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viernes, 9 de septiembre de 2011

La esperanza




Se tiene la impresión, a menudo, de que muchas veces no sabemos con claridad de qué hablamos cuando hablamos de la esperanza, de tener o de mantener viva la llama de la esperanza. ¿Esperanza en qué o en quién o para qué? ¿Esperanza de alcanzar nuestros propósitos, si es que tenemos alguno? ¿Esperanza de que se conviertan en realidad nuestros sueños o nuestras ilusiones? ¿Esperanza de que no se acabe todo en este nuestro vivir terrenal? ¿Esperanza en la más que improbable redención de los menesterosos, de los humillados, de los que padecen hambre y sed de justicia? En definitiva, ¿qué sentido tiene que se hable de la esperanza, de que unos animen a otros a no perderla? El lenguaje coloquial pinta de verde la esperanza y la alimenta con numerosas frases hechas, lo último que se pierde, suele decirse.

El poeta Ruben Darío nos dejó en Cantos de vida y esperanza (1905) un hermoso y trascendente poema en el que nos habla de su deseo, de su esperanza, de que no todo acabe con la muerte, de que Jesús nos ayude a trascenderla y nos invite a seguir gozando de otro nuevo tipo de vida con su "levántate y anda".

SPES

Jesús, incomparable perdonador de injurias,
oye; Sembrador de trigo, dame el tierno
pan de tus hostias; dame, contra el sañudo infierno,
una gracia lustral de iras y lujurias.

Dime que este espantoso horror de la agonía
que me obsede, es no más de mi culpa nefanda,
que al morir hallaré la luz de un nuevo día
y que entonces oiré mi "¡Levántate y anda!"