lunes, 30 de enero de 2012

Los folicularios y el estilo



Es cosa sabida que don Manuel Azaña no fue un presidente al uso. Numerosas razones lo abonan. No es lo corriente que un presidente se desvíe del argumento político al escribir sus diarios para perderse en un meandro reflexivo acerca del estilo de los periodistas españoles de su tiempo. Cuando Negrín y Zugazagoitia lo visitaron en La Pobleta, en mayo de 1937, recién estrenados sus cargos de presidente del Gobierno y ministro de la Gobernación, teniendo en cuenta la tarea periodística del nuevo ministro, escribe, de modo admirable, el presidente de la República en sus Memorias de guerra 1936-1939:

Desde hace algunos años, a casi todos los folicularios españoles les ha dado por escribir, venga o no a pelo, con frasecitas cortas, con cláusulas breves, creyéndose con ello más "modernos". Cuando se trata de gentes sin talento literario, ni formación de escritor, ni conocimiento siquiera superficial de la lengua escrita, se contentan con tronchar las oraciones, cortándolas a cada dos o tres vocablos con un punto y seguido arbitrario, sin observar correspondencia alguna entre el desarrollo de la frase y el de la idea o pensamiento que pretenden expresar. Así resulta una frase cojitranca y jadeante. La atención del lector, como la materia suele ser parva y muy cursada, corre más veloz que la elocución del articulista, y, se ve forzada a detenerse en las pausas indebidas de la prosa, desligadas de las pausas del discurso. Queriendo ser rápidos, son tartamudos. Pero, ¡bueno!, ¿a qué viene ahora hablar de estilos? Hablemos de política.

lunes, 23 de enero de 2012

Lo que desarma en él


En esta tarde de enero, en que tengo noticia del fallecimiento de Miguel García-Posada, mientras leo el último volumen de las memorias de Julián Marías -¡qué extraordinaria lección de vida!-, me llega un correo de mi amigo Joaquim Parellada con una cita que no me resisto a compartir con quien se pase por aquí. Es de un texto de nuestro admirado José-Carlos Mainer y en él escribe sobre dos de los autores que tanto queremos Joaquim y yo, Galdós -tan bien editado por él y por Teresa Barjau- y Baroja. La amistad se mezcla con la melancolía, la vida es hermosa cuando existe la amistad, nunca seremos quienes somos sin la amistad.

“… lo que desarma en él [Baroja] es su melancólica desesperanza, su nihilismo sincero y su sinceridad de fondo… Puede resultar enfadoso alguna vez, pero su frecuentación no me cansa nunca porque es un escritor que gana cuando lo lees a lo largo, por extenso… como comprobé al editar las Obras completas y volvérmelo a repasar de cabo a rabo y por su orden…Galdós es el ser humano más cabal [¿recuerdas nuestra cita de Cernuda al respecto?], aunque no sé qué opinarían las amantes que se quitaba de encima de modo poco piadoso… Es un inventor de mundos vecinos en los que siempre hay una nota de piedad, otra de humor y otra de utopía: la primera nunca es sensiblera, la segunda –excipiente casi obligado de la novela de su época—tampoco es blanda; la tercera nunca es retórica.”


J.C. Mainer (conversación entre él, Juan Marqués y Julio José Ordovás) en Para Mainer, La Veleta, 2011.


¡Qué capacidad de síntesis! ¡Hay cuatro o cinco tesis doctorales en germen en estas líneas!

lunes, 9 de enero de 2012

Julián Marías: hablar por boca ajena



A J.G., que encabezó
la pequeña lista.

Los libros ejercen ciertos efectos sobre sus lectores, pocos o muchos; a veces, durante muchos años, en algunos casos excepcionales, durante siglos. Pero no se suele reparar en los efectos que tienen sobre el autor, que queda modificado por cada uno de ellos, siempre que se trate de libros auténticos, nacidos del fondo de la persona. El libro sobre Ortega había sido de larga elaboración; me había ocupado más tiempo que ningún otro; es decir, había “vivido” en él, sumergido en él durante tres años, inmerso en el empeño de reconstruir su mundo.

Paradójicamente, fue después de la muerte de Ortega cuando más intensa y constantemente me ocupé de él, cuando penetré con mayor hondura en su obra y en la adivinación de su vida, en un extraño experimento mental consistente en ver el mundo –el intelectual y el resto- tal como lo había vivido.

Este intento de reviviscencia de otra vida, este ensayo de trasladarme imaginativamente a mundos ajenos y relativamente pretéritos, me dio experiencias que nunca hubiera poseído. Al acabar de escribir el libro, tenía que ser sensiblemente diferente.

Algunas personas reconocieron que la visión de Ortega iba en adelante a ser otra, y se dieron cuenta de que ello era así porque había sido visto desde una perspectiva a que yo mismo no había llegado antes. Pero al mismo tiempo se consolidó en España la decisión de “no enterarse”, de anular a Ortega por el procedimiento de cerrar los ojos.

No sería sincero si no confesara que esto me produjo alguna desilusión. Soy bastante resistente, quizá por ser muy poco vanidoso, por no interesarme la popularidad, pero cuando se publica un libro es para que sea leído y entendido, para que sirva de algo. Resultaría asombrosa una pequeña lista de personas que no dijeron nada de este libro, simplemente como si no existiera.


Nota. Estas reflexiones, extraídas de las páginas 156 y 157, pertenecen al libro de Julián Marías Una vida presente. Memorias 2 (1951-1975), Alianza Editorial, Madrid, 1989. Apelo a la indulgencia del lector para que perdone la osadía y de paso rogarle que donde dice Ortega ponga Aub, el de Max Aub, novela.