miércoles, 30 de septiembre de 2009

Julian Besteiro: morir en Carmona / 3


Los escenarios de la memoria: Madrid.

El Ministerio de Hacienda


Las primeras luces del alba del martes 28 de marzo de 1939 iluminaban un paisaje gris y desapacible que presagiaba un día frío. Un viento racheado movía las copas de los árboles y arremolinaba los papeles en los rincones de las calles, desiertas a esas horas tempranas. Un coche se detuvo frente al viejo edificio del Ministerio de Hacienda en la calle de Alcalá. Los sacos terreros protegían la entrada. Los soldados de vigilancia se parapetaban tras ellos. La luz de lámpara del vestíbulo estaba apagada.


La cárcel de Porlier

No era, la cárcel de Porlier, una verdadera cárcel. Se trataba del edificio de un colegio que había sido habilitado como prisión en tiempos de la República. Ocupaba la manzana entre las calles Bravo, Padilla y Conde Peñalver. La entrada principal estaba en la calle Díaz Porlier. El edificio, de planta baja y tres pisos, era todo él de ladrillo rojo. Las ventanas del primer piso remataban en arco circular y constituían largas galerías en las que se encontraban las celdas de los presos. Los árboles casi se pegaban a las paredes del edificio.


La prisión del Cisne

Dejando atrás la plaza de Rubén Darío y la iglesia de San Fermín de los Navarros, el vehículo llegó a la prisión. El edificio tenía forma cuadrangular, con dos patios interiores y otras tantas galerías, perimetrado por un muro de ladrillo rematado en una pequeña verja. La última luz de la tarde dejaba una claridad ambigua flotando en el ámbito de la galería. Las ventanas de estilo gótico, con cristales esmerilados, se asomaban a un patio con una vegetación densa de árboles altos y frondosos y parterres delimitando pequeñas zonas ajardinadas.


Nota. Las fotos de todos los lugares que constituyen los escenarios de la memoria de la pasión y muerte de Julián Besteiro fueron tomadas mientras me documentaba para escribir el libro. Las descripciones que se incluyen proceden de la redacción final del libro. Había previsto tres entradas, pero será necesario hacer alguna más, pues faltan Dueñas, Guadajoz y Carmona. Quiero dar las gracias a todas las personas que, durante estos días, han querido, visitando este blog, compartir la memoria de uno de los hombres más íntegros que ha dado nunca este país.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Julién Besteiro: morir en Carmona / 2

Mi interés por la figura de Besteiro se remonta a los primeros años de la transición, cuando empezamos, los que entonces teníamos veintipocos años, a descubrir tantos aspectos de nuestro pasado que nos habían sido ocultados. A mí me llamó siempre poderosamente la atención la actitud de Besteiro, quien tuvo el coraje y la entereza moral de quedarse en España y no marchar al exilio. Besteiro fue detenido en los sótanos del Ministerio de Hacienda de Madrid el día 28 de marzo de 1939. La tarde-noche del 29 de marzo ingresó en la cárcel de Porlier, de tan infausta memoria, hoy colegio privado de los Salesianos, después de haberle sido tomada declaración por parte del juez militar encargado de las diligencias previas en el proceso sumarísimo abierto contra él y contra Rafael Sánchez-Guerra, asesor político por entonces del coronel Segismundo Casado.

¿Por qué no se marchó al exilio Besteiro cuando tan fácil le hubiera sido hacerlo? La respuesta no es fácil, pero creo que Besteiro se quedó en España por coherencia política, por integridad moral y para dar una suerte de lección ética a todos aquellos que en los últimos años de su vida le habían calumniado y hasta ridiculizado acusándole de haber pactado previamente con la “quinta columna” las condiciones de su estancia en la España nacionalista, obteniendo la promesa de que su vida sería respetada. Los hechos, desde luego, desmintieron dramáticamente esas voces injuriosas, que tienen nombre y apellidos, algunas aún vivas y casi todas agrupadas bajo la misma bandera. Hay quien ha escrito, sin embargo, bien recientemente, que se quedó por “orgullo suicida”, casi como un ingenuo incauto. Sin medir, como quien dice, el alcance de sus actos.

Del mismo modo, la participación de Besteiro en el Consejo de Defensa fue un hecho extraordinariamente controvertido que ha dado lugar a muchas interpretaciones, no todas respetuosas ni justas, es necesario decirlo; la que roza lo inadmisible es la que insinúa “insania mental” en Besteiro al aceptar participar en el Consejo. ¿Por qué aceptó Besteiro colaborar con el Consejo? Probablemente porque pensó que con su prestigio y moderación podía contribuir a negociar las condiciones de una paz que fuera la paz de la reconciliación y no la paz de la victoria. En eso es obvio que se equivocó; pero no debe achacarse a él el error, sino a la falta de magnanimidad de los vencedores y a su poco sentido del Estado, pues prefirieron, con injustificable ceguera histórica, la vía de la represión, de la eliminación física del adversario, aun siendo conscientes de que abrían heridas que dejarían huella perenne en la sociedad española; Besteiro lo advirtió con toda claridad: “Pensar en que media España pueda destruir a la otra media, sería una nueva locura que acabaría con toda posibilidad de afirmación de nuestra personalidad nacional o mejor, con una destrucción completa de la personalidad nacional.” El fracaso de Besteiro, pues, es el fracaso de todos los españoles que aún creían posible la concordia y la reconciliación.


Lo que sucedió a partir del momento en que Besteiro tomó la decisión de no marchar al exilio, es una historia que, como escribió Miguel Mena en El Periódico de Aragón, merecería figurar, con permiso de Borges, en la historia universal de la infamia. Los hechos narrados en mi novela parten de ahí, de la decisión, nunca del todo bien entendida, de Besteiro de permanecer en España.

Podría decir que, aunque conste de siete capítulos, la novela se divide en dos partes: el ruido y el silencio.

El ruido se arma en torno al hombre público, al dirigente socialista, al político, al expresidente de Las Cortes, al catedrático de Lógica de la Universidad de Madrid: primeras declaraciones, trasiego de cárceles, designación del abogado defensor, Ignacio Arenillas de Chaves, aceptación de éste, idas y venidas de la mujer, Dolores Cebrián, aportando documentos para la defensa, las esperas a pleno sol para poder visitarle en la cárcel del Cisne, el juicio, el discurso de dos horas y media del fiscal militar, Felipe Acedo Colunga, la petición efectuada por éste de pena de muerte porque “las ideas del procesado habían hecho mucho daño a España”, la deliberación del Tribunal, presidido por el general Manuel Nieves Camacho, la comunicación de la sentencia: cadena perpetua sustituida por treinta años de reclusión mayor por el delito de “adhesión a la rebelión militar”, el rechazo del recurso presentado por el abogado.
Después, el silencio, la soledad, el desamparo. Después el hombre de carne y hueso, casi un anciano a los sesenta y nueve años de su edad, con la salud profundamente quebrantada, enfrentándose como un héroe trágico a la adversidad de su destino, al último acto de una vida que las circunstancias convirtieron en tragedia. La historia se fue volviendo triste y los Officium Deffunctorum de Tomás Luis de Victoria ponían la melodía melancólica y sombría a la agonía de un hombre desamparado y abandonado a su suerte en una oscura celda de una destartalada y obsoleta prisión de una pequeña y hermosa ciudad del Sur.

Después, la amargura, los sinsabores, la derrota, los quebrantos, la soledad de las prisiones, la angustia y otra vez el silencio, la enfermedad, la negligencia de un médico que equivocó en su terquedad el diagnóstico e impidió el traslado a un hospital-prisión cuando era evidente para todos menos para él la gravedad extrema del enfermo, y, finalmente, la muerte; y poco antes de morir estas palabras: “Muero siendo socialista. Cuando la libertad en España vuelva a hacer a los hombres libres, quiero que mis restos sean envueltos en una bandera roja y enterrados al lado de la tumba del que fue mi maestro: Pablo Iglesias.”


Es cosa sabida que la historia la escriben los vencedores, y a nadie deben extrañar, por tanto, ni las tergiversaciones, ni los olvidos, ni los cuentos vueltos del revés de la historia “oficial”; sin embargo, la verdad de los hechos acaba siempre por imponerse, aunque sea a destiempo. Han transcurrido más de sesenta años desde que sucedieran los tristes acontecimientos de que en la novela se da cuenta. Hoy su protagonista ocupa el lugar en la Historia que le corresponde y es un referente necesario en la memoria histórica colectiva, a pesar de quienes no escatimaron esfuerzos para emborronar su buen nombre y de quienes le persiguieron hasta después de muerto, negándole el derecho a ser enterrado en Madrid, como era su explícito deseo. ¿Quién se acuerda hoy de Acedo Colunga o de los generales que lo juzgaron y lo condenaron?


Tantos años después, una plaza, en el lugar en que se levantaba la cárcel, lleva su nombre y apellido en la ciudad que le vio morir de modo tan menesteroso como injusto. En un rincón olvidado de lo que fue cementerio y hoy es campo de fútbol, la maleza inunda los restos de la bóveda del nicho que le sirvió de ignominioso lecho de muerte durante veinte largos años. Una tarde de junio, de hace doce años, para sorpresa de futbolistas y árbitro, dejé un ramo de rosas blancas entre medio de la maleza. Después, luchando a brazo partido por desterrar la melancolía, no pude hacer otra cosa que escribir este libro.




Nota. La foto de Besteiro en la cárcel de Carmona junto a los curas vascos está tomada de la página web de PSOE. Las demás son fotos procedentes de la edición del libro de Andrés Saborit sobre Besteiro que publicó Losada en Buenos Aires en 1967. Las fotos de Carmona, la de la plaza y la de los restos de la tumba de Besteiro, puede apreciarse el libro Cartas desde la prisión y el ramo de rosas blancas, las tomé durante el viaje que hice a esa hermosa ciudad sevillana mientras me documentaba para escribir el libro. Son de cuando no tenía cámara digital y de ahí su baja calidad, por la que pido disculpas.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Así, ¿es el final?



Para G. y J. donde quiera que estén.Me pidió, con insistencia incluso, durante los largos y penosos meses que duró la fase terminal de su enfermedad, que no le ocultara el momento en que se acercase el final. Había reflexionado reiteradas veces, incluso en un esfuerzo que sabía inútil de antemano había tratado de imaginárselo, acerca de cómo sería el instante en que se produjera el tránsito, en que cerrara los ojos para no volverlos a abrir y perdiera la conciencia para diluirse en la nada del no ser. Así que, después de que el médico hubo abandonado la habitación del hospital en la que estaba ingresado, balbuceó con inmisericorde esfuerzo y una desangelada torpeza en sus palabras la pregunta decisiva que siempre había temido formular: “Así, ¿es el final?”

Aunque no me fue fácil, no demoré ni un segundo mi respuesta: “Sí, es el final.” Cerró los ojos, guardó silencio y una lágrima tímida rodó por su rostro estragado por los efectos de la cruel enfermedad. Tomé su mano entre las mías, en un gesto de ternura que trataba de reconfortarle en su desamparo. Había venido a vivir a casa desde que se le declaró la enfermedad. Prefirió ocultarle a su madre anciana la realidad de su situación. Lo había cuidado con afecto y esmero, el que da la verdadera amistad. Habíamos compartido, en los sosegados atardeceres del otoño, lecturas y charla, que inevitablemente giraba siempre en torno al mismo tema: cómo prepararse para la agonía del tránsito. Leímos y releímos juntos a Erasmo, a Unamuno, a San Juan de la Cruz. Ahora me había tocado escuchar, del labios del oncólogo, la frase descorazonadora: “en pocas horas entrará en la agonía, despídase y trate de consolarlo en la medida en que le sea posible hacerlo.”

Se fue en silencio, sin aspavientos, conservando entera, inquebrantable, su dignidad. Retuve su mano entre las mías y sentí, un leve instante, la crispación de sus dedos perdidos en la tiniebla, como intentado apresar las sombras que lo cercaban. Cesó todo. Ordené incinerar sus restos en la incerteza de si su alma habría emigrado a tiempo a la región luminosa del mundo de las ideas. Días después conduje mi coche hasta el lugar en cuyo paisaje me había pedido que esparciera sus cenizas. La luz adormecida de la tarde de otoño vio cómo caía en silencio sobre los surcos en barbecho la lluvia gris y leve de su memoria hasta quedar anegada en la geografía estéril del olvido.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Lasciate ogni speranza



En 1907 publicó Joan Maragall el opúsculo “Elogio de la poesía” en el que reflexionaba acerca de la palabra y la creación poética. Escribe Maragall: “Poesía es el arte de la palabra; arte es la humana expresión de la belleza; belleza es la revelación de la esencia por la forma; forma es la huella del ritmo de la vida en la materia.” El arte es, para el poeta catalán, lo que llama la “belleza trashumanada devuelta a Dios” por la expresión del ritmo revelador de la forma natural. Debe ser ese ritmo revelador espontáneo, puro y sincero. La inspiración, que hay que saber esperar, es la señal de la voluntad divina de revelar ese ritmo. El poeta no debe empeñarse en buscarla, debe dejar que fluya en él como un estremecimiento interior, como un escalofrío que no engaña, como una voz que debe ser obedecida y atendida, porque en esto la voluntad, tan poderosa en otras actividades humanas, tiene poco papel. Leyéndolo, en esta nublada mañana con la que se despide el verano, he comprendido por qué se dice que los poetas, los que lo son de verdad, como García Lorca, están tocados por la mano de Dios y se me han iluminado los versos de Cervantes: “yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo.” Eso es, la gracia, el ritmo revelado, el escalofrío que no engaña. Escribe Maragall:

Es falsa la distinción entre fondo y forma: poesía, propiamente hablando, no es más que la forma, el verso. La poesía no está en lo que se dice, sino en el modo de decirlo; o mejor, en la poesía, forma y fondo son una misma cosa. Porque en ella, cuando es verdadera, no precede la idea a la palabra, sino que ésta, al acudir sólo por el ritmo, se trae impensada la idea. En poesía, el concepto viene por el ritmo de las palabras: ésta es su señal inconfundible y su misterio; así se realiza en ella la revelación de la esencia por la forma.


El concepto de la eternidad de las penas del infierno –por ejemplo- nos ha sido dado por muchos y de muchas maneras fuera de la poesía; pero sólo el Dante vio encima de la puerta aquellas palabras: Lasciate ogni speranza voi che entrate. Así nos revela poéticamente la eternidad del infierno: el ritmo de sus tercetos le trajo esta expresión. El concepto en ella contenido ya lo sabíamos: nada nuevo nos dijo el Dante; pero con su modo de decirlo nos hizo temblar nuevamente. El poeta no suele decir cosas nuevas, no es su oficio: lo es el echar sobre las ideas la luz de la forma en que vienen dichas; y esto es lo nuevo, su revelación de la esencia por la forma.

martes, 15 de septiembre de 2009

Preposiciones y signos


El Ayuntamiento de una ciudad catalana del interior, que cuida y protege ejemplarmente su centro histórico, por la que paseaba una calurosa tarde del pasado mes de julio, ha tenido la sensatez y el buen gusto de conservar ciertas reliquias del pasado aunque no estuvieran escritas en la lengua autóctona. Consulto el Diccionario Normativo y Guía Práctica de la Lengua Española, de Francisco Marsá, y dice lo siguiente: “La preposición so equivale a bajo o debajo de, y no se usa sino formando locuciones con los sustantivos capa, color, pena y pretexto.” No deja de asombrarme que una preposición aparentemente en desuso, o poco usada, aparezca tan correctamente empleada en este antiguo letrero tan sabiamente conservado. María Moliner, en su Diccionario de uso del español, escribe en la entrada dedicada a la mencionada preposición: “Hoy se emplea, ya poco, en las expresiones so capa o so color, y se emplea corrientemente en so pena de.”

Por el contrario, circulando por las carreteras cercanas a la costa, me encontré en una valla publicitaria este anuncio de una cadena de gasolineras escrito imitando el lenguaje que los jóvenes emplean en los mensajes que se envían a través de los teléfonos móviles. Las diferencias entre ambos son tan obvias que casi no merece la pena comentarlas. Diré, solamente, que uno contribuye poderosamente al correcto empleo de la lengua y el otro, sin más, con el uso incorrecto de signos matemáticos que sustituyen a palabras, la empobrece y deteriora.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Tu oficio, tu vocación, tu estrella




A Leonardo con el paso de los años se le agotan los discursos. Después de semanas inmerso en el silencio de su propia vida, que es un silencio ancestral, que atiende solo a la naturaleza y al rumor sosegado de las aguas y los pájaros, al ulular del viento en las frondosas ramas de los álamos, un silencio espeso que le envuelve mientras escucha con sus ojos a los muertos, se presenta inhóspita la hora de volver. Hay que arroparse otra vez con los ropajes clamorosos de las palabras, volver a hablar, a comunicarse con esos jóvenes que le escuchan atentos aunque sea solo porque es el primer día del nuevo curso. Y Leonardo, dejando escondido su viejo escepticismo, les habla y los anima a que se comprometan con ellos mismos, a que sean consecuentes con la opción que han tomado, a que ejerzan sin miedo su libertad y su responsabilidad, a que vayan construyendo su propio camino y cimentando su propia manera de ver e interpretar las cosas del mundo, a que vayan tomando conciencia de que su vida es un milagro único e irrepetible y que es suya y de nadie más y que deben vivirla intensamente sin tregua, sin esperas, sin demoras estériles, eligiendo en cada momento una o varias de entre las muchas opciones que la realidad les pone delante de sus ojos, los anima a que crezcan como personas y a que comprendan que no son nadie sin los demás y les lee los versos del poeta “un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno son como polvo, no son nada.” Y cuando parece que la primera clase va a terminar con más pena que gloria, les lee un fragmento del “Elogio de la vida”, del poeta catalán Joan Maragall:

Ama tu oficio, tu vocación, tu estrella, aquello para lo que sirves, aquello en que realmente eres uno entre los hombres. Esfuérzate en tu quehacer como si de cada detalle que piensas, de cada palabra que dices, de cada pieza que pones, de cada golpe de tu martillo, dependiera la salvación de la Humanidad. Porque depende, créelo. Si olvidado de ti mismo haces cuanto puedes en tu trabajo, haces más que un emperador rigiendo automáticamente sus Estados; haces más que el que inventa teorías universales para satisfacer sólo su vanidad, haces más que el político, que el agitador, que el que gobierna. Puedes desdeñar todo esto y el arreglo del mundo. El mundo se arreglaría bien él solo, con sólo hacer cada uno todo su deber con amor, en su casa.


Leonardo observa gestos de perplejidad ante la expresión que emplea el poeta de olvidarse de uno mismo; advierte que les choca, ¿qué querra decir eso de olvidarse de uno mismo? Al darse cuenta, Leonardo les dice: vayan pensándolo y me traen mañana por escrito el fruto de sus reflexiones. Bienvenidos, la clase ha terminado.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Seguir adelante


- Así que usted piensa que no vale la pena seguir adelante.

- Sí, eso es lo que creo.

- De modo que está usted planteándose dejar de escribir.

- No es exactamente así, la decisión de dejar de escribir está ya tomada desde hace tiempo.

- ¿Quiere esto decir que no volverá a publicar ningún libro de creación literaria?

- Uno nunca sabe lo que le deparará el futuro, pero si me permite utilizar la expresión de su primera pregunta, creo que no vale la pena seguir adelante.

- Entonces, si no lo entiendo mal, la publicación de su última novela supone el cierre de su carrera literaria.

- Ignoro a qué se refiere con la expresión “carrera literaria”. No tengo conciencia de cerrar nada, simplemente he llegado a la conclusión de que no vale la pena seguir adelante, y perdone que insista en la utilización de su afortunada expresión.

- En realidad preguntarle por su carrera literaria es una forma de preguntarle por su obra de creación.

- Una cosa es la obra de creación y otra bien distinta su publicación.

- ¿Quiere eso decir que seguirá usted escribiendo pero no publicará lo que escriba?

- Lo ignoro.

- Entonces sus lectores, los que leyeron las obras que publicó, no podrán leer nada más suyo.

- De qué lectores me habla, no creo haber tenido lectores nunca.

- ¿Y su editor, qué dice de todo esto?

- Tampoco tuve nunca editor.

- ¿Y los que publicaron sus obras?

- No fueron editores, le vieron algún interés a las obras que les envié y en ese momento les pareció oportuno publicarlas y lo hicieron, nada más.

- Así pues, advierto que la suya es una decisión firme y meditada.

- Sí, lo es.

- Perdone la crudeza de la pregunta, ¿se siente usted fracasado como escritor?

- El éxito y el fracaso nada tienen que ver con la literatura, así que para mí la expresión “escritor fracasado” es un oxímoron, una contradicción en sus términos.

- Permítame una última pregunta, ¿le hubiera gustado ser más reconocido como escritor?

- Me es completamente indiferente.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La abolición del destino: 2666, de Roberto Bolaño



Por razones que no se me alcanzan, desoí los consejos de los amigos que me instaban con urgencia a que leyera Los detectives salvajes. Ni siquiera compré el libro para tenerlo en la estantería esperando que le llegara su momento oportuno. Tampoco leí las otras novelas y libros de relatos del autor, a pesar de la buena crítica y de la más que favorable recepción de los lectores. Tal vez exceso de trabajo, quizá estuve metido en algún proyecto que me absorbió más de la cuenta, a lo mejor sólo fue pereza ante tantas páginas y una letra tan menuda, la verdad es que no lo sé, pero no leí la obra de Bolaño. Pero los caminos del azar son inescrutables y en agosto de 2006, por mi cumpleaños, alguien me regaló el libro que ahora comento, tras de haberlo leído este verano, tres años después.

A mí me ha pasado con Bolaño lo contrario de lo que le pasa al farmacéutico que dialoga con Amalfitano, en lugar de empezar por novelas breves o libros de cuentos, he empezado a leer la obra de Bolaño por su novela más extensa, más compleja y más ambiciosa: “Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino a lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.” (2666, pp. 289-290) Pone el narrador como ejemplo a Kafka, El proceso y La metamorfosis, o a Melville Bartleby, el escribiente y Moby Dick. No sé si soy de ese tipo de lectores. Desde luego sé saborear las obras breves y perfectas, como Los adioses, pero también las extensas y complejas, como La vida breve, por hablar, ya que entre latinoamericanos estamos, de Onetti. Hasta tres veces leí la trilogía de Sábato, subrayada y anotada, El túnel, como ejemplo de obra breve y perfecta, y Sobre héroes y tumbas o Abbadón, el exterminador, más complejas y difíciles.

























2666
es una obra que aspira a la totalidad. Es una novela puente entre dos mundos menos antagónicos de lo que parece: el de la tradición latinoamericana y el de la europea; en términos de Cortázar: del lado de allá y del lado de acá. Su estructura, dividida en cinco libros independientes pero que convergen en una especie de viaje al infierno, al lado más oscuro de la existencia, al lugar donde se desata una violencia criminal, tremenda e injusta y que se convierte por sí sola en metáfora crudelísima del mal. Esa parte de la novela, la que lleva por título “La parte de los crímenes” es una suerte de letanía macabra en la que se da cuenta de los crueles asesinatos, sin ahorrar detalles espeluznantes, de todas las víctimas, casi siempre mujeres jóvenes y niñas, que se producen en Santa Teresa, trasunto literario, dice el texto de la contraportada, de Ciudad Juárez. Desde aquí me pregunto en qué estaría pensando Lolita Bosch cuando hace unas semanas, precisamente mientras yo leía el libro, publicó un artículo en Babelia en el que hablaba de narcotráfico y literatura y no mencionaba esta parte de la extensa novela de Bolaño; en fin... Esta lepra de la violencia machista, este sinsentido del asesinato de mujeres después de ser violadas salvajemente tiene en esta parte de la novela del escritor chileno un papel preponderante, lo que la convierte en un grito desgarrador de denuncia. La soledad y el desamparo de una mujer que intenta localizar a los padres, trabajadores de una maquiladora, de unas niñas, de quince y trece años, que han sido secuestradas y cuyos cadáveres pasan a engrosar la larga lista de asesinadas, la soledad de esa mujer, digo, es una metáfora del desamparo que la sociedad latinoamericana ha padecido durante siglos: “La mujer volvió a telefonear y dijo el nombre y el puesto del padre, pues pensó que la madre, al ser operaria como ella, era sin duda considerada de un rango inferior, es decir prescindible en cualquier momento o por cualquier razón o capricho de la razón, y esta la vez la telefonista la tuvo esperando tanto rato que las monedas se agotaron y la llamada le se cortó. No tenía más dinero. Desconsolada, la vecina volvió a su casa, en donde la aguardaba otra vecina y las niñas y durante rato las cuatro experimentaron lo que era estar en el purgatorio, una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo, algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si uno lo pensaba bien experimentaba todos los días, pero sin angustia, sin la sombra de la muerte sobrevolando el barrio como una bandada de zopilotes y espesándolo todo, trastocando la rutina de todo, poniendo todas las cosas al revés.” (2666, pp. 659-660)


















Hay en esta larga novela, como no podía ser de otro modo, cuantiosas reflexiones sobre el arte y la literatura. La creación de ese misterioso y secreto escritor llamado Benno von Archimboldi permite a Bolaño indagar en las razones de la escritura y en el sentido de la literatura y también de la lectura. Mas allá de que la búsqueda y la interpretación de la obra del escritor sirva de eje estructural en la primera parte, en la cual cuatro investigadores profesores de universidad siguen la estela del escritor del que creen saberlo casi todo, sobre la figura de Archimboldi se focaliza la parte final, muy lograda e interesante, aunque algo precipitado el final, tal vez porque Bolaño hubiese necesitado algo más de tiempo para acabar de pulir esta última historia. Abunda en esa parte final de la novela la reflexión metaficcional. Me parece importante y significativo el encuentro entre Archimboldi y un viejo escritor que ha optado, como Bartleby, por dejar de escribir y ser sólo lector. Cuando el viejo escritor descubre que “jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra” (p.982), dejó de escribir. La razón la expresa con claridad: “Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable que reproduce, de múltiples maneras el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir” (p.984). Dejar de escribir no conlleva, necesariamente, dejar de leer. Es un tópico que se repite a menudo, pero que no por lugar común deja de ser cierto, los escritores son antes lectores que autores. El viejo escritor lo asume con total naturalidad: “Llegó un día en que decidí dejar la literatura. La dejé. No hay trauma en este paso sino liberación. Entre nosotros le confesaré que es como dejar de ser virgen. ¡Un alivio dejar la literatura, es decir dejar de escribir y limitarse a leer!” (p.986)


















La pregunta surge inmediata: ¿es 2666 una obra maestra o es carne de cañón? Antes de responder a esta pregunta retórica, que en realidad no tiene respuesta o si la tiene ha de ser individual y de cada lector de la obra, convendría fijar una cuestión previa: ¿qué queremos decir cuando decimos que una obra literaria es una obra maestra? ¿Qué son obras maestras Don Quijote, Cien años de soledad, La colmena, La vida es sueño, Luces de bohemia, Vida y destino? ¿Son obras maestras las que vencen al paso de tiempo y se convierten en clásicas? ¿Quién decide si una obra se convierte en maestra o no, el paso del tiempo, la crítica especializada, el favor de los lectores, los cánones de investigadores de prestigio? Terreno resbaladizo como puede verse. Pero no me escabullo de responder, o intentar responder, a la primera de las preguntas de este párrafo. 2666 es una obra apasionante, de lectura trepidante y llena de interés se lea por donde se lea, y si no es una obra maestra, porque aún no lo ha decantado así el tiempo y porque yo no soy nadie para decirlo, es una obra muy notable, una obra valiente y arriesgada que se abre sin miedo al abismo oscuro de la existencia humana, que aspira a la totalidad y que resulta un inquietante viaje al fondo de la noche, al lado más oscuro de lo humano, allí donde la violencia y el sinsentido amenazan muy peligrosamente la esperanza.

Nada mejor que este breve diálogo entre Liz Norton, inglesa, una de las investigadoras que siguen la huella de Archimboldi, Pelletier, francés, otro de los profesores expertos en la obra del escritor alemán, y Amalfitano, profesor sudamericano, algo escéptico, que también conoce y ha leído al secreto escritor centroeuropeo; dialogan sobre el exilio y estas son sus palabras, con ellas cierro este largo comentario, no sin decir que a lo mejor Bolaño tenía razón y hubiese sido mejor publicar la obra en cinco volúmenes, desde luego la mano y el brazo que sostienen el voluminoso ejemplar lo hubieran agradecido; pero volvamos a esa cita con la quiero terminar, a sabiendas de que hubiera podido seguir escribiendo sobre esta novela que tantos puntos de interés tiene:

- El exilio debe de ser algo terrible –dijo Norton, comprensiva.
- En realidad –dijo Amalfitano- ahora lo veo como un movimiento natural, algo que, a su manera, contribuye a abolir el destino o lo que comúnmente se considera destino.
- Pero el exilio –dijo Pelletier- está lleno de inconvenientes, de saltos y rupturas que más o menos se repiten y que dificultan cualquier cosa importante que uno se proponga hacer.
- Ahí precisamente radica –dijo Amalfitano- la abolición del destino. Y perdonen otra vez.


Nota. Todas las fotos que ilustran esta entrada están tomadas de la red, las de la portada del libro, las del autor, las de Santa Teresa y las de la obra de teatro que se basó en la novela.







lunes, 31 de agosto de 2009

Antonio Rabinad: Memento mori



Me levanto temprano. Desayuno. Me ducho. Cargo el coche. Recojo la casa. Preparamos la vuelta. Último día de vacaciones. Me entretengo, para hacer un poco de tiempo mientras los demás terminan de organizar lo suyo, en el viejo banco de madera de la entrada de la casa hojeando el periódico. Me topo, de repente, con la inesperada noticia de su muerte. A la melancolía de la partida forzosa, se une la tristeza por la muerte del amigo, a quien hace mucho que no veía.

Lo conocí en el Mercado de San Antonio, en su puesto de venta de libros de lance. El era jurado de un premio literario, que no gané, al que me había presentado y le fui a preguntar. Me atendió con simpatía y me dijo que lo mío le había gustado y lo había defendido, pero que había unanimidad en que la novela de otro era mejor y ganó. Ahora tomo la edición de Memento mori, para mí su mejor novela, de Argos Vergara y leo con nostalgia la dedicatoria que allí mismo me estampó: “Para Javier Quiñones, escritor, en la primavera de su juventud de Antonio Rabinad, en el invierno de la vejez. Mercado de San Antonio, 31 de mayo de 1992.” El juego de palabras gira entorno al título con el que presenté mi novela al concurso “El invierno de la vejez”. Diez años después vería luz dentro de El final del sueño bajo el título de “Voces apagadas”.

Empezó allí, aquel día, una amistad que continuó, con largos espacios de tiempo en los que no sabíamos nada uno de otro, en el devenir de los años. Leí sus obras en primeras ediciones compradas en librerías de viejo: Marco en el sueño, Los contactos furtivos, A veces, a esta hora. Me parecía la obra de un escritor con un mundo propio anclado en la memoria y en un tiempo que ya no existía, en una Barcelona que los años habían devorado insaciablemente. Me gustaron después dos obras suyas: Libertarias y Juegos autorizados. Vinieron después sus memorias publicadas en Alba bajo el título de El hombre indigno.

Con todo el libro suyo que más me gustó fue El niño asombrado. La primera edición es de Seix Barral de 1966. La portada contiene un enigmático dibujo: una cara de niño que casi responde a los dibujos de retratos-robot de la policía y un revolver que sube desde su barbilla hasta en el entrecejo. Todo ello en trazo fino en blanco y negro. En realidad no se trata de una novela de intriga, sino de un conjunto de pequeñas estampas en las que el escritor habla de su infancia, de su niñez. Lo abro al azar y escojo el inicio de uno de esos pequeños relatos, “Las sirenas”:

¡Primavera del año treinta y seis! ¿Cuántos años tenía yo entonces? ¿Ocho, nueve? No llegaba a los diez. El mundo era algo tenue, ilimitado, casi mágico, donde todo era posible; cada palabra poseía una verdad conforme, maravillosa, exacta. Como poblado de dioses invisibles, el vasto cielo sobre los tejados, era, a la tarde, un ondular de túnicas, de nubes. De vuelta del colegio, me sentaba en el suelo del balcón a contemplar los vuelos de las golondrinas; bajo el balcón pasaban dialogando los obreros de la fábricas; reían grupos de mujeres; el río luminoso se apagaba...
El asombro, el pasmo, la maravilla de la vida alentada desde las sombras ha acabado arrastrándote, como ese río luminoso que se apaga, hacia el mar oscuro de la muerte y de la nada. Pero no te has ido del todo, quedarás en la memoria de los tuyos y de los muchos amigos que hiciste a lo largo de los años. Quedarás en tus obras para los lectores que quieran asomarse a ellas y conocer a ese niño asombrado, que se dejó crecer las melenas y las barbas blancas de la nobleza y el espíritu solidario con los desheradados que alumbra la mayoría de tus páginas. Adiós, amigo. Me uno al dolor de tu familia. Esta noche volveré a leer algunos de los relatos del niño asombrado que fuiste y con el que ahora has ido a encontrarte de nuevo.

viernes, 7 de agosto de 2009

Escribir sobre Max Aub / y 3



ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / y 3

Lo peor vino después, digo, sobre todo para el joven e inexperto estudiante, bastante mediocre, la verdad sea dicha, que yo era por entonces: la penuria de datos acerca del escritor, la inexistencia de ediciones, la búsqueda infructuosa en bibliotecas y librerías de viejo. Con todo, el azar me deparó otros encuentros epifánicos –así llama Alberto Manguel a esos hallazgos que tienen una importancia decisiva en nuestra existencia- en mi relación con la obra de Aub. Aún alcancé a comprar, antes de ser descatalogada, la edición del Jusep Torres Campalans, ese pintor de ficción amigo de Picasso, de Alianza Editorial, de modo que fue éste el segundo texto aubiano que leí. ¿Cómo es posible, me preguntaba entonces, que un escritor capaz de escribir libros como aquellos no figurara entre los más destacados de la literatura española, no se editasen sus obras y su nombre no fuera reconocido y celebrado?

No olvidaré fácilmente la alegría que me produjo el hallar, perdido entre hileras de libros viejos en la feria del libro de ocasión de septiembre en el Paseo de Gracia de Barcelona, un ejemplar de la segunda edición de La gallina ciega, editada por Joaquín Mortiz en México, en 1975. Lo encontré en septiembre de 1977, como señala con precisión mi ex-libris, que por cierto se basa en un dibujo del pintor Ramon Gaya, tan ligado al exilio republicano y hombre de tan extraordinaria sensibilidad. Recuerdo aún la amargura de la queja de Aub ante el desconocimiento del público lector cuando efímeramente regresó a España en 1969: "¿Quién soy yo para todos estos que llenan estos cafés del centro de Barcelona y sus enormes terrazas? Nadie. No, nadie sabe quién eres."

A partir de aquel momento me propuse intentar saber quién era en realidad Max Aub y leer su obra a ser posible en su totalidad. Esto lo escribo muy alegremente aquí, pero en aquel entonces era penosísimo encontrar los libros de Aub. Hoy, la edición de sus Obras completas está estancada y aún quedan muchos textos inéditos. Les pongo un solo ejemplo. Cuando edité los cuentos que cerraban el Laberinto mágico -anden ustedes a saber por qué extraña razón Alfaguara no quiso editarlos en su día en un volumen que cerrara la edición del laberinto-, cuando los edité, digo, eran un total de cuarenta cuentos de los cuales dieciocho estaban inéditos en España y se publicaron por primera vez en 2005, fíjense, ¡qué anomalías tiene este dichoso país nuestro!

No fue, sin embargo, hasta un año después cuando empecé a conocer la faceta testimonial, tan importante, tan decisiva, de la obra aubiana. Por momentos tengo la impresión de que les estoy enredando en una maraña de fechas que no tienen la menor importancia, pero son necesarias porque van marcando los hitos de un caminar que empieza a tocar a su fin. En 1978, digo, la editorial Alfaguara empezó a publicar las novelas de El laberinto mágico; la primera, Campo cerrado. Para el joven que yo seguía siendo entonces, aquello fue el encuentro con una literatura y con una visión de nuestra historia reciente que nos había sido hurtada deliberadamente por el franquismo. Si Vida y obra de Luis Álvarez Petreña me había parecido una novela fascinante, los Campos eran decididamente otra cosa: unas novelas de una modernidad sorprendente, interesantes hasta el colmo, con una estructura narrativa sorprendentemente moderna para el tiempo en que fueron escritas, con una multiplicidad de voces que, a menudo en dialogismos, muestran los acentos dispares de la Barcelona de los años inmediatamente anteriores al estallido de la guerra incivil, obras que me estaban enseñando, sin que fuera consciente de ello, cómo había sido de desdichada nuestra historia reciente y qué se había perdido realmente cuando se perdió la República. Esas novelas tenían la virtud de hacerme imaginar el pulso vivo de aquellos días, preñados de muerte y de esperanza a partes iguales. A partir de ese momento, y hasta 1981 en que se publicó, también por Alfaguara, Campo de los almendros, última de las novelas de El laberinto, hice de Aub y de su obra centro de mis estudios literarios, o sea, me adentré más en la espesura, me perdí definitivamente en el laberinto, puesto que ya no era sólo leerle, era empezar a estudiarle, empezar a escribir sobre él y su obra, sobre lo suyo, siempre tan decididamente suyo. Pero, ahora lo puedo decir, ¡fíjense, otra vez, siempre después!, lo que aprendí entonces, digo, fue algo más decisivo: aprendí a escribir, conocí la auténtica dimensión creativa de la literatura, aprendí a poner en cuestión la imagen que me había sido transmitida de nuestra historia y descubrí una visión cosmológica y existencial del ser humano de la que carecían muchas de las novelas que por aquel tiempo había leído. Lo que descubrí en aquellos años en la obra de Aub fue muy importante para el joven que yo era entonces y ahora, treinta y tantos años después, cuando estoy en puertas de encontrar por fin la salida del laberinto, quiero dejar ante ustedes constancia de ello. Y empecé a escribir sobre Max Aub.

¿Cometí un error? ¿Debería haberse quedado el deslumbramiento que me produjo la obra literaria de Aub en eso, en deslumbramiento, en enseñanza, en placer lector? ¿Es conveniente dar el paso que yo di? ¿Debería haberme abstenido de mezclar mi pasión de lector con los estudios académicos y con la escritura de artículos sobre lo leído y después estudiado? A estas alturas de mi vida, créanme, no estoy en disposición de dar respuestas a estos interrogantes, que tal vez no dejen de ser más que interrogaciones retóricas, esto es, preguntas que me hago a mí mismo en voz alta sabiendo que no tengo respuestas para ellas. Lo que no puedo evitar, es borrar lo escrito y lo publicado, lo editado en libros. Han sido muchos años de esfuerzo que han culminado en ese Max Aub, novela que publiqué, como colofón en marzo de 2007 -¡otra vez las fechas!-, bueno, el verdadero colofón empieza con estas páginas que ahora leo ante ustedes, a todo este recorrido mío por un laberinto en buena medida ajeno. Sólo me queda invocar el favor de los dioses y pedir perdón a Aub si algunas de mis páginas fueron decididamente erróneas, lo único que puedo asegurarles es que fueron escritas con la mejor de las voluntades y de las intenciones; pero ya se sabe, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, frase atribuida por San Francisco de Sales a San Bernardo de Claraval, nacido en Fontaine de la Borgoña (Francia) en el año 1091, aunque José María de Iribarren, en su estupendo El porqué de los dichos, sostenga que se trata de una expresión muy antigua y de origen impreciso.

Nacieron así, al hilo de ese descubrimiento, mi tesis de licenciatura y los primeros artículos -el primero en El socialista y el segundo en Ínsula- que dediqué a Max Aub y a su obra. El artículo de Ínsula, muy filológico, nació de mi tesis de licenciatura y se debió a que mi tutor, el doctor Laureano Bonet, me lo pidió para la revista, de cuyo consejo de dirección formaba entonces parte, no se vayan a creer que yo, joven recién licenciado tenía acceso a semejantes publicaciones. Pero el artículo de El socialista lo envié sin conocer a nadie, a las bravas, cuando se cumplían diez años del fallecimiento de Max Aub y cuál fue mi sorpresa cuando lo vi publicado siete días después de haberlo enviado. Esas pocas páginas son las primeras que escribí sobre la vida y la obra de Aub.

En mi tesis de licenciatura incluí, en uno de los apéndices, un proyecto de edición que tuvo que esperar trece años y la socorrida intervención del azar para convertirse en Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico, editado por Alba Editorial con una presentación de Francisco Ayala, libro en el que recogía y prologaba los cuentos testimoniales de Aub clasificados en tres apartados: cuentos sobre la guerra civil, los campos de concentración y el exilio, ese esquema de clasificación fue el seguido años después por mi amigo Javier Lluch para su magnífica edición en el volumen dedicado a los cuentos en las Obras Completas del escritor. La edición de Lluch recoge un par de cuentos encontrados en el legado, que yo no pude entonces consultar, pero no anduve demasiado equivocado cuando de subtítulo puse lo de “relatos completos”, aunque hubiera sido más certero poner el cuantitativo “casi completos”. Era el año 1995.

Como ejemplo de otras sincronías aubianas que fueron ocurriéndome en mi vida literaria, déjenme que destaque la del año de 1992, que fue para mí trascendental. De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío cuya acción transcurría en Alicante y Albatera en los últimos días del mes de marzo de 1939, y que era un homenaje secreto a la persona de Max Aub, ganó el concurso internacional de cuentos que lleva el nombre del escritor y que otorga el Ayuntamiento de Segorbe y la Fundación Max Aub, entonces aún no constituida. Merced a ese premio conocí a Elena Aub, la hija del escritor, después conocería a sus dos hermanas, María Luisa, Mimín, y Carmen; Elena, digo, fue jurado del premio junto a Manuel Tuñón de Lara. No podía iniciarse de otro modo la publicación de mi obra literaria de creación: galardonada con un premio que llevaba el nombre de un escritor al que tan ligado me sentía ya. A ese libro siguieron otros, entre ellos uno del que no acabo de estar del todo insatisfecho, Años triunfales. Prisión y muerte de Julián Besteiro, que vio la luz con un prólogo de Camilo José Cela en 1998, hace ahora diez años. Pero no nos desviemos de nuestro objetivo y volvamos a adentrarnos en el laberinto.

Entretanto, digo, seguía leyendo a Max Aub y escribiendo artículos sobre su obra y sobre la de otros escritores del exilio republicano de 1939, al mismo tiempo que participaba en congresos universitarios dedicados al exilio. El azar, que tanto ha tenido que ver en el desarrollo de mi carrera literaria, me deparó un encuentro casual en la calle, en junio de 2002. Me dirigía a una estafeta de Correos a enviar las pruebas corregidas de mi libro de cuentos El final del sueño al editor y amigo Sergio Gaspar (DVD Ediciones), cuando me encontré con Josep Mengual, de Edhasa. Le dije entonces que había reunido una serie de aforismos extraídos de la obra de Aub y que se los iba a enviar para ver si tenían cabida en la colección de aforismos de la editorial. Al editor, Daniel Fernández, le gustó la propuesta, la compartió y dio el visto bueno a la publicación. Nació así Aforismos en el laberinto, que se publicó con una presentación de José Antonio Marina y del que fui responsable de la selección y del prólogo, como ya he dicho, así como de una biobibliografía que iba como apéndice de la edición. Fue mientras recopilaba datos para esta cronología biográfica de Aub cuando surgió la idea, que se me impuso con la fuerza con la que siempre se imponen los proyectos de verdad, de escribir una obra narrativa sobre la vida y la obra de Max Aub y que acabaría convirtiéndose en una suerte de crónica de una generación desgarrada por la Guerra Civil y el exilio, la generación del 27 y la de la República, la del propio Max Aub, cuyos avatares biográficos servían a la vez de hilo conductor y testimonio de una época irrepetible de nuestras letras: la Edad de Plata. En el texto de la contraportada del libro se dice: “Explorando las posibilidades y los límites del relato de base real, Javier Quiñones ha escrito un vívido retrato generacional de quienes protagonizaron la llamada Edad de Plata de las letras españolas, al hilo de los apasionantes avatares de uno de los escritores europeos más enigmáticos e interesantes del siglo XX. Y, paradójicamente, con un final, si no feliz, sí abierto y esperanzado.”

Ese final, ahora lo puedo confesar ante ustedes, era casi una usurpación literaria, porque en él yo tomaba de la mano a los dos personajes del Laberinto mágico más queridos por Aub, Vicente Dalmases y Asunción Meliá y les seguía la peripecia vital hasta nuestros días en un epílogo al que di el título de “No todo está consumado”. Les llevaba hasta las primeras elecciones libres después de los años de hierro de la dictadura, esto es, hasta el 15 de junio de 1977. Vicente y Asunción, ya muy viejecitos, claro, seguían siendo fieles militantes comunistas, como lo son en Campo abierto o en Campo de los almendros y asisten emocionados a la escena en la cual Pasionaria y Alberti bajan cogidos del brazo las escaleras del hemiciclo de las Cortes para integrarse en la Mesa de Edad que presidió aquella sesión de las primeras Cortes Constituyentes. En ese momento el círculo se cierra, el laberinto les muestra la salida. ¿Les parece si les acompañamos en su paseo vespertino de aquellas tardes de verano preñadas de esperanza y de aires nuevos de libertad? Vamos, pues:

“Durante las primeras semanas de julio empezaron a llegar a Viver de las Aguas los veraneantes. Normalmente se trataba de gentes de Valencia que o bien poseían casas en el pueblo o bien las alquilaban para pasar el verano. Max Aub, Medina Echavarría, Alfonso Zapater y José Gaos fueron los que descubrieron este pueblo en los años treinta a los intelectuales y artistas de la Valencia de entonces y muchos compraron casas en el pueblo y las rehabilitaron. La casa de los Aub estaba al final del pueblo. Era una casona señorial y vieja, rodeada de jardín al que se entraba por una verja y una camino de gravilla y cuyo estado era casi de total abandono, invadido por la maleza, porque la familia del escritor hacía tiempo que no iba a Viver. Asunción y Vicente gustaban a menudo de llegarse paseando hasta allí en los atardeceres calurosos del verano. Una tarde vieron las persianas abiertas de la casa y un coche aparcado en el exterior del jardín. Intrigados, decidieron acercarse. Vieron entonces a un hombre de pelo canoso, con gafas de concha y aire de intelectual, que bajaba el equipaje del coche y lo iba introduciendo en la casa. Iba solo y caminaba trabajosamente, sus gestos estaban marcados por la lentitud y por cierta torpeza. De tanto en tanto se paraba como para descansar, como para reponerse del esfuerzo que le suponía llevar las maletas desde el coche hasta la casa. A Vicente y a Asunción, que se miraron sin decirse palabra, asombrados los dos como estaban, les pareció advertir algo conocido en los rasgos de aquel hombre, era como si ya lo hubieran visto otra vez, había algo en él que les resultaba vagamente familiar, conocido:
-Oye, Vicente, ¿no es ese Max Aub, el escritor que dirigía El Búho? –preguntó Asunción.
-No, mujer, imposible –le contestó Vicente con sus pocas palabras de siempre.
-¿Imposible?, ¿por qué? –le preguntó Asunción con la misma escasez de palabras.
-Porque Max Aub murió en el exilio mexicano en julio de 1972.”

Llegados a esta altura y con la conciencia clara de haber abusado de su generosidad, va siendo hora ya de poner fin a esta disertación y empezar, si ustedes así lo desean, una charla-coloquio sobre Max Aub. Ese libro, del cual les acabo de leer la última página, supuso para mí la salida del laberinto. Cuando lo terminé y lo vi impreso, me asaltó la sensación de que aquello era un punto final, de que ya no tenía nada que decir sobre Aub. No que sintiera cansancio ni nada parecido, de hecho he releído algunos textos suyos con posterioridad, y he tenido la fortuna de encontrar un libro inédito, sobre el que no me quedó otro remedio que trabajar sobre él, pero me di cuenta de que cuanto tenía que decir sobre Aub estaba ya dicho en los muchos artículos que dediqué a su vida y a su obra y en ese libro que lo recogía todo a modo de síntesis final. Había llegado al final del laberinto, sólo faltaba traspasar el umbral, dejar atrás un montón de años y salir al aire libre, a encontrarme de nuevo conmigo mismo. En eso estoy y estaré.
Muchas gracias a todos por su paciencia al escucharme.

Javier Quiñones, Barcelona noviembre de 2008.


sábado, 18 de julio de 2009

Escribir sobre Max Aub / 2



ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / 2

Déjenme que haga un nuevo excurso, que me desvíe del sendero en otra digresión antes de ir a la búsqueda del principio, es decir, del tiempo perdido. No estaría de más recordar que El laberinto mágico de Max Aub, así lo reconoció una encuesta en la que participaron críticos literarios y escritores del suplemento literario del diario El Mundo, “La Esfera”, publicada el sábado 13 de julio de 1996, justo cuando faltaban unos días para que se cumpliera el sexagésimo aniversario del inicio de la Guerra Civil Española, fue considerado como el mejor ciclo de novelas sobre nuestra guerra incivil. El laberinto mágico, al correr de los años, ha sido comparado por algunos críticos y estudiosos con los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós, Las memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja, o el inconcluso El ruedo Ibérico, de Ramón del Valle-Inclán, y ha salido airoso de tan difícil envite.

El origen mítico del laberinto es incuestionable. Aparece ya en civilizaciones tan antiguas como la micénica. Desde bien antiguo se asocia el símbolo del laberinto con la existencia. Sánchez Dragó dice en su libro Gárgoris y Habidis que se atribuye a los indígenas de Cantabria la costumbre de arrojar hachas a los lagos, costumbre que se puede poner en relación con otros temas mitológicos; estas hachas eran de doble filo y Dragó las compara con los dioses de dos frentes: como los cuernos del toro y también con el Minotauro: “Y por encima de todo –escribe Dragó-, el punto en el círculo, la defensa del espacio mágico: el laberinto. Este expresa el mundo existencial, el peregrinaje en busca del centro.” El hombre, al perder el favor divino con la expulsión del Paraíso terrenal, se ve obligado a enfrentarse a sus propias limitaciones, al vacío, a la nada, al propio laberinto en el que se le convierte la existencia; un personaje de Campo de los almendros, última novela del ciclo, lo dice con toda claridad: “Nos metieron en un laberinto, al salir del Paraíso. Y se me perdió el hilo: estoy perdido. Estamos perdidos. No saldremos, ni con los pies por delante.”

Pero el laberinto aubiano tiene, además de la existencial, otra vertiente histórica y social, también política, que tiene que ver con un país en un espacio y un tiempo determinados: la España de los años de esperanza de la Segunda República y de los ensangrentados días de la guerra incivil, los días de llamas, como los llamó en su estupenda novela Juan Iturralde. Dos de los personajes más significativos del Laberinto mágico, Paulino Cuartero y Julián Templado, dialogan así en Campo de los almendros: “Templado- ¿Saldremos de este laberinto? Cuartero- ¿Qué laberinto? Templado- este en el que estamos metidos. Cuartero- Nunca. Porque España es el laberinto.” Cuando dicen esto estos dos personajes, están encerrados en el Puerto de Alicante, último reducto de la derrotada República, el día 30 o el 31 de marzo de 1939.

En cualquier caso, el concepto y la imagen del laberinto, que tanta fortuna tuvo durante el barroco, está siempre presente en la literatura aubiana; valgan estos aforismos: “[5] Nuestra limitación es que estamos metidos en un laberinto, un laberinto mágico. [15] Un laberinto lo es porque, al fin y al cabo, alguien sale de él, por lo que sea, de la manera que sea. Si no saliese nadie, ¿quién iba a saber de su existencia? ¿Quién volvió de la muerte? ¿Lázaro? ¿Qué contó? Eso sí fue cuento. Lo del laberinto de Minos, no. De ahí salió alguien. (Tal vez habría que recordar que quien salió fue Teseo guiado por el hilo de Ariadna y que, por consiguiente, la única posible salida del laberinto nos la facilita, o proporciona, el amor.) [76] Vivimos en un laberinto mágico, limitados por nuestros cinco sentidos.”

Vuelvo al hilo del discurso: ¿Cómo y de qué forma entré en el laberinto aubiano? Mi primer encuentro con la obra de Max Aub se produjo de modo casual, azaroso, lo que no deja de ser maxaubiano en cierta manera. Han pasado tantos años que me cuesta reconocerme en aquel joven, entonces estudiante de primero de carrera, curso académico en que fui alumno de esta universidad, precisamente aquel en que una huelga de penenes, -¡Ay, las huelgas, siempre las huelgas, ahora les toca a ustedes, aunque sea por otras razones!- esto es, de profesores no numerarios, nos dejó sin clase durante el segundo y el tercer trimestre y que se resolvió con un aprobado general y con una insatisfacción también general; fíjense, sólo alcancé a leer El censor, aquella antología de textos periodísticos de finales del XVIII prologada por Montesinos, en aquella memorable colección llamada “Textos hispánicos modernos” de la editorial Labor, y La comedia nueva o el café y eso que nos esperaban Larra, Galdós y Clarín en el programa, pero no pudo ser. Ahora cuando explico y leo algunos de los artículos de Larra con mis alumnos –les gusta mucho “La Nochebuena de 1836”-, desde luego en la enseñanza secundaria no tienen cabida ni El censor ni el bueno de Moratín y Fígaro la tiene a duras penas, (alguien alguna vez debería hablar del arrinconamiento, del postergamiento que ha sufrido la enseñanza de la literatura en lo que ahora se llama enseñanza secundaria, quizá eso iluminase muchas de las causas del mal llamado “fracaso escolar”, pero no es ahora el momento de ello salvo que los árboles acaben por no dejarnos ver el bosque, esto es, que con tanto inciso nos apartemos de modo irremediable del tema de nuestra charla); decía que siempre que leo a Larra me acuerdo de aquel año frustrado del inicio de mis estudios universitarios. ¡No tengo remedio, ya me he perdido otra vez por los recovecos del pasado!

Lo que quería decir es que ya apenas me reconozco en aquel joven que era entonces, con mi cabeza, tan despoblada hoy, llena de rizos y sin sombra de canas. Tenía la costumbre, que no he perdido del todo, de buscar en las librerías de lance a ver qué sorpresas me salían al encuentro. Pues bien, revolviendo en un cesto lleno de libros, entreverados allí sin ton ni son, en una librería de viejo de la calle Llibreteria de Barcelona -hoy desaparecida, Novecientos se llamaba-, me encontré con un libro cuya portada me resultó a un tiempo enigmática y provocadora. En ella se veía, fotografiado en contrapicado, un paseante vestido con americana y pantalón oscuro que llevaba las manos enlazadas a la espalda en actitud meditabunda y la cabeza, tocada con una boina, ligeramente inclinada hacia el suelo. Servían de fondo a la fotografía una historiada tapa de alcantarillado y un suelo de adoquines. Cogí el libro y leí su título: Vida y obra de Luis Álvarez Petreña. El título era seductor, me gustaba el nombre de ese desconocido Luis Álvarez Petreña, si acaso algo menos el segundo apellido, que asocié no sé por qué a “petrina”, defectuosa forma de pronunciar la antigua palabra “pretina” con la cual designábamos, en los años de mi niñez, los botones de la bragueta de los pantalones. El nombre de su autor, Max Aub, nada me decía, si acaso era una vaga referencia de manual de literatura o de listados bibliográficos. Sin embargo, la colección en la que estaba editado, Biblioteca Breve de Seix Barral, era toda una garantía de calidad literaria. Abrí el libro y leí: "Primera edición de la primera parte: Valencia, 1934. Segunda edición, incluyendo la segunda parte: México, 1965." Una nota del autor, fechada en 1970, decía: "Escribí la primera parte de este relato, memorias, novela, miscelánea o lo que sea, a los 28 años. La segunda hacia los 50 y la tercera a los 66. Si estuviese seguro de que se notara no lo diría. Me quedaré con la duda y sin saber si sirvió de algo. Supongo que no, a Dios gracias." Con eso bastaba; compré el libro y lo leí de un tirón. Corría el año de 1974. Me preguntaba entonces cómo un autor con aquel nombre y aquel aspecto de centroeuropeo que se dejaba ver en la fotografía de la contraportada podía ser un escritor español. Con todo, mordí el anzuelo, entré en laberinto, caí en la trampa, me atrapó el talento de Aub de manera al parecer irremediable durante muchos años.

A lo que supe después, ¡por qué será que todo lo sabemos siempre después!, ese libro era una especie de secreta despedida de Aub del mundo de la vanguardia. El fracaso vital y literario de Álvarez Petreña era un poco el fracaso de ciertas fórmulas narrativas, practicadas por Aub en Geografía y Fábula verde, influenciadas por las Ideas sobre la novela de Ortega y Gasset, que hacían imposible el devenir de la novela. Aub se despide así en esa historia, que a mí tanto me fascinó, del propio Aub escritor de vanguardia, que empezaba por entonces, en 1934, a ceder terreno ante el Aub escritor responsable y comprometido con su tiempo, aunque nunca fueran esos cambios bruscos y perviviera en el Aub testimonial buena parte de lo aprendido en los años de aprendizaje literario de la vanguardia, sobre todo en lo que al estilo se refiere.

Llamo ahora su atención ante el hecho de que en la tercera y última parte, o añadido si lo prefieren, Aub, ingresado en un hospital londinense ante un amago de infarto, en 1969, se encuentre con Álvarez Petreña ingresado también en ese hospital. Mantienen allí un diálogo nivolesco, si se me permite emplear el término unamuniano, del máximo interés. Pues bien, enlazando con lo que dije antes, ese “Diario inglés de Max Aub” podría muy bien corresponder al Max Aub real, ya que éste, en los días previos a su primera visita a España después de treinta años de ausencia, tuvo un amago de infarto y tuvo que ser ingresado en un hospital. De nuevo, pues, ficción y realidad entreverándose, confundiendo sus límites. Supongo que me repito, pero todos estos datos los supe después; el joven de apenas veinte años, de hecho creo que aún lo los había cumplido, que leyó el libro por primera vez, nada sabía de todo ello. Así entré en el laberinto, o mejor dicho, así crucé los umbrales del laberinto, lo peor estaba por llegar. Me explico.

domingo, 5 de julio de 2009

Escribir sobre Max Aub / 1



Los largos atardeceres de principios de julio me sumen en la nostalgia. Ante mí desplegado, con sus infinitos matices de colores, como un tapiz que contuviera todos los azules posibles, el Mediterráneo que baña las abruptas costas del Cap de Creus. De espaldas a la luz de crepúsculo, sólo veo sus reflejos en el agua y en cielo, que por momentos parece abrasarse en su propio incendio. Por estas costas, sin que él pudiera verlo, navegó el Sidi Aicha, que había partido de Port-Vendrés, rumbo a Argelia, donde sería internado en el campo de concentración de Djelfa. Pienso en Max, en las muchas horas que dediqué a la lectura y al estudio de su obra, a la escritura sobre esa obra y también sobre sus avatares biográficos. Decido recuperar el texto de la conferencia, que tuvo un poco el sabor epilogal de quien se despide de un tema sobre el que considera que ha dicho ya todo lo que buenamente ha llegado a saber, leído en la Universidad Autónoma de Barcelona, ante un reducido grupo de alumnos de Ciencias de la Educación, en noviembre de 2008. Lo daré en tres entregas, para no fatigar al amable lector que tenga la paciencia de leerlo. Inauguro así el blog en verano.

ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / 1

Buenas tardes a todos:
Quiero empezar por decir que la charla de esta tarde se la quiero dedicar, si me lo permiten, a mi buen amigo Ignacio Soldevila Durante, el primer y mejor estudioso de la obra de Max Aub; Ignacio, de quien tanto y tanto aprendí, como intelectual y como persona, y que se nos fue, como era irremediable que pasase tras de una larga enfermedad a la que plantó cara con coraje y serenidad encomiables, hace pocas semanas. No quisiera hacer afirmaciones tajantes, pero tengo la impresión de que no creo en la vida después de la muerte, por eso donde quiera que estés, Ignacio, gracias por tu generosidad y por tu hombría de bien, gracias por habernos enseñado tanto sin proponértelo nunca; déjame que por última vez te llame ante un público de jóvenes estudiantes, maestro, querido maestro, a ti, que tan poco te gustaba que te llamara así. Te recuerdo ahora en el Auditori de la Facultat de Lletres de esta Universidad, sentado en las últimas filas, con tu inseparable abrigo sobre los hombros -¡qué miedo le tuviste siempre al frío, tú, que viviste media vida en Canadá!-, con tu elegancia británica, aunque fueras muy valenciano, como lo fue también Max, y canadiense de adopción; te recuerdo, digo, escuchando las intervenciones, con una paciencia infinita, de los comunicantes asistentes a los congresos sobre el exilio organizados en esta Universidad. Te recuerdo en casa, Ignacio, después de haber dado cuenta de un suculento asado de cordero al horno, regado con una botella de Viña Tondonia, uno de tus vinos preferidos, mientras nos contabas la represión sufrida por tu padre, jurista republicano, al terminar la guerra, su estancia en la cárcel, la muerte apenas un año después de salir de prisión en medio de una gran tristeza; te recuerdo contándonos tus dificultades como joven investigador en los duros años de la España de los cincuenta y la necesidad que tuviste de marcharte a otro país para conseguir un puesto de trabajo en una universidad y poder seguir investigando sobre un pasado que aquí se negaba y ocultaba; te recuerdo hablando de todo eso mientras con un mágico movimiento de tu mano adormilabas a mi hija que desde su cuna amenazaba con arruinar nuestra charla de sobremesa. Adiós, Ignacio, te fuiste, pero nos queda tu memoria y tu obra; como te escribió en el obituario publicado en El País Fernando Valls, tan buen amigo de los dos y profesor de esta Univeridad,: “vida cumplida”.

El título que he decido dar a esta charla, a esta disertación si se prefiere, a este encuentro al que acudo invitado por la generosa complicidad de Neus Samblancat, amiga y compañera de ya tantos años, encierra en sí mismo una suerte de axioma, una idea que ha de presidir el tema central de esta conferencia: escribir sobre Max Aub, sobre su vida y su obra, supone, para quien lo intenta, adentrarse en un auténtico laberinto, en un dédalo de tortuosas y escondidas veredas, llenas de recodos por explorar, de desvíos y atajos, de zonas neblinosas y de umbría en las que a menudo resulta muy complicado orientarse y lo llamativo del caso es que, en buena medida, el propio autor es el responsable de que ello sea así.

En efecto, Max Aub no quiso nunca escribir sus memorias, a pesar de haber dispuesto de tiempo razonablemente suficiente para hacerlo. Alegaba, como motivo, su desinterés por lo biográfico; cito a continuación algunos aforismos, de entre los que edité en marzo de 2003 en el libro Aforismos en el laberinto, en los que muestra Aub ese recelo: “[260] No importará quién fui, sino lo que hice. Apréndelo: no importará quién fuiste sino lo que hiciste. Sólo lo que se hace se deja; quién eres no cuenta mañana. [121] Las biografías hacen mucho daño. Vale la obra. Por ella se salva uno. [123] Lo que sobrevive en la tierra es la obra y no uno mismo.”

Sostenía Aub que había escrito tanto para que se supiera cómo era realmente sin tener que decirlo; sin embargo, no pocas veces mostró su decepción porque nadie parecía haberlo llegado a conocer a través de sus ficciones, de su teatro, de su poesía, de sus ensayos, de sus numerosos artículos periodísticos. Aub habló mucho de sí mismo a través de sus personajes y de sus historias; en buena medida, muchos de ellos tienen rasgos claramente autobiográficos. Aub está detrás, en cierto modo, de la Margarita-Claudia de Fábula verde, novela breve vanguardista de 1932, del Julián Templado del Laberinto mágico y, si me apuran, hay no pocos rasgos personales en el Luis Álvarez Petreña de la novela de título homónimo. Esto lo afirmo ahora, pero tardé muchos años en ser consciente de ello. Con todo, no puede establecerse un correlato entre esos rasgos autobiográficos a los que hago mención y los hechos histórico-factuales que jalonaron la peregrinación existencial del hombre llamado Max Aub Mohrenwitz. En un pasaje del último capítulo de la larga novela que le dediqué, explicitaba ese desdoblarse de Aub en sus propios personajes, del que a veces el propio novelista no era plenamente consciente; el Aub de mi novela, personaje por consiguiente ficcionalizado, sí parece darse cuenta de ello en última instancia, en el sueño de la siesta de la tarde en que murió:

“Tuvo un sueño agitado y extraño durante la siesta de aquella tarde. Cuarenta años después comprendió en la nebulosa del sueño que el verdadero protagonista de su Fábula verde era él mismo y no Margarita-Claudia. Así que sintió la misma repugnancia que ella cuando alguien, una confusa figura sin perfiles, le obligaba a comer carne; lo mismo ocurrió cuando ese alguien hizo que se pusiera un jersey rojo, lo que le produjo fiebres altas; lo peor, con todo, fue cuando esa figura borrosa le obligó a entrar en una pescadería; le pareció entonces que descendía a los infiernos y que en realidad el infierno no era más que una mezcla aleatoria y absurda de carnicerías y pescaderías: los ojos fríos de los pescados sobre el hielo, las bocas entreabiertas e inservibles, los lomos de las terneras manchando los mármoles de sangre, las colas de salmón seccionadas como por una sierra, los conejos colgando de ganchos, las gallinas degolladas e inermes y él allí, contemplándolo todo y sintiendo los temblores fríos de la angustia. Se despertó empapado en sudor.”

Para acabar de hacer más confuso el laberinto, Aub nos dejó una serie de cuadernos que contenían unas anotaciones que conforman una suerte de diario personal, entre literario y vivencial, que ayuda poco, la verdad sea dicha, aunque sea del máximo interés su contenido, a clarificar la peripecia vital del autor. Hay en ellos numerosos datos contradictorios en lo que se refiere a sucesos y lugares, así como una buena dosis de confusión de fechas en lo que se refiere a las detenciones que sufrió, a los viajes que realizó y a otros muchos aspectos; por otra parte, ¿quién de entre nosotros se preocupa, cuando de escribir un diario personal se trata, de anotar fechas con precisión, de especificar lugares concretos y demás? Un diario sirve, entre otras cosas, para anotar nuestras impresiones, para volcar en él nuestros pensamientos, para reseñar nuestras lecturas y para lo que uno quiere que sirva, pero nunca es un lugar del todo fiable, como tampoco lo son las memorias y las autobiografías, que no dejan , en el fondo, de ser otro género de ficción del que el buen biógrafo debe desconfiar y ante el que cabe una buena dosis de prevención; ¡nada hay tan peligroso como un autor hablando de sí mismo y contando su propia historia!

Así que no escribió Aub sus memorias, pero habló mucho de sí mismo. A todo ello pueden añadirle los testimonios, aun más confusos si cabe, de cuantos le conocieron en vida y quisieron hablar o escribir sobre él. Fíjense en el siguiente ejemplo. Cuando Aub fue detenido y conducido al estadio de Rolland Garros, en París, el 5 de abril de 1940, convertido en improvisado campo de concentración -¡qué poco sabrá Rafael Nadal que en ese estadio, en cuyas pistas ha demostrado ya tantas veces su maestría y su increíble saber tenístico, estuvo detenido Max Aub y miles de hombres cuyo único delito era no comulgar con las ideas totalitarias de los nazis!- había terminado ya Campo cerrado primera novela del ciclo narrativo sobre la guerra civil española al que dio el título de El laberinto mágico. Esa novela se publicó en México en 1943, una vez encontrado el manuscrito en casa de Juan Ignacio Mantecón, que coincidió preso con Aub en París y en Vernet. Aub asegura, en un “Borrador de prólogo al Laberinto mágico”, que escribió en octubre de 1970 y que mi buen amigo Javier Lluch ha reproducido en su magnífica edición de Campo del moro, que nada más acabar el manuscrito se lo envió a México a José Bergamín, quien se negó a publicarlo en la editorial Séneca; el poeta se lo dio a Mantecón, de quien sabía era amigo de Aub, y allí, en casa de éste, lo encontró Aub cuando llegó a México en 1942. Soldevila afirma, por su parte, que Aub no lo envió a México, sino que se lo dio en persona a Mantecón. Después se dice, en otros textos, que ese manuscrito quedó en París en manos de la portera del edificio en que vivía Aub y donde fue detenido, en Capitán Ferber. Por favor, ¿en qué quedamos?, ¿qué se hizo de ese manuscrito?, ¿cuál es la verdad de la cuestión? Bueno, pues como ésta, ciento, con la intervención del autor, quien además se confunde de título y habla de Campo abierto en vez de Campo cerrado. El lío se lo pueden ustedes imaginar.

Contribuye también decisivamente el hecho de que estemos ante un autor exiliado y con una peripecia vital tan compleja y vivida en un periodo tan conflictivo para Europa y el mundo en general. Max Aub nació en París en 1903, residió en Valencia desde 1914, donde se exilio con su familia al inicio de la llamada Gran Guerra, también conocida como la Primera Guerra Mundial, de hecho salieron huyendo porque el padre de Aub era alemán y su madre francesa y por ello, por la nacionalidad del padre, digo, los tomaron como enemigos y sus bienes fueron subastados públicamente; Aub fue español por libre voluntad desde 1924. Republicano y socialista, militante del PSOE desde 1927, participó durante la guerra en tareas culturales, entre otras, en la filmación de la película de André Malraux, Sierra de Teruel, fue también agregado cultural de la Embajada de la República en París, siendo embajador Luis Araquistáin y fue el primero en hablar en público del Guernica de Picasso en la inauguración del pabellón español de la Exposición Universal de París en junio de 1937 (por cierto, una réplica exacta del pabellón diseñado por el arquitecto catalán Josep Lluís Sert lo pueden ver ustedes en el Vall de Hebrón, hay allí un centro de documentación con buenos fondos y es un lugar hermoso para ir a investigar en las mañanas tranquilas del otoño, siempre que se disponga de tiempo para ello); se exilió, perdiéndolo todo, su piso en la calle Almirante Cadarso de Valencia fue ocupado por la familia de un coronel franquista, en febrero de 1939 y la biblioteca fastuosa que allí dejó pasó a los sótanos de la Universidad de Valencia, de donde pudo recuperarla el autor en 1969, ¡treinta años después!, por lo visto al coronel no le gustaban los libros de Aub y al menos tuvo la decencia de en vez de quemarlos, dar los libros a la universidad, donde durmieron el sueño de los justos sin que nadie los consultara nunca, y eso que había allí primeras ediciones de García Lorca dedicadas. Pasó tres años, entre 1939 y 1942, en Francia y el Norte de África, de cárcel en cárcel y de campo de concentración en campo de concentración. Llegó a México en octubre de 1942. Fue ciudadano mexicano, ¡su tercera nacionalidad! desde 1956, y allí residió hasta su muerte en 1972. Aub se sentía por encima de todo europeo. Bien pudo haber sido escritor francés y sin embargo eligió ser español por vocación, por sumarse a la tradición literaria de Cervantes, de Larra, de Valle-Inclán, de Baroja, del mejor Galdós, entre otros. Mezclen todos estos ingredientes, añádanles un buen montón de novelas, obras teatrales, poesías, ensayos, artículos de prensa, libros inacabados y un largo etcétera y verán como lo que afirmo, que escribir sobre Max Aub es meterse en un verdadero laberinto, no resulta hiperbólico en absoluto.

Por otra parte, todo esto no es nada extraño. Prueben a escribir la narración de sus avatares vitales, prueben a contar sus propias vidas. Dense prisa y háganlo cuando sus progenitores, hermanos y demás familia, amigos, vivan aún; ya verán cómo para narrar cualquier episodio, qué sé yo, aquel traslado de domicilio y de ciudad que se llevó a cabo en 1964, pongo por caso, porque el padre lo había decidido así y traten de esclarecer los verdaderos motivos de ello; o busquen en la memoria aquel recuerdo del primer muerto de la familia, aquel tío materno que se suicidó sin que nadie se atreviera a decirlo de este modo porque no estaba socialmente aceptado el hacerlo, y verán cómo una neblina lo cubre todo con un manto denso e impenetrable y al final nuestro intento narrativo autobiográfico ha de recurrir a esa gran embaucadora que es la memoria y tiende a resolverse finalmente en una ficción de lo que pudo haber sido y no estamos seguros de que fuera así. Pues piensen en ello cuando se trata de un hombre público, de un escritor famoso con una peripecia vital tan densa y compleja como la de Max Aub: ¡un auténtico lío, un intrincado laberinto, un espantable desierto de confusión.

Puedo asegurarles, además, que no es el mío un hablar a humo de pajas, ya que no han sido pocos los años de leer y estudiar las obras de este autor, de escribir artículos sobre su persona y su obra, de editar sus textos, y, finalmente, como colofón que vino a significar para mí la salida del laberinto, escribir un extenso texto narrativo, a medio camino entre la novela y la biografía, sobre su persona, su generación, su obra y su tiempo, que en sus años finales no dejó de ser, en cierto modo, el mío propio.

A fuerza de leer, de escribir y hablar sobre su obra, Max Aub ha llegado casi a formar parte de la familia, sus libros ocupan un amplio lugar de mi biblioteca, su retrato cuelga de las paredes de mi estudio, a él he dedicado muchas páginas y aunque no quería hablar más en público sobre él, he accedido a la petición de Neus porque quisiera hacerles llegar, a ustedes que son tan jóvenes, la pasión que la obra de este escritor despertó en mí y lo mucho que aprendí leyendo su obra. Me alegra, además, que sea en un recinto universitario y ante estudiantes que serán futuros profesores, porque Aub, que tanto recelo sentía ante lo universitario, de hecho él que pudo serlo, lo rechazó, cuando toda la familia lo veía, al acabar con brillantez sus estudios de bachillerato, como un futuro profesor de historia o de literatura, y sin embargo sorprendió a todos dedicándose a ayudar a su padre en el negocio de representación comercial de objetos de bisutería fina para caballeros y se dedicó a viajar por casi toda la geografía española en vez de ser estudiante universitario y ese, créanme fue un momento decisivo en su vida; además, Aub se quejaba frecuentemente, cuando ya fue un autor reconocido, aunque sin lectores, de que no quería quedar únicamente en las tesis universitarias, sino que le interesaba llegar al lector vivo de su tiempo y de los tiempos venideros; digo, pues, que no deja de ser aubiano en cierto modo, por lo contradictorio, claro, que yo haya aceptado la invitación amable de Neus para hablar en público sobre Max Aub una vez más en una universidad, cuando esta charla de hoy tiene ya para mí un claro sabor epilogal. Pero no hay final si antes no ha habido un proemio. Les pido que me acompañen en mi viaje de rememoración. ¿Cuándo y cómo entré en el laberinto?