
Pero Leonardo no ceja, no desiste. Y algunas veces se asombra. Hace un par de semanas, en una clase en apariencia anodina, leyendo San Manuel Bueno, mártir, quiso hacer énfasis en la siguiente frase del texto: “Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir.” Lo hizo con más elocuencia de la debida y se armó el belén: que si ellos no necesitaban que la religión les consolase de nada, que si las religiones, todas, era una engañifa y un fraude, que si la única religión digna de ser seguida es la de la decencia, y cosas por el estilo. Les dejó hablar Leonardo. Cuando las voces se amansaron, les leyó una nota a pie de página, enganchada con una llamada a la palabra “morir”, la última de la cita que provocó el acalorado debate, que decía lo siguiente: “Idea fundamental del existencialismo: el hombre nace para morir, es un ser para la muerte.” Leonardo se armó de valor: “Vayan, jóvenes, escribiendo una redacción en tres párrafos acerca de lo que les sugiere la idea de marras.” Treinta y cinco minutos después recogió los trabajos y dio la clase, meditabundo y con una sensación extraña, por terminada. Esa noche, en la soledad de su estudio, leyó con asombro lo que había escrito una jovencita que no quiso participar en el debate:
Cuando se afirma que el ser humano nace para morir y que es un ser para la muerte, se está expresando una obviedad y al mismo tiempo una contradicción. Biológicamente hemos sido diseñados para morir; nuestros órganos vitales se consumen en el tiempo y acaban por dejar de funcionar y producen así la muerte. Ésta también puede llegar por accidente o por enfermedad incurable. Se trata de una verdad científica y hay que aceptarlo así.
La contradicción consiste en que se nace para morir, o sea, el destino de la vida es la muerte y ese oxímoron nos atormenta y nos angustia. Si después de morir nos diluimos en la nada, es posible que la vida se nos muestre como algo carente de sentido. Por eso, para combatir ese sinsentido, necesitamos creer en la inmortalidad de una parte de nosotros, el alma, puesto que el cuerpo es caduco y transitorio.
Pero no es fácil que nuestra razón acepte semejante dilema y división de nuestro ser. Ese desajuste entre razón y sentimiento es la base de nuestra angustia existencial. Buscamos desesperadamente consuelo ante esa angustia, en la religión, en el arte, en el amor. Probablemente estemos ante un dilema irresoluble, ante el que sólo cabe la resignación y aprender a convivir con él, esto es, en la “desesperación resignada” de que hablaba Unamuno.
Al día siguiente, Leonardo encontró, a la hora de su clase, el aula vacía. Ningún alumno había acudido a clase, todos habían secundado una convocatoria de huelga convocada por un sindicato estudiantil. Boloña, la selectividad, la privatización de la enseñanza, las becas, vaya usted a saber... Habrán querido, pensó Leonardo, afirmarse siquiera en apariencia.
2 comentarios:
Unamuno siempre nos depara sorpresas, aunque sean aisladas no por ello menos gratificantes, Hace algunos meses escribí sobre eso aquí.
Leo tu entrada, Juan Antonio, publicada cuando yo aún no sabía qué cosa rara era esto de los blogs y veo la coincidencia de situaciones y de autores y me alegra y seguro que también le alegrará a ese Leonardo que tras protagonizar dos novelas mías anda ya un poco cansado de remar contracorriente. Unamuno siempre será Unamuno y quien tenga la sensibilidad necesaria para acercarse a lo que escribió, aprenderá seguro y no es raro que ese alumno tuyo se indentificara con ese bueno de Don Manuel.
Un abrazo, Javier.
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