pero no me convence en absoluto su definición, así que daré orden de retenerlo hasta que se hayan aclarado y ordenado sus ideas.


Nota. La ilustración es de Hyeronymus Bosch "El Bosco" (1453-1516). Es la parte central del retablo titulado "El juicio final" y es de 1504. José Miguel Ridao mantiene el estupendo blog "Por estos andurriales", puede visitarse desde mis "enlaces". En cierto modo esta entrada nace de un encendido y polémico debate mantenido en su blog a raíz de una entrada suya titulada "Celíaquia y Comunión".

sábado, 20 de junio de 2009

De blog a blog: Maya Goded


Navegar por el mundo de los blogs, por utilizar la consabida metáfora náutica, sobre sorpresas, aporta conocimiento y descubrimientos inesperados. ¿Será esta una de las funciones del blog? No lo sé, pero me ha llamado poderosamente la atención esta soberbia e inquietante fotografía que he visto en el cuaderno, al que tantas veces me he referido aquí, de Antón Castro. Entro en google para buscar información acerca de la autora de la foto y encuentro esto:

Maya Goded

Maya Goded Colichio nació en México en 1970.

Empezó a fotografiar con 15 años. En 1993 editó su primer libro Tierra Negra que trata de la comunidad negra en Oaxaca, México. Con su ultimo trabajo Sexo–Servidoras recibió el prestigioso premio "W. Eugene Smith Fund Award“. Este trabajo lo desarrolló durante cinco años y trata de las prostitutas del barrio de La Merced en México. Con él, Goded realizó un profundo análisis en torno a la mujer: la desigualdad, la transgresion, el cuerpo y el sexo, la maternidad, la infancia, la vejez, las creencias, y lo que es ser amada o no.

Su trabajo ha sido expuesto en muchas galerías y museos del mundo tanto en exposiciones individuales como en grupo. También ha sido publicado en medios de muchos países.

Goded entró en la agencia Magnum como nominee en el año 2000.

viernes, 19 de junio de 2009

Seis meses de blog



Amanece nublado sobre mi ciudad. Un insoportable bochorno hace pesado el aire, casi irrespirable. La ropa se pega al cuerpo, empapada de sudor. Antes de salir de casa , he conocido la noticia: otra bomba más, otra vida segada. De nuevo la barbarie, la muerte injusta, el sinsentido, la violencia ciega e inútil. Mientras me dirijo al trabajo pienso en Vicente Ferrer, fallecido ayer, y en su labor y se me da por comparar lo que hacen unos y lo que hacen otros: hay quien defiende la vida, la generosidad, la alegría, la entrega a los demás, la solidaridad con los desheredados de la tierra, la abnegación, los ideales más dignos y más decentes; otros sólo saben sembrar el dolor más innoble, embestir en vez de pensar, destruir, amedrentar, condenar y ejecutar en nombre de no se sabe bien qué. Comienza a chispear cuando salgo del metro. Cierro las páginas de Si te dicen que caí, me pierdo en un laberinto de callejuelas y llego al trabajo. Ni un solo comentario ni de una ni de otra noticia, tan solo gritos, pelotazos, exámenes a destiempo.

Se trastocan mis planes de escritura. En esta entrada quería hablar de los números redondos, de las fechas conmemorativas, de los visitantes que se asoman a las páginas volanderas y virtuales de este blog, como rezaba el subtítulo que antes llevaba. Seis meses han pasado desde que colgué la primera entrada. Mil personas se han asomado a ver mi perfil, seguramente para saber quién soy, como si eso se pudiera saber a través de una simple nota biográfica, y siete mil lo han visitado y tal vez hasta hayan leído el texto de alguna de las entradas. ¡Qué sensación rara esta de escribir en el blog! Nunca sabes quién te lee, quién curiosea simplemente, quién trata de inmiscuirse en forma de spyware (como avisa el antivirus con una significativa imagen de una cabeza con gafas de sol y pinta de espía) cuando abres el acceso para dejar alguna nueva entrada. La mayoría de las veces la pregunta que te asalta es la de “¿hay alguien ahí?”. Otras ni eso, escribes porque te apetece hacerlo, sin más. Agradeces que los asiduos al blog, ya amigos, te dejen comentarios. ¿Por qué sigo escribiendo en el blog? Hoy, precisamente hoy, no tengo respuesta para esta pregunta.










Nota. La foto del atentado es de abc.es y la de Vicente Ferrer de lasprovincias.es

miércoles, 17 de junio de 2009

El deterioro


- Al cumplir determinada edad, cobras conciencia de que los signos de deterioro son cada vez más visibles y de que el tiempo no soluciona el problema, antes bien lo agrava.

- El deterioro es una consecuencia inevitable del transcurrir de los años y hay que asumirlo porque forma parte del vivir, salvo que queramos desnaturalizar esto que llamamos vida.

- Desde luego, claro que es necesario aceptarlo y yo lo acepto, pero lo que me aterra es ver en los que te preceden, sobre todo en los padres, sus efectos demoledores.

- También eso es un hecho natural. El sucederse de la generaciones nos enseña que los que van delante nos muestran el camino, así como nosotros se lo mostramos a quienes nos suceden.

- Le tengo miedo a dos cosas: a no poderme valer por mí mismo y al dolor.

- Me recuerdas a aquel personaje de Max que decía que los hombres tememos más al dolor que a la muerte.

- Pero yo no te hablaba de la muerte, sino de su antesala.

- De acuerdo, pero están inexorablemente unidos: el deterioro se manifiesta en la vejez, lleva aparejado el dolor y es el preludio de la muerte, del final.

- Luego, según tú, es la cercanía de la muerte lo que me causa miedo.

- No tengo la menor duda.

- ¿Y por qué le temo tanto a la muerte?

- Porque aquella fe antigua e ingenua de los años de la niñez y la adolescencia se ha ido disolviendo lentamente en la nada.

- Así que no hay asidero ni tabla de salvación posible.

- Contra la muerte, no.

- Pero queda lo que hemos hecho y nuestro recuerdo en los demás.

- Tan efímero lo uno como lo otro, lo mismo que una pompa de jabón en el vacío.

- Entonces no hay más remedio que asumir que la muerte es el colofón final de todo.

- ¿Ha vuelto alguien de la muerte?

- Jesús.

- Eso es dogma de fe, no verdad científica.

- Me cuesta mirarlo así.

- Quizá sea esa esperanza íntima y secreta a la que te aferras la que te lo impide.

- Tal vez.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección, o subgénero, al que doy el nombre de dialogismos. Esto es lo que al respecto de este término escribe Demetrio Estébanez Calderón: “Figura retórica consistente en la enunciación, por parte del hablante, de un pensamiento o reflexión interior expuestos en forma de diálogo consigo mismo (...) Los términos dialogismos y polifonía han sido utilizados por M. Batjin en sus estudios sobre Rabelais y Dostoievsky, para aludir a la mezcla de voces y diversos tipos socioculturales de discurso que conviven y se interfieren en una obra literaria. Los fenómenos de desdoblamiento, convergencia o diferencias entre las voces del autor, narradores y personajes presentes en un relato confieren ese carácter polifónico y dialógico al texto literario que, como hecho de lengua, constituye una opinión pluridiscursiva sobre el mundo (M. Batjin, 1978)". ESTÉBANEZ CALDERÓN, Demetrio, Diccionario de términos literarios, Col. Alianza Diccionarios, Alianza Editorial, Madrid, 1996, 1134 pp. ISBN 84-206-5251-2. Cita de las págs. 284-285.

lunes, 15 de junio de 2009

Ciudad del Aire



CIUDAD DEL AIRE

Mi infancia es la memoria
de un mar de agua tibia,
salado, menor, azul, surcado
de balandros y poblado
de balnearios; horizonte limitado
de mis sueños infantiles.

Mi infancia es también la luz
y el perfume de los jazmines,
intenso como fragancia arrebatada,
y una casa grande y luminosa,
rodeada de jardín, con un huerto,
un pozo seco y una palmera;
una casa en la calle Cuatro Vientos
de un pueblo leve, paradisíaco,
que no aparecía en los mapas,
territorio indeleble de mi niñez,
Ciudad del Aire.

Mi infancia es un mundo de silencios,
y de verdades en voz baja,
que mi padre imponía severo
y nosotros acatábamos sumisos,
en la obediencia que dictaba
un entorno hostil, autoritario,
que dominaba las conciencias
y ponía plomo en las alas
del pensamiento libre.
No pude saber entonces
en qué bando hizo mi padre la guerra,
porque nunca de eso hablaba;
era como si se hubiese impuesto
el deber de mantenernos
ignorantes de todo aquello:
el hambre, las calamidades,
la miseria por todas partes,
los pelotones de fusilamiento,
la luz cautiva de las cárceles,
la nostalgia inútil del destierro.

Mi infancia es la ternura de mi madre
prodigada en caricias y desvelos.
Mi madre, joven y hermosa,
con una vitalidad contagiosa,
aunque algunas tardes de otoño
se dejara ganar por la morriña
de su tierra brumosa y marinera;
la recuerdo siempre cantando:
cuando pienso que te fuiste
negra sombra que me asombras…
si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras.

Mi infancia es el sueño de Jacob,
la confusión de la torre de Babel,
la historia de Tobías y el ángel.
Es también el miércoles de ceniza,
cuando un cura sombrío dibujaba
en las frentes infantiles, memento mori,
una cruz de ceniza con el dedo,
imborrable como un estigma.
Viernes de cuaresma y penitencia,
años de confesiones tenebrosas.
Pero también el venid y vamos todos,
entonado en las tardes de mayo,
con flores a María que madre nuestra es.

Mi infancia es el himno nacional
cantado todas las mañanas mientras
la bandera era izada en el mástil
frente a la puerta del colegio;
gloria a la patria que supo seguir
y nosotros firmes con la cartera
en la mano y el pelo peinado
con colonia, por el azul del mar,
los pantalones cortos, los calcetines
altos, y el caminar del sol.
Después, monotonía de lluvia
tras los cristales de la clase.
Un maestro enjuto, de duro trato,
soberbio y despótico nos atemorizaba
con problemas matemáticos,
las comarcas leonesas o las ciudades
navarras: Estella, Tafalla, Olite
Corella y Cascante; el crimen de Caín
y el desamparo de Abel, los mártires
de la cruzada española, los verbos
irregulares y las bienaventuranzas.
El colegio era el temor y el castigo,
pero también los partidos de fútbol
del recreo, Ciudad contra Ribera,
confusión de balones y jugadores,
algarabía de voces infantiles
que se llevó el tiempo hacia
el mundo sombrío de los adultos.

Mi infancia es la noche de reyes,
un desvelo ilusionado de fuertes
y vaqueros, de indios sometidos
a la marginación en sus reservas,
de incipiente capitalismo de palé,
de garajes, balones y del inevitable
misal que nunca pedíamos y siempre
nos traían, para que veáis qué buenos
son los reyes, decía mi madre.

Mi infancia es el juego solitario,
aquella tendencia mía al aislamiento,
encerrado a solas con mis juguetes,
como quien no necesita a nadie,
mundo propio hecho de silencios;
te has fijado, decía mi padre
a mi madre, en que este niño
está siempre triste y ausente.

Mi infancia es una música
aprendida en la guitarra
que le regalaron a mi hermano,
arpegios de mis dedos menudos,
banales melodías populares.
Después de tantas cosas, fue la mía
una infancia feliz y compartida
y nada pudieron contra ella los fantasmas
y los miedos con que algunos
quisieron limitar mis sueños
y ensombrecer la luz de mi alegría.

Mi infancia es una esperanza postergada
que se oculta en el fondo de mis días,
como tantas ilusiones que navegan
en las aguas turbulentas de los años.



Nota. Las fotos de la Ciudad del Aire están tomadas hace ya algunos años, en el verano de 2004. Sigo fotografiando estos lugares, inexplicablemente en declive, en los que viví los mejores años de mi infancia.

jueves, 11 de junio de 2009

Un alma siempre en borrador




Lo difícil es acabar, dar algo por cerrado, despedirse, decirse adiós. Cada año que pasa Leonardo está más cansado y le cuesta más encontrar las frases con las que terminar el curso. No es fácil, es una de las tareas que más se le resisten. El azar quiso que, releyendo a su admirado Juan de Mairena, ese peculiar profesor de retórica tan amigo de don Antonio Machado, encontrase un texto que, paradójicamente, podría servirle para la ocasión. Mairena lo dice en el inicio de sus clases, pero Leonardo piensa que es bueno para ser leído durante los cinco últimos minutos del curso, cuando las clases se acaban y no volverán a empezar hasta septiembre. A Leonardo le gusta porque las palabras de Mairena ponen patas arriba aquella máxima terrible que trataron de inculcarle en su niñez: "La caridad bien entendida empieza por uno mismo". Mairena no enseña a tener seguridad, sino a desconfiar de uno mismo y esa es la paradoja que a contramano se acerca a la verdad: la duda metódica, desconfiar de todo, planteárselo todo, analizarlo todo. Como siempre, la lectura, en silencio sepulcral de respeto hacia el poeta amigo de Mairena, desconcierta una vez más a los muchachos, que ya solo piensan en las vacaciones y en ir a la playa. Tomó Leonardo el libro y leyó:

"Pláceme poneros un poco en guardia contra mí mismo. De buena fe os digo cuanto me parece que puede ser más fecundo en vuestras almas, juzgando por aquello que a mi parecer, fue fecundo en la mía. Pero ésta es una norma expuesta a múltiples yerros. Si la empleo es por no haber encontrado otra mejor. Yo os pido un poco de amistad y ese mínimo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas. Pero no me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que os digo y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra. No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque yo soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de arrepentimientos. Llevo conmigo un diablo -no el demonio de Sócrates-, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo, para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras yo por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos."



Al terminar la lectura, Leonardo dio la clase y el curso por acabados. Dos alumnos levantaron la mano para preguntar. Leonardo los miró con cara de sorpresa y les dio la palabra. "¿Cuándo son los exámenes de recuperación?", preguntaron casi a coro. Leonardo los miró detenidamente, muy serio, durante unos instantes y sembró después el desconcierto con su respuesta: "Ya están ustedes recuperados, pueden ir en paz."


Nota. La cita del Juan de Mairena, de Antonio Machado, procede de la edición que José María Valverde hizo del texto para la Editorial Castalia hace ya algunos años. La foto de las aulas vacías está tomada de la red.

miércoles, 10 de junio de 2009

Recuérdalo tú, Salamanca



SALAMANCA

Recuérdalo tú, Salamanca,
que tantas veces lo soñaste
enredado en el laberinto
impredecible de tus calles,
siempre en actitud de búsqueda,
como náufrago entre la niebla.
Dile que lo supiste siempre,
que nunca ignoraste el misterio
que nos aguarda tras la muerte.
Memoria eterna de su nombre
quiso dejar entre tu gente,
que nunca sepa, Salamanca,
que fuiste tú quien lo amparaste
y protegiste de las sombras
que sin descanso lo acechaban.
Recuérdalo tú, Salamanca,
y no lo despiertes del sueño
de su muerte vivificada.


Nota. La foto la tomé en Salamanca en abril de 2005.

domingo, 7 de junio de 2009

Obstinado silencio



Aquella tarde, cuando apenas hacía una semana que se había instalado en el piso, escuchó por primera vez las notas desafinadas del piano. Se imaginó por un instante las manos temblorosas y lentas que las arrancaban de un instrumento seguramente viejo y destartalado. Flotaban un instante, antes de desaparecer, en el ámbito en penumbra del patio interior, cuya bóveda encristalada desdibujada el tímido fulgor de lejanas e imprecisas estrellas.

Supo, tiempo después, que su vecina, de cuyo piso procedía la música, era una anciana que vivía sola y había cumplido los noventa. Su hija, azacaneada por las prisas y el estrés, la visitaba a diario hasta que llegó el momento en que hubo de ponerle una cuidadora, que se instaló a vivir con la vieja porque ésta ya no podía cuidarse por sí misma. Fue entonces cuando empezaron los gritos, los llantos, las despertadas a medianoche, las riñas en voz alta de la cuidadora porque la vieja la despertaba a horas intempestivas por las cosas más nimias: que si un vaso de agua, que si he oído a alguien, que si he visto una sombra; él lo escuchaba todo a través de los finos tabiques que separaban su casa de la de su vecina.

El piano dejó de sonar. Ya no hubo más música, sólo voces destempladas excepto cuando venía la hija de visita, en que todo se volvía parabienes y forzada simpatía. Un día la vieja se cayó y se rompió la cadera. Estuvo ausente casi cuatro meses. Mientras tanto la familia de la cuidadora, con su insoportable música de salsa todo el día sonando a todo volumen, se había instalado a sus anchas en el piso. Pero la vieja volvió, en silla de ruedas y con agudísimos dolores, pero volvió, extraviada en el laberinto de sus terrores, con su demencia senil y sus desvaríos, pero volvió.

Últimamente ya ni la misa de la televisión los domingos por la mañana le ponían, a ella que era tan creyente. Los dolores la martirizaban y los gritos irrumpían en plena noche y despertaban a los vecinos, él incluido, pero la familia no se enteraba de nada; la agonía de la vieja la sufrían los demás, su miedo a la muerte se resolvía en desgarradores gritos que ninguno de los suyos escuchaba, sólo la cuidadora y los vecinos.

Al volver de un fin de semana, se encontró el silencio, un denso y obstinado silencio. La vieja había fallecido, según rezaba un cartel colgado en el ascensor, aquel sábado por la noche. Desapareció la familia de la cuidadora con sus ruidos y su salsa. La noche recuperó el sosiego y el silencio. La muerte, al final, era eso: un denso y obstinado silencio. Solo silencio, nada más que silencio.

domingo, 31 de mayo de 2009

Poesía



POESÍA

Quise saberlo todo de ti,
de una manera natural y sencilla,
como el árbol lo sabe todo de la lluvia,
como la noche nada ignora del misterio.
Pero esquiva y distante como fuiste,
igual que una amante desdeñosa y fría,
el dulce favor me negaste de tu caricia.
Un desierto de torpes palabras sin rima,
un oscuro laberinto de voces y sueños,
una ruidosa soledad de versos sombríos.


Nota: Esto es lo que de bueno permite el blog. Relees una entrada, no te gusta, te parece innecesaria o poco afortunada, la eliminas. ¡Ojalá todos los errores se pudieran corregir de la misma manera!

martes, 26 de mayo de 2009

A favor de la lectura


En el blog de mi amigo Antón Castro, a cuyo libro Fotografías veladas dediqué una entrada (ver sección "Lectura") y al que se puede acceder desde mis “enlaces”, me encuentro este estupendo texto de José Luis Sampedro en defensa de la lectura. Le escribo, le pido permiso y lo copio aquí en este blog que sin darme cuenta ya ha cumplido cinco meses de vida. Sobra decir que estoy muy de acuerdo con lo que dice Sampedro y lo suscribo.

POR LA LECTURA

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo.

Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.

Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propiosenfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

Nota. La foto de Jose Luis Sampedro está tomada de "El país.com".

domingo, 24 de mayo de 2009

Vejer: ¡Si yo pudiera remontarme al origen!...


En su poema, tan leído, tan musicado, tan conocido, “Nanas de la cebolla”, le escribe Miguel Hernández a su hijo: ¡Si yo pudiera / remontarme al origen / de tu carrera! Eso es lo que todos perseguimos a veces, remontarnos al origen de nuestra carrera, sobre todo en los momentos de melancolía o de desconsuelo. ¿Dónde empezó todo? ¿Cuál fue el brote que engendró el origen de lo que somos? No son preguntas de fácil respuesta, puesto que remontarse al origen puede extraviarnos en el laberinto del tiempo. Pero es bueno imaginar un punto de partida, pensar que la conjunción de azares que desembocó en el ser que somos se inició en un lugar y en un tiempo determinados, soñar que nuestras raíces pertenecen a un lugar perdido en algún recodo de la memoria. En mi caso el azar me conduce hasta Vejer de la Frontera, ese hermoso pueblo de Cádiz, donde nació la madre de mi padre y vivió los primeros años de su vida. Dicen que se es de donde se abre los ojos a la luz y que el paisaje en el que uno nace deja una imperecedera e invisible huella en nosotros para el resto de la vida. Mi abuela abrió los suyos a la luz de Cádiz y al blanco refulgente de las casas jalbegadas que trepan por los alcores en los que se asienta el pueblo, al azul del mar que a lo lejos se divisa como telón de fondo, al verde de las campiñas que descienden, en escarpadas laderas, hacia el llano. Así que el azar, o el destino, quiso que hubiera algo mío que me resulta familiar en este paisaje, tan lejano, tan desleído ya en las brumas del tiempo, tan a trasmano de ese otro lugar al que me llevaron mis pasos en la tierra.


Paseo por sus calles y fotografío ese letrero, tan antiguo, conservado sin duda por el propietario del negocio como reliquia de tiempos pasados, de “Barbería”, de cuando aún se llamaba así a lo que hoy se denominan “Peluquerías” y se me da por pensar que tal vez el padre de mi abuela visitase alguna vez el local, ¡quién puede saberlo! Llevo a mi hijo al lado. Vamos en silencio, mirándolo todo, deteniéndonos aquí y allá. No resisto la tentación de decirle que probablemente aquí empezó todo, que de no haber nacido aquí su bisabuela, hoy quizá todo sería diferente y él no llevaría el apellido que lleva: “cosas de generaciones, papá”, fue su única respuesta. Entre mí pensé que tenía razón, pero que bien pudo ser este hermoso pueblo el origen de mi carrera y sin saberlo él, también de la suya, aunque otros azares, como el hecho de que mi padre no muriera tras ser herido de gravedad en la Batalla del Ebro, se cruzaran en el camino y coadyuvaran a que yo acabase viniendo al mundo y tras de mí mi hijo. Así nos debemos al azar y a su influencia sobre quienes nos precedieron.

Nota. Desde cualquier callejón de Vejer se abren unas vistas espléndidas al viajero. Por una vertiente de la ladera, el camino que desciende hasta el mar, por otro, las campiñas sobre la sierra que las ampara y protege. Las fotos las tomé un mediodía de mayo.

sábado, 23 de mayo de 2009

Rafael Conte



Acabo de enterarme, viendo un informativo casi de madrugada de CNN+, del fallecimiento en Madrid, a los setenta y tres años y tras de una larga enfermedad, de Rafael Conte. Desaparece uno de los buenos críticos literarios que frecuentaban la prensa literaria, me refiero a los suplementos literarios de los periódicos, y un buen estudioso de la literatura del siglo XX. Rafael Conte nos abrió a muchos los ojos, con su antología Narraciones de la España Desterrada (Edhasa, 1970) acerca del fenómeno literario del exilio republicano español. Estuvo siempre atento a la creación más reciente y descubrió y ensalzó a autores que luego confirmaron con su obra su buena intuición literaria. No lo conocí personalmente, pero hablamos muchas veces por teléfono. Se ocupó siempre de lo mío con generosidad que ahora, aunque ya lo hiciera personalmente en su momento, quiero agradecerle. Le gustó especialmente, aunque no escribiera sobre ella, tal vez la leyó por indicación de nuestro común amigo Camilo José Cela, mi novela sobre el último año de la vida de Julián Besteiro. Después fue siempre respetuoso con mis trabajos sobre el exilio republicano, aunque me llevara algún que otro puyazo. Quise hacerle una entrevista en Madrid para incluirla en un número de una revista literaria dedicada al cuento del exilio, pero su estado de salud lo hizo imposible. Me dio la impresión, la última vez que hablamos por teléfono, de que en sus últimos años andaba algo desengañado, como si no se hubiera valorado suficientemente su figura y su trabajo. Traté de apaciguar ese sentimiento diciéndole que muchos le teníamos por un maestro y que valorábamos y en mucho lo que había aportado a la historiografía de la literatura española y sobre todo a ese fenómeno tan arriesgado que se llama crítica viva. Me quedé sin poder hacerle la entrevista, pero lo recordaré como un hombre honesto que decía siempre lo que pensaba, aunque en sus últimos tiempos hablara algo más de la cuenta de él mismo en sus críticas. Descanse en paz. Nos queda su trabajo y su ejemplo de constancia y dedicación rigurosa a una única y absorbente vocación: la literatura. Acompaño en el sentimiento de dolor a sus familiares y amigos.
Nota. La foto de Conte está tomada de la edición digital El País.com. Había otras en la red, pero esta me ha parecido una de las mejores y por ello la incluyo aquí.

lunes, 18 de mayo de 2009

Miguel Delibes: de la cáscara amarga


A Leonardo la novelística de Miguel Delibes le ha interesado siempre. Lee y relee sus obras y no sabe de qué maravillarse más, si de la creación de personajes, de las historias estremecedoras y desgarradoras que cuenta en ellas o del lenguaje que emplea para narrar y describir. Será de todo un poco. Como profesor, Leonardo, cuando ha tenido oportunidad de hacerlo, ha puesto de lectura muchas veces los libros de Delibes: El camino, El príncipe destronado, Las ratas, Los santos inocentes y en tiempos recientes, Cinco horas con Mario. Precisamente es esta última obra mencionada la que Leonardo considera una lección magistral de lenguaje familiar y coloquial. Cuando Leonardo lee en sus clases algunos capítulos de esta novela, los bolígrafos echan humo anotando giros coloquiales de la máxima expresividad puestos en boca de Menchu, esa mujer insatisfecha, reaccionaria y tan humana, sin embargo.

Hace pocos días, una alumna atenta e interesada preguntó a Leonardo qué significaba ser “de la cáscara amarga”. La joven había leído y subrayado el siguiente pasaje del texto de Cinco horas con Mario: “ Por mucho que te rías, Mario, don Nicolás es un hombre de la cáscara amarga, no sé si de Lerroux o de Alcalá Zamora pero significado y, desde luego, muy rojo, de los peores, de los que no acaban de dar la cara.” Leonardo se sorprendió de que la alumna no le preguntase acerca de la personalidad compleja y contradictoria de Lerroux o de Alcalá Zamora o del hecho de ser calificado como “rojo”. Ello se debía a que la mencionada alumna había conseguido información relativamente fácil sobre esos personajes y sobre el uso del color rojo con connotaciones políticas. Así que Leonardo le respondió a la pregunta y dijo:

“Lo mejor es que en vez de explicárselo yo, se lo aclare alguien que se interesó por el sentido y el origen de los dichos. Les estoy hablando de José María Iribarren cuyo libro El porqué de los dichos es uno de los más instructivos y divertidos tratados que sobre paremiología, el estudio de los refranes y de las frases hechas, se pueden leer. Al referirse a esta expresión, “ser de la cáscara amarga”, escribe Iribarren:

Según el Diccionario de 1970, ser una persona de la cáscara amarga siginifica “ser de ideas muy avanzadas.” Es ésta una de las tantas expresiones que con el tiempo han cambiado de sentido. Covarrubias no la trae en su Tesoro. Pero sí el Diccionario de Autoridades de la Real Academia (1726-39), que dice así: “Ser de la cáscara amarga: Ser un hombre travieso o valentón.” El paso de este significado al de hombre de ideas avanzadas debió de producirse a mitades del siglo XIX. En la obra de Julio Nombela Impresiones y Recuerdos, (tomo I, pág. 32, Madrid, 1909) leí lo siguiente, con referencia al año 1854: “Los amigos con quienes pasaba mi abuelo la primera hora de la tarde en el café que frecuentaban, eran de la cáscara amarga, como llamaban entonces a los progresistas.”
O sea, jóvenes, dijo Leonardo tras cerrar el libro y depositarlo en su mesa de profesor, que visto lo visto, de muchos de nosotros también podría decirse, sin que fuera desdoro, lo mismo que de ese “amigote” de Mario, el tal don Nicolás, que somos de la cáscara amarga. Dio después, como solía hacer casi siempre, la clase por terminada, no sin recomendarles que no dejaran de echar una ojeada, cuando el tiempo se lo permitiese, al sustancioso libro de Iribarren.



Nota. En la presentación a la obra mencionada, escribe Luis Carandell: “José María Iribarren nació en Tudela de Navarra en 1906 y murió en 1971. Abogado de profesión, fue en 1936 secretario particular del general Mola y publicó un libro de gran interés para el estudio de la Guerra Civil; un libro que prohibieron inmediatamente las autoridades franquistas. Se dedicó a la investigación histórica con biografías como la de Espoz y Mina pero se hizo famoso sobre todo por sus obras de literatura costumbrista relacionadas con Navarra y otras regiones de España. El porqué de los dichos es un verdadero tratado de paremiología o ciencia de los refranes.

viernes, 15 de mayo de 2009

El tiempo detenido


El laberinto de callejas ensombrecidas desemboca de repente en una plaza que dormita bajo una luz restallante que anonada y ciega las pupilas, esa luz intensa de las primeras horas de la tarde, cuando está todo como en duermevela y apenas nadie transita por las calles, en ese destiempo que supone la hora de la siesta en un caluroso día de primavera en una pequeña ciudad del sur, cuyas piedras milenarias contemplan la calma iridiscente del mar en sosiego. Alzo la vista y contemplo el reloj sobre uno de los muros de la iglesia. ¿Cuánto tiempo llevarán quietas sus manecillas? ¿Cuándo fue la última vez que funcionó? ¿Por qué se me antoja su quietud una metáfora del tiempo detenido, como si la vida hubiese quedado estancada en el pasado, como si a nadie interesasen ya esas piedras atacadas del mal de la nostalgia, que ahora se dibujan contra un cielo de azul límpido e intenso? Prosigo en silencio mi camino; empiezan a verse las primeras personas camino del café, los primeros chiquillos que salen de la escuela; los coches, con el ruido de sus tubos de escape, me devuelven de golpe al presente. Las manecillas de mi reloj marcan las cinco y veinte de la tarde. Las de la iglesia siguen detenidas en las once y cuarto.

Nota. La foto está tomada en la Plaza de España de El Puerto de Santa María, una tarde de mayo; el reloj está sobre uno de los muros laterales de la Iglesia Mayor Prioral.

martes, 12 de mayo de 2009

Al oeste de Varsovia, de José Ángel Cilleruelo.


Hay una frase, dicha por uno de los personajes de esta estupenda novela, que es un poco la clave y el resumen de su sentido más profundo, al menos así lo interpreto como lector: “La memoria no está en uno mismo, sino en los demás, que son quienes le dan de verdad su sentido.” Es esta una idea sugerente, sin duda. Vivimos, pues, y es la huella de lo que hacemos y pensamos, el recuerdo que los demás guardan de nosotros, de quienes fuimos o intentamos ser, lo que da sentido a la memoria. Así, es el proyectarnos en los demás lo que constituye la base de lo que quedará de nosotros, si es que algo queda y no nos disolvemos inevitablemente en el olvido. Por eso siempre son los otros los que mantienen viva la memoria de los que ya no están y sólo en ese esfuerzo y en esa constancia reside la lucha contra la desmemoria y el olvido.

Aquí se cuenta, fragmentada, con saltos hacia atrás en el tiempo, desde distintos puntos de vista, la historia de un asesinato atroz cometido en una época siniestra y dura, la que se corresponde con la invasión de Polonia por parte de los nazis en 1939. Pero podía haber ocurrido perfectamente en cualquier otro lugar, en cualquier otra época. Si el profesor de literatura y poeta vanguardista salvajemente asesinado en vez de llamarse Cezary Ciéslak se hubiera llamado Roberto Almar, pongo por caso, la maldad hubiese sido la misma. Pero no es solo la brutalidad de los invasores lo que se pone en solfa, sino la actitud miserable e incalificable de los compañeros de claustro del profesor asesinado y la tergiversación interesada que se hace de la memoria histórica. Es esta una novela contra la mezquindad y la hipocresía, contra la bajeza moral de quienes fueron cómplices de la barbarie desde su silencio y su actitud aquiescente.

Al oeste de Varsovia es también una indagación, una búsqueda, la que lleva a cabo una joven empeñada en averiguar la verdad sobre el asesinato del poeta y profesor. Encontrará un silencio espeso, un olvido deliberado, una monstruosa complicidad y una actitud deleznable por parte de quienes en su día fueron testigos del suceso. El paso de los años y la desmemoria han desdibujado los acontecimientos hasta conseguir que no quede apenas rastro de ellos. Sólo la tenacidad y la perseverancia permitirán a la joven reconstruirlos parcialmente, con una gran penuria de datos, aunque con ayudas generosas y solidarias. Al mismo tiempo, esa joven, recién separada del nieto de Cezary Ciéslak, se nos presenta perdida en su propio laberinto, en su íntimo sufrimiento, en su soledad.

Cilleruelo es poeta y se advierte en su forma de narrar. Hay muchos aciertos estilísticos en la novela y también estructurales, en la formar de dosificar e integrar el material narrativo en pequeños capítulos que se alternan constantemente. Una novela que se lee de un tirón; muy recomendable por muchas razones, entre otras por su calidad literaria.


Nota. José Ángel Cilleruelo mantiene un estupendo blog titulado El visir de Abisinia, al que se puede acceder desde "elvisirdeabisinia.blogspot.com" y desde los "enlaces" de este blog.

domingo, 3 de mayo de 2009

Lugares y recuerdos: Chliclana de la Frontera



De repente cae uno en la cuenta de que en este mismo lugar estuvo hace ya más de veinte años. La prodigiosa luz del sur, la luz de Cádiz en el atardecer vista desde los puentes que cruzan el río Iro, un paseo por la Alameda después de haber callejeado por el centro de la ciudad evocan en mí otro tiempo, lejano, impreciso, pero milagrosamente anotado en el diario que en 1988 inicié, sin haberlo dejado hasta la fecha, durante un viaje al sur, a estas tierras donde el azar me trae de nuevo, donde siempre que puedo vuelvo y donde seguro volveré. Me cruzo, por casualidad, sin buscarlo, con la calle dedicada al dramaturgo García Gutiérrez, hoy señalada, sobre los laterales de la fachada de una farmacia, con una placa embaldosinada con su imagen dibujada, una cita de un verso y una pequeña leyenda biográfica. De vuelta a mi ciudad, abro el diario del año 1988 y me encuentro con una breve anotación que copio a continuación. Busco el libro de García Gutiérrez y entre sus páginas, es una vieja costumbre mía la de guardar recuerdos entre las páginas de los libros, doy con un ticket recortado que dice “VI Muestra de Cine. Ciudad de Chiclana. Del 8 al 14 de agosto de 1988”.

“Chiclana, 10 de agosto de 1988. Parece casualidad buscada y, sin embargo, es puro azar. La otra noche, paseando por Chiclana de la Frontera, por una alameda remozada con gusto, dimos, casi de bruces, con la estatua de la ciudad agradecida a su poeta insigne en el centenario de su fallecimiento en 1984. Hablo del poeta y dramaturgo romántico Antonio García Gutiérrez. Pues bien, entre los libros que puse en la maleta para este viaje sureño figura El trovador, que hoy mismo he empezado a leer en la magnífica edición de Casalduero y Blecua, en la mítica colección Textos Hispánicos Modernos ya descatalogada de la editorial Labor. La compré en el mercado de los libros viejos de San Antonio, junto a otra remesa de textos del XVIII y del XIX muy interesantes. ¡Quién me iba a decir que iba a leerlo en su tierra, en su patria chica! El sur da un poeta en cada rincón.”
Nota. La foto de la placa embaldosinada de García Gutiérrez está tomada en la calle que lleva su nombre un atardecer de finales de abril, así como la puesta del sol sobre el río Iro. Reviso la edición de El trovador, por cierto, como curiosidad, aún firmaba Blecua sus trabajos como Luis Alberto, y al azar me encuentro estos versos: “¡La vida! ¿Es algo la vida? / Un doble martirio, un yugo... / llama que venga el verdugo / con el hacha enrojecida”. Lo que soy incapaz de recordar es qué película vimos aquella noche en la Muestra de Cine; ¡ay, los años...!

jueves, 23 de abril de 2009

Veinte aforismos literarios y una sentencia descarnada



[1] No tiene sentido la obra literaria que no defienda, contra viento y marea, la libertad de conciencia.

[2] La literatura será siempre una indagación en la memoria, una despiadada lucha contra el poder devastador del olvido.

[3] ¿La novela española? Cervantes, Galdós y Baroja.

[4] Volver una y otra vez sobre lo escrito, pulirlo, despojarlo de la maleza, desnudarlo en su esencia.

[5] Es razonable aspirar a la novela total, la que integra todos los géneros: poesía, diálogo dramático, narración, ensayo.

[6] Hay a quien le preocupa saber qué tipo de escritor es, yo me conformo con saberme escritor.

[7] ¿La vida literaria? para otros, a mí me basta con la vida.

[8] Los grandes autores, los que abrieron caminos ilimitados a la narrativa durante el siglo XX, fueron los que se decidieron a innovar, al margen de modas y de gustos literarios, a escribir según los dictados de su ética y de su estética personal: Proust, Kafka y Joyce.



[9] La obra literaria debe ser valorada en sí misma, al margen del autor que la creó.

[10] La literatura nace siempre de la soledad.

[11] Del yo al nosotros: la literatura debe tratar de cerrar el círculo de la comunicación.

[12] ¿El teatro español del siglo XX? Luces de bohemia, a lo lejos, García Lorca.

[13] Buscar denodadamente el estilo propio, que te individualice, que te distinga, que sea tu sello personal.

[14] Se equivocó Luis Goytisolo: la novela no solo no ha muerto, sino que goza de excelente salud.

[15] La crítica literaria solvente, razonada, argumentada, basada en sólidos criterios éticos y estéticos, que juzga y valora las obras en sí mismas sin condicionamientos extraliterarios, es y será siempre conveniente y necesaria.



[16] Las urgencias en literatura son poco recomendables.

[17] La verdadera obra literaria, la que acierta, es la que es capaz de vencer al tiempo y de ser leída y disfrutada muchos años, siglos, después de haber sido escrita.

[18] Cada autor debe aspirar a dejar al menos un libro redondo, una obra totalmente lograda, como, por ejemplo, La voz a ti debida.

[19] Profesor y escritor, escritor y crítico literario, periodista y escritor, político y escritor, novelista, poeta, dramaturgo, ensayista: ¡cuántas denominaciones vanas en tu nombre, literatura!

[20] Las obras, sólo las obras, van construyendo al correr de los años eso que da en llamarse biografía literaria.

[Sentencia] De acuerdo con Gil de Biedma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra.


Nota. Las ilustraciones que acompañan esta entrada fueron tomadas por mi hija Marta en una lluviosa, nublada y fría tarde de febrero en los campos de olivares de L'Alt Empordà, tierra productora de un aceite de gran calidad.





domingo, 19 de abril de 2009

Persistencia de la memoria




Si quedaba algo de mí en aquel lugar, entre aquellos sinuosos callejones que en otro tiempo transité, no fui capaz de advertirlo. Regresé por azar, no deliberadamente. Una feria judía medieval llenaba las calles de tenderetes en los que se vendía un poco de todo. La lluvia deslucía el evento y la hora, cercana a la de la comida, tampoco acompañaba. Los vendedores, disfrazados de época, cerraban los puestecillos y se disponían a comer para volver a abrir a las cinco de la tarde. Nos perdimos por el laberinto de callejas... En el pasado, cuando la base militar que se aloja en los terrenos aledaños al pueblo era un CIR de reclutas, esas calles se llenaban, sobre todo a la hora del atardecer, de soldados que salían de la base para cenar, pasear y comprar tabaco y alimentos. El bullicio de la juventud de los mozos llenaba de vida el pueblo. Casi en cada casa se improvisaban comedores donde dar a los soldados buenos platos de patatas fritas con carne, macarrones, butifarras y todo cuanto les consolase del magro rancho del cuartel. Yo fui uno de ellos. Yo también transité esas calles y probé, aunque pocas veces, aquellos platos a rebosar de patatas fritas, huevos y butifarra. Pero al correr de los años el CIR dejó de serlo y la base se quedó en eso, en base militar. Las levas desaparecieron y el pueblo languideció hasta reducirse a lo que hoy es, un hermoso y tranquilo pueblo de l’Alt Empordà, donde la vida discurre monótona y sosegada, silenciosa, como en cualquier otro lugar de la zona.

La ventana del balcón entreabierta, con los cristales rotos, dejaba ver el cielo encapotado de tormenta porque el tejado de la casa se había hundido y mostraba las cicatrices del tiempo al viajero que supiera fijarse en ello. Unos metros más allá, un grupo reducido de albañiles trabajaba en el remozamiento de una vivienda que se había salvado con algo más de fortuna de la acción devastadora del tiempo. Más adelante, un callejón en forma de arco y con soportal se abría en dirección a la iglesia. Como un resto del naufragio del pasado me encontré con una vieja máquina expendedora de cajetillas de cigarrillos que evocó en mí, de modo irremediable, aquel lejano año de 1980, cuando entre octubre y diciembre cumplí la primera parte, el campamento, de las milicias universitarias. “Imecos” nos llamaban burlonamente los soldados de reemplazo al vernos pasar con nuestro cordón distintivo sobre la guerrera del uniforme. En el fondo, nos veían como señoritos universitarios que hacíamos una mili distinta a la suya, mucho más cómoda y corta. Además, nos veían como futuros mandos que un día u otro marcaríamos el paso de la instrucción y probablemente arrestaríamos a colegas de levas posteriores a las suyas. Vi entonces aquella vieja máquina con la bandera española y la palabra “cigarrillos” escrita con dos acentos; aquel viejo letrero, hoy tachado, también con la bandera española y la leyenda “Tabacalera S.A. Expendeduría”; me asomé al escaparate de la tienda que contenía, casi como único libro, “Mujeres españolas” de Salvador de Madariaga; un poco más allá, un anuncio en chapa, clavado milagrosamente a la pared, de “Gaseosa insuperable La Casera”: todo llevaba la huella del tiempo impresa; era como si fueran vestigios de un pasado ya olvidado, o en trance de ser olvidado por ese tranquilo pueblo que busca afirmar su personalidad propia al margen de la influencia, innegable en aquellos años, que sobre él ejerció el acuartelamiento del Ejército español. Si acaso, me llamó la atención la saña con la que se había borrado los colores de la bandera en el letrero y cómo se habían conservado, sin embargo, en la vieja e inservible máquina expendedora de cajetillas de tabaco, convertida en un elemento artístico indudable que así debería mantenerse.


Nota. Estuve en este CIR entre octubre y diciembre de 1980. Tenía veintiséis años. Tuve noticia de la muerte de John Lennon entre las cuatro paredes del barracón en el que me alojaba. Presidió la jura de bandera el general Alfonso Armada. De pie, en medio de la formación, escuché palabras que me sonaron a viejo: que si teníamos que estar preparados para dar nuestra sangre por España y cosas así que se han ido desdibujando en la memoria. Dos meses después, su implicación en el 23-F aclaró el verdadero sentido de algunas de aquellas extemporáneas palabras que nos dirigió durante su encendida alocución tras haber jurado bandera.