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viernes, 10 de julio de 2015

Miguel Delibes: la vida al aire libre


En 1989 publicó Miguel Delibes este entrañable libro en que el pasa repaso a sus aficiones deportivas con mucho sentido del humor y con una considerable aportación de curiosos datos biográficos, familiares, sobre todo, pero también de las distintas épocas de su juventud, cuando era practicante fervoroso de los deportes que en estas páginas describe: la bicicleta, la natación, el tenis, el fútbol, el andar o la caza. Lectura absolutamente recomendable por lo entrañable de las anécdotas, además de, cómo no, por su impecable estilo, por la riqueza léxica de su castellano y por la profunda belleza de su prosa. Me quedo, para estas páginas volanderas, con el último párrafo que, a modo de lúcido resumen, cierra el libro con un  sabio consejo que no deberíamos echar en saco roto:

Una vez que uno inicia en la vida la cuesta abajo, el problema es este: conservar. Conservar útiles piernas, arterias, bofes y corazón. Que la artrosis o el infarto no nos dobleguen. Ejercitarnos con moderación: pasear un par de horas diarias, cazar las mañanas de los domingos, pedalear 15 o 20 kilómetros, jugar una partidita de tenis un par de veces por semana... En una palabra, seguir en activo aunque con mesura. A mí juicio, esta es la receta pertinente para sesentones reacios a enrolarse en una existencia sedentaria, resueltos a no dimitir de una maravillosa vida al aire libre.

martes, 9 de septiembre de 2014

Miguel Delibes: el soplo de Dios



El alma constituía una realidad simple, y del complejo humano era ella lo único fundamental. Apenas recordaba el cadáver de su padre yaciendo en un ataúd negro, del tamaño del de un niño, y últimamente el descarnado y enlutado de la señora Zoa. Pero al evocarlos ahora, experimentaba una sensación rotundamente clara de que allí no quedaba apenas nada de su padre o de la señora Zoa. Eran unos amorfos pedazos de materia, un cárdeno montón de pienso para los gusanos. Aquella rigidez amoratada de los miembros, aquella mueca póstuma dibujada en el rostro con el postrer rechinar de dientes y el último movimiento muscular voluntario daban idea de que allí se había consumado un desligamiento, una recentísima escisión. De un lado quedaba aquel cuerpo, tieso y frío como un garrote; al otro, en una región inaudita e inasequible para los vivos, permanecería el alma durante una era interminable. Aquello no era, pues, el sueño eterno, sino un eterno despertar. (...) Esto [el cuerpo] desaparecerá un día. Volverá a fundirse con el barro de donde ha salido. Pero el alma..., el alma es el soplo de Dios.

Miguel Delibes, Aún es de día, 1ª edición, octubre de 1949, Col. Áncora y Delfín, Editorial Destino, Barcelona; cita de las páginas 230-231.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Miguel Delibes: la ciudad se le hacía vieja


A pesar de la inmensa tristeza que destila Aún es de día, segunda novela de Miguel Delibes, publicada en 1949, y del ambiente sórdido que rodea al protagonista, Sebastián, a quien acompañamos en su camino de perfección a lo largo de páginas en las que se describe un ambiente asfixiante y mezquino, la maestría narrativa del autor aparece en párrafos como este, a la altura del mejor Delibes, que cambiaría su rumbo narrativo con la publicación de El camino, en 1950, y acabaría convirtiéndose en un clásico fundamental en la historia de la novela española:

Ahora la ciudad se le hacía vieja, turbia y desapaciblemente sucia; desabrida en su rutina gris, en su monotonía de piedras amontonadas con un diverso y a veces opuesto sentido arquitectónico. La escasa luz la hacía todavía más lánguida y decadente. Las calles equivalían a tiras de asfalto, ribeteadas por casas desiguales, amorfas, vagamente lóbregas y huidizas. Las conversaciones de los transeúntes eran huecas y vulgares, como las casas y las calles; con un ritmo roto, desafinado, de música maltratada. En las esquinas algunas viejas vendían castañas asadas, encerradas en una casetucha de maderas grises, con reminiscencias de ataúdes.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Miguel Delibes: en adelante nada sería como había sido


“Del libro que están leyendo, jóvenes, podría decirse que es una novela de aprendizaje, uno de cuyos temas principales es el acceso a la experiencia –dijo Leonardo a los más jóvenes de sus alumnos una tarde en que acabó de leerles un párrafo de la novela mientras el crepúsculo de la tarde otoñal dejaba un cielo amoratado por encima de los edificios-. Se preguntarán aprendizaje de qué y acceder a qué experiencia, supongo. Lo podemos resumir en dos palabras: del vivir. En la vida siempre hay sucesos, avatares, que de una u otra forma te marcan, te influyen, te cambian, no eres el mismo antes y después de ellos. Para Daniel, el Mochuelo, no olviden que tiene la misma edad que ustedes tienen ahora, la muerte de Germán, el Tiñoso, su amigo más querido junto a Roque, el Moñigo, es una experiencia que le afecta en lo más profundo de su ser. El hecho luctuoso, triste, deja tal huella en él que nunca volverá a ser el mismo. Podemos verle, sí, casi literalmente verle a través de las palabras, crecer, reflexionar con increíble madurez sobre el alcance de lo sucedido, en definitiva, le vemos despertar a su, a nuestra condición efímera, transitoria, pasajera, la de Daniel, la de los habitantes del valle, la de todos nosotros, ustedes y yo mismo; le vemos, en suma, descubrir su propia soledad. Lean ahora en silencio el párrafo que yo les he leído, léanlo por lo menos dos veces y crezcan con Daniel y denle secretamente las gracias a Miguel Delibes por haber escrito libros como este. Crezcan, jóvenes, crezcan.”

Daniel, el Mochuelo, pasó la noche en vela, junto al muerto. Sentía que algo grande se velaba dentro de él y que en adelante nada sería como había sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que sentía solo, espantosamente solo, era él, y sólo él. Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños. Él nunca se paró a pensarlo y al hacerlo ahora, una sensación punzante y angustiosa casi le asfixiaba. Vivir de esta manera era algo brillante, y a la vez, terriblemente tétrico y desolado. Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poco, inexorablemente. A la larga todos acabarían muriendo: él, y don José, y su padre, el quesero, y su madre, y las Guindillas, y Quino, y las cinco Lepóridas, y Antonio, el Buche, y la Mica, y la Mariuca-uca, y don Antonino, el marqués, y hasta Paco, el herrero. Todos eran efímeros y transitorios y a la vuelta de cien años no quedaría rastro de ellos sobre las piedras del pueblo. Como ahora no quedaba rastro de los que les habían precedido en una centena de años. Y la mutación se produciría de una manera lenta e imperceptible. Llegarían a desaparecer del mundo todos, absolutamente todos los que ahora poblaban su costra y el mundo no advertiría el cambio. La muerte era lacónica, misteriosa y terrible.

Nota. La foto de Miguel Delibes procede de blogeducastur.es. La de la edición de El camino, de la red. La cita está tomada de la primera edición del libro en la colección Áncora y Delfín, volumen 57, Editorial Destino, Barcelona, 1950. Texto en las páginas 205-206 de dicha edición.

lunes, 18 de mayo de 2009

Miguel Delibes: de la cáscara amarga


A Leonardo la novelística de Miguel Delibes le ha interesado siempre. Lee y relee sus obras y no sabe de qué maravillarse más, si de la creación de personajes, de las historias estremecedoras y desgarradoras que cuenta en ellas o del lenguaje que emplea para narrar y describir. Será de todo un poco. Como profesor, Leonardo, cuando ha tenido oportunidad de hacerlo, ha puesto de lectura muchas veces los libros de Delibes: El camino, El príncipe destronado, Las ratas, Los santos inocentes y en tiempos recientes, Cinco horas con Mario. Precisamente es esta última obra mencionada la que Leonardo considera una lección magistral de lenguaje familiar y coloquial. Cuando Leonardo lee en sus clases algunos capítulos de esta novela, los bolígrafos echan humo anotando giros coloquiales de la máxima expresividad puestos en boca de Menchu, esa mujer insatisfecha, reaccionaria y tan humana, sin embargo.

Hace pocos días, una alumna atenta e interesada preguntó a Leonardo qué significaba ser “de la cáscara amarga”. La joven había leído y subrayado el siguiente pasaje del texto de Cinco horas con Mario: “ Por mucho que te rías, Mario, don Nicolás es un hombre de la cáscara amarga, no sé si de Lerroux o de Alcalá Zamora pero significado y, desde luego, muy rojo, de los peores, de los que no acaban de dar la cara.” Leonardo se sorprendió de que la alumna no le preguntase acerca de la personalidad compleja y contradictoria de Lerroux o de Alcalá Zamora o del hecho de ser calificado como “rojo”. Ello se debía a que la mencionada alumna había conseguido información relativamente fácil sobre esos personajes y sobre el uso del color rojo con connotaciones políticas. Así que Leonardo le respondió a la pregunta y dijo:

“Lo mejor es que en vez de explicárselo yo, se lo aclare alguien que se interesó por el sentido y el origen de los dichos. Les estoy hablando de José María Iribarren cuyo libro El porqué de los dichos es uno de los más instructivos y divertidos tratados que sobre paremiología, el estudio de los refranes y de las frases hechas, se pueden leer. Al referirse a esta expresión, “ser de la cáscara amarga”, escribe Iribarren:

Según el Diccionario de 1970, ser una persona de la cáscara amarga siginifica “ser de ideas muy avanzadas.” Es ésta una de las tantas expresiones que con el tiempo han cambiado de sentido. Covarrubias no la trae en su Tesoro. Pero sí el Diccionario de Autoridades de la Real Academia (1726-39), que dice así: “Ser de la cáscara amarga: Ser un hombre travieso o valentón.” El paso de este significado al de hombre de ideas avanzadas debió de producirse a mitades del siglo XIX. En la obra de Julio Nombela Impresiones y Recuerdos, (tomo I, pág. 32, Madrid, 1909) leí lo siguiente, con referencia al año 1854: “Los amigos con quienes pasaba mi abuelo la primera hora de la tarde en el café que frecuentaban, eran de la cáscara amarga, como llamaban entonces a los progresistas.”
O sea, jóvenes, dijo Leonardo tras cerrar el libro y depositarlo en su mesa de profesor, que visto lo visto, de muchos de nosotros también podría decirse, sin que fuera desdoro, lo mismo que de ese “amigote” de Mario, el tal don Nicolás, que somos de la cáscara amarga. Dio después, como solía hacer casi siempre, la clase por terminada, no sin recomendarles que no dejaran de echar una ojeada, cuando el tiempo se lo permitiese, al sustancioso libro de Iribarren.



Nota. En la presentación a la obra mencionada, escribe Luis Carandell: “José María Iribarren nació en Tudela de Navarra en 1906 y murió en 1971. Abogado de profesión, fue en 1936 secretario particular del general Mola y publicó un libro de gran interés para el estudio de la Guerra Civil; un libro que prohibieron inmediatamente las autoridades franquistas. Se dedicó a la investigación histórica con biografías como la de Espoz y Mina pero se hizo famoso sobre todo por sus obras de literatura costumbrista relacionadas con Navarra y otras regiones de España. El porqué de los dichos es un verdadero tratado de paremiología o ciencia de los refranes.