jueves, 23 de abril de 2009

Veinte aforismos literarios y una sentencia descarnada



[1] No tiene sentido la obra literaria que no defienda, contra viento y marea, la libertad de conciencia.

[2] La literatura será siempre una indagación en la memoria, una despiadada lucha contra el poder devastador del olvido.

[3] ¿La novela española? Cervantes, Galdós y Baroja.

[4] Volver una y otra vez sobre lo escrito, pulirlo, despojarlo de la maleza, desnudarlo en su esencia.

[5] Es razonable aspirar a la novela total, la que integra todos los géneros: poesía, diálogo dramático, narración, ensayo.

[6] Hay a quien le preocupa saber qué tipo de escritor es, yo me conformo con saberme escritor.

[7] ¿La vida literaria? para otros, a mí me basta con la vida.

[8] Los grandes autores, los que abrieron caminos ilimitados a la narrativa durante el siglo XX, fueron los que se decidieron a innovar, al margen de modas y de gustos literarios, a escribir según los dictados de su ética y de su estética personal: Proust, Kafka y Joyce.



[9] La obra literaria debe ser valorada en sí misma, al margen del autor que la creó.

[10] La literatura nace siempre de la soledad.

[11] Del yo al nosotros: la literatura debe tratar de cerrar el círculo de la comunicación.

[12] ¿El teatro español del siglo XX? Luces de bohemia, a lo lejos, García Lorca.

[13] Buscar denodadamente el estilo propio, que te individualice, que te distinga, que sea tu sello personal.

[14] Se equivocó Luis Goytisolo: la novela no solo no ha muerto, sino que goza de excelente salud.

[15] La crítica literaria solvente, razonada, argumentada, basada en sólidos criterios éticos y estéticos, que juzga y valora las obras en sí mismas sin condicionamientos extraliterarios, es y será siempre conveniente y necesaria.



[16] Las urgencias en literatura son poco recomendables.

[17] La verdadera obra literaria, la que acierta, es la que es capaz de vencer al tiempo y de ser leída y disfrutada muchos años, siglos, después de haber sido escrita.

[18] Cada autor debe aspirar a dejar al menos un libro redondo, una obra totalmente lograda, como, por ejemplo, La voz a ti debida.

[19] Profesor y escritor, escritor y crítico literario, periodista y escritor, político y escritor, novelista, poeta, dramaturgo, ensayista: ¡cuántas denominaciones vanas en tu nombre, literatura!

[20] Las obras, sólo las obras, van construyendo al correr de los años eso que da en llamarse biografía literaria.

[Sentencia] De acuerdo con Gil de Biedma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra.


Nota. Las ilustraciones que acompañan esta entrada fueron tomadas por mi hija Marta en una lluviosa, nublada y fría tarde de febrero en los campos de olivares de L'Alt Empordà, tierra productora de un aceite de gran calidad.





domingo, 19 de abril de 2009

Persistencia de la memoria




Si quedaba algo de mí en aquel lugar, entre aquellos sinuosos callejones que en otro tiempo transité, no fui capaz de advertirlo. Regresé por azar, no deliberadamente. Una feria judía medieval llenaba las calles de tenderetes en los que se vendía un poco de todo. La lluvia deslucía el evento y la hora, cercana a la de la comida, tampoco acompañaba. Los vendedores, disfrazados de época, cerraban los puestecillos y se disponían a comer para volver a abrir a las cinco de la tarde. Nos perdimos por el laberinto de callejas... En el pasado, cuando la base militar que se aloja en los terrenos aledaños al pueblo era un CIR de reclutas, esas calles se llenaban, sobre todo a la hora del atardecer, de soldados que salían de la base para cenar, pasear y comprar tabaco y alimentos. El bullicio de la juventud de los mozos llenaba de vida el pueblo. Casi en cada casa se improvisaban comedores donde dar a los soldados buenos platos de patatas fritas con carne, macarrones, butifarras y todo cuanto les consolase del magro rancho del cuartel. Yo fui uno de ellos. Yo también transité esas calles y probé, aunque pocas veces, aquellos platos a rebosar de patatas fritas, huevos y butifarra. Pero al correr de los años el CIR dejó de serlo y la base se quedó en eso, en base militar. Las levas desaparecieron y el pueblo languideció hasta reducirse a lo que hoy es, un hermoso y tranquilo pueblo de l’Alt Empordà, donde la vida discurre monótona y sosegada, silenciosa, como en cualquier otro lugar de la zona.

La ventana del balcón entreabierta, con los cristales rotos, dejaba ver el cielo encapotado de tormenta porque el tejado de la casa se había hundido y mostraba las cicatrices del tiempo al viajero que supiera fijarse en ello. Unos metros más allá, un grupo reducido de albañiles trabajaba en el remozamiento de una vivienda que se había salvado con algo más de fortuna de la acción devastadora del tiempo. Más adelante, un callejón en forma de arco y con soportal se abría en dirección a la iglesia. Como un resto del naufragio del pasado me encontré con una vieja máquina expendedora de cajetillas de cigarrillos que evocó en mí, de modo irremediable, aquel lejano año de 1980, cuando entre octubre y diciembre cumplí la primera parte, el campamento, de las milicias universitarias. “Imecos” nos llamaban burlonamente los soldados de reemplazo al vernos pasar con nuestro cordón distintivo sobre la guerrera del uniforme. En el fondo, nos veían como señoritos universitarios que hacíamos una mili distinta a la suya, mucho más cómoda y corta. Además, nos veían como futuros mandos que un día u otro marcaríamos el paso de la instrucción y probablemente arrestaríamos a colegas de levas posteriores a las suyas. Vi entonces aquella vieja máquina con la bandera española y la palabra “cigarrillos” escrita con dos acentos; aquel viejo letrero, hoy tachado, también con la bandera española y la leyenda “Tabacalera S.A. Expendeduría”; me asomé al escaparate de la tienda que contenía, casi como único libro, “Mujeres españolas” de Salvador de Madariaga; un poco más allá, un anuncio en chapa, clavado milagrosamente a la pared, de “Gaseosa insuperable La Casera”: todo llevaba la huella del tiempo impresa; era como si fueran vestigios de un pasado ya olvidado, o en trance de ser olvidado por ese tranquilo pueblo que busca afirmar su personalidad propia al margen de la influencia, innegable en aquellos años, que sobre él ejerció el acuartelamiento del Ejército español. Si acaso, me llamó la atención la saña con la que se había borrado los colores de la bandera en el letrero y cómo se habían conservado, sin embargo, en la vieja e inservible máquina expendedora de cajetillas de tabaco, convertida en un elemento artístico indudable que así debería mantenerse.


Nota. Estuve en este CIR entre octubre y diciembre de 1980. Tenía veintiséis años. Tuve noticia de la muerte de John Lennon entre las cuatro paredes del barracón en el que me alojaba. Presidió la jura de bandera el general Alfonso Armada. De pie, en medio de la formación, escuché palabras que me sonaron a viejo: que si teníamos que estar preparados para dar nuestra sangre por España y cosas así que se han ido desdibujando en la memoria. Dos meses después, su implicación en el 23-F aclaró el verdadero sentido de algunas de aquellas extemporáneas palabras que nos dirigió durante su encendida alocución tras haber jurado bandera.

jueves, 16 de abril de 2009

El pequeño señor Paul, de Martin Baltscheit



Al pequeño señor Paul, que había crecido entre libros, porque estos abundaban en la casa de sus padres -había tantos que los utilizaban hasta como muebles, para sentarse, como mesa-, la lectura, el leer muchísimo, le salvaba de los días aburridos y pesados. Esta puede ser una de las ideas que el estupendo libro de Balstscheit comunica a los lectores, jóvenes o no, que se acercan a sus páginas: la lectura alivia soledades, alimenta el espíritu y rescata del tedio y la mediocridad. Y no está nada mal una reflexión así en un mundo como el que vivimos, dominado en todos sus extremos por la cultura audiovisual. El pequeño señor Paul disfruta al llegar a casa y sentarse en su butaca de lectura y también cuando comenta sus lecturas con algún compañero de trabajo, porque el pequeño señor Paul se ha hecho mayor, ha ido al colegio y ha aprendido un oficio.

La literatura, sobre todo la infantil y juvenil, debe estimular la imaginación, haciendo vivir al lector situaciones sorprendentes y divertidas, pero también debe mover a reflexión, hacer pensar sobre la realidad y el mundo en que se vive, es decir, también aquí el dulce y útil horaciano. El pequeño señor Paul, de repente, pierde la risa, no se puede reír de un chiste que lee en el periódico y eso le preocupa y le crea un serio problema. El lector, divertido, puede asistir a la solución del conflicto. El pequeño señor Paul se encuentra en el tranvía con una señora que lleva su día encerrado en el bolso porque es uno de esos días malos. Pero si hay días malos es porque también los hay buenos: cómo pasar de unos a otros, he ahí el dilema que se acomete en esa historia. ¿Se imaginan estar metido dentro de un semáforo convertido en el hombre de rojo que no puede moverse de allí? ¿Cómo salir? ¿Cómo recuperar la libertad de movimiento perdida? Estas y otras aventuras semejantes son las que le ocurren al muy leído pequeño señor Paul, a quien acompañamos en sus peculiares vacaciones en la segunda parte del libro.

Un acierto este libro de Martín Baltscheit ilustrado por Ulf K, y editado por Anaya en la misma colección en la que se editara, en 1997, el memorable Cuando el mundo era joven todavía de Jürg Schubiger y el estupendo Días de Reyes Magos, de Emilio Pascual, en 1999.


Martin Baltscheit, según reza en el texto de la solapa de la edición, nació en 1965. Estudió Diseño y Comunicación en el Folkwangschule de Essen. Ha recibido muchos premios y condecoraciones por sus trabajos como dibujante de cómic, ilustrador, actor, y por sus libros para niños, adultos, y también como dramaturgo. En la actualidad vive en Dusseldorf.

martes, 14 de abril de 2009

María Zambrano: "Alta, alta, ondeaba la bandera republicana..."


Los tranvías se habían ido quedando parados, no había lugar para uno más, ni dentro de ellos para un ser viviente más, ni sobre su techumbre, ni sobre el tejadillo de la Estación de Metro, ¡oh, cómo les envidiaban, eran los privilegiados! Se enracimaban los cuerpos humanos en los balcones, de pie en los barandales; festoneaban los áticos de todos los edificios, se erguían como bandadas de cigüeñas en los tejados, buscando respaldo en las chimeneas. Y seguían, seguían viniendo; más no era posible, sin codazos, pisotones, tropiezos. Llegaron aún unas oleadas desde las calles Mayor y Arenal, y como el viento en un campo de trigo, se extendió la onda sonora: “Sea ha ido, se acaba de ir, ahora, en este momento”... Y en este momento todas las cabezas se alzaron hacia arriba, hacia el Ministerio de la Gobernación; se abrió el balcón, apareció un hombre, un hombre solo, alto, vestido de oscuro traje ciudadano; sobrio, dueño de sí, izó la bandera de la República que traía en sus brazos y se adelantó un instante para decir unas pocas palabras, una sola frase que apenas rozó el aire, y levantando los brazos con el mismo gesto sobrio, en una voz más sonora, como se cantan las verdades, gritó: “¡Viva la República!” “¡Viva España!”. Y como una sola voz de mil registros, llenó el aire, subió hacia las nubes blancas, redondas, que habían venido también, no acababa de extinguirse y en tonos diferentes, en cien registros como en un gigantesco y nunca oído órgano en una coral, que entonaba todo un pueblo, subía la voz a las nubes, y volvía a bajar y así el aire estuvo lleno de esos gritos, que aunque ya no hubieran repetido estarían allí llenándolo todo. El cielo de abril dejaba caer su luz blanca, azul y blanca hasta tocar transfigurando a la multitud. La luz era también de mil reflejos, en un blanco único toda la infinitud que hay en el blanco. En la blancura destacándose, perfilándose en el cielo. Alta, alta, ondeaba la bandera republicana, ahora ya del todo desplegada. Y mirándola, fijó los ojos en el reloj de la torre. Eran las seis y veinte. Las seis y veinte de la tarde de un martes 14 de abril de 1931.

Nota. El relato de lo vivido en Madrid, en la Puerta del Sol, el 14 de abril de 1931 se debe al talento narrativo indiscutible de María Zambrano. El texto procede de las páginas 230-231 del libro Delirio y Destino, editado por Mondadori, en 1989. La foto de la autora está tomada en el Museu Memorial de l'Exili, que se encuentra en la población gerundense de La Junquera, C./ Major 43-47, 11700 y cuya página web es http://www.museuexili.cat/ y correo electrónico info@museuexilio.cat ; animo, desde las páginas de este blog, a todas las personas interesadas en la memoria histórica a realizar una visita a este necesario museo.

viernes, 10 de abril de 2009

Burgos, lejano clamor de campanas



BURGOS, LEJANO CLAMOR DE CAMPANAS

De tus torres las cumbres afiladas
desperezadas suben hacia el cielo,
inmortal el silencio de su vuelo,
las horas las contemplan asombradas.

Inermes en su destino y calladas,
soberbia su altura lejos del suelo,
perdida luz del sueño en desvelo,
pobladas de sombras estremecidas.

En otro tiempo estas torres me vieron
despertar a su luz enardecida,
entre un clamor de campanas lejano.

Fueron otros que de ellas me apartaron,
de sus claridades de amanecida,
de nada sirve que me queje en vano.

martes, 7 de abril de 2009

Romance del destierro


I

Bajo la luz metálica
y difusa de febrero,
como sombras derrotadas,
caminaban al destierro.
Entre la nieve y la lluvia,
frío, dolor y cansancio,
amarga desesperanza,
quietud del mar a lo lejos.
Atrás va quedando España,
nieve sobre los tejados,
montañas, ríos y valles,
soledades de los campos.
Cuando ya no lo esperaban,
homicida y cruel su vuelo,
altos, feroces aviones
ametrallan desde el cielo.
Al amparo de las piedras
en la linde del camino,
como pueden se protegen
hombres, mujeres y niños.
Pero el fuego racheado
engendrado en el infierno,
el odio siembra y la muerte
pierde luz de camposanto.
Después la tristeza inerte
de los cuerpos olvidados,
rojo sobre nieve sucia,
insepultos en el barro.
Destempladas de los hombres
las voces claman al cielo,
grito inútil de impotencia,
pesadumbre y desconsuelo.
Los aviones se retiran
misión cumplida de fuego,
dejando un rastro de sangre
injuriada sobre el suelo.
Acabada la refriega
vuelven todos al camino,
no está lejos la frontera,
a pocos pasos del sueño.



II

Mientras tanto cae la noche
a lo largo del sendero,
desangelada entre sombras,
queda la tierra en silencio.
A un amasijo de hombres
las estrellas dan cobijo
e incierto refugio ofrece
un recodo del camino.
Transcurren lentas las horas,
nadie duerme con el frío,
callado mundo que a solas
reniega de su destino.
Con leña seca y maleza
han encendido un fuego,
cansado calor de llamas
que reconforta los cuerpos.
Un hombre viejo sostiene
una niña entre los brazos,
no logra reanimarla,
tiene los pies congelados.
Implacable la gangrena
devora los tiernos miembros,
bajo la luz de la luna
cava la muerte su hueco.
La niña que no responde
tiene apenas siete años,
desfallecida la vida
se le pierde por las manos.
Al hombre viejo que llora
de poco sirve el lamento
que las voces desgarradas
le ofrecen como consuelo.
Rigurosa la agonía
se acerca con paso brusco,
el alma llena de sombras,
vacía de luz los ojos.
En la fría madrugada
la pobre niña se ha muerto,
cantan los gallos del alba,
vierte la aurora su llanto.


       
III

Ya despierta la mañana
sobre los campos sombríos,
no calienta el sol los cuerpos
ateridos por el frío.
Estrépito de motores,
impacientes los relinchos,
algarabía de voces,
muchedumbre en el camino.
A lo lejos se divisa
baluarte fronterizo,
rodeado de alambradas,
entre niebla confundido.
Hay que arrojar los fusiles
para pasar desarmados,
allez, allez, les increpan
gendarmes de gesto adusto.
La manta llevan terciada
sobre el roído abrigo,
inútiles uniformes,
altiva dureza de los rostros.
Capitanes y soldados,
milicianos, guerrilleros,
ejército a la deriva,
desarbolado y vencido.
Va con ellos el poeta
con su madre y su hermano,
soledades, galerías,
álamos del desamparo.
Los desprecian cuando pasan
en aluvión por los pueblos,
miradas insolidarias
de incomprensión y recelo.
Van a parar a la playa
hombres duros y curtidos
en cien sangrientas batallas
de lucha contra el fascismo.
Han perdido la esperanza,
Argelés es el infierno
que entierra entre sus arenas
su dignidad y su orgullo.




IV

Alambradas en la arena
el viento roba los sueños,
el mar, salitre y espuma,
horizonte encarcelado.
En tiendas improvisadas
ni luz ni agua ni alimentos,
se preguntan hasta cuando
han de sufrir el encierro.
Como fantasmas deambulan
aturdidos por el campo,
soldados senegaleses
con saña injurian y odio.
Cautivos y desarmados
sólo esperan el momento
de quebrantar las prisiones
y embarcar rumbo a México.
Pero ese día no llega
y es cárcel y sombra todo,
mundo de viento y arena,
cielo triste del destierro.
Casi nadie piensa en volver,
no hay para ellos sitio
en España, luz de invierno,
desolado cementerio.
Cataluña ya perdida,
Levante queda y el Centro,
aislada Madrid y sola,
espejo roto del sueño.
Armas quiere la venganza,
la esperanza pide brazos,
hombres fuertes y mujeres
que no conozcan el miedo.
Pero Francia pone cárcel
a su ansia de regreso,
los acorrala la historia,
los aniquila el olvido.
Despiadada y agorera
tiende la muerte su vuelo,
la memoria sólo es humo,
sombra, nada, arena y viento.



Nota. Las fotos que acompañan a este romance las tomé una tarde de finales de agosto de 2006 en la playa de Argelès, donde en su día estuvieron instalados los campos de concentración en los que fueron internados los republicanos españoles en febrero de 1939. La foto de época, de algunos de esos prisioneros en las mismas arenas arriba retratadas, está tomada de la red.

lunes, 6 de abril de 2009

Mirando la nieve


Entonces, cuando se acercaba el final, no conseguía recordar en qué momento ni por qué razones había decidido en su día cruzar hasta la otra ribera del río y adentrarse en el pantanoso terreno de la creación literaria. Desde siempre, desde que fue capaz de recordar, Andrés K. se sintió lector, sólo y exclusivamente lector. ¿Qué le empujó pues a pasar al otro lado del espejo, qué fuerza extraña consiguió que saltara la tapia del jardín de su vecino y se convirtiera, como dejó dicho Chesterton, en un verdadero aventurero? Lo ignora, no logra recordarlo y vistas, a la altura de hoy, las funestas consecuencias que trajo esa decisión, debería recordarlo, sería imprescindible que Andrés K. lo recordara.

Si fuera capaz de hacerlo, tal vez podría anestesiar el dolor de la derrota, esa amarga sensación de fracaso que le roe las entrañas desde hace no sabe ya cuánto tiempo. Si en su desvelo consiguiera entender por qué lo hizo, por qué dio aquel paso tan inadecuado para sus escasas y limitadas fuerzas, tal vez sería capaz de reencontrar el sosiego, la imprescindible sensación de sentirse bien y en paz consigo mismo, sin deudas con su pasado, sin exigirse trabajos estériles que a la postre sólo servían para reabrir de nuevo la herida.

Pero Andrés K. no solo no era capaz, sino que se sentía cada vez más desamparado, más perdido en el desconcierto de no alcanzar a comprender siquiera por qué la creación literaria le había sumido en un atormentado mundo de sombras, en una noche oscura, en un laberinto de silencios inexplicables. Nada tenía sentido ya en lo relacionado con la literatura, ni siquiera la lectura le servía de consuelo, no podía evitar el pensar, bien, leo, pero para qué sirve leer si no se es capaz de escribir. Antes que tratar de entenderlo, era mejor renunciar a todo. Era lo más sensato, casi lo único sensato.

Como hacía más de un año que no escribía, varios meses desde que había decidido no volver a leer un libro más y algunos años desde que publicó su última novela, que nadie entendió y que como casi todas las suyas apenas tuvo lectores, no le costó mucho trabajo tomar la decisión: no volvería a escribir ni a leer jamás una sola línea, renunciaba para siempre.

Lo demás era ya sólo cuestión de tiempo. Empezó a llevar los libros en cajas y maletas que llenaban el maletero del coche y los fue quemando en la chimenea de la casa de la montaña con mucho sosiego y una paciencia infinita viéndolos arder con no poco deleite. Calculaba que necesitaría unos meses, los del otoño y el invierno, para completar la tarea. Una vez concluida, Andrés K. podría sentarse, tranquilo y bien abrigado, en la terraza de la casa a mirar el paisaje sin más propósito que advertir la derrota de su voluntad sepultada en el aterido manto de una blanca, fría y húmeda capa de nieve.

miércoles, 1 de abril de 2009

Elvira Godás y José Ramón Arana



Para Elvira Godás, en la amistad

Cuando el escritor tuvo clara conciencia de que su tiempo se agotaba, de que su enfermedad era irreversible, le pidió a Elvira, encarecidamente, que no le dejara morir en México, que le trajera a España a morir con los suyos. Elvira lo dejó todo para cumplir ese deseo. Se instalaron en Castelldefels. Llegaron mediado 1972. Fue en la navidad de ese año, cuando el escritor consiguió trasladar los restos de su madre, Petra Borau Alcrudo, desde Zaragoza al cementerio de Monegrillo, para poder ser enterrado junto a ella al fallecer siete meses después; siempre sintió Arana una devoción especial hacia su madre. A la ceremonia, lúgubre y triste, le acompañó Federico Arana, uno de los hijos habidos en su relación con María Dolores Arana. Elvira se quedó en Castelldefels, prefirió no acompañarle, nunca le gustó la liturgia tenebrosa de la muerte.

A pocos meses de morir -la muerte le llegó un 23 de julio de 1973-, escribió un estremecedor poema titulado “Adiós”. En el final, resurge y se impone la querencia de la tierra aragonesa y de la madre, la vuelta a las raíces, al paraíso lejano y perdido de la infancia:

En mayo está la muerte. Por saberlo
miro mi ayer de chopos y pobreza
con la pupila azul que da el recuerdo:
limpio de hiel, sin sombra de tristeza,
otra vez niño, y tuyo sólo, madre.
En mayo está la muerte. Como un nido
cavado en la matriz de donde nace
esta ciega postura sin sentido.


Se le agolparían entonces, en aquellos meses, tantas vivencias que su cabeza, malherida y en trance de tránsito final, difícilmente podría hacer suyas. Monegrillo, donde se refugió, tras el triunfo faccioso del golpe en Zaragoza, en casa de los Borau, con su mujer, Mercedes Gracia, y sus hijos, Alberto, Augusto, Marisol y Rafael. Después el traslado a Barcelona, la familia en Monistrol. El escritor, con cargo político, trabaja en Barcelona y allí conoce a María Dolores Arana. En los meses finales de 1938, una misión secreta, en opinión de Elvira relacionada con el SIM, lo lleva a Bayona. El final de la guerra le sorprende en Francia y ya no puede regresar a España. No verá nacer a su quinta hija -en el momento del abandono de la familia, Mercedes está embarazada-, y cuando se entere de su muerte le dedicará un emocionado poema de su libro Ancla, publicado en 1941. La incomprensión, los reproches, el resentimiento dolorido durante años, el olvido injusto, la penuria de volver a empezar sin el padre, heridas perennes, quien sabe si incurables, cuyo correlato literario es la novela de Alberto Ruiz-Borau La piel de la serpiente.




En Francia se reúne con María Dolores Arana y a finales de 1939 les nace un hijo, Juan Ramón. Francia es ocupada por los alemanes, Arana va a parar al campo de concentración de Gurs. Luego, tras de no pocas penalidades, consigue llegar a Marsella. Desde allí, gracias a la red de ayuda a los refugiados españoles, creada por Margaret Palmer, logra, después de reunirse con María Dolores y su hijo, embarcar hacia México. Al llegar a La Martinica, nacerá Federico. Los principios del escritor en México, muy ligados a la amistad con Manuel Andújar, los retrató Otaola en La librería de Arana, donde nos dejó este apunte: “Es fuerte y cuadrado. Tiene porte exterior de capataz. Tiene cara de palabrotas, de hombre feroz, de sargento Malacara. Le rascas, de corazón a corazón, y se observa que las apariencias se ceban en él porque es, lo que se dice, un niño, un niño gigantón y admirable. Vendiendo libros, hablando y escribiendo de España, sufriendo y soñando se le va la vida.”

Venta ambulante de libros por los cafés, distintos intentos de establecer un local fijo, penuria, estrecheces, España siempre en el corazón. Andújar y la revista Las Españas, cuentos, teatro, Veturián, ensayo sobre Machado y Casals, búsqueda inútil de la concordia y del entendimiento en sus Cartas a las nuevas generaciones españolas, firmado con uno de sus pseudónimos, Pedro Abarca, el otro fue Juan de Monegros. Páginas y páginas de lucha contra el olvido, de esfuerzo titánico para estrellarse una y otra vez contra el insalvable muro de la dictadura franquista en España y de la indiferencia hacia la labor cultural de los republicanos exiliados. Primeros síntomas de la enfermedad, en 1968, trece días de internamiento en el Sanatorio Español de México.

Aunque se habían conocido unos años antes, por razón de coincidir en el trabajo editorial, su relación amorosa tiene una fecha: 6 de enero de 1950, precisamente el año en que ve la luz en México, en la colección Aquelarre, su mejor libro: El cura de Almuniaced. Habían quedado para verse esa tarde. Elvira se puso elegante pensando en que irían a algún restaurante a cenar. Arana, vestido toscamente, se presentó con un paquetito de bombones en un cucuruchito humilde de papel y fueron a sentarse a un banco de la alameda y allí conversaron hasta las tres de la mañana. No fue hasta 1959, pocos meses antes de que naciera Veturián, que el escritor se decidiría a romper su relación con María Dolores Arana. Se presentó ante Elvira con lo puesto, sin más, y le dijo “aquí estoy, vengo para quedarme.” Después, en la navidad de 1972, las fotografías atestiguan el parecido asombroso, los mismos rasgos del padre en Alberto, su primer hijo, y en Veturián, el último, reunidos ante el azar insospechado de la cercanía de la muerte.


Elvira Godás, hija de un familia liberal dedicada a la pedagogía -su padre fundó, en 1906, el primer colegio laico en Lleida-, ha sido siempre una mujer luchadora, vitalista, abierta y tolerante. Maestra de la Generalitat, trabajaba en Figueres, donde le sorprendió el final de la guerra. Casada con un maestro, militante de Izquierda Republicana, se vio forzada a exiliarse de España. Cruzó la frontera a pie, por el monte, con su hijo pequeño en brazos. Tras de no pocas adversidades, consiguió llegar a México, donde quedaría viuda enseguida. Compagina numerosos trabajos con clases particulares de piano, profesora de música como era. Fue en uno de esos trabajos, en la Distribuidora de Ediciones Unión, donde conoció al escritor, quien iba allí a buscar los libros que después vendía por los cafés. Antes de establecer su relación con José Ramón Arana, con quien se casó el 29 de diciembre de 1960, Elvira se había vuelto a casar y había tenido dos hijos. De modo que el encuentro con José Ramón Arana Alcrudo, que duró veintitrés años, fue el amor último y definitivo para ambos.

“Al llegar a España, me dijo Elvira una tarde en que la visité en su modesto piso de Barcelona, José Ramón repitió la última hoja de la novela en que trabajaba, veinte o treinta veces, por su enfermedad. Con un dedo buscaba las teclas de la máquina y repetía la misma hoja una y otra vez. A veces me decía: “estoy contento porque adelanté, dime qué te parece” y a mí se me caía el alma a los pies porque era la misma hoja, como si por un mecanismo especial la retuviera en su memoria y la copiara una y otra vez.” Las hojas, con muchas faltas de ortografía y eso que Arana no cometía ninguna, se las envió Elvira a Manuel Andújar, quién sabe si como tantas otras cosas se habrán perdido para siempre.

Durante la semana santa de 1973, antes de que el empeoramiento de la enfermedad fuese irreversible, Elvira y José Ramón hicieron un viaje por Zaragoza, como si el escritor hubiese querido despedirse del paisaje y de su propio pasado. Garrapinillos, donde había nacido un trece de marzo de 1905. El recuerdo de su padre, maestro allí, al que perdió a los ocho años de edad; así lo evoca en el relato “Anda que te anda”: “Guardo de él pocos y débiles recuerdos. Sólo sus ojos vuelven a aparecer en ocasiones: son, como los vi una tarde, ya cerca de su muerte; grandes, dulces, oscuros, con una luz desesperada dentro.” Zaragoza, los talleres donde trabajó, la casa en la que vivió con Mercedes, “aquélla era la habitación de Marisol.” Los días previos al golpe en Zaragoza, los señoritos, vestidos de camisa azul, campando por sus respetos y amedrentando desde la dialéctica asesina de sus pistolas. Su nombre en una lista negra de dirigentes sindicales, por serlo de la federación ugetista de banca. Los escenarios de la memoria: la Plaza de Sas, la calle de Estébanes, el Arco de Cinejas, el Royalty, Conde Aranda, el Camino de los Cubos, los paseos de Pamplona, de Sagasta y de la Independencia. Los libros ya escritos en México que forman el ciclo novelesco-biográfico Por el desván de los recuerdos, Can Girona y ¡Viva Cristo Ray! El primero, donde relató su paso por la fundición barcelonesa del Poble Nou, Can Girona, en los años finales de la dictadura primorriverista, tuvo tiempo de verlo editado, por Al-Borak, en enero de 1973. El segundo lo editó Heraldo de Aragón, póstumamente, en 1980. Luego el olvido, la soledad del paisaje, la belleza lunar de una tierra requemada y polvorienta, los adentros abrasados de sombra perenne, la mirada tendida a lo lejos, hasta la sierra de Alcubierre, la luz amortecida de la tarde, el desvarío de la mente extraviada en los oscuros laberintos del presagio del sueño eterno.



Nota. Este artículo, bajo el título de "una pasión definitiva", se publicó en el suplemento "Artes y Letras" de Heraldo de Aragón pocas semanas antes de que se inaugurara el año del centenario del escritor. Poco se hizo para recordarlo, salvo la publicación de El cura de Almuniaced (Cuentos) en la Biblioteca del Exilio de la Editorial Renacimiento, edición que corrió a cargo de Luis Antonio Esteve Juárez y la edición que Javier Barreiro hizo de Poesías en Rolde de Estudios Aragoneses, con un clarificador prólogo que corrió a cargo del propio Barreiro, de Alejandro R. Díez Torre y de Eloy Fernández Clemente. ¿Para cuándo la edición de la obra completa de Arana? En fin, recupero hoy aquí este texto para seguir manteniendo viva su memoria. La foto de Elvira y José Ramón está tomada del libro de Rolde, así como la del dibujo que un compañero le hizo en el campo de concentración de Gurs y que tuve ocasión de ver en el salón de la casa barcelonesa de Elvira; la foto de Arana solo proviene, en una toma personal, del libro de Otaola, La librería de Arana, de Ediciones El imán y la de Elvira en una celebración republicana me la facilitó ella misma.

viernes, 27 de marzo de 2009

Nadie es más que nadie: treinta y dos aforismos políticos


[1] Si el primero de todos los derechos, el derecho a la vida, no lo elegimos, se nos concede, reivindico más que nunca el derecho a vivir en libertad.

[2] Los nacionalistas, al soñar una patria portadora de todas las virtudes, desconocen la incertidumbre.

[3] Desarbolada y vencida queda la razón ante la barbarie terrorista.

[4] ¿Es libre aquel que no dispone de tiempo para pensar si es libre?

[5] ¿Se puede aspirar a una vida digna en condiciones económicas de miseria?

[6] De haber seguido siendo, como era, una República, cuánto sufrimiento se hubiera ahorrado España.

[7] Si se concibe la lengua como signo de identidad, mal asunto.

[8] Se dice en Castilla: nadie es más que nadie; que alguien lo supere.


[9] Cuando un dirigente político toma decisiones que comprometen a su país, sin importarle lo que éste piense, el alcance y las consecuencias que de ellas se deriven sólo corresponde a quien las ha tomado.

[10] En los momentos difíciles, de aguda crisis económica, la literatura es refugio seguro, consuelo contra las adversidades del mundo.

[11] Nadie tiene derecho, en nombre de nada, a quitar la vida a otra persona.

[12] ¿Una justicia basada en las apariencias, en los testimonios falsos, en las pruebas no contrastadas, debe ser llamada justicia?

[13] A veces conviene pasarse lo políticamente correcto por el arco del triunfo.

[14] Este mundo no es el camino para el otro que es morada sin pesar.

[15] Merece la pena, a pesar de todo, luchar por los ideales.

[16] ¡Laicismo total y absoluto!


[17] El fracaso de Larra consistió en pensar que este país podría cambiar mediante la educación y la cultura.



[18] Es un tópico decir “me gustan los que dudan”; ¿se puede dudar frente a las dictaduras, frente a las limpiezas étnicas, frente a la marginación, la pobreza, la miseria, el terrorismo...?

[19] No es lo importante cómo morimos, sino cómo vivimos.

[20] Binomios educativos: libertad y responsabilidad, solidaridad e igualdad, compromiso y democracia.

[21] ¿Un político español del siglo XX? Julián Besteiro.

[22] La República fue un sueño truncado, pero fue el más hermoso de los sueños.

[23] En desacuerdo con Gil de Biedma: no es del todo verdad que los españoles seamos un intratable pueblo de cabreros.

[24] Las cosas nunca suceden porque sí.



[25] Quien utiliza el poder para ser desleal a las ideas de que quienes le han aupado con sus votos a él, no es un gobernante democrático y leal, sino un vulgar usurpador.

[26] Quien pierde el poder, la furia del mando, no se resigna con facilidad y utiliza, artero y taimado, cuantas estrategias coadyuven a recuperarlo.

[27] A la altura de los tiempos que corren, es necesario reiterar que no se puede ser nacionalista y socialista al mismo tiempo.

[28] Es un error gobernar con quien se declara abiertamente independentista, más temprano que tarde los caminos acaban, borrascosamente, bifurcándose.

[29] Mejor ejercer la libertad de conciencia que actuar al dictado de consignas.

[30] Un lema: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

[31] Cuantas más vueltas le doy, más considero incivil nuestra guerra civil.


[32] Al pasar de los años se ve más claro que el socialismo democrático de raigambre liberal es el más sensato de los caminos políticos.


Nota. Las fotos que ilustran esta entrada son de la ciudad de Granada, las tomé en diciembre de 2007.

martes, 24 de marzo de 2009

El vivir apasionado de Lope de Vega


Se ha escrito mucho sobre la vida de Lope de Vega, desde la memorable y documentadísima biografía de Hugo A. Rennert y Américo Castro, que leí y disfruté en el curso de doctorado que impartió José Manuel Blecua, pasando por el Lope en silueta de Azorín o el Lope de Vega, de Zamora Vicente, hasta otros trabajos como Lope: Vida y valores de Francisco Márquez Villanueva. Sin embargo, quiero referirme en esta entrada de hoy a un texto curioso de Fernando Lázaro Carreter: Lope de Vega. Introducción a su vida y su obra, que editó Anaya en 1966 y que releído ahora causa mi asombro. He mencionado la fecha de edición y la editorial porque tal vez tengan algo que ver en el contenido del fragmento que incluyo aquí. Lázaro, al comentar la vida del gran dramaturgo barroco, escribe un sorprendente "Pórtico" que dice lo siguiente:

"PÓRTICO:

Adelantamos que la vida de este español insigne no es edificante. La contradicción parece gobernar su vivir apasionado. Menéndez Pelayo lo definió, con frase célebre, como fervoroso creyente aunque gran pecador.
   Ello exige de nuestra parte un esfuerzo de ecuanimidad, ante un espíritu tan remoto y, en muchos aspectos, tan grande. A los hechos que vamos a conocer, antepongamos la conciencia de que su protagonista contribuyó decisivamente a la formación del espíritu de España y que nos legó imperecederos monumentos de arte."

¿Por qué no es "edificante" la vida de Lope? ¿Qué vivir no está presidido por la contradicción? ¿Por qué es Lope un espíritu remoto cuya vida debe quedar en segundo y oscuro plano, quien sabe si por inmoral, para resaltar su contribución a la formación del espíritu español? ¿Acaso no debe contarse el soneto escrito evocando la muerte de Marta de Nevares, su última mujer, o "pecado" o "contradicción" para algunas mentes estrechas, es que no debe contarse, digo, ese soneto que acaba: "Permíteme callar sólo un momento: / que ya no tienen lágrimas mis ojos, / ni conceptos de amor mi pensamiento" entre lo mejor y más logrado del Lope lírico sin tener en cuenta que su inspiración procede directamente de la experiencia de esos amores "pecaminosos" que algunos consideran poco "edificantes"? Asusta pensar las prevenciones ante la vida de Lope y da cierta pena releer los libros en que se formaban los escolares españoles de aquel tiempo. En fin, qué se le va a hacer. Estoy seguro de que Fernando Lázaro hubiera dirigido un buen dardo contra sus propias palabras de haberlas recordado en su momento.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Afirmarse siquiera en apariencia


Algunas veces Leonardo siente que le faltan las fuerzas de tanto nadar contracorriente. Lleva años dando de leer a unos muchachos somnolientos, que apenas prestan atención a lo que leen, a Unamuno. Tantas veces le han dicho que San Manuel Bueno, mártir o Del sentimiento trágico de la vida ya no interesan a los jóvenes de la generación del ipod, los móviles, el messenger y demás que, a veces, tiene la tentación de pensar que es un esfuerzo inútil, baldío. ¿Qué les dice Unamuno a unos muchachos más preocupados por si gana la liga el equipo de fútbol de su ciudad o por la marcha que les espera la noche del sábado? Ay!, don Miguel, el que pensaba que “quien escribe es porque quiere dejar una sombra de su espíritu, algo que le sobreviva, que le singularice, que le haga sobrevivir en la memoria de los otros, que le permita afirmarse siquiera en apariencia”.

Pero Leonardo no ceja, no desiste. Y algunas veces se asombra. Hace un par de semanas, en una clase en apariencia anodina, leyendo San Manuel Bueno, mártir, quiso hacer énfasis en la siguiente frase del texto: “Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir.” Lo hizo con más elocuencia de la debida y se armó el belén: que si ellos no necesitaban que la religión les consolase de nada, que si las religiones, todas, era una engañifa y un fraude, que si la única religión digna de ser seguida es la de la decencia, y cosas por el estilo. Les dejó hablar Leonardo. Cuando las voces se amansaron, les leyó una nota a pie de página, enganchada con una llamada a la palabra “morir”, la última de la cita que provocó el acalorado debate, que decía lo siguiente: “Idea fundamental del existencialismo: el hombre nace para morir, es un ser para la muerte.” Leonardo se armó de valor: “Vayan, jóvenes, escribiendo una redacción en tres párrafos acerca de lo que les sugiere la idea de marras.” Treinta y cinco minutos después recogió los trabajos y dio la clase, meditabundo y con una sensación extraña, por terminada. Esa noche, en la soledad de su estudio, leyó con asombro lo que había escrito una jovencita que no quiso participar en el debate:

Cuando se afirma que el ser humano nace para morir y que es un ser para la muerte, se está expresando una obviedad y al mismo tiempo una contradicción. Biológicamente hemos sido diseñados para morir; nuestros órganos vitales se consumen en el tiempo y acaban por dejar de funcionar y producen así la muerte. Ésta también puede llegar por accidente o por enfermedad incurable. Se trata de una verdad científica y hay que aceptarlo así.

La contradicción consiste en que se nace para morir, o sea, el destino de la vida es la muerte y ese oxímoron nos atormenta y nos angustia. Si después de morir nos diluimos en la nada, es posible que la vida se nos muestre como algo carente de sentido. Por eso, para combatir ese sinsentido, necesitamos creer en la inmortalidad de una parte de nosotros, el alma, puesto que el cuerpo es caduco y transitorio.

Pero no es fácil que nuestra razón acepte semejante dilema y división de nuestro ser. Ese desajuste entre razón y sentimiento es la base de nuestra angustia existencial. Buscamos desesperadamente consuelo ante esa angustia, en la religión, en el arte, en el amor. Probablemente estemos ante un dilema irresoluble, ante el que sólo cabe la resignación y aprender a convivir con él, esto es, en la “desesperación resignada” de que hablaba Unamuno.

Al día siguiente, Leonardo encontró, a la hora de su clase, el aula vacía. Ningún alumno había acudido a clase, todos habían secundado una convocatoria de huelga convocada por un sindicato estudiantil. Boloña, la selectividad, la privatización de la enseñanza, las becas, vaya usted a saber... Habrán querido, pensó Leonardo, afirmarse siquiera en apariencia.

lunes, 16 de marzo de 2009

Cuando todo se ha perdido


Gordon W. Allport (1897-1967), antiguo profesor de psicología de la Universidad de Harvard, se pregunta en el prefacio a la obra del Dr. Frankl que aquí se cita: “¿Cómo pudo él –que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio-, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla?” Se refiere el profesor Allport al hecho de que Victor E. Frankl viese morir a sus padres, a su hermano y a su esposa en el campo de exterminio de Auschwitz y fuese capaz de sobrevivir a aquel infierno. Cuando llegaban a los campos los trenes de deportados, se llevaba a cabo una primera selección y los no aptos para el trabajo eran conducidos a las cámaras de gas y solo los capaces de trabajar salvaban momentáneamente la vida. Ese proceso brutal es el que describe Vasili Grossman en las páginas de Vida y destino en las que narra la marcha hacia las cámaras de gas de un grupo de deportados que no ha superado la selección, entre ellos va la doctora Sofia Ósipovna que no desvela su condición de médico para no colaborar con los nazis. Las páginas de Grossman son estremecedoras y las interrogaciones acerca de cómo se puede soportar algo así y sobre todo, cómo se puede narrar, parecen ligarse con la narración autobiográfica del doctor Frankl, creador de la logoterapia, que pasó por una experiencia similar. Enfrento ahora, casi como pregunta y respuesta, los textos de estos dos escritores que en sus obras se acercan al universo concentracionario nazi para contar, de forma magistral, lo sucedido en los llamados campos de la muerte.

Vasili Grossman, Vida y destino


¿Cómo se puede transmitir la sensación de un hombre que aprieta la mano de su mujer por última vez? ¿Cómo describir la última y rápida mirada al rostro amado? ¿Cómo se puede vivir cuando la memoria despiadada te recuerda que en el instante de aquella despedida silenciosa tus ojos parpadearon para esconder la grosera sensación de alegría que experimentaste por haber salvado la vida? ¿Cómo puede ese hombre enterrar el recuerdo de su esposa, que le depositó en la mano un paquete con el anillo de boda, algunos terrones de azúcar y unas galletas? ¿Cómo puede seguir viviendo al ver el resplandor rojo inflamarse en el cielo con fuerza renovada? Ahora las manos que él ha besado deben de estar ardiendo, los ojos que se iluminaban con su llegada, sus cabellos cuyo olor podía reconocer en la oscuridad; ahora arden sus hijos, su mujer, su madre. ¿Cómo es posible que pida un lugar más cercano a la estufa en el barracón, que sostenga la escudilla bajo el cucharón que sirve un litro de líquido grisáceo; que repare la suela rota de su bota? ¿Es posible que golpee con la pala, que respire, que beba agua? Y en los oídos resuenan los gritos de los hijos, el gemido de la madre.


Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido













Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad –aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente –con dignidad- ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: “Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita.”



Nota. Las fotos de ambos escritores y la de la puerta del campo de concentración están tomadas de la red. Tienen ambos autores un cierto y extraño parecido. Los textos pertenecen a las ediciones de Galaxia Gutenberg y Herder, respectivamente.

sábado, 14 de marzo de 2009

Fotografías veladas, de Antón Castro



“Uno no sabe si la vida es un cuento o si los cuentos amontonados unos encima de los otros son la vida.” Estas palabras las dice el narrador de “Historias de la mina” en el inicio de uno de los relatos que integran este volumen y al leerlas, se me da por pensar que Antón Castro ha ido narrando su biografía, literaria y personal, cuento a cuento y que estos que reúne en este volumen de acertado título vienen a ser un poco el resumen y la explicación de muchos de los anteriores, que encontraron su sitio en otros libros suyos, de los que yo he leído tres: El testamento de amor de Patricio Julve (1995), El álbum del solitario (1999) y Golpes de mar (2006), todos ellos editados por Destino. El libro del que me ocupo hoy, lo publica Xordica.

Dice el propio Antón, en una “Nota final”, que estos cuentos están escritos en diferentes épocas y que algunos fueron publicados en periódicos, revistas, libros colectivos o antologías temáticas, pero que al reunirlos ahora comprueba “que quizá haya una unidad de fondo, temas recurrentes: la fotografía, la interferencia entre Aragón y Galicia, la huella del mar y de la naturaleza y la presencia constante de la novia del viento: Zaragoza.” Leyéndolos, y habiendo leído los de sus otros libros, se advierte claramente esa unidad, aunque aquí, quizá más que en los anteriores, lo biográfico, ficcionalizado, cobra mayor protagonismo; como ejemplo de lo dicho, el cuento “Patricio Julve y otros fotógrafos imaginarios”, que podría tomarse por un relato real, en el cual, un narrador de ficción cuenta y da detalles de lo que otros narradores, también de ficción, contaron en otros libros. Y detrás de todos ellos, la figura del autor, que se asoma como pidiendo permiso a sus narradores para desvelar algunos “secretillos” de sus criaturas de ficción. Metaliteratura, pues, y de alto calibre, porque se lee con emoción y con complicidad, por los guiños generacionales, por el paisaje y por el paisanaje también.

Algunos cuentos parecen escapados de otros libros: por ejemplo, “Las mujeres del cuadro”, que podría haber formado parte de El álbum del solitario. La variedad temática del libro es amplia: desde los cuentos con perro –en la memoria, cada vez que leo un cuento con perro, el de Ignacio, “Siempre hay un perro al acecho”-, estupendo “Un perro entre reyes” con la figura de Manuel Martín Mormeneo, que es también protagonista de un cuento muy emotivo, por el desengaño amoroso, “La estación del adiós”, hasta el mundo del fútbol, tan cercano a Antón –siempre leo en su blog las crónicas del Garrapinillos, donde el fútbol tiene aún dimensión humana- en ese cuento un poco en clave que es “La radio y el ídolo”, en el que creo que habla de Arsenio Iglesias, aunque, claro, no lo puedo afirmar. Lo literario está presente en un cuento titulado “Siete noches con Inés de Garza”, que gustará a los muchos becquerianos que andan por el mundo y a quienes, como yo, hayan visitado con frecuencia esa zona: Trasmoz, Veruela, Tarazona y otros lugares por los que en su día anduvo el poeta sevillano.

Uno de los mejores cuentos del libro, si no el mejor, es el titulado “Pabostría”, en el cual el narrador vuelve a una ciudad, Zaragoza, buscando las huellas del pasado de su padre y en el fondo buscándose a sí mismo. Es un cuento extenso y de una intensidad muy bien lograda. A menudo nos buscamos a nosotros mismos en las huellas de los demás e intentamos imaginar cómo fue la vida de los otros para entender un poco quiénes somos. Eso creo que es lo que busca el narrador en este excelente cuento. Y esa búsqueda es, a la vez, un punto final y el inicio de la ficcionalización de esa búsqueda; así acaba el cuento: “Allí, en Pabostría, puso punto final a todas sus fugas y a su soledad. Y ahí, algunas horas después, al alba y a la intemperie, Alberto Gomesende Esmoría decidió la primera frase de la novela que pensaba dedicarle: “Mi padre eligió para morir una calle con gatos en los balcones y un tañido de campanas...” Que Antón, si lee esta entrada, me perdone el revelar el final de un cuento, cosa imperdonable para la que ya le estoy pidiendo indulgencia, pero creo que todos, llegados a un cierta edad nos hacemos la misma o parecida pregunta: ¿quién fue en realidad nuestro padre? La respuesta es o puede ser literatura.

Que Antón escribe muy bien lo sabemos todos sus lectores y repetirlo ahora es ocioso. Sólo me queda invitar a los visitantes de este blog a hacerse con el libro de Antón, sobre todo quienes hayan leído alguno de los anteriores, aunque no es condición imprescindible, desde luego, y disfrutar de estos estupendos relatos.



Nota. La foto de Antón es del día de la presentación del libro y es de José Antonio Melendo Puértolas, del blog “La foto de cada día”, cuyas magníficas fotografías invito a ver en la dirección “joseanmelendo.blogia.com”. La de la portada es mía y pido disculpas por la calidad de la misma pero los colores oscuros de la ilustración no lo facilitan precisamente; la culpa será, quizá, de los fantasmas que no supieron captar los fotógrafos imaginarios de Antón. Por cierto, tuve que encargar el libro, porque en una de las mejores librerías de fondo de Barcelona, no llegó la distribución.

viernes, 13 de marzo de 2009

Pasarán los años




Veinticinco años despues, a quién, si no a ti.

Pasarán los años
Y lo olvidaremos todo
Afanes y desvelos
Cansancio y sinsabores
Ingratitudes amargas
Como la luz áspera
De los sueños quebrantados

Pasarán los años
Y a merced del tiempo
Quedaremos como sombras
Desvanecidos e inermes
Hasta que el viento del otoño
Desordene severo
El enajenado rastro
De las hojas abandonadas

Pasarán los años
Y seguiré a tu lado
Fervoroso abrazo
Absorto en el asombro
De ver en tus ojos reflejada
La torpeza mía de este amor
Apasionada querella
Que dulcemente ignora
Con voluntad insensata
Cuanto de tenebroso esconde
La senda que conduce
Desde el silencio de los sueños
Hacia la muerte y el olvido


Nota. El cuadro que ilustra esta entrada, cuyo título es "Desnudos en la playa", pertenece al pintor José de Togores y es de 1922.

miércoles, 11 de marzo de 2009

De humildades y soberbias; más sobre Chaves Nogales


Copio aquí la airada respuesta de Andrés Trapiello a la carta de María Isabel Cintas Guillén, todo ello a propósito de Chaves Nogales.

Mucha humildad

ANDRÉS TRAPIELLO - Madrid - 11/03/2009

Se quejaba María José Cintas Guillén, compiladora y editora de Chaves Nogales, de que cada vez que se habla de Chaves raramente se menciona ni reconoce su labor, y lleva razón. "Desde la humildad con la que abordo cualquier trabajo que publico", hizo el otro día unas puntualizaciones en estas Cartas al director, a propósito del "despliegue Chaves" aparecido en Babelia, que me gustaría igualmente puntualizar, porque yo quiero ser también humilde como ella.
1. Que cuando terminé Las armas y las letras, a finales de 1993, no habían aparecido aún las Obras Completas de Chaves, cuidadas por la señora Cintas, tan humilde que se olvidó de incluir en ellas el último libro de Chaves, La agonía de Francia (Montevideo, 1941).

2. Que leí A sangre y fuego, de Chaves, mucho antes, en un ejemplar del librero de viejo, poeta y amigo Abelardo Linares, como me ha gustado contar por escrito muchas veces.

3. Que cuando se publicó Las armas y las letras, en febrero de 1994, ni yo ni casi nadie había visto aún las Obras Completas de Chaves, editadas por la Diputación de Sevilla y sepultadas entonces en sus dependencias (de donde saqué el ejemplar que me sirvió para escribir la reseña que apareció en Babelia en agosto de ese 1994 y donde se aludía, claro, a La agonía de Francia), por lo que cuando decía en mi artículo que muchos se encontraron por primera vez al Chaves de la Guerra Civil en Las armas y las letras, no estaba diciendo nada especial, ni tampoco cuando afirmaba que fue entonces la primera vez que se valoraba a Chaves respecto de todos los demás escritores, y por supuesto que con ello no quería restar méritos a la señora Cintas, cuyas melancolías, nacidas acaso de las comparaciones inadecuadas y de la mucha humildad, comprendo muy bien, tanto que me he propuesto, a partir de hoy, citar el nombre de esta señora no sólo cuando se hable de Chaves Nogales, sino de cualquier otro en el que ella haya trabajado humildemente, si lo hubiera, y aunque no venga a cuento.

Nota. Sin comentarios. Tal vez señalar que la profesora Cintas Guillén se llama María Isabel y no María José.

Cinco años después


Han pasado cinco años: silencio, dolor solidario con las víctimas, respeto.

Un aforismo: Desarbolada y vencida, en toda edad, queda la razón ante la barbarie terrorista.

Nota. La foto es de EFE y está tomada de ABC.es

martes, 10 de marzo de 2009

Epístola sentimental para ser leída en voz baja



Iria Flavia, 5 de junio de 2003.

Camilo,



Vengo, por fin, a tu encuentro, cuando ya no puedo verte y tampoco estoy seguro de que llegue hasta ese incierto laberinto de sombras por el que andas extraviado, el dolorido sentir de mi voz en desconsuelo.


Te pido indulgencia para mi corazón estremecido, que se desliza peligrosamente por el inoportuno tobogán del sentimentalismo.


He venido a tu casa más querida, invitado por la complicidad generosa de Marina, para hablar de ti y de Max.


En el momento en que escribo esto, caigo en la cuenta de que la única vez que hablé contigo fue sobre Max Aub. Tu voz me llegó, firme y por sorpresa, a través del teléfono:
- ¿Javier Quiñones?, buenas tardes, soy Camilo José Cela.

Te había dedicado un ejemplar de mi edición de los cuentos de Aub y, con sinceridad, lo que menos esperaba era tu llamada, así que te respondió mi timidez y mi infinito respeto hacia tu persona y tu obra.
- ¡Háblame de tú, coño! –me dijiste.
- Me cuesta, Camilo, pero como usted quiera –te respondí.

Me ofreciste entonces la imagen de un Max envejecido, de un hombre poco menos que en puertas de la muerte, que llegó de modo inopinado hasta tu retiro de Mallorca, como un espectro de un pasado lejano y sin embargo todavía vivo.


Al despedirnos, no sé si presagiando que a lo mejor no tendría otra oportunidad de hacerlo, quise decirte lo mucho que te admiraba como escritor y cuánto había aprendido leyendo tus libros.


- ¡Bueno, bueno, bueno... déjate de zarandajas! –dijiste medio riendo, al tiempo que noté en ti cierta impaciencia. Luego te despediste y colgaste.


No volví a hablar contigo. Tuve, tiempo después, la osadía de pedirte unas palabras de presentación para mi novela sobre la muerte de Julián Besteiro. Las tuve, como quien dice, a vuelta de correo.


Planeé mil veces ir a verte, porque sabía abiertas para mí las puertas de tu casa, pero tantas veces como lo hacía lo postergaba diciéndome: “Para qué le vas a molestar, qué le vas a decir tú, que no eres nadie ni representas nada” –perdona que te tome prestadas tus palabras.


¡Quién me dijera, Camilo, que aquella vez en que hablamos de Aub iba a ser la primera y la última que hablase contigo!


Siento en este momento, en que por fin he venido a encontrarme con la luz en calma de tu ausencia, una paz sosegada e infinita en el fondo del corazón; la misma que he sentido esta mañana junto al olivo de piedra lunar y de tronco retorcido, cuya umbría centenaria acoge tu descanso eterno.


A lo mejor no te sirve de nada, pero leo y releo tus libros y hago que los lean somnolientos y perezosos muchachos, para que aprendan de tu mano de maestro que “el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte.”


He venido, Camilo, a ofrecerte, en la posteridad jubilosa de tu destiempo, el testimonio de mi amistad más humilde y más sincera.


Nota. Este texto, breve homenaje personal a un escritor a quien admiro y cuyas obras siempre me ha gustado leer, fue el proemio a la conferencia "Camilo José Cela y Max Aub, evocación de una amistad transterrada", dictada el cinco de junio de 2003 en el marco de un homenaje de la Fundación Cela a Max Aub al cumplirse centenario de su nacimiento. El acto se llevó a cabo en el salón de actos de la Fundación Cela, con sede en Iria Flavia. Pude entonces visitar el olivo al pie del cual descansan los restos del escritor, en el cementerio de la Colegiata de Santa María. El texto de esa conferencia y esta epístola pueden leerse en el Anuario 2005 de Estudios Celianos, publicado por la Universidad Camilo José Cela en 2005; el texto abarca las páginas 89 a 105.Las fotos de Camilo son detalles captados por mi cámara sobre unas fotos incluidas en el libro del Círculo de Lectores Retrato de Camilo José Cela, de Alonso Zamora Vicente y Juan Cueto.