viernes, 7 de agosto de 2009

Escribir sobre Max Aub / y 3



ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / y 3

Lo peor vino después, digo, sobre todo para el joven e inexperto estudiante, bastante mediocre, la verdad sea dicha, que yo era por entonces: la penuria de datos acerca del escritor, la inexistencia de ediciones, la búsqueda infructuosa en bibliotecas y librerías de viejo. Con todo, el azar me deparó otros encuentros epifánicos –así llama Alberto Manguel a esos hallazgos que tienen una importancia decisiva en nuestra existencia- en mi relación con la obra de Aub. Aún alcancé a comprar, antes de ser descatalogada, la edición del Jusep Torres Campalans, ese pintor de ficción amigo de Picasso, de Alianza Editorial, de modo que fue éste el segundo texto aubiano que leí. ¿Cómo es posible, me preguntaba entonces, que un escritor capaz de escribir libros como aquellos no figurara entre los más destacados de la literatura española, no se editasen sus obras y su nombre no fuera reconocido y celebrado?

No olvidaré fácilmente la alegría que me produjo el hallar, perdido entre hileras de libros viejos en la feria del libro de ocasión de septiembre en el Paseo de Gracia de Barcelona, un ejemplar de la segunda edición de La gallina ciega, editada por Joaquín Mortiz en México, en 1975. Lo encontré en septiembre de 1977, como señala con precisión mi ex-libris, que por cierto se basa en un dibujo del pintor Ramon Gaya, tan ligado al exilio republicano y hombre de tan extraordinaria sensibilidad. Recuerdo aún la amargura de la queja de Aub ante el desconocimiento del público lector cuando efímeramente regresó a España en 1969: "¿Quién soy yo para todos estos que llenan estos cafés del centro de Barcelona y sus enormes terrazas? Nadie. No, nadie sabe quién eres."

A partir de aquel momento me propuse intentar saber quién era en realidad Max Aub y leer su obra a ser posible en su totalidad. Esto lo escribo muy alegremente aquí, pero en aquel entonces era penosísimo encontrar los libros de Aub. Hoy, la edición de sus Obras completas está estancada y aún quedan muchos textos inéditos. Les pongo un solo ejemplo. Cuando edité los cuentos que cerraban el Laberinto mágico -anden ustedes a saber por qué extraña razón Alfaguara no quiso editarlos en su día en un volumen que cerrara la edición del laberinto-, cuando los edité, digo, eran un total de cuarenta cuentos de los cuales dieciocho estaban inéditos en España y se publicaron por primera vez en 2005, fíjense, ¡qué anomalías tiene este dichoso país nuestro!

No fue, sin embargo, hasta un año después cuando empecé a conocer la faceta testimonial, tan importante, tan decisiva, de la obra aubiana. Por momentos tengo la impresión de que les estoy enredando en una maraña de fechas que no tienen la menor importancia, pero son necesarias porque van marcando los hitos de un caminar que empieza a tocar a su fin. En 1978, digo, la editorial Alfaguara empezó a publicar las novelas de El laberinto mágico; la primera, Campo cerrado. Para el joven que yo seguía siendo entonces, aquello fue el encuentro con una literatura y con una visión de nuestra historia reciente que nos había sido hurtada deliberadamente por el franquismo. Si Vida y obra de Luis Álvarez Petreña me había parecido una novela fascinante, los Campos eran decididamente otra cosa: unas novelas de una modernidad sorprendente, interesantes hasta el colmo, con una estructura narrativa sorprendentemente moderna para el tiempo en que fueron escritas, con una multiplicidad de voces que, a menudo en dialogismos, muestran los acentos dispares de la Barcelona de los años inmediatamente anteriores al estallido de la guerra incivil, obras que me estaban enseñando, sin que fuera consciente de ello, cómo había sido de desdichada nuestra historia reciente y qué se había perdido realmente cuando se perdió la República. Esas novelas tenían la virtud de hacerme imaginar el pulso vivo de aquellos días, preñados de muerte y de esperanza a partes iguales. A partir de ese momento, y hasta 1981 en que se publicó, también por Alfaguara, Campo de los almendros, última de las novelas de El laberinto, hice de Aub y de su obra centro de mis estudios literarios, o sea, me adentré más en la espesura, me perdí definitivamente en el laberinto, puesto que ya no era sólo leerle, era empezar a estudiarle, empezar a escribir sobre él y su obra, sobre lo suyo, siempre tan decididamente suyo. Pero, ahora lo puedo decir, ¡fíjense, otra vez, siempre después!, lo que aprendí entonces, digo, fue algo más decisivo: aprendí a escribir, conocí la auténtica dimensión creativa de la literatura, aprendí a poner en cuestión la imagen que me había sido transmitida de nuestra historia y descubrí una visión cosmológica y existencial del ser humano de la que carecían muchas de las novelas que por aquel tiempo había leído. Lo que descubrí en aquellos años en la obra de Aub fue muy importante para el joven que yo era entonces y ahora, treinta y tantos años después, cuando estoy en puertas de encontrar por fin la salida del laberinto, quiero dejar ante ustedes constancia de ello. Y empecé a escribir sobre Max Aub.

¿Cometí un error? ¿Debería haberse quedado el deslumbramiento que me produjo la obra literaria de Aub en eso, en deslumbramiento, en enseñanza, en placer lector? ¿Es conveniente dar el paso que yo di? ¿Debería haberme abstenido de mezclar mi pasión de lector con los estudios académicos y con la escritura de artículos sobre lo leído y después estudiado? A estas alturas de mi vida, créanme, no estoy en disposición de dar respuestas a estos interrogantes, que tal vez no dejen de ser más que interrogaciones retóricas, esto es, preguntas que me hago a mí mismo en voz alta sabiendo que no tengo respuestas para ellas. Lo que no puedo evitar, es borrar lo escrito y lo publicado, lo editado en libros. Han sido muchos años de esfuerzo que han culminado en ese Max Aub, novela que publiqué, como colofón en marzo de 2007 -¡otra vez las fechas!-, bueno, el verdadero colofón empieza con estas páginas que ahora leo ante ustedes, a todo este recorrido mío por un laberinto en buena medida ajeno. Sólo me queda invocar el favor de los dioses y pedir perdón a Aub si algunas de mis páginas fueron decididamente erróneas, lo único que puedo asegurarles es que fueron escritas con la mejor de las voluntades y de las intenciones; pero ya se sabe, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, frase atribuida por San Francisco de Sales a San Bernardo de Claraval, nacido en Fontaine de la Borgoña (Francia) en el año 1091, aunque José María de Iribarren, en su estupendo El porqué de los dichos, sostenga que se trata de una expresión muy antigua y de origen impreciso.

Nacieron así, al hilo de ese descubrimiento, mi tesis de licenciatura y los primeros artículos -el primero en El socialista y el segundo en Ínsula- que dediqué a Max Aub y a su obra. El artículo de Ínsula, muy filológico, nació de mi tesis de licenciatura y se debió a que mi tutor, el doctor Laureano Bonet, me lo pidió para la revista, de cuyo consejo de dirección formaba entonces parte, no se vayan a creer que yo, joven recién licenciado tenía acceso a semejantes publicaciones. Pero el artículo de El socialista lo envié sin conocer a nadie, a las bravas, cuando se cumplían diez años del fallecimiento de Max Aub y cuál fue mi sorpresa cuando lo vi publicado siete días después de haberlo enviado. Esas pocas páginas son las primeras que escribí sobre la vida y la obra de Aub.

En mi tesis de licenciatura incluí, en uno de los apéndices, un proyecto de edición que tuvo que esperar trece años y la socorrida intervención del azar para convertirse en Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico, editado por Alba Editorial con una presentación de Francisco Ayala, libro en el que recogía y prologaba los cuentos testimoniales de Aub clasificados en tres apartados: cuentos sobre la guerra civil, los campos de concentración y el exilio, ese esquema de clasificación fue el seguido años después por mi amigo Javier Lluch para su magnífica edición en el volumen dedicado a los cuentos en las Obras Completas del escritor. La edición de Lluch recoge un par de cuentos encontrados en el legado, que yo no pude entonces consultar, pero no anduve demasiado equivocado cuando de subtítulo puse lo de “relatos completos”, aunque hubiera sido más certero poner el cuantitativo “casi completos”. Era el año 1995.

Como ejemplo de otras sincronías aubianas que fueron ocurriéndome en mi vida literaria, déjenme que destaque la del año de 1992, que fue para mí trascendental. De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío cuya acción transcurría en Alicante y Albatera en los últimos días del mes de marzo de 1939, y que era un homenaje secreto a la persona de Max Aub, ganó el concurso internacional de cuentos que lleva el nombre del escritor y que otorga el Ayuntamiento de Segorbe y la Fundación Max Aub, entonces aún no constituida. Merced a ese premio conocí a Elena Aub, la hija del escritor, después conocería a sus dos hermanas, María Luisa, Mimín, y Carmen; Elena, digo, fue jurado del premio junto a Manuel Tuñón de Lara. No podía iniciarse de otro modo la publicación de mi obra literaria de creación: galardonada con un premio que llevaba el nombre de un escritor al que tan ligado me sentía ya. A ese libro siguieron otros, entre ellos uno del que no acabo de estar del todo insatisfecho, Años triunfales. Prisión y muerte de Julián Besteiro, que vio la luz con un prólogo de Camilo José Cela en 1998, hace ahora diez años. Pero no nos desviemos de nuestro objetivo y volvamos a adentrarnos en el laberinto.

Entretanto, digo, seguía leyendo a Max Aub y escribiendo artículos sobre su obra y sobre la de otros escritores del exilio republicano de 1939, al mismo tiempo que participaba en congresos universitarios dedicados al exilio. El azar, que tanto ha tenido que ver en el desarrollo de mi carrera literaria, me deparó un encuentro casual en la calle, en junio de 2002. Me dirigía a una estafeta de Correos a enviar las pruebas corregidas de mi libro de cuentos El final del sueño al editor y amigo Sergio Gaspar (DVD Ediciones), cuando me encontré con Josep Mengual, de Edhasa. Le dije entonces que había reunido una serie de aforismos extraídos de la obra de Aub y que se los iba a enviar para ver si tenían cabida en la colección de aforismos de la editorial. Al editor, Daniel Fernández, le gustó la propuesta, la compartió y dio el visto bueno a la publicación. Nació así Aforismos en el laberinto, que se publicó con una presentación de José Antonio Marina y del que fui responsable de la selección y del prólogo, como ya he dicho, así como de una biobibliografía que iba como apéndice de la edición. Fue mientras recopilaba datos para esta cronología biográfica de Aub cuando surgió la idea, que se me impuso con la fuerza con la que siempre se imponen los proyectos de verdad, de escribir una obra narrativa sobre la vida y la obra de Max Aub y que acabaría convirtiéndose en una suerte de crónica de una generación desgarrada por la Guerra Civil y el exilio, la generación del 27 y la de la República, la del propio Max Aub, cuyos avatares biográficos servían a la vez de hilo conductor y testimonio de una época irrepetible de nuestras letras: la Edad de Plata. En el texto de la contraportada del libro se dice: “Explorando las posibilidades y los límites del relato de base real, Javier Quiñones ha escrito un vívido retrato generacional de quienes protagonizaron la llamada Edad de Plata de las letras españolas, al hilo de los apasionantes avatares de uno de los escritores europeos más enigmáticos e interesantes del siglo XX. Y, paradójicamente, con un final, si no feliz, sí abierto y esperanzado.”

Ese final, ahora lo puedo confesar ante ustedes, era casi una usurpación literaria, porque en él yo tomaba de la mano a los dos personajes del Laberinto mágico más queridos por Aub, Vicente Dalmases y Asunción Meliá y les seguía la peripecia vital hasta nuestros días en un epílogo al que di el título de “No todo está consumado”. Les llevaba hasta las primeras elecciones libres después de los años de hierro de la dictadura, esto es, hasta el 15 de junio de 1977. Vicente y Asunción, ya muy viejecitos, claro, seguían siendo fieles militantes comunistas, como lo son en Campo abierto o en Campo de los almendros y asisten emocionados a la escena en la cual Pasionaria y Alberti bajan cogidos del brazo las escaleras del hemiciclo de las Cortes para integrarse en la Mesa de Edad que presidió aquella sesión de las primeras Cortes Constituyentes. En ese momento el círculo se cierra, el laberinto les muestra la salida. ¿Les parece si les acompañamos en su paseo vespertino de aquellas tardes de verano preñadas de esperanza y de aires nuevos de libertad? Vamos, pues:

“Durante las primeras semanas de julio empezaron a llegar a Viver de las Aguas los veraneantes. Normalmente se trataba de gentes de Valencia que o bien poseían casas en el pueblo o bien las alquilaban para pasar el verano. Max Aub, Medina Echavarría, Alfonso Zapater y José Gaos fueron los que descubrieron este pueblo en los años treinta a los intelectuales y artistas de la Valencia de entonces y muchos compraron casas en el pueblo y las rehabilitaron. La casa de los Aub estaba al final del pueblo. Era una casona señorial y vieja, rodeada de jardín al que se entraba por una verja y una camino de gravilla y cuyo estado era casi de total abandono, invadido por la maleza, porque la familia del escritor hacía tiempo que no iba a Viver. Asunción y Vicente gustaban a menudo de llegarse paseando hasta allí en los atardeceres calurosos del verano. Una tarde vieron las persianas abiertas de la casa y un coche aparcado en el exterior del jardín. Intrigados, decidieron acercarse. Vieron entonces a un hombre de pelo canoso, con gafas de concha y aire de intelectual, que bajaba el equipaje del coche y lo iba introduciendo en la casa. Iba solo y caminaba trabajosamente, sus gestos estaban marcados por la lentitud y por cierta torpeza. De tanto en tanto se paraba como para descansar, como para reponerse del esfuerzo que le suponía llevar las maletas desde el coche hasta la casa. A Vicente y a Asunción, que se miraron sin decirse palabra, asombrados los dos como estaban, les pareció advertir algo conocido en los rasgos de aquel hombre, era como si ya lo hubieran visto otra vez, había algo en él que les resultaba vagamente familiar, conocido:
-Oye, Vicente, ¿no es ese Max Aub, el escritor que dirigía El Búho? –preguntó Asunción.
-No, mujer, imposible –le contestó Vicente con sus pocas palabras de siempre.
-¿Imposible?, ¿por qué? –le preguntó Asunción con la misma escasez de palabras.
-Porque Max Aub murió en el exilio mexicano en julio de 1972.”

Llegados a esta altura y con la conciencia clara de haber abusado de su generosidad, va siendo hora ya de poner fin a esta disertación y empezar, si ustedes así lo desean, una charla-coloquio sobre Max Aub. Ese libro, del cual les acabo de leer la última página, supuso para mí la salida del laberinto. Cuando lo terminé y lo vi impreso, me asaltó la sensación de que aquello era un punto final, de que ya no tenía nada que decir sobre Aub. No que sintiera cansancio ni nada parecido, de hecho he releído algunos textos suyos con posterioridad, y he tenido la fortuna de encontrar un libro inédito, sobre el que no me quedó otro remedio que trabajar sobre él, pero me di cuenta de que cuanto tenía que decir sobre Aub estaba ya dicho en los muchos artículos que dediqué a su vida y a su obra y en ese libro que lo recogía todo a modo de síntesis final. Había llegado al final del laberinto, sólo faltaba traspasar el umbral, dejar atrás un montón de años y salir al aire libre, a encontrarme de nuevo conmigo mismo. En eso estoy y estaré.
Muchas gracias a todos por su paciencia al escucharme.

Javier Quiñones, Barcelona noviembre de 2008.


sábado, 18 de julio de 2009

Escribir sobre Max Aub / 2



ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / 2

Déjenme que haga un nuevo excurso, que me desvíe del sendero en otra digresión antes de ir a la búsqueda del principio, es decir, del tiempo perdido. No estaría de más recordar que El laberinto mágico de Max Aub, así lo reconoció una encuesta en la que participaron críticos literarios y escritores del suplemento literario del diario El Mundo, “La Esfera”, publicada el sábado 13 de julio de 1996, justo cuando faltaban unos días para que se cumpliera el sexagésimo aniversario del inicio de la Guerra Civil Española, fue considerado como el mejor ciclo de novelas sobre nuestra guerra incivil. El laberinto mágico, al correr de los años, ha sido comparado por algunos críticos y estudiosos con los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós, Las memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja, o el inconcluso El ruedo Ibérico, de Ramón del Valle-Inclán, y ha salido airoso de tan difícil envite.

El origen mítico del laberinto es incuestionable. Aparece ya en civilizaciones tan antiguas como la micénica. Desde bien antiguo se asocia el símbolo del laberinto con la existencia. Sánchez Dragó dice en su libro Gárgoris y Habidis que se atribuye a los indígenas de Cantabria la costumbre de arrojar hachas a los lagos, costumbre que se puede poner en relación con otros temas mitológicos; estas hachas eran de doble filo y Dragó las compara con los dioses de dos frentes: como los cuernos del toro y también con el Minotauro: “Y por encima de todo –escribe Dragó-, el punto en el círculo, la defensa del espacio mágico: el laberinto. Este expresa el mundo existencial, el peregrinaje en busca del centro.” El hombre, al perder el favor divino con la expulsión del Paraíso terrenal, se ve obligado a enfrentarse a sus propias limitaciones, al vacío, a la nada, al propio laberinto en el que se le convierte la existencia; un personaje de Campo de los almendros, última novela del ciclo, lo dice con toda claridad: “Nos metieron en un laberinto, al salir del Paraíso. Y se me perdió el hilo: estoy perdido. Estamos perdidos. No saldremos, ni con los pies por delante.”

Pero el laberinto aubiano tiene, además de la existencial, otra vertiente histórica y social, también política, que tiene que ver con un país en un espacio y un tiempo determinados: la España de los años de esperanza de la Segunda República y de los ensangrentados días de la guerra incivil, los días de llamas, como los llamó en su estupenda novela Juan Iturralde. Dos de los personajes más significativos del Laberinto mágico, Paulino Cuartero y Julián Templado, dialogan así en Campo de los almendros: “Templado- ¿Saldremos de este laberinto? Cuartero- ¿Qué laberinto? Templado- este en el que estamos metidos. Cuartero- Nunca. Porque España es el laberinto.” Cuando dicen esto estos dos personajes, están encerrados en el Puerto de Alicante, último reducto de la derrotada República, el día 30 o el 31 de marzo de 1939.

En cualquier caso, el concepto y la imagen del laberinto, que tanta fortuna tuvo durante el barroco, está siempre presente en la literatura aubiana; valgan estos aforismos: “[5] Nuestra limitación es que estamos metidos en un laberinto, un laberinto mágico. [15] Un laberinto lo es porque, al fin y al cabo, alguien sale de él, por lo que sea, de la manera que sea. Si no saliese nadie, ¿quién iba a saber de su existencia? ¿Quién volvió de la muerte? ¿Lázaro? ¿Qué contó? Eso sí fue cuento. Lo del laberinto de Minos, no. De ahí salió alguien. (Tal vez habría que recordar que quien salió fue Teseo guiado por el hilo de Ariadna y que, por consiguiente, la única posible salida del laberinto nos la facilita, o proporciona, el amor.) [76] Vivimos en un laberinto mágico, limitados por nuestros cinco sentidos.”

Vuelvo al hilo del discurso: ¿Cómo y de qué forma entré en el laberinto aubiano? Mi primer encuentro con la obra de Max Aub se produjo de modo casual, azaroso, lo que no deja de ser maxaubiano en cierta manera. Han pasado tantos años que me cuesta reconocerme en aquel joven, entonces estudiante de primero de carrera, curso académico en que fui alumno de esta universidad, precisamente aquel en que una huelga de penenes, -¡Ay, las huelgas, siempre las huelgas, ahora les toca a ustedes, aunque sea por otras razones!- esto es, de profesores no numerarios, nos dejó sin clase durante el segundo y el tercer trimestre y que se resolvió con un aprobado general y con una insatisfacción también general; fíjense, sólo alcancé a leer El censor, aquella antología de textos periodísticos de finales del XVIII prologada por Montesinos, en aquella memorable colección llamada “Textos hispánicos modernos” de la editorial Labor, y La comedia nueva o el café y eso que nos esperaban Larra, Galdós y Clarín en el programa, pero no pudo ser. Ahora cuando explico y leo algunos de los artículos de Larra con mis alumnos –les gusta mucho “La Nochebuena de 1836”-, desde luego en la enseñanza secundaria no tienen cabida ni El censor ni el bueno de Moratín y Fígaro la tiene a duras penas, (alguien alguna vez debería hablar del arrinconamiento, del postergamiento que ha sufrido la enseñanza de la literatura en lo que ahora se llama enseñanza secundaria, quizá eso iluminase muchas de las causas del mal llamado “fracaso escolar”, pero no es ahora el momento de ello salvo que los árboles acaben por no dejarnos ver el bosque, esto es, que con tanto inciso nos apartemos de modo irremediable del tema de nuestra charla); decía que siempre que leo a Larra me acuerdo de aquel año frustrado del inicio de mis estudios universitarios. ¡No tengo remedio, ya me he perdido otra vez por los recovecos del pasado!

Lo que quería decir es que ya apenas me reconozco en aquel joven que era entonces, con mi cabeza, tan despoblada hoy, llena de rizos y sin sombra de canas. Tenía la costumbre, que no he perdido del todo, de buscar en las librerías de lance a ver qué sorpresas me salían al encuentro. Pues bien, revolviendo en un cesto lleno de libros, entreverados allí sin ton ni son, en una librería de viejo de la calle Llibreteria de Barcelona -hoy desaparecida, Novecientos se llamaba-, me encontré con un libro cuya portada me resultó a un tiempo enigmática y provocadora. En ella se veía, fotografiado en contrapicado, un paseante vestido con americana y pantalón oscuro que llevaba las manos enlazadas a la espalda en actitud meditabunda y la cabeza, tocada con una boina, ligeramente inclinada hacia el suelo. Servían de fondo a la fotografía una historiada tapa de alcantarillado y un suelo de adoquines. Cogí el libro y leí su título: Vida y obra de Luis Álvarez Petreña. El título era seductor, me gustaba el nombre de ese desconocido Luis Álvarez Petreña, si acaso algo menos el segundo apellido, que asocié no sé por qué a “petrina”, defectuosa forma de pronunciar la antigua palabra “pretina” con la cual designábamos, en los años de mi niñez, los botones de la bragueta de los pantalones. El nombre de su autor, Max Aub, nada me decía, si acaso era una vaga referencia de manual de literatura o de listados bibliográficos. Sin embargo, la colección en la que estaba editado, Biblioteca Breve de Seix Barral, era toda una garantía de calidad literaria. Abrí el libro y leí: "Primera edición de la primera parte: Valencia, 1934. Segunda edición, incluyendo la segunda parte: México, 1965." Una nota del autor, fechada en 1970, decía: "Escribí la primera parte de este relato, memorias, novela, miscelánea o lo que sea, a los 28 años. La segunda hacia los 50 y la tercera a los 66. Si estuviese seguro de que se notara no lo diría. Me quedaré con la duda y sin saber si sirvió de algo. Supongo que no, a Dios gracias." Con eso bastaba; compré el libro y lo leí de un tirón. Corría el año de 1974. Me preguntaba entonces cómo un autor con aquel nombre y aquel aspecto de centroeuropeo que se dejaba ver en la fotografía de la contraportada podía ser un escritor español. Con todo, mordí el anzuelo, entré en laberinto, caí en la trampa, me atrapó el talento de Aub de manera al parecer irremediable durante muchos años.

A lo que supe después, ¡por qué será que todo lo sabemos siempre después!, ese libro era una especie de secreta despedida de Aub del mundo de la vanguardia. El fracaso vital y literario de Álvarez Petreña era un poco el fracaso de ciertas fórmulas narrativas, practicadas por Aub en Geografía y Fábula verde, influenciadas por las Ideas sobre la novela de Ortega y Gasset, que hacían imposible el devenir de la novela. Aub se despide así en esa historia, que a mí tanto me fascinó, del propio Aub escritor de vanguardia, que empezaba por entonces, en 1934, a ceder terreno ante el Aub escritor responsable y comprometido con su tiempo, aunque nunca fueran esos cambios bruscos y perviviera en el Aub testimonial buena parte de lo aprendido en los años de aprendizaje literario de la vanguardia, sobre todo en lo que al estilo se refiere.

Llamo ahora su atención ante el hecho de que en la tercera y última parte, o añadido si lo prefieren, Aub, ingresado en un hospital londinense ante un amago de infarto, en 1969, se encuentre con Álvarez Petreña ingresado también en ese hospital. Mantienen allí un diálogo nivolesco, si se me permite emplear el término unamuniano, del máximo interés. Pues bien, enlazando con lo que dije antes, ese “Diario inglés de Max Aub” podría muy bien corresponder al Max Aub real, ya que éste, en los días previos a su primera visita a España después de treinta años de ausencia, tuvo un amago de infarto y tuvo que ser ingresado en un hospital. De nuevo, pues, ficción y realidad entreverándose, confundiendo sus límites. Supongo que me repito, pero todos estos datos los supe después; el joven de apenas veinte años, de hecho creo que aún lo los había cumplido, que leyó el libro por primera vez, nada sabía de todo ello. Así entré en el laberinto, o mejor dicho, así crucé los umbrales del laberinto, lo peor estaba por llegar. Me explico.

domingo, 5 de julio de 2009

Escribir sobre Max Aub / 1



Los largos atardeceres de principios de julio me sumen en la nostalgia. Ante mí desplegado, con sus infinitos matices de colores, como un tapiz que contuviera todos los azules posibles, el Mediterráneo que baña las abruptas costas del Cap de Creus. De espaldas a la luz de crepúsculo, sólo veo sus reflejos en el agua y en cielo, que por momentos parece abrasarse en su propio incendio. Por estas costas, sin que él pudiera verlo, navegó el Sidi Aicha, que había partido de Port-Vendrés, rumbo a Argelia, donde sería internado en el campo de concentración de Djelfa. Pienso en Max, en las muchas horas que dediqué a la lectura y al estudio de su obra, a la escritura sobre esa obra y también sobre sus avatares biográficos. Decido recuperar el texto de la conferencia, que tuvo un poco el sabor epilogal de quien se despide de un tema sobre el que considera que ha dicho ya todo lo que buenamente ha llegado a saber, leído en la Universidad Autónoma de Barcelona, ante un reducido grupo de alumnos de Ciencias de la Educación, en noviembre de 2008. Lo daré en tres entregas, para no fatigar al amable lector que tenga la paciencia de leerlo. Inauguro así el blog en verano.

ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / 1

Buenas tardes a todos:
Quiero empezar por decir que la charla de esta tarde se la quiero dedicar, si me lo permiten, a mi buen amigo Ignacio Soldevila Durante, el primer y mejor estudioso de la obra de Max Aub; Ignacio, de quien tanto y tanto aprendí, como intelectual y como persona, y que se nos fue, como era irremediable que pasase tras de una larga enfermedad a la que plantó cara con coraje y serenidad encomiables, hace pocas semanas. No quisiera hacer afirmaciones tajantes, pero tengo la impresión de que no creo en la vida después de la muerte, por eso donde quiera que estés, Ignacio, gracias por tu generosidad y por tu hombría de bien, gracias por habernos enseñado tanto sin proponértelo nunca; déjame que por última vez te llame ante un público de jóvenes estudiantes, maestro, querido maestro, a ti, que tan poco te gustaba que te llamara así. Te recuerdo ahora en el Auditori de la Facultat de Lletres de esta Universidad, sentado en las últimas filas, con tu inseparable abrigo sobre los hombros -¡qué miedo le tuviste siempre al frío, tú, que viviste media vida en Canadá!-, con tu elegancia británica, aunque fueras muy valenciano, como lo fue también Max, y canadiense de adopción; te recuerdo, digo, escuchando las intervenciones, con una paciencia infinita, de los comunicantes asistentes a los congresos sobre el exilio organizados en esta Universidad. Te recuerdo en casa, Ignacio, después de haber dado cuenta de un suculento asado de cordero al horno, regado con una botella de Viña Tondonia, uno de tus vinos preferidos, mientras nos contabas la represión sufrida por tu padre, jurista republicano, al terminar la guerra, su estancia en la cárcel, la muerte apenas un año después de salir de prisión en medio de una gran tristeza; te recuerdo contándonos tus dificultades como joven investigador en los duros años de la España de los cincuenta y la necesidad que tuviste de marcharte a otro país para conseguir un puesto de trabajo en una universidad y poder seguir investigando sobre un pasado que aquí se negaba y ocultaba; te recuerdo hablando de todo eso mientras con un mágico movimiento de tu mano adormilabas a mi hija que desde su cuna amenazaba con arruinar nuestra charla de sobremesa. Adiós, Ignacio, te fuiste, pero nos queda tu memoria y tu obra; como te escribió en el obituario publicado en El País Fernando Valls, tan buen amigo de los dos y profesor de esta Univeridad,: “vida cumplida”.

El título que he decido dar a esta charla, a esta disertación si se prefiere, a este encuentro al que acudo invitado por la generosa complicidad de Neus Samblancat, amiga y compañera de ya tantos años, encierra en sí mismo una suerte de axioma, una idea que ha de presidir el tema central de esta conferencia: escribir sobre Max Aub, sobre su vida y su obra, supone, para quien lo intenta, adentrarse en un auténtico laberinto, en un dédalo de tortuosas y escondidas veredas, llenas de recodos por explorar, de desvíos y atajos, de zonas neblinosas y de umbría en las que a menudo resulta muy complicado orientarse y lo llamativo del caso es que, en buena medida, el propio autor es el responsable de que ello sea así.

En efecto, Max Aub no quiso nunca escribir sus memorias, a pesar de haber dispuesto de tiempo razonablemente suficiente para hacerlo. Alegaba, como motivo, su desinterés por lo biográfico; cito a continuación algunos aforismos, de entre los que edité en marzo de 2003 en el libro Aforismos en el laberinto, en los que muestra Aub ese recelo: “[260] No importará quién fui, sino lo que hice. Apréndelo: no importará quién fuiste sino lo que hiciste. Sólo lo que se hace se deja; quién eres no cuenta mañana. [121] Las biografías hacen mucho daño. Vale la obra. Por ella se salva uno. [123] Lo que sobrevive en la tierra es la obra y no uno mismo.”

Sostenía Aub que había escrito tanto para que se supiera cómo era realmente sin tener que decirlo; sin embargo, no pocas veces mostró su decepción porque nadie parecía haberlo llegado a conocer a través de sus ficciones, de su teatro, de su poesía, de sus ensayos, de sus numerosos artículos periodísticos. Aub habló mucho de sí mismo a través de sus personajes y de sus historias; en buena medida, muchos de ellos tienen rasgos claramente autobiográficos. Aub está detrás, en cierto modo, de la Margarita-Claudia de Fábula verde, novela breve vanguardista de 1932, del Julián Templado del Laberinto mágico y, si me apuran, hay no pocos rasgos personales en el Luis Álvarez Petreña de la novela de título homónimo. Esto lo afirmo ahora, pero tardé muchos años en ser consciente de ello. Con todo, no puede establecerse un correlato entre esos rasgos autobiográficos a los que hago mención y los hechos histórico-factuales que jalonaron la peregrinación existencial del hombre llamado Max Aub Mohrenwitz. En un pasaje del último capítulo de la larga novela que le dediqué, explicitaba ese desdoblarse de Aub en sus propios personajes, del que a veces el propio novelista no era plenamente consciente; el Aub de mi novela, personaje por consiguiente ficcionalizado, sí parece darse cuenta de ello en última instancia, en el sueño de la siesta de la tarde en que murió:

“Tuvo un sueño agitado y extraño durante la siesta de aquella tarde. Cuarenta años después comprendió en la nebulosa del sueño que el verdadero protagonista de su Fábula verde era él mismo y no Margarita-Claudia. Así que sintió la misma repugnancia que ella cuando alguien, una confusa figura sin perfiles, le obligaba a comer carne; lo mismo ocurrió cuando ese alguien hizo que se pusiera un jersey rojo, lo que le produjo fiebres altas; lo peor, con todo, fue cuando esa figura borrosa le obligó a entrar en una pescadería; le pareció entonces que descendía a los infiernos y que en realidad el infierno no era más que una mezcla aleatoria y absurda de carnicerías y pescaderías: los ojos fríos de los pescados sobre el hielo, las bocas entreabiertas e inservibles, los lomos de las terneras manchando los mármoles de sangre, las colas de salmón seccionadas como por una sierra, los conejos colgando de ganchos, las gallinas degolladas e inermes y él allí, contemplándolo todo y sintiendo los temblores fríos de la angustia. Se despertó empapado en sudor.”

Para acabar de hacer más confuso el laberinto, Aub nos dejó una serie de cuadernos que contenían unas anotaciones que conforman una suerte de diario personal, entre literario y vivencial, que ayuda poco, la verdad sea dicha, aunque sea del máximo interés su contenido, a clarificar la peripecia vital del autor. Hay en ellos numerosos datos contradictorios en lo que se refiere a sucesos y lugares, así como una buena dosis de confusión de fechas en lo que se refiere a las detenciones que sufrió, a los viajes que realizó y a otros muchos aspectos; por otra parte, ¿quién de entre nosotros se preocupa, cuando de escribir un diario personal se trata, de anotar fechas con precisión, de especificar lugares concretos y demás? Un diario sirve, entre otras cosas, para anotar nuestras impresiones, para volcar en él nuestros pensamientos, para reseñar nuestras lecturas y para lo que uno quiere que sirva, pero nunca es un lugar del todo fiable, como tampoco lo son las memorias y las autobiografías, que no dejan , en el fondo, de ser otro género de ficción del que el buen biógrafo debe desconfiar y ante el que cabe una buena dosis de prevención; ¡nada hay tan peligroso como un autor hablando de sí mismo y contando su propia historia!

Así que no escribió Aub sus memorias, pero habló mucho de sí mismo. A todo ello pueden añadirle los testimonios, aun más confusos si cabe, de cuantos le conocieron en vida y quisieron hablar o escribir sobre él. Fíjense en el siguiente ejemplo. Cuando Aub fue detenido y conducido al estadio de Rolland Garros, en París, el 5 de abril de 1940, convertido en improvisado campo de concentración -¡qué poco sabrá Rafael Nadal que en ese estadio, en cuyas pistas ha demostrado ya tantas veces su maestría y su increíble saber tenístico, estuvo detenido Max Aub y miles de hombres cuyo único delito era no comulgar con las ideas totalitarias de los nazis!- había terminado ya Campo cerrado primera novela del ciclo narrativo sobre la guerra civil española al que dio el título de El laberinto mágico. Esa novela se publicó en México en 1943, una vez encontrado el manuscrito en casa de Juan Ignacio Mantecón, que coincidió preso con Aub en París y en Vernet. Aub asegura, en un “Borrador de prólogo al Laberinto mágico”, que escribió en octubre de 1970 y que mi buen amigo Javier Lluch ha reproducido en su magnífica edición de Campo del moro, que nada más acabar el manuscrito se lo envió a México a José Bergamín, quien se negó a publicarlo en la editorial Séneca; el poeta se lo dio a Mantecón, de quien sabía era amigo de Aub, y allí, en casa de éste, lo encontró Aub cuando llegó a México en 1942. Soldevila afirma, por su parte, que Aub no lo envió a México, sino que se lo dio en persona a Mantecón. Después se dice, en otros textos, que ese manuscrito quedó en París en manos de la portera del edificio en que vivía Aub y donde fue detenido, en Capitán Ferber. Por favor, ¿en qué quedamos?, ¿qué se hizo de ese manuscrito?, ¿cuál es la verdad de la cuestión? Bueno, pues como ésta, ciento, con la intervención del autor, quien además se confunde de título y habla de Campo abierto en vez de Campo cerrado. El lío se lo pueden ustedes imaginar.

Contribuye también decisivamente el hecho de que estemos ante un autor exiliado y con una peripecia vital tan compleja y vivida en un periodo tan conflictivo para Europa y el mundo en general. Max Aub nació en París en 1903, residió en Valencia desde 1914, donde se exilio con su familia al inicio de la llamada Gran Guerra, también conocida como la Primera Guerra Mundial, de hecho salieron huyendo porque el padre de Aub era alemán y su madre francesa y por ello, por la nacionalidad del padre, digo, los tomaron como enemigos y sus bienes fueron subastados públicamente; Aub fue español por libre voluntad desde 1924. Republicano y socialista, militante del PSOE desde 1927, participó durante la guerra en tareas culturales, entre otras, en la filmación de la película de André Malraux, Sierra de Teruel, fue también agregado cultural de la Embajada de la República en París, siendo embajador Luis Araquistáin y fue el primero en hablar en público del Guernica de Picasso en la inauguración del pabellón español de la Exposición Universal de París en junio de 1937 (por cierto, una réplica exacta del pabellón diseñado por el arquitecto catalán Josep Lluís Sert lo pueden ver ustedes en el Vall de Hebrón, hay allí un centro de documentación con buenos fondos y es un lugar hermoso para ir a investigar en las mañanas tranquilas del otoño, siempre que se disponga de tiempo para ello); se exilió, perdiéndolo todo, su piso en la calle Almirante Cadarso de Valencia fue ocupado por la familia de un coronel franquista, en febrero de 1939 y la biblioteca fastuosa que allí dejó pasó a los sótanos de la Universidad de Valencia, de donde pudo recuperarla el autor en 1969, ¡treinta años después!, por lo visto al coronel no le gustaban los libros de Aub y al menos tuvo la decencia de en vez de quemarlos, dar los libros a la universidad, donde durmieron el sueño de los justos sin que nadie los consultara nunca, y eso que había allí primeras ediciones de García Lorca dedicadas. Pasó tres años, entre 1939 y 1942, en Francia y el Norte de África, de cárcel en cárcel y de campo de concentración en campo de concentración. Llegó a México en octubre de 1942. Fue ciudadano mexicano, ¡su tercera nacionalidad! desde 1956, y allí residió hasta su muerte en 1972. Aub se sentía por encima de todo europeo. Bien pudo haber sido escritor francés y sin embargo eligió ser español por vocación, por sumarse a la tradición literaria de Cervantes, de Larra, de Valle-Inclán, de Baroja, del mejor Galdós, entre otros. Mezclen todos estos ingredientes, añádanles un buen montón de novelas, obras teatrales, poesías, ensayos, artículos de prensa, libros inacabados y un largo etcétera y verán como lo que afirmo, que escribir sobre Max Aub es meterse en un verdadero laberinto, no resulta hiperbólico en absoluto.

Por otra parte, todo esto no es nada extraño. Prueben a escribir la narración de sus avatares vitales, prueben a contar sus propias vidas. Dense prisa y háganlo cuando sus progenitores, hermanos y demás familia, amigos, vivan aún; ya verán cómo para narrar cualquier episodio, qué sé yo, aquel traslado de domicilio y de ciudad que se llevó a cabo en 1964, pongo por caso, porque el padre lo había decidido así y traten de esclarecer los verdaderos motivos de ello; o busquen en la memoria aquel recuerdo del primer muerto de la familia, aquel tío materno que se suicidó sin que nadie se atreviera a decirlo de este modo porque no estaba socialmente aceptado el hacerlo, y verán cómo una neblina lo cubre todo con un manto denso e impenetrable y al final nuestro intento narrativo autobiográfico ha de recurrir a esa gran embaucadora que es la memoria y tiende a resolverse finalmente en una ficción de lo que pudo haber sido y no estamos seguros de que fuera así. Pues piensen en ello cuando se trata de un hombre público, de un escritor famoso con una peripecia vital tan densa y compleja como la de Max Aub: ¡un auténtico lío, un intrincado laberinto, un espantable desierto de confusión.

Puedo asegurarles, además, que no es el mío un hablar a humo de pajas, ya que no han sido pocos los años de leer y estudiar las obras de este autor, de escribir artículos sobre su persona y su obra, de editar sus textos, y, finalmente, como colofón que vino a significar para mí la salida del laberinto, escribir un extenso texto narrativo, a medio camino entre la novela y la biografía, sobre su persona, su generación, su obra y su tiempo, que en sus años finales no dejó de ser, en cierto modo, el mío propio.

A fuerza de leer, de escribir y hablar sobre su obra, Max Aub ha llegado casi a formar parte de la familia, sus libros ocupan un amplio lugar de mi biblioteca, su retrato cuelga de las paredes de mi estudio, a él he dedicado muchas páginas y aunque no quería hablar más en público sobre él, he accedido a la petición de Neus porque quisiera hacerles llegar, a ustedes que son tan jóvenes, la pasión que la obra de este escritor despertó en mí y lo mucho que aprendí leyendo su obra. Me alegra, además, que sea en un recinto universitario y ante estudiantes que serán futuros profesores, porque Aub, que tanto recelo sentía ante lo universitario, de hecho él que pudo serlo, lo rechazó, cuando toda la familia lo veía, al acabar con brillantez sus estudios de bachillerato, como un futuro profesor de historia o de literatura, y sin embargo sorprendió a todos dedicándose a ayudar a su padre en el negocio de representación comercial de objetos de bisutería fina para caballeros y se dedicó a viajar por casi toda la geografía española en vez de ser estudiante universitario y ese, créanme fue un momento decisivo en su vida; además, Aub se quejaba frecuentemente, cuando ya fue un autor reconocido, aunque sin lectores, de que no quería quedar únicamente en las tesis universitarias, sino que le interesaba llegar al lector vivo de su tiempo y de los tiempos venideros; digo, pues, que no deja de ser aubiano en cierto modo, por lo contradictorio, claro, que yo haya aceptado la invitación amable de Neus para hablar en público sobre Max Aub una vez más en una universidad, cuando esta charla de hoy tiene ya para mí un claro sabor epilogal. Pero no hay final si antes no ha habido un proemio. Les pido que me acompañen en mi viaje de rememoración. ¿Cuándo y cómo entré en el laberinto?

sábado, 27 de junio de 2009

Autorretrato





AUTORRETRATO

                 Ya hace tiempo que no tengo el favor de los
                  dioses y que alargo inútilmente mis años.
                                    Virgilio, Eneida, Libro II, v. 633.

He llegado, tras de no pocas adversidades,
a la edad madura de mi vida,
de modo que se hace preciso escribir
algunos versos que hablen de mí.
Cuando mis ojos despertaron a la luz,
era tiempo de edificios derruidos en Europa
y de guerras duramente perdidas en España.
Mi infancia es la memoria del agua,
varada en el Mar Menor y su ribera,
y de las aladas calles de la Ciudad del Aire,
secreta y lejana, improbable como el paraíso.
Fue mi juventud un destino itinerante,
soledad de ciudades apenas entrevistas,
de inviernos ateridos en tierra adentro,
de veranos largos y cálidos frente al mar.
Yo también, como casi todos, he vivido
algunas historias que me duele recordar.
Mas he conocido la plenitud del amor
que desbarata las sombras y la dicha
de haber amado intensamente y el gozo
de prolongar el amor en otras miradas
que pertenecen a otra edad, a otro tiempo,
a un incierto futuro que ya no será mío.
Ni me gusta el mundo en que vivo
ni el tiempo que me ha tocado vivir.
Con los años he ido perdiendo,
irremisiblemente, la fe en los demás.
Me gustaría escribir que soy libre y feliz,
pero me lo impide la agónica mirada
de los niños que se mueren de hambre.
En el fondo de mi corazón enajenado,
a despecho de la miseria y la injusticia,
aletea indeleble el vuelo de la esperanza.
La memoria sustenta siempre mi escritura
y la melancolía de los sueños imposibles,
desarbolados en el árido combate
contra la dureza altiva de la vida.
Lo que más me gusta es escribir
y leer lo que otros han escrito,
siempre que me resulte dulce y útil.
Es probable que también mi voluntad
sucumbiera en una noche de luna,
mas hace ya tiempo que perdí el favor
de los dioses y alargo, en vano, mis años.
Para cuando llegue el final del sueño,
que no tenga la luz color de cementerio
ni se estremezca el viento de la tarde,
que me lleven lentamente las sombras
y que naufrague mi voz, desmoronada y sola,
en el oscuro mar de la calma y el olvido.


Nota. Mi libro de escolaridad, “Estudios de Bachillerato. Libro de calificación escolar”, se abre el 30 de marzo de 1964 en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Isaac Peral” de Cartagena. Durante el curso 1963/1964 estudié el preparatorio en el colegio “Ruiz de Alda” de la Ciudad del Aire. Mi profesor, único para todas las materias, fue Don Eliseo. Con fecha 30 de mayo de 1964, esto es, sin haber cumplido aún los diez años, me examiné en el instituto de Cartagena “Isaac Peral”, por libre, en la prueba de “Ingreso en el Bachillerato Elemental” y obtuve la calificación de “Admitido (8)”, según reza en el libro de escolaridad con fecha 30 de mayo de 1964. La foto que acompaña este autorretrato es la que figura en la primera página de ese Libro de escolaridad. Cuando me la hicieron, me faltaban tres meses para cumplir diez años. Sobre el cabello, que acabé perdiendo, se advierten las huellas de la grapa que adjuntaba la foto al mencionado documento escolar.

jueves, 25 de junio de 2009

El perfil alertado de un hombre flaco: releer a Marsé



Se llega a un tiempo en que, sin darte cuenta de las razones que te llevan a ello, te sorprendes releyendo libros que leíste hace más de treinta años. Muchas veces nos preguntamos por qué leemos, qué es exactamente lo que buscamos en los libros, qué nos empuja a coger un nuevo libro apenas hemos terminado el anterior, por qué incluso leemos dos o más libros a la vez; sin embargo, habría que preguntarse, llegados a cierta edad, por qué releemos cuando es tanto lo que nos queda por leer. En fin, quizá sea un enigma indescifrable, pero lo cierto es que releemos. A veces, cuando releemos, buscamos nuevas ediciones del libro ya leído, o ediciones críticas con prólogo, o esa reedición en la que el autor ha revisado el texto y que suele llevar el marbete de “versión corregida y definitiva”.

Entre los autores cuyas obras suelo releer se encuentra Juan Marsé. Me asombra que la memoria sea tan desleal y traicionera y que de un libro que me entusiasmó en su momento, sólo queden retazos deshilvanados, a pesar de haber sido leído en su tiempo con atención y estoy por decir que con pasión. Por otra parte la traición de la memoria permite que el libro sea leído ahora como si lo fuera por vez primera. No salgo de mi asombro, qué gran escritor es Marsé y qué extraordinaria novela es Si te dicen que caí.

Releyéndola advertí una referencia oculta a un personaje a la que me quiero referir hoy en esta sección de mi blog a la que di el nombre de “notas a pie de página”. En una de las “aventis” en la cual Ramona le está contando su pasado a Java, sin que el lector pueda distinguir de la mano de la narración de Sarnita dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción, y al hablarle del asesinato del padre del alférez Conradito en la Carretera de la Rabasada en Barcelona, dice Ramona:

Dos meses después me vinieron a buscar unos hombres de las Patrullas de Control y me llevaron al hotel Falcón en coche, recuerdo que era primavera y había tiros y barricadas en las calles, se veían ventanas protegidas con sacos terreros y aspas de papel engomado en los cristales, y los hombres de mi tío iban preocupados y callados con sus fusiles y granadas, sus pañuelos rojos y negros anudados al cuello, eran muy jóvenes. En las Ramblas no se veía un alma. En el hotel, una miliciana con el gorrito ladeado sobre los rizos fue en busca de tío Artemi. Se oían risas y canciones de soldados, en el pavimento resonaban culatazos de fusiles y había mucho trajín de chicas recaudando fondos para el Socorro Rojo. Mi tío no estaba, había ido al Comité, que estaba más arriba, junto al café Moka. Fuimos y allí nos dijeron ha ido a hablar con el inglés en la azotea del edificio de enfrente, sobre el cine Poliorama, ¿ves la cúpula?, me dijeron, ¿ves al Paco que asoma la cabeza? Recuerdo el perfil alertado de un hombre flaco, con el fusil vertical rozándole la nariz, leyendo un libro. Mi tío apareció a su lado ofreciéndole una botella de cerveza y palmeando su espalda. Me enteré entonces del asalto a la Telefónica y me explicaron la situación: se temía un ataque a nuestros locales, había que defender el hotel. Ahora vendrá tu tío, me dijeron, pero le esperamos en vano, ellos decidieron volver al coche y poco después corríamos por una carretera de las afueras.




Ese hombre flaco de perfil alertado es George Orwell. Como es bien sabido, Orwell luchó en las milicias del POUM en los primeros meses de la Guerra Civil. Los sucesos de la novela de Marsé se refieren a los acontecimientos ocurridos en Barcelona en mayo de 1937, que no dejaron de ser una suerte de guerra civil interna del bando republicano, y que han pasado a la historia como “Los hechos de mayo del 37”. Orwell participó en ellos y lo contó en su libro Homenaje a Cataluña. Veamos cómo describe Eric Arthur Blair, de origen británico y nacido en la India en 1903, autor de Rebelión en la granja y 1984, esos sucesos:



Kopp me llevó al primer piso y me explicó la situación. Debíamos defender los edificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones en el sentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo. Justo enfrente había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y, en la parte más alta, muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño observatorio con dos cúpulas gemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos hombres apostados allí podían impedir cualquier ataque contra los edificios del POUM. Los encargados del cine eran miembros de la CNT y nos dejarían entrar y salir. (...) Pasé los tres días y noches siguientes en la azotea del Polioroma, con breves intervalos en los que me deslizaba hasta el hotel para comer. No corría ningún peligro, sufría solo hambre y aburrimiento y, no obstante, fue uno de los períodos más insoportables de mi vida. Creo que pocas experiencias podrían ser más asqueantes, más decepcionantes o, incluso, más exasperantes que esos días de guerra callejera. (...) Las calles soleadas continuaban desiertas. Lo único que ocurría era el raudal de balas que salían de las barricadas y las ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba un solo vehículo y, a lo largo de las Ramblas, los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores los habían abandonado al oír el primer disparo.
Los faieros de la novela de Marsé, que tratan de mantener viva la resistencia desde dentro de la España vencedora en la guerra, son vistos con innegable simpatía por el narrador o por los muchos narradores que tiene esta novela. En un pasaje para referirse a los “Hechos de mayo” y a la desaparición del hermano del Java, en cierto modo el personaje en torno al cual se centra la novela, el narrador utiliza la expresión “escabechina de los pañuelos rojos”, refiriéndose a la imposición que sobre los anarquistas llevaron a cabo los comunistas y el ejército republicano; estas son las palabras del narrador: 

Dicho por Java con palabras o gestos de la abuela: que un día del mes de junio del treinta y siete, cuando la escabechina de los pañuelos rojos estaba en marcha, su hermano desapareció del mapa y ahí quedó la foto y esa hoja del calendario acumulando polvo, y que la abuela no ha querido arrancar.

En ese contexto, me parece advertir en las palabras que han dado lugar a esta entrada cierto homenaje personal de Marsé a Orwell, a lo mejor es sólo una simple referencia, pero sabiendo de la simpatía de Marsé hacia los círculos anarquistas de los años treinta quizá no esté errado del todo.



Nota. Las fotos de Juan Marse y de George Orwell proceden de la red. La del antiguo cine, hoy teatro, Poliorama, en las Ramblas, también procede de una página de arquitectura de la ciudad. Las portadas de los libros de Marsé y Orwell también están tomadas de la red. Aunque me parece innecesario para lectores de cierta edad, el término "paco" al que se hace alusión en el texto de Marsé, nombra a los francotiradores que disparaban desde las casas y desde las azoteas. Es un nombre onomatopéyico, por recordar el "pac" seco de un fusil al dispararse.

domingo, 21 de junio de 2009

El juicio final


A José Miguel Ridao

- ¿Por qué me tengo que definir? No se me alcanza la razón por la que deba hacerlo.

- Sería más fácil para todos: sabríamos a qué atenernos.

- Sinceramente, esa no me parece una razón de peso; además, ¿en qué quiere que me defina, en política, en religión, en gustos literarios...?

- No sea esquivo, lo sabe de sobra.

- No me gusta el tono en que me habla, sobre antipático, me resulta insufriblemente autoritario.

- Modérese, no le hacen ningún favor las impertinencias.

- Empiezo a sentirme mal, el tono de su voz me recuerda al de un juez severo y adusto.

- ¿Qué tal si deja los rodeos y cumple con lo que se le ha pedido?

- Me niego a definirme, no quiero ser gratuitamente encasillado.

- Usted sabrá lo que se hace; pero le advierto que si persiste en su negativa, me veré forzado a mantenerle encerrado.

- Está bien, ya veo que está usted dispuesto a todo. ¿Le bastará si me defino en único aspecto?

- Eso depende.

- ¿De qué?

- Depende de qué aspecto se trate y de lo poco o mucho que concrete su definición.

- Está bien. Trataré de definirme en materia religiosa.

- Suya es la palabra.

- No soy creyente, no tengo fe; soy agnóstico, pero no ateo.

- ¿En qué tipo de Dios cree usted, pues?

- Lo ve, ya me está liando; que haya dicho que no soy ateo no le da derecho a afirmar que por ello tenga que creer en algún tipo de Dios.

- Le ruego que no sea ilógico o que maneje el lenguaje con más cuidado.

- Usted sólo sabe tenderme celadas.

- No me crea tan maquiavélico. Respóndame ¿cree en Dios o no cree?

- Reitero lo dicho: no tengo fe, soy agnóstico, pero no ateo.

- Si persiste en la confusión de conceptos no me quedará otro remedio que mantener su confinamiento.

- No me moveré un centímetro de la posición adoptada, así que usted decide.

- Lo siento, pero no me convence en absoluto su definición, así que daré orden de retenerlo hasta que se hayan aclarado y ordenado sus ideas.


Nota. La ilustración es de Hyeronymus Bosch "El Bosco" (1453-1516). Es la parte central del retablo titulado "El juicio final" y es de 1504. José Miguel Ridao mantiene el estupendo blog "Por estos andurriales", puede visitarse desde mis "enlaces". En cierto modo esta entrada nace de un encendido y polémico debate mantenido en su blog a raíz de una entrada suya titulada "Celíaquia y Comunión".

sábado, 20 de junio de 2009

De blog a blog: Maya Goded


Navegar por el mundo de los blogs, por utilizar la consabida metáfora náutica, sobre sorpresas, aporta conocimiento y descubrimientos inesperados. ¿Será esta una de las funciones del blog? No lo sé, pero me ha llamado poderosamente la atención esta soberbia e inquietante fotografía que he visto en el cuaderno, al que tantas veces me he referido aquí, de Antón Castro. Entro en google para buscar información acerca de la autora de la foto y encuentro esto:

Maya Goded

Maya Goded Colichio nació en México en 1970.

Empezó a fotografiar con 15 años. En 1993 editó su primer libro Tierra Negra que trata de la comunidad negra en Oaxaca, México. Con su ultimo trabajo Sexo–Servidoras recibió el prestigioso premio "W. Eugene Smith Fund Award“. Este trabajo lo desarrolló durante cinco años y trata de las prostitutas del barrio de La Merced en México. Con él, Goded realizó un profundo análisis en torno a la mujer: la desigualdad, la transgresion, el cuerpo y el sexo, la maternidad, la infancia, la vejez, las creencias, y lo que es ser amada o no.

Su trabajo ha sido expuesto en muchas galerías y museos del mundo tanto en exposiciones individuales como en grupo. También ha sido publicado en medios de muchos países.

Goded entró en la agencia Magnum como nominee en el año 2000.

viernes, 19 de junio de 2009

Seis meses de blog



Amanece nublado sobre mi ciudad. Un insoportable bochorno hace pesado el aire, casi irrespirable. La ropa se pega al cuerpo, empapada de sudor. Antes de salir de casa , he conocido la noticia: otra bomba más, otra vida segada. De nuevo la barbarie, la muerte injusta, el sinsentido, la violencia ciega e inútil. Mientras me dirijo al trabajo pienso en Vicente Ferrer, fallecido ayer, y en su labor y se me da por comparar lo que hacen unos y lo que hacen otros: hay quien defiende la vida, la generosidad, la alegría, la entrega a los demás, la solidaridad con los desheredados de la tierra, la abnegación, los ideales más dignos y más decentes; otros sólo saben sembrar el dolor más innoble, embestir en vez de pensar, destruir, amedrentar, condenar y ejecutar en nombre de no se sabe bien qué. Comienza a chispear cuando salgo del metro. Cierro las páginas de Si te dicen que caí, me pierdo en un laberinto de callejuelas y llego al trabajo. Ni un solo comentario ni de una ni de otra noticia, tan solo gritos, pelotazos, exámenes a destiempo.

Se trastocan mis planes de escritura. En esta entrada quería hablar de los números redondos, de las fechas conmemorativas, de los visitantes que se asoman a las páginas volanderas y virtuales de este blog, como rezaba el subtítulo que antes llevaba. Seis meses han pasado desde que colgué la primera entrada. Mil personas se han asomado a ver mi perfil, seguramente para saber quién soy, como si eso se pudiera saber a través de una simple nota biográfica, y siete mil lo han visitado y tal vez hasta hayan leído el texto de alguna de las entradas. ¡Qué sensación rara esta de escribir en el blog! Nunca sabes quién te lee, quién curiosea simplemente, quién trata de inmiscuirse en forma de spyware (como avisa el antivirus con una significativa imagen de una cabeza con gafas de sol y pinta de espía) cuando abres el acceso para dejar alguna nueva entrada. La mayoría de las veces la pregunta que te asalta es la de “¿hay alguien ahí?”. Otras ni eso, escribes porque te apetece hacerlo, sin más. Agradeces que los asiduos al blog, ya amigos, te dejen comentarios. ¿Por qué sigo escribiendo en el blog? Hoy, precisamente hoy, no tengo respuesta para esta pregunta.










Nota. La foto del atentado es de abc.es y la de Vicente Ferrer de lasprovincias.es

miércoles, 17 de junio de 2009

El deterioro


- Al cumplir determinada edad, cobras conciencia de que los signos de deterioro son cada vez más visibles y de que el tiempo no soluciona el problema, antes bien lo agrava.

- El deterioro es una consecuencia inevitable del transcurrir de los años y hay que asumirlo porque forma parte del vivir, salvo que queramos desnaturalizar esto que llamamos vida.

- Desde luego, claro que es necesario aceptarlo y yo lo acepto, pero lo que me aterra es ver en los que te preceden, sobre todo en los padres, sus efectos demoledores.

- También eso es un hecho natural. El sucederse de la generaciones nos enseña que los que van delante nos muestran el camino, así como nosotros se lo mostramos a quienes nos suceden.

- Le tengo miedo a dos cosas: a no poderme valer por mí mismo y al dolor.

- Me recuerdas a aquel personaje de Max que decía que los hombres tememos más al dolor que a la muerte.

- Pero yo no te hablaba de la muerte, sino de su antesala.

- De acuerdo, pero están inexorablemente unidos: el deterioro se manifiesta en la vejez, lleva aparejado el dolor y es el preludio de la muerte, del final.

- Luego, según tú, es la cercanía de la muerte lo que me causa miedo.

- No tengo la menor duda.

- ¿Y por qué le temo tanto a la muerte?

- Porque aquella fe antigua e ingenua de los años de la niñez y la adolescencia se ha ido disolviendo lentamente en la nada.

- Así que no hay asidero ni tabla de salvación posible.

- Contra la muerte, no.

- Pero queda lo que hemos hecho y nuestro recuerdo en los demás.

- Tan efímero lo uno como lo otro, lo mismo que una pompa de jabón en el vacío.

- Entonces no hay más remedio que asumir que la muerte es el colofón final de todo.

- ¿Ha vuelto alguien de la muerte?

- Jesús.

- Eso es dogma de fe, no verdad científica.

- Me cuesta mirarlo así.

- Quizá sea esa esperanza íntima y secreta a la que te aferras la que te lo impide.

- Tal vez.

Nota. Inauguro hoy esta nueva sección, o subgénero, al que doy el nombre de dialogismos. Esto es lo que al respecto de este término escribe Demetrio Estébanez Calderón: “Figura retórica consistente en la enunciación, por parte del hablante, de un pensamiento o reflexión interior expuestos en forma de diálogo consigo mismo (...) Los términos dialogismos y polifonía han sido utilizados por M. Batjin en sus estudios sobre Rabelais y Dostoievsky, para aludir a la mezcla de voces y diversos tipos socioculturales de discurso que conviven y se interfieren en una obra literaria. Los fenómenos de desdoblamiento, convergencia o diferencias entre las voces del autor, narradores y personajes presentes en un relato confieren ese carácter polifónico y dialógico al texto literario que, como hecho de lengua, constituye una opinión pluridiscursiva sobre el mundo (M. Batjin, 1978)". ESTÉBANEZ CALDERÓN, Demetrio, Diccionario de términos literarios, Col. Alianza Diccionarios, Alianza Editorial, Madrid, 1996, 1134 pp. ISBN 84-206-5251-2. Cita de las págs. 284-285.

lunes, 15 de junio de 2009

Ciudad del Aire



CIUDAD DEL AIRE

Mi infancia es la memoria
de un mar de agua tibia,
salado, menor, azul, surcado
de balandros y poblado
de balnearios; horizonte limitado
de mis sueños infantiles.

Mi infancia es también la luz
y el perfume de los jazmines,
intenso como fragancia arrebatada,
y una casa grande y luminosa,
rodeada de jardín, con un huerto,
un pozo seco y una palmera;
una casa en la calle Cuatro Vientos
de un pueblo leve, paradisíaco,
que no aparecía en los mapas,
territorio indeleble de mi niñez,
Ciudad del Aire.

Mi infancia es un mundo de silencios,
y de verdades en voz baja,
que mi padre imponía severo
y nosotros acatábamos sumisos,
en la obediencia que dictaba
un entorno hostil, autoritario,
que dominaba las conciencias
y ponía plomo en las alas
del pensamiento libre.
No pude saber entonces
en qué bando hizo mi padre la guerra,
porque nunca de eso hablaba;
era como si se hubiese impuesto
el deber de mantenernos
ignorantes de todo aquello:
el hambre, las calamidades,
la miseria por todas partes,
los pelotones de fusilamiento,
la luz cautiva de las cárceles,
la nostalgia inútil del destierro.

Mi infancia es la ternura de mi madre
prodigada en caricias y desvelos.
Mi madre, joven y hermosa,
con una vitalidad contagiosa,
aunque algunas tardes de otoño
se dejara ganar por la morriña
de su tierra brumosa y marinera;
la recuerdo siempre cantando:
cuando pienso que te fuiste
negra sombra que me asombras…
si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras.

Mi infancia es el sueño de Jacob,
la confusión de la torre de Babel,
la historia de Tobías y el ángel.
Es también el miércoles de ceniza,
cuando un cura sombrío dibujaba
en las frentes infantiles, memento mori,
una cruz de ceniza con el dedo,
imborrable como un estigma.
Viernes de cuaresma y penitencia,
años de confesiones tenebrosas.
Pero también el venid y vamos todos,
entonado en las tardes de mayo,
con flores a María que madre nuestra es.

Mi infancia es el himno nacional
cantado todas las mañanas mientras
la bandera era izada en el mástil
frente a la puerta del colegio;
gloria a la patria que supo seguir
y nosotros firmes con la cartera
en la mano y el pelo peinado
con colonia, por el azul del mar,
los pantalones cortos, los calcetines
altos, y el caminar del sol.
Después, monotonía de lluvia
tras los cristales de la clase.
Un maestro enjuto, de duro trato,
soberbio y despótico nos atemorizaba
con problemas matemáticos,
las comarcas leonesas o las ciudades
navarras: Estella, Tafalla, Olite
Corella y Cascante; el crimen de Caín
y el desamparo de Abel, los mártires
de la cruzada española, los verbos
irregulares y las bienaventuranzas.
El colegio era el temor y el castigo,
pero también los partidos de fútbol
del recreo, Ciudad contra Ribera,
confusión de balones y jugadores,
algarabía de voces infantiles
que se llevó el tiempo hacia
el mundo sombrío de los adultos.

Mi infancia es la noche de reyes,
un desvelo ilusionado de fuertes
y vaqueros, de indios sometidos
a la marginación en sus reservas,
de incipiente capitalismo de palé,
de garajes, balones y del inevitable
misal que nunca pedíamos y siempre
nos traían, para que veáis qué buenos
son los reyes, decía mi madre.

Mi infancia es el juego solitario,
aquella tendencia mía al aislamiento,
encerrado a solas con mis juguetes,
como quien no necesita a nadie,
mundo propio hecho de silencios;
te has fijado, decía mi padre
a mi madre, en que este niño
está siempre triste y ausente.

Mi infancia es una música
aprendida en la guitarra
que le regalaron a mi hermano,
arpegios de mis dedos menudos,
banales melodías populares.
Después de tantas cosas, fue la mía
una infancia feliz y compartida
y nada pudieron contra ella los fantasmas
y los miedos con que algunos
quisieron limitar mis sueños
y ensombrecer la luz de mi alegría.

Mi infancia es una esperanza postergada
que se oculta en el fondo de mis días,
como tantas ilusiones que navegan
en las aguas turbulentas de los años.



Nota. Las fotos de la Ciudad del Aire están tomadas hace ya algunos años, en el verano de 2004. Sigo fotografiando estos lugares, inexplicablemente en declive, en los que viví los mejores años de mi infancia.

jueves, 11 de junio de 2009

Un alma siempre en borrador




Lo difícil es acabar, dar algo por cerrado, despedirse, decirse adiós. Cada año que pasa Leonardo está más cansado y le cuesta más encontrar las frases con las que terminar el curso. No es fácil, es una de las tareas que más se le resisten. El azar quiso que, releyendo a su admirado Juan de Mairena, ese peculiar profesor de retórica tan amigo de don Antonio Machado, encontrase un texto que, paradójicamente, podría servirle para la ocasión. Mairena lo dice en el inicio de sus clases, pero Leonardo piensa que es bueno para ser leído durante los cinco últimos minutos del curso, cuando las clases se acaban y no volverán a empezar hasta septiembre. A Leonardo le gusta porque las palabras de Mairena ponen patas arriba aquella máxima terrible que trataron de inculcarle en su niñez: "La caridad bien entendida empieza por uno mismo". Mairena no enseña a tener seguridad, sino a desconfiar de uno mismo y esa es la paradoja que a contramano se acerca a la verdad: la duda metódica, desconfiar de todo, planteárselo todo, analizarlo todo. Como siempre, la lectura, en silencio sepulcral de respeto hacia el poeta amigo de Mairena, desconcierta una vez más a los muchachos, que ya solo piensan en las vacaciones y en ir a la playa. Tomó Leonardo el libro y leyó:

"Pláceme poneros un poco en guardia contra mí mismo. De buena fe os digo cuanto me parece que puede ser más fecundo en vuestras almas, juzgando por aquello que a mi parecer, fue fecundo en la mía. Pero ésta es una norma expuesta a múltiples yerros. Si la empleo es por no haber encontrado otra mejor. Yo os pido un poco de amistad y ese mínimo de respeto que hace posible la convivencia entre personas durante algunas horas. Pero no me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que os digo y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra. No es fácil que pueda yo enseñaros a hablar, ni a escribir, ni a pensar correctamente, porque yo soy la incorrección misma, un alma siempre en borrador, llena de tachones, de vacilaciones y de arrepentimientos. Llevo conmigo un diablo -no el demonio de Sócrates-, sino un diablejo que me tacha a veces lo que escribo, para escribir encima lo contrario de lo tachado; que a veces habla por mí y otras yo por él, cuando no hablamos los dos a la par, para decir en coro cosas distintas. ¡Un verdadero lío! Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos."



Al terminar la lectura, Leonardo dio la clase y el curso por acabados. Dos alumnos levantaron la mano para preguntar. Leonardo los miró con cara de sorpresa y les dio la palabra. "¿Cuándo son los exámenes de recuperación?", preguntaron casi a coro. Leonardo los miró detenidamente, muy serio, durante unos instantes y sembró después el desconcierto con su respuesta: "Ya están ustedes recuperados, pueden ir en paz."


Nota. La cita del Juan de Mairena, de Antonio Machado, procede de la edición que José María Valverde hizo del texto para la Editorial Castalia hace ya algunos años. La foto de las aulas vacías está tomada de la red.

miércoles, 10 de junio de 2009

Recuérdalo tú, Salamanca



SALAMANCA

Recuérdalo tú, Salamanca,
que tantas veces lo soñaste
enredado en el laberinto
impredecible de tus calles,
siempre en actitud de búsqueda,
como náufrago entre la niebla.
Dile que lo supiste siempre,
que nunca ignoraste el misterio
que nos aguarda tras la muerte.
Memoria eterna de su nombre
quiso dejar entre tu gente,
que nunca sepa, Salamanca,
que fuiste tú quien lo amparaste
y protegiste de las sombras
que sin descanso lo acechaban.
Recuérdalo tú, Salamanca,
y no lo despiertes del sueño
de su muerte vivificada.


Nota. La foto la tomé en Salamanca en abril de 2005.

domingo, 7 de junio de 2009

Obstinado silencio



Aquella tarde, cuando apenas hacía una semana que se había instalado en el piso, escuchó por primera vez las notas desafinadas del piano. Se imaginó por un instante las manos temblorosas y lentas que las arrancaban de un instrumento seguramente viejo y destartalado. Flotaban un instante, antes de desaparecer, en el ámbito en penumbra del patio interior, cuya bóveda encristalada desdibujada el tímido fulgor de lejanas e imprecisas estrellas.

Supo, tiempo después, que su vecina, de cuyo piso procedía la música, era una anciana que vivía sola y había cumplido los noventa. Su hija, azacaneada por las prisas y el estrés, la visitaba a diario hasta que llegó el momento en que hubo de ponerle una cuidadora, que se instaló a vivir con la vieja porque ésta ya no podía cuidarse por sí misma. Fue entonces cuando empezaron los gritos, los llantos, las despertadas a medianoche, las riñas en voz alta de la cuidadora porque la vieja la despertaba a horas intempestivas por las cosas más nimias: que si un vaso de agua, que si he oído a alguien, que si he visto una sombra; él lo escuchaba todo a través de los finos tabiques que separaban su casa de la de su vecina.

El piano dejó de sonar. Ya no hubo más música, sólo voces destempladas excepto cuando venía la hija de visita, en que todo se volvía parabienes y forzada simpatía. Un día la vieja se cayó y se rompió la cadera. Estuvo ausente casi cuatro meses. Mientras tanto la familia de la cuidadora, con su insoportable música de salsa todo el día sonando a todo volumen, se había instalado a sus anchas en el piso. Pero la vieja volvió, en silla de ruedas y con agudísimos dolores, pero volvió, extraviada en el laberinto de sus terrores, con su demencia senil y sus desvaríos, pero volvió.

Últimamente ya ni la misa de la televisión los domingos por la mañana le ponían, a ella que era tan creyente. Los dolores la martirizaban y los gritos irrumpían en plena noche y despertaban a los vecinos, él incluido, pero la familia no se enteraba de nada; la agonía de la vieja la sufrían los demás, su miedo a la muerte se resolvía en desgarradores gritos que ninguno de los suyos escuchaba, sólo la cuidadora y los vecinos.

Al volver de un fin de semana, se encontró el silencio, un denso y obstinado silencio. La vieja había fallecido, según rezaba un cartel colgado en el ascensor, aquel sábado por la noche. Desapareció la familia de la cuidadora con sus ruidos y su salsa. La noche recuperó el sosiego y el silencio. La muerte, al final, era eso: un denso y obstinado silencio. Solo silencio, nada más que silencio.