domingo, 31 de enero de 2010

A vueltas con Gil de Biedma



Mi amigo Javier Pérez Escohotado visita mi blog y deja un comentario en la entrada que dediqué a Gil de Biedma y a la película biográfica que aún está en la cartelera. Lo rescato de donde él me lo dejó y lo traigo a esta entrada para realzarlo como se debe. Javier es escritor, poeta y ensayista, de ya largo recorrido; profesor universitario en la Pompeu Fabra y actualmente en la Secundaria, ha sido, es y será estudioso de casi todo lo que tenga que ver con la letra impresa. Como poeta ha publicado dos poemarios: Laura llueve (2000) y Papel Japón (2002); como ensayista: Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial (Toledo, 1530), con prólogo de Ricardo García Cárcel (2003) y Crítica de la razón gastronómica (2007), entre otros. Como estudioso de la poesía de Gil de Biedma publicó en Poemas memorables. Antología consultada y comentada (1939-1999) (Castalia, 1999) un soberbio comentario a uno de los mejores poemas de Jaime Gil “Pandémica y Celeste”. También ha sido editor del poeta en el libro Conversaciones (El Aleph, 2002). Javier, pues, cuando habla de Gil de Biedma no lo hace a humo de pajas y no es merecedor, en absoluto, a pesar de su actitud crítica hacia el libro que sirve de base a la película, me refiero a la biografía de Miguel Dalmau, de los agrios comentarios hacia su persona que el biógrafo va esparciendo por ahí a la ligera. Nada hay peor que alguien que publica y no es capaz de asumir la crítica. Este es el texto que Javier me dejó como comentario en la mencionada entrada:

El cónsul de Sodoma o de tal palo, tal astilla.


Como editor de Jaime Gil de Biedma, Conversaciones, y autor de alguna crítica a la biografía de Gil de Biedma publicada por M. Dalmau -crítica que los lectores pueden encontrar en el núm. 86 de Letra Internacional-, me permito colaborar en la polémica, llamando la atención del Jurado que entregará los Goya sobre una de las nominaciones: la del Goya al mejor guión adaptado de El cónsul de Sodoma. Si el guión ha sido adaptado de la citada biografía, el resultado ha sido necesariamente el esperado: un fiasco.La biografía de Dalmau está ordenada como un tríptico a partir de una manipulación chapucera de varios cuadros de Bacon. El primer panel del tríptico aborda la historia familiar y personal del poeta en 75 páginas, para las que no ha necesitado consultar ni un solo libro de historia. Y el segundo repasa, con jugosos errores de interpretación, la obra de Gil de Biedma en 125 páginas. Ambos paneles se cierran en 1985. El tercer panel relata con naturalismo clínico, y en clave rosa, la vida sexual del poeta, que ocupa las 255 páginas restantes hasta 1990. El tríptico no parece estar bien compensado. En realidad, las dos primeras partes no son más que un aperitivo mal descongelado antes de atacar el chuletón casi crudo de la enérgica y atareada sexualidad del poeta, que ya no escandaliza ni a los niños de la doctrina. La bibliografía “básica” de la obra, limosna a la puerta de una iglesia, no puede ocultar el feo vicio del autor de no mencionar las fuentes y, lo que es peor, apropiarse indebidamente de ellas. Por ejemplo, de Shirley Mangini, a la que utiliza sin escrúpulo, o sea, sin las obligadas comillas, que son las que indican el propietario del texto. Y no cabe aquí la eximente de intertextualidad, que consiste, según Bajtin, en un diálogo textual y no en una mera copia.

Nota. Un torpe e inapropiado comentario anónimo, dejado en la entrada "Mi padre", me ha obligado a instalar la moderación en los comentarios. Os pido disculpas a los que entráis aquí habitualmente, pero los que aprovechan que el Pisuerga pasa por Valladolid para malbaratar palabras en bitácoras ajenas me obligan a ello. Gracias.

viernes, 29 de enero de 2010

Elogio del desierto



SOBRE EL PÁRAMO INMENSO

 Sobre el páramo inmenso en el que vives,
un cielo lento y negro, un cielo bajo
que roza los fangales y se ensucia.
Un cielo que se vuelve tierra muerta,
sobre la aislada casa en la que mueres.
Vine a esta tierra para ver tus ojos,
vine al infierno para ver tus ojos,
para, antes de irme, dar algún sentido
a esta confusa y breve luz dudosa.

Javier Sánchez Menéndez me hace llegar un ejemplar de Elogio del desierto, libro de poemas de Julio Martínez Mesanza ilustrado con fotografías de José del Río Mons, editado en la colección “Anejos de Siltolá”. Enhorabuena a los tres, al poeta por sus hermosos versos, al fotógrafo por la inmensa calidad de las fotografías y a Javier por editar con tan acendrado gusto.

Nota. Inauguro con esta entrada una nueva sección de este blog a la que doy el nombre de "Acuse de recibo". Me propongo recoger en ella lo que me va llegando, comentarios, envíos, cartas, etc.

martes, 26 de enero de 2010

Mi padre


(31 de marzo de 1919 - 24 de enero de 2010)

jueves, 21 de enero de 2010

Cien años de la Residencia


Con un par de semanas de retraso recibo la doble felicitación de la Residencia de Estudiantes: la del año 2010 y la de sus cien años. Hago extensiva, con ese diseño tan logrado, a todos los visitantes de este blog, la felicitación del 2010 y me congratulo, por su valor simbólico, con la segunda. ¡Cien años de la Residencia! Dentro de poco, a lo largo de este década, de casi todo hará cien años, de la publicación de El árbol de la ciencia, de la muerte de Rubén Darío, del lorquiano Impresiones y paisajes, de Campos de Castilla, ¡cien años! Y entre todo eso, y tantísimas otras cosas, ahí está la Residencia como símbolo vivo de la España liberal e ilustrada, la que brilló con la República, la que no pudo ser porque no la dejaron, la de la Institución Libre de Enseñanza, la que fue anegada por la Guerra Incivil del 36. Ahí sigue, bien viva, la Residencia, organizando actos culturales, tratando de tender un puente de concordia entre esta España democrática y la que sucumbió en abril del 39. Ahí sigue la Residencia, la de Lorca, la de Moreno Villa, la de Dalí, la de Buñuel y la de tantos otros que en ella vivieron o por ella pasaron para dar conferencias, para leer versos, como lo hizo Gil de Biedma en su día. Ahí está la Residencia, dispuesta a cumplir cien años más para el bien de la cultura de este país.


Nota. La fotografía de este coche la hice en Madrid, frente al Ministerio de Hacienda, en la calle de Alcalá, en los primeros días de este mes de enero. Ignoro cuál era el motivo por el que estaba allí aparcado. La foto podría ilustrar el Madrid del pasado, el de los años treinta, cuando la Residencia era una referencia necesaria en la cultura de la España republicana, al igual que lo sigue siendo hoy.


jueves, 14 de enero de 2010

Que la vida iba en serio...


Lo que resultaba apasionante de la figura de Jaime Gil de Biedma era su enorme talento poético y su vastísima cultura literaria; en modo alguno, excepto para él, claro, su vida personal, su tendencia sexual, la mucha o poca pasión que pusiese en ello, las infidelidades y las noches de dormida en antros o en hoteles recién fríos, de habitaciones para hombre solo. Lo que cuenta es lo que se deja, la obra y no la biografía. Jaime Gil de Biedma dejó una obra breve que, con el paso de los años, no ha hecho sino crecer y crecer al tiempo que irradiaba luz, la que él mismo recibió de Cernuda y otros autores, sobre los poetas que le siguieron. Eso es lo que lo hace apasionante: Las personas del verbo, su Diario del artista seriamente enfermo, su Retrato del artista en 1956, sus estudios literarios, El pie de la letra.

La última vez que lo vi fue en el Ateneo Barcelonés de la calle Canuda, en 1988. Pronunció entonces una conferencia sobre la poesía de Luis Cernuda. Se le traspapelaron las notas que llevaba escritas. Interrumpió un rato su alocución para tratar de ordenar los papeles. Como le fuera imposible hacerlo, siguió durante un buen rato hablando de Cernuda sin nota alguna y fue realmente una lección de sabiduría poética y literaria como me ha sido dado ver pocas veces. Estábamos aquella tarde en la sala no más de veinte personas. Los fieles del Ateneo, seguramente miembros de la junta directiva, mis amigos José Ángel Cilleruelo y Joaquín Parellada, quien esto escribe y el también amigo y poeta Luis Izquierdo, que fue el único que dialogó con Jaime Gil en el coloquio que siguió a su estupenda conferencia. Ese era el Jaime Gil apasionante.

Es muy arriesgado hacer una película biográfica sobre Gil de Biedma, porque se corre el peligro de tergiversar su figura y hacerlo interesante por aquello que no debería serlo: su opción y su vida sexual, poniéndolo por encima de su figura literaria e intelectual, que es lo que lo va engrandeciendo desde que nos dejó y convirtiéndolo poco a poco en un clásico imprescindible de la poesía española del siglo XX. Eso es lo que tristemente ha ocurrido con El cónsul de Sodoma. No que la película no tenga aciertos cinematográficos, que los tiene, sobre todo en la creación de los ambientes filipinos y en la interpretación medida y correcta, brillante en la dicción, de Jordi Mollá, sino que pone por delante aquello que nunca debiera haber sido puesto en lugar tan preponderante, a veces hasta la saciedad, por pertenecer exclusivamente a la vida privada del escritor. Lo peor, con todo, es el guión porque es deslavazado, de escenas inconexas y no pocas veces gratuitas, porque le falta consistencia en los diálogos, porque nos deja caricaturas de los grandes escritores, alguno de ellos aún vivo -y que se ha quejado amargamente de la película-, de la Generación del 50 barcelonesa, porque da un dibujo demasiado esquemático de Gil de Biedma, un hombre extraordinariamente complejo. En suma, una oportunidad perdida, porque no es fácil que un productor se juegue el dinero en una película sobre la vida de un poeta de culto y minoritario, seguramente desconocido para eso que suele llamarse gran público y que dudo mucho que se interese por su figura después de ver la película. Tiene razón Dalmau cuando dice que tal vez Gil de Biedma hubiera merecido una película de más entidad.

jueves, 7 de enero de 2010

Fallece Avalle-Arce



Es muy probable que el apellido que se menciona en el título de esta entrada diga muy poco a muchos lectores, pero el día 4 de enero, en Madrid, en las páginas del diario ABC, en su sección de "Necrológicas-Esquelas", me encontré con la noticia de su muerte y me causó una gran impresión. Han sido tantos años de explicar las razones de la locura de don Quijote a través de sus luminosos análisis y de sus certeras conjeturas, que, a fuerza de leer sus textos, era Avalle-Arce alguien muy familiar para mí, aunque sólo lo conociera a través de sus obras, de sus estudios cervantinos principalmente. Ese día, lluvioso y frío en Madrid, mientras saboreaba el café del desayuno, conocí la triste noticia. Había fallecido el 25 de diciembre, pero por razones que ignoro, el diario lo hizo público el 4 de enero. Estos grandes hispanistas, maestros de tantos profesores, que llevan a cabo una fecunda labor de investigación y de crítica y que casi siempre son perfectos desconocidos fuera del ámbito universitario y del mundo de los especialistas, casi nunca tienen el reconocimiento que merecen y es la suya una labor callada y para minorías, pero su aportación a los estudios literarios suele ser decisiva y hemos de reconocer, muchos, que su trabajo nos ha iluminado no pocas veces oscuros y difíciles pasajes de nuestra historia literaria. Juan Bautista Avalle-Arce, fallecido a los 82 años, es un claro ejemplo de cuanto digo. Su último libro publicado, Las novelas y sus narradores, lo fue en 2006, aunque me gustaría recordar ahora su Don Quijote como forma de vida, de 1976, al que pertenecen estas palabras luminosas sobre la locura de don Quijote que copio a continuación y que dejo aquí como testimonio de profundo respeto y de homenaje:

Quiero destacar en la ocasión el hecho de que los sentidos no engañan a don Quijote en absoluto. Sus sentidos perciben una aislada venta manchega y dos prostitutas, imágenes autorizadas por la sucesión de autores que intevinieron en la redacción de la historia de don Quijote. Es en el paso de lo sensorial a lo anímico que estas imágenes quedan totalmente trascordadas: el alma de don Quijote registra, en vez de venta, un castillo, y dos hermosas doncellas en lugar de las dos mozas del partido. Y las imágenes sensoriales quedan totalmente metamorfoseadas y embellecidas en el momento de imprimirse en el alma de nuestro héroe. (...) La explicación de fenómeno tan extraordinario es tan sencilla como contundente. Las imágenes que se perciben sólo pueden pasar de lo sensorial a lo anímico por la aduana de la imaginativa, y ésta don Quijote la tiene lesionada. En consecuencia, lo que registra el fuero más interno de nuestro caballero andante no responde en absoluto a la realidad que perciben sus sentidos. Pero es más grave aún porque nuestro héroe tiene lesionada asimismo la fantasía. (...) Y así llego al final de este aspecto de mi demostración: la venta es recibida por el alma de don Quijote como un castillo por el desajuste de su imaginativa, y una vez que se imprime en su alma la imagen de un castillo acude su lesionada fantasía a perfeccionarla "con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan."

viernes, 1 de enero de 2010

Se abre una puerta..., de Álvaro Fernández Suárez


Aunque lo sustantivo está básicamente dicho, estudiado, publicado, reconocido y bien analizado, situado adecuadamente en su contexto, todavía es posible hoy, entrando en la segunda década del siglo XXI, descubrir aspectos nuevos de la literatura española que siguió al final de la Guerra Civil en 1939. Es el caso que, con la publicación del libro de cuentos aún inédito en España de Álvaro Fernández Suárez Se abre una puerta..., Fernando Valls da nombre a una nueva tendencia de la narrativa de esos años; así, frente a lo que Sobejano denominó “realismo existencial”, tendencia en la que se sitúa, entre otras obras, Nada de Carmen Laforet, Valls propone llamar “fábulas existenciales” a las narraciones que recurren al género fantástico para denunciar igualmente la soledad y el desamparo del ser humano perdido en una sociedad que intentaba renacer de sus cenizas tras el cataclismo de la Segunda Guerra Mundial. Leyendo el libro de Fernández Suárez, sobre todo después de haber leído La ciénaga inútil, su otro libro de cuentos, se tiene la impresión de la que la propuesta de Fernando Valls es del todo certera y merecedora de ser tenida en cuenta de ahora en adelante al estudiar la literatura de esos años.

Fue a Ignacio Soldevila a quien primero escuché hablar de la obra literaria de Fernández Suárez, autor del llamado exilio republicano, en un congreso en la Universidad Autónoma de Bellaterra, en el que también habló de sus cuentos Fernando Valls. Después, Soldevila editó, con un prólogo suyo, la novela Hermano perro (Edicios do Castro, La Coruña, 2006). Ahora se publica, en edición de Fernando Valls, este Se abre una puerta..., (KRK Ediciones, Oviedo, 2009). Por mi parte, edité uno de los cuentos, el que da título al libro, “La ciénaga inútil”, en Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español.

El libro del que hablo se editó por primera vez en 1953 y como he dicho ya, aún estaba inédito en España. Se trata de un conjunto de seis cuentos dividido en dos secciones “Celestiales” e “Infernales”; los dos cuentos que abren ambas secciones, por su desarrollo y extensión, son más bien novelas breves: “La misteriosa ciudad de Aurora” y “La confesión del padre O’Leary”, magnífico este último. Sin embargo, de la primera parte a mí el cuento que más me ha gustado ha sido “Naufragio en las playas del cielo”, en el cual un anacoreta, llamado Eufrasio, sueña que llega al Cielo y dialoga con Dios. No reproduciré ningún fragmento de ese diálogo, que se encuentra en las páginas 205-210, pero invito a quien lea esta nota a disfrutarlo, a medir el verdadero alcance de la reflexión del autor. Tampoco tiene desperdicio el encuentro de Eufrasio con Satanás en el relato “Los abismos”. Es este conjunto de cuentos una profunda reflexión sobre los límites y el sentido de la existencia, sobre Dios, sobre la frontera entre la realidad y el sueño, sobre la inanidad y la grandeza de la vida, reflexión que se expresa en una prosa límpida, clásica, con una sintaxis compleja y precisa y un léxico admirable, con una enorme, en fin, sabiduría literaria. Digno de leerse. Un verdadero acierto, y no lo digo solo por la estupenda y cuidada edición de KRK en la colección “Tras 3 Letras”, que ya conocía por La filosofía en invierno, de Menéndez Salmón, sino por la calidad literaria de los cuentos de Fernández Suárez y por qué no decirlo, por la reparación histórico-literaria que esta edición supone. Me alegra dedicarle la primera entrada de 2010.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Aforismos populares lisboetas

A José Ángel Cilleruelo, poeta y amigo, autor de las obras ambientadas en Lisboa Alfama, Barrio Alto y El Visir de Abisinia.




Nota. Esto puede verse escrito en las paredes de Lisboa. Todo una buena muestra de aforismos populares. Las fotos las tomó mi hija Marta, yo se las pedí prestadas para esta entrada.

sábado, 19 de diciembre de 2009

García Lorca: La Huerta de San Vicente


Cuando se cumple un año desde que publiqué la primera entrada, recupero hoy una anotación de mi diario personal escrita en Cádiz el 6 de agosto de 1988. Encontrarán sus restos o nos los encontrarán, pero sabemos, tiene razón García Montero, lo necesario y tal vez lo decisivo: que fue un poeta extraordinario; que su verbo era claro y luminoso y su capacidad metáforica, tan dislocada a veces, como correspondía al vanguardismo, muy difícil de igualar; que se puso, perteneciendo a otra clase, siempre del lado de los oprimidos; que nos dejó un puñado de obras teatrales del más alto nivel; que estaba escribiendo un cancionero de sonetos, en el que se advierten ecos lejanos del petrarquismo, hablo de los Sonetos del amor oscuro, que el destino quiso que se convirtiera, inacabado, en un indicio de lo que hubiera podido escribir de haberle alcanzado la vida para hacerlo; sabemos, digo, lo decisivo, que lo asesinaron los intolerantes y cerriles de siempre; encontrarán sus restos o no, pero sabemos lo decisivo, lo que realmente importa. Que cada cual cargue con su responsabilidad: los que lo detuvieron y decidieron después asesinarlo; los que teniendo informaciones valiosas para saber cómo se desarrollaron los hechos, callaron durante años; los que guiados por un afán irresponsable de protagonismo, queriéndose dar importancia a costa del poeta, dieron pistas falsas; los que historiaron, y siguen haciéndolo, el proceso basándose en el testimonio vivo, sin contrastar o por lo menos cuestionar la veracidad de las fuentes; los que han especulado siempre con la triste muerte del poeta; los que no quieren "llenar Granada de agujeros"; los que...

Cádiz, 6 de agosto de 1988

El tráfico de Granada es caótico. No sólo por el gran número de vehículos, sino por la señalización de sus calles, que las convierte en intrincados laberintos. Salimos en dirección a la costa de Motril. Un letrero en color rosa indica al viajero que puede visitar la casa-museo de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente. Seguimos solícitos los carteles indicadores hasta que nos extraviamos entre un grupo de casas viejas y campos de verde moribundo y abandonado, con el aspecto de terrenos suburbiales de ciudad. Paramos el coche frente a la fachada de una hermosa casa, dejando a un lado un pequeño jardín de aspecto dejado. Un perro fiero nos ladra sujetado por una cadena a un pequeño pozo. Junto al edificio principal de la casa hay otro anexo con un patio. Sentado a una mesa redonda un señor, de edad avanzada y de escaso cabello rubio muy corto y gafas doradas responde a nuestra pregunta:

- Sí, ésta es la casa de Federico García Lorca.

Aparcamos el coche y entramos, precedidos de nuestro guía particular, en la casa de verano del poeta. Ya desde el umbral nos explica nuestro cicerone que todo está tal y como lo dejó la familia, pero que todo ha de cambiar puesto que está en proyecto hacer un museo de la casa, pero que mientras tanto todo está tal y como estuvo siempre: "Llevo más de cuarenta años trabajando para la familia". Faltan en las paredes casi todos los dibujos del poeta, que ahora deben estar en Nueva York en una exposición. El salón está como entonces, "ustedes lo habrán visto en la serie de televisión; sobre este aparador estaba la radio en la que toda la familia escuchaba las alarmantes noticias del Alzamiento".


Nos explica que el piano ya no está, que lo tiene doña Isabel, la única hermana del poeta que vive, y se lo ha llevado a Madrid junto con la ropa del poeta, el mono de "La Barraca", las chaquetas blancas, que estuvieron por aquí hasta hace poco. Se conserva en el salón el enorme retrato de Isabel, muy romántico, muy de otro tiempo. Todo tiene un indefinible aire de nostalgia, de estar anclado en el pasado. La tapicería de las sillas sigue siendo la misma, en color rojo granate, de entonces; hoy está protegida por una solícita funda de flores blancas y verdes que la mujer de nuestro guía ha colocado para evitar el desgaste del polvo y de los años.

En la planta baja, según se entra a mano izquierda, hay una pequeña habitación que aún contiene un retrato, de grandes dimensiones, del poeta envuelto en un albornoz de color amarillo. Hay una antesala, que separa este cuarto del salón, en la que, nada más abrir la puerta, se encuentra un hermosísimo arcón de madera que tiene encima un tapete blanco y un jarrón. Durante un tiempo este arcón guardó algunos ejemplares de las obras del poeta, sobre todo de Impresiones y paisajes. Nuestro guía nos explica, al terminar la visita, ya en el jardín, que una vez, hace muchos años, tuvo que regalar un ejemplar a un argentino que se "puso pesadísimo"; "Los argentinos son muy lorquianos, como ustedes los catalanes -dijo al ver la matrícula del coche-".

Completa la planta baja un hermosa y limpia cocina en forma cuadrangular, con las alacenas, las mesas y la antigua cocina de carbón y leña, en la que se cocinaba en los años en los que el poeta habitó la casa. A su lado hay una moderna cocina de gas butano: "Los tiempos cambian, prueben a cocinar con eso y verán; eso sí, es muy hermosa". Por un instante he tratado de imaginar el trajín de criadas preparando la comida o la cena.

Saliendo de la cocina se encuentra la escalera, que lleva al piso de arriba, donde están situadas las habitaciones. La escalera es preciosa, con un pasamanos de hermosa madera y unos escalones de cerámica roja rematados en madera oscura. Dos rellanos; tiene forma de u, gira casi ciento ochenta grados de abajo arriba. Frente al final, el cuarto de las hermanas del escritor, muy bello, con dos camas. A mano derecha, el cuarto del poeta con un balcón que se asoma al jardín y a la fachada principal. Su cama, cubierta con una colcha blanca de ganchillo, su enorme mesa de trabajo, preciosa de madera clara, como de roble o de haya; sobre ella, enmarcado en la misma madera y protegido con cristal, un cartel de "La Barraca".

Hay en la habitación un regalo de Rafael Alberti, con su dedicatoria, que el poeta gaditano hizo a Lorca en la Residencia de Estudiantes con motivo de una representación teatral. Todo tiene el aire de una habitación habitada, se tiene la impresión de que el poeta va a entrar por la puerta, vestido de blanco, en cualquier momento. La habitación es muy bella. Realmente hay algo del alma del poeta que sigue vivo entre sus paredes, se nota, lo percibo, yo que no creo en estas supersticiones, claramente, me toca, guardo silencio, no lo comento con quien va conmigo.

Al dejar la habitación de Federico, atravesamos un pequeño pasillo al que se asoman todas las otras, de puertas verdes y paredes blancas; algunas están cerradas y no se nos enseñan. Al final de ese pasillo una puerta da a la terraza desde la que el poeta contemplaba La Alhambra; bueno, entonces se vería, hoy no se ve más que una hilera de bloques de pisos: "La casa es muy fresquita para el verano y antes Granada no era la que es hoy, todo eso que ven ahí era campo que separaba esta huerta de la ciudad."

Salimos al jardín. Fotografío, con permiso de nuestro guía, el balcón de la habitación del poeta y la fachada inundada de madreselvas con una cerámica que dice "Huerta de San Vicente nº 6": "Todo esto será un parque y la casa un museo. Ya está hecho el concurso para la adjudicación de las obras y pronto empezarán. Hay quien dice que prefiere ver la casa así, tal cual estaba en su época y no como quedará después de su acondicionamiento como museo. Yo casi lo preferiré, porque aquí están los dibujos y los libros, la ropa y, la verdad, con los tiempos que corren..."

Han pasado cincuenta y dos años desde que Lorca se refugió en esta casa, huyendo de los temores del golpe militar. Su presencia sigue viva en cada mueble, en cada esquina, en cada prenda, en cada objeto de esta casa preciosa, prendada de nostalgia, de la melancolía que siempre tienen las muertes inútiles y a fe que la del poeta lo fue; vive Dios que lo fue.

Nota. Volví a visitar, ya convertida en museo, la casa de Lorca en diciembre de 2006, a esa visita pertenecen las fotos que ilustran esta entrada, en la anterior no tenía cámara digital. La sensaciones que apunto en esta entrada, cuando la visité tal como era en la época en que la familia veraneaba aquí, habían desaparecido casi por completo, fue como si el tiempo hubiera borrado la memoria, la presencia, que tan fuertemente se me manifestó cuando vine por primera vez. Números redondos. Un año de blog. Esta es la entrada número cien. Mil cuatrocientas personas han entrado a ver mi perfil. Trece mil han visitado las páginas volanderas de esta bitácora. Algunos, muchos menos, han dejado comentarios a esas entradas. Incertidumbre sobre el futuro del blog. ¿Qué haré? ¿Cómo lo continuaré? ¿Qué sesgo tomarán las entradas? Lo ignoro. Hoy sólo quiero agradecer esas trece mil visitas que han entrado en este blog y sobre todo, a los que ya considero amigos, por su reiteración en el dejar comentarios. A todos, muchas gracias.

domingo, 13 de diciembre de 2009

El jardín quebrado: Catalunya y España, diez aforismos



[1] Si España no entiende a Cataluña, mal para España.

[2] Si Cataluña, para afirmarse, necesita renegar de España, mal para Cataluña.

[3] Si los españoles no son capaces de advertir la nobleza, la lealtad constitucional y la hombría de bien de los catalanes, su dignidad y su firmeza en defender sus señas de identidad, lo que son, su cultura, su lengua, mal para los españoles.

[4] Si los catalanes, aferrándose al tópico, sólo ven en los españoles todo aquello que los caricaturiza y deforma y que en absoluto responde a lo que son de verdad, mal para los catalanes.

[5] Si los nacionalismos de uno y otro signo enconan sus posiciones y tensan la cuerda hasta ponerla en riesgo de rompimiento, mal para unos y para otros.

[6] Si la tolerancia y el respeto mutuo naufragan entre el griterío y las proclamas o entre las procelosas aguas de las reivindicaciones imposibles, mal para España y mal para Cataluña.

[7] Si hay catalanes con miras tan estrechas como para entender que España y Cataluña son realidades diferentes, mal para esos catalanes.

[8] Si hay españoles que para afirmar la unidad de España se empeñan en aplastar con el rodillo uniformador cuanto de diferente y enriquecedor hay en ella, mal para esos españoles.

[9] Si algunos catalanes afirman, abierta o soterradamente, que la única forma de solucionar el dilema Catalunya-España es un divorcio, una separación amistosa y civilizada, que no olviden que más de la mitad de sus conciudadanos se sienten al mismo tiempo españoles y catalanes; mal para esos catalanes.

[10] Si algunos españoles son incapaces de entender que hay múltiples maneras de sentirse español y que es perfectamente legítimo ser español y no sentirse o abstenerse de hacer gala de ese sentimiento, mal para esos españoles.

[Colofón] Si las posiciones se enconan hasta hacer el aire irrespirable, el conflicto está servido; que no olvide nadie entonces que quien siembra vientos recoge tempestades.

Nota. La foto procede de "yahoo.es". Escribo estas reflexiones el domingo día 13, jornada en la que en 166 municipios de Cataluña se está votando en una consulta sin reconocimiento legal sobre la independencia de Cataluña. Tomo el sintagma "El jardín quebrado" de mi buen amigo y maestro Laureano Bonet, de uno de sus libros dedicados a estudiar la Generación Barcelonesa del 50, grupo literario integrado, como es bien sabido, por autores nacidos en Cataluña que escribieron, y algunos aún siguen escribiendo, toda su obra en castellano.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Memoria del antifranquismo y la transición: Solé Tura



No lo conocía, pero su talante conciliador, su sabiduría política, su compromiso con lo que en sentido amplio se suele llamar los valores de la izquierda, su moderación, su aguda inteligencia, su palabra siempre sosegada y penetrante hacían de él una figura respetada. Me golpea la noticia de su muerte y recuerdo la última vez que me crucé con él, en el descanso de un concierto de música contemporánea, en el vestíbulo del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Su mirada perdida, que miraba fijamente, como intentando saber si conocía en verdad a quien a él le miraba, hombre público en definitiva, una mirada escrutadora, náufraga, la de quien andaba ya extraviado en el propio laberinto de su memoria desbaratada por la enfermedad. Me causó una gran impresión. En nada comparable a la tristeza de hoy por la pérdida de este hombre bueno en el sentido machadiano del término. Referente para muchos de mi generación en la lucha contra el franquismo, salvando la discrepancia ideológica, él era comunista, aunque luego abandonara esa militancia y pasase al socialismo, vimos siempre en él a uno de los nuestros. Melancolía. Me uno al dolor de la familia. Descanse en paz.

Nota. La foto de Jordi Solé Tura está tomada de la red, de Siglo XXI Editores. Hace poco, y como una coincidencia insospechada, releí fragmentos de su libro Autonomies, Federalisme i Autodeterminació, editado por Laia/Entrellat, en Barcelona, en 1986.

viernes, 27 de noviembre de 2009

De Garcilaso a Góngora



Viva pues Góngora, puesto que así los otros
Con desdén le ignoraron, menosprecio
Tras del cual aparece su verbo luminoso
Como estrella perdida en lo hondo de la noche,
Como metal insomne en las entrañas de la tierra.

      Luis Cernuda, Como quien espera el alba (Buenos Aires, 1947)


Señala la crítica que Góngora llevó a su culminación y término el camino de la lírica culta iniciado por poetas anteriores a él siglos atrás. Se da la fecha de 1613, cuando en copias manuscritas se empiezan a conocer las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea, como el año decisivo para ese tipo de poesía. Aún conservo la fotocopia, artesanalmente elaborada, que don José Manuel Blecua nos facilitaba para que entendiéramos lo que él llamaba “corrientes poéticas de la Edad de Oro”; como hitos del camino de la lírica culta señalaba a Juan de Mena en el siglo XV, a Garcilaso de la Vega y a Fernando de Herrera en el XVI y a don Luis de Góngora en el XVII.

Se tiene comúnmente la impresión de que es difícil ir más allá de donde Góngora fue con su poesía; pareciera que, en efecto, es el suyo un final de etapa. La revolución vanguardista, con la pérdida de base real en la metáfora, vendría a demostrar, trescientos años después de la muerte del vate cordobés y de la mano de los poetas de la Generación del 27, que sí era posible ir más lejos, tener más audacia poética. Pero sea como fuere, la belleza de la poesía de Góngora está y estará siempre ahí para quien quiera atreverse y romper la coraza de dificultad docta con que su autor quiso protegerla: “Demás que honra me ha causado –escribe don Luis con justo orgullo- hacerme obscuro a los ignorantes, que esa es la distinción de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego, pues no se han de dar perlas preciosas a los animales de cerda.” Más allá del exabrupto final de la cita, no le faltaba razón a Góngora.

Un ejemplo, en fin, baste para ver la evolución de la poesía culta desde Garcilaso a Góngora. La tez rosada, entre el blanco y el azucena, es un tópico en la descripción del rostro o de la piel de la dama idealizada; así lo expresaba en los archiconocidos versos del Soneto XXIII Garcilaso de la Vega:

En tanto que de rosa y d’azucena
se muestra la color en vuestro gesto


Veamos ahora ese mismo detalle descriptivo, el del color rosado, en la estrofa XIV de la Fábula de Polifemo y Galatea, donde se describe a la ninfa, para ver el camino andado desde 1534 o 35, aproximadamente, hasta 1612 o 1613:

Purpúreas rosas sobre Galatea
la Alba entre lilios cándidos deshoja:
duda el Amor cuál más su color sea,
o púrpura nevada, o nieve roja

lunes, 23 de noviembre de 2009

Espacio de libertad: aforismos sobre el blog



[1] El blog es, en sí mismo, un espacio de libertad, un territorio que no conoce fronteras y que no exige a nadie visado ni pasaporte para transitar por él.


[2] El blog es, también, un lugar de encuentro y de comunicación entre quien escribe las entradas y quien decide libremente leerlas e incluso comentarlas.

[3] El blog a nada obliga, ni siquiera a dejar comentarios sobre las entradas.

[4] Aunque la amistad necesita el trato, el conocimiento y la relación entre personas, el blog es también un espacio para fraguar amistades, aunque sean virtuales.

[5] Tan válido es el blog en el que no se permiten comentarios, como aquel en el que pueden dejarse libremente o necesitan del filtro del autor que debe autorizar su publicación.

[6] Lo peor del blog es el anonimato y la falsedad a sabiendas. Nada más reprochable que un comentario vilipendioso que se ampara en el anonimato.

[7] El blog debe defender siempre la libertad de expresión.

[8] Como todo, el blog no es apolítico y por consiguiente la política también tiene cabida en el blog.

[9] El blog casa mal con las dictaduras, especializadas siempre en poner trabas a la libertad de expresión y en perseguir la libertad de conciencia.

[10] No hay manera de medir ni valorar el éxito de un blog, porque el blog nada vende y a nada aspira como no sea a comunicar. Las visitas son solo eso, visitas, aunque todos las contemos con marcadores más o menos camuflados.

[11] Cada vez creo más que al blog le va lo breve.

[12] El blog es una forma de expresarse.

[13] El blog es ya un género en sí mismo.


Nota.
La foto del cielo del Ampurdán es de mi hija Marta. Las notas las escribo después de leer, y de ver, las noticias sobre la bloguera cubana Yoani Sánchez y el casi linchamiento de su marido Reinaldo Escobar.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El difunto


No se le ocurrió otro sagrado al que acogerse que no fuera la muerte. Tuvo que fingirla, claro. Tan acosado se vio, tan en peligro sintió su vida que no le quedó otro remedio. Lo meditó largamente. Testamentó, cedió todos sus bienes a su primogénito y nombró un gerente que gobernara el destino de sus negocios hasta la mayoría de edad del lechuguino. Pagó la esquela, que se publicó en los principales diarios de la ciudad. No le resultó difícil, el dinero todo lo puede, organizar la mentida incineración. Después, con pasaporte falso y algo retocado su aspecto físico, viajó, en buena compañía, por largo tiempo al extranjero. La distancia obró como bálsamo milagroso para sus preocupaciones. Se sintió revivir. Cuando juzgó transcurrido un tiempo prudencial, regresó. Desde su nueva identidad trató de hacer vida normal. Lo consiguió en parte, hasta que un sicario creyó reconocerlo cuando se dio de bruces con él a la salida de un café. Informó éste a la organización. Investigaron. Mandaron, con cualquier excusa, alguien a huronear por la oficina. Lo atendió una secretaria que se trababa con frecuencia y de memoria olvidadiza: “De ese asunto no puedo darle información porque lo lleva directamente el difunto.” Esa noche lo esperaron. Cuando bajó del coche, no le dio ni tiempo de advertir si alguien le seguía. El horrísono estrépito de los disparos desordenó el silencio de la noche. Quedó tendido en el suelo, boca abajo, chorreaba espesa y negruzca la sangre. Cinco casquillos refulgían sobre el asfalto. Una rata, medrosa y taimada, escapó por el sumidero de la alcantarilla.

martes, 17 de noviembre de 2009

El destino, esa vieja roca muda



Para Tomás Rodríguez Reyes

Navego por la red y visito, como casi siempre hago, los blogs amigos. Entro en Trópico de la Mancha, la bitácora de Tomás Rodríguez Reyes y M. Carmen Gavira, y me encuentro con una espléndida nota de lectura sobre Hölderlin y Henry James. Leo la del poeta romántico y me quedo con una frase: “Para la sociedad –escribe Tomás Rodríguez- era (Hölderlin) un viejo loco, el loco de Tübingen.” Algo se mueve dentro de mí. Me levanto y emprendo la búsqueda del Hiperión. Tardo en dar con él porque cada día mi biblioteca personal está más desordenada. Abro el libro y busco unas cuantas citas subrayadas en antiguas lecturas y me pregunto qué más dará que lo tuvieran por loco, de Tübingen o de donde fuera, si era capaz de escribir frases y sentencias como estas:

[1] Olvídate de que hay hombres, miserable corazón atormentado y mil veces acosado, y vuelve otra vez al lugar de donde procedes, a los brazos de la inmutable, serena y hermosa naturaleza.

[2] No tengo nada de lo que pueda decir: esto es mío.

[3] Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías.


[4] El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.

[5] El niño es un ser divino hasta que no se disfraza con los colores de camaleón del adulto.

[6] ¡Cómo odio a todos esos bárbaros que creen ser sabios porque ya no tienen corazón, a todos esos monstruos groseros que matan y destruyen de mil modos la belleza juvenil con su mezquina e irracional disciplina!

[7] Eso es lo que nos hace pobres en medio de toda riqueza, que no podamos estar solos, que el amor no muera en nosotros por mucho que vivamos.

[8] ¿Qué sería la vida sin esperanza? Una chispa que salta del carbón y se extingue, o como cuando se escucha en la estación desapacible una ráfaga de viento que silba un instante y luego se calma, ¿eso seríamos nosotros?

[9] Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu, si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda.


Nota. Las citas proceden de la edición "Libros Hiperión", de la 1ª edición, de abril de 1976, traducción y prólogo de Jesús Munárriz.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Pedir perdón


- Se empecina, por lo que advierto, en no pedir perdón.

- No tenemos por qué pedirlo.

- ¿No le parece suficiente motivo haber secuestrado, torturado y asesinado alevosa e impunemente a ese hombre y después haberlo enterrado en la cuneta de un camino?

- Ignoro de qué me está hablando, nosotros no hacíamos cosas así.

- Ya lo creo que las hacían. Sepa usted que cuando los archivos, que permanecieron secretos e inaccesibles durante demasiados años, pudieron ser consultados, todo se encontró allí, en un expediente, con nombres, fechas y multitud de detalles que confirman cuanto le estoy diciendo.

- Me está hablando de cosas sucedidas hace muchos años y de las que ya no guardo memoria.

- Le traicionan las palabras. Hace un instante me ha dicho que ustedes no hacían esas cosas y ahora que no se acuerda ¿en qué quedamos?

- Bueno, todo el mundo sabe que en tiempos de guerra eso puede suceder.

- Pero los conflictos bélicos se dirimen en los frentes de batalla y no en la paz de las retaguardias.

- Pero la nuestra estaba sembrada de espías, traidores y contrarrevolucionarios peligrosos, trotskistas indeseables, enemigos de la República, como ese hombre al que usted alude.

- Entonces, reconoce usted que el caso del que le estoy hablando, el secuestro y asesinato de ese hombre, se debió a causas políticas.

- Tal vez, no lo sé. Lo único que puedo decirle es que yo no di las órdenes ni participé en los hechos.

- Pero eso no le exime de responsabilidad. Otros lo harían por usted, y sabiéndolo, calló.

- Pues exíjales esas responsabilidades a ellos y no a mí; además, sabe qué le digo, que las órdenes vinieron de fuera.

- No puedo hacer lo que me pide.

- ¿Por qué?

- Porque ellos, como usted dice, ya no viven, pero usted, sí.

- Pues si no viven, caso cerrado. Dejemos, si le parece, que el tiempo cure las heridas del pasado.

- Las cicatrices se cerraron en falso y para que no vuelvan a abrirse las heridas, sería necesario que alguno de ustedes, los que aún viven, pidiera perdón.

- Yo no puedo pedir perdón por lo que no hice; dejando al margen que ya no tengo cargos de responsabilidad en la organización.

- Pero los tuvo, y muy importantes. Ser cómplice y haber callado durante tanto tiempo le convierte en responsable.

- Mire, le pido y le ruego que dejemos en paz el pasado.

- No habrá paz hasta que ustedes reconozcan los hechos y pidan perdón por ellos.

- ¿Y los otros? ¿Qué me dice de los otros? ¿Acaso no hicieron también lo suyo? ¿Por qué no les pide cuentas a ellos?

- La violencia de los demás no justifica la suya.

- Doy por cerrada esta conversación, no quiero permanecer ni un minuto más encerrado en el laberinto de responsabilidades morales en el que usted me tiene prisionero.

- No está en su mano hacer lo que dice.

- Entonces me cierro a la banda, no diré ni una sola palabra más.

- Eso ni arregla nada, ni cambia las cosas. La dignidad, la decencia y la ética les obliga a reconocer los hechos y a pedir perdón. Allá ustedes si no lo hacen.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El escepticismo elegante de González Romano: Señales de vida


Viene siendo un tópico más o menos repetido el decir que la literatura se alimenta de literatura y que quien escribe lo hace sobre lo que otros escribieron antes. Es un tópico, cierto, pero como casi todos los tópicos encierra su parte de verdad. Quien escribe lo hace situándose voluntariamente en una tradición, que analiza, estudia y escoge con sumo cuidado. Esto de las formas breves tiene antecedentes lejanos e ilustres en la poesía española. Si nos remontamos al origen, llegaríamos hasta las jarchas, poemitas de cuatro versos en los que una voz femenina pone por testigo a su madre de sus desencuentros y penas amorosas. La lírica de tipo tradicional, tan tardíamente desarrollada en la poesía castellana en comparación con la galaico-portuguesa y la catalano-provenzal, insiste en el uso de las formas breves. Los epigramas de los poetas del XVIII son otra buena muestra de ese tipo de poesía. Pero si nos venimos a lo más o menos reciente, nos encontramos con la familia de los Machado, empezando por los cantes flamencos básicos, anónimos y populares, recopilados por el padre de la saga, que firmaba Machado y Álvarez, hasta la poesía breve de proverbios y cantares de Antonio y sobre todo la de algunos poemarios de Manuel. También García Lorca cultivó las formas breves, Bergamín fue muy dado a la poesía sentenciosa resuelta en pocos versos y, claro, Ramón Gómez de la Serna expandió su magisterio en las breverías.

En esa tradición de las formas breves es en la que deliberadamente se instala, con notable acierto, González Romano. Su Señales de vida, primer libro de poemas que publica, está escrito todo él en ese tipo de poesía. No es fácil, aunque las apariencias engañen, escribir esa clase de poemas en los cuales la expresión se concentra y se limita a cuatro, a veces algunos más, pero siempre pocos, versos. Si esas formas tradicionales de poesía, soleares y seguidillas, se entreveran con una sentimentalidad moderna, la de un poeta de nuestros días, del siglo XXI, se corre un alto riesgo de que la fórmula chirríe y acabe por no funcionar. Nada de eso, sin embargo, sucede, felizmente, en el libro de González Romano, en el cual la síntesis entre modernidad y formas populares se solventa con éxito en los poemillas que integran el libro. Podemos imaginarnos la gran labor de poda que entre los muchos poemas escritos con esta fórmula habrá llevado a cabo su autor. Pero los incluidos en el libro tienen la chispa de la inteligencia y de la brillantez y saben comunicar un pensamiento breve y profundo al mismo tiempo con solvencia, elegancia y dominio de los recursos poéticos.

Con escéptica elegancia indaga el poeta en la existencia, en ese dolor que la acompaña y cuyas causas muchas veces no conseguimos ni siquiera explicarnos: “¿Por qué será este dolor / que no se calma con nada, / si sé que no existe nada / que provoque este dolor?”. Cifra el poeta su poética en el intento de salvar las distancias entre la vida y el arte: “POÉTICA. Si quiero cambiar de tema / escribo punto y aparte. / Ojalá fuera la vida / tan sencilla como el arte.” Acompaña a este escepticismo elegante, una actitud vitalista, la de quien defiende la vida, a pesar de las limitaciones que forzosamente nos impone la existencia: “¿Tiene sentido la vida? / A mí no me lo preguntes: / yo me limito a vivirla.” La búsqueda de la propia identidad está también presente en estos poemas: “Yo ya no sé quién soy yo: / si el que busca o el que olvida / o ninguno de los dos.” La ineludible referencia a la tradición, pero con elegancia, mostrando que la fuente de la que se bebe se asimila para dejar paso al acento personal: “Hoy también me siento adelfos: / las alegrías por fuera / y la amargura por dentro.” La literatura, sin aspavientos, sin grandilocuencias, con naturalidad es una forma adecuada para dejar “señales de vida”, de nuestros pasos en la tierra: “No existe mayor herida / que pasar por este mundo / sin dar señales de vida.”

González Romano las empieza a dar con este primer poemario al que seguro seguirán otros en los que volverá a dar muestras de su buen hacer poético. No queda sino felicitar a la Fundación Ecoem y muy especialmente a Javier Sánchez Menéndez por haber creado esta colección de poesía “Siltolá” a la que, a juzgar por la calidad de los títulos publicados, auguramos larga vida.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Miguel Delibes: en adelante nada sería como había sido


Del libro que están leyendo, jóvenes, podría decirse que es una novela de aprendizaje, uno de cuyos temas principales es el acceso a la experiencia –dijo Leonardo a los más jóvenes de sus alumnos una tarde en que acabó de leerles un párrafo de la novela mientras el crepúsculo de la tarde otoñal dejaba un cielo amoratado por encima de los edificios-. Se preguntarán aprendizaje de qué y acceder a qué experiencia, supongo. Lo podemos resumir en dos palabras: del vivir. En la vida siempre hay sucesos, avatares, que de una u otra forma te marcan, te influyen, te cambian, no eres el mismo antes y después de ellos. Para Daniel, el Mochuelo, no olviden que tiene la misma edad que ustedes tienen ahora, la muerte de Germán, el Tiñoso, su amigo más querido junto a Roque, el Moñigo, es una experiencia que le afecta en lo más profundo de su ser. El hecho luctuoso, triste, deja tal huella en él que nunca volverá a ser el mismo. Podemos verle, sí, casi literalmente verle a través de las palabras, crecer, reflexionar con increíble madurez sobre el alcance de lo sucedido, en definitiva, le vemos despertar a su, a nuestra condición efímera, transitoria, pasajera, la de Daniel, la de los habitantes del valle, la de todos nosotros, ustedes y yo mismo; le vemos, en suma, descubrir su propia soledad. Lean ahora en silencio el párrafo que yo les he leído, léanlo por lo menos dos veces y crezcan con Daniel y denle secretamente las gracias a Miguel Delibes por haber escrito libros como este. Crezcan, jóvenes, crezcan.”

Daniel, el Mochuelo, pasó la noche en vela, junto al muerto. Sentía que algo grande se velaba dentro de él y que en adelante nada sería como había sido. Él pensaba que Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, se sentirían muy solos cuando él se fuera a la ciudad a progresar, y ahora resultaba que el que sentía solo, espantosamente solo, era él, y sólo él. Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños. Él nunca se paró a pensarlo y al hacerlo ahora, una sensación punzante y angustiosa casi le asfixiaba. Vivir de esta manera era algo brillante, y a la vez, terriblemente tétrico y desolado. Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poco, inexorablemente. A la larga todos acabarían muriendo: él, y don José, y su padre, el quesero, y su madre, y las Guindillas, y Quino, y las cinco Lepóridas, y Antonio, el Buche, y la Mica, y la Mariuca-uca, y don Antonino, el marqués, y hasta Paco, el herrero. Todos eran efímeros y transitorios y a la vuelta de cien años no quedaría rastro de ellos sobre las piedras del pueblo. Como ahora no quedaba rastro de los que les habían precedido en una centena de años. Y la mutación se produciría de una manera lenta e imperceptible. Llegarían a desaparecer del mundo todos, absolutamente todos los que ahora poblaban su costra y el mundo no advertiría el cambio. La muerte era lacónica, misteriosa y terrible.

Nota. La foto de Miguel Delibes procede de blogeducastur.es. La de la edición de El camino, de la red. La cita está tomada de la primera edición del libro en la colección Áncora y Delfín, volumen 57, Editorial Destino, Barcelona, 1950. Texto en las páginas 205-206 de dicha edición.

martes, 3 de noviembre de 2009

Francisco Ayala




Alguien, hace muchos años, me dijo, cuando le pregunté por Muertes de perro, libro que me disponía entonces a leer y de cuyo autor nada sabía: “léelo, es fantástico, y el autor todo un clásico.” Debía tener yo entonces diecisiete o dieciocho años. Lo leí, claro, me fié de la recomendación. Ese fue el comienzo. Me gustó tanto que traté de leer después todo lo que encontré de Ayala. Pero no fue hasta pasado un tiempo, cuando llegué a La cabeza del cordero y a Los usurpadores, que me di cuenta de que Ayala era uno de los escritores fundamentales del siglo XX español, alguien cuya obra estaba destinada a quedar, a durar, y que era eso que se suele llamar un clásico vivo.

Conocí a Francisco Ayala en Segorbe, por mor de un curso sobre Max Aub en el que él participó en una de las sesiones. Me acerqué a saludarle y le llevé el primer volumen de sus memorias, Recuerdos y olvidos, para que me lo firmase. Se interesó cuando le dije que había escrito y publicado un artículo sobre su libro Los usurpadores, que hoy anda citado por ahí en las bibliografías, y me pidió que se lo remitiese a su domicilio de Madrid. Fue cordial, desde su seriedad, conmigo. Poco tiempo después solicité de él una presentación para la edición de los cuentos de Aub que publiqué bajo el título de Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico. Lo tuve. Me pidió que eligiera alguno de entre los textos que él había escrito sobre su amigo Max y que lo adaptara a la edición. Así lo hice, me dio su conformidad y acompañará siempre esa edición de los cuentos aubianos, en la que intenté reunir a los dos amigos, en la medida en que siga en el mercado y reeditándose. Recientemente, en 2006, volví a ponerme en contacto con él para solicitar su autorización para incluir dos relatos suyos en la antología Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español. No las tenía todas conmigo, porque le había oído decir varias veces que no se podía hablar de una cultura republicana del exilio, sino de la obra, personal y particular, de quienes se exiliaron. Aún así, me puse en contacto nuevamente con él y todo fueron facilidades, tanto de él como de Carolyn Richmond.

Hoy me ha sorprendido la noticia de su muerte, aunque lógicamente, dada su avanzada edad, no pueda hablarse en sentido estricto de sorpresa. No puede quejarse Ayala, la vida ha sido muy generosa con él, no sólo por la longevidad, sino por las condiciones en que esta se ha producido, manteniendo, pese a su edad, una gran lucidez y permitiéndole estar en activo casi hasta el final. Todo un ejemplo.

Fue Ayala, al reincorporarse a la vida del país, una voz serena, de concordia, sosegada pero mordaz cuando era necesario, tolerante y enormemente lúcida. Sus artículos en El País eran de lectura obligada, sus libros, que se reeditaban una y otra vez, revisitados y vueltos a disfrutar. Era un símbolo, sin querer serlo en absoluto, de muchas cosas, entre otras de la España liberal e ilustrada de los años treinta, la que quedó truncada por el golpe militar, la de Ortega, la de los poetas y prosistas del 27; después, a su pesar, porque supongo que a nadie le gusta exiliarse, de la España desterrada; pero, por encima de todo, Ayala fue un gran escritor, un intelectual sereno y responsable y un hombre de bien.

Cuando terminé de leer Muertes de perro, tantos años atrás, me di cuenta de que la persona que me lo había recomendado tenía razón: era un libro impresionante y su autor, todo un clásico.
Nota. La foto está tomada de "elpaís.com"

lunes, 2 de noviembre de 2009

San Juan de la Cruz: Avisos y Sentencias Espirituales


Releyendo la obra poética de San Juan de la Cruz, en la edición que preparó don José Manuel Blecua para Clásicos Ebro, además de volverme a maravillar ante la enorme calidad de los versos del místico, me topo, y la verdad es que los tenía echados en olvido, con estos "Avisos y Sentencias Espirituales" y se me antoja que su utilidad puede ser mucha para quien bien los lea y, desde luego, estoy seguro que provocarán en quien lo haga más de una reflexión. Procedo pues a copiarlos:

1. Cuanto más te apartes de las cosas terrenas, tanto más te acercas a las celestiales y más hallas en Dios.

2. Quien supiere morir a todo, tendrá vida en todo.

3. Apártate del mal, obra el bien y busca la paz.

4. Quien se queja o murmura no es perfecto ni aun buen cristiano.

5. Humilde es el que se esconde en su propia nada, y se sabe dejar a Dios.

6. Manso es el que sabe sufrir al prójimo y sufrirse a sí mismo.

7. Quien de sí propio se fía, peor es que el demonio.

8. Quien obra con tibieza, cerca está de la caída.

9. Mejor es vencerse en la lengua, que ayunar en pan y agua.

10. Si quieres ser perfecto vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por mansedumbre y humildad, y síguele hasta el calvario y sepulcro.


Nota. Cada vez que releo uno de estos viejos volúmenes de la colección "Clásicos Ebro", vuelvo a recordar a don José Manuel Blecua cuando entraba a una de las viejas aulas del Patio de Letras de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona y distribuía entre nosotros los ejemplares, que en número de veinte o veinticinco traía cada día a clase: "Lean y fíjense bien", nos decía con su peculiar ceceo. En estos libritos leí a Garcilaso, a San Juan, a Fray Luis, entre otros, guiado siempre por la mano maestra y el comentario sabio de don José Manuel Blecua. "Que nadie lo miraba, / Aminadab tampoco parecía, / y el cerco sosegaba, / y la caballería / a vista de las aguas descendía."