martes, 10 de marzo de 2015

Caminos del exilio: Cantallops / y 2


Mientras el coche circulaba por la escarpada ladera, por una pista forestal más apropiada para un jeep que para un turismo, con un suelo irregular que se iba empapando con la lluvia que caía mansamente, salpicado de piedras y con badenes considerables en algunos tramos, pensaba en qué podía haber impulsado a aquellas personas a elegir este camino para llegar al paso fronterizo, a unos doce kilómetros aproximadamente de Cantallops, aunque tal vez fuera el colapso producido en el paso de Le Perthus lo que les empujara a buscar caminos alternativos aunque fuese a través de las montañas. 


La ascensión a pie, y cargados de bártulos, no sería fácil para quienes optaron por seguir esta ruta para dejar España. Detuvimos el coche en lo alto del collado para contemplar el paisaje de la plana del Ampurdán, que se dejaba acariciar por el sosiego de la lluvia. Llegamos, trabajosamente, a la cima, lugar donde la pendiente se suavizaba, y allí seguimos la ruta hacia el Castillo de Requesens, nuestro lugar de destino.


Conforme nos adentrábamos y nos acercábamos a la fortaleza, el camino estaba en peor estado. Los encinares se mezclaban con otras especies de árboles en un peculiar batiburrillo. Luego supimos que el bosque había sido sometido a una deforestación salvaje, lo que había conllevado que la repoblación, ignoro si natural o planificada, diera esa mezcolanza de especies. 



El edificio de la aserradera, casi al pie del castillo, apenas resiste la ruina del tiempo. Las madreselvas ocultan los muros, pero aquí se tallaron árboles centenarios sin el menor escrúpulo durante años. Hoy todo lleva la huella del tiempo impresa, como de algo perteneciente a un pasado de cierto esplendor que ya nunca volverá.



El último kilómetro, hasta el fuerte, es de un pronunciado desnivel y el estado del camino empeora notablemente. No obstante, subimos en el coche, que tuvo que trabajar lo suyo. En aquel febrero de 1939, quienes llegaran hasta aquí, lo harían a pie y buscarían refugio en el castillo para guarecerse tal vez de la lluvia y buscar amparo para pasar la noche en sus estancias semiderruidas, ya que fue saqueado por los anarquistas al inicio de la revolución en julio de 1936.




El castillo fue ocupado por los militares tras el final de la Guerra Civil y fue un destacamento para luchar contra el maquis y de vigilancia de los numerosos pasos fronterizos que existen a lo largo de la sierra de las Alberas. Fue, así, el castillo, un cuartel y los militares que lo ocuparon acondicionaron las estancias a sus necesidades y edificaron un hospital intramuros del castillo, del que hoy se puede ver aún el símbolo de sanidad. 



Algunos dicen que destrozaron la rehabilitación que se había llevado a cabo unos años antes, de la cual todavía quedan restos, como estas baldosas con el emblema bien conservado. Pero sea como fuere, el castillo entró en una decadencia que hoy se ha frenado en parte, pero solo en parte.










Desde las almenas, si se mira al frente, se ve la tierra francesa, la que acogería a los refugiados que atravesaron la frontera por allí, un lugar escarpado e inhóspito, tanto a un lado de la frontera como al otro. 




Si se mira por la otra vertiente de la ladera, se advierte la plana del Ampurdán desdibujándose a lo lejos. 




Esa sería la última visión, si el día era claro, que tendrían de España los que decidieron exiliarse por aquí en febrero de 1939. A un lado la lejanía de la llanura y a otro el enmarañado laberinto de caminos boscosos. Dejar atrás la vida vivida para adentrarse en el territorio de la incertidumbre.







Deben ser escasísimos, si los hay, desde luego yo no he tenido acceso a ellos, los testimonios de quienes se exiliaron por este lugar. Al pasar de los años, solo se conservan los relatos de quienes en su tiempo tuvieron acceso a los medios de publicación, es decir, diputados, historiadores, escritores, periodistas; sin embargo, los relatos que se conservaron vivos en la memoria de las gentes y que se transmitieron de forma oral de generación en generación, tienden a ir desapareciendo. No es extraño, por tanto, que del paso por La Vajol y Agullana haya muchos documentos y libros, pero ignoro si los habrá de quienes pasaron por este camino áspero y difícil de Requesens. 


La lluvia ha cesado y emprendemos el regreso hacia Cantallops. Nos acompaña la sensación de que la naturaleza se ha ido imponiendo al esplendor de una época sepultada ya en el tiempo. Solo sobreviven los restos del naufragio, el castillo en desuso y medio abandonado, una ermita, un restaurante y las ruinas de una serradora cuyas paredes son una significativa metonimia del olvido. Cuando llegamos a Cantallops nos sorprende un arco iris que indica que la tormenta ha terminado definitivamente.   


Nota. Todas las fotos, excepto la histórica, las tomé en Cantallops y en Recasens el domingo quince de febrero de 2015.

sábado, 21 de febrero de 2015

Caminos del exilio: Cantallops / 1


La mañana de domingo se levantó lluviosa y fría, como corresponde al mes de febrero. La carretera, estrecha y mal asfaltada, se fue adentrando poco a poco en la espesura de la Sierra de la Albera, que se dibujaba azul a lo lejos. Detrás de los montes, la raya imaginaria de la frontera entre Francia y España. Llegamos a Cantallops, tomando un desvío a mano derecha en la carretera comarcal que conduce a La Jonquera desde Roses y Vilajuïga, entre una lluvia que caía mansamente sobre los campos y las lindes del camino, verdecidas en unos tramos y resecas en otros.


Fue este pequeño, hermoso y silencioso pueblo uno de los lugares elegidos, dada su cercanía a la frontera francesa, por muchos de los que querían dejar atrás la pesadilla del avance inexorable de las tropas nacionales, para cruzar la raya que separa Francia de España. Muchos eligieron el camino, más transitado y seguro, pero también más concurrido y abigarrado, de La Jonquera; pero otros prefirieron atravesar el áspero y dificultoso sendero de las Alberas para llegar al país vecino, que tan mal acogió la avalancha humana que se le vino encima y lo desbordó en aquel febrero de 1939. Damos una vuelta por las calles estrechas del pueblo, casas de fachada de piedra, silencio, la lluvia cayendo pausadamente sobre los tejados que en otro tiempo vieron pasar a los que marchaban expulsados de su tierra hacia un destino adverso e incierto.





Dejamos el pueblo atrás y nos disponemos a realizar la ascensión hacia el Castillo de Requesens. El camino deja de estar asfaltado y se convierte en una pista forestal de difícil conducción, con un suelo irregular y lleno de piedras. Antes de internarnos en la espesura de la sierra, vemos a lo lejos la llamativa fachada del Mas Bell-Lloc. 


Aquí estuvo refugiado, antes de marchar a Agullana para reunirse con Companys en Mas Perxès, el diputado, periodista e historiador Antoni Rovira i Virgili. Llegaron por carretera desde Girona, procedentes de Olot tras haber partido de Barcelona cuando ya la entrada de las tropas nacionales era inminente, en el bibliobús del Departament de Cultura de la Generalitat, que luego seguiría camino hasta Agullana, hasta el Mas Perxès, en las afueras del pueblo. El último tramo del camino tuvieron que hacerlo a pie porque el autobús no podía circular por caminos tan estrechos. Tenía entonces, Rovira i Virgili, cincuenta y seis años y marchaba camino del exilio con su familia; moriría en Perpignan en 1949, después de haber sido President del Parlament de Catalunya en el exilio. Publicó, ya en el destierro, en Buenos Aires, en 1940, en las Edicions de la Revista de Catalunya, su libro Els darrers dies de la Catalunya republicana


En sus páginas describe la noche pasada en el Mas Bell-Lloc, que en ese momento teníamos frente a nosotros, con estas palabras que traduzco del catalán:

Llegamos al Mas Bell-Lloc. Decepción desde el primer momento. Es un viejo castillo destartalado y ruinoso. Enseguida percibimos que hace mucho frío. Mientras caminábamos, el ejercicio de la marcha atenuaba la crudeza de la temperatura. El frío de los espacios interiores es el más difícil de sobrellevar.

En este caserón -medio masía, medio castillo- hay pocos muebles: pocas sillas, pocas mesas, pocas camas, ninguna comodidad. No hay cena, ni tampoco ingredientes para prepararla. Los masoveros no pueden ofrecernos otra cosa que unas rebanadas de pan, unos trozos de butifarra y un vaso de vino dulce. Nos lo ofrecen con buena voluntad y nos sienta bien.


Si con un poco de imaginación podemos pensar que hemos cenado, ni con toda la imaginación del mundo podríamos pensar que tenemos lecho. No nos queda ni el recurso de poner colchones en el suelo, porque no los hay. No hay ni jergones. ¡Si tuviéramos al menos aquellos bancos de la noche de Gerona! La noche de Cantallops será más dura.


Mientras los masoveros se van a acostar en la cama donde duermen cada día, única que hay en la masía, las treinta personas que nos hemos alojado allí, nos distribuimos por diferentes estancias, que utilizamos como si fueran dormitorios. Mi mujer y yo apelamos al ingenio para construir unos lechos con hatillos, maletas y mantas. Como solo caben nuestros hijos, ella y yo pasamos la noche sentados en las sillas.


A pesar de la dureza de las condiciones descritas por Rovira i Virgili, estos intelectuales, diputados muchos de ellos, tuvieron unas condiciones mejores de exilio si las comparamos con las que tuvo que sufrir el pueblo llano; mucho peor fue para los soldados y la población civil que tuvieron que continuar el camino, en dura ascensión, hacia el castillo de Requesens, en el que muchos se refugiaron para pasar la noche, para cruzar después la frontera por un paso agreste de montaña. Por el contrario, Rovira i Virgili y otros escritores y políticos, se desplazaron desde el Mas Bell-Lloc hasta Agullana para instalarse en el Mas Perxès, donde estaba el presidente Companys y un nutrido séquito de intelectuales, políticos y militares. Después, desde allí, salieron Rovira i Virgili y su familia, junto a otras personas, en el bibliobús camino de La Jonquera para exiliarse finalmente en Perpignan.


No obstante, no todos los que estaban "alojados" en el Mas Perxès tuvieron las mismas facilidades, si puede hablarse así, para exiliarse. El escritor Xavier Benguerel, por ejemplo, se exilió a pie a través del coll de Manrella, junto a otros compañeros que estaban como él en el Mas Perxès. Así lo narra -traduzco del catalán- en su libro Els vençuts, que es una reescritura de la novela testimonial de 1956 titulada Els fugitius, que el autor revisó y amplió en 1969:

- Sin forzar el paso, en una media hora o tres cuartos llegaréis al coll de Manrella, sobre el valle de Les Illes.

Retomamos el camino bien entrada la noche. Avanzábamos juntos, confiados, pero sin detenernos. Escalamos el collado con los ojos fijos en la línea iluminada que reseguía la cima.

Caminamos mucho tiempo, dos o puede que tres horas. Tuvimos que rehacer una y otra vez un camino sin camino, entre pedregales que nos herían los pies, setos espinosos y toparnos con intransitables torrenteras con timbas y barrancos o simulacros de sendero que al fin y a la postre no conducían a ningún sitio. Sabíamos que era imprescindible subir, trepar hasta la cima, desembocar como fuera en la vertiente que entraba en Francia (...) Pasamos la frontera bañados por la luna, en silencio.




La mayoría de los testimonios de lo que fue y significó aquel exilio, en la zona de Cantallops, Agullana y La Vajol, son los dejados por los escritores y los historiadores catalanes, como el caso de Rovira i Virgili y Benguerel, claro que también otras personas, entre ellas el Presidente de la República, Manuel Azaña, escribieron sobre ello. No obstante, con el paso de los años se va perdiendo la memoria de la gente corriente que vivió aquel exilio en circunstancias muy duras y trágicas no pocas veces. Nadie se preocupó durante años de preguntar a los supervivientes de aquella tragedia y hoy muchos episodios permanecen en el olvido a la espera de futuros investigadores que se interesen por los hechos, aunque si lo hacen, y no dudo de que así será, tendrán que trabajar sobre los documentos escritos y conservados, pero ya no podrán contar con el testimonio, con la memoria viva, de las personas que estuvieron allí en aquel preciso momento.



martes, 17 de febrero de 2015

Tanka del pasar de la vida



TANKA DEL PASAR DE LA VIDA

Sin darnos cuenta
fugaz como los sueños
pasa la vida
no te lamentes alma
si no soy el de entonces.

viernes, 13 de febrero de 2015

El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado / y 2

Ramón Gaya, "Sant Benet (Manresa)", 1939.

Mientras regresaba a casa, después de haber asistido a la presentación del libro El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado, me surgieron, al hilo de lo que en el acto dijeron el autor y el presentador, Ferran Toutain, algunas reflexiones que concreto en estas tres que siguen a continuación: 

[1] Lo peor, sin duda, al menos para mí, del esnobismo gastronómico reinante, es su elitismo. Las grandes figuras de la llamada "alta cocina" componen sus platos y sus novedades para que los deguste una élite poderosa económicamente, la que puede pagar los precios de los restaurantes con estrellas Michelin. La gente corriente sabe que difícilmente tendrá acceso a esas exquisiteces culinarias.

[2] Ignoro si puede hablarse o no de "arte gastronómico", pero el "soplo espiritual" que aporta la verdadera obra de arte brilla por su ausencia en un plato por muy elaborado, novedoso e imaginativo que resulte. "Las Meninas" es una obra de arte grandiosa. Las sinfonías de Beethoven, también. El "David" de Miguel Ángel, es arte sublime. El "Guernika" de Picasso es arte comprometido contra la barbarie de la guerra. Las "Soledades" de Góngora son arte poético quintaesenciado. Las "Suites para violonchelo solo" de J.S. Bach son arte  y no creo que nadie lo ponga en duda. "Luces de bohemia", de Valle-Inclán, o "La vida es sueño", de Calderón de la Barca, igual. ¿Podríamos decir lo mismo de un plato de cocina, por muy sorprendente y exquisito que resulte? 

[3] Me es completamente ajeno ese mundo del esnobismo cultural, sea gastronómico o no, que tantas veces da gato por liebre. No es lo mío. Así que en el ejemplo del monasterio benedictino de Sant Benet de Bages, cerca de Manresa, puesto por el autor del libro -el lector puede leerlo si lo desea en "Hierbas de España", páginas 110 y siguientes-, entre el mundo de la vanguardia gastronómica y el de los escritores, pintores y editores, todos ellos defensores de la República, que allí trabajaron imprimiendo en condiciones menesterosas, Altolaguirre, Gil-Albert o Ramón Gaya, me quedo por razones obvias con el último. Del mismo modo, entre el bus de la Fundación Alícia y los de las Misiones Pedagógicas que recorrieron los pueblos de España para acercar la cultura y el arte a la gente, o los camiones de La Barraca y de El Búho, que también lo hicieron, en su caso para representar las obras del teatro clásico, de la mano de García Lorca y Max Aub, ni que decir tiene.

Nota. La presentación se llevó a cabo ayer jueves, día 12 de febrero, en la librería La Central, de la calle Mallorca de Barcelona.   

miércoles, 11 de febrero de 2015

El mono gastronómico, de Javier Pérez Escohotado / 1


"De la misma manera que somos la única especie a la que constantemente le crece el pelo, somos también, como dijo Montaigne, el único ser que cocina", con esta reveladora frase empieza Javier Pérez Escohotado la introducción a este conjunto de ensayos, sobre arte, cultura y gastronomía, recogidos bajo el título de El mono gastronómico, editado con esmero por Ediciones Trea, de Somonte-Cenero, Gijón, en 2014. Explica a continuación el autor el tributo que rinde con el título a Octavio Paz y a Desmond Morris. Ya desde estas páginas del prólogo se centra el tema: la cultura, el arte, la gastronomía o lo que es lo mismo, la vida, lo que somos, lo que comemos, cómo se filtra lo gastronómico en en la obra de arte; a este respecto cita Pérez Escohotado la luminosa frase, aforismo metafórico, atribuida a Josep Pla: "La gastronomía de un país es su paisaje puesto en la cazuela"; es decir, también se puede leer este libro como una historia de lo que somos a través de lo que comemos. Este asunto de las relaciones entre lo gastronómico, lo artístico y lo cultural, aunque también lo social y lo político, ya fue tratado por Pérez Escohotado en Crítica de la razón gastronómica (2007), conjunto de ensayos dedicados al tema, entre ellos uno titulado "Cárcel y dieta de Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo", cuyo proceso inquisitorial estudió y editó el autor en 2003.

En uno de los mejores ensayos del libro, el titulado "Hierbas de España", se fija el autor en un detalle de un extraordinario autorretrato de Alberto Durero de 1493, quien sostiene entre sus manos un cardo; escribe Pérez Escohotado:


En su tiempo, esta variedad de cardo campestre es una planta perenne, hierba molesta y despreciable, pero gráficamente muy poderosa y que en el siglo XV simboliza los sufrimientos de Cristo y también la fidelidad conyugal. La costumbre consistía en ofrecer a las jóvenes esposas esta planta, sin duda anticipando los contratiempos que implica el matrimonio: el parir con dolor, el sometimiento paulino al marido, el débito conyugal...Aunque en el momento de pintar el cuadro, Durero no estaba casado, se autorretrata con ese cardo probablemente para regalárselo a su prometida y futura esposa Agnès Frey.

Con amenidad, combina la prosa de Pérez Escohotado la erudición, la observación atenta y la perspicacia al relacionar elementos procedentes de distintos ámbitos culturales y sociales con la gastronomía. Un ejemplo es este artículo en el que presta una atención especial a la generación de escritores y artistas del exilio republicano, particularmente al grupo formado por el pintor Ramón Gaya, el poeta Juan Gil-Albert, el novelista y crítico literario Antonio Sánchez Barbudo, el narrador Rafael Dieste y el también poeta Arturo Serrano Plaja, cuya célebre fotografía de grupo, con Ángela Selke, esposa de Sánchez Barbudo, quien sostiene en brazos a su hija Virginia, al salir del campo de concentración de Saint-Cyprien en la primavera de 1939, reproduce con acierto el autor. 



  (Los lectores de este blog pueden leer, si lo desean, la entrada titulada "Sánchez Barbudo  lee y recuerda a Gil Albert: la generación del desgarro y el destierro". Aquí.)

Naturalmente, se fija mucho el autor en los bodegones delicados y poéticos pintados por Ramón Gaya, sin duda por el contenido del artículo, cuando habla de la influencia del pintor murciano en el también pintor y músico Salvador Moreno. Dice Pérez Escohotado, aunque no refiriéndose al cuadro que hemos añadido como ilustración a esta entrada, que "esos floreros que como género abundan tanto en la obra de Gaya son una versión modernizada de las vanitas históricas" y que Gaya, "con sus naturalezas muertas, se rebela contra el vacío crítico que atenaza a ese género pictórico", para concluir que en su obra "las flores o las hierbas -una simple rama de perejil- es tan importante o más que el vaso de cristal o el jarro de cerámica corriente". Luego, en "Gastronomía de vanguardia al servicio de la República", dedica el autor unas páginas a Gaya y a su grupo generacional tan evocadoras como interesantes.  



Pérez Escohotado tiene una especial habilidad para entreverar amenidad y erudición. En las páginas de este libro encontrará el lector referencias a Leonardo Da Vinci o a Manet y los sabores del espárrago y el limón; también a la reforma culinaria y a la contrarreforma gastronómica. Del mismo modo, se tratan en el libro temas curiosos y algo más escabrosos, como las páginas dedicadas a la última cena de los condenados a muerte. No puede faltar, tratándose de relacionar la literatura con la gastronomía, la alusión a Proust y su archifamosa magdalena en el artículo que cierra el libro "En busca del relato gastronómico", que, por cierto, se abre con una cita de Manuel Vázquez Montalbán, otra referencia en este y en anteriores libros del autor.

En definitiva, El mono gastronómico es un libro de ensayos tan ameno como instructivo, en el que destaca la capacidad del autor para relacionar elementos culturales diversos y exponerlos en una prosa límpida, muy cuidada en su redacción y muy sabia en la combinación de rigor documental, erudición y amenidad.

viernes, 6 de febrero de 2015

El árbol de la vida


Tardé en ver La delgada línea roja, a pesar de que me la habían recomendado con insistencia, porque creía que con Senderos de gloria La chaqueta metálica -aún recuerdo su final, esa voz en off que, en medio de la marcha de los soldados en un paisaje nocturno de edificios destruidos y en llamas, dice algo así como, "este mundo es una puta mierda pero yo estoy vivo"- bastaba. Estaba equivocado, la película de Terrence Malick era espléndida y hoy me parece una de las grandes aportaciones al cine bélico.Sin embargo, nada es comparable al estremecimiento que me produjo El árbol de la vida cuando la vi el miércoles en "Cine de la 2", programa que, al igual que "Versión española", emite películas sin interrupciones en un horario razonable, de 10 a 11,40 de la noche aproximadamente.

Sin querer resultar, a destiempo, la película fue Palma de Oro en el festival de Cannes en 2011, ridículamente hiperbólico, creo que desde la emoción que me produjeron en su día las películas de Víctor Erice, no había sentido nada parecido. Llevo las imágenes en la cabeza: cada plano, cada encuadre, cada movimiento de la cámara, los fundidos, el color, la sucesión de imágenes que pretenden explicar la formación del universo, los escenarios, los decorados, en fin... Del mismo modo, la actuación de los actores, soberbio Brad Pitt y también magnífico Sean Penn, y la madre, Jessica Chastain, y los niños, sobre todo el mayor de los tres.

El mundo de silencios de la infancia, contado con las palabras justas, al igual que en El espíritu de la colmena o en El sur, es un elemento capital en esta película y me parece que se trata con una delicadeza y una inteligencia encomiables: la ternura de la madre, el rigor excesivo del padre, la complicidad, pero también la discordia, entre los hermanos. Frente al padre que quiere que sus hijos tengan "fuerza de voluntad para salir adelante", para aguantar con firmeza los vaivenes y las injusticias del medio social, la madre susurra, en portentosa voz en off, como si lo hiciera al oído de los niños, que sean buenos y amen a todo el mundo, a cada rama, a cada flor y a cada árbol, porque si no saben amar su vida pasará como un destello.

La muerte del primogénito dispara en la película la indagación en el sentido de la vida, en su trascendencia, y en la angustia y la necesidad de Dios, con quien dialoga, y a veces parece increpar suavemente, la voz en off de la madre, que previamente dice a sus hijos que tendrán que elegir entre dos caminos que podrán seguir en la vida, el de la naturaleza o el de lo divino. Cobra así esta obra una dimensión existencial que se completa con esa visión cosmogónica desde la creación del mundo a los rascacielos de las grandes ciudades de nuestros días. Creí ver en algunas de esas imágenes epifánicas una suerte de homenaje a Kubrick, pero a lo mejor estoy, como tantas veces, equivocado.

De lo que sí estoy del todo seguro es de que El árbol de la vida es una de las mejores películas que he visto en mi vida y permanecerá durante mucho tiempo en mi memoria. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Tanka de la batalla



TANKA DE LA BATALLA

Es lo que queda
después de la batalla
escombro y muerte
un navío que surca
el mar de la tristeza.

Nota. La foto la tomé en el Museo Dalí de Figueres a finales de agosto de 2013.

domingo, 25 de enero de 2015

Caminos del exilio: La Vajol



Llegamos a La Vajol cuando ya casi caía la tarde. La luz de enero declinaba y entristecía ciertamente el paisaje. Hacía frío y abrigados recorrimos los senderos que bordean la pequeña población. Bosques de hermosas encinas. El suelo abrigado de bellotas desperdigadas. El monumento al exilio revive un instante de la tragedia que por aquí, en estos y otros parajes similares, se vivió en tal mes como este del año de 1939. 






Alguna casa de este pueblo sirvió de última morada en España al presidente Manuel Azaña. Él mismo se encargó de contarlo en una larga "Carta a Ángel Ossorio", recogida en Memorias de guerra 1936-1939, publicado por Grijalbo en 1996. Escribe allí el presidente Azaña:

Mientras tanto en La Vajol ocurrían algunos incidentes extraños. Más allá de la minúscula aldea, atestada de refugiados, el camino corre por una meseta pintoresca, y se bifurca. La rama de la derecha pasa junto a una masía, una gran casa, ya muy estropeada, y remonta a un puertecito, a pocos cientos de metros, que es la frontera. La rama izquierda desciende a un barranco, hasta cierta mina de no sé cuál sustancia. En la mina, aprovechando sus instalaciones, y en otras construidas para el caso, estaban depositados los cuadros que no cupieran en Perelada, y joyas y otros objetos que según me dijo Negrín valían 200 millones.





Estuvimos aquí hace un montón de años, cuando recorrimos por primera vez los caminos del exilio. Nos detuvimos a fotografiar el paisaje que seguramente verían, si es que en aquellos días hubo alguno con la suficiente claridad como para contemplarlo y si es que el presidente y sus acompañantes quisieron salir al camino una tarde, tal vez parecida a la que dedicamos nosotros a visitar estos lugares, para asomarse y ver la tierra catalana que estaban en trance de perder de un día para el otro, verían, digo, Azaña y los que estaban con él, la soberbia vista de la plana del Ampurdán con la bahía de Rosas al fondo, perdida entre la última bruma de la tarde, que desfiguraba suavemente el paisaje.



Por ese mismo camino, que hoy está asfaltado y por el que se conduce cómodamente, se llega a la cima del Coll de Manrella, hoy paso franco hacia Francia; seguro que por ahí cruzarían también la frontera entonces muchas personas. Hay allí erigido un monumento a la memoria de Lluís Companys. El paso fronterizo está hoy abierto como pista forestal después de muchos años de estar cerrado.






Sin embargo, Azaña y Negrín se exiliaron por el Coll de Lli, por donde lo harían con una hora o algo más de retraso los presidentes Aguirre y Companys. Hay allí, en el lugar por donde dejaron a la sola y desdichada España, como dijo Cervantes en La Numancia, una placa conmemorativa del evento histórico y una panel con datos para el que quiera leerlo.





Así narró Azaña su salida de España en la carta a Ángel Ossorio, quien sustituyó a Luis Araquistáin como embajador en Francia tras la caída del gobierno de Largo Caballero:

El domingo 5, a las 6 de la mañana, emprendimos el camino del destierro. Éramos una veintena de personas, Martínez Barrio no se había olvidado de Companys, pero como el séquito del Presidente de la Generalidad le pareció a Martínez Barrio demasiado numeroso y abigarrado, creyó mejor que no saliese en nuestra compañía. Citó a Companys en La Vajol, pero con una hora de retraso; así, cuando llegase, ya habríamos salido nosotros y él seguiría el mismo camino. Nos acomodamos en los coches de la policía, capaces de trepar por aquel derrumbadero. Hicimos luego el resto del camino a pie. Ya en lo alto apenas clareaba, los bultos de los carabineros, cuadrados con mucho respeto, nos vieron pasar. El descenso, por una barrancada cubierta de hielo, fue difícil.






Nos marchamos de La Vajol cuando ya anochecía. El frío era muy intenso. Camino de La Jonquera, nos detuvimos en las afueras de Agullana, para ver el Mas Perxès, el lugar donde estuvo Companys y un grupo de políticos e intelectuales que le acompañaban. 



Allí otra vez los bosques de encinas y los paneles informativos de las rutas del exilio.





El trazado sinuoso nos condujo, finalmente, hasta la carretera de La Junquera y después nos perdimos por los caminos del Ampurdán rumbo a casa. Azaña en la memoria. La nostalgia del pasado asaltando una vez más los días del presente.


Al llegar a casa busqué en las estanterías de mi biblioteca la edición del libro de Josep Pernau Diario de la Caída de Cataluña, Ediciones B, Barcelona, 1989, y leí el siguiente pie de foto referido a la que ilustra la portada del libro y que sirvió de base para el monumento al exilio erigido en La Vajol:

Cincuenta años median entre las dos imágenes (la mencionada y una de los dos hermanos en una calle de Barcelona, obra de Pere Monés), pero algunos de los personajes son los mismos: son Alicia Gracia Bamala, que en la fotografía histórica aparece de la mano de su padre y su hermano Antonio, que es el chico que se ve en tercer lugar. El del centro, el hermano menor, Amadeo, vive también (al menos, en 1989). Fueron protagonistas de una historia que empezó a escribirse en Monzón, Huesca, siguió por Cataluña y terminó en Francia.
   


Antes de dormirme, agotado por el intenso día de emociones vividas o revividas, porque estuvimos aquí muchos años atrás, cuando aún no había paneles informativos, releo el inicio del poema "1936", de Luis Cernuda, perteneciente a Desolación de la quimera:

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
Cuando asqueados de la bajeza humana,
Cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

Nota. Las fotos las tomamos el sábado tres de enero de 2015, excepto la de la Mina Canta o Mina de Negrín y, claro, la de Negrín y Azaña, que no se corresponde al momento de la salida de España. Ambas las tomé de la red.

sábado, 17 de enero de 2015

Tanka de los años



TANKA DE LOS AÑOS

Serán cada vez
más hostiles los años
más esquinados
jugarán en mi contra
me harán más vulnerable.

Nota. La foto está tomada en Figueres, en el Museu Dalí.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡Feliz 2015!



A todos los que pasáis por aquí, y a los que no, también, os deseo lo mejor para el año que empieza de inmediato. No estaría de más considerar, aunque fuera solo un instante, el refrán de la ilustración que acompaña esta entrada, que quiere ser una felicitación de paz y bienestar: juntos estamos mejor; a mí no me cabe ninguna duda, pero, eso sí, cada oveja con su pareja. Feliz año, pues, a todos.

Nota. Como en otras ocasiones, el dibujo es de MQ.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Tanka de la estrella



TANKA DE LA ESTRELLA

Llora su pena
en el cielo una estrella 
lágrimas tristes
como luces de ausencia
relumbran en la noche.

Nota. La foto de París es de MQ y a ella está dedicado el tanka.

jueves, 18 de diciembre de 2014

José Ramón Arana: tres apuntes biográficos / y 3


El tercer apunte biográfico, y último de esta serie, procede también, como los de las anteriores entradas, del libro Can Girona. Por el desván de los recuerdos. Hace ahora alusión Ramón, en conversación con el médico de la fábrica, don Carlos, a su gusto por la lectura y a su precoz afición a "devorar" libros.

   - Desde niño he sido un insaciable devorador de letra impresa. Siete años tenía cuando leí El crimen sacrílego, El judío errante y otros novelones parecidos. Sé que fue en ese tiempo porque mi padre vivía aún; a los ocho me quedé sin él.
     - ¿Y le dejaban leer eso?
     - ¡Qué me habían de dejar! A escondidas era. Escogí la parte baja de un armario en el que guardaba mi padre cuadernos, tinta, pizarrines y otros materiales de la escuela. Hecho un ovillo en lo más bajo, dejaba entre una y otra portezuela una rendija para que entrara luz, y a tragar páginas. Así hasta que me dolía todo por lo incómodo de la postura.
   - ¿De donde sacaba esas novelas?
   - Es que encontré una mina entre los muebles y cacharros que guardaba mi madre en el desván. Un día alcé la tapa de un vetusto baúl forrado de piel de cabra, con desgarros aquí y allí, pelado a corros y reforzado con herrajes -parece que estoy viéndolo-, y allí estaba el filón. Había algunos libros en un idioma extraño, supongo que latín, empastados en pergamino, y no pocas novelas. Cuando las leí todas, metí el diente a un libraco incomprensible para mí, pero atractivo. Barruntaba en él algún misterio gordo y lo leí de cabo a rabo sin entender ni jota. Era una Historia del arte de partear.
    - ¡Qué horror! Seguro que tenía láminas.
    - No, dibujos a línea sin nada claro para mí.

Este entrañable bosquejo de los inicios como lector de José Ramón Arana resulta, a mi juicio, del máximo interés y explica muchas cosas; entre ellas, la influencia, aunque fuera en este caso pasiva, de la figura del padre en el despertar a la literatura de nuestro escritor. Si don Ventura Ruiz no hubiera sido profesor y esos libros no hubieran estado allí, tal vez al niño que fue José Ruiz Borau no se le hubiera despertado el gusto por la letra impresa, como él dice, por la lectura, por la literatura, en definitiva. Pero ocurrió, y además, en la más temprana edad, así que la semilla que habría de germinar años después quedó sembrada y firmemente enraizada en el alma incipiente de un muchacho que al correr de los años, tras haber vivido duras y complejas experiencias, escribiría en México una de las mejores novelas cortas sobre la Guerra Civil Española, El cura de Almuniaced

sábado, 13 de diciembre de 2014

José Ramón Arana: tres apuntes biográficos / 2



Continuando con el mismo libro de la entrada anterior, Can Girona. Por el desván de los recuerdos, anotamos ahora un apunte biográfico más, este bien curioso, que en sus páginas nos dejó el escritor. Se refiere en él a su afición a los toros y a su fallido intento de convertirse en torero. Dialoga Ramón ahora con Damián, logradísimo personaje que comparte con él el protagonismo de la historia y que en un tris estuvo de dar título al libro:

Hablo, a pregunta suya, de la primera vez que vine a Barcelona, hace casi tres años. Damián ríe de buena gana cuando le digo que vine a tirarme a la corrida de la Merced.
    - ¿Querías ser torero?
  - Sí, claro; ya llevaba dos años de capeas. Mira -y le enseño en la pierna izquierda una cicatriz larga, blancuzca-, aquí tengo un puntazo corrido. Me lo dio "la Chorreada", una vaquilla que sabía latín.
   - Pues oye, no te enfades, pero el tipo te ayudaría poco. Más lo tienes de picador.
   - Sí, me lo decían todos, pero uno... De todas maneras, lo peor no fue que el tipo me ayudara poco, sino que el miedo me estorbaba mucho. Sobre todo desde que mató una vaca a mi compañero de aventuras. "El Puri", le decíamos. Le metió el cuerno por la ingle y para qué te cuento.

Escribe Javier Barreiro, en "Un acercamiento biográfico", en el prólogo de su edición de Poesías, Rolde de Estudios Aragoneses, Diputación de Zaragoza, 2005, comentando esta afición del escritor, lo siguiente: "De natural inquieto, cambió de trabajo con frecuencia y hasta probó suerte en el carpetovetónico mundo de las capeas. En esta y otras aventuras, siempre estuvo acompañado de su amigo Miguel, al que en 1951 dedicaría Veturián, y que después se hizo barbero. La historia terminó cuando una vaca, La Chorreada, corneó al futuro escritor en la pierna. La gran cicatriz que le cruzaba desde el tobillo hasta la rodilla daba fe del episodio." 

Nota. En la foto que ilustra esta entrada, recorte de una familiar publicada en otra entrada de este blog dedicada a Arana "Biografía de solapa", se puede apreciar, en el hombro derecho del escritor, el pelo de Veturián Arana Godás, último hijo del escritor nacido de su matrimonio con Elvira Godás. 

martes, 9 de diciembre de 2014

José Ramón Arana: tres apuntes biográficos / 1



El libro, cuya portada ilustra esta entrada, inicio del ciclo narrativo "Por el desván de los recuerdos", recrea los años en que Arana trabajó en la fundición Can Girona, en el Poble Nou, un barrio obrero de la Barcelona del tiempo de la dictadura de Primo de Rivera. Dedica Ramón, nombre del protagonista y narrador, el libro a sus "compañeros de ayer" y nos deja algunos interesantes testimonios que poseen, además del entrañable valor humano, el carácter de documentos biográficos sobre la vida de José Ramón Arana, por aquel entonces aún José Ruiz Borau.
     En el primero de ellos, dialoga Ramón con Don Carlos, el médico de la fábrica, culto, escéptico y empedernido lector, que lo atiende de unas heridas producidas en el duro laborar:

-  Usted no ha sido siempre obrero, ¿verdad?
- Siempre. A los doce años entré de aprendiz en una imprenta y desde entonces...
- Pues es raro. ¿Por qué dejó ese oficio?; a mí me hubiera gustado, creo.
- Y a mí, pero eran diez horas dándole al pedal de una "Minerva" por veinticinco céntimos, y comprenderá usted que con un real...
- ¡No he de comprender! Era inicuo. ¿Lo sacó su padre de allí?
- No, mi padre había muerto años atrás.
- ¿Y qué era su padre?
- Maestro.
-¡Ah, vamos!

El padre de Arana se llamaba Ventura Ruiz Lara y fue maestro en Garrapinillos, Zaragoza, donde nació el escritor. Murió "de tuberculosis prematuramente -en 1913- sin tener suficientes servicios para causar pensión", escribe Luis A. Esteve en el prólogo a su edición de El cura de Almuniaced, Biblioteca del Exilio, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2005, lo que conllevó que el escritor y su madre pasaran "muchas estrecheces". Según Esteve, la madre abrió un taller-academia de corte y confección en Pina de Ebro y a los doce años su hijo entró de aprendiz en una imprenta cuando vivían ya en el casco viejo de Zaragoza.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Tanka de los adentros



TANKA DE LOS ADENTROS

Por mis adentros
como en un laberinto
me pierdo a veces
buscándote, Dios mío,
detrás de tu silencio.

Nota. La foto de la playa de la Barceloneta, con el edificio de La Vela al fondo, está tomada el pasado mes de noviembre.