miércoles, 26 de enero de 2011

En la muerte de Jaime Salinas, ¿qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?



Primavera de 1993

Al terminar la comida, a la que también asistieron Mario Benedetti y las hijas de Max Aub –era la primera vez que las veía a las tres juntas, Elena, que vivía en Madrid, Carmen, en México, y María Luisa, en Inglaterra- decidimos dar un paseo hasta el Ayuntamiento. Llegando a la plaza del Agua limpia fue cuando, tras quedarnos rezagados del grupo, le pregunté: “¿Qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?” Detuvo su pausado y elegante caminar, me miró desde detrás de sus gafas de concha con una de aquellas miradas suyas que derrochaban simpatía e ironía a la vez que penetrante inteligencia y me contestó sonriendo: “¿Y qué sabes tú de esa casa?” Callé durante breves instantes para responder después: “Poco, muy poco, solo lo que leí en el Diario del artista seriamente enfermo.” En ese momento Benedetti, que nos había observado conversar, acompasó su caminar al nuestro y habiendo oído mi respuesta dijo: “qué buen poeta, Jaime Gil; pero díganme ¿de qué están hablando?” Salinas, mirándonos a los dos, dijo entre sonrisas: “De nada, Mario, de nada; este joven –yo aún lo era entonces-, que me quiere hacer recordar unos años lejanos y una casa admirable en la que viví en Barcelona.”

Llegamos, mientras tanto, al Ayuntamiento y subimos directamente al Salón de Plenos, donde yo debía leer unas cuartillas de presentación del libro De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío al que se había concedido el Premio Max Aub el año anterior. Benedetti y Salinas formaban parte del jurado del premio de aquel año. Elena Aub pronunció un breve y entrañable discurso de agradecimiento por el honor que la ciudad de Segorbe rendía a la figura y a la obra de su padre (si no me traiciona la memoria creo que se le entregaba la medalla de oro de la ciudad a título póstumo).

Pensé entonces, al terminar el acto, que la conversación que yo había iniciado había quedado olvidada. Pero no fue así. Jaime Salinas vino en mi busca, se cogió, en un gesto naturalísimo de afecto, de mi brazo y así marchamos juntos hacia el salón donde se serviría un refrigerio. No salía de mi asombro. Estaba con las hijas de Max Aub, a quien secretamente había dedicado yo mi cuento, conversando con Benedetti, a quien tanto había leído y admirado, y el hijo de uno de mis poetas favoritos, Pedro Salinas –Ay! qué alegría vivir en los pronombres-, estableció conmigo, que no soy nadie ni represento nada, una inusitada complicidad teniendo en cuenta que no conocía ni el santo de mi nombre.

Hablamos de todo, de su estancia en Barcelona en aquel lejano 1956, de sus relaciones de amistad con Carlos Barral, con Jaime Gil de Biedma, con Gabriel Ferrater, con Juan Goytisolo. Como yo le mostrara mi interés por la obra de esos escritores del grupo barcelonés del 50 y le preguntase si les era difícil vivir en una España como la de aquellos años, Jaime Salinas me contestó que vivían un poco al margen, en un mundo propio de amistades, de conversaciones, de relaciones intelectuales y literarias. En ese sentido me contó un viaje a Madrid acompañado de Jaime Gil de Biedma y de Carlos Barral para tener un encuentro con los poetas de allí. Salinas los describía con mucha gracia como unos señores muy serios, que vestían de traje gris y corbata negra y que pedían café con leche a media tarde, cuando ellos los recibieron en el hotel con un vaso de ginebra en la mano. Hablamos también de Alianza Editorial, de la colección de bolsillo, de las memorables portadas de Daniel Gil, del papel de esa colección en la difusión de la literatura y de la cultura en la España de aquellos años, de su importancia en la formación intelectual y literaria de muchos de nosotros. Nos despedimos al caer la tarde. Nosotros debíamos coger el coche para volver a Barcelona. Salinas regresaba a Madrid para preparar su inmediata partida para Islandia, donde pasaría el verano.

Ayer por la tarde, al llegar a casa, encontré un correo de mi amigo Joaquim Parellada en el que me comunicaba la muerte de Jaime Salinas. Evoco ahora aquella tarde, que siempre estará en mi memoria, de casi veinte años tras y la traigo aquí, a las páginas de este blog, como nostálgica y personal despedida del escritor, del intelectual ligado a la España de los años treinta en la que tal vez por tradición familiar aprendió a ejercer la libertad de conciencia -tan perseguida y maltratada en España durante tantos siglos, según dejó dicho Juan Marichal-, del editor que tanto hizo desde Alianza y desde Alfaguara por la cultura española. Descanse en paz.

viernes, 14 de enero de 2011

Qué cosa es ser tirano



No dejan, por más años que pasen, de sorprender a Leonardo las preguntas, o las consideraciones, pretendidamente ingenuas que sus jóvenes pupilos le plantean no pocas veces de manera imprevista. Aquella mañana iba Leonardo dispuesto a explicar el nacimiento de la prosa en castellano cuando por esos azares extraños que suelen suceder en las aulas se suscitó un vivo debate en torno a las formas de gobierno y un curioso muchacho intervino para preguntar si tirano y dictador significaban lo mismo. Leonardo observó con detenimiento al joven que había hecho la interesante pregunta y guardó silencio en espera de que fueran sus propios compañeros quienes respondiesen. Pero se hizo el silencio. Era como si no se atrevieran a decir lo que pensaban, tal vez por miedo a no saberse expresar en voz alta, tal vez por no tener, ellos que no habían conocido la dictadura y eran hijos de la democracia, las ideas demasiado claras al respecto, quizá fuera que la figura de Leonardo les imponía, el caso es que guardaron silencio. Aprovechó Leonardo, ante la ausencia de respuesta, para ir a su mesa, sacar de su cartera el libro Antología Mayor de la literatura española, compilada por Guillermo Díaz Plaja y disponerse a leer:



TÍTULO I. LEY X

QUÉ QUIERE DECIR TIRANO, ET CÓMO USA DE SU PODER EN EL REGNO DESPUÉS QUE ES APODERADO DÉL.

Tirano tanto quiere decir como señor cruel, que es apoderado en algun regno o tierra por fuerza, o por engaño, o por traición: et estos tales son de tal natura, que después que son bien apoderados en la tierra, aman más de facer su pro, maguer sea a daño de la tierra, que la pro comunal de todos, porque siempre viven a mala sospecha de la perder.

Et porque ellos pudiesen cumplir su entendimiento más desembargadamente, dixieron los sabios antiguos que usaron ellos de su poder siempre contra los del pueblo en tres maneras de artería: la primera es que puñan que los de su señorío sean siempre necios et medrosos, porque cuando atales fuesen non osaríen levantarse contra ellos, nin contrastar sus voluntades; la segunda que hayan desamor entre sí, de guisa que non se fíen unos dotros; ca mientra en tal desacuerdo vivieren non osarán facer ninguna fabla contra él, por miedo que non guardaríen entre sí fe nin poridat; la tercera razón es que puñan de los facer pobres, et de meterlos en tan grandes fechos que los nunca puedan acabar, porque siempre hayan que veer tanto en su mal que nunca les venga a corazón de cuidar facer tal cosa que sea contra su señorío. Et sobre todo esto siempre puñaron los tiranos de estragar a los poderosos, et de matar a los sabidores, et vedaron siempre en sus tierras confradías et ayuntamientos de los homes: et puñaron todavía de saber lo que se decíe o se facíe en la tierra: et fían más su consejo et la guarda de su cuerpo en los estraños porquel sirven a su voluntad, que en los de la tierra quel han de facer servicio por premia.

Otrosí decimos que maguer alguno hobiese ganado señorío de regno por alguna de las derechas razones que deximos en las leyes antes désta, que si él usase mal de su poderío en las maneras que dixíemos en esta ley, quel puedan decir las gentes “tirano”, ca tórnase el señorío que era derecho en torticero, así como dixo Aristóteles en el libro que fabla del regimiento de las ciudades et de los regnos.

Cuando hubo terminado, apostilló Leonardo: “así que ya saben, jóvenes, no sean necios ni medrosos, ni tengan entre ustedes desamor para que el tirano no llegue al poder por la fuerza, el engaño o la traición y lo use para su propio beneficio olvidándose del bien común. Piensen, de paso, qué sabio era el Rey Sabio.”




Nota. El texto de Las Partidas procede del libro mencionado en el texto de la entrada, publicado por Editorial Labor en Barcelona en 1969.

lunes, 10 de enero de 2011

Haikú: Fulgor de nieve



La luz de enero
relumbra en las laderas,
fulgor de nieve.

miércoles, 5 de enero de 2011

¿Quién soy o qué?


[1] ¿Quién soy o qué: un profesor que escribe o un escritor que da clases? 

sábado, 1 de enero de 2011

Editar a Galdós



Mis amigos Teresa Barjau y Joaquim Parellada me envían, días antes de terminar el año, un ejemplar de esta nueva edición de Tormento, de Benito Pérez Galdós. Publicada en una colección que lleva años suministrando buenas ediciones de clásicos españoles para la llamada enseñanza secundaria, este nuevo trabajo tiene su base en la ejemplar edición crítica que ambos, Teresa y Joaquim, hicieron de la novela de Galdós en 2007 para la editorial Crítica, en la colección "Clásicos y Modernos". Ahora, sin perder el rigor filológico, se ha buscado un planteamiento más didáctico y según mi manera de verlo, los autores han acertado plenamente, tanto en lo que se refiere a la introducción, como a las notas a pie de página y a los apéndices finales de estudio de la obra. Releer Tormento tan bien editado ha sido todo un placer. Quiero, en esta primera entrada del nuevo año, dar las gracias a Teresa y a Joaquim por esta nueva contribución a la edición rigurosa de nuestros clásicos.  

jueves, 30 de diciembre de 2010

Haikú: Paz y silencio




Luz en la sombra
destellos sobre el agua
paz y siencio.

sábado, 25 de diciembre de 2010

¡Feliz 2011!


A todos los que se asoman a estas páginas volanderas, a esta bitácora, ¡que acaba de cumplir dos años!, a esta nave que surca las aguas tantas veces procelosas de la red, desde el dibujo de mi hija Marta, feliz navidad y que el año 2011 sea algo menos duro y cruel de lo que ha sido este con tanta y tanta gente. 

lunes, 20 de diciembre de 2010

Mendoza en el laberinto


Soy lector de la obras de Mendoza desde hace tantos años que rara vez he faltado a la cita que cada cierto tiempo nos convoca a las librerías para adquirir su nuevo libro. Esta vez, sin embargo, debo confesar que me mostraba remiso a la hora de hacerme con Riña de gatos. Madrid 1936. Tal vez el premio que la avalaba era más un inconveniente que un acicate. ¿Qué necesidad tenía -me preguntaba mientras con un ejemplar de la novela en las manos valoraba si me decidía finalmente a hacerme con él o no- un autor tan prestigioso como Mendoza, con una obra literaria tan consolidada, de presentare a un premio así? Leí las dos primeras páginas para ver si me ayudaba o no a decidirme. Fue decisivo. Las terminé, me dirigí a la caja, pagué, me llevé el libro. Esa noche leí setenta páginas de un tirón. Lo dejé porque al día siguiente a las siete menos cuarto debía estar en pie. Lo terminé pocos días después. Un acierto, un acierto rotundo. Dinero bien gatado (el ordenador se come la ese y pienso que es un juego de palabras con el título, así que lo dejo tal cual).

Dos ejes vertebran la narración: de un lado la reflexión sobre el arte, la pintura y la figura de Velázquez, de otro las intrigas previas al golpe de estado de julio del 36. Todo ello visto a través de la figura de un crítico y profesor de arte inglés que viaja a Madrid en la primavera de ese fatídico año, lo que supone un acierto en la perspectiva desde la cual se cuenta un relato que necesita, por su materia, de un distanciamiento necesario. Se entreveran en el tejido de la novela la intriga de carácter policiaco, los enredos que proceden de la novela galante o del vodevil, el sentido del humor que facilita escenas cómicas de puro enredo, las tramas políticas que condujeron al golpe y sobre todo, la figura de José Antonio Primo de Rivera, que ya había aparecido en la estupenda novela de Sánchez Dragó Muertes paralelas.


Pocas veces los novelistas se han fijado con tanta insistencia en la peripecia política y personal de José Antonio como lo ha hecho Mendoza. El clima de violencia de aquellos días, los mítines en el cine Europa, las tertulias y cenas con Sánchez Mazas, Ruiz de Alda, Fernández Cuesta y otras figuras relevantes entonces, los contactos con el general Franco, la detención y el encarcelamiento de la cúpula de Falange. Pocas veces, con la excepción ya mencionada de Sánchez Dragó, había visto aparecer esos asuntos en una novela y en eso acierta de lleno Mendoza y además resulta innovador al novelar lo que pocos habían hecho antes y haciéndolo además con una obra que tiene una decidida voluntad popular, mayoritaria, de dirigirse a un público amplio sin perder ni el rigor ni la calidad literaria de sus grandes novelas. Valga este fragmento de una conversación entre José Antonio y Anthony Whitelands al final de la novela en la que el líder de Falange se lamenta de su fracaso:

Yo quería la paz y la reconciliación. Pero no me han dejado. He dado mi vida por España y España me ha vuelto la espalda. He defendido a la clase obrera y la clase obrera, en vez de escucharme, me ataca. Nadie me hace caso. Y, sin embargo, yo podía haber logrado lo que nadie ha logrado ni logrará: superar la lucha de clases insensata, echar los cimientos de una España nueva, la patria de todos. Me he esforzado en vano: los españoles prefieren seguir con sus ideologías anacrónicas, su demagogia oscurantista, su caciquismo disfrazado de democracia y su salvaje ajuste de cuentas. ¿Qué diferencia hay entre sacar en procesión la imagen del Sagrado Corazón y quemarla? Este es un país cavernario, hundido en la miseria, la atonía y la falta de higiene.



La novela de Mendoza supone otra manera, distanciada e irónica, más narrativa y literaria, de acercarse a la dura realidad española en vísperas de la guerra civil desde un punto de vista amplio, pues no sólo la figura de José Antonio puebla estas páginas, también aparece en la parte final un fidedigno retrato del presidente Azaña. Además conviene no olvidar las soberbias páginas dedicadas a la reflexión sobre el arte, a la figura y la obra de Velázquez, páginas en la que brilla la prosa de Mendoza con transparente hondura. En fin, esta novela no es en absoluto una obra menor ni una obra oportunista para ganar un premio como el que ha ganado, sino una obra de calado, llena de amenidad y viveza narrativa que hará disfrutar al lector que se adentre en sus páginas.

martes, 7 de diciembre de 2010

Haikú: Tanto y tanto hablar



Tanto y tanto hablar
para no decir nada,
torpes palabras.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Haikú: Si nada queda



Si nada queda
para qué la esperanza
alma de cántaro.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Memoria dispersa: Ruiz de Alda


Me tropiezo en la prensa con una elocuente fotografía de Martín Santos Yubero en la que aparece Julio Ruiz de Alda junto a Raimundo Fernández Cuesta y José Antonio Primo de Rivera. Caminan todos por las calles de Madrid, en la zona de Cuatro Caminos, que algunos llamaban entonces o consideraban el "Madrid rojo", el dos de febrero de 1936, tras haber celebrado un mitin en el cine Europa. Al ver el rostro y el gesto de Ruiz de Alda, se dispara la memoria, como una llama que iluminara lo oscuro, hacia los años de mi infancia.


En la Ciudad del Aire, término municipal de San Javier (Murcia), donde debimos llegar, procedentes de Madrid, al iniciarse el curso 1962-1963, en el que yo estudié preparatorio para el ingreso en el bachillerato en el colegio “Nuestra Señora de Loreto”, había un “Casino” para recreo de los oficiales que llevaba el nombre de Julio Ruiz de Alda. El lugar era para nosotros, hijos de oficial, mi padre era entonces profesor de vuelo en la Academia, un lugar de diversión, pero también de solemne respeto en ciertos espacios en los que apenas nos atrevíamos a entrar, por ejemplo, los salones en los que estaban “los mayores”. Tenía el “Casino” dos pistas de tenis de cemento, que estaban más allá de la piscina, separadas por las pérgolas en las que una mañana de primavera desayunamos festivamente tras la ceremonia de recibir la primera comunión "los tres pequeños", es decir, mis dos hermanos y yo, tal como atestiguan las viejas fotografías del álbum familiar. Aprendí a jugar al tenis en esas pistas, viendo primero cómo lo hacían los mayores y después dando los primeros golpes con aquellas viejas raquetas de madera Dunlop Maxply y Slazenger.


Nos preguntamos muchas veces quién sería el tal Ruiz de Alda que daba nombre al “Casino”. Supongo, aunque no lo recuerdo, que alguien nos daría alguna explicación sobre su persona, pero entonces de las cosas de la guerra apenas se hablaba, así que lo único que llegamos a saber es que fue un gran aviador. Al ver ahora su fotografía en el periódico, me doy cuenta de que su figura contrasta con la que yo me había formado en mi imaginación de niño. He de confesar que me lo figuraba de otra manera a como ahora lo veo: no sé, me habían dicho que era un héroe y yo pensaba en un hombre joven, esbelto, al modo de los galanes de la viejas películas en blanco y negro de Hollywood; y sin embargo, la foto que veo hoy en el diario me muestra a este hombre enfundado en un castizo abrigo de paño cruzado, corpulento, de sonrisa seductora y desafiante, de frente despejada y cigarrillo en mano, de andar seguro y de actitud arrogante.


Tampoco sabía entonces, porque nadie nos hablaba de ello y menos que nadie, mi padre, que había sido uno de los fundadores de Falange y que tomó la palabra en el mitin del Teatro de la Comedia, en el año 1933, en Madrid, junto a José Antonio Primo de Rivera en el acto fundacional del partido. También desconocía, aunque parcialmente, pues ya he dicho que su figura se envolvía en un halo de heroicidad, de gran aviador capaz de una gesta inaudita como fue cruzar el Atlántico por primera vez en el “Plus Ultra”, que murió asesinado en el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936, precisamente junto a un hermano de José Antonio, sin haber cumplido aún los cuarenta años. Hoy navego por la red y me encuentro muchas fotografías de Ruiz de Alda, entre ellas las más patéticas, las de su rostro inerte y desamparado, bajo el gesto severo de la muerte, con un número tres sobre el pecho. Él, el héroe del aire, en tierra con el rostro desfigurado por la brutalidad de una muerte salvaje e injusta, innecesaria, producto de la barbarie que asoló nuestro país en aquellos primeros meses de la Guerra Civil. A pesar del tiempo transcurrido, sigo sin comprender cómo gente que se decía de izquierdas, por mucho que se justificaran diciendo que la mecha de la llama la encendieron otros con el golpe militar, pudo entrar en una cárcel y fusilar a presos inermes y desarmados en patios sombríos y huérfanos de luz, para que la última visión de esos hombres fuera así un presagio amargo y cruel de la oscuridad infinita.


No sé si es lo más conveniente que el “Casino”, así lo llamábamos y así permanece en mi memoria, siga llevando el nombre de Ruiz de Alda, tan decantado hacia uno de los bandos de la guerra civil. Hoy ya no se llama “casino” sino “Centro deportivo Socio Cultural del Ejército del Aire “Ruiz de Alda”. Cuando yo lo visitaba y me bañaba en la piscina, y jugaba al tenis en sus pistas, y comía los domingos en la pérgola las maravillosas paellas de un cocinero cuyo nombre (¿Mauro, Santos?) he olvidado lastimosamente, apenas tenía seis años de vida, ya que había sido inaugurado en 1956. Y eso es lo que evoca en mí el nombre de “Ruiz de Alda”, la vida y no la muerte que entonces muchos de sus partidarios por un lado y de los otros por otro, se empeñaron en sembrar por los campos y ciudades de España.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección del blog a la que doy el título de “Memoria dispersa”. Trataré en ella de recoger las evocaciones del pasado que me sugieran hechos del presente. La fotografía la he tomado, fotografiándola con mis propios medios, por lo que pido disculpas por la baja calidad, del diario El País.

lunes, 1 de noviembre de 2010

No contar nunca nada. Tu rostro mañana, de Javier Marías



“No debería uno contar nunca nada”. Así empieza Tu rostro mañana, una de las dos grandes obras escritas en castellano en el arranque del siglo XXI, la otra es 2666, de Roberto Bolaño. A pesar de que Javier Marías fue publicando la novela por entregas Fiebre y lanza (2002), Baile y sueño (2004) y Veneno y sombra y adiós (2007), fue en 2009 cuando se publicó la edición conjunta que permite leer el texto como lo que es, una sola novela. Resulta llamativo que el arranque sea, en cierto modo, una negación de lo narrativo, del hecho en sí de “contar”. En esa misma idea ha insistido Marías en un artículo reciente en el EPS, en el que recalcaba la idea de que conviene tener sumo cuidado con lo que se dice y cuenta porque puede volverse contra uno mismo en forma de crítica o de escarnio o de burla. Sin embargo, Jaime o Jack o Jacobo Deza cuenta y cuenta mucho y dialoga y reflexiona, aunque lo hace sabiendo que nada ni nadie es imprescindible, desde un escepticismo total frente a eso que suele llamarse “destino”: “Hay personas que asumimos que estuvieron siempre destinadas a sus funciones, que nacieron para lo que hacen o las vemos ya haciendo, cuando nunca nadie nació para nada, ni hay destino que valga ni nada está asegurado.”

Tres personajes van vertebrando el relato: Sir Peter Wheeler, el padre de Jaime Deza y Bertram Tupra. De los dos primeros, es el propio autor quien nos da el referente real: Sir Peter Russell y el padre del novelista, el filósofo Julián Marías. Las referencias a la Guerra Civil son muy interesantes y cohesionan también la narración: la investigación de Deza sobre el asesinato, a manos de agentes del estalinismo, en Alcalá de Henares, de Andreu Nin; la historia estremecedora de la delación contra el padre de Deza y los recuerdos de este sobre la violencia antes, durante y sobre todo después de la Guerra, de hecho podríamos entender la novela como una densa y extensa reflexión sobre la violencia, sus causas y sus consecuencias en la forma de actuar de las personas; el asesinato en Ronda de Emilio Marés, “toreado” por los falangistas hasta su muerte, hecho del que alardeaba después por los cafés cierto escritor que “tuvo exequias solemnes cuando murió, hasta un ministro muy democrático ayudó a llevar el ataúd”; finalmente, la integridad moral del padre de Deza se impone en un paisaje de miseria, violencia y delación.


Hay en la novela personajes grotescos como Rafita de la Garza, encarnación de la chulería, el machismo y la vulgaridad e ignorancia hispanas, contra quien se emplea una violencia tal vez desmesurada por parte de ese otro personaje logrado y misterioso que es Tupra, Bertram o Bertie, para quien Jaime Deza presta servicios y cuya relación con él es casi siempre problemática, compleja y de confusos límites. También resulta grotesco, violento y cobarde, Custardoy, el artista que protagoniza una historia cruda en el final de la novela y sobre quien Deza ejerce la misma violencia que Tupra con de la Garza, aunque quizá en este caso tenga más justificación por la violencia machista que Custardoy ejerce sobre las mujeres. Interesante es también la relación de Deza con Luisa, su mujer, de quien está separado, y con sus hijos y que en la parte final del relato, junto con la muerte del padre, cobra un especial relieve narrativo. Del mismo modo, la peculiar relación “amorosa” de Deza con la joven Pérez Nuix es de gran interés. Con todo, la melancolía ante la cercanía de la muerte, la complicidad y la inteligencia de Wheeler, los diálogos, los temas de conversación entre él y Deza sea lo mejor de la novela junto al personaje del padre y la visión que este ofrece de la España de los años de hierro de la dictadura.

Es muy difícil, en una nota breve como por fuerza ha de ser una entrada de blog, tratar de una novela que es un universo narrativo en sí misma. Creo, con todo, que es lo mejor que he leído de Marías y creo también que Tu rostro mañana sea tal vez la mejor novela de los últimos treinta o cuarenta años escrita en lengua castellana (en el recuerdo, Antagonía de Luis Goytisolo). Como dice Mario Vargas Llosa, por fin Premio Nobel, la novela ha de mantener en todo momento el “poder de persuasión”, el hacer creer al lector que entra en un universo distinto del mundo en que todos vivimos y a fe que Marías lo consigue plenamente con una prosa de sintaxis poderosa, evocadora y de una riqueza inusual en el panorama narrativo actual, así que al terminar esta larga novela tiene uno la sensación de que las citas que aparecen en la faja que adorna la edición dicen verdades como puños y no te queda otra que compartirlas plenamente: “De lejos es el mejor prosista español actual... Un escritorazo”, dice Roberto Bolaño; “uno de los mejores escritores europeos contemporáneos”, asegura JM Coetzee; “entre quienes deberían recibir el Nobel, está Javier Marías”, concluye Orhan Pamuk. Que así sea y pronto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Pequeña cerrilidad pueblerina...


Hace unas semanas, el 20 de septiembre, dediqué una entrada a José Antonio Labordeta con motivo de su fallecimiento. Afirmaba en ella, traición inequívoca de la memoria, que su disco Cantar i callar lo editó “Edigsa, la de los cantautores catalanes”. He leído en estos días su libro Regular, gracias a dios. Memorias compartidas, tan estremecedor en lo que se refiere a la narración de los efectos de la devastadora enfermedad que acabó llevándoselo y tan tierno como nostálgico en la recreación de los recuerdos. Pues bien, cuando se refiere a la grabación y posterior salida a la venta de aquel disco escribe con cierta sorna el siguiente párrafo, tan elocuente, que copio aquí:

Tres hitos de la canción. Lo que había empezado siendo casi un juego se fue convirtiendo en un compromiso y para muchas personas en una necesidad. El EP de cuatro canciones se transformó en un LP diseñado por Gonzalo Tena, grabado en Barcelona y editado por Le Chant du Monde. Esto se hizo así porque Edigsa –discográfica que tenía el contrato- se negó a editarlo porque ellos eran catalanes y solo aceptaban canciones en catalán o en euskera. Los demás pasábamos a la historia. Lo que sucedió fue que el sello Le Chant tenía más prestigio por Europa, así que gracias a esa pequeña cerrilidad pueblerina, salí ganando. El disco llevaba por título Cantar i callar. De la i latina yo decía en broma que era que el título estaba en altoaragonés. Algunos se lo creyeron; otros se cabrearon.

De lejos viene, pues...

martes, 28 de septiembre de 2010

Dime si es verdad




Dime si es verdad

Dime, padre, si es verdad
que en el lugar que habitas
el tiempo existe también
y la melancolía
del otoño es la misma
que me dejó tu ausencia.

Dime, padre, si es verdad
que no todo termina
en soledad y muerte
que algo nuestro pervive
para siempre en lo eterno
más allá del olvido.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Como una linterna mágica sin luz


Releyendo Penas del joven Werther, en la traducción del ilustrado aragonés José Mor de Fuentes (1762-1848), autor del estupendo Bosquejillo de la vida y escritos, publicado en Barcelona en 1836 y reeditado con una introducción de Manuel Alvar en la Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses, bajo la dirección literaria de José-Carlos Mainer, de Guara Editorial en 1981, me encuentro con estos aforismos intertextuales que dejo aquí y cuya calidad humana y literaria no necesita de ningún comentario:

[1] La raza humana es harto uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuanto pueden por perderla. ¡Oh, destino del hombre!

[2] Toda regla asfixia los verdaderos sentimientos y destruye la verdadera expresión de la naturaleza.

[3] Basta con conocer lo que es bello y atreverse a expresarlo.

[4] Sin el amor, ¿qué sería el mundo para nuestro corazón? Lo que una linterna mágica sin luz.

[5] Nuestra felicidad depende de nuestro propio corazón.

[6] El que sigue los impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar, y se le mira como a un ebrio o un demente.

[7] La naturaleza humana tiene sus límites; puede soportar, hasta cierto grado, la alegría, la pena, el dolor; si pasa más allá, sucumbe.

[8] Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada.

[9] Las flores de la vida no son sino vanas apariencias. ¡Cuántas se marchitan sin dejar el más leve rastro!

[10] Yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo.

[11] ¡Ay de mí! ¡Este vacío, este horrible vacío que siente mi alma...!

[12] ¿Qué otro destino le cabe al hombre sino el de llenar todo el camino con sus dolores, y apurar su cáliz hasta las heces?

[13] Señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido?

[14] ¡Morir! ¿Qué significa esto? Los hombres soñamos siempre que hablamos de la muerte. He visto morir a mucha gente; pero somos tan pobres de inteligencia que no sabemos nada del principio ni del fin de la vida.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Labordeta: Cantar y callar



La memoria, esa embaucadora infiel, no me deja recordar el nombre del programa de televisión, en blanco y negro, aunque sí el de su presentador, Gonzalo García-Pelayo (creo que se escribía con guión), en el que en una sobremesa de 1974 escuché cantar, sin ver su imagen, por primera vez a José Antonio Labordeta: “Polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta.” La sorpresa y el estremecimiento ante la hondura, la nobleza y la fuerza de aquella voz me dejaron sin palabras en aquel sofá del cuarto de estar de la casa de mis padres. Compré enseguida el disco, elepé de vinilo, editado por Edigsa, la de los cantautores catalanes. La austeridad del acompañamiento musical, una guitarra sola, y la voz recia, profunda y grave de Labordeta realzaban los textos y las melodías que reflejaban, con cierta tristeza, la realidad aragonesa: “Para Navidad la oliva, para el verano la siega, para el otoño la siembra, para primavera nada.” Así que, escuchando el disco, era como si viéramos “las arcillas viejas, las arcillas pobres”, o “el campo que se agosta”, o “el sacristán que loco por las campanas se desguazó ante el altar.” Todo era autenticidad, desgarro, canto que hundía sus raíces en lo más profundo de la tierra aragonesa.

Como su hermano Miguel, el poeta, también José Antonio “quiso ser palabra sobre el río al amanecer”, y como él, “se nos marchó con un suave silencio que el viento rompió.” El título del disco era en sí mismo una lección ética y lo decía todo Cantar y callar. Fue lo que hizo. Cantó y ahora, por desgracia, le tocó callar, aunque su voz siempre permanecerá entre nosotros. Que la tierra le sea leve en este casi otoño en el que ya “las uvas dulces van por el aire” y lo hacen, como él decía, "reventar de parte a parte.”

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Haikú: Ni sombra de ti



Dice el espejo:
ya no eres el que fuiste,
ni sombra de ti.

miércoles, 7 de julio de 2010

De nombres y cuentos: Siglo XXI, de Gemma Pellicer y Fernando Valls



En literatura, para valorar razonablemente lo que se publica, es preciso tener cierta perspectiva. Son raras las antologías compiladas desde la inmediatez, sin la necesaria distancia temporal que confirme o desmienta la calidad de lo publicado por los diferentes autores. Es más fácil dejar que un escritor de cuentos se asiente y luego incluirlo en una antología, que escoger un relato de su primer o segundo libro y asumir el riesgo de que después su carrera literaria no responda a las expectativas creadas. Salir airoso de ese reto le es dado a pocos. Creo que Gemma Pellicer y Fernando Valls lo han logrado con creces en este Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual.

Me han gustado más los cuentos que las poéticas que los acompañan, demasiado previsibles algunas, aunque la de Andrés Neuman suma un nuevo “Dodecálogo de un cuentista” con aforismos metaliterarios tan interesantes como estos: “La voz decide el acontecimiento, más que viceversa” o “Mucho más necesario que noquear al lector es despertarlo”. A veces, con ironía y sentido del humor, se confiesa que se escribe cuentos por curiosas razones, entre ellas, las que aporta Daniel Gascón: “Yo, de niño, escribía novelas. Novelas latguísimas e inacabadas, llenas de personajes y peripecias. Mi padre, supongo que cansado de leer tantas páginas, me sugirió que escribiera cuentos. Desde entonces, siempre llevo un relato en la cabeza.”

Me han interesado, y gustado especialmente, de entre los autores que conocía, los cuentos de Ricardo Menéndez Salmón, Andrés Neuman, el suyo me atrevo a decir que es el mejor cuento de esta antología (que me perdonen los demás), Daniel Gascón, Ismael Grasa, Julián Rodríguez, Berta Marsé, Hipólito G. Navarro y Carlos Castán. De entre los autores de los que no había leído nada, me gustaría resaltar el excelente cuento de Pablo Andrés Escapa “El cielo distante”, para mí, junto con el de Neuman, de los mejores del libro, sobre ese maestro llamado don Laureano Gamazo, aviador republicano represaliado. También por su mirada irónica sobre las relaciones familiares, me ha gustado mucho el cuento de Pepe Cervera. Y también los de Irene Jiménez e Ignacio Ferrando, sin que ello quiera decir que no me han gustado los que no menciono, al contrario, creo que la calidad de los cuentos incluidos es muy alta y el lector que se adentre en las páginas de esta antología podrá comprobarlo y disfrutarlo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Mujeres y hombres deshabitados



El hombre deshabitado se queja, en el prólogo de la obra, amargamente al Vigilante nocturno, ese artífice contra quien acabará rebelándose al final y echándole en cara que no es su creador sino un criminal porque le mandó un ángel del abismo para perderse y tener una excusa para poder así después ser arrastrado como castigo eterno al fondo de la tierra, se queja, digo, preguntándole por qué ha poblado su sueño de fantasmas incomprensibles. El hombre deshabitado fue escrita por Rafael Alberti, probablemente, como él mismo declaró en su día, en torno a 1928 o 1929 y terminada a finales de 1930 o principios de 1931 para su estreno en el Teatro de la Zarzuela por la compañía mexicana de María Teresa Montoya, estreno que se llevó a cabo el 26 de febrero, en vísperas como quien dice de las elecciones municipales que cambiarían el rumbo político de España con la llegada de la República. El vigilante nocturno, enfocando con su linterna amarilla, muestra al hombre deshabitado un fragmento de realidad con estas palabras:

¿Ves? Esta esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del Universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y oscuridad en que viven por dentro. Todo lo que desfila por esta calle del mundo es un páramo, un desierto movido por el frío. Faldas, chaquetas, sombreros, pantalones, máscaras lívidas, pertenecientes a mujeres y hombres deshabitados como tú. Ninguno sabe nada, ninguno desea nada, ninguno ve nada. Tropiezan diariamente los unos contra los otros. Se dan codazos, pisotones, y maldicen a media voz, pero nunca jamás se insultan. Son cobardes y feos, feos, hasta el espanto. Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que sólo es el molde hueco de una careta de albayalde. Aquello otro que parece el ramajo seco de un árbol, aseguran que es un anciano y que es noble y hermoso. Pero no hagas caso: es solamente unas podridas barbas de estopa, que hasta el mismo fuego desprecia. Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es sólo una chaqueta, un traje ciego, sin camino. En esta calle helada nadie tiene memoria. Todos la han perdido. Es como un duelo hacia la muerte de maniquíes sonámbulos, olvidados de su alma.


Leyendo, y escuchando casi, las palabras del Vigilante, no puede uno dejar de pensar que a veces eso somos todos nosotros: hombres y mujeres deshabitados que no sabemos nada, que no deseamos nada, que no preguntamos nunca nada a nadie, porque creemos que todo lo sabemos. Es como si viviéramos con los ojos vendados en medio de un laberinto de incomunicación. Y que todo a nuestro alrededor no fuera sino un baile de máscaras, donde tratamos de aparentar que somos lo que en realidad nunca seremos.

Nota. La cita del texto procede de la edición que Gregorio Torres Nebrera hizo, en 1991, para Ediciones Alfar, Sevilla, de las obras de Rafael Alberti El hombre deshabitado y Noche de Guerra en el Museo del Prado. Procede de la página 147 de la mencionada edición. La imagen que ilustra esta entrada es una fotografía de una litografía de Ricardo Baroja titulada “Máscaras”. Pido disculpas por la mala calidad de la foto, tomada de uno de los cuadros que cuelgan de las paredes mi estudio. La de Alberti está tomada de la red.

jueves, 17 de junio de 2010

El comisario



Qué quiere que le diga, llevábamos casi un año pasando frío y hambre, mordiendo el polvo amorraos al terruño, cuando una mañana de mayo del 37 apareció junto al comandante de la brigada aquel lechuguino, con su guerrera impecable, las botas lustrosas y aquellas gafas redondas de concha que le daban un aire distinguido de señorito intelectual. Créame que, tan apenas llegó, empezaron los discursitos, que si ahora seríamos soldados del ejército de la República, que si se necesitaba más que nunca disciplina y orden, que si fe ciega en la victoria y no sé qué más, y todo ello salpimentado con mucho “salud”, “camaradas” y otras zarandajas por el estilo.

Las cosas sucedieron así, como le voy a contar. Aquella mañana las órdenes del comandante nos tocaron los cojones. Había que atacar una posición del enemigo imposible de tomar; todos supimos que aquello era como mandarnos al matadero. “Al que retroceda, lo fusilo”, bramó la voz aguardentosa del comandante, un mecánico de Reus. “No lo olvidéis, camaradas”, apostilló en tono impertinente el lechuguino.

Usted verá, no nos quedó otra que cumplir las órdenes y atacar. Lo hicimos como siempre, con coraje y con valor. Yo iba con la ametralladora a cuestas, ayudado por el madriles, un chirivías de 19 abriles, pero con todo lo que hay que tener, no se crea, no se amilanaba ni tanto así. Vimos caer a muchos de los nuestros, a los mejores, a Eusebio, pastor de Soria, a Anselmo, campesino de La Almunia, a Emeterio, fresador de Sabadell. No, no pudimos tomar la posición, cómo quiere usted que la tomáramos si nuestras fuerzas eran tan inferiores a las del enemigo, que además estaba bien atrincherado; el resultado fue que nos frieron.

Cuando las cosas se pusieron muy mal para nosotros, algunos empezaron a retroceder y a buscar cobijo que a lo último resultó inútil. Entre ellos el lechuguino, que corría que se las pelaba. Qué quería que hiciera... Le dije al madriles, “atento, que ahora verás”; apunté al lechuguino, disparé y lo vimos caer “como un tronquico, oiga, lo mismo que un tronquico.”