miércoles, 7 de julio de 2010

De nombres y cuentos: Siglo XXI, de Gemma Pellicer y Fernando Valls



En literatura, para valorar razonablemente lo que se publica, es preciso tener cierta perspectiva. Son raras las antologías compiladas desde la inmediatez, sin la necesaria distancia temporal que confirme o desmienta la calidad de lo publicado por los diferentes autores. Es más fácil dejar que un escritor de cuentos se asiente y luego incluirlo en una antología, que escoger un relato de su primer o segundo libro y asumir el riesgo de que después su carrera literaria no responda a las expectativas creadas. Salir airoso de ese reto le es dado a pocos. Creo que Gemma Pellicer y Fernando Valls lo han logrado con creces en este Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual.

Me han gustado más los cuentos que las poéticas que los acompañan, demasiado previsibles algunas, aunque la de Andrés Neuman suma un nuevo “Dodecálogo de un cuentista” con aforismos metaliterarios tan interesantes como estos: “La voz decide el acontecimiento, más que viceversa” o “Mucho más necesario que noquear al lector es despertarlo”. A veces, con ironía y sentido del humor, se confiesa que se escribe cuentos por curiosas razones, entre ellas, las que aporta Daniel Gascón: “Yo, de niño, escribía novelas. Novelas latguísimas e inacabadas, llenas de personajes y peripecias. Mi padre, supongo que cansado de leer tantas páginas, me sugirió que escribiera cuentos. Desde entonces, siempre llevo un relato en la cabeza.”

Me han interesado, y gustado especialmente, de entre los autores que conocía, los cuentos de Ricardo Menéndez Salmón, Andrés Neuman, el suyo me atrevo a decir que es el mejor cuento de esta antología (que me perdonen los demás), Daniel Gascón, Ismael Grasa, Julián Rodríguez, Berta Marsé, Hipólito G. Navarro y Carlos Castán. De entre los autores de los que no había leído nada, me gustaría resaltar el excelente cuento de Pablo Andrés Escapa “El cielo distante”, para mí, junto con el de Neuman, de los mejores del libro, sobre ese maestro llamado don Laureano Gamazo, aviador republicano represaliado. También por su mirada irónica sobre las relaciones familiares, me ha gustado mucho el cuento de Pepe Cervera. Y también los de Irene Jiménez e Ignacio Ferrando, sin que ello quiera decir que no me han gustado los que no menciono, al contrario, creo que la calidad de los cuentos incluidos es muy alta y el lector que se adentre en las páginas de esta antología podrá comprobarlo y disfrutarlo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Mujeres y hombres deshabitados



El hombre deshabitado se queja, en el prólogo de la obra, amargamente al Vigilante nocturno, ese artífice contra quien acabará rebelándose al final y echándole en cara que no es su creador sino un criminal porque le mandó un ángel del abismo para perderse y tener una excusa para poder así después ser arrastrado como castigo eterno al fondo de la tierra, se queja, digo, preguntándole por qué ha poblado su sueño de fantasmas incomprensibles. El hombre deshabitado fue escrita por Rafael Alberti, probablemente, como él mismo declaró en su día, en torno a 1928 o 1929 y terminada a finales de 1930 o principios de 1931 para su estreno en el Teatro de la Zarzuela por la compañía mexicana de María Teresa Montoya, estreno que se llevó a cabo el 26 de febrero, en vísperas como quien dice de las elecciones municipales que cambiarían el rumbo político de España con la llegada de la República. El vigilante nocturno, enfocando con su linterna amarilla, muestra al hombre deshabitado un fragmento de realidad con estas palabras:

¿Ves? Esta esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del Universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y oscuridad en que viven por dentro. Todo lo que desfila por esta calle del mundo es un páramo, un desierto movido por el frío. Faldas, chaquetas, sombreros, pantalones, máscaras lívidas, pertenecientes a mujeres y hombres deshabitados como tú. Ninguno sabe nada, ninguno desea nada, ninguno ve nada. Tropiezan diariamente los unos contra los otros. Se dan codazos, pisotones, y maldicen a media voz, pero nunca jamás se insultan. Son cobardes y feos, feos, hasta el espanto. Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que sólo es el molde hueco de una careta de albayalde. Aquello otro que parece el ramajo seco de un árbol, aseguran que es un anciano y que es noble y hermoso. Pero no hagas caso: es solamente unas podridas barbas de estopa, que hasta el mismo fuego desprecia. Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es sólo una chaqueta, un traje ciego, sin camino. En esta calle helada nadie tiene memoria. Todos la han perdido. Es como un duelo hacia la muerte de maniquíes sonámbulos, olvidados de su alma.


Leyendo, y escuchando casi, las palabras del Vigilante, no puede uno dejar de pensar que a veces eso somos todos nosotros: hombres y mujeres deshabitados que no sabemos nada, que no deseamos nada, que no preguntamos nunca nada a nadie, porque creemos que todo lo sabemos. Es como si viviéramos con los ojos vendados en medio de un laberinto de incomunicación. Y que todo a nuestro alrededor no fuera sino un baile de máscaras, donde tratamos de aparentar que somos lo que en realidad nunca seremos.

Nota. La cita del texto procede de la edición que Gregorio Torres Nebrera hizo, en 1991, para Ediciones Alfar, Sevilla, de las obras de Rafael Alberti El hombre deshabitado y Noche de Guerra en el Museo del Prado. Procede de la página 147 de la mencionada edición. La imagen que ilustra esta entrada es una fotografía de una litografía de Ricardo Baroja titulada “Máscaras”. Pido disculpas por la mala calidad de la foto, tomada de uno de los cuadros que cuelgan de las paredes mi estudio. La de Alberti está tomada de la red.

jueves, 17 de junio de 2010

El comisario



Qué quiere que le diga, llevábamos casi un año pasando frío y hambre, mordiendo el polvo amorraos al terruño, cuando una mañana de mayo del 37 apareció junto al comandante de la brigada aquel lechuguino, con su guerrera impecable, las botas lustrosas y aquellas gafas redondas de concha que le daban un aire distinguido de señorito intelectual. Créame que, tan apenas llegó, empezaron los discursitos, que si ahora seríamos soldados del ejército de la República, que si se necesitaba más que nunca disciplina y orden, que si fe ciega en la victoria y no sé qué más, y todo ello salpimentado con mucho “salud”, “camaradas” y otras zarandajas por el estilo.

Las cosas sucedieron así, como le voy a contar. Aquella mañana las órdenes del comandante nos tocaron los cojones. Había que atacar una posición del enemigo imposible de tomar; todos supimos que aquello era como mandarnos al matadero. “Al que retroceda, lo fusilo”, bramó la voz aguardentosa del comandante, un mecánico de Reus. “No lo olvidéis, camaradas”, apostilló en tono impertinente el lechuguino.

Usted verá, no nos quedó otra que cumplir las órdenes y atacar. Lo hicimos como siempre, con coraje y con valor. Yo iba con la ametralladora a cuestas, ayudado por el madriles, un chirivías de 19 abriles, pero con todo lo que hay que tener, no se crea, no se amilanaba ni tanto así. Vimos caer a muchos de los nuestros, a los mejores, a Eusebio, pastor de Soria, a Anselmo, campesino de La Almunia, a Emeterio, fresador de Sabadell. No, no pudimos tomar la posición, cómo quiere usted que la tomáramos si nuestras fuerzas eran tan inferiores a las del enemigo, que además estaba bien atrincherado; el resultado fue que nos frieron.

Cuando las cosas se pusieron muy mal para nosotros, algunos empezaron a retroceder y a buscar cobijo que a lo último resultó inútil. Entre ellos el lechuguino, que corría que se las pelaba. Qué quería que hiciera... Le dije al madriles, “atento, que ahora verás”; apunté al lechuguino, disparé y lo vimos caer “como un tronquico, oiga, lo mismo que un tronquico.”

lunes, 31 de mayo de 2010

Haikú: Ni aun el olvido



Nada quedará
de este tiempo de sombras,
ni aun el olvido.


Nota. La foto está tomada por mi hija Marta y es un detalle arquitectónico de un edificio cercano al Parlamento Europeo, en Bruselas.

jueves, 20 de mayo de 2010

Pero no así el dolor: de Manoel de Oliveira a Max Aub



La muerte es una condición absoluta. Cuando nacemos es lo único seguro; moriremos, no hay dudas. Esa certeza me ha hecho no temerla. Aunque temo, eso sí, el dolor. La muerte, como decía Tolstói, sólo es una puerta de salida.

Estas declaraciones, recogidas por Elsa Fernández-Santos, enviada especial de El País al festival de Cannes, fueron hechas por el director portugués en respuesta a un periodista que le reprochaba el pesimismo de su última película. La lucidez de las mismas las acerca al pensamiento aforístico, aunque, lógicamente de haber sido redactadas tal vez el cineasta les hubiera dado otra forma distinta, a lo mejor, discúlpeseme el atrevimiento, algo parecido a esto:

La muerte es una condición absoluta, así que cuando nacemos lo único seguro es que moriremos. Esa certeza me ha hecho no temerla, pero no así el dolor. La muerte es sólo una puerta de salida.


A este respecto recuerdo siempre la frase aforística de Julián Templado, uno de los protagonistas de Campo de sangre la novela de El laberinto mágico una parte importante de la cual transcurre en la Barcelona en guerra de 1938:

Los hombres temen el dolor, no la muerte.

Nota. La foto del director portugués procede de la red, la del escritor valenciano de mi archivo personal.


martes, 18 de mayo de 2010

El socialismo cristiano en bicicleta de Gumersindo Pellitero


Para Gumersindo Pellitero, que falleció en Santa Coloma de Gramenet el 17 de mayo a la edad de 63 años. En la amistad.

Para cuantos tuvimos el privilegio de conocerle y de compartir con él los afanes y los desvelos, las alegrías y las ingratitudes de esa tarea apasionante y a menudo tan poco valorada que es la educación, o sea, enseñar a los demás aquello que otros en su día te enseñaron a ti, ayudar a los jóvenes a que se formen como ciudadanos, a que sean libres y responsables, tolerantes y solidarios, para quienes compartimos, digo, todo eso con él durante largos años, escribir sobre Gumer es muy fácil. Porque a despecho del dolor que nos provoca su muerte a destiempo, siempre le recordaremos como lo que fue: un hombre en el buen sentido de la palabra bueno, una persona que lo dio todo por los demás y que encarnó, esto es puso carne y emoción, los más imperecederos y hermosos de los valores: la decencia, la lealtad, el sentido de la justicia y el respeto a quienes pensaban de forma diferente a como lo hacía él.
 
Se dice, y creo que con razón, que uno no desaparece del todo hasta que se muere el último de los que te recuerdan. Descansa tranquilo, amigo Gumer, porque tu ejemplo y tu persona han dejado una huella perenne en el corazón de muchos de nosotros y será imposible que te olvidemos. Siempre me recordaste, Gumer, no sé bien por qué, a Mario Díez, el personaje de Delibes, que también nos acaba de dejar, que alumbraba, en palabras certeras de Umbral, “un socialismo cristiano en bicicleta”.
 
Escribo estas palabras para decirte adiós, Gumer, para despedirme de ti. Pero también para decirte que seguiré tu ejemplo, que perseveraré en la tarea, en la noble tarea de vivir e intentar hacer vivir, tal como hacías tú, a través de la educación y la palabra a los demás. Con todo, nos queda, Gumer, el más duro de los aprendizajes, el más desolador, el de aprender a convivir con tu ausencia.
 
Sé, lo sabemos muchos, Gumer, la importancia que para ti tuvo siempre la poesía. Permíteme, desde tu sueño y tu descanso eternos, que cierre estas torpes palabras con los versos de un poeta a quien siempre admiraste, don Antonio Machado:
 
Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.
 
Hasta siempre, amigo, compañero.

lunes, 17 de mayo de 2010

En el adiós a Juan Luis Alborg



El pasado 6 de mayo falleció en Bloomington, USA, el crítico literario e historiador de la literatura española Juan Luis Alborg. Leí la noticia en los “Obituarios” de El País, en la edición del viernes 14 de mayo. La nota la escribían su editor en Gredos, Manel Martos y la profesora María de los Ángeles Encinar.

No creo que haya una sola biblioteca personal de profesores y de lectores curiosos en la que no estén los cinco magníficos volúmenes de su Historia de la literatura española, que la editorial Gredos fue publicando en las últimas décadas. Tampoco creo que hubiera uno solo de los opositores al Cuerpo de Agregados de Bachillerato, hoy de Profesores de Enseñanza Secundaria, que no llevase entre sus materiales de trabajo los correspondientes resúmenes extraídos de las páginas de los distintos tomos de esa obra. Ni creo, en fin, que falten en ninguna biblioteca, escolar o no, que se precie de serlo. Ahí queda pues el trabajo de Alborg, ocupando un espacio en nuestras estanterías tras haber abierto senderos de lectura y de interpretación en la memoria de sus muchos lectores.

Era Juan Luis Alborg un crítico a contracorriente, que hacía gala de su independencia a la mínima ocasión que se le presentaba. Así en el prólogo del libro cuya imagen sirve para ilustrar esta entrada, escribía el crítico valenciano: “Mi mayor orgullo es no haber llevado jamás en ninguna parte de mi persona, desde la solapa a los jamones (que es donde se graba bien) la marca de ninguna ganadería. Ni aceptado jamás cargo, sinecura o remuneración no procedente de mi absoluto trabajo profesional. Cosa esta en la que siempre he puesto muy buen cuidado.”

El primer volumen de Hora actual de la novela española es de 1958. El segundo, el que traigo aquí, es de 1962. Alborg, que siguió un camino parecido al de Ignacio Soldevila, valenciano como él, fue de los profesores que, para seguir investigando, tuvieron que marcharse a Estados Unidos. Allí llegó Alborg en 1961. Se hizo, en tierras norteamericanas, con las obras que pudo de los novelistas del exilio, las que lógicamente no se podían editar en España por la fuerte censura del régimen de Franco, y preparó tres estudios sobre Ramón J. Sender, Max Aub y Arturo Barea, que publicó en el mencionado volumen junto a autores como Gonzalo Torrente Ballester, Jesús Fernández Santos, Sebastián Juan Arbó, Juan Antonio Zunzunegui o Elena Soriano entre otros. Ello nos da muestra de cómo Alborg entendía que la literatura española, la novela en concreto, de esos años era una sola que se publicaba dentro y fuera de España exclusivamente por razones políticas, pero que eran dos ramas hermanas e hijas del mismo tronco común, la tradición literaria hispánica. Es la suya un visión certera e integradora que a la altura de 1962, año en que se publicó el libro, cuando tan escasas noticias se tenía del quehacer literario de tantos escritores que se vieron forzados a abandonar España tras la derrota de la República en la Guerra Civil, aún no se había publicado el libro de Marra-López Narrativa española fuera de España (1963), nos muestra en qué forma hubiera debido escribirse la historia de la novela de aquellos años: Cela junto a Ayala, Aub junto a Delibes, Sender junto a Torrente Ballester, Barea junto a Laforet.

Nos deja, pues, Juan Luis Alborg, pero nos quedan sus estudios y sus reflexiones certeras sobre nuestra literatura. Me sumo desde aquí al dolor de su familia y amigos, que es el mismo de cuantos leímos con devoción lo que escribió.

Nota. Google, que posee imágenes de todo o de casi todo, no ha sido capaz de suministrarme un solo retrato, una sola fotografía de Alborg, así que me he visto obligado a coger mi cámara digital y malfotografiar, pido disculpas por ello, la foto familiar que ilustraba los comentarios de El País.

jueves, 13 de mayo de 2010

El infierno según Azcona



A Luis Valdesueiro

Sin que acierte a saber muy bien por qué, el caso es que leyendo la entrada del martes 11 titulada “El infierno” en el blog Las esquinas del día, magnífica bitácora de mi admirado Luis Valdesueiro, me vino a la memoria la reflexión que sobre el infierno y la muerte nos dejó Rafael Azcona en el soberbio guión de la película de José Luis Cuerda La lengua de las mariposas. Hay en ese texto secuencias extraordinarias en las que, partiendo de los personajes del ya célebre cuento de Manuel Rivas, Azcona nos deja sutiles y atinadas reflexiones, algunas, como las del fragmento que copio a continuación, dignas del mejor Unamuno:


SECUENCIA 38
HUERTO Y CAMINO
DÍA

MONCHO
He visto un entierro...

DON GREGORIO
¿Quién Se ha muerto?

En lugar de responder, Moncho pregunta:

MONCHO
Cuando uno se muere, ¿se muere o no se muere?

El maestro, volviendo ya hacia el pueblo, lo mira unos instantes antes de responder:

DON GREGORIO
En su casa, ¿qué dicen?

MONCHO
Mi madre dice que los buenos van al cielo y los malos al infierno.

DON GREGORIO
¿Y su padre?

MONCHO
Mi padre dice que de haber Juicio Final los ricos irían con sus abogados. Pero a mi madre no le hace gracia.

DON GREGORIO
Y usted, ¿qué piensa?

MONCHO
Yo tengo miedo.

Don Gregorio se inclina hacia él, le habla confidencial:

DON GREGORIO
¿Es capaz de guardar un secreto?
Moncho asiente:

DON GREGORIO
Pues, en secreto: ese infierno del más allá no existe. El odio, la crueldad, eso es el infierno... A veces el infierno somos nosotros mismos.

Moncho alza la mirada hacia su mentor, que ya se ha incorporado. Y, aliviado, le pega el primer mordisco a la fruta que le ha regalado el maestro.


Nota. El guión de La lengua de las mariposas, basado en los cuentos de Manuel Rivas “La lengua de las mariposas”, “Carmiña” y “Un saxo en la niebla”, pero con excelentísimas escenas debidas a la sabiduría de Azcona, se publicó en primera edición en noviembre de 1999, en la “Colección Espiral” de la editorial “Ocho y medio, libros de cine” (http://www.ochoymedio.com/), con la participación de SOGETEL y Las Producciones del Escorpión.

domingo, 9 de mayo de 2010

Antes de conocerte



Cuando se marchó el último de sus amigos, aunque se sentía algo turbado por los excesos de la cena, se encaminó al estudio y se sentó a la mesa de trabajo con el fin de tomar algunas notas. No dejaba de darle vueltas a lo que el más íntimo de sus conocidos le había dicho en tono confidencial: “Lo que necesitas es un título, así que para que dejes de lamentarte como un viejo achacoso, te regalaré uno que me salió al paso mientras leía una obra de teatro: Mi vida antes de conocerte; ahí está, todo tuyo, ya no tienes excusa, así que ponte a trabajar.”

Daba vueltas en su sillón giratorio mientras valoraba las posibilidades que le ofrecía el título propuesto. Encendió el ordenador, abrió una ventana nueva y empezó a teclear: “Mi vida antes de conocerte era menos que nada, adusto pedregal, desierto infame, una pompa de jabón sobre el vacío. Antes de conocerte no existía, sólo a tu lado conseguí ser este yo que fui y voy dejando poco a poco de ser, vencedor de humillaciones y aniquilador de sombras.” Sintió un cansancio repentino, le vencía el sueño, de modo que archivó lo escrito y apagó el ordenador. Se acostó. Durmió plácida y relajadamente, a pesar del hueco hiriente de su ausencia. En el sueño supo, con todo, que nada le había quedado por decir.

martes, 4 de mayo de 2010

Mi paseo por Barcelona en primavera



A Joaquim, el més barceloní dels barcelonins, en l'amistat.

Cuando llegué a la ciudad, en la primavera de 1973, Barcelona vivía de espaldas al mar. Su fachada marítima se reducía a escasas playas desordenadas y anárquicas, repletas de merenderos, de casetas de baños, encajonadas entre fábricas, tinglados y construcciones avejentadas que encarcelaban la mirada sobre el mar y la reducían a destellos anhelantes de espacio y horizonte. Tenía todo un aspecto destartalado, como por hacer, esperando la llegada de un orden imposible. El barrio más cercano al mar, la Barceloneta, era un espacio degradado, olvidado, como si los que gobernaban la ciudad desde el autoritarismo hubieran decretado que los edificios y las estrechas callejuelas que lo conformaban hubieran de ser la frontera última de la urbe, como si no estuviera el mar detrás, reclamando dignidad y atención.


Con el paso de los años, y sobre todo con el impulso olímpico, las fábricas y talleres que se esparcían a lo largo de la costa e impedían con sus muros y sus chimeneas la llegada franca hasta el mar, fueron desapareciendo, derribados por la piqueta que abría caminos y recuperaba playas y arenales, dársenas y malecones donde era tan fácil sentirse, con Neruda, abandonado como los muelles en el alba. En su lugar se levantó un puerto deportivo de nueva planta. A veces las ciudades crecen a golpe de eventos y recuperan espacios olvidados durante décadas hasta la degradación y el sinsentido.

Cuando llegué a la ciudad, entonces, aún podían leerse insultantes pintadas con el lema “fora xarnegos” escritas con letra apresurada en la clandestinidad de las paredes más escondidas y secretas. Hoy, en mi paseo solitario por todas estas avenidas redescubiertas, escucho hablar en no sé cuántas lenguas y me cruzo, siendo como es día festivo, con gentes de múltiples nacionalidades, familias que buscan el yodo del aliento marino y la caricia del sol primaveral, la brisa refrescante de un mar que nada sabe de idiomas, naciones ni banderas. La ciudad no desaprovecha, sin embargo, la oportunidad de afirmarse en lo que es y así, el símbolo de las cuatro barras que conforman la enseña catalana se despereza hacia el cielo libre de la esplendente mañana de finales de abril.


La modernidad de los arquitectos asombra con estos edificios emblemáticos que se yerguen sobre lo que antes eran solares abandonados. Esta vela de hormigón y ventanas, de curvas insinuantes, imponente en sus alturas, parece como marcar la proa de la ciudad adentrándose en el mismo mar que antaño ignorara.
 

Las velas navegan libres sobre las aguas y se reflejan, como una metáfora del tiempo eterno y recuperado, sobre los ventanales del edificio, como si por fin la ciudad se hubiera reconciliado, ya para siempre, con el mar a cuyas orillas fue fundada hace tanto tiempo que ya no es capaz de ser abarcado por la memoria.
 


Nota. Las fotos fueron tomadas por mi hija Marta el último domingo del mes de abril. Las traigo aquí ahora para ilustrar esta entrada. El edificio "Vela" fue concebido y diseñado en el "Taller de Arquitectura", del arquitecto Ricardo Bofill.

domingo, 25 de abril de 2010

Un ser inútil, una figura de cartón



“Ocurre algunas veces que la brillantez de una parte de la obra de algunos autores oculta la valía del resto, o dicho de otro modo -dijo Leonardo un día en que tenía ganas de remar contracorriente-, ocupan un lugar tan destacado en la historia de la literatura como prosistas, poetas o dramaturgos que lo demás de su producción literaria no se valora de igual modo. Para que me entiendan, jóvenes, la enorme calidad de la obra en verso de los poetas de la Generación del 27 ocultó, o no dejó ver con la suficiente claridad, el hecho de que también existió un grupo de prosistas en la estética vanguardista que dejó obras de auténtica valía. El Larra novelista, el de El Doncel de don Enrique el Doliente, sucumbió hecho pedazos ante la enorme fuerza del conjunto de sus artículos periodísticos. Cervantes dejó escrito, para paliar el poco favor que tuvo su obra en verso, que “siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo”. Sin embargo, Rosalía de Castro, al revés que Cervantes, creó una obra poética que la trascendió y la hizo inmortal en libros como En la orillas del Sar o Cantares Galegos; sin embargo, su labor novelística está hoy muy olvidada y es poco tenida en cuenta. Estas son, jóvenes, las paradojas de la historia literaria”.

Su atolondrado auditorio, compuesto de adolescentes, una buena parte de los cuales ni sabía el nombre de la poeta gallega, se desperezó cuando Leonardo abrió un libro y se dispuso a leer. “Esta novela que hoy les traigo, El caballero de las botas azules, la publicó Rosalía en 1867 y es una “novela urbana, social, satírica, cervantina, realista y fantástica, rupturista, proteica...” como la califica Ana Rodríguez-Fischer, la profesora que escribe con fino criterio de análisis la introducción de esta edición moderna. En un diálogo que mantiene el misterioso caballero de las botas azules con una dama, la señora de Vinca-Rúa, se ataca a cierto tipo de mujeres improductivas, perdidas en costumbres superficiales y absurdas, clasistas a más no poder; fíjense que Rosalía es más feminista en este texto que la más ferviente defensora actual de la igualdad entre hombres y mujeres:

Tantas criaturas devoradas por la miseria y el trabajo, tantas otras también devoradas por el fastidio y el ocio..., es una terrible calamidad y en vano se habla de adelantos, de progreso; las mujeres siguen atormentadas, las unas teniendo que hacerlo todo, que trabajar para sí y para los demás; las otras haciéndose vestir y desnudar la mitad del día, teniendo el deber de asistir al baile, a la visita, viéndose obligadas a aprender la equitación y las lenguas extranjeras. (...) Dicen que las mujeres no deben ser literatas ni politiconas, ni bachilleras y yo añado que lo que no deben es dejar de ser buenas mujeres. Ahora bien, ninguna que no sepa hacer más que andar en carretela, tumbarse en la butaca, y decir que se fastidia, por más que sepa asimismo la equitación, las lenguas extranjeras y vestirse a la moda, nunca será para mí otra cosa que un ser inútil, una figura de cartón indigna de oír la más pequeña de mis revelaciones. Estas solo son dignas de ser confiadas a cierta mujer hacendosa como la hormiga, semejante a mi bisabuela, aquella condesa que hilaba en medio de sus doncellas. La ando buscando por todas partes... no sé si la encontraré...



“Ignoro si deben ustedes, me refiero al estamento femenino de la clase, ser hacendosas como hormigas, pero lo que sí deben procurar ser, creo yo sin estar muy seguro de lo que les digo porque poco me gusta a mí dar consejos, es independientes, no depender de nadie, ni en lo laboral ni en lo económico; construyan su propio proyecto de vida y luego compártanlo, si ese es su gusto, en un plano de igualdad y de no dependencia. Se ahorrarán futuras fatigas.” Dio así, con esta advertencia y esta premonición que quedaron flotando en el aire, Leonardo la clase por terminada.

Nota. El retrato de Rosalía de Castro es obra del pintor G. Bello, realizado en 1952 en el exilio de Buenos Aires, ciudad en cuya Casa de Galicia se conserva. está tomado de la página web “galiciaaberta” de Xunta de Galicia.

viernes, 16 de abril de 2010

Haikú: Lo suyo que nos queda



El mar acoge
lo suyo que nos queda,
memoria y sueño.

Nota. La foto está tomada en Sant Pere Pescador, Alt Empordà, en un atardecer de julio.

martes, 13 de abril de 2010

Vida



VIDA

Si es verdad como dicen
que hasta la muerte
todo es vida,
que nadie me busque
en la morada fría
y áspera de las sombras;
aire quiero y espacio,
claridad enaltecida,
abiertas veredas
sobre la tierra libre
para mis pasos anhelo.
En tanto aliente la esperanza
y con renovado impulso
el latido de la sangre,
asombroso prodigio,
vida esparza por mis venas,
baldía será, muerte,
la amenaza de tu gesto
homicida e insolente;
consumido me halles
cuando vengas importuna
en el jubiloso incendio
del amor y de la vida.

Nota. El dibujo, de una ciudad vaga e imprecisa, es un ejercicio de clase de mi hija Marta y se lo he tomado prestado para esta entrada.

lunes, 5 de abril de 2010

La dignidad y la decencia: Ojos que no ven, de J.Á. González Sainz



Termino de leer esta estremecedora novela y busco algunas palabras que la puedan definir y doy con las que dejo en el título de la entrada, y me parece que son las que mejor la definen, porque eso es, creo, Ojos que no ven: una defensa enconada y melancólica de la dignidad y la decencia. Pero también, pienso, podría haber utilizado otras, la soledad y el enraizamiento en la tierra, el silencio, el equilibrio inestable entre lo que anda por nuestros adentros y lo que vemos fuera de nosotros, el intento de captar las palabras esenciales; quizá también hubiera podido decir que la novela es una crítica descarnada contra el fanatismo simplista y la intolerancia, al tiempo que se convierte en una búsqueda dolorosa de la memoria del pasado.

La dignidad y la decencia son las del personaje protagonista de esta hermosa novela corta: Felipe Díaz Carrión; también, aunque con perfiles más desdibujados, las de su segundo hijo, igualmente llamado Felipe. El fanatismo simplista y la intolerancia son los de su mujer, Asun y el de su primer hijo, Juan José. El territorio de la intolerancia es Euskadi, a donde se ve forzado a emigrar nuestro personaje. El paisaje del dolor es demasiado conocido: secuestros en condiciones bestiales, asesinatos, tiros en la nuca, coches bomba y un largo etcétera demasiado cotidiano durante demasiados años lamentablemente. La familia rota, la dignidad destrozada, pero también la lucha de Felipe por mantener su dignidad contra viento y marea.

Después la soledad y el buceo en las pantanosas aguas del pasado. También ese es un paisaje demasiado conocido. La violencia en las primeras semanas de la guerra civil. El recuerdo doloroso y el silencio del personaje. Dolor sobre dolor. Se impone el silencio. Enraizarse en la tierra. Buscar en los adentros, despacio, con la suficiente calma para llegar a las fuentes del dolor.

Extraordinaria novela cuya lectura no te deja indemne. Valiente novela. Necesaria novela. Literatura en el más puro sentido de la palabra. Poderoso estilo el del autor. Palabras contra el olvido, contra la extrañeza que nos produce a veces la realidad, palabras simples para saber lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer, palabras para saber que hay límites que nunca nadie debería haber traspasado jamás.


jueves, 25 de marzo de 2010

Las fuentes escondidas de las cosas



Releyendo La llama, tercera parte de La forja de un rebelde, me encuentro hacia el final, cuando Barea narra la profunda crisis que sufre, un pasaje en el que el escritor habla de sus inicios literarios; el texto dice así:


Unos pocos días después de haberme recobrado de mi pesadilla escribí mi primer cuento sobre un miliciano en una trinchera porque los fascistas habían destruido la máquina de coser de su mujer, porque aquél era su puesto y, finalmente, porque una bala perdida había aplastado una mosca que a él le gustaba observar en un trocito de parapeto alumbrado de sol. Se lo di a Ilsa, y vi que la emocionaba. Si hubiera dicho que no era bueno creo que nunca hubiera intentado volver a escribir, porque hubiera significado que no era capaz de tocar las fuentes escondidas de las cosas.

Dos ideas se desprenden del texto que están bien arraigadas en la poética narrativa de Barea: en primer lugar, el hecho de que la buena literatura es la que emociona y estremece al lector, la que no le deja indiferente; en segundo lugar, la consideración de que la verdadera literatura debe hundir sus raíces en la esencia misma de la vida, es decir, debe aspirar a esclarecer “las fuentes escondidas de las cosas”. También se advierte en las palabras de la cita, los titubeos y las inseguridades del escritor en sus inicios, la necesidad de reconocimiento, de que alguien le dijera que estaba bien lo que había escrito.


El cuento en cuestión, primero de la producción literaria de Arturo Barea en ver la luz, se titula “La mosca” y fue publicado, en inglés, en el diario The Daily Express, el 17 de agosto de 1937. Más tarde, pasó a formar parte del primer libro de cuentos del escritor nacido en Badajoz en 1897, Valor y miedo, que fue publicado en Barcelona, en 1938, en la editorial Publicaciones Antifascistas de Cataluña. Así describe Barea al miliciano de su relato:




Pedro es un patán y un soldado de la República. Le arrastró la ola de entusiasmo del 18 de julio. En su cerebro no hay complejidades políticas. No entiende de esto. Siente la causa, sintió aquel día el latir de la multitud y se marchó a la Casa del Pueblo. Desde entonces está en primera línea. No quiere saber nada de nada. Su única idea, la idea fija, es matar fascistas, más aún desde que supo que su casita del Puente de la Princesa era un montón de escombros. Su gramófono y sus discos de Angelillo y del Pena. La máquina de coser de su compañera.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Una elegía: Esas vidas, de Alfons Cervera


Alfons Cervera es para mí el autor de una trilogía, de lectura poco menos que imprescindible, integrada por las novelas El color del crepúsculo, Maquis y La noche inmóvil; después el autor añadiría al mismo ciclo, que llama de la memoria, la novela Aquel invierno. En ellas se ocupa de los perdedores de la guerra civil y de los que no se dieron por vencidos y continuaron una lucha que a la postre resultó estéril; se ocupa también de los largos silencios, de la represión, del hambre y de la realidad menesterosa; se ocupa, en fin, de lo que no supo, quizá porque las circunstancias políticas lo hacían punto menos que imposible, ocuparse la novela española de la primera posguerra, una realidad, la de la lucha en el interior de la España franquista, de la que tampoco podían ocuparse los novelistas desde la lejanía del exilio, aunque algunos, como Max Aub, escribieran cuentos lucidísimos y muy críticos como “Librada”, en 1948. Tendría que ser, muchos años después, en los primeros años de la década de los ochenta, la espléndida novela de Julio Llamazares Luna de lobos, la que vendría a dar carta de naturaleza a ese mundo olvidado. Después El lápiz del carpintero de Manuel Rivas y otros textos, incidirían en el mismo aspecto: rescatar del olvido una parcela de la dura realidad española de los años cuarenta.

Ahora, Esas vidas viene a coincidir, en bastantes aspectos, con el mundo trazado en esas novelas. Tres son los ejes que vertebran esta elegía: la enfermedad, agonía y muerte de la madre; la asistencia del narrador a un congreso en Grenoble sobre la memoria; la indagación en el pasado del padre algunos de cuyos aspectos más duros y sombríos son descubiertos casualmente por el narrador. Eso es la novela: una indagación en el pasado familiar. Pero es también una reflexión lúcida y certera sobre la vida y sobre la muerte, escrita en un estilo poético admirable y que llega al lector sin innecesarias complicaciones y con una fuerza verdaderamente estremecedora.

Un gran libro, recomendable en todos los sentidos. Un acierto, lleno de humanidad y de sabiduría literaria, de Alfons Cervera. Uno más.

sábado, 20 de marzo de 2010

Quevedo, El Roto y los libros electrónicos


Leo, como cada día, el periódico después de comer. Me voy adormeciendo poco a poco. Cuando he terminado con el ABC, siempre es la primera lectura en la sobremesa de los sábados, la emprendo con El País y al llegar a la página veintiséis, a la sección de "Opinión", veo la viñeta de El Roto y me tengo que levantar, encaminarme al estudio, que está en la otra parte de la casa, encender el ordenador y dejar esta entrada en el blog como homenaje, ya hacía tiempo que quería hacerlo, al talento de este agudo observador de la realidad que es El Roto. ¡Si Quevedo levantara la cabeza!... 

lunes, 15 de marzo de 2010

Dos haikus de mar




Nota. El mar de las fotografías es el Mediterráneo en el Cap de Creus y están tomadas en un ventoso día de primavera.