martes, 10 de marzo de 2009

Epístola sentimental para ser leída en voz baja



Iria Flavia, 5 de junio de 2003.

Camilo,


Vengo, por fin, a tu encuentro, cuando ya no puedo verte y tampoco estoy seguro de que llegue hasta ese incierto laberinto de sombras por el que andas extraviado, el dolorido sentir de mi voz en desconsuelo.

Te pido indulgencia para mi corazón estremecido, que se desliza peligrosamente por el inoportuno tobogán del sentimentalismo.

He venido a tu casa más querida, invitado por la complicidad generosa de Marina, para hablar de ti y de Max.

En el momento en que escribo esto, caigo en la cuenta de que la única vez que hablé contigo fue sobre Max Aub. Tu voz me llegó, firme y por sorpresa, a través del teléfono:
- ¿Javier Quiñones?, buenas tardes, soy Camilo José Cela.

Te había dedicado un ejemplar de mi edición de los cuentos de Aub y, con sinceridad, lo que menos esperaba era tu llamada, así que te respondió mi timidez y mi infinito respeto hacia tu persona y tu obra.
- ¡Háblame de tú, coño! –me dijiste.
- Me cuesta, Camilo, pero como usted quiera –te respondí.

Me ofreciste entonces la imagen de un Max envejecido, de un hombre poco menos que en puertas de la muerte, que llegó de modo inopinado hasta tu retiro de Mallorca, como un espectro de un pasado lejano y sin embargo todavía vivo.

Al despedirnos, no sé si presagiando que a lo mejor no tendría otra oportunidad de hacerlo, quise decirte lo mucho que te admiraba como escritor y cuánto había aprendido leyendo tus libros.

- ¡Bueno, bueno, bueno... déjate de zarandajas! –dijiste medio riendo, al tiempo que noté en ti cierta impaciencia. Luego te despediste y colgaste.

No volví a hablar contigo. Tuve, tiempo después, la osadía de pedirte unas palabras de presentación para mi novela sobre la muerte de Julián Besteiro. Las tuve, como quien dice, a vuelta de correo.

Planeé mil veces ir a verte, porque sabía abiertas para mí las puertas de tu casa, pero tantas veces como lo hacía lo postergaba diciéndome: “Para qué le vas a molestar, qué le vas a decir tú, que no eres nadie ni representas nada” –perdona que te tome prestadas tus palabras.

¡Quién me dijera, Camilo, que aquella vez en que hablamos de Aub iba a ser la primera y la última que hablase contigo!

Siento en este momento, en que por fin he venido a encontrarme con la luz en calma de tu ausencia, una paz sosegada e infinita en el fondo del corazón; la misma que he sentido esta mañana junto al olivo de piedra lunar y de tronco retorcido, cuya umbría centenaria acoge tu descanso eterno.

A lo mejor no te sirve de nada, pero leo y releo tus libros y hago que los lean somnolientos y perezosos muchachos, para que aprendan de tu mano de maestro que “el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.”

He venido, Camilo, a ofrecerte, en la posteridad jubilosa de tu destiempo, el testimonio de mi amistad más humilde y más sincera.


Nota. Este texto, breve homenaje personal a un escritor a quien admiro y cuyas obras siempre me ha gustado leer, fue el proemio a la conferencia "Camilo José Cela y Max Aub, evocación de una amistad transterrada", dictada el cinco de junio de 2003 en el marco de un homenaje de la Fundación Cela a Max Aub al cumplirse centenario de su nacimiento. El acto se llevó a cabo en el salón de actos de la Fundación Cela, con sede en Iria Flavia. Pude entonces visitar el olivo al pie del cual descansan los restos del escritor, en el cementerio de la Colegiata de Santa María. El texto de esa conferencia y esta epístola pueden leerse en el Anuario 2005 de Estudios Celianos, publicado por la Universidad Camilo José Cela en 2005; el texto abarca las páginas 89 a 105.Las fotos de Camilo son detalles captados por mi cámara sobre unas fotos incluidas en el libro del Círculo de Lectores Retrato de Camilo José Cela, de Alonso Zamora Vicente y Juan Cueto.

2 comentarios:

Mega dijo...

Bonito y sentido homenaje, Javier. Gracias por dejarnos leer en voz baja esta epístola sentimental, tan cargada de respeto.

Un abrazo

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Gracias a ti por leerlo, Mega.
Un abrazo, Javier.