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lunes, 31 de enero de 2022

Consolación y Encargo para después del miserere, de Alberto Ruiz Borau


Cartas de un ateo se acabó de imprimir el 30 de enero de 1976 en la Imprenta de San Francisco, S.A. Española de Artes Gráficas, Cervantes, 36, Zaragoza 6. Fue el primer libro de Alberto Ruiz-Borau Gracia y estaba dividido, a su vez, en cuatro libros cuyos títulos son: Cartas de un ateo, De Guerra, Cálido equipaje y Voz del tiempo. Solo conocía, gracias al envío generoso de Alberto, el segundo libro. El primero, y más extenso, es una meditación sobre Dios y sobre el tiempo, sobre el sentido del vivir, sobre los sueños perdidos y sobre la nostalgia de la infancia. O mucho me equivoco o ahí están los mejores poemas de Alberto. En la página catorce, de esta edición de autor, se encuentra el primero de los poemas que traigo a esta entrada en recuerdo de Alberto:

Consolación

No llores por mí, hermano,
si es verdad que hay otra vida,
que Dios existe y me espera
para acogerme bajo su mano,
entonces, no es triste la muerte,
solo es un cambio a lo perfecto
y tú vendrás conmigo un día
detrás de nuestros padres y abuelos
y antes que nuestros hijos
en la gran fila de lo eterno.

Pedía, el yo poético de estos hermosos poemas, que tras su muerte sus cenizas fueran subidas al Pirineo, "vosotros solo subidme / a lo alto del Pirineo / yo me entenderé con Dios para quedarme / cabalgando sobre el cierzo." Ahora, tras esta nueva lectura del libro, es como si me llegara el eco nostálgico de la voz de Alberto pidiéndome que se cumpla el encargo que en su día, tantos años antes, hizo en sus poemas. Esto fue lo que pidió Alberto entonces:

Encargo para después del miserere

En mi funeral que llueva
para que al menos el tiempo esté triste
cuando me cubra la tierra
que canten el miserere
y haya un fraile de estameña
un almuecín o un rabino
que recen a un Dios cualquiera
y que el sacristán del pueblo
haga sonar la campana
para que Dios sepa que he muerto
y que espero su llamada
que lean los santos libros
y si hay una chispa eterna
que la pongan en mi frente, antes
de que me cubra la tierra.

Seguro que si Dios existe te habrá devuelto los Sueños perdidos de los que hablas en otro de tus poemas, Alberto, "los que estaban en aquel zurrón con que viniste al mundo, tu caballo de cartón, el asombro de vivir, el vuelo de los vencejos, los prados de hierba y hayedos, las tormentas de verano, el frío de enero, los padrenuestros tras los cristales del colegio, los rumores domingueros, el primer amor y el primer beso." Seguro que así habrá sido, seguro que sí.



miércoles, 12 de septiembre de 2012

En silencio




EN SILENCIO

Me limito a observar en silencio
el transcurrir de la vida a mi alrededor
como la nube da sombra sin saberlo
igual que el viento azota sin ira las encinas.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Leve como los pájaros








Leve como los pájaros

Una palabra, Señor,
una sola y de luz
arderá la mañana.

Un gesto imperceptible
que avive la esperanza,
y desbarate, Señor,
incertidumbres y tinieblas.

Una señal al menos,
leve como los pájaros,
fugaz como la espuma.

martes, 28 de septiembre de 2010

Dime si es verdad




Dime si es verdad

Dime, padre, si es verdad
que en el lugar que habitas
el tiempo existe también
y la melancolía
del otoño es la misma
que me dejó tu ausencia.

Dime, padre, si es verdad
que no todo termina
en soledad y muerte
que algo nuestro pervive
para siempre en lo eterno
más allá del olvido.

martes, 13 de abril de 2010

Vida



VIDA

Si es verdad como dicen
que hasta la muerte
todo es vida,
que nadie me busque
en la morada fría
y áspera de las sombras;
aire quiero y espacio,
claridad enaltecida,
abiertas veredas
sobre la tierra libre
para mis pasos anhelo.
En tanto aliente la esperanza
y con renovado impulso
el latido de la sangre,
asombroso prodigio,
vida esparza por mis venas,
baldía será, muerte,
la amenaza de tu gesto
homicida e insolente;
consumido me halles
cuando vengas importuna
en el jubiloso incendio
del amor y de la vida.

Nota. El dibujo, de una ciudad vaga e imprecisa, es un ejercicio de clase de mi hija Marta y se lo he tomado prestado para esta entrada.

lunes, 1 de marzo de 2010

Lo que me queda de ti



Lo que me queda de ti
es un naufragio de sombras,
un extraño silencio
devastador e infinito,
la quietud inerte
de tu cuerpo amortajado,
el apagado latido
de tu soledad eterna.

Lo que me queda de ti
es también lo que me dejas,
el recuerdo de tu vivir
confuso y apasionado,
la dulce melancolía
de los años de la niñez,
la llama de tu memoria
incendiando mi corazón
indeleble mientras viva.

Lo que me queda de ti
es una larga nostalgia
escondida en los recodos
del camino que me lleva
cada noche al territorio
inclemente de tu ausencia.

Lo que me queda de ti
es este lamento de amor
desvalido e impreciso
como el barco que zozobra
a merced de la tormenta.


Nota. La pintura que ilustra este poema pertenece a Gonzalo Goytisolo Gil y fue un encargo de la Editorial Alba para la portada de mi novela Años triunfales. Prisión y muerte de Julián Besteiro, el único de mis libros que dediqué a mi padre en vida. Les pedí un paisaje desolado en el atardecer, que diese la impresión de soledad, del desamparo infinito con el que debemos enfrentarnos a la muerte. Así es como Gonzalo Goytisolo lo interpretó. Me viene ahora de perlas para esta entrada. Goytisolo Gil es un cotizado pintor en la estética del hiperrealismo. Tiene una espléndida página web en la que puede verse una cumplida muestra de su arte pictórico: www.gonzalogoytisoloso.com

martes, 23 de febrero de 2010

Los parques de Bruselas bajo la nieve






En los parques de Bruselas bajo la nieve
Languidece la luz aletargada
Tiritando de frío entre las ramas
Desoladas y yertas de los árboles
Llora el cielo su acerada melancolía
Estremecida la fronda y marchita
Como si la vida estuviera ausente
Y fuera todo, padre, invierno y sombra.

Nota. Las fotos de esta entrada las tomó mi hija Marta en un parque de Bruselas el día 15 de febrero y me las cedió para ilustrar este poema de ausencia.

viernes, 29 de enero de 2010

Elogio del desierto



SOBRE EL PÁRAMO INMENSO

 Sobre el páramo inmenso en el que vives,
un cielo lento y negro, un cielo bajo
que roza los fangales y se ensucia.
Un cielo que se vuelve tierra muerta,
sobre la aislada casa en la que mueres.
Vine a esta tierra para ver tus ojos,
vine al infierno para ver tus ojos,
para, antes de irme, dar algún sentido
a esta confusa y breve luz dudosa.

Javier Sánchez Menéndez me hace llegar un ejemplar de Elogio del desierto, libro de poemas de Julio Martínez Mesanza ilustrado con fotografías de José del Río Mons, editado en la colección “Anejos de Siltolá”. Enhorabuena a los tres, al poeta por sus hermosos versos, al fotógrafo por la inmensa calidad de las fotografías y a Javier por editar con tan acendrado gusto.

Nota. Inauguro con esta entrada una nueva sección de este blog a la que doy el nombre de "Acuse de recibo". Me propongo recoger en ella lo que me va llegando, comentarios, envíos, cartas, etc.

viernes, 9 de octubre de 2009

Segovia

SEGOVIA

Dime si tú, Segovia,
lo viste cruzar un día,
como una sombra errante,
la agria melancolía
de tus plazas y tus calles.


Dime si es verdad
que una mañana de abril
lo viste alejarse solitario
después de haber dejado
ondeando la bandera tricolor
en el aire libre de tu cielo.


Dime, Segovia, lejana,
si también es verdad
que lloró la muerte
del mejor de tus capitanes,
escultor de luz y piedra,
Emiliano Barral, muerto
en los arrabales de Madrid
defendiendo las libertades
de un pueblo humillado
y ofendido durante siglos.


Dime, Segovia, qué queda
hoy de su encuentro con Guiomar
en la luz de tus atardeceres,
en la soledad de tus noches
de primavera, rumor de álamos,
viento del desamparo.


Dime, en fin, Segovia,
si lo recuerdas serio,
ensimismado en sus adentros,
meditabundo y silencioso,
con la ceniza del cigarro
en la solapa del gabán,
la mirada perdida en quién
sabe qué lejanías imprecisas,
siempre masticando versos,
desarbolando imágenes,
soñando una España mejor
que dejara de ser un trozo
de planeta por donde cruza
errante la sombra de Caín.



Dime, Segovia, qué queda
al correr de los años
en ti de su memoria.


Nota. La fotografía que ilustra la entrada es la fachada de la casa museo del poeta en Segovia. Este poema, junto al dedicado a Burgos y a Salamanca, ya publicados en la sección de poesía de este blog, forma parte de una suite castellana que voy dando a conocer en esta bitácora. El busto de Machado, de Pablo Serrano, es el del instituto de Soria.

martes, 6 de octubre de 2009

Octubre



OCTUBRE

Octubre, apagado fulgor de la luz sobre los campos.

Octubre, incipiente otoño que se extravía

dislocado en el rastro inservible
de las hojas muertas contra el asfalto.

Octubre, sosegado silencio que deja
una paz infinita en el corazón.

Octubre, imprecisa y renovada memoria
de la que en otro tiempo fuiste y aún
sigues siendo.

sábado, 27 de junio de 2009

Autorretrato





AUTORRETRATO

                 Ya hace tiempo que no tengo el favor de los
                  dioses y que alargo inútilmente mis años.
                                    Virgilio, Eneida, Libro II, v. 633.

He llegado, tras de no pocas adversidades,
a la edad madura de mi vida,
de modo que se hace preciso escribir
algunos versos que hablen de mí.
Cuando mis ojos despertaron a la luz,
era tiempo de edificios derruidos en Europa
y de guerras duramente perdidas en España.
Mi infancia es la memoria del agua,
varada en el Mar Menor y su ribera,
y de las aladas calles de la Ciudad del Aire,
secreta y lejana, improbable como el paraíso.
Fue mi juventud un destino itinerante,
soledad de ciudades apenas entrevistas,
de inviernos ateridos en tierra adentro,
de veranos largos y cálidos frente al mar.
Yo también, como casi todos, he vivido
algunas historias que me duele recordar.
Mas he conocido la plenitud del amor
que desbarata las sombras y la dicha
de haber amado intensamente y el gozo
de prolongar el amor en otras miradas
que pertenecen a otra edad, a otro tiempo,
a un incierto futuro que ya no será mío.
Ni me gusta el mundo en que vivo
ni el tiempo que me ha tocado vivir.
Con los años he ido perdiendo,
irremisiblemente, la fe en los demás.
Me gustaría escribir que soy libre y feliz,
pero me lo impide la agónica mirada
de los niños que se mueren de hambre.
En el fondo de mi corazón enajenado,
a despecho de la miseria y la injusticia,
aletea indeleble el vuelo de la esperanza.
La memoria sustenta siempre mi escritura
y la melancolía de los sueños imposibles,
desarbolados en el árido combate
contra la dureza altiva de la vida.
Lo que más me gusta es escribir
y leer lo que otros han escrito,
siempre que me resulte dulce y útil.
Es probable que también mi voluntad
sucumbiera en una noche de luna,
mas hace ya tiempo que perdí el favor
de los dioses y alargo, en vano, mis años.
Para cuando llegue el final del sueño,
que no tenga la luz color de cementerio
ni se estremezca el viento de la tarde,
que me lleven lentamente las sombras
y que naufrague mi voz, desmoronada y sola,
en el oscuro mar de la calma y el olvido.


Nota. Mi libro de escolaridad, “Estudios de Bachillerato. Libro de calificación escolar”, se abre el 30 de marzo de 1964 en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Isaac Peral” de Cartagena. Durante el curso 1963/1964 estudié el preparatorio en el colegio “Ruiz de Alda” de la Ciudad del Aire. Mi profesor, único para todas las materias, fue Don Eliseo. Con fecha 30 de mayo de 1964, esto es, sin haber cumplido aún los diez años, me examiné en el instituto de Cartagena “Isaac Peral”, por libre, en la prueba de “Ingreso en el Bachillerato Elemental” y obtuve la calificación de “Admitido (8)”, según reza en el libro de escolaridad con fecha 30 de mayo de 1964. La foto que acompaña este autorretrato es la que figura en la primera página de ese Libro de escolaridad. Cuando me la hicieron, me faltaban tres meses para cumplir diez años. Sobre el cabello, que acabé perdiendo, se advierten las huellas de la grapa que adjuntaba la foto al mencionado documento escolar.

lunes, 15 de junio de 2009

Ciudad del Aire



CIUDAD DEL AIRE

Mi infancia es la memoria
de un mar de agua tibia,
salado, menor, azul, surcado
de balandros y poblado
de balnearios; horizonte limitado
de mis sueños infantiles.

Mi infancia es también la luz
y el perfume de los jazmines,
intenso como fragancia arrebatada,
y una casa grande y luminosa,
rodeada de jardín, con un huerto,
un pozo seco y una palmera;
una casa en la calle Cuatro Vientos
de un pueblo leve, paradisíaco,
que no aparecía en los mapas,
territorio indeleble de mi niñez,
Ciudad del Aire.

Mi infancia es un mundo de silencios,
y de verdades en voz baja,
que mi padre imponía severo
y nosotros acatábamos sumisos,
en la obediencia que dictaba
un entorno hostil, autoritario,
que dominaba las conciencias
y ponía plomo en las alas
del pensamiento libre.
No pude saber entonces
en qué bando hizo mi padre la guerra,
porque nunca de eso hablaba;
era como si se hubiese impuesto
el deber de mantenernos
ignorantes de todo aquello:
el hambre, las calamidades,
la miseria por todas partes,
los pelotones de fusilamiento,
la luz cautiva de las cárceles,
la nostalgia inútil del destierro.

Mi infancia es la ternura de mi madre
prodigada en caricias y desvelos.
Mi madre, joven y hermosa,
con una vitalidad contagiosa,
aunque algunas tardes de otoño
se dejara ganar por la morriña
de su tierra brumosa y marinera;
la recuerdo siempre cantando:
cuando pienso que te fuiste
negra sombra que me asombras…
si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras.

Mi infancia es el sueño de Jacob,
la confusión de la torre de Babel,
la historia de Tobías y el ángel.
Es también el miércoles de ceniza,
cuando un cura sombrío dibujaba
en las frentes infantiles, memento mori,
una cruz de ceniza con el dedo,
imborrable como un estigma.
Viernes de cuaresma y penitencia,
años de confesiones tenebrosas.
Pero también el venid y vamos todos,
entonado en las tardes de mayo,
con flores a María que madre nuestra es.

Mi infancia es el himno nacional
cantado todas las mañanas mientras
la bandera era izada en el mástil
frente a la puerta del colegio;
gloria a la patria que supo seguir
y nosotros firmes con la cartera
en la mano y el pelo peinado
con colonia, por el azul del mar,
los pantalones cortos, los calcetines
altos, y el caminar del sol.
Después, monotonía de lluvia
tras los cristales de la clase.
Un maestro enjuto, de duro trato,
soberbio y despótico nos atemorizaba
con problemas matemáticos,
las comarcas leonesas o las ciudades
navarras: Estella, Tafalla, Olite
Corella y Cascante; el crimen de Caín
y el desamparo de Abel, los mártires
de la cruzada española, los verbos
irregulares y las bienaventuranzas.
El colegio era el temor y el castigo,
pero también los partidos de fútbol
del recreo, Ciudad contra Ribera,
confusión de balones y jugadores,
algarabía de voces infantiles
que se llevó el tiempo hacia
el mundo sombrío de los adultos.

Mi infancia es la noche de reyes,
un desvelo ilusionado de fuertes
y vaqueros, de indios sometidos
a la marginación en sus reservas,
de incipiente capitalismo de palé,
de garajes, balones y del inevitable
misal que nunca pedíamos y siempre
nos traían, para que veáis qué buenos
son los reyes, decía mi madre.

Mi infancia es el juego solitario,
aquella tendencia mía al aislamiento,
encerrado a solas con mis juguetes,
como quien no necesita a nadie,
mundo propio hecho de silencios;
te has fijado, decía mi padre
a mi madre, en que este niño
está siempre triste y ausente.

Mi infancia es una música
aprendida en la guitarra
que le regalaron a mi hermano,
arpegios de mis dedos menudos,
banales melodías populares.
Después de tantas cosas, fue la mía
una infancia feliz y compartida
y nada pudieron contra ella los fantasmas
y los miedos con que algunos
quisieron limitar mis sueños
y ensombrecer la luz de mi alegría.

Mi infancia es una esperanza postergada
que se oculta en el fondo de mis días,
como tantas ilusiones que navegan
en las aguas turbulentas de los años.



Nota. Las fotos de la Ciudad del Aire están tomadas hace ya algunos años, en el verano de 2004. Sigo fotografiando estos lugares, inexplicablemente en declive, en los que viví los mejores años de mi infancia.

miércoles, 10 de junio de 2009

Recuérdalo tú, Salamanca



SALAMANCA

Recuérdalo tú, Salamanca,
que tantas veces lo soñaste
enredado en el laberinto
impredecible de tus calles,
siempre en actitud de búsqueda,
como náufrago entre la niebla.
Dile que lo supiste siempre,
que nunca ignoraste el misterio
que nos aguarda tras la muerte.
Memoria eterna de su nombre
quiso dejar entre tu gente,
que nunca sepa, Salamanca,
que fuiste tú quien lo amparaste
y protegiste de las sombras
que sin descanso lo acechaban.
Recuérdalo tú, Salamanca,
y no lo despiertes del sueño
de su muerte vivificada.


Nota. La foto la tomé en Salamanca en abril de 2005.

domingo, 31 de mayo de 2009

Poesía



POESÍA

Quise saberlo todo de ti,
de una manera natural y sencilla,
como el árbol lo sabe todo de la lluvia,
como la noche nada ignora del misterio.
Pero esquiva y distante como fuiste,
igual que una amante desdeñosa y fría,
el dulce favor me negaste de tu caricia.
Un desierto de torpes palabras sin rima,
un oscuro laberinto de voces y sueños,
una ruidosa soledad de versos sombríos.


Nota: Esto es lo que de bueno permite el blog. Relees una entrada, no te gusta, te parece innecesaria o poco afortunada, la eliminas. ¡Ojalá todos los errores se pudieran corregir de la misma manera!

martes, 7 de abril de 2009

Romance del destierro


I

Bajo la luz metálica
y difusa de febrero,
como sombras derrotadas,
caminaban al destierro.
Entre la nieve y la lluvia,
frío, dolor y cansancio,
amarga desesperanza,
quietud del mar a lo lejos.
Atrás va quedando España,
nieve sobre los tejados,
montañas, ríos y valles,
soledades de los campos.
Cuando ya no lo esperaban,
homicida y cruel su vuelo,
altos, feroces aviones
ametrallan desde el cielo.
Al amparo de las piedras
en la linde del camino,
como pueden se protegen
hombres, mujeres y niños.
Pero el fuego racheado
engendrado en el infierno,
el odio siembra y la muerte
pierde luz de camposanto.
Después la tristeza inerte
de los cuerpos olvidados,
rojo sobre nieve sucia,
insepultos en el barro.
Destempladas de los hombres
las voces claman al cielo,
grito inútil de impotencia,
pesadumbre y desconsuelo.
Los aviones se retiran
misión cumplida de fuego,
dejando un rastro de sangre
injuriada sobre el suelo.
Acabada la refriega
vuelven todos al camino,
no está lejos la frontera,
a pocos pasos del sueño.



II

Mientras tanto cae la noche
a lo largo del sendero,
desangelada entre sombras,
queda la tierra en silencio.
A un amasijo de hombres
las estrellas dan cobijo
e incierto refugio ofrece
un recodo del camino.
Transcurren lentas las horas,
nadie duerme con el frío,
callado mundo que a solas
reniega de su destino.
Con leña seca y maleza
han encendido un fuego,
cansado calor de llamas
que reconforta los cuerpos.
Un hombre viejo sostiene
una niña entre los brazos,
no logra reanimarla,
tiene los pies congelados.
Implacable la gangrena
devora los tiernos miembros,
bajo la luz de la luna
cava la muerte su hueco.
La niña que no responde
tiene apenas siete años,
desfallecida la vida
se le pierde por las manos.
Al hombre viejo que llora
de poco sirve el lamento
que las voces desgarradas
le ofrecen como consuelo.
Rigurosa la agonía
se acerca con paso brusco,
el alma llena de sombras,
vacía de luz los ojos.
En la fría madrugada
la pobre niña se ha muerto,
cantan los gallos del alba,
vierte la aurora su llanto.


       
III

Ya despierta la mañana
sobre los campos sombríos,
no calienta el sol los cuerpos
ateridos por el frío.
Estrépito de motores,
impacientes los relinchos,
algarabía de voces,
muchedumbre en el camino.
A lo lejos se divisa
baluarte fronterizo,
rodeado de alambradas,
entre niebla confundido.
Hay que arrojar los fusiles
para pasar desarmados,
allez, allez, les increpan
gendarmes de gesto adusto.
La manta llevan terciada
sobre el roído abrigo,
inútiles uniformes,
altiva dureza de los rostros.
Capitanes y soldados,
milicianos, guerrilleros,
ejército a la deriva,
desarbolado y vencido.
Va con ellos el poeta
con su madre y su hermano,
soledades, galerías,
álamos del desamparo.
Los desprecian cuando pasan
en aluvión por los pueblos,
miradas insolidarias
de incomprensión y recelo.
Van a parar a la playa
hombres duros y curtidos
en cien sangrientas batallas
de lucha contra el fascismo.
Han perdido la esperanza,
Argelés es el infierno
que entierra entre sus arenas
su dignidad y su orgullo.




IV

Alambradas en la arena
el viento roba los sueños,
el mar, salitre y espuma,
horizonte encarcelado.
En tiendas improvisadas
ni luz ni agua ni alimentos,
se preguntan hasta cuando
han de sufrir el encierro.
Como fantasmas deambulan
aturdidos por el campo,
soldados senegaleses
con saña injurian y odio.
Cautivos y desarmados
sólo esperan el momento
de quebrantar las prisiones
y embarcar rumbo a México.
Pero ese día no llega
y es cárcel y sombra todo,
mundo de viento y arena,
cielo triste del destierro.
Casi nadie piensa en volver,
no hay para ellos sitio
en España, luz de invierno,
desolado cementerio.
Cataluña ya perdida,
Levante queda y el Centro,
aislada Madrid y sola,
espejo roto del sueño.
Armas quiere la venganza,
la esperanza pide brazos,
hombres fuertes y mujeres
que no conozcan el miedo.
Pero Francia pone cárcel
a su ansia de regreso,
los acorrala la historia,
los aniquila el olvido.
Despiadada y agorera
tiende la muerte su vuelo,
la memoria sólo es humo,
sombra, nada, arena y viento.



Nota. Las fotos que acompañan a este romance las tomé una tarde de finales de agosto de 2006 en la playa de Argelès, donde en su día estuvieron instalados los campos de concentración en los que fueron internados los republicanos españoles en febrero de 1939. La foto de época, de algunos de esos prisioneros en las mismas arenas arriba retratadas, está tomada de la red.

viernes, 13 de marzo de 2009

Pasarán los años




Veinticinco años despues, a quién, si no a ti.

Pasarán los años
Y lo olvidaremos todo
Afanes y desvelos
Cansancio y sinsabores
Ingratitudes amargas
Como la luz áspera
De los sueños quebrantados

Pasarán los años
Y a merced del tiempo
Quedaremos como sombras
Desvanecidos e inermes
Hasta que el viento del otoño
Desordene severo
El enajenado rastro
De las hojas abandonadas

Pasarán los años
Y seguiré a tu lado
Fervoroso abrazo
Absorto en el asombro
De ver en tus ojos reflejada
La torpeza mía de este amor
Apasionada querella
Que dulcemente ignora
Con voluntad insensata
Cuanto de tenebroso esconde
La senda que conduce
Desde el silencio de los sueños
Hacia la muerte y el olvido


Nota. El cuadro que ilustra esta entrada, cuyo título es "Desnudos en la playa", pertenece al pintor José de Togores y es de 1922.

jueves, 5 de marzo de 2009

Ceniza sobre el agua



No me busques ni me llames
cuando ya no esté entre vosotros,
porque yo ya no seré yo, sino
este inútil despojo de mí mismo,
sombra estéril, rescoldo de llama
que ni alumbra ni conforta,
inservible ceniza sobre el agua.
Como el navegante que en noche
de tormenta ve zozobrar su barca
entre hostiles vientos e inclementes olas,
así dejas, Señor, que mi alma naufrague
desamparada y sola, sin haber tenido
de tu existencia una señal siquiera,
solo sequedad y áspero silencio,
entre las frías y oscuras aguas
del mar
de la calma, la nada y el olvido.


Nota. La foto que ilustra esta entrada es el mar del Cap de Creus en un atardecer de septiembre.

martes, 3 de febrero de 2009

Arte poética


I
Cuando conduzco,
un paisaje inerme
abandonado a su destino
de lluvia y soledad.
La quietud del campo
y el silencio de los montes
azules a lo lejos.
La lentitud de la tarde
y una luz detenida
que olvida su nostalgia
entre los surcos de la tierra.
Suena una música triste
en la radio del coche.
De repente he sentido,
sólo un leve instante,
que rozaba mi alma,
como presagio del desamparo,
la mano de nieve,
la mano de sombra.



II
La televisión encendida,
sin volumen, proyecta imágenes
a las que nadie presta atención.
Una habitación de hotel,
recién fría, para hombre solo
pero con dos camas,
en una ciudad extraña
que me acoge recelosa
en el tumulto de su indiferencia.
He venido para hablar
de un libro, el último
que he publicado,
ante un auditorio
que ni me conoce
ni tiene interés alguno
en mi obra y mi persona
y nunca leerá ese libro.
Cuando, por fin, el acto
termina sin pena ni gloria,
me espera un largo paseo,
es agradable pasear
en las noches del otoño,
por las avenidas solitarias
de esta ciudad que desconozco,
pero que es igual a tantas
otras ciudades, apenas
entrevistas en sueños,
cuyas calles ningún sentimiento
despiertan en mí.
El cansancio y el frío
de la madrugada me obligan
a regresar al hotel.
Me recibe el saludo soñoliento
del recepcionista al darme
la llave de la habitación.
La sucia luz de la alborada,
incipiente, se filtra a través
de la persiana y el desvelo
que me ha llenado
de angustia y desasosiego,
es también presagio
de que se acerca el día
y me trae, una vez más,
la certeza del regreso,
el consuelo de dejar atrás,
de una vez para siempre
todo eso y recluirme
en el silencio que dignifica.
Saber callar a tiempo
es, para los días que corren,
la única poética razonable.


Nota. Estos versos, que continúan una serie de entradas que dedicaré a indagar en la poética del blog, fueron seleccionados para Singulars d'un plural. Antologia de V Festival de Poesía de Girona, y como tales vieron la luz en una edición de la Casa de Cultura de Girona. Como he dicho en otras entradas de estas páginas volanderas, sigo pensando, quizá insensata y contradictoriamente, lo mismo.

viernes, 9 de enero de 2009

Impresiones y tardes


1

La soledad de los parques
y la luz indefinida
y nimbada de la tarde
dejan un poso en mi alma
de nostalgia y lejanía,
como si fuera la vida
la memoria de los sueños
y no este incierto presente
coronado de cipreses
y apuntalando ruinas.


2

Algunas veces la tarde
desmorona sus perfiles
y cuando nada esperamos
se precipitan las sombras
sobre el corazón cansado,
pierden su sitio las cosas
y hay un sabor de ceniza
estancado en la memoria,
entre las horas perdidas
y la bruma de los años.


3

Bill Evans desgrana notas
llenas de melancolía,
tristeza sobre el piano,
en la tarde gris de lluvia.
Su música me estremece,
me lleva por el camino
de los sueños quebrantados
y de las viejas nostalgias.
Cuando cesa la tormenta,
el vuelo de los vencejos
por detrás de los tejados.



4

Hay tardes inesperadas,
fuera de los calendarios,
imprecisas como niebla,
invisibles como sueños,
de luz esquiva y doliente,
de fotografías viejas,
de poemas repetidos.
Hay tardes en las que olvido
que de tu amor solo guardo
un referente de sombra.




Nota. Las fotografías que ilustran esta serie de poemas a la tarde pertenecen todas ellas a una serie sobre los almendros de los campos aragoneses en las cercanías del Moncayo y fueron tomadas una tarde de primavera.

jueves, 1 de enero de 2009

Epigramas del sueño


Bajo la luz cansada
un paisaje de sueños y de sombras.
Inciertos caminos de la noche.

Laberintos tiene el sueño
en el fondo de tu mirada olvidados.
Un vuelo de palomas blancas sobre el agua.

La soledad de las palabras
como un espejo roto frente al sueño.
Apartado jardín de sosiego y de silencio.

Las heridas crueles del tiempo
entre la sucia luz de la alborada.
Un naufragio de sueños incumplidos.





En el final del sueño
será la oscuridad impenetrable y densa.
El silencio infinito, descorazonador y eterno.


Dios en el fondo del sueño
desde una incómoda nostalgia de absoluto.
Un pájaro herido que aletea en la sombra.


El sueño eterno de los hombres
contra una muralla de indiferencia y olvido.
Libertad, esperanza maltrecha de la luz.


Las voces de la memoria
para siempre apagadas en el sueño.
Un temblor de lluvia en el camino del olvido.




En el lado secreto de tu sueño
el territorio indescifrable del deseo.
Sobre la blanca arena leve fulgor de espuma.



Nota. Las fotografías que ilustran estos epigramas están tomadas en el espacio del Forum de las Culturas de la ciudad de Barcelona.