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jueves, 9 de abril de 2015

Josefina Aldecoa, el cielo de los libres


Me propongo en esta entrada, y en otras posteriores, recuperar lo que escribí en su día sobre la obra literaria de Josefina Aldecoa, a quien ya dediqué una entrada con motivo de su fallecimiento en la que recogía un comentario a su libro de memorias En la distancia (quien lo desee, puede leerlo AQUÍ). Quiero compartir, con quienes visiten estas páginas de literatura y vida, mis impresiones de lector de la obra de esta importante escritora de la generación del medio siglo, que nos dejó en el mes de marzo de 2011.
                       
                            
 EL  CIELO  DE  LOS  LIBRES


Cerca del cielo de los libres es un verso perteneciente a un poema de juventud de Daniel Rivera, poeta y profesor universitario, protagonista, junto a Teresa y Berta de la última entrega novelística de Josefina Aldecoa, El enigma, e ilustra uno de los aspectos claves de la obra, la búsqueda de la libertad personal: "Por primera vez, ¿en siglos?, se sentía libre. Pensó que del otro lado del océano había quedado una vida, la suya, anclada en la rutina y el aburrimiento y el desasosiego". Esa vida rutinaria, mediocre y convencional a la que se refiere el narrador -externo, de tipo omnisciente-, es la de Daniel Rivera junto a Berta, la mujer con la que está casado y ha tenido dos hijos. A lo largo de la novela, el lector asiste al continuo desencuentro y al abismo existente entre las personalidades, las actitudes y los intereses de ambos. En los muchos rasgos negativos acumulados en el personaje de Berta, en su mentalidad conservadora y reaccionaria, nos parece advertir un eco lejano de la Menchu de Cinco horas con Mario; los reproches hacia la tarea intelectual y literaria de Daniel, los continuos acicates para mejorar la situación económica de la familia, evocan en el lector la mediocridad que caracteriza al personaje de Delibes.


La insatisfacción, el vacío, la desolación infinita y color gris rodean, nos dice el narrador, la vida de Daniel Rivera junto a Berta. Durante su estancia en una universidad americana como profesor invitado parece tomar conciencia "de que en algún punto del camino se había equivocado y ya para siempre sería víctima de ese error." Pero el azar le tiene reservada una sorpresa con nombre de mujer, Teresa. Junto a ella vivirá una historia de amor que es el contrapunto a su relación con Berta. Teresa es el polo opuesto de Berta. Comparte con Daniel las inquietudes intelectuales y el gusto por la literatura y la escritura, "le elevaba hacia un mundo en el que la inteligencia, la sensibilidad eran lo más valioso". Es un mujer libre, culta e inteligente, que también se refugia en la misma universidad, huyendo y "dejando atrás un matrimonio fracasado". El amor surge enseguida entre ellos y se hace más y más profundo con el paso de los días. La lejanía y el extrañamiento del campus universitario, espacio en cierto sentido fuera de la realidad, propicia la ausencia casi total de obstáculos para esta relación que abarca la primera parte de la novela. El teléfono, único vínculo con el pasado, es la ventana abierta a través de la cual, a partir de breves retazos de conversaciones, Berta asoma su mediocridad como la sombra única que nubla el cielo libre recién conquistado de los amantes.


No es la primera vez que en la reciente narrativa española el mundo de la universidad y de los profesores universitarios sirve de motivo literario; existe ya cierta tradición y podría hablarse casi de un subgénero narrativo; pensamos, por ejemplo en la novela de Ramón Carnicer También murió Manceñido, en La isla de los jacintos cortados, de Gonzalo Torrente Ballester, en Todas las almas, de Javier Marías, o, en buena medida, en Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina, entre otras.



Teresa está escribiendo un libro sobre las relaciones de pareja, centrado en la historia amorosa de algunos personajes célebres, y ése es uno de los puntos fundamentales de esta novela que supone una descarnada y sincera indagación en el mundo de las relaciones de pareja: "Las parejas. Qué extraña relación, la más vieja del mundo." La historia de amor de Teresa y Daniel, así como la conflictiva vida matrimonial de éste con Berta son el contrapunto a las historias del libro que escribe Teresa; de modo que asistimos a dos aspectos de una misma cuestión, el de la reflexión intelectual sobre las relaciones amorosas y el de la vivencia de dos historias de amor que se entrecruzan y pivotan en el personaje de Daniel.

La indagación de Teresa, y de hecho la novela toda, intenta responder al enigma que supone el hecho de que la relación amorosa entre personas perdure en el tiempo: "¿Por qué en algunos casos la relación entre iguales superiores funcionaba y en otros no? ¿Por qué?... Era un enigma." Quizá se desprende del libro que la libertad personal, la autenticidad y la sinceridad son imprescindibles para que una relación sea estable y duradera. Desde que se acaba el cuatrimestre y con él la estancia de Daniel en América, es decir, en la segunda parte de la novela, la relación con Teresa, al chocar con la realidad y quedar condicionada por la ausencia y la distancia, empieza a ser conflictiva. Daniel no es capaz de enfrentarse a la situación y tratar de poner una solución. En el fondo, empieza a cuestionarse la oportunidad de esa relación: "¿Por qué Teresa había aparecido en su camino cuando ya su vida estaba anclada en un punto de no retorno?" Ella le reprocha que no sepa tomar una decisión e hipoteque su vida. Daniel se resiste al divorcio y a abandonar a Berta y a sus hijos. A pesar de los encuentros breves, unos días en Menorca y un verano en Asturias, Daniel no da el paso y el amor con Teresa atraviesa por momentos muy difíciles. Todo apunta hacia un final descorazonador que oculta los sueños en un oscuro camino de sombras y sumerge al personaje en un pozo de mediocridad y frustración al que le ha llevado su carácter irresoluto, su cobardía y el miedo a afrontar su propio fracaso. Daniel renuncia a la libertad y tal vez también a la felicidad.

La rememoración del pasado, tema frecuente en la narrativa de Josefina Aldecoa, se ciñe aquí al mundo de la infancia de los personajes, que es evocado y recuperado en las conversaciones entre Teresa y Daniel. Julia, personaje de La enredadera, decía: "todo se fragua en la infancia, todo se arrastra desde la infancia"; parece, pues, en esta historia -y en varios de los cuentos de su libro Fiebre-, volver Aldecoa al mundo de las novelas anteriores a la trilogía iniciada por Historia de una maestra. El enigma insiste en la preocupación de la autora por la complejidad de las relaciones humanas, por las renuncias y los desencuentros, por la soledad y el desamparo, por la búsqueda de la libertad personal y de un territorio de luz no gastada.

La novela está ambientada a finales de los ochenta, en la época de los gobiernos socialistas. Estructurada en fragmentos breves, a veces simples retazos de conversaciones telefónicas, posee una indudable agilidad y un lenguaje directo que resulta muy eficaz en este tipo de relato. Madrid, Nueva York, Menorca y Asturias son los escenarios para esta historia de soledades compartidas, que despertará, seguro, el interés de los lectores.


NotaEsta reseña, “El cielo de los libres. El enigma, de Josefina Aldecoa”, fue publicada en la revista de literatura Quimera, Barcelona, nº 220, septiembre de 2002, pp. 70-71.

viernes, 18 de marzo de 2011

Josefina Aldecoa, En la distancia



Acaba de fallecer Josefina Aldecoa. Mantuve con ella, desde que la conocí a mediados de los noventa, una relación epistolar centrada en los temas literarios; varias de sus cartas me las remitió desde Las Magnolias. Intercambiamos lecturas y opiniones sobre nuestros respectivos libros, las suyas muy generosas para con lo mío, lo que quiero agradecerle aquí, como hice en su día. Escribí varios artículos sobre su obra y varias reseñas de sus libros según iban apareciendo. He releído estas últimas y he decidido incluir la de su libro de memorias En la distancia, que en su día  me pidió la revista Quimera, como personal homenaje.


VIDA CUMPLIDA

En la distancia es un libro de memorias narrado como si fuera una novela -“toda novela es una autobiografía y toda autobiografía es una novela”, dice la autora-, la novela de una vida cumplida, escrita desde la serenidad de una madurez espléndida. El libro resulta ser una indagación en el pasado y sus páginas destilan una serena melancolía, la que produce el paso de los años, entreverada con el aroma de la felicidad irrepetible.



La nostalgia impregna la evocación de la infancia, esos “primeros años que deciden para siempre lo que vamos a ser”: el paisaje de La Robla, el color rojizo de los árboles en otoño, los baños en el río en verano, las primeras lecturas, el frío, la casa de los abuelos, territorio perdido de la niñez. El entorno familiar, liberal y republicano, y la madre, maestra en la línea del institucionismo, contribuyen decisivamente en la formación de aspectos básicos de la personalidad de la escritora: la pedagogía, la política, la cultura. La familia se traslada a León en 1936. La guerra, “algo terrible, oscuro y negativo”, los fusilamientos, la violencia, las persecuciones, marcaron “un punto de imposible retorno, el final de la infancia.” Sin embargo, rememorada en la distancia, la autora reconoce que tuvo “una infancia feliz, protegida, cuidada y serena.”


En la posguerra, cuando “una inmensa cortina gris lo envolvía todo”, el mundo de los libros y la pasión por la lectura, supusieron “un estímulo decisivo” para seguir adelante. En 1943 entra en contacto con los poetas Victoriano Crémer y Eugenio de Nora, y a través de ellos con la “España del exilio interior, de la inteligencia y de la cultura.” En 1944 se traslada a Madrid y cursa estudios en la facultad de Filosofía y Letras. Conoce a Rafael Sánchez Ferlosio, a Alfonso Sastre, a Jesús Fernández Santos, a Medardo Fraile y algún tiempo después a Carmen Martín Gaite y a Ignacio Aldecoa; todos ellos miembros de la generación del cincuenta. Una estancia en Londres, primer contacto con Europa, le hace darse cuenta de que “la libertad estaba allí, existía.” Al volver, la tesis doctoral, en el ámbito de la pedagogía, El arte del niño. Después entró en su vida Ignacio Aldecoa y entabló con él “un diálogo, una discusión interminable.” Muy hermosas páginas dedica la autora a la evocación de los años de vida en común con uno de los grandes escritores del siglo XX español.


Se casaron en marzo de 1952 y su casa fue pronto la casa de sus amigos, a todos los evoca nostálgicamente ligados a un pasado lejano y ya irrecuperable: “éramos jóvenes, teníamos tiempo libre, soñábamos con paraísos lejanos, necesitábamos angustiosamente la libertad.” Fue un tiempo de amor y de amistad, de viajes, de descubrimientos, de lectura, de escritura, de vida intensa, la de quienes se declaraban “partidarios de la felicidad.” La maternidad: Susana, 1954; ese mismo año, Ignacio finalista del Planeta con El fulgor y la sangre. Viajes: Ibiza, “la libertad” y su huella literaria en la novela Porque éramos jóvenes; Nueva York, Ángel del Río, Francisco García Lorca, Francisco Ayala, “la cultura perdida, el mundo desconocido y mitificado de los españoles del exilio”; la visita a un país comunista, Polonia, que les dejó ”una sombra de duda sobre un sistema con el que nunca se habían identificado”; la estancia de Ignacio en La Graciosa, Canarias, reflejada en Parte de una historia.

En 1959 la autora funda lo que luego será el colegio Estilo, al principio Jardín-Escuela. Aunque nunca fue maestra, para Josefina Aldecoa “educar es lo más importante, lo básico” y la educación tiene que ver con “una actitud ante la vida, una filosofía de la existencia”; la educación debe desarrollar “el sentido crítico y analítico” del niño desde edades tempranas. Esa dedicación pedagógica la combina con la creación literaria y así, en 1961, publica su primer libro de cuentos A ninguna parte, que acaba de ser reeditado por la editorial Menoscuarto, en colección dirigida por Fernando Valls. Dos cuentos del libro fueron incluidos por la autora, en 2000, en Fiebre.

El 15 de noviembre de 1969 era sábado. En casa de Dominguín, donde otras veces habían coincidido con Semprún, Javier Pradera o Juan Benet, Ignacio Aldecoa se sintió mal y fue el final, el mazazo que rompió, inesperadamente, la vida de la autora. La muerte de su marido gravita en el libro como un peso insoportable, a pesar de la aceptación estoica del hecho de la muerte: “el drama eterno del hombre es nacer para morir, y he aceptado la muerte.” Cuando murió su marido, nos dice, apartó de su vida todo proyecto literario y sólo permaneció fiel a la lectura.

La autora va dando breves pinceladas históricas para enmarcar temporalmente el relato. Lúcida y nostálgica es la reflexión tras la muerte de Franco: “Me di cuenta de que estaba a punto de cumplir cincuenta años. Los cuarenta años de dictadura cayeron sobre mí como una losa. Demasiado tarde para los que éramos niños en 1936.”


La publicación, en el final de la década de los setenta de dos antologías de cuentos: una de su marido y otra titulada Los niños de la guerra, que contiene relatos relacionados con la guerra civil de los escritores de su generación, sirvió para que Josefina R. Aldecoa volviera al panorama literario y lo hiciera defendiendo a su generación de los calificativos despectivos de “literatura de la berza” y reivindicando una literatura que hay que entender, dice, en las condiciones históricas en que se produjo. Pone de manifiesto, refiriéndose a la obra de su marido, la solidaridad con los desheredados y los humildes, con las personas necesitadas, que fueron el objeto literario de muchos de sus cuentos.


Tras esos trabajos, la creación literaria llama nuevamente a su puerta. Así, en la década de los ochenta, escribe -sumergida en la soledad y la paz de la casa de Las Magnolias, en Cantabria- y publica tres novelas La enredadera, en 1983, Porque éramos jóvenes, en 1986 y El vergel, en 1988. La autora habla así de ellas: “Mis novelas de los ochenta tienen un común denominador. En ellas trato de descubrir los móviles de las conductas. Los errores que cometemos los seres humanos en busca de la felicidad. En ellas queda patente mi filosofía de la existencia.”



En 1990 publicó Historia de una maestra, su mayor éxito literario. “La escribí con la intención de recuperar la memoria de los años de juventud de mi madre y los de mi infancia.” A ella le siguieron Mujeres de negro y La fuerza del destino. La autora la llama “trilogía de la memoria” y considera esas obras como un ejercicio de sinceridad. La memoria será una de las constantes de su narrativa, porque “no se puede pactar con el olvido”; es necesario, dice, “dejar testimonio a los que vienen después, de la verdadera, profunda, humana historia de España.” Su última entrega novelesca es, hasta la fecha, El enigma, 2002.


Las últimas páginas, hermosas y melancólicas reflexiones sobre el paso del tiempo, constituyen un resumen lúcido de lo que este libro significa: “En este libro hay una buena parte de mi vida hecha, deshecha, reconstruida, como un gran puzzle. Irremediablemente faltan piezas, fragmentos. Hay espacios vacíos. Estoy segura de que algunos de ellos encierra en su oquedad un recuerdo intolerable que he tachado sin saberlo, que no merece el precio del recuerdo.”