lunes, 4 de abril de 2011

Coser y cantar: Salvador Monsalud y las artes / 1



Es sobradamente conocido que Salvador Monsalud es uno de los protagonistas creados por Galdós para la “Segunda serie” de sus Episodios Nacionales. Se trata de un personaje en el cual dejó mucho de sí mismo don Benito. En una de las novelas de esa serie, El Grande Oriente, de junio de 1876, nos habla el gran novelista de las inquietudes artísticas de su criatura de ficción. Lo hace, como siempre, con tanta ironía como gracia. Vamos con la primera de esas aficiones, la música, y dejemos para una entrada posterior las aficiones literarias del bueno de Monsalud, partidario de una España liberal y progresista frente a Carlos Navarro, el antagonista de la serie, tradicionalista, monárquico y apostólico.

Salvador tenía pasión por la música. Al establecerse en Madrid el año 18, creía, en su candor (pues su alma era en el fondo excesivamente candorosa), que aquel arte estaba al alcance de todo el mundo. Ignoraba las inmensas dificultades técnicas, jamás vencidas después de la infancia, que caracterizan el arte más amable y más profundamente patético en la vaguedad soñadora de su expresión. Con estas ideas, Monsalud compró un piano. Creía que en el clave todo es, como vulgarmente se dice, coser y cantar. El desengaño vino al instante, y el pobre joven se encorvaba con desesperación sobre el ingrato instrumento, y sus dedos de hierro herían las teclas sin poder hacerles hablar más que un lenguaje discorde y estrepitoso. Al mismo tiempo trataba de explorar el mundo de aritmética y de armonía comprendido en las cinco rayas de la cábala musical, y su mente caía rendida ante un trabajo que exige paciencia sinfín y árida práctica. Un día le sobrevino un arranque de ira durante los estudios musicales, que asemejaban su casa a un conservatorio de locos, y tomando un martillo, dijo a las teclas:

- ¿No queréis responderme? Pues tocad ahora.

Y las despedazó. La caja no tuvo mejor suerte, y una vez vacía, la llenó de legajos. El clave sufrió la suerte de los hombres que a cierta edad se vacían de ilusiones y se llenan de positivismo.

Leyendo estas luminosas palabras de Galdós, se me da por pensar en cuantas veces las circunstancias y los azares de la vida han obligado a tantos Monsaludes a enterrar el artista que creían llevar dentro y a dedicarse, a salvo de los cantos de sirena, a las labores prosaicas que finalmente son las que dan de comer y facilitan eso tan manido que se llama sustento material. En fin... 

jueves, 31 de marzo de 2011

Silencio roto


Un programa de la televisión autonómica catalana me devuelve al horror. Las imágenes me hacen revivir la indignación y el dolor sentidos aquella tarde del 29 de mayo de 1991, cuando un coche bomba de ETA sembró la desolación y la muerte en una casa cuartel de la Guardia Civil en Vic. Diez muertos, entre ellos cinco jóvenes de diecisiete, catorce, once, diez y ocho años de edad respectivamente, un matrimonio, treinta años él, veintiuno ella, una persona anciana, un hombre en la edad madura y más de cuarenta heridos. Ese fue el resultado de la acción de unos descerebrados cuya violencia ciega, criminal, absurda y sin sentido tantas veces ha tratado de romper, sin conseguirlo, la convivencia pacífica y democrática en España.

El programa me deja un regusto amargo. La respuesta de entonces fue tibia, cicatera: ni una manifestación de condena a ETA por aquel salvaje atentado, ni una placa en recuerdo de las víctimas hasta dieciocho años después. Triste, muy triste.

Aquel 29 de mayo de hace ahora veinte años era miércoles. El atentado fue a media tarde. Se supo enseguida. La rabia y el dolor fueron los mismos que los de otras veces, fatalmente. La misma que sentí el 19 de junio de 1987 después del atentado de Hipercor. La que sentiría después ante el miserable asesinato de Francisco Tomás y Valiente o el de Fernando Múgica, o el de Ernest Lluch, o el de los dos sudamericanos muertos en el atentado de la T4 de Barajas o el reciente de Isaías Carrasco, el 7 de marzo de 2008; en fin, la que muchos hemos sentido ante la sangre  derramada, ante tanta destrucción y tanto dolor a lo largo de demasidos años.

Me traiciona la memoria y ahora no sé recordar si la concentración en la Plaza de Sant Jaume fue esa misma tarde o al día siguiente. Tampoco alcanzo a discernir si fueron los Sindicatos los que convocaron. Lo que sí recuerdo nítidamente es el silencio áspero que había aquella tarde en la plaza. Era un silencio que escondía un grito de protesta. Un silencio contenido que refrenaba el insulto. Una manifestación asombrosa del dolor. Creo, aunque tampoco puedo asegurarlo, que se guardaban cinco minutos de silencio. Lo que sí recuerdo es que, transcurrido el tiempo, desde un rincón de la plaza una voz ronca, muy masculina, gritó: “¡Viva la Guardia Civil!” La respuesta fue unánime. Se oyó en la Plaza un “¡Viva!” sonoro, sincero, solidario, fraternal, de corazón. Mi voz estaba entre aquellas voces. Y grité fuerte y alto mi dolor y mi repulsa. Nunca lo olvidaré.


miércoles, 23 de marzo de 2011

Leve como los pájaros








Leve como los pájaros

Una palabra, Señor,
una sola y de luz
arderá la mañana.

Un gesto imperceptible
que avive la esperanza,
y desbarate, Señor,
incertidumbres y tinieblas.

Una señal al menos,
leve como los pájaros,
fugaz como la espuma.

viernes, 18 de marzo de 2011

Josefina Aldecoa, En la distancia



Acaba de fallecer Josefina Aldecoa. Mantuve con ella, desde que la conocí a mediados de los noventa, una relación epistolar centrada en los temas literarios; varias de sus cartas me las remitió desde Las Magnolias. Intercambiamos lecturas y opiniones sobre nuestros respectivos libros, las suyas muy generosas para con lo mío, lo que quiero agradecerle aquí, como hice en su día. Escribí varios artículos sobre su obra y varias reseñas de sus libros según iban apareciendo. He releído estas últimas y he decidido incluir la de su libro de memorias En la distancia, que en su día  me pidió la revista Quimera, como personal homenaje.


VIDA CUMPLIDA

En la distancia es un libro de memorias narrado como si fuera una novela -“toda novela es una autobiografía y toda autobiografía es una novela”, dice la autora-, la novela de una vida cumplida, escrita desde la serenidad de una madurez espléndida. El libro resulta ser una indagación en el pasado y sus páginas destilan una serena melancolía, la que produce el paso de los años, entreverada con el aroma de la felicidad irrepetible.



La nostalgia impregna la evocación de la infancia, esos “primeros años que deciden para siempre lo que vamos a ser”: el paisaje de La Robla, el color rojizo de los árboles en otoño, los baños en el río en verano, las primeras lecturas, el frío, la casa de los abuelos, territorio perdido de la niñez. El entorno familiar, liberal y republicano, y la madre, maestra en la línea del institucionismo, contribuyen decisivamente en la formación de aspectos básicos de la personalidad de la escritora: la pedagogía, la política, la cultura. La familia se traslada a León en 1936. La guerra, “algo terrible, oscuro y negativo”, los fusilamientos, la violencia, las persecuciones, marcaron “un punto de imposible retorno, el final de la infancia.” Sin embargo, rememorada en la distancia, la autora reconoce que tuvo “una infancia feliz, protegida, cuidada y serena.”


En la posguerra, cuando “una inmensa cortina gris lo envolvía todo”, el mundo de los libros y la pasión por la lectura, supusieron “un estímulo decisivo” para seguir adelante. En 1943 entra en contacto con los poetas Victoriano Crémer y Eugenio de Nora, y a través de ellos con la “España del exilio interior, de la inteligencia y de la cultura.” En 1944 se traslada a Madrid y cursa estudios en la facultad de Filosofía y Letras. Conoce a Rafael Sánchez Ferlosio, a Alfonso Sastre, a Jesús Fernández Santos, a Medardo Fraile y algún tiempo después a Carmen Martín Gaite y a Ignacio Aldecoa; todos ellos miembros de la generación del cincuenta. Una estancia en Londres, primer contacto con Europa, le hace darse cuenta de que “la libertad estaba allí, existía.” Al volver, la tesis doctoral, en el ámbito de la pedagogía, El arte del niño. Después entró en su vida Ignacio Aldecoa y entabló con él “un diálogo, una discusión interminable.” Muy hermosas páginas dedica la autora a la evocación de los años de vida en común con uno de los grandes escritores del siglo XX español.


Se casaron en marzo de 1952 y su casa fue pronto la casa de sus amigos, a todos los evoca nostálgicamente ligados a un pasado lejano y ya irrecuperable: “éramos jóvenes, teníamos tiempo libre, soñábamos con paraísos lejanos, necesitábamos angustiosamente la libertad.” Fue un tiempo de amor y de amistad, de viajes, de descubrimientos, de lectura, de escritura, de vida intensa, la de quienes se declaraban “partidarios de la felicidad.” La maternidad: Susana, 1954; ese mismo año, Ignacio finalista del Planeta con El fulgor y la sangre. Viajes: Ibiza, “la libertad” y su huella literaria en la novela Porque éramos jóvenes; Nueva York, Ángel del Río, Francisco García Lorca, Francisco Ayala, “la cultura perdida, el mundo desconocido y mitificado de los españoles del exilio”; la visita a un país comunista, Polonia, que les dejó ”una sombra de duda sobre un sistema con el que nunca se habían identificado”; la estancia de Ignacio en La Graciosa, Canarias, reflejada en Parte de una historia.

En 1959 la autora funda lo que luego será el colegio Estilo, al principio Jardín-Escuela. Aunque nunca fue maestra, para Josefina Aldecoa “educar es lo más importante, lo básico” y la educación tiene que ver con “una actitud ante la vida, una filosofía de la existencia”; la educación debe desarrollar “el sentido crítico y analítico” del niño desde edades tempranas. Esa dedicación pedagógica la combina con la creación literaria y así, en 1961, publica su primer libro de cuentos A ninguna parte, que acaba de ser reeditado por la editorial Menoscuarto, en colección dirigida por Fernando Valls. Dos cuentos del libro fueron incluidos por la autora, en 2000, en Fiebre.

El 15 de noviembre de 1969 era sábado. En casa de Dominguín, donde otras veces habían coincidido con Semprún, Javier Pradera o Juan Benet, Ignacio Aldecoa se sintió mal y fue el final, el mazazo que rompió, inesperadamente, la vida de la autora. La muerte de su marido gravita en el libro como un peso insoportable, a pesar de la aceptación estoica del hecho de la muerte: “el drama eterno del hombre es nacer para morir, y he aceptado la muerte.” Cuando murió su marido, nos dice, apartó de su vida todo proyecto literario y sólo permaneció fiel a la lectura.

La autora va dando breves pinceladas históricas para enmarcar temporalmente el relato. Lúcida y nostálgica es la reflexión tras la muerte de Franco: “Me di cuenta de que estaba a punto de cumplir cincuenta años. Los cuarenta años de dictadura cayeron sobre mí como una losa. Demasiado tarde para los que éramos niños en 1936.”


La publicación, en el final de la década de los setenta de dos antologías de cuentos: una de su marido y otra titulada Los niños de la guerra, que contiene relatos relacionados con la guerra civil de los escritores de su generación, sirvió para que Josefina R. Aldecoa volviera al panorama literario y lo hiciera defendiendo a su generación de los calificativos despectivos de “literatura de la berza” y reivindicando una literatura que hay que entender, dice, en las condiciones históricas en que se produjo. Pone de manifiesto, refiriéndose a la obra de su marido, la solidaridad con los desheredados y los humildes, con las personas necesitadas, que fueron el objeto literario de muchos de sus cuentos.


Tras esos trabajos, la creación literaria llama nuevamente a su puerta. Así, en la década de los ochenta, escribe -sumergida en la soledad y la paz de la casa de Las Magnolias, en Cantabria- y publica tres novelas La enredadera, en 1983, Porque éramos jóvenes, en 1986 y El vergel, en 1988. La autora habla así de ellas: “Mis novelas de los ochenta tienen un común denominador. En ellas trato de descubrir los móviles de las conductas. Los errores que cometemos los seres humanos en busca de la felicidad. En ellas queda patente mi filosofía de la existencia.”



En 1990 publicó Historia de una maestra, su mayor éxito literario. “La escribí con la intención de recuperar la memoria de los años de juventud de mi madre y los de mi infancia.” A ella le siguieron Mujeres de negro y La fuerza del destino. La autora la llama “trilogía de la memoria” y considera esas obras como un ejercicio de sinceridad. La memoria será una de las constantes de su narrativa, porque “no se puede pactar con el olvido”; es necesario, dice, “dejar testimonio a los que vienen después, de la verdadera, profunda, humana historia de España.” Su última entrega novelesca es, hasta la fecha, El enigma, 2002.


Las últimas páginas, hermosas y melancólicas reflexiones sobre el paso del tiempo, constituyen un resumen lúcido de lo que este libro significa: “En este libro hay una buena parte de mi vida hecha, deshecha, reconstruida, como un gran puzzle. Irremediablemente faltan piezas, fragmentos. Hay espacios vacíos. Estoy segura de que algunos de ellos encierra en su oquedad un recuerdo intolerable que he tachado sin saberlo, que no merece el precio del recuerdo.”

miércoles, 9 de marzo de 2011

Pequeños grandes aciertos: Un padre de película, de Antonio Skármeta



Hace algunos años, influenciado por las malas críticas que se le dispensaron, postergué la lectura de El baile de la victoria. Presentando El cartero de Neruda, que sugerí como lectura en un club de lectores al que había sido invitado, me vi en la obligación de hablar sobre el autor y el resto de su obra. ¿Me creerán si les digo que reconocí no haber leído esa obra por la mala recepción de que fue objeto en los suplementos literarios de los más importantes periódicos? Hablé muy bien del autor, a pesar de que ese alter ego que es el narrador de la novela sobre Neruda diga que era “un flojo rematado” y que mientras en un lapso de tiempo Vargas Llosa había escrito seis o siete obras maestras de considerable extensión, él apenas había podido rematar una novelita de algo más de cien páginas. Me dije, al terminar aquel encuentro que debía reanudarse una semana después, que tenía que leer esa obra y subsanar el no haber sabido capaz de decir nada sobre ella. La compré en una librería de lance y en tres tardes la leí. Estaba equivocado. Era una buena novela. Quizá no fuera una obra maestra, pero era una obra de mérito. Cuando volví, una semana después, reconocí ante los lectores del club que estaba equivocado y que la crítica fue injusta con esa novela. Los palos que le dieron eran del todo inmerecidos. Tal vez no fuera comparable a La Fiesta del Chivo, por seguir con Vargas Llosa como ejemplo, pero era una buena novela. Hace unos días vi en la televisión la versión cinematográfica que hizo Fernando Trueba. Me bastó. Tenía razón. La crítica se equivocó con esa obra.


Ahora leo esta novelita, o cuento largo, quizá, en la línea de otros aciertos suyos en la distancia media, como No pasó nada, y corroboro la maestría de Skármeta en este tipo de narraciones breves. A medio camino entre sus novelas extensas, como la arriba mencionada o La boda del poeta y La chica del trombón, y las novelas cortas tipo El cartero de Neruda, es este un relato bien construido, bien contado y que mantiene el pulso y la atención del lector desde el principio hasta el final. Naturalmente, tratándose de un relato tan breve, no cometeré más imprudencia que la de recomendársela al lector para que la disfrute como lo hice yo hace unos días. El joven profesor que lleva la voz narradora y que ejerce en un pueblo perdido del sur de Chile en los primeros años sesenta, responde así cuando un muchacho de unos catorce o quince años, Gutiérrez, le pregunta, desde su hastío, en qué se diferencia él de una vaca: “En que tú sabes lo que quieres y tienes conciencia de ti mismo. La vaca es vaca todo el tiempo. No tiene ni siquiera conciencia de que es vaca. Es totalmente vaca. En cambio, a ti la conciencia te hace libre.”

miércoles, 2 de marzo de 2011

El mundo de los sentidos



"La espiritualidad renacentista supo armonizar muy bien las ideas paganas con el cristianismo. A esa nueva filosofía se le dio el nombre, algo confuso, de neoplatonismo. Se trataba, una vez más, de explicar el mundo y la vida. ¿Quién de entre ustedes no ha sentido algo especial al contemplar el cielo estrellado en una noche de verano? ¿Quién, en ese momento mágico, no ha notado que le recorría los adentros un anhelo de plenitud, un ansia de eternidad? Copien estos versos que voy a escribir en la pizarra," dijo Leonardo mientras se giraba hacia el encerado y con su letra menuda y su peculiar caligrafía se disponía a escribir:

Cuando contemplo el cielo,
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte, y digo al fin con voz doliente:

"Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?

"Esa morada de grandeza y ese templo de claridad y hermosura, que el poeta sitúa en lo alto, en el cielo, háganse a la idea de que se corresponde con lo que Platón llamaba el mundo de las ideas, donde todo es eterno e inmutable y de donde procede el alma, que tiene, pues, origen divino. Sin embargo, vive encerrada en la cárcel del cuerpo, que es efímero, caduco, transitorio, y pertenece al mundo de los sentidos, donde nada permanece y todo pasa. El alma, pues, anhela y añora su origen divino y se siente desterrada en eso que el poeta llama suelo oscuro. Ello provoca ese ansia y hace que la voz doliente de Fray Luis de León se queje en estos espléndidos versos que acaban de copiar."
De repente, desde el fondo del aula alguien levantó el brazo para pedir la palabra. Leonardo se la concedió y la alumna dijo: "Lo siento pero no me creo esa diferenciación que hace usted entre mundo de las ideas y de los sentidos, como tampoco creo que exista el alma ni que sea eterna, nada lo es en nosotros. Para mí no hay más vida que la terrenal y cuando se acaba, se acabó todo."
Al terminar, Leonardo preguntó al resto de la clase si estaban de acuerdo con lo que su compañera había dicho. El silencio fue la única respuesta, así que Leonardo se quedó mirando a la alumna y le dijo: "¿Y cómo y por qué está usted tan segura de lo que dice?" A continuación y sin esperar respuesta, como si hubiera sido la suya una pregunta retórica, dio la clase por terminada.

domingo, 27 de febrero de 2011

El camino de la felicidad



Estando tan cerca del camino de la felicidad, tras haber conocido a Paula al azar de una noche que todo lo cambia porque él no sabe nada de nada, Dionisio se deja arrastrar, como el cordero que inerme es llevado al sacrificio, hacia el camino de la ñoñería y la hiperclorhidria. Por eso esta obra de Miguel Mihura es, en certeras palabras de Fernando Valls, “una de las más pesimistas, tristes y sutilmente críticas de la historia del teatro español.” Como muy bien dejó dicho Francisco Ruiz Ramón, Tres sombreros de copa ilustra el tema de la libertad imposible, de la alienación del individuo:

En esa habitación y durante una noche se enfrentan ambos mundos y nace y muere el amor de Dionisio y Paula. Dionisio hace la experiencia de la libertad, de una libertad paradisíaca, más allá de toda convención y de toda norma, para renunciar irremediablemente a ella y regresar, deslumbrado aún, pero impotente, a la falsedad del universo de la norma y la convención, establecido, fijado y aceptado como único posible. Al renunciar Dionisio a la libertad redescubierta del ser humano, reingresando en el orden común establecido, queda consolidada la alienación.

jueves, 17 de febrero de 2011

Las certezas


- O sea, que usted cree en dios pero no está seguro de su existencia.
- Así es, son imposibles las certezas en determinados asuntos.
- Pues, discúlpeme, pero lo suyo es una paradoja rayana en el oxímoron.
- Es posible que sea como usted dice, pero en mi descargo déjeme que le diga que en absoluto albergo la soberbia de poder asegurar la existencia de dios, pero sí, con sosiego y humildad, la necesidad de creer en él.
- Me desconcierta usted.
- Seguramente porque le cuesta aceptar la existencia de creencias no del todo racionales.
- No es eso, lo que me descoloca es la necesidad suya de creer.
- Es el viejo anhelo de ordenar el caos, de dar un sentido a todo esto.
- La existencia se fundamenta en el propio hecho del vivir, no creo que sea necesario nada más.
- Perdone, pero creo que se olvida usted de la necesidad de afrontar el tránsito bajo el cobijo de la esperanza.
- Y, según usted, la idea de dios encarna la esperanza.
- Para miles de millones de ciudadanos en el mundo sí.
- Pues a mí esa idea me deja más bien frío.
- Allá usted, yo me considero uno entre esos miles de millones de personas que no se resignan a perder la esperanza.
- No es lo importante cómo morimos, sino cómo vivimos.
- Observo que le gustan las frases solemnes. De acuerdo, pero la idea de dios muchos la asociamos a Jesús, su hijo, y a su mensaje ético, cuya actualidad es permanente.
- Defiende usted pues el papel de la Iglesia católica.
- No, en eso soy poco ortodoxo, la Iglesia como institución me parece trasnochada, fosilizada y demuestra una incapacidad manifiesta para adaptarse a los tiempos que corren.
- Vaya, oírle decir eso es un alivio.
- La idea de dios está por encima de esas contingencias, aporta consuelo, confianza, da esperanza y ordena el mundo.
- Me asombra que me diga que algo de cuya existencia ni está usted seguro ni parece querer estarlo sea capaz de ordenar el mundo.
- Aunque sea imposible la certeza, no es condición necesaria.
- Críptico se vuelve usted, pero mire, basta con echar una mirada al mundo, por superficial que sea, para constatar el fracaso de ese dios del que usted me habla.
- Bueno, no juzgue usted tan severamente a dios, más bien somos los seres humanos los responsables de ese fracaso.
- En eso estamos de acuerdo, pero es usted quien parece querer ponerlo todo en manos de la providencia.
- Mientras la idea de dios aporte un mensaje de esperanza, de amor a los demás, de solidaridad con los menesterosos, para mí es una idea válida.
- No es necesario creer en ningún dios para compartir esas ideas de las que me habla.
- Claro, por eso ni siquiera espero que tras nuestra charla crea usted en la existencia del dios del que le hablo.
- Perdone, pero me desconcierta; es usted el primer creyente que conozco no proselitista.
- Querido amigo, la idea de dios es como una luz encendida en el corazón y es imposible que prenda en quien ante esa idea mantiene cerradas a cal y canto las puertas de su alma.
- ¿De qué habla cuando me habla del alma?
- De esa parte de usted deliberadamente secuestrada por su razón, de ese hálito que proviene, como dejó dicho Platón, del mundo de las ideas.
- ¿Ese que es eterno e inmutable y donde reside el dios del que me habla?
- El mismito.

martes, 15 de febrero de 2011

Haikú: Días vacíos




Días vacíos
monótonos y tristes,
cielo y nostalgia.

sábado, 12 de febrero de 2011

Homenaje a Ignacio Soldevila

                                             (Autorretrato de Ignacio Soldevila)

Son los homenajes un espacio de encuentro para hablar de la persona y de la obra de quien nos ha dejado; también un momento para el recuerdo y la evocación. Los que nos reunimos el pasado jueves, 10 de febrero, en una sala que se asoma al claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes, hoy sede de la Biblioteca Valenciana y cárcel de infausta memoria para los vencidos en 1939, lo hicimos movidos por un impulso común: recordar a Ignacio Soldevila Durante, hablar de él, de su obra y de lo que a él le gustaba sobre todas las cosas, su verdadera pasión: la literatura.

                              (Javier Lluch y José-Carlos Mainer en el momento de 
                                inaugurar la exposición  dedicada a Soldevila) 

En tres direcciones se desarrolló la labor de Ignacio Soldevila: por un lado la docencia, que ejerció hasta su jubilación como catedrático de la Universidad de Laval (Quebec), por otra la labor de investigación centrada en dos campos, la literatura del exilio y la lexicografía, y por último en la escritura de una obra compuesta por un conjunto de libros fundamentales y más de un centenar largo de artículos no menos básicos, al margen de su labor como crítico literario en la prensa y en revistas especializadas, sin olvidar, aunque fuera un camino que transitara poco, su faceta de creador de ficciones y sus numerosas conferencias dictadas al correr de los años aquí y allá y las no menos numerosas ponencias en congresos universitarios. Al mismo tiempo, mantuvo, con muchos de nosotros una extensa relación epistolar, correspondencia de la cual se publicaron recientemente las cartas que intercambió con Max Aub.

                                  (Cecilio Alonso presentando a José-Carlos Mainer)

Pero sobre todo, fue Ignacio Soldevila, además de filólogo ejemplar, una gran persona, afable, bondadoso, amigo de sus amigos, siempre dispuesto a ayudar, paciente, sosegado, dando siempre sabios consejos, acudiendo allí donde se le solicitaba, escuchando a todo el mundo por igual, fueran grandes figuras de la filología o humildes investigadores jóvenes que daban sus primeros pasos. Para todos fue un ejemplo la manera en que afrontó la grave enfermedad que acabó con su vida en 2008. Todos aprendimos de él y por ello nos reunimos en Valencia, su Valencia, para rendirle un merecido homenaje. Se habló mucho y bien de literatura, de la filología española en el exilio, del que él formaba parte desde los años cincuenta, se habló, cómo no de Max Aub, de Juan Rejano, de León Felipe, de Martínez Nadal y lo hicieron sus amigos, sus compañeros de tarea, tanto en la docencia, como en la investigación y la escritura.

           (Algunas encuadernaciones curiosas de libros de la biblioteca de Soldevila) 

Se inauguró, asimismo, una exposición titulada “El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929 – Québec, 2008)”. Ese legado lo adquirió la Biblioteca Valenciana en 2006 y hoy allí se custodia junto con el del también filólogo valenciano Rafael Lapesa. Al encuentro acudió su viuda, Alicia Ruiz, quien se encargó de clausurar la jornada con una emoción contenida y un agradecimiento infinito por el recuerdo amistoso y entrañable que todos hicimos de Ignacio Soldevila.

(Javier Lluch y José Antonio Pérez Bowie)

(Claustro del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


                (Luis López Molina, José-Carlos Mainer, Juan Antonio Ríos Carratalá, 
                 Javier Lluch y Manuel Aznar)


(Edición de la novela de Paulino Masip de la biblioteca de Ignacio Soldevila)

(Ignacio Soldevila y unas compañeras de facultad en 
el Madrid de los años cincuenta)

(Max Aub, Peua Barjau e Ignacio Soldevila en Canadá)

                                      (Parte de las fichas de trabajo de Ignacio Soldevila)


(Fachada del Monasterio de San Miguel de los Reyes)


Nota. Pido disculpas por la poca calidad de las fotografías que tomé durante la Jornada.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ignacio Soldevila Durante

 

JORNADA INTERNACIONAL
IGNACIO SOLDEVILA DURANTE
                      Y 
LA LITERATURA ESPAÑOLA EN EL EXILIO

Monasterio de San Miguel de los Reyes
Jueves, 10 de febrero de 2011

ORGANIZACIÓN
Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu. Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas.

PROGRAMA
10.00 h: Inauguración de la Jornada.
10.30 h: José-Carlos Mainer (Universidad de Zaragoza), «La filología española en el exilio».
11.15 h: Javier Lluch Prats (Universidad de Bolonia-GICELAH, CCHS-CSIC), «La fuga de capital cultural en la España franquista: el homo academicus ‘exiliado’».
12.30 h: Franklin García Sánchez (Trent University), «Entre Barroco y Vanguardia: a propósito de la obra narrativa de Max Aub».
13.15 h: Inauguración de la exposición «El legado de un filólogo: Ignacio Soldevila Durante (Valencia, 1929-Quebec, 2008)».
16.00 h: Manuel Aznar Soler (Universitat Autònoma de Barcelona), «La puerta abierta, obra teatral inédita de Juan Rejano».
16.45 h: José Antonio Pérez Bowie (Universidad de Salamanca), «León Felipe contra las fabulaciones de los discursos históricos».
17.30 h: Juan Antonio Ríos Carratalá (Universidad de Alicante), «La singularidad de un exiliado: José Luis Salado».
18.45 h: Luis López Molina (Universidad de Ginebra), «Semblanza de Rafael Martínez Nadal».
19.30 h: Mesa redonda sobre la figura de Ignacio Soldevila Durante, moderada por Javier Lluch Prats, en la que intervienen Alfons Cervera («Ignacio Soldevila Durante y la literatura que pervive») y Javier Quiñones («El compromiso de la imaginación: de Ignacio Soldevila a Max Aub»).
20.30 h: Clausura.


viernes, 4 de febrero de 2011

Salvador Allende



Durante años, cuando la información llegaba de modo tan confuso como restringido, muchos de nosotros, para quienes Salvador Allende era un símbolo de coherencia política, de entereza y de defensa de los menesterosos, creímos la versión en la que se aseguraba que el presidente constitucional chileno, democráticamente elegido, había sido asesinado durante el asalto, el once de septiembre de 1973, al Palacio de la Moneda y que habían sido los militares quienes lo habían matado en el despacho presidencial, después de que el mandatario se hubiese negado a aceptar el avión que los golpistas supuestamente pusieron a su disposición para que abandonara el país.

Sin embargo, veinticinco años después, en 1998, el doctor Óscar Soto, que había sido testigo en el Palacio de la Moneda del asalto, escribió un libro titulado El último día de Salvador Allende, en el cual daba otra versión del final del presidente Allende. Leí ese libro en su momento con un interés extraordinario. Cuando lo terminé, sentí que se resquebrajaba el mito que había sido, como tantos otros episodios de la historia, interesadamente divulgado y que debía enfrentarme a la realidad de los hechos. La crudeza de lo que en aquellas horas decisivas había pasado en La Moneda, tan bien relatado por el doctor Soto, me enseñó otra versión de lo acontecido y me obligó a revisar un episodio que había sido muy importante en mis años de juventud y de formación; tenía yo diecinueve años cuando el general Pinochet encabezó el golpe de estado que derrocó a Allende.

Ayer el diario El País publicaba una carta del doctor Soto, que vive en España, en la que pide, a raíz de una información publicada en el mismo diario días atrás por Sol Alameda, que la justicia chilena desvele los detalles de la muerte del presidente y aclare qué fue lo que realmente pasó. Habrá que esperar el resultado de esa investigación para saber si lo que cuenta el doctor Soto en su libro se acerca más a la verdad que la versión distorsionada que en mis años de juventud era creída a pie juntillas.

En aquel tiempo en que leía el libro del doctor Soto, había publicado ya mi novela sobre Besteiro, quien esperó leyendo, en la habitación que habían habilitado para que descansara en el Ministerio de Hacienda de Madrid, la llegada de las tropas nacionales que lo habían de detener el 28 de marzo de 1939, para juzgarlo después y dejarlo morir en el abandono de la cárcel de Carmona en septiembre de 1940. No pude entonces evitar la comparación entre los comportamientos de esos dos hombres, Besteiro y Allende, que se enfrentaron de modo tan diferente a su destino trágico. No se trata de juzgar, porque es muy difícil saber cómo debe actuarse en circunstancias tan difíciles y adversas, pero veo claro al correr de los años que la serenidad de ánimo, el sosiego, la entereza, el libro en las manos como única arma, la dignidad y la decencia como bagaje son la mejor manera de arrostrar un destino inevitablemente trágico. El correr de los años hace el resto, engrandece el gesto.

miércoles, 26 de enero de 2011

En la muerte de Jaime Salinas, ¿qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?



Primavera de 1993

Al terminar la comida, a la que también asistieron Mario Benedetti y las hijas de Max Aub –era la primera vez que las veía a las tres juntas, Elena, que vivía en Madrid, Carmen, en México, y María Luisa, en Inglaterra- decidimos dar un paseo hasta el Ayuntamiento. Llegando a la plaza del Agua limpia fue cuando, tras quedarnos rezagados del grupo, le pregunté: “¿Qué fue de la casa de la calle Felipe Gil?” Detuvo su pausado y elegante caminar, me miró desde detrás de sus gafas de concha con una de aquellas miradas suyas que derrochaban simpatía e ironía a la vez que penetrante inteligencia y me contestó sonriendo: “¿Y qué sabes tú de esa casa?” Callé durante breves instantes para responder después: “Poco, muy poco, solo lo que leí en el Diario del artista seriamente enfermo.” En ese momento Benedetti, que nos había observado conversar, acompasó su caminar al nuestro y habiendo oído mi respuesta dijo: “qué buen poeta, Jaime Gil; pero díganme ¿de qué están hablando?” Salinas, mirándonos a los dos, dijo entre sonrisas: “De nada, Mario, de nada; este joven –yo aún lo era entonces-, que me quiere hacer recordar unos años lejanos y una casa admirable en la que viví en Barcelona.”

Llegamos, mientras tanto, al Ayuntamiento y subimos directamente al Salón de Plenos, donde yo debía leer unas cuartillas de presentación del libro De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío al que se había concedido el Premio Max Aub el año anterior. Benedetti y Salinas formaban parte del jurado del premio de aquel año. Elena Aub pronunció un breve y entrañable discurso de agradecimiento por el honor que la ciudad de Segorbe rendía a la figura y a la obra de su padre (si no me traiciona la memoria creo que se le entregaba la medalla de oro de la ciudad a título póstumo).

Pensé entonces, al terminar el acto, que la conversación que yo había iniciado había quedado olvidada. Pero no fue así. Jaime Salinas vino en mi busca, se cogió, en un gesto naturalísimo de afecto, de mi brazo y así marchamos juntos hacia el salón donde se serviría un refrigerio. No salía de mi asombro. Estaba con las hijas de Max Aub, a quien secretamente había dedicado yo mi cuento, conversando con Benedetti, a quien tanto había leído y admirado, y el hijo de uno de mis poetas favoritos, Pedro Salinas –Ay! qué alegría vivir en los pronombres-, estableció conmigo, que no soy nadie ni represento nada, una inusitada complicidad teniendo en cuenta que no conocía ni el santo de mi nombre.

Hablamos de todo, de su estancia en Barcelona en aquel lejano 1956, de sus relaciones de amistad con Carlos Barral, con Jaime Gil de Biedma, con Gabriel Ferrater, con Juan Goytisolo. Como yo le mostrara mi interés por la obra de esos escritores del grupo barcelonés del 50 y le preguntase si les era difícil vivir en una España como la de aquellos años, Jaime Salinas me contestó que vivían un poco al margen, en un mundo propio de amistades, de conversaciones, de relaciones intelectuales y literarias. En ese sentido me contó un viaje a Madrid acompañado de Jaime Gil de Biedma y de Carlos Barral para tener un encuentro con los poetas de allí. Salinas los describía con mucha gracia como unos señores muy serios, que vestían de traje gris y corbata negra y que pedían café con leche a media tarde, cuando ellos los recibieron en el hotel con un vaso de ginebra en la mano. Hablamos también de Alianza Editorial, de la colección de bolsillo, de las memorables portadas de Daniel Gil, del papel de esa colección en la difusión de la literatura y de la cultura en la España de aquellos años, de su importancia en la formación intelectual y literaria de muchos de nosotros. Nos despedimos al caer la tarde. Nosotros debíamos coger el coche para volver a Barcelona. Salinas regresaba a Madrid para preparar su inmediata partida para Islandia, donde pasaría el verano.

Ayer por la tarde, al llegar a casa, encontré un correo de mi amigo Joaquim Parellada en el que me comunicaba la muerte de Jaime Salinas. Evoco ahora aquella tarde, que siempre estará en mi memoria, de casi veinte años tras y la traigo aquí, a las páginas de este blog, como nostálgica y personal despedida del escritor, del intelectual ligado a la España de los años treinta en la que tal vez por tradición familiar aprendió a ejercer la libertad de conciencia -tan perseguida y maltratada en España durante tantos siglos, según dejó dicho Juan Marichal-, del editor que tanto hizo desde Alianza y desde Alfaguara por la cultura española. Descanse en paz.

viernes, 14 de enero de 2011

Qué cosa es ser tirano



No dejan, por más años que pasen, de sorprender a Leonardo las preguntas, o las consideraciones, pretendidamente ingenuas que sus jóvenes pupilos le plantean no pocas veces de manera imprevista. Aquella mañana iba Leonardo dispuesto a explicar el nacimiento de la prosa en castellano cuando por esos azares extraños que suelen suceder en las aulas se suscitó un vivo debate en torno a las formas de gobierno y un curioso muchacho intervino para preguntar si tirano y dictador significaban lo mismo. Leonardo observó con detenimiento al joven que había hecho la interesante pregunta y guardó silencio en espera de que fueran sus propios compañeros quienes respondiesen. Pero se hizo el silencio. Era como si no se atrevieran a decir lo que pensaban, tal vez por miedo a no saberse expresar en voz alta, tal vez por no tener, ellos que no habían conocido la dictadura y eran hijos de la democracia, las ideas demasiado claras al respecto, quizá fuera que la figura de Leonardo les imponía, el caso es que guardaron silencio. Aprovechó Leonardo, ante la ausencia de respuesta, para ir a su mesa, sacar de su cartera el libro Antología Mayor de la literatura española, compilada por Guillermo Díaz Plaja y disponerse a leer:



TÍTULO I. LEY X

QUÉ QUIERE DECIR TIRANO, ET CÓMO USA DE SU PODER EN EL REGNO DESPUÉS QUE ES APODERADO DÉL.

Tirano tanto quiere decir como señor cruel, que es apoderado en algun regno o tierra por fuerza, o por engaño, o por traición: et estos tales son de tal natura, que después que son bien apoderados en la tierra, aman más de facer su pro, maguer sea a daño de la tierra, que la pro comunal de todos, porque siempre viven a mala sospecha de la perder.

Et porque ellos pudiesen cumplir su entendimiento más desembargadamente, dixieron los sabios antiguos que usaron ellos de su poder siempre contra los del pueblo en tres maneras de artería: la primera es que puñan que los de su señorío sean siempre necios et medrosos, porque cuando atales fuesen non osaríen levantarse contra ellos, nin contrastar sus voluntades; la segunda que hayan desamor entre sí, de guisa que non se fíen unos dotros; ca mientra en tal desacuerdo vivieren non osarán facer ninguna fabla contra él, por miedo que non guardaríen entre sí fe nin poridat; la tercera razón es que puñan de los facer pobres, et de meterlos en tan grandes fechos que los nunca puedan acabar, porque siempre hayan que veer tanto en su mal que nunca les venga a corazón de cuidar facer tal cosa que sea contra su señorío. Et sobre todo esto siempre puñaron los tiranos de estragar a los poderosos, et de matar a los sabidores, et vedaron siempre en sus tierras confradías et ayuntamientos de los homes: et puñaron todavía de saber lo que se decíe o se facíe en la tierra: et fían más su consejo et la guarda de su cuerpo en los estraños porquel sirven a su voluntad, que en los de la tierra quel han de facer servicio por premia.

Otrosí decimos que maguer alguno hobiese ganado señorío de regno por alguna de las derechas razones que deximos en las leyes antes désta, que si él usase mal de su poderío en las maneras que dixíemos en esta ley, quel puedan decir las gentes “tirano”, ca tórnase el señorío que era derecho en torticero, así como dixo Aristóteles en el libro que fabla del regimiento de las ciudades et de los regnos.

Cuando hubo terminado, apostilló Leonardo: “así que ya saben, jóvenes, no sean necios ni medrosos, ni tengan entre ustedes desamor para que el tirano no llegue al poder por la fuerza, el engaño o la traición y lo use para su propio beneficio olvidándose del bien común. Piensen, de paso, qué sabio era el Rey Sabio.”




Nota. El texto de Las Partidas procede del libro mencionado en el texto de la entrada, publicado por Editorial Labor en Barcelona en 1969.

lunes, 10 de enero de 2011

Haikú: Fulgor de nieve



La luz de enero
relumbra en las laderas,
fulgor de nieve.

miércoles, 5 de enero de 2011

¿Quién soy o qué?


[1] ¿Quién soy o qué: un profesor que escribe o un escritor que da clases? 

sábado, 1 de enero de 2011

Editar a Galdós



Mis amigos Teresa Barjau y Joaquim Parellada me envían, días antes de terminar el año, un ejemplar de esta nueva edición de Tormento, de Benito Pérez Galdós. Publicada en una colección que lleva años suministrando buenas ediciones de clásicos españoles para la llamada enseñanza secundaria, este nuevo trabajo tiene su base en la ejemplar edición crítica que ambos, Teresa y Joaquim, hicieron de la novela de Galdós en 2007 para la editorial Crítica, en la colección "Clásicos y Modernos". Ahora, sin perder el rigor filológico, se ha buscado un planteamiento más didáctico y según mi manera de verlo, los autores han acertado plenamente, tanto en lo que se refiere a la introducción, como a las notas a pie de página y a los apéndices finales de estudio de la obra. Releer Tormento tan bien editado ha sido todo un placer. Quiero, en esta primera entrada del nuevo año, dar las gracias a Teresa y a Joaquim por esta nueva contribución a la edición rigurosa de nuestros clásicos.