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domingo, 11 de diciembre de 2016

Los estratosféricos y la Virgen de Loreto


Cada diez de diciembre se celebra en la Academia General del Aire, de San Javier (Murcia), la festividad de la patrona de los aviadores, la Virgen de Loreto.

Cuando era niño, ese era el día en que acudíamos a la Academia para asistir al espectáculo que preparaban los cadetes y los alféreces alumnos; lo llamaban "Los estratosféricos". Todo lo organizaban ellos y durante su actuación, cantaban, bailaban y representaban comedias. Ignoro, porque han pasado cincuenta y dos años de lo que aquí evoco, si la costumbre se mantiene en nuestros días.

Recuerdo que de la actuación del  año 1965, si no me falla la memoria, tal vez el último que asistimos a aquel evento, se me quedaron grabados dos motivos: el primero de ellos fue la actuación de un cadete, cuyo nombre me es imposible recordar, que, acompañado por un conjunto de guitarras, bajo y batería, interpretó la canción "El mundo", de Jimmy Fontana, y lo hizo tan bien, que se me grabó la melodía en la memoria y la estuve cantando más de un mes seguido. Jimmy Fontana, cuyo verdadero nombre era Enrico Sbriccoli, falleció en septiembre de 2013. A veces, todavía hoy, me descubro cantando esa canción; nunca olvidé aquella melodía: "Oh mondo, soltanto adesso,/ io ti guardo / nel tuo silenzio io mi perdo / e sono niente accanto a te."

El segundo motivo fue la representación que hicieron los cadetes de La venganza de don Mendo, la obra de don Pedro Muñoz Seca. Como de lo que se trataba era de aludir a los mandos de la Academia en tono humorístico, no dejaron de aprovechar la ocasión e hicieron particular hincapié en los conocidísimos versos que al ser oídos por el auditorio, hizo que todos los ojos se volvieran hacia donde yo, y tal vez alguno de mis hermanos, estaba sentado, o al menos eso me pareció entonces:

Los cuatro hermanos Quiñones
a la lucha se aprestaron
y al correr de sus bridones,
como cuatro exhalaciones
hasta el castillo llegaron.
"¡Ah del castillo!" -dijeron-.
"¡Bajad presto ese rastrillo!"
Callaron y nada oyeron,
sordos, sin duda, se hicieron
los infantes del castillo.
"¡Tended el puente!…¡Tendello!
Pues de no hacello, ¡pardiez!,
Antes del primer destello
domaremos la altivez
de esa torre, habéis de vello…"
Entonces, los infanzones
contestaron: "¡Pobres locos!…
Para asaltar torreones,
cuatro Quiñones son pocos.
Hacen falta más Quiñones!
Cesad en vuestra aventura,
porque aventura es aquesta
que dura, porque perdura
el bodoque en mi ballesta…"
Y a una señal, dispararon
los certeros ballesteros,
y de tal guisa atinaron,
que por el suelo rodaron
corceles y caballeros.

Donde don Pedro Muñoz escribió "cuatro Quiñones", los cadetes lo convirtieron en "cinco Quiñones", en alusión directa a mí y a mis cuatro hermanos. Las risas del auditorio fueron generales, claro. Yo no me lo tomé a mal, pero al chiquillo malhumorado que era yo por entonces tampoco es que le hiciera demasiada gracia. Hoy, al recordarlo, se me saltan las lágrimas de risa. Entonces yo desconocía la trágica historia de Muñoz Seca, sacado de la cárcel de San Antón, donde estaba encarcelado al ser detenido en casa de un actor amigo en Barcelona, durante los días que siguieron al Alzamiento, y asesinado en Paracuellos del Jarama el veintiocho de noviembre de 1936. Nunca puede, en España, haber risa sin llanto.

Aquellos divertidos cadetes, o alféreces, serán ya generales y probablemente estén en la reserva. Habrán dejado atrás una vida de servicio en quién sabe qué destinos o qué misiones.

Evoco ahora, tantos años después, a aquellos jóvenes aviadores, metidos por un día a cantantes o actores. Aunque sé sobradamente que la obligación se cumple sin esperar nada a cambio, quiero rendir un tributo de agradecimiento por los servicios prestados a todos los aviadores; lo hago en estos tiempos voraces en los que nadie agradece nada a nadie. 

sábado, 9 de julio de 2016

Los curas de aldea y sus amas de llaves



En los lejanos años de la niñez tuve un compañero de colegio, cuyo nombre no soy capaz de recordar, que guardaba un parecido más que notable con el párroco del pueblo, que, entre otras tareas, tenía asignada la de ser nuestro profesor de Historia Sagrada. Las malas lenguas, que siempre he tratado de evitar, decían que no era su sobrino, como aseguraba el chico siempre que los demás le preguntaban por tan espinosa cuestión, sino el hijo del cura y que la mujer que vivía con ellos no era el ama de llaves, sino la querida del sacerdote.

El joven, conocedor de esas perversas insinuaciones, lo negaba todo de raíz y trataba de no prestar atención a esas habladurías. Pero yo, con mis pocos años de entonces, me daba cuenta de que sufría, de que lo que las malas lenguas decían no le era en absoluto indiferente, sino que le hacía daño saberse en boca de todo el mundo, especialmente de sus compañeros más pérfidos.

Un día decidí preguntarle a mi madre sobre la cuestión. Aunque no recuerde exactamente sus palabras, sí pervive en mí con nitidez la lección de vida que de ellas se desprendía. Vino a decirme mi madre que murmurar de los demás era muy fea costumbre y que no debíamos meternos en la vida de los otros, entre otras razones, porque era pecado mortal y porque cuando se habla sin conocimiento de causa, se puede hacer mucho daño al prójimo. Luego ratificó la veracidad de lo dicho por mi compañero: en efecto, era el sobrino del cura y la mujer que vivía con ellos era su ama de llaves.

No sé si me quedé muy convencido con su respuesta, pero lo que aprendí de firme fue a no meterme en la vida de mis semejantes y a respetar la norma del Evangelio sobre los "juicios temerarios", que también me recordó aquel día mi madre: "no juzguéis para que no seáis juzgados; pues con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os medirá a vosotros". (San Mateo, 7, 1-2)

Traigo esta memoria dispersa a colación porque estos días he vuelto a ver la película de Fernando Colomo sobre el libro de Gerald Brenan Al sur de Granada. La película me pareció mucho mejor de cuando la vi por primera vez; entonces no había leído el libro de Brenan, que leí después en una primera lectura algo incompleta. Nada más terminar la película, busqué el libro en las estanterías y me puso a releerlo, esta vez en su totalidad, en la edición de Siglo XXI Editores que me regaló en su día mi amigo J.P.

Podríamos decir que ha sido mi primera lectura del verano. He disfrutado el libro mucho más que la primera vez que lo leí, incompleto, como ya he confesado. Una gran libro y una gran película.

En las páginas 86 y 87 de la edición, hace Brenan esta reflexión sobre el celibato de los curas de aldea de La Alpujarra, y por ende de toda España, en los años en los que él estuvo allí; escribe Brenan:

Sin embargo, no pretendo dejar la impresión de que todos los párrocos de La Alpujarra se sintieran atraídos por las mujeres. Tanto don Prudencio, de Valor, como don Domingo, de Ugíjar, eran sacerdotes modelos, y como ellos había, sin duda, otros muchos. Por ende, y como justificación de aquellos que no lo eran, conviene aclarar por qué el celibato sacerdotal no ha sido siempre tan estrictamente observado en España como en los países del Norte. Originalmente, si Marcel Bloch está en lo cierto, esta regla se estableció a causa de la creencia popular de que una misa celebrada por un sacerdote cuyo cuerpo hubiese sido mancillado por la relación sexual, perdía eficacia; pero los españoles no aceptaron esto a causa de la influencia del punto de vista musulmán, según el cual el sexo no constituía impureza espiritual alguna. De manera que sus sacerdotes se resistieron a los preceptos del Sínodo de Letrán, y hasta la primera mitad del siglo XVI casi todos, por regla general, mantenían una concubina o barragana, con la que contraían matrimonio. A pesar del que tras el Concilio de Trento la disciplina se hizo más severa, los versos populares nos muestran que al comienzo del siglo XIX no era raro el sacerdote que vivía en concubinato. ¿A quién le importaba? Los aldeanos españoles admiran al sacerdote que es casto si en los otros aspectos les parece un hombre honrado, pero no piensan lo peor de otro que muestre sus instintos naturales. Bajo los reproches de los protestantes, el miedo al escándalo se ha convertido en la actualidad en una manía de la iglesia católica, pero de hecho, en cualquier país sincero, y España lo es, la influencia del sacerdote no depende de su libertad con respecto a este o aquel pecado, sino de su carácter general. De manera que en la época de la que estoy hablando, los curas de aldeas andaluzas no se desprestigiaban necesariamente si mantenían a un "ama de llaves". Por el contrario, había mucha gente que estaba así más tranquila cuando sus hijas iban a confesar.

Muchos años después, más de treinta, en mi infancia, el asunto seguía vivito y coleando.

Aprovecho esta entrada para desear a todos los que pasan por estas páginas volanderas, se detengan o no a leer, un feliz verano y también para recomendar, cómo no, el libro de Brenan y la película de Colomo.

miércoles, 20 de junio de 2012

La colección ROTATIVA



En 1970, cuando se publicó el libro cuya portada ilustra esta entrada, yo tenía dieciséis años y aún no vivía en Barcelona. El título era raro y del autor nada sabía, así que no debió llamar especialmente la atención del joven lector que yo era entonces, el que empezaba a adquirir los primeros volúmenes de lo que después sería su biblioteca personal. No lo adquirí, pues, en su momento. Sin embargo, llevado de mi costumbre, ya algo amortiguada, de perderme por librerías de lance y revolver viejos cestos, el otro día me crucé con un ejemplar, por cierto en muy bien estado de conservación, y no dudé en comprarlo por un precio irrisorio.

He de decir que, andando el tiempo, supe quién era Agustí Bartra y leí el libro en su lengua original, la catalana, en la Biblioteca A tot vent, de Edicions Proa, cuyas portadas, íntegras de color naranja, llegaron a convertirse en míticas para la literatura catalana. El relato era uno de los más impresionantes escritos sobre los campos de concentración del sur de Francia en los que malvivieron los refugiados republicanos españoles al cruzar la frontera a partir de febrero de 1939. La prosa brillante y poética de Bartra y el reflejo de una durísima experiencia colectiva, hacen de este libro un hito en la llamada narrativa del exilio republicano de 1939.

Pero entonces, en 1970, nada sabía yo de todo ello y aunque seguro que vi el libro en alguna librería, no me hice con él. Ahora lo releo traducido al castellano, sin que se haga mención alguna al traductor, de lo que deduzco que fue el propio autor quien lo vertió al castellano para poder ser editado en esta colección. Me sigue pareciendo un libro fundamental y de lectura obligada y necesaria para quien quiera saber la verdad de lo sucedido a los republicanos españoles al terminar la Guerra Civil.

Al llegar a casa, busco los otros volúmenes de la colección que recordaba haber leído y comprado en determinadas épocas. Entre ellos, con portada de ODUBER, está esta Antología de Blas de Otero, publicada en 1974 y donde leí por primera vez al poeta vasco.

Me pregunto quién estaría detrás de esta colección de la editorial Plaza y Janés. Las portadas, magníficas todas ellas, iban firmadas, además de por la persona ya indicada, por Álvaro y J. Palet, al menos en los ejemplares que yo poseo.

También descubrí, en una edición de 1975, la poesía de Miguel Hernández en un libro que lleva la siguiente nota: "Esta selección de la obra poética de Miguel Hernández ha sido preparada por la viuda del poeta, Josefina Manresa, con la colaboración de José Luis Cano." Ahí, en esa edición que reproduce en su portada el famosísimo dibujo que al poeta hizo el dramaturgo Antonio Buero Vallejo en la cárcel, leí el poema "Antes del odio", publicada en Cancionero y romancero de ausencias, por primera vez y se me quedaron grabados los versos que lo cierran:

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
                           Libre soy, siénteme libre.
                           Sólo por amor.


Ahora me doy cuenta de que estas lecturas que hice en los ejemplares de la colección Rotativa fueron formando al lector que después fui y me abrieron un camino del cual fui consciente más tarde y que ahora reflejo en esta entrada. Por ejemplo, la primera novela que leí de Gabriel García Márquez fue en esta colección, en 1974, cuando cumplía los veinte años, El coronel no tiene quien le escriba, y que habría de ser la primera de la larga serie de novelas de García Márquez que fui leyendo al correr de los años.

También me asomé a la obra de novelistas europeos que fueron publicados, de manera abundante en este colección. Entre los ejemplares que conservo está el libro de Soljenitsin Un día en la vida de Iván Denisovich, que me puso en contacto, por primera vez, con el duro mundo del estalinismo y sus campos de exterminio y concentración. Aún recuerdo que algún amigo, militante entonces en el PSUC, me decía que cómo podía leer a un reaccionario y antirrevolucionario como ese. El libro se publicó en 1970 y aquí sí constaba el traductor, J. Ferrer Aleu, que curiosamente traduce no directamente del ruso, sino de la versión francesa de la novela.

En fin, rindo aquí este pequeño homenaje a esta colección que, con tan buen criterio editorial, nos puso en contacto, a los que por entonces rondábamos los veinte años, con autores importantes tanto de la literatura española como europea y latinoamericana.

Guardo los ejemplares en mi biblioteca personal y a veces me pregunto si alguien los leerá alguna vez. ¡Se ha perdido tanto el interés y la afición por los libros!

En fin, mi enhorabuena, con treinta años de retraso a los editores que tanto acertaron con esta colección.

jueves, 31 de marzo de 2011

Silencio roto


Un programa de la televisión autonómica catalana me devuelve al horror. Las imágenes me hacen revivir la indignación y el dolor sentidos aquella tarde del 29 de mayo de 1991, cuando un coche bomba de ETA sembró la desolación y la muerte en una casa cuartel de la Guardia Civil en Vic. Diez muertos, entre ellos cinco jóvenes de diecisiete, catorce, once, diez y ocho años de edad respectivamente, un matrimonio, treinta años él, veintiuno ella, una persona anciana, un hombre en la edad madura y más de cuarenta heridos. Ese fue el resultado de la acción de unos descerebrados cuya violencia ciega, criminal, absurda y sin sentido tantas veces ha tratado de romper, sin conseguirlo, la convivencia pacífica y democrática en España.

El programa me deja un regusto amargo. La respuesta de entonces fue tibia, cicatera: ni una manifestación de condena a ETA por aquel salvaje atentado, ni una placa en recuerdo de las víctimas hasta dieciocho años después. Triste, muy triste.

Aquel 29 de mayo de hace ahora veinte años era miércoles. El atentado fue a media tarde. Se supo enseguida. La rabia y el dolor fueron los mismos que los de otras veces, fatalmente. La misma que sentí el 19 de junio de 1987 después del atentado de Hipercor. La que sentiría después ante el miserable asesinato de Francisco Tomás y Valiente o el de Fernando Múgica, o el de Ernest Lluch, o el de los dos sudamericanos muertos en el atentado de la T4 de Barajas o el reciente de Isaías Carrasco, el 7 de marzo de 2008; en fin, la que muchos hemos sentido ante la sangre  derramada, ante tanta destrucción y tanto dolor a lo largo de demasidos años.

Me traiciona la memoria y ahora no sé recordar si la concentración en la Plaza de Sant Jaume fue esa misma tarde o al día siguiente. Tampoco alcanzo a discernir si fueron los Sindicatos los que convocaron. Lo que sí recuerdo nítidamente es el silencio áspero que había aquella tarde en la plaza. Era un silencio que escondía un grito de protesta. Un silencio contenido que refrenaba el insulto. Una manifestación asombrosa del dolor. Creo, aunque tampoco puedo asegurarlo, que se guardaban cinco minutos de silencio. Lo que sí recuerdo es que, transcurrido el tiempo, desde un rincón de la plaza una voz ronca, muy masculina, gritó: “¡Viva la Guardia Civil!” La respuesta fue unánime. Se oyó en la Plaza un “¡Viva!” sonoro, sincero, solidario, fraternal, de corazón. Mi voz estaba entre aquellas voces. Y grité fuerte y alto mi dolor y mi repulsa. Nunca lo olvidaré.


miércoles, 26 de enero de 2011

En la muerte de Jaime Salinas, ¿qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?



Primavera de 1993

Al terminar la comida, a la que también asistieron Mario Benedetti y las hijas de Max Aub –era la primera vez que las veía a las tres juntas, Elena, que vivía en Madrid, Carmen, en México, y María Luisa, en Inglaterra- decidimos dar un paseo hasta el Ayuntamiento. Llegando a la plaza del Agua limpia fue cuando, tras quedarnos rezagados del grupo, le pregunté: “¿Qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?” Detuvo su pausado y elegante caminar, me miró desde detrás de sus gafas de concha con una de aquellas miradas suyas que derrochaban simpatía e ironía a la vez que penetrante inteligencia y me contestó sonriendo: “¿Y qué sabes tú de esa casa?” Callé durante breves instantes para responder después: “Poco, muy poco, solo lo que leí en el Diario del artista seriamente enfermo.” En ese momento Benedetti, que nos había observado conversar, acompasó su caminar al nuestro y habiendo oído mi respuesta dijo: “qué buen poeta, Jaime Gil; pero díganme ¿de qué están hablando?” Salinas, mirándonos a los dos, dijo entre sonrisas: “De nada, Mario, de nada; este joven –yo aún lo era entonces-, que me quiere hacer recordar unos años lejanos y una casa admirable en la que viví en Barcelona.”

Llegamos, mientras tanto, al Ayuntamiento y subimos directamente al Salón de Plenos, donde yo debía leer unas cuartillas de presentación del libro De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío al que se había concedido el Premio Max Aub el año anterior. Benedetti y Salinas formaban parte del jurado del premio de aquel año. Elena Aub pronunció un breve y entrañable discurso de agradecimiento por el honor que la ciudad de Segorbe rendía a la figura y a la obra de su padre (si no me traiciona la memoria creo que se le entregaba la medalla de oro de la ciudad a título póstumo).

Pensé entonces, al terminar el acto, que la conversación que yo había iniciado había quedado olvidada. Pero no fue así. Jaime Salinas vino en mi busca, se cogió, en un gesto naturalísimo de afecto, de mi brazo y así marchamos juntos hacia el salón donde se serviría un refrigerio. No salía de mi asombro. Estaba con las hijas de Max Aub, a quien secretamente había dedicado yo mi cuento, conversando con Benedetti, a quien tanto había leído y admirado, y el hijo de uno de mis poetas favoritos, Pedro Salinas –Ay! qué alegría vivir en los pronombres-, estableció conmigo, que no soy nadie ni represento nada, una inusitada complicidad teniendo en cuenta que no conocía ni el santo de mi nombre.

Hablamos de todo, de su estancia en Barcelona en aquel lejano 1956, de sus relaciones de amistad con Carlos Barral, con Jaime Gil de Biedma, con Gabriel Ferrater, con Juan Goytisolo. Como yo le mostrara mi interés por la obra de esos escritores del grupo barcelonés del 50 y le preguntase si les era difícil vivir en una España como la de aquellos años, Jaime Salinas me contestó que vivían un poco al margen, en un mundo propio de amistades, de conversaciones, de relaciones intelectuales y literarias. En ese sentido me contó un viaje a Madrid acompañado de Jaime Gil de Biedma y de Carlos Barral para tener un encuentro con los poetas de allí. Salinas los describía con mucha gracia como unos señores muy serios, que vestían de traje gris y corbata negra y que pedían café con leche a media tarde, cuando ellos los recibieron en el hotel con un vaso de ginebra en la mano. Hablamos también de Alianza Editorial, de la colección de bolsillo, de las memorables portadas de Daniel Gil, del papel de esa colección en la difusión de la literatura y de la cultura en la España de aquellos años, de su importancia en la formación intelectual y literaria de muchos de nosotros. Nos despedimos al caer la tarde. Nosotros debíamos coger el coche para volver a Barcelona. Salinas regresaba a Madrid para preparar su inmediata partida para Islandia, donde pasaría el verano.

Ayer por la tarde, al llegar a casa, encontré un correo de mi amigo Joaquim Parellada en el que me comunicaba la muerte de Jaime Salinas. Evoco ahora aquella tarde, que siempre estará en mi memoria, de casi veinte años tras y la traigo aquí, a las páginas de este blog, como nostálgica y personal despedida del escritor, del intelectual ligado a la España de los años treinta en la que tal vez por tradición familiar aprendió a ejercer la libertad de conciencia -tan perseguida y maltratada en España durante tantos siglos, según dejó dicho Juan Marichal-, del editor que tanto hizo desde Alianza y desde Alfaguara por la cultura española. Descanse en paz.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Memoria dispersa: Ruiz de Alda


Me tropiezo en la prensa con una elocuente fotografía de Martín Santos Yubero en la que aparece Julio Ruiz de Alda junto a Raimundo Fernández Cuesta y José Antonio Primo de Rivera. Caminan todos por las calles de Madrid, en la zona de Cuatro Caminos, que algunos llamaban entonces o consideraban el "Madrid rojo", el dos de febrero de 1936, tras haber celebrado un mitin en el cine Europa. Al ver el rostro y el gesto de Ruiz de Alda, se dispara la memoria, como una llama que iluminara lo oscuro, hacia los años de mi infancia.


En la Ciudad del Aire, término municipal de San Javier (Murcia), donde debimos llegar, procedentes de Madrid, al iniciarse el curso 1962-1963, en el que yo estudié preparatorio para el ingreso en el bachillerato en el colegio “Nuestra Señora de Loreto”, había un “Casino” para recreo de los oficiales que llevaba el nombre de Julio Ruiz de Alda. El lugar era para nosotros, hijos de oficial, mi padre era entonces profesor de vuelo en la Academia, un lugar de diversión, pero también de solemne respeto en ciertos espacios en los que apenas nos atrevíamos a entrar, por ejemplo, los salones en los que estaban “los mayores”. Tenía el “Casino” dos pistas de tenis de cemento, que estaban más allá de la piscina, separadas por las pérgolas en las que una mañana de primavera desayunamos festivamente tras la ceremonia de recibir la primera comunión "los tres pequeños", es decir, mis dos hermanos y yo, tal como atestiguan las viejas fotografías del álbum familiar. Aprendí a jugar al tenis en esas pistas, viendo primero cómo lo hacían los mayores y después dando los primeros golpes con aquellas viejas raquetas de madera Dunlop Maxply y Slazenger.


Nos preguntamos muchas veces quién sería el tal Ruiz de Alda que daba nombre al “Casino”. Supongo, aunque no lo recuerdo, que alguien nos daría alguna explicación sobre su persona, pero entonces de las cosas de la guerra apenas se hablaba, así que lo único que llegamos a saber es que fue un gran aviador. Al ver ahora su fotografía en el periódico, me doy cuenta de que su figura contrasta con la que yo me había formado en mi imaginación de niño. He de confesar que me lo figuraba de otra manera a como ahora lo veo: no sé, me habían dicho que era un héroe y yo pensaba en un hombre joven, esbelto, al modo de los galanes de la viejas películas en blanco y negro de Hollywood; y sin embargo, la foto que veo hoy en el diario me muestra a este hombre enfundado en un castizo abrigo de paño cruzado, corpulento, de sonrisa seductora y desafiante, de frente despejada y cigarrillo en mano, de andar seguro y de actitud arrogante.


Tampoco sabía entonces, porque nadie nos hablaba de ello y menos que nadie, mi padre, que había sido uno de los fundadores de Falange y que tomó la palabra en el mitin del Teatro de la Comedia, en el año 1933, en Madrid, junto a José Antonio Primo de Rivera en el acto fundacional del partido. También desconocía, aunque parcialmente, pues ya he dicho que su figura se envolvía en un halo de heroicidad, de gran aviador capaz de una gesta inaudita como fue cruzar el Atlántico por primera vez en el “Plus Ultra”, que murió asesinado en el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936, precisamente junto a un hermano de José Antonio, sin haber cumplido aún los cuarenta años. Hoy navego por la red y me encuentro muchas fotografías de Ruiz de Alda, entre ellas las más patéticas, las de su rostro inerte y desamparado, bajo el gesto severo de la muerte, con un número tres sobre el pecho. Él, el héroe del aire, en tierra con el rostro desfigurado por la brutalidad de una muerte salvaje e injusta, innecesaria, producto de la barbarie que asoló nuestro país en aquellos primeros meses de la Guerra Civil. A pesar del tiempo transcurrido, sigo sin comprender cómo gente que se decía de izquierdas, por mucho que se justificaran diciendo que la mecha de la llama la encendieron otros con el golpe militar, pudo entrar en una cárcel y fusilar a presos inermes y desarmados en patios sombríos y huérfanos de luz, para que la última visión de esos hombres fuera así un presagio amargo y cruel de la oscuridad infinita.


No sé si es lo más conveniente que el “Casino”, así lo llamábamos y así permanece en mi memoria, siga llevando el nombre de Ruiz de Alda, tan decantado hacia uno de los bandos de la guerra civil. Hoy ya no se llama “casino” sino “Centro deportivo Socio Cultural del Ejército del Aire “Ruiz de Alda”. Cuando yo lo visitaba y me bañaba en la piscina, y jugaba al tenis en sus pistas, y comía los domingos en la pérgola las maravillosas paellas de un cocinero cuyo nombre (¿Mauro, Santos?) he olvidado lastimosamente, apenas tenía seis años de vida, ya que había sido inaugurado en 1956. Y eso es lo que evoca en mí el nombre de “Ruiz de Alda”, la vida y no la muerte que entonces muchos de sus partidarios por un lado y de los otros por otro, se empeñaron en sembrar por los campos y ciudades de España.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección del blog a la que doy el título de “Memoria dispersa”. Trataré en ella de recoger las evocaciones del pasado que me sugieran hechos del presente. La fotografía la he tomado, fotografiándola con mis propios medios, por lo que pido disculpas por la baja calidad, del diario El País.

sábado, 19 de diciembre de 2009

García Lorca: La Huerta de San Vicente


Cuando se cumple un año desde que publiqué la primera entrada, recupero hoy una anotación de mi diario personal escrita en Cádiz el 6 de agosto de 1988. Encontrarán sus restos o nos los encontrarán, pero sabemos, tiene razón García Montero, lo necesario y tal vez lo decisivo: que fue un poeta extraordinario; que su verbo era claro y luminoso y su capacidad metáforica, tan dislocada a veces, como correspondía al vanguardismo, muy difícil de igualar; que se puso, perteneciendo a otra clase, siempre del lado de los oprimidos; que nos dejó un puñado de obras teatrales del más alto nivel; que estaba escribiendo un cancionero de sonetos, en el que se advierten ecos lejanos del petrarquismo, hablo de los Sonetos del amor oscuro, que el destino quiso que se convirtiera, inacabado, en un indicio de lo que hubiera podido escribir de haberle alcanzado la vida para hacerlo; sabemos, digo, lo decisivo, que lo asesinaron los intolerantes y cerriles de siempre; encontrarán sus restos o no, pero sabemos lo decisivo, lo que realmente importa. Que cada cual cargue con su responsabilidad: los que lo detuvieron y decidieron después asesinarlo; los que teniendo informaciones valiosas para saber cómo se desarrollaron los hechos, callaron durante años; los que guiados por un afán irresponsable de protagonismo, queriéndose dar importancia a costa del poeta, dieron pistas falsas; los que historiaron, y siguen haciéndolo, el proceso basándose en el testimonio vivo, sin contrastar o por lo menos cuestionar la veracidad de las fuentes; los que han especulado siempre con la triste muerte del poeta; los que no quieren "llenar Granada de agujeros"; los que...

Cádiz, 6 de agosto de 1988

El tráfico de Granada es caótico. No sólo por el gran número de vehículos, sino por la señalización de sus calles, que las convierte en intrincados laberintos. Salimos en dirección a la costa de Motril. Un letrero en color rosa indica al viajero que puede visitar la casa-museo de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente. Seguimos solícitos los carteles indicadores hasta que nos extraviamos entre un grupo de casas viejas y campos de verde moribundo y abandonado, con el aspecto de terrenos suburbiales de ciudad. Paramos el coche frente a la fachada de una hermosa casa, dejando a un lado un pequeño jardín de aspecto dejado. Un perro fiero nos ladra sujetado por una cadena a un pequeño pozo. Junto al edificio principal de la casa hay otro anexo con un patio. Sentado a una mesa redonda un señor, de edad avanzada y de escaso cabello rubio muy corto y gafas doradas responde a nuestra pregunta:

- Sí, ésta es la casa de Federico García Lorca.

Aparcamos el coche y entramos, precedidos de nuestro guía particular, en la casa de verano del poeta. Ya desde el umbral nos explica nuestro cicerone que todo está tal y como lo dejó la familia, pero que todo ha de cambiar puesto que está en proyecto hacer un museo de la casa, pero que mientras tanto todo está tal y como estuvo siempre: "Llevo más de cuarenta años trabajando para la familia". Faltan en las paredes casi todos los dibujos del poeta, que ahora deben estar en Nueva York en una exposición. El salón está como entonces, "ustedes lo habrán visto en la serie de televisión; sobre este aparador estaba la radio en la que toda la familia escuchaba las alarmantes noticias del Alzamiento".


Nos explica que el piano ya no está, que lo tiene doña Isabel, la única hermana del poeta que vive, y se lo ha llevado a Madrid junto con la ropa del poeta, el mono de "La Barraca", las chaquetas blancas, que estuvieron por aquí hasta hace poco. Se conserva en el salón el enorme retrato de Isabel, muy romántico, muy de otro tiempo. Todo tiene un indefinible aire de nostalgia, de estar anclado en el pasado. La tapicería de las sillas sigue siendo la misma, en color rojo granate, de entonces; hoy está protegida por una solícita funda de flores blancas y verdes que la mujer de nuestro guía ha colocado para evitar el desgaste del polvo y de los años.

En la planta baja, según se entra a mano izquierda, hay una pequeña habitación que aún contiene un retrato, de grandes dimensiones, del poeta envuelto en un albornoz de color amarillo. Hay una antesala, que separa este cuarto del salón, en la que, nada más abrir la puerta, se encuentra un hermosísimo arcón de madera que tiene encima un tapete blanco y un jarrón. Durante un tiempo este arcón guardó algunos ejemplares de las obras del poeta, sobre todo de Impresiones y paisajes. Nuestro guía nos explica, al terminar la visita, ya en el jardín, que una vez, hace muchos años, tuvo que regalar un ejemplar a un argentino que se "puso pesadísimo"; "Los argentinos son muy lorquianos, como ustedes los catalanes -dijo al ver la matrícula del coche-".

Completa la planta baja un hermosa y limpia cocina en forma cuadrangular, con las alacenas, las mesas y la antigua cocina de carbón y leña, en la que se cocinaba en los años en los que el poeta habitó la casa. A su lado hay una moderna cocina de gas butano: "Los tiempos cambian, prueben a cocinar con eso y verán; eso sí, es muy hermosa". Por un instante he tratado de imaginar el trajín de criadas preparando la comida o la cena.

Saliendo de la cocina se encuentra la escalera, que lleva al piso de arriba, donde están situadas las habitaciones. La escalera es preciosa, con un pasamanos de hermosa madera y unos escalones de cerámica roja rematados en madera oscura. Dos rellanos; tiene forma de u, gira casi ciento ochenta grados de abajo arriba. Frente al final, el cuarto de las hermanas del escritor, muy bello, con dos camas. A mano derecha, el cuarto del poeta con un balcón que se asoma al jardín y a la fachada principal. Su cama, cubierta con una colcha blanca de ganchillo, su enorme mesa de trabajo, preciosa de madera clara, como de roble o de haya; sobre ella, enmarcado en la misma madera y protegido con cristal, un cartel de "La Barraca".

Hay en la habitación un regalo de Rafael Alberti, con su dedicatoria, que el poeta gaditano hizo a Lorca en la Residencia de Estudiantes con motivo de una representación teatral. Todo tiene el aire de una habitación habitada, se tiene la impresión de que el poeta va a entrar por la puerta, vestido de blanco, en cualquier momento. La habitación es muy bella. Realmente hay algo del alma del poeta que sigue vivo entre sus paredes, se nota, lo percibo, yo que no creo en estas supersticiones, claramente, me toca, guardo silencio, no lo comento con quien va conmigo.

Al dejar la habitación de Federico, atravesamos un pequeño pasillo al que se asoman todas las otras, de puertas verdes y paredes blancas; algunas están cerradas y no se nos enseñan. Al final de ese pasillo una puerta da a la terraza desde la que el poeta contemplaba La Alhambra; bueno, entonces se vería, hoy no se ve más que una hilera de bloques de pisos: "La casa es muy fresquita para el verano y antes Granada no era la que es hoy, todo eso que ven ahí era campo que separaba esta huerta de la ciudad."

Salimos al jardín. Fotografío, con permiso de nuestro guía, el balcón de la habitación del poeta y la fachada inundada de madreselvas con una cerámica que dice "Huerta de San Vicente nº 6": "Todo esto será un parque y la casa un museo. Ya está hecho el concurso para la adjudicación de las obras y pronto empezarán. Hay quien dice que prefiere ver la casa así, tal cual estaba en su época y no como quedará después de su acondicionamiento como museo. Yo casi lo preferiré, porque aquí están los dibujos y los libros, la ropa y, la verdad, con los tiempos que corren..."

Han pasado cincuenta y dos años desde que Lorca se refugió en esta casa, huyendo de los temores del golpe militar. Su presencia sigue viva en cada mueble, en cada esquina, en cada prenda, en cada objeto de esta casa preciosa, prendada de nostalgia, de la melancolía que siempre tienen las muertes inútiles y a fe que la del poeta lo fue; vive Dios que lo fue.

Nota. Volví a visitar, ya convertida en museo, la casa de Lorca en diciembre de 2006, a esa visita pertenecen las fotos que ilustran esta entrada, en la anterior no tenía cámara digital. La sensaciones que apunto en esta entrada, cuando la visité tal como era en la época en que la familia veraneaba aquí, habían desaparecido casi por completo, fue como si el tiempo hubiera borrado la memoria, la presencia, que tan fuertemente se me manifestó cuando vine por primera vez. Números redondos. Un año de blog. Esta es la entrada número cien. Mil cuatrocientas personas han entrado a ver mi perfil. Trece mil han visitado las páginas volanderas de esta bitácora. Algunos, muchos menos, han dejado comentarios a esas entradas. Incertidumbre sobre el futuro del blog. ¿Qué haré? ¿Cómo lo continuaré? ¿Qué sesgo tomarán las entradas? Lo ignoro. Hoy sólo quiero agradecer esas trece mil visitas que han entrado en este blog y sobre todo, a los que ya considero amigos, por su reiteración en el dejar comentarios. A todos, muchas gracias.

domingo, 24 de mayo de 2009

Vejer: ¡Si yo pudiera remontarme al origen!...


En su poema, tan leído, tan musicado, tan conocido, “Nanas de la cebolla”, le escribe Miguel Hernández a su hijo: ¡Si yo pudiera / remontarme al origen / de tu carrera! Eso es lo que todos perseguimos a veces, remontarnos al origen de nuestra carrera, sobre todo en los momentos de melancolía o de desconsuelo. ¿Dónde empezó todo? ¿Cuál fue el brote que engendró el origen de lo que somos? No son preguntas de fácil respuesta, puesto que remontarse al origen puede extraviarnos en el laberinto del tiempo. Pero es bueno imaginar un punto de partida, pensar que la conjunción de azares que desembocó en el ser que somos se inició en un lugar y en un tiempo determinados, soñar que nuestras raíces pertenecen a un lugar perdido en algún recodo de la memoria. En mi caso el azar me conduce hasta Vejer de la Frontera, ese hermoso pueblo de Cádiz, donde nació la madre de mi padre y vivió los primeros años de su vida. Dicen que se es de donde se abre los ojos a la luz y que el paisaje en el que uno nace deja una imperecedera e invisible huella en nosotros para el resto de la vida. Mi abuela abrió los suyos a la luz de Cádiz y al blanco refulgente de las casas jalbegadas que trepan por los alcores en los que se asienta el pueblo, al azul del mar que a lo lejos se divisa como telón de fondo, al verde de las campiñas que descienden, en escarpadas laderas, hacia el llano. Así que el azar, o el destino, quiso que hubiera algo mío que me resulta familiar en este paisaje, tan lejano, tan desleído ya en las brumas del tiempo, tan a trasmano de ese otro lugar al que me llevaron mis pasos en la tierra.


Paseo por sus calles y fotografío ese letrero, tan antiguo, conservado sin duda por el propietario del negocio como reliquia de tiempos pasados, de “Barbería”, de cuando aún se llamaba así a lo que hoy se denominan “Peluquerías” y se me da por pensar que tal vez el padre de mi abuela visitase alguna vez el local, ¡quién puede saberlo! Llevo a mi hijo al lado. Vamos en silencio, mirándolo todo, deteniéndonos aquí y allá. No resisto la tentación de decirle que probablemente aquí empezó todo, que de no haber nacido aquí su bisabuela, hoy quizá todo sería diferente y él no llevaría el apellido que lleva: “cosas de generaciones, papá”, fue su única respuesta. Entre mí pensé que tenía razón, pero que bien pudo ser este hermoso pueblo el origen de mi carrera y sin saberlo él, también de la suya, aunque otros azares, como el hecho de que mi padre no muriera tras ser herido de gravedad en la Batalla del Ebro, se cruzaran en el camino y coadyuvaran a que yo acabase viniendo al mundo y tras de mí mi hijo. Así nos debemos al azar y a su influencia sobre quienes nos precedieron.

Nota. Desde cualquier callejón de Vejer se abren unas vistas espléndidas al viajero. Por una vertiente de la ladera, el camino que desciende hasta el mar, por otro, las campiñas sobre la sierra que las ampara y protege. Las fotos las tomé un mediodía de mayo.

domingo, 19 de abril de 2009

Persistencia de la memoria




Si quedaba algo de mí en aquel lugar, entre aquellos sinuosos callejones que en otro tiempo transité, no fui capaz de advertirlo. Regresé por azar, no deliberadamente. Una feria judía medieval llenaba las calles de tenderetes en los que se vendía un poco de todo. La lluvia deslucía el evento y la hora, cercana a la de la comida, tampoco acompañaba. Los vendedores, disfrazados de época, cerraban los puestecillos y se disponían a comer para volver a abrir a las cinco de la tarde. Nos perdimos por el laberinto de callejas... En el pasado, cuando la base militar que se aloja en los terrenos aledaños al pueblo era un CIR de reclutas, esas calles se llenaban, sobre todo a la hora del atardecer, de soldados que salían de la base para cenar, pasear y comprar tabaco y alimentos. El bullicio de la juventud de los mozos llenaba de vida el pueblo. Casi en cada casa se improvisaban comedores donde dar a los soldados buenos platos de patatas fritas con carne, macarrones, butifarras y todo cuanto les consolase del magro rancho del cuartel. Yo fui uno de ellos. Yo también transité esas calles y probé, aunque pocas veces, aquellos platos a rebosar de patatas fritas, huevos y butifarra. Pero al correr de los años el CIR dejó de serlo y la base se quedó en eso, en base militar. Las levas desaparecieron y el pueblo languideció hasta reducirse a lo que hoy es, un hermoso y tranquilo pueblo de l’Alt Empordà, donde la vida discurre monótona y sosegada, silenciosa, como en cualquier otro lugar de la zona.

La ventana del balcón entreabierta, con los cristales rotos, dejaba ver el cielo encapotado de tormenta porque el tejado de la casa se había hundido y mostraba las cicatrices del tiempo al viajero que supiera fijarse en ello. Unos metros más allá, un grupo reducido de albañiles trabajaba en el remozamiento de una vivienda que se había salvado con algo más de fortuna de la acción devastadora del tiempo. Más adelante, un callejón en forma de arco y con soportal se abría en dirección a la iglesia. Como un resto del naufragio del pasado me encontré con una vieja máquina expendedora de cajetillas de cigarrillos que evocó en mí, de modo irremediable, aquel lejano año de 1980, cuando entre octubre y diciembre cumplí la primera parte, el campamento, de las milicias universitarias. “Imecos” nos llamaban burlonamente los soldados de reemplazo al vernos pasar con nuestro cordón distintivo sobre la guerrera del uniforme. En el fondo, nos veían como señoritos universitarios que hacíamos una mili distinta a la suya, mucho más cómoda y corta. Además, nos veían como futuros mandos que un día u otro marcaríamos el paso de la instrucción y probablemente arrestaríamos a colegas de levas posteriores a las suyas. Vi entonces aquella vieja máquina con la bandera española y la palabra “cigarrillos” escrita con dos acentos; aquel viejo letrero, hoy tachado, también con la bandera española y la leyenda “Tabacalera S.A. Expendeduría”; me asomé al escaparate de la tienda que contenía, casi como único libro, “Mujeres españolas” de Salvador de Madariaga; un poco más allá, un anuncio en chapa, clavado milagrosamente a la pared, de “Gaseosa insuperable La Casera”: todo llevaba la huella del tiempo impresa; era como si fueran vestigios de un pasado ya olvidado, o en trance de ser olvidado por ese tranquilo pueblo que busca afirmar su personalidad propia al margen de la influencia, innegable en aquellos años, que sobre él ejerció el acuartelamiento del Ejército español. Si acaso, me llamó la atención la saña con la que se había borrado los colores de la bandera en el letrero y cómo se habían conservado, sin embargo, en la vieja e inservible máquina expendedora de cajetillas de tabaco, convertida en un elemento artístico indudable que así debería mantenerse.


Nota. Estuve en este CIR entre octubre y diciembre de 1980. Tenía veintiséis años. Tuve noticia de la muerte de John Lennon entre las cuatro paredes del barracón en el que me alojaba. Presidió la jura de bandera el general Alfonso Armada. De pie, en medio de la formación, escuché palabras que me sonaron a viejo: que si teníamos que estar preparados para dar nuestra sangre por España y cosas así que se han ido desdibujando en la memoria. Dos meses después, su implicación en el 23-F aclaró el verdadero sentido de algunas de aquellas extemporáneas palabras que nos dirigió durante su encendida alocución tras haber jurado bandera.