miércoles, 15 de marzo de 2017

Rafael García Serrano: las normas por las armas / 1

(Rafael García Serrano)

Bajo el título global de La Guerra, se decidió, en 1964, Rafael García Serrano (Pamplona, 1917- Madrid, 1988) a agrupar en una trilogía sus tres novelas, muy distintas entre sí y escritas en momentos diferentes, sobre la Guerra Civil Española. Editado el voluminoso libro, casi seiscientas páginas, por Fermín Uriarte, llevaba este un estudio introductorio de Antonio Valencia y un prólogo del autor fechado en Madrid el veintiuno de agosto de 1945. Los libros, ordenados por la cronología de los hechos históricos que en ellos se narran y no por su fecha de publicación, que integran la edición son: Eugenio o la proclamación de la primavera (1938), Plaza del Castillo (1951) y La fiel infantería (1943).

Me ocuparé, en esta entrada de hoy, en el año en que se cumple el centenario del nacimiento del autor, de Eugenio, escrito así, con la simplificación del título con el que se publicó en el volumen citado, y me propongo releerlo a la luz de la influencia del Futurismo de Filippo Tommaso Marinetti, sin dejar de tener en cuenta las otras dos obras que integran la trilogía.



El escritor Max Aub, que no sentía grandes simpatías hacia la obra literaria de García Serrano, incluyó en su Luis Buñuel, novela (Cuadernos del Vigía, Granada, 2013), en la segunda parte, en el capítulo titulado "Los ismos", unos extractos del primer manifiesto futurista de Marinetti, publicado en Le Figaro el veinte de febrero de 1909. Leyéndolos, cualquier lector puede advertir que su contenido está muy cercano a los presupuestos ideológicos que años después, sobre todo tras el mitin fundacional del veintinueve de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid, defendería en cierta manera Falange Española, sobre todo antes del inicio de la Guerra Civil, que todo lo contaminó y lo trastocó. Precisamente, la novela de la que me ocupo se desarrolla en ese periodo histórico, el de la inminencia del estadillo de la Guerra Civil, o si se quiere, del golpe de estado que prendió la mecha de la Guerra Civil. García Serrano sitúa la acción de su Eugenio entre mayo de 1935 y el mismo mes de 1936.



Sostiene Aub que lo conseguido por el Futurismo en literatura "fue mediocre", pero que "fue mucho más importante el impacto político". Algunos futuristas italianos, de la mano de Marinetti, tomaron la deriva de las connivencias con el fascismo de Mussolini, sin embargo, otros se inclinaron hacia el socialismo e incluso hacia el comunismo. Como buen conocedor de los movimientos vanguardistas, al fin y al cabo se formó en ellos, escribe Aub que "el futurismo llevaba en su entraña algo más rebelde que el fascismo: el nacionalismo, todavía vivo en el mundo entero." (Citas de las páginas 438-441 de la mencionada edición). Señaladas estas concomitancias del aparato teórico del Futurismo con el Fascismo, entresaca Aub los siguientes puntos del citado manifiesto primero del Futurismo (advierto al lector que es en el contenido de esas premisas donde observo, en una lectura interpretativa y por tanto sometida a error, la posible influencia ideológica de este controvertido movimiento vanguardista en el Eugenio de García Serrano); de entre todos los que recoge Aub en su libro, elijo los que me parece que se relacionan de modo más claro con la obra del entonces joven escritor falangista:


1. Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y la temeridad.
2. Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la audacia y la religión.
3. Puesto que la literatura ha glorificado hasta hoy la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño, nosotros pretendemos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso, el puñetazo y la bofetada.
4. Ya no hay belleza más que en la lucha ni obras maestras que no tengan un carácter agresivo. La poesía debe ser un violento asalto contra las fuerzas desconocidas para hacerlas rendirse ante el hombre.
5. Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, la acción destructora de los anarquistas, las hermosas ideas que matan y el desprecio a la mujer.
6. Deseamos demoler los museos y las bibliotecas, combatir la moralidad y todas las cobardías oportunistas y utilitarias. 

 
(Filippo Tommaso Marinetti)

Desde el principio de la novela de García Serrano, cuando el narrador se encuentra con Eugenio, metonimia del falangista altivo, intelectual y combativo, y este le dice que "debe indignarse porque en esta hora hace falta un canto civil y heroico" frente a la música de Sorozábal, que es la que prefiere la burguesía, empiezan las alusiones a una violencia soterrada y latente que no tardará en cobrar carta de naturaleza. En efecto, sin más ni más, Eugenio, "el bien engendrado", epíteto épico que utiliza el narrador para referirse al héroe, "hermoso de cólera" (son notables los aciertos estilísticos y poéticos en la prosa del narrador), se pelea a puñetazos con un "señorito" que lleva en la solapa la insignia de un partido burgués. Luego hay una alabanza a la muerte "en combate", en el que la "sangre se hace fértil como una primavera". Todo esto, ya en el mismo arranque de la narración.

Después, llegado ya el verano, frente al mar de San Sebastián, el narrador, que firma sus cartas con un "Rafael" que lo emparenta con el autor, escribe a Eugenio estas reveladoras palabras:

Vivíamos junto a la vida. Y es necesario que vayamos aprendiendo a morir, porque ya es el tiempo de la sangre en el campo. Y si ahora basta con las venas de unos pocos, serán luego necesarias las venas de muchos.


Más que reveladoras, estas palabras, a la luz de lo sucedido después, resultan proféticas. Estos jóvenes, cuyas ideas responden bien a cierto perfil del futurismo antes reseñado, se burlan de la que llaman "civilización pacifista -la del progreso indefinido- que todo lo subordina a la higiene y a los ensanches". Así que, el narrador reconoce que Eugenio le "ha enseñado el arte de pensar violentamente" y que frente a la sociedad pacifista hay que oponer la violencia transformadora, que cambie las inercias. Con todo, la frase definitoria llega en el capítulo quinto, cuyo significativo título es "Pedagogía de la pistola", en boca de Eugenio mientras conversa con Rafael: "Uno se lo explica todo cuando dispara el primer tiro". 


 Así que, nada de pacifismo, ni de civismo, ni siquiera de política: violencia, acción directa, imperio, desprecio de lo burgués. Hay que arrojar el pasado por la borda y afrontar el mundo nuevo desde la acción, es Eugenio quien se define: "Ya soy hombre de acción. De choque. Estoy seguro de que la conciencia no me remuerde por haber matado a un hombre. A un comunista." En actitudes como estas, está el germen de la violencia desatada tras el triunfo del Alzamiento allí donde le golpe se impuso: una violencia terapéutica, necesaria, quirúrgica.

En Plaza del Castillo, la novela publicada en 1951, que se desarrolla en Pamplona entre el lunes seis de julio de 1936 y el domingo, diecinueve, cuando ya se ha producido la rebelión militar contra el gobierno constitucional de la República, el narrador escribe:

La convivencia estaba rota, hecha pedazos: ardía en los retablos, en el trigo, en los olivares, se tumbaba con dos balazos en el mármol de las autopsias. Era el instante de una sacra violencia, de alzar a los campos y a los pueblos, a las villas y a las ciudades, de levantar el grito, de ponerlo en el cielo y confiarlo al cielo y rogando a Dios esgrimir el mazo.

Habla luego el narrador de esa novela del preludio de la muerte, de la "danza macabra que iba a iniciarse sobre la espaciosa patria" y a uno se le ponen los pelos como escarpias sabiendo lo que iba a pasar después de ese entusiasmo hacia la violencia y esa necesidad de "salvar a España", como dice Juanito, un personaje falangista de la novela de García Serrano. Después de casi tres años de guerra, uno de los tres jóvenes falangistas -Ramón, Miguel y Matías-, entusiastas combatientes desde la primera hora del conflicto, dice así en La fiel infantería: "Pobre Blanco. Mala suerte la suya. Si al menos hubiese sido mañana, haciendo algo... Es igual. Siempre decimos lo mismo. Si tal, si cual, si mañana, si pasado. Pasa que no es agradable morir".



El tiempo de la novela avanza y llegamos así al doce de octubre de 1935. Eugenio reivindica la idea de imperio y dice: "Falange hará imperio", para solicitar a renglón seguido a las madres de España: "Parid hijos para la Patria. Está cercana la hora de asaltar el prestigio y la admiración del mundo con el gesto rebelde de nuestro pecho. Que vuestros hijos, madres de España, sean, en el momento preciso, carne de cañón. Salvaremos a la Patria en la gracia de la revolución."

El golpe, anunciado en estas palabras de Eugenio, no tardaría en llegar y en convertir a tantos jóvenes españoles de entonces, de un bando y de otro, en esa "carne de cañón" por la que parece clamar Eugenio, para "salvar" a una patria que nunca pidió ser salvada y que cuarenta años después volvió a ser la democracia constitucional que era en el momento en que Eugenio lanza su incendiario discurso. Tarea inútil, pues, posición equivocada, violencia estéril, muerte y destrucción evitables. De nada sirve, pues, que Eugenio abandone su familia y sus estudios y cambie, como expresa el narrador en aliteración paronomásica, "las normas por las armas."

domingo, 5 de marzo de 2017

Gonzalo Goytisolo Gil: Personas pintadas

Hasta el día 26 de marzo podrá, quien lo desee, visitar una exposición en la que, además de recrearse en la visión de la obra expuesta, tendrá la oportunidad de ver al artista trabajar y, si la ocasión es propicia, charlar con él y recibir algunas explicaciones acerca de su técnica pictórica. Muy pocas veces eso sucede así y es uno de los elementos, al margen claro de la calidad artística de los cuadros expuestos, que hacen singular esta muestra en el "Espai Volart" de la Fundació Vila Casas, sita en la calle Ausiàs Marc, 22, de Barcelona.

(Retrato de Carmen Balcells, web Fundació Vila Casas) 
Gonzalo Goytisolo Gil (Barcelona, 1966), pintor de reconocido prestigio y  larga trayectoria, basta con visitar su página  web gonzalogoytisolo.com, centra el tema de esta exposición en el retrato, género pictórico en el que se revela como un consumado maestro.

Los que pueden verse en esta exposición versan sobre escritores famosos, entre ellos su padre y sus tíos, pero también Marsé, Gimferrer o Vargas Llosa; personas destacadas en el mundo de la cultura como Carmen Balcells; familiares -entrañables resultan los de sus padres y su hermano en grafito sobre papel-, amigos, personas influyentes en el mundo de la política y de los negocios; en fin, personas pintadas a lo largo del tiempo en cuadros de diferente formato, enfoque, color, luces y sombras, técnicas, posturas, ambientaciones y fondos en los que predominan los interiores confortables: salones, despachos, bibliotecas, jardines o terrazas. Todos ellos captan a las personas retratadas en un instante de sus vidas que queda eternizado en la ficción del cuadro, pasando así, la persona retratada, a convertirse en personaje de esa obra de arte.

                                      (Litografía 24/175 de Goytisolo Gil, colección particular)

En el catálogo de la exposición, cuya portada ilustra esta entrada, escribe Gonzalo Goytisolo un interesante texto titulado "Hacerse un retrato (teoría relativa)" -impreso en catalán, castellano e inglés- del que extraigo esta reflexión sobre la "vocación artística":

Tengo la suerte de vivir exclusivamente de la pintura, es decir, de producir una clase de bienes que claramente no son de primera necesidad, y menos aún con la que está, y seguirá, cayendo, así que en lugar de lamentarme del Hado adverso, he decidido buscarme la vida del modo más realista del que soy capaz para poder llegar a mis citas mensuales con el banco de la manera lo menos traumática posible, así que he decidido enfocar mi trabajo en los encargos, sobre todo los retratos, ya que desde hace años son estos mi fuente real de sustento. (...) Pintar, vender, comer, vivir, pintar. Reconozco que, explicado de este modo, todo resulta demasiado pragmático, poco artístico, y por así decirlo, sin magia. Pero es que yo creo que eso que llamamos magia es frecuentemente el resultado de un trabajo tedioso realizado con una pasión más o menos quieta y más o menos lúcida, más parecida a la tozudez que a otra cosa, y, necesariamente, en el entorno del mundo real. Del mismo modo que creo que la idea popular de una vocación artística como una especie de pasión flamígera e incontenible que se manifiesta de modo espectacular, popular por ser una fantasía autoindulgente, está bastante alejada de la realidad. En mi experiencia, la vocación es eso que realmente se manifiesta con el paso del tiempo, cuando llegan las malas noticias, las cosas no vienen rodadas y ya no resulta todo tan fácil ni prometedor, y unos abandonan, mientras que otros creen que a pesar de todo sigue mereciendo la pena seguir adelante y se las ingenian para ir presentando batalla lo mejor que saben o pueden. Pintar, como vivir, es un acto esencialmente concreto y empírico. 

(Goytisolo Gil en el taller de Antonio López y Juan José Aquerreta.
Tomo la foto del Blog de Estrella, http://chiquitin52.blogspot.com.es)

Mi relación con Gonzalo Goytisolo, inexistente en lo personal hasta el viernes tres de marzo, se debe a dos coincidencias muy distanciadas entre sí en el tiempo. La primera es el hecho de haber adquirido, a finales de los ochenta dos hermosas litografías, cuyas deficientes fotos ilustran esta entrada, que desde entonces han ocupado un lugar destacado en las paredes del comedor de casa, de modo que podría decirse que llevo más de treinta años comiendo junto a esos paisajes urbanos de la ciudad de Barcelona filtrados a través del arte y la sensibilidad de Goytisolo Gil. La segunda es más literaria. Cuando publiqué en Alba Editorial mi novela, Años triunfales. Prisión y muerte de Julián Besteiro, la editorial le encargó la portada a Gonzalo Goytisolo. La hizo, se publicó, pero no tuve la oportunidad entonces de conocerlo.

                                  (Goytisolo Gil, imagen que ilustra la portada de Años triunfales)

Salgo poco y apenas frecuento los actos culturales, vivo bastante alejado de lo que suele llamarse vida literaria, en este caso, artística. Pero mis amigos -Joaquim y Elena- me hablaron de la exposición de Goytisolo Gil y al explicarme que el artista estaba instalado en el piso de abajo ("donde está el poder", me dijo luego Gonzalo con cierta sorna) trabajando y que no rehuía el trato con los visitantes, al contrario, parecía agradecerlo, vi la oportunidad de acercarme, el lugar de la exposición está relativamente cerca de donde vivo, y conocer a Gonzalo personalmente. Así que, el viernes tres de marzo, casi a última hora de la tarde, me acerqué, con mi mujer y mi hija, a conocerlo y a ver sus cuadros, claro está.


(Goytisolo Gil, litografía 17 / 175. Colección particular. La luz de la parte
       izquierda del cuadro no se debe al artista sino a mi impericia fotográfica.)

Le llevé un ejemplar dedicado de la novela y me lleve también el mío para que su firma figurará en él. El puro azar había hecho que coincidiéramos de modo inesperado años atrás y ahora fui yo quien quiso tener un encuentro personal con él, que resultó muy cordial y lleno de sabiduría por sus explicaciones técnicas acerca de lo que estaba pintando, un retrato de mujer. Se acercaron también otras personas y alabaron el hecho de asistir a una exposición en la que se podía conocer al artista, verlo trabajar y saludarlo, nunca antes les había sucedido; a nosotros, tampoco.

Charlamos largo rato sobre arte y literatura y advertí que Gonzalo no solo es un gran pintor, sino que posee una soberbia capacidad para analizar los aspectos teóricos y técnicos de la pintura, ofreciendo cumplidas explicaciones sobre el proceso artístico y creativo de elaboración de un retrato, con una pedagogía de primer nivel, si se me permite decirlo así.

Después, me quedé, en silencio, viéndolo pintar. Nos despedimos con gran complicidad. Antes de irme, subí de nuevo al piso de arriba para ver el retrato de su padre y de sus tíos, el titulado "Los hermanos Goytisolo", que sirvió para ilustrar una conocida revista de literatura en 1999. Mi hija le pidió a Gonzalo si podía retratarnos juntos. Accedió encantado y ella buscó como fondo, con el permiso del autor, claro, uno de los cuadros que más me habían gustado de la exposición, el dedicado al ingeniero de minas don Juan Gavala y Laborde (Lebrija, Sevilla, 1885 - Madrid, 1977), el cuadro debió ser un encargo del Excmo. Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, hermosísimo lugar gaditano a cuyo paisaje estuvo ligada la infancia del personaje retratado.


Gracias, Gonzalo, por tu cordialidad, por tu pintura y por tu magnífica y estimulante lección de vida, creatividad y arte pictórico.


Nota. Después de haber publicado esta entrada, veo en el blog de mi amigo Fernando Valls, La nave de los locos, esta otra, entrañable y sabia, dedicada a Gonzalo; dejo el enlace para quien quiera visitarla AQUÍ; los cuadros que Fernando reproduce son impresionantes, sobre todo el "bodegón" Verdura acuchillada

jueves, 2 de marzo de 2017

Tanka del ayer



TANKA DEL AYER

Dónde irá el tiempo
me pregunto a menudo
dónde los sueños
qué será de lo que ayer
fue mío entre lo nuestro.

Nota. La foto la tomaste tú, junto a mí, una tarde de principios de enero de 2016, en Menorca.

miércoles, 22 de febrero de 2017

La iglesia española en 1936: El cura de Almuniaced / y 2



A las pocas semanas de iniciada la guerra, los anarquistas entran en Almuniaced y convierten la iglesia en granero, al tiempo que organizan una quema de las imágenes en la plaza del pueblo. Don Jacinto, alarmado ante la posibilidad de que quemen a Cristo esos "satanases", tiene la siguiente conversación con el sacristán:

Y saltó ciego de ira repentina, temiendo verle aparecer entre remolinos de polvo hacia un hondo Calvario de cardos y ceniza.
   - ¡Satanases! -gritó-. ¡Van a quemar a Cristo!
   Bajaba las escaleras como un torbellino cuando le detuvo el sacristán.
   - ¿Ande va Ud.?
   - Van a quemar a Cristo esos caínes.
   - ¡Qué han de quemar! ¡Hala!, vuélvase arriba.
   - No me da la gana; ¡aparta!
   El sacristán le empujó dulcemente.
   - Le digo a Ud. que no lo queman. Dicen que es de los suyos...
   - ¿Eh?
   - Sí, que es rojo también, y que no lo queman.
   - ¡De los suyos!... ¡Qué ha de ser de los suyos! -y se le quebró la voz sintiendo algo muy suave, muy dulce, que le nacía en las entrañas.
   - ¡Hala!, siéntese; ya verá como con Él no se meten.
   - ¿No me engañas?
   - ¿A santo de qué le he de engañar? Yo mismo he visto el cartel que le han puesto pa que nadie lo toque.
   - Otro inri -refunfuñó el párroco.
   - Nada de inris -protestó el sacristán-, allí lo que dice, poco más o menos, es lo siguiente: "Compañero, este es de los nuestros. Respétalo".
   Mosén Jacinto se enjugó el sudor. Lo tenían por suyo, por uno de los suyos..., pero ellos... ellos, ¿eran de Él?

Considerar a Jesús el primer revolucionario era un lugar común entre algunos anarquistas, así que esta escena del libro de Arana, que termina con ese interrogante de tan difícil respuesta, más allá de que esté o no inspirada en algún suceso real, resulta eficaz y lograda y despierta en el párroco, y también en le lector, cierta simpatía por esos "caínes" que parecen no respetar nada de lo suyo.

sábado, 11 de febrero de 2017

La Iglesia española en 1936: El cura de Almuniaced /1


En su tiempo dejé escrito, probablemente en un artículo periodístico, que El cura de Almuniaced me parecía una de las mejores novelas cortas escritas sobre la Guerra Civil Española. Releo, de hecho el releído este libro varias veces, estos días el texto en la edición de Luis A. Esteve Juárez (Renacimiento, 2005) y no me queda otra que ratificarme en el juicio que entonces emití sobre la obra. 

No es cuestión de volver a analizar la novela ahora, tantos años después, pero me he fijado en la conversación entre Mosén Jacinto, el cura unamuniano protagonista de la historia, y don Juan, el Sr. Notario, representante de la España que apoyó sin fisuras el Alzamiento. Lo que me parece más destacado de ese diálogo, y es la razón por la que lo traigo a estas páginas volanderas, es la concepción que tiene de la religión cristiana y de la Iglesia que la sustenta don Jacinto, tan lejana de lo que luego fue la postura oficial de apoyo a lo que acabaron denominando "Cruzada de liberación".

Por los balcones del Casino, abiertos de par en par, salía el mugido de la radio. Mosén Jacinto cruzó la calle en cuatro zancadas. Entró en el zaguán.
   - Hasta luego.
   - Con Dios, señor cura.
   Subió como una tromba, temiendo y deseando conocer las proporciones del desastre.
   Una voz ronca se deshacía en chillidos histéricos: "...¡Españoles! Frente a la anarquía y al caos, frente a la anti-patria, es imposible dudar. Nuestro glorioso Ejército ha emprendido la cruzada salvadora. En este momento solemne solo cuentan los intereses sagrados de Dios y de la Patria. ¡Viva España! ¡Viva España! ¡Viva España!"
   Empujó la mampara hablando para sí:
   - ¡Qué España va a vivir, si la están matando!
   Dentro las fuerzas vivas de Almuniaced vociferaban en pequeños grupos. Se le acercó el Sr. Notario -alto, cetrino, marchoso- con un destello bronco en la pupila agitanada.
   - Al fin llegó la nuestra, Mosén Jacinto.
   Se le encendió la sangre al viejo párroco:
   - ¿La nuestra? Será la suya, señor don Juan. Yo, aunque indigno, soy ministro de una religión que es toda amor y caridad, toda misericordia; que prohíbe expresamente la venganza, y cuyo quinto mandamiento es "No matarás".
Solo quiero destacar, en fin, el sintagma con el que define don Jacinto a la religión cristiana y por ende a la Iglesia que la ampara; es, según la concepción de este cura tan entrañable de la novela de Arana, una definición nítida y lúcida que no necesita la más mínima explicación: "una religión que es toda amor y caridad, toda misericordia". 

lunes, 23 de enero de 2017

La amistad: Galdós y Pereda


Es proverbial y sobradamente conocido el espíritu tolerante de don Benito Pérez Galdós, aunque no lo entendieran así algunos periódicos carlistas que en 1912 organizaron una feroz e insidiosa campaña en su contra al ser propuesto como candidato al Premio Nobel por un nutrido grupo de académicos, amigos y escritores de su tiempo. José Carlos Mainer cuenta, en la introducción a su edición de Misericordia (Vicens Vives, Barcelona, 2007), que los que alentaron esa campaña, El Siglo Futuro, entre otros, pedían a sus lectores que enviaran a la Academia sueca un telegrama con un texto en el que se decía que Galdós n'est aucunement digne prix Nobel porque no representaba a España, mientras que Menéndez Pelayo, en contraposición, sí lo era. 

Uno de los valores que caracterizaban la personalidad de don Benito era el de cultivar con constancia y dedicación el sentimiento de la amistad. Podría decirse, sin temor a equivocarse, que Galdós fue siempre amigo de sus amigos, aunque estos estuvieran en posiciones ideológicas, políticas o religiosas, muy alejadas de las suyas, no importaba; Galdós demostró con su ejemplo, y dio con ello una admirable lección de tolerancia, diálogo y respeto, que se puede ser amigo de quienes no piensan como uno. 

En el libro que editó Federico Carlos Sainz de Robles bajo el título Recuerdos y Memorias, (Ed. Tebas, Madrid, 1975), en la parte titulada "Memorias de un desmemoriado", escribe Galdós:

Del 72, el primer año que yo visité la capital cantábrica, data mi entrañable amistad con el insigne escritor montañés; amistad que permaneció inalterable, fraternal, hasta que acabaron los días del glorioso autor de Sotileza y Peñas arriba. Algunos creen que Pereda y yo vivíamos en continua rivalidad por cuestiones religiosas y políticas. Esto no es cierto. Pereda tenía sus ideas y yo las mías; en ocasiones nos enredábamos en donosas disputas, sin llegar al altercado displicente. En verdad, ni don José María de Pereda era tan clerical como alguien cree, ni yo tan furibundo librepensador como suponen otros. En mi copioso archivo epistolar conservo como un rico tesoro multitud de cartas de Pereda, escritas maravillosamente en aquella prosa fluida, galana, incomparable.

Viendo los cauces por los que discurre hoy la realidad social y política, más sectaria y enconada que nunca, el ejemplo de Galdós y Pereda es digno de ser imitado o cuando menos, tenido en cuenta.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Tanka de Nochevieja



TANKA DE NOCHEVIEJA

Un año acaba
y otro a la puerta llama 
dejémosle entrar
a ver qué nos depara
en este desconcierto.

Con esta imagen de la Casa Batlló, obra de Gaudí, sita en el Paseo de Gracia de Barcelona, la ciudad en la que vivo y trabajo desde hace no sé cuántos años, os deseo a todos una buena entrada de año y a ver qué.



sábado, 24 de diciembre de 2016

Tanka de Nochebuena


TANKA DE NOCHEBUENA

Y dijo el ángel
en medio de la noche
paz en la tierra
a los hombres de alma
y buena voluntad.

Con este tanka, basado en el Evangelio de San Lucas, 2, 14, e ilustrado por René Magritte, quiero felicitar la Navidad a todos los que pasáis por estas páginas volanderas de vida y literatura que acaban de cumplir ocho largos años en la red. De corazón: ¡Feliz Navidad!

domingo, 11 de diciembre de 2016

Los estratosféricos y la Virgen de Loreto


Cada diez de diciembre se celebra en la Academia General del Aire, de San Javier (Murcia), la festividad de la patrona de los aviadores, la Virgen de Loreto.

Cuando era niño, ese era el día en que acudíamos a la Academia para asistir al espectáculo que preparaban los cadetes y los alféreces alumnos; lo llamaban "Los estratosféricos". Todo lo organizaban ellos y durante su actuación, cantaban, bailaban y representaban comedias. Ignoro, porque han pasado cincuenta y dos años de lo que aquí evoco, si la costumbre se mantiene en nuestros días.

Recuerdo que de la actuación del  año 1965, si no me falla la memoria, tal vez el último que asistimos a aquel evento, se me quedaron grabados dos motivos: el primero de ellos fue la actuación de un cadete, cuyo nombre me es imposible recordar, que, acompañado por un conjunto de guitarras, bajo y batería, interpretó la canción "El mundo", de Jimmy Fontana, y lo hizo tan bien, que se me grabó la melodía en la memoria y la estuve cantando más de un mes seguido. Jimmy Fontana, cuyo verdadero nombre era Enrico Sbriccoli, falleció en septiembre de 2013. A veces, todavía hoy, me descubro cantando esa canción; nunca olvidé aquella melodía: "Oh mondo, soltanto adesso,/ io ti guardo / nel tuo silenzio io mi perdo / e sono niente accanto a te."

El segundo motivo fue la representación que hicieron los cadetes de La venganza de don Mendo, la obra de don Pedro Muñoz Seca. Como de lo que se trataba era de aludir a los mandos de la Academia en tono humorístico, no dejaron de aprovechar la ocasión e hicieron particular hincapié en los conocidísimos versos que al ser oídos por el auditorio, hizo que todos los ojos se volvieran hacia donde yo, y tal vez alguno de mis hermanos, estaba sentado, o al menos eso me pareció entonces:

Los cuatro hermanos Quiñones
a la lucha se aprestaron
y al correr de sus bridones,
como cuatro exhalaciones
hasta el castillo llegaron.
"¡Ah del castillo!" -dijeron-.
"¡Bajad presto ese rastrillo!"
Callaron y nada oyeron,
sordos, sin duda, se hicieron
los infantes del castillo.
"¡Tended el puente!…¡Tendello!
Pues de no hacello, ¡pardiez!,
Antes del primer destello
domaremos la altivez
de esa torre, habéis de vello…"
Entonces, los infanzones
contestaron: "¡Pobres locos!…
Para asaltar torreones,
cuatro Quiñones son pocos.
Hacen falta más Quiñones!
Cesad en vuestra aventura,
porque aventura es aquesta
que dura, porque perdura
el bodoque en mi ballesta…"
Y a una señal, dispararon
los certeros ballesteros,
y de tal guisa atinaron,
que por el suelo rodaron
corceles y caballeros.

Donde don Pedro Muñoz escribió "cuatro Quiñones", los cadetes lo convirtieron en "cinco Quiñones", en alusión directa a mí y a mis cuatro hermanos. Las risas del auditorio fueron generales, claro. Yo no me lo tomé a mal, pero al chiquillo malhumorado que era yo por entonces tampoco es que le hiciera demasiada gracia. Hoy, al recordarlo, se me saltan las lágrimas de risa. Entonces yo desconocía la trágica historia de Muñoz Seca, sacado de la cárcel de San Antón, donde estaba encarcelado al ser detenido en casa de un actor amigo en Barcelona, durante los días que siguieron al Alzamiento, y asesinado en Paracuellos del Jarama el veintiocho de noviembre de 1936. Nunca puede, en España, haber risa sin llanto.

Aquellos divertidos cadetes, o alféreces, serán ya generales y probablemente estén en la reserva. Habrán dejado atrás una vida de servicio en quién sabe qué destinos o qué misiones.

Evoco ahora, tantos años después, a aquellos jóvenes aviadores, metidos por un día a cantantes o actores. Aunque sé sobradamente que la obligación se cumple sin esperar nada a cambio, quiero rendir un tributo de agradecimiento por los servicios prestados a todos los aviadores; lo hago en estos tiempos voraces en los que nadie agradece nada a nadie. 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Tanka de las naderías


TANKA DE LAS NADERÍAS

Son naderías
que veo a mi alrededor
mas desalientan
empiezo a dejar atrás
ese mundo de sombras.

viernes, 21 de octubre de 2016

La buena gente aragonesa


Se llamaba Olimpio y era aragonés a carta cabal, por los cuatro costados. Hace unos días me llegó la noticia de su muerte, que no por esperada, padecía desde hacía meses una grave enfermedad, me estremeció menos.

Fuimos vecinos durante largos años en el pueblo donde pasábamos los veranos, el mismo en el que él vivía junto a su familia. Era alto, fuerte, de mirada noble y palabra socarrona. Hombre de por sí taciturno era, sin embargo, un conversador inagotable. Trasminaba bondad, rectitud y sabiduría ancestral, la que da la tierra a los que la trabajan, a partes iguales.
 
En los sosegados días del verano se levantaba temprano cada mañana, a eso de las siete,  y se marchaba a la huerta o a la viña. Hacia las doce regresaba y pasaba por casa para darnos borraja, tomates, cebollas o lo que en ese momento estuviera en sazón. Hasta la hora de comer buscaba al abuelo de mis hijos, aragonés como él, aunque pasado por el tamiz de la emigración a Cataluña en los años cincuenta, para charlar. Yo los oía conversar y enredar con los críos desde la ventana del cuarto de arriba que empleaba como estudio mientras duraba nuestra estancia en la casa.
 
Era cosa de oírlos y de verlos: seguidores acérrimos del Real Zaragoza los dos, poco amigos de los poderosos, receladores de las voces que acusan sin saber de la misa la media, socialistas ambos, aunque sin carné, renegando de los gobiernos conservadores, buenos catadores del vino de la cooperativa, de uva garnacha; algunas veces, a pesar de las protestas de sus mujeres, se enfilaban, ayudándose uno a otro, a los tejados de las casas para retejar y dejarlos en condiciones de soportar un año más los fríos, las heladas y las soledades del largo invierno.
 
En las noches de verano, bajo el amparo callado de la torre del castillo, tomábamos siempre café en la placita mientras manteníamos animada tertulia hasta las doce, hora en la que se acostaba porque al día siguiente tenía que madrugar.
En la noche de San Lorenzo, subíamos todos al pequeño alcor en que se asienta la reformada torre de la fortaleza para buscar la oscuridad desde la cual poder ver y contar las estrellas fugaces, las lágrimas de San Lorenzo, las que verterá el santo por su ausencia a partir de ahora.
 
El pueblo estará más vacío desde que se fue. Ya no será el mismo. Felisa, su viuda, tan bondadosa y sosegada como él, estará ahora más sola y desconsolada. Desde estas páginas volanderas, hoy más de vida que de literatura, con don Antonio Machado, me atrevo a pedirle que tenga esperanza: "Vive, esperanza: ¡quién sabe lo que se traga la tierra!"
 
Descansa en paz, amigo Olimpio. Me sumo al dolor de tu familia y de tus amigos. 

viernes, 14 de octubre de 2016

José Ruiz Borau en 1938



En 1938 José Ruiz Borau, cuando todavía no era José Ramón Arana, publicó en la Imprenta La Polígrafa, de Barcelona, Apuntes de un viaje a la URSS, libro en el que recogía las impresiones que le causó la llamada entonces "patria de la revolución" durante el viaje que realizó para asistir a las celebraciones del primero de mayo de 1937. Ruiz Borau formaba parte de la delegación del Consejo de Aragón. Las crónicas, que antes publicó primero en el diario UHP de Lérida, se convirtieron después en esta obra, de tan difícil acceso y que el propio escritor no incluyó entre los suyos en la solapa, escrita por él, del volumen Cartas a las nuevas generaciones españolas, que firmó con el pseudónimo de Pedro Abarca y que publicó Alejandro Finisterre en México en 1968.

Aunque el libro se centre en las impresiones que al autor le produjo lo que podríamos llamar los logros del sistema soviético surgido de la revolución, las alusiones al presente de la España de aquellos años, inmersa en la Guerra Civil, son abundantes; traigo este ejemplo a estas páginas volanderas como botón de muestra de muchas otras que el lector encontrará en las páginas de estos interesantes Apuntes:

XX. CAMINO DE UCRANIA

El tren rasga la seda del crepúsculo con el penacho de humo de su chimenea. Por encima de los primeros árboles que nos traen el saludo del campo libre, llegan imprecisas las siluetas de las torres más altas de Moscou, envueltas en los chales grises de la luz cansada y declinante. La llanura se puebla de humos hogareños y las casas campesinas abren sus ojos rectangulares, suavemente iluminados. El ánimo descansa en esta paz que hace la vida jugosa y amplia y que no es la paz vivida por nosotros antes de que los campos de España se convirtiesen en una hoguera.

Nosotros no hemos conocido nunca la paz. Los cañones no ponían su acento trágico en el paisaje español, ni tenían nuestros campos los feos curcusidos de las trincheras; pero hacía muchos siglos que vivíamos en guerra sorda y la miseria o la injusticia estigmatizaban nuestra carne y aplastaban el horizonte contra nuestra nariz, mutilándonos el pensamiento.

La nuestra era una paz de hambres y de claudicaciones que el pueblo quiso romper en 1909, 1917 y 1934. En 1936, los sapos tuvieron miedo, saltaron en la charca y rompieron la paz de sus aguas estancadas. Aquella paz no puede volver: los hombres progresivos de España desecarán la charca...





A la altura de la primavera de 1937, José Ruiz Borau, el futuro José Ramón Arana, era ya un escritor de estilo depurado que empezaba a abrirse paso en el difícil mundo de la literatura. Este libro del que hablamos está lleno de muestras de ese vigoroso estilo poético que tanto caracterizará su obra a lo largo de los años. Valga este breve ejemplo:

XVI. EL CANAL VOLGA-MOSCOWA

El Invierno, en una convulsión agónica, mancha la mañana, diáfana y dorada en su nacimiento, con un telón de nubes grises, traídas rápidamente a lomos de un viento molesto que clava en el rostro de los tanseúntes sus fríos cristales, forzando a sacar nuevamente el abrigo arrinconado por la llegada triunfal de la Primavera.

Al mismo tiempo, alienta en las páginas de Ruiz Borau un sentido humano de la solidaridad con los más débiles digno de encomio. En las líneas finales del capítulo XIII, tras la visita a la "Casa-Cuna y al Jardín de la Infancia de la Fábrica Octubre rojo", piensa, desde la lejanía, en los niños españoles, víctimas de la insensata Guerra Civil que provocó la sedición de un grupo de generales rebeldes al orden constitucional imperante entonces:

Y sobre el fondo de la frase de Lenin, como motivo central de nuestro pensamiento, llega violento y amargo el recuerdo de nuestros niños de España.

Carnecitas desgarradas por la aviación invasora, cuerpecillos encanijados, famélicos, donde se advierte clara la huella del hambre; ojos desorbitados por el terror, caritas estupefactas de ver tanta crueldad en su entorno que no pueden comprender... "¡Dichosos vosotros que podréis tener corazón!"

Pero, ¿podrán tener corazón los niños de España, si antes no renunciamos a todo lo personal, si previamente no convertimos nuestro puño en un ariete de acero?

El aliento revolucionario que respira el último párrafo de la cita hay que entenderlo como fruto del momento en que el texto se escribe. Sin embargo, la fraternidad y la solidaridad con los niños, víctimas de la necedad de sus mayores, es de cualquier tiempo; basta con ver a los niños refugiados que llegan a Europa procedentes de la Siria en guerra.

Este libro, del que en cierto modo renegó el autor al correr de los años, leído con ojos diacrónicos, es un gran libro, un formidable reportaje sobre la realización práctica de las ideas de la revolución proletaria, aunque los años vinieran después a mostrar de forma inequívoca la traición de esos ideales perpetrada sin miramientos por una clase dirigente que enterró, en  en un sistema perverso que anulaba las libertades esenciales del ser humano, el sueño revolucionario.

Quedan, perdidos en la nostalgia del tiempo, testimonios como este libro del que hoy he querido dejar aquí, para quien se asome a estas páginas volanderas, unas pequeñas muestras.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Tanka del camino



TANKA DEL CAMINO

Ando el camino
bajo la dulce guía
de tu luz, padre,
en víspera de otoño
solo entre los olivos.


jueves, 1 de septiembre de 2016

Tanka de la habitación vacía



TANKA DE LA HABITACIÓN VACÍA

Miro con pena
tu habitación vacía
tan sola sin ti
perdida en la penumbra
doliente de tu ausencia.



miércoles, 10 de agosto de 2016

Tanka del atardecer


TANKA DEL ATARDECER

Atardeceres
de julio en la memoria
cercana de ti
cuando aún no era tiempo
de quebrantos ni olvidos.

sábado, 9 de julio de 2016

Los curas de aldea y sus amas de llaves



En los lejanos años de la niñez tuve un compañero de colegio, cuyo nombre no soy capaz de recordar, que guardaba un parecido más que notable con el párroco del pueblo, que, entre otras tareas, tenía asignada la de ser nuestro profesor de Historia Sagrada. Las malas lenguas, que siempre he tratado de evitar, decían que no era su sobrino, como aseguraba el chico siempre que los demás le preguntaban por tan espinosa cuestión, sino el hijo del cura y que la mujer que vivía con ellos no era el ama de llaves, sino la querida del sacerdote.

El joven, conocedor de esas perversas insinuaciones, lo negaba todo de raíz y trataba de no prestar atención a esas habladurías. Pero yo, con mis pocos años de entonces, me daba cuenta de que sufría, de que lo que las malas lenguas decían no le era en absoluto indiferente, sino que le hacía daño saberse en boca de todo el mundo, especialmente de sus compañeros más pérfidos.

Un día decidí preguntarle a mi madre sobre la cuestión. Aunque no recuerde exactamente sus palabras, sí pervive en mí con nitidez la lección de vida que de ellas se desprendía. Vino a decirme mi madre que murmurar de los demás era muy fea costumbre y que no debíamos meternos en la vida de los otros, entre otras razones, porque era pecado mortal y porque cuando se habla sin conocimiento de causa, se puede hacer mucho daño al prójimo. Luego ratificó la veracidad de lo dicho por mi compañero: en efecto, era el sobrino del cura y la mujer que vivía con ellos era su ama de llaves.

No sé si me quedé muy convencido con su respuesta, pero lo que aprendí de firme fue a no meterme en la vida de mis semejantes y a respetar la norma del Evangelio sobre los "juicios temerarios", que también me recordó aquel día mi madre: "no juzguéis para que no seáis juzgados; pues con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os medirá a vosotros". (San Mateo, 7, 1-2)

Traigo esta memoria dispersa a colación porque estos días he vuelto a ver la película de Fernando Colomo sobre el libro de Gerald Brenan Al sur de Granada. La película me pareció mucho mejor de cuando la vi por primera vez; entonces no había leído el libro de Brenan, que leí después en una primera lectura algo incompleta. Nada más terminar la película, busqué el libro en las estanterías y me puso a releerlo, esta vez en su totalidad, en la edición de Siglo XXI Editores que me regaló en su día mi amigo J.P.

Podríamos decir que ha sido mi primera lectura del verano. He disfrutado el libro mucho más que la primera vez que lo leí, incompleto, como ya he confesado. Una gran libro y una gran película.

En las páginas 86 y 87 de la edición, hace Brenan esta reflexión sobre el celibato de los curas de aldea de La Alpujarra, y por ende de toda España, en los años en los que él estuvo allí; escribe Brenan:

Sin embargo, no pretendo dejar la impresión de que todos los párrocos de La Alpujarra se sintieran atraídos por las mujeres. Tanto don Prudencio, de Valor, como don Domingo, de Ugíjar, eran sacerdotes modelos, y como ellos había, sin duda, otros muchos. Por ende, y como justificación de aquellos que no lo eran, conviene aclarar por qué el celibato sacerdotal no ha sido siempre tan estrictamente observado en España como en los países del Norte. Originalmente, si Marcel Bloch está en lo cierto, esta regla se estableció a causa de la creencia popular de que una misa celebrada por un sacerdote cuyo cuerpo hubiese sido mancillado por la relación sexual, perdía eficacia; pero los españoles no aceptaron esto a causa de la influencia del punto de vista musulmán, según el cual el sexo no constituía impureza espiritual alguna. De manera que sus sacerdotes se resistieron a los preceptos del Sínodo de Letrán, y hasta la primera mitad del siglo XVI casi todos, por regla general, mantenían una concubina o barragana, con la que contraían matrimonio. A pesar del que tras el Concilio de Trento la disciplina se hizo más severa, los versos populares nos muestran que al comienzo del siglo XIX no era raro el sacerdote que vivía en concubinato. ¿A quién le importaba? Los aldeanos españoles admiran al sacerdote que es casto si en los otros aspectos les parece un hombre honrado, pero no piensan lo peor de otro que muestre sus instintos naturales. Bajo los reproches de los protestantes, el miedo al escándalo se ha convertido en la actualidad en una manía de la iglesia católica, pero de hecho, en cualquier país sincero, y España lo es, la influencia del sacerdote no depende de su libertad con respecto a este o aquel pecado, sino de su carácter general. De manera que en la época de la que estoy hablando, los curas de aldeas andaluzas no se desprestigiaban necesariamente si mantenían a un "ama de llaves". Por el contrario, había mucha gente que estaba así más tranquila cuando sus hijas iban a confesar.

Muchos años después, más de treinta, en mi infancia, el asunto seguía vivito y coleando.

Aprovecho esta entrada para desear a todos los que pasan por estas páginas volanderas, se detengan o no a leer, un feliz verano y también para recomendar, cómo no, el libro de Brenan y la película de Colomo.

miércoles, 15 de junio de 2016

Los sentimientos extinguidos, una historia con derrota de Alberto Ruiz-Borau



Algunas veces, repasando las viejas fotografías sobre las que se ha puesto el tiempo amarillo, se tiene la sensación de que el pasado, inmóvil allí y detenido, es ya irrecuperable, porque en ellas faltan los sentimientos que nos alentaron entonces. Esos sentires se extinguieron y tal vez resulte una tarea inútil intentar revivirlos a través de la ficción narrativa; así que, como Neruda, podría decirse que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Algo parecido a eso es lo que le ocurre a Martín Bagües, el periodista que protagoniza la última entrega novelesca de Alberto Ruiz-Borau, cuando regresa de un largo exilio, tras haber sido un activo reportero de guerra en la Guerra Civil Española, y se detiene en casa de su hermana, en Barcelona, ciudad en la que mayoritariamente transcurre la historia, a "repasar las edades de su vida congeladas en pedazos de cartulina" (255).

La novela empieza en algún momento de 1935, con los inicios como periodista de Martín Bagües en un periódico de poca importancia llamado Diario del Este, bajo las órdenes de Gabriel, su director, quien se hará comunista al estallar el Alzamiento y la Revolución. Desde el principio el lector, al menos el que yo soy, tiene la impresión de que Martín es un personaje de estirpe barojiana; cuando su director le pregunta qué piensa hacer ante la revolución, le responde que nada, porque "las revoluciones son como los volcanes, no se puede hacer nada contra ellas" (40). Martín reconoce que no tiene bando, aunque sus actitudes sean las de un convencido republicano, nada partidario del golpe militar, muy consciente de sus orígenes humildes y de su pertenencia a la clase trabajadora. Cuando se produce el Alzamiento en Barcelona, Martín dice: "yo no tenía armas, ni ganas, solo mi Leica, y me fui a la plaza de Cataluña" (62).

En el desarrollo de la trama se nos muestran las historias amorosas del protagonista y destaca la que mantiene con una mujer llamada Matilde, a quien ama a pesar de  que  "la política y las diferencias sociales abren un abismo" (49) entre ellos. Es Matilde hija de unos industriales barceloneses. Pertenece a una familia conservadora. Uno de sus hermanos se hace falangista. Será esta una relación apasionada y conflictiva a lo largo de la novela y dejará profunda huella en Martín. Su desenlace no se desvelará hasta las páginas finales del libro. Sin duda es la más compleja y la más interesante, al tiempo que la mejor contada.

La otra relación amorosa, que sirve de contrapunto a la anterior, es la que mantiene Martín con Anita, una mujer unos años mayor que él, que evoluciona hasta convertirse en una miliciana que participa, en agosto de 1936, en la expedición a las Baleares, a Mallorca, a Manacor, donde coincidirá con Martín, que va a cubrir esos hechos como informador. Es Anita un personaje entrañable con un final triste.

Entre la galería de personajes, además de los señalados, hay que destacar a Miguel, amigo de años de Martín. También destaca, o al menos a mí me ha resultado muy interesante, don Fermín Alonso, doctor en medicina, madrileño, que se dirigía a San Sebastián para dictar unas conferencias cuando a raíz de los acontecimientos, termina en Barcelona. Allí dialoga con Gabriel y con Martín y analiza, con escepticismo, la situación: "hay tanto odio que durará cien años", a lo que Gabriel responde que "solo nos defendemos" (75), para puntualizar don Fermín aciaga y proféticamente: "cuando hay un enfrentamiento como el que sufrimos, no hay fuerza que lo detenga si no es por la destrucción de una de las partes" (76). Don Fermín reconoce que es "pesimista y conforme acumulo años lo soy más" (77).

Una de las tesis que se desprende de la narración de los hechos -algunos de ellos son reales, el propio autor nos revela en una nota final sus fuentes- que se van narrando en la novela la expresa muy bien, con concisión y brevedad, Martín: "la mía es una historia triste, las historias con derrota siempre lo son" (109).

A pesar de que se desprende del relato la idea de que la lucha por la República era una causa justa, más allá de las torpezas y de la violencia inútil, injusta y gratuita, hay una pátina de escepticismo que lentamente lo va cubriendo todo; en este sentido, reflexiona Martín: "¿Qué se puede esperar de la gente? ¡Nada! Aún deben vagar por los campos de España los muertos de la guerra preguntándose por qué y para qué murieron" (114). De ese desencanto y previendo un futuro duro y difícil participa, en cierto modo, también Miguel, el mejor amigo de Martín, quien, siguiendo a Azaña, vaticina que la democracia, tras la derrota de la República, tardará en volver cincuenta años a España: "¿sabes lo que son cincuenta años, Martín?" (147).

En tanto que se trata de una historia conocida, me refiero a la de la derrota de la República, conforme avanza la narración hacia su final, el tono se vuelve más triste y más melancólico. En un momento Martín, quien no ha sido combatiente sino reportero, resume así su paso por la guerra: "Me han disparado, perseguido a campo través, matado a gente que estaba a mi lado y estuve en los bombardeos de Barcelona, aunque allí vi pocos muertos, la mayoría eran pedazos de muerto, así que para contarlos hay que contar las cabezas. ¿Te parece bastante?" (161).

En las páginas finales se narra la marcha al exilio francés, a finales de enero de 1939, de Martín Bagües. Confundido entre la población civil y militar que trata de buscar refugio en el país vecino, Martín se siente parte de un único cuerpo, de una única alma, la de los vencidos, a quienes retrata así con claros rasgos unanimistas: "Si alguna vez hubo diferencias entre una y otra persona, habían desaparecido. La enfermedad, la desgracia, la miseria y la muerte nos hacían a todos igualmente desamparados en un universo que se había encogido y en cuyo interior se agitaban cientos de miles de personas" (221).

Llega nuestro protagonista a París, donde malvive cambiando de oficio, hasta que decide marcharse al exilio en México. En octubre de 1975 regresa a Barcelona, tras una vida vivida en tierras mexicanas. Esta podría ser la interesante reflexión final de Martín cuando vuelve a la que fue su ciudad: "Me ha costado mucho comprender que la felicidad no existe, si acaso momentos felices, algunos tan intensos como para parecernos que hayan de durar siempre. Una ilusión de juventud que habremos de pagar con desengaños según pase el tiempo" (243). Esos momentos intensos, así como los desengaños que se ocultan tras ellos, son los que nutren las páginas de la memoria y de la narración de Martín Bagües.

Pertenece por edad, no llegaba a los diez cuando estalló la Guerra Civil, Alberto Ruiz-Borau a la llamada generación de los niños de la Guerra. Escribe, por consiguiente, de un periodo que vivió de modo consciente y lo hace apoyado en sus propios recuerdos, algunos de los cuales se filtran en las páginas de la novela, y en los que otros le han cedido a modo de testimonios verídicos de aquellos dramáticos años. La escritura de Ruiz-Borau ficcionaliza ambos y nos los devuelve convertidos en una novela testimonial y melancólica que deleita y enseña a un tiempo, tal como quería Horacio.

RUIZ-BORAU, Alberto, Los sentimientos extinguidos, Editorial La fragua del trovador, Zaragoza, 2016, 259 pp.