sábado, 31 de octubre de 2009

Aub en ABCD


El poema que hoy publica ABCD en exclusiva como inédito necesita, tal vez como ningún otro texto, una adecuada contextualización para que pueda ser correctamente valorado. Sacado de contexto, pareciera que es una defensa del estalinismo y del comunismo más ortodoxo y creo que nada más lejos, en mi opinión, de la forma de pensar de Aub. Es muy parco Joan Oleza, buen amigo, al explicar cómo y de qué forma le llega el inédito, al margen de señalar que es Elena Aub, siempre generosa, quien se lo facilita. Pero no es esa la información necesaria para valorar este texto, sino responder a otras preguntas; por ejemplo, entre otras, a estas: ¿por qué no incluyó Aub este texto en su Diario de Djelfa cuando lo editó en México en 1944 y en segunda edición en 1970? ¿Acaso no lo tenía a mano, se le había extraviado? ¿por qué Xelo Candel, que editó de nuevo el libro en 1998 no tuvo acceso a este texto que hoy se publica? ¿Tenía Aub el texto y evitó incluirlo junto a los poemas que forman ese estremecedor diario poético? Si es así, ¿por qué razones lo hizo? Creo que la respuesta a estas preguntas aclararía muchas dudas acerca del porqué no está incluido este poema en el libro del que debiera formar parte.

Aub, como tantos otros intelectuales europeos de aquel tiempo, se opuso al pacto germano-soviético y, como bien dice Oleza en su estupendo texto, lo consideró una traición al ideal revolucionario; la frase que entonces se acuñó fue algo parecido a “la revolución a ese precio no vale la pena”. Pero no olvidemos el calvario de cárceles y de campos de concentración que tuvo que sufrir Aub desde que fue denunciado anónimamente en París e ingresado en Roland Garros primero, en Vernet después y más tarde en Djelfa. La perspectiva de una victoria del nazismo era, en esos años, muy sólida. La decisión de Hitler de invadir la Unión Soviética marcó un antes y un después en el devenir de la guerra. La respuesta soviética, con Stalin al frente, conviene no olvidarlo, y la posterior y heroica victoria rusa en Stalingrado, léase el estremecedor libro de Vasili Grossman Vida y Destino, fue el hecho decisivo que cambió el rumbo de la guerra y facilitó la victoria definitiva sobre el fascismo.

Es fácil comprender con qué alborozo recibirían los que en ese momento estaban presos por antifascistas en los campos de concentración las noticias de la respuesta soviética a la invasión nazi. Es necesario no olvidar que Djelfa fue un campo de castigo del que nadie salía. Sólo en ese contexto cobran sentido las palabras de Aub en su poema. Esa victoria no hizo olvidar, sin embargo, los crímenes del estalinismo y la feroz represión llevada a cabo en esos años y en los inmediatamente anteriores, los tristemente famosos procesos de Moscú, por el régimen de Stalin. Insisto en que hay que leer el libro de Grossman para ver el sabor agridulce que dejó en muchos esa victoria sobre el nazismo: las injusticias y los muertos no los borran ni las estrategias ni la consecución de los fines militares por importantes que estos sean.

La historia es así y no se puede cambiar. Rusia ayudó a la República. Alemania e Italia a Franco y los suyos. Negrín contó siempre con el apoyo de los comunistas españoles. Aub fue siempre partidario de Negrín. Indalecio Prieto los expulsó a todos, Negrín y muchos más, Aub entre ellos, del PSOE en 1946. Hace muy poco se ha devuelto el carnet del PSOE a Negrín y a Aub. La historia no se puede cambiar, corregir errores sí, pero no cambiarla. Aub nunca fue comunista, sino socialista de raigambre liberal. También es verdad que nunca fue anticomunista y que defendió siempre la bravura con la que se batieron en nuestra guerra muchos comunistas honrados y anónimos. Pero eso no impidió sus agrias polémicas con ellos y que la forma de ver y entender el mundo de Aub, siempre liberal, chocara con la estrecha y rígida mentalidad de ellos. “No soy comunista, he sido, soy socialista” dejó escrito. Que todo el mundo lo sepa.

sábado, 24 de octubre de 2009

Violeta en la penumbra



Ayer se encontró con ella, por azar, en su vagar sin rumbo por las calles de la ciudad. No le costó reconocerla, a pesar de que hacía algunos años que no la veía, porque su rostro, que parecía anclado en el tiempo, era idéntico a como lo recordaba. Se mostró amable con ella. Se saludaron con un beso y cuando rozó levemente con sus labios la mejilla de ella, tuvo la sensación de que era como besar a una sombra. Le propuso entrar en un café. Aceptó, pero no tomó nada porque últimamente todo le resultaba insípido. Hablaron de ellos, quizá para darse cuenta, con Neruda, de que ya no eran los de entonces. Evitaron con elegancia referirse a sus circunstancias personales. Asintió, no sin cierto rubor, cuando creyó entender que le preguntaba por su viejo afán de llegar a convertirse en escritor. Con voz que parecía como envuelta en tinieblas, ella dijo que el azar truncó sus estudios de filosofía y que nunca pudo ejercer como profesora. La confidencia no pasó de ahí. Sin brusquedad él llevó la conversación hacia otros asuntos. Se interesó por lo que llevaba en aquella vieja carpeta que había dejado sobre la mesa. Apuntes de clase que repaso y ordeno, dijo ella por toda respuesta. Advirtió, anclada en el fondo de su mirada, una vieja melancolía. Durante un instante tuvo la tentación, como tantas veces hiciera en el pasado remoto, de indagar en las razones de esa nostalgia, pero desistió. Languideció la tarde de octubre detrás de los cristales del café. Un silencio incómodo se instaló entre ellos y comprendió que era llegado el momento de la despedida. Sintió el frío de su mano de nieve cuando la estrechó mientras ella dejaba en su mejilla un desangelado beso de adiós. La vio alejarse por la avenida, perdida entre los transeúntes como un incorpóreo fantasma del pasado. Pagó la consumición. Recogió sus cosas esparcidas sobre la mesa. Se desperezó. Salió a la calle y se reincorporó a su tiempo. Decidió tomar el autobús para volver a casa, no era cuestión de llegar tarde a la cena familiar y hacer esperar a su mujer y a sus hijos.

lunes, 19 de octubre de 2009

Nosotros los de entonces...


A menudo los poetas, como expresión de un sentir común, nos dejan en sus poemas versos que acaban independizándose del texto del cual forman parte y pasan al acervo colectivo como la expresión afortunada de un sentimiento común y repetido. Tantas veces hemos leído "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos" que solemos olvidar su origen y lo citamos, como si tal cosa, sin indicar, de tan sabida, la procedencia de ese magnífico verso. Pertenece, como todo el mundo sabe, al poema vigésimo del libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cuyo autor, es innecesario decirlo, fue el poeta Pablo Neruda. Hay en ese poema muchos otros versos logradísimos, que también han sido muy utilizados y citados, como aquellos que dicen: "Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. / Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido." Certeros del todo y muy transitados, cierto, pero no siempre indicando la fuente.

Leí ayer el estupendo artículo de Javier Cercas "Una nueva vida" en El País semanal. En él cita el narrador del artículo este verso de Neruda incluyéndolo en el texto sin la menor referencia, ni comillas, ni cursiva (en el fondo es lo mismo), ni la menor indicación a la autoría de Neruda. Claro, se me dirá que tampoco era necesario, pero no hubiera estado de más, tratándose del narrador de un escritor que "utiliza" el acierto de otro escritor, un guiño nerudiano al menos.

Eso no quita para que el artículo fuera muy interesante, como ya he dicho. Yo, como el narrador del artículo, también manejo el Diccionario de la RAE en el mismo monstruoso formato, por tamaño y volumen. Mi edición es la vigésima primera y es del año 1992. Para entonces cambiaron las definiciones de las palabras que cita el narrador; así de "mahometano" ya no dice lo que éste señala "Que profesa la secta de Mahoma", sino "Que profesa la religión islámica". Asimismo, de "cristiano" ya no dice "Que profesa la fe de Cristo", sino "1. Perteneciente a la religión de Cristo y arreglado a ella. 2. Que profesa la fe de Cristo, que recibió en el bautismo." Los cambios se comentan por sí solos, aunque no deja de resultar llamativo ese "arreglado a ella".

Hizo mal el narrador del artículo de Cercas en bajar la edición decimonovena en una bolsa al contenedor. Creo que la comparación y los cambios dicen mucho, en solo dos palabras (o entradas), de nuestra historia.

jueves, 15 de octubre de 2009

Zugazagoitia, Cruz Salido y catorce más


El Govern de la Generalitat, con acierto, ha solicitado la anulación del Consejo de Guerra sumarísimo que se llevó a cabo contra el presidente de la Generalitat Lluís Companys i Jover, capturado en Francia por la GESTAPO y entregado a la España de Franco. Fue sentenciado a muerte y ejecutado por fusilamiento en el Castillo de Montjuich el 15 de octubre de 1940.

Curiosa España esta. No han tenido tanta suerte, ningún gobierno los ha respaldado, Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y los catorce republicanos fusilados la madrugada del 9 de noviembre de 1940 contra las tapias del Cementerio del Este de Madrid. Por cierto, la peripecia de Zugazagoitia es similar a la de Companys. Fue detenido por la GESTAPO en Francia y entregado a la España de Franco. Juzgado de urgencia en Consejo de Guerra sumarísimo y condenado a muerte. Estuvo recluido en la cárcel de Porlier.

Nadie ha pedido la anulación del juicio contra Zugazagoitia como nadie ha pedido tampoco la anulación del juicio, con condena de muerte conmutada, contra Julián Besteiro. A lo mejor es que no tienen la fuerza de un gobierno autonómico detrás.

Esta es la narración que hace de los hechos el historiador Francisco Moreno en el libro colectivo coordinado por Santos Juliá Víctimas de la Guerra Civil (Editorial Temas de Hoy.Historia, Madrid, 1999):

Aunque el grueso de los fusilados pertenecía a la clase obrera y eran gentes anónimas, también cayeron nombres importantes y apellidos sonoros, como Julián Zugazagoitia, diputado socialista y ex ministro. Detenido por la GESTAPO en Francia, fue devuelto a Franco y vino a parar a la cárcel de Porlier de Madrid. Fue fusilado en el cementerio del Este, en la madrugada del 9 de noviembre de 1940, junto con Francisco Cruz Salido, en una saca de 14 víctimas. Para mayor sufrimiento, por la mañana del día 8 hicieron correr el rumor de que sus penas habían sido conmutadas, hasta que llegó la trágica sorpresa del llamamiento para entrar en capilla. En aquel trance estuvieron acompañados por Cipriano Rivas Cherif, el cuñado de Azaña, compañero de celda, cuyas impresiones recoge Mirta Núñez: “Cruz Salido me hizo pocas recomendaciones. Él no perdonaba; pero no quería que su mujer viviera con la obsesión de un pedazo de tierra en España ante el cual venir a arrodillarse, ni que sus hijos volvieran nunca, si era posible, con idea alguna de venganza ni revancha inútil. Por eso no quería escribir ni que avisáramos a su familia de Madrid; para que no reclamaran el cadáver y se le enterrara en la fosa común... Zugazagoitia habló mucho más. Estaba terminando, con la misma letra clara, menudísima y regular, el cuento marinero para su hijo. Había escrito ya a los suyos. Me encargaba, sin embargo, para que no cupiese duda alguna de la última voluntad suya y de su compañero, que recordara siempre que tuviera ocasión a todos sus amigos y correligionarios aquel su firme deseo de que su sangre no sirviera nunca de mínimo pretexto para verter más sangre de españoles.”


Nota. Se advierte, tras la lectura de estas estremecedoras palabras pronunciadas con un pie puesto en el estribo, la fidelidad y la lealtad de estos hombres a España, a su España republicana, por la que acabaron dando, en contra de su voluntad, la vida. Honor y gloria a su memoria y a la de quienes murieron con ellos aquella madrugada.

viernes, 9 de octubre de 2009

Segovia

SEGOVIA

Dime si tú, Segovia,
lo viste cruzar un día,
como una sombra errante,
la agria melancolía
de tus plazas y tus calles.


Dime si es verdad
que una mañana de abril
lo viste alejarse solitario
después de haber dejado
ondeando la bandera tricolor
en el aire libre de tu cielo.


Dime, Segovia, lejana,
si también es verdad
que lloró la muerte
del mejor de tus capitanes,
escultor de luz y piedra,
Emiliano Barral, muerto
en los arrabales de Madrid
defendiendo las libertades
de un pueblo humillado
y ofendido durante siglos.


Dime, Segovia, qué queda
hoy de su encuentro con Guiomar
en la luz de tus atardeceres,
en la soledad de tus noches
de primavera, rumor de álamos,
viento del desamparo.


Dime, en fin, Segovia,
si lo recuerdas serio,
ensimismado en sus adentros,
meditabundo y silencioso,
con la ceniza del cigarro
en la solapa del gabán,
la mirada perdida en quién
sabe qué lejanías imprecisas,
siempre masticando versos,
desarbolando imágenes,
soñando una España mejor
que dejara de ser un trozo
de planeta por donde cruza
errante la sombra de Caín.



Dime, Segovia, qué queda
al correr de los años
en ti de su memoria.


Nota. La fotografía que ilustra la entrada es la fachada de la casa museo del poeta en Segovia. Este poema, junto al dedicado a Burgos y a Salamanca, ya publicados en la sección de poesía de este blog, forma parte de una suite castellana que voy dando a conocer en esta bitácora. El busto de Machado, de Pablo Serrano, es el del instituto de Soria.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Pasar a la historia


"Señores -dijo de golpe Leonardo, a contramano, por sorpresa, para desconcierto del atolondrado y semidormido auditorio de muchachos que lo escuchaban entre espesas brumas durante la primera hora de clase de aquel lunes-: Para nada debe preocuparles el oscuro concepto que encierra la consabida y lexicalizada expresión de pasar a la historia. Piensen que quien está inquieto por pasar a la historia, es decir, por quedar en la memoria de los demás, suele desatender, a menudo, los avatares de su propia y única existencia. Fíjense en que los grandes genios, los artistas consagrados que ya están en la historia, nunca lo buscaron deliberadamente y seguro que les importó un comino la susodicha cuestión. Por ello, no voy a hablarles hoy de eso, sino de quienes pasan a la historia por méritos ajenos, en función de lo que otros, y no ellos, hicieron. Lo mejor es empezar por poner ejemplos. Ahí van unos cuantos en forma de interrogaciones retóricas. ¿Quién se acordaría hoy de Isabel Freyre, de Antonio de Fonseca, si Garcilaso no la hubiera convertido en la Elisa de sus versos? ¿Quién de la duquesa de Soma si Boscán no le hubiera escrito tan celéberrima epístola? ¿Quién habría rescatado del olvido el nombre de fray Juan Gil de no haber sido por Cervantes? ¿Y de Casta Esteban quién se acordaría de no ser por Bécquer? ¿Y de Felipe Acedo Colunga si no fuera por Besteiro?" Leonardo observa que una mano se levanta e interrumpe su discurso. Con un gesto Leonardo concede la palabra a su joven interlocutor y este pregunta: "¿Quién era Besteiro?" Leonardo le mira con ojos de desconcierto y le responde: "Alguien que merece sobradamente estar en la historia, esto es, en la memoria y la consideración de las gentes. Me anticipo a su porqué y le invito a que descubra por usted mismo las razones."

Leonardo dio la clase por acabada cuando llegó el momento no sin poder evitar pensar que sus jóvenes alumnos y él vivían en países diferentes con historias distintas.

Nota. La foto que ilustra la entrada es de la estatua de Ataúlfo Argenta y la tomé en Castro Urdiales.

martes, 6 de octubre de 2009

Octubre



OCTUBRE

Octubre, apagado fulgor de la luz sobre los campos.

Octubre, incipiente otoño que se extravía

dislocado en el rastro inservible
de las hojas muertas contra el asfalto.

Octubre, sosegado silencio que deja
una paz infinita en el corazón.

Octubre, imprecisa y renovada memoria
de la que en otro tiempo fuiste y aún
sigues siendo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Julián Besteiro: morir en Carmona / y 4


Los escenarios de la memoria

El Monasterio de Dueñas


Aparcaron los coches frente a la fachada, un tanto escurialense, del monasterio. Al descender del vehículo, Besteiro se detuvo un instante a contemplar una era en la que algunos labradores trillaban el trigo recién recogido. Al fondo de la era, un edificio alargado en forma de nave industrial, con una sola chimenea en la parte central del tejado. Construido con ladrillos de color rojizo, tenía todo él doble hilera de ventanas. La fachada, orientada al mediodía, era igualmente rojiza. En la esquina más meridional del edificio, en el piso superior, había una galería acristalada con ventanas de cuarterones; unos metros más allá, una alta chimenea arrancaba desde el piso bajo.



Una puerta con contraventana separaba la estancia de la galería acristalada. Besteiro abrió la puerta y accedió a ella. Era un agradable cuarto, muy al estilo de las casas del norte, muy soleado y amueblado con un tresillo y una mesa camilla. A través de los cristales se podía ver la casa de labranza que quedaba junto al monasterio, la tapia que corría paralela a lo largo del camino, y, al fondo, la alameda del río, apenas a kilómetro y medio de aquel lugar.



La estación de Guadajoz

La luz cegadora del mediodía los vio llegar y el aire estremecido por el sofocante calor fue para ellos como un desolado recibimiento de bienvenida. La estación de Guadajoz los envolvió en el ámbito triste de su desamparo y no vieron entonces, cuando abandonaron los desvencijados vagones de aquel tren, sino el pequeño edificio y los muros de un patio en el que crecían algunos limoneros.


El camino, pedregoso y polvoriento, discurría en línea recta atravesando llanuras y campos de mieses amarillentas. Pequeños alcores, desiertos de vegetación, apuntaban en el horizonte. Dispersos grupos de árboles con sus hojas bamboleadas por el escaso viento. El cielo, de un azul intenso, estaba surcado por errantes y algodonosas nubes. Los camiones dejaban tras de sí una nube polvorienta en su lento traqueteo, en su avance cansino a lo largo del camino.



Carmona


Instalada la celda a la que había sido trasladado Besteiro en la parte alta de la prisión, se accedía a ella a través de un oscuro y destartalado desván al que los presos llamaban el "palomar" (...) En los días claros, que eran la mayoría, se divisaba, desde la ventana enrejada, aunque fuera necesario subirse para ello a una silla, un panorama de tejados y campanarios. Se veía también la fachada del Palacio del Marqués de las Torres y ya muy de refilón se dejaban ver las almenas del Alcázar del Rey don Pedro y la llanura del Corbonés que se iba perdiendo en el horizonte.



En el pequeño patio, frente a la puerta principal de la iglesia, se reunió la reducida comitiva que iba a proceder a la exhumación de los restos de Besteiro. Precedidos por el enterrador, Fernando Gómez, el hijo mayor del Antequerano, salieron a la calle y rodearon la iglesia para llegar a la entrada del cementerio.



El sol declinaba y dejaba su luz rojiza a lo lejos. En silencio llegaron hasta la puerta del corralito que era el cementerio civil. Nadie había sido enterrado en los últimos veinte años en ese lugar. El patio volvía a mostrar un aspecto desolador y descuidado. La maleza lo invadía todo. El enterrador procedió a destapar el nicho. Primero retiró, después de desclavarla con cuidado para que no se rompiera, la lápida.





Cementerio Civil de Madrid: 1960

Llegaron al cementerio y se dirigieron al lugar donde una tumba abierta en el suelo esperaba la llegada del féretro. Los funcionarios lo sacaron del coche y mediante cuerdas lo bajaron hasta el fondo de la tumba. Jaime Cebrián arrancó una pequeña ramita de uno de los árboles de los alrededores y la arrojó sobre el ataúd que contenía la memoria de su tío. Después los funcionarios procedieron a sellar la piedra granítica que habría de cubrirlo con su color gris pardusco. Lisa de todo adorno. Sólo su nombre en la cabecera de la tumba.



Una mujer, que ha estado observando las operaciones de los enterradores desde lejos, espera a que éstos terminen y se acerca, cuando ya no queda nadie frente a la tumba. Mira la inscripción, el nombre, el apellido. Vuelve a donde estaba y toma un clavel rojo de los que ha llevado a la tumba de su marido, muerto por fusilamiento en septiembre del treinta y nueve. Regresa junto a la tumba de Besteiro y lo deposita sobre la lápida de granito, junto a su nombre. Vestida de negro, se aleja caminando lentamente por los senderos de gravilla, bajo la luz cegadora del mes de junio.

Julian Besteiro: morir en Carmona / 3


Los escenarios de la memoria: Madrid.

El Ministerio de Hacienda


Las primeras luces del alba del martes 28 de marzo de 1939 iluminaban un paisaje gris y desapacible que presagiaba un día frío. Un viento racheado movía las copas de los árboles y arremolinaba los papeles en los rincones de las calles, desiertas a esas horas tempranas. Un coche se detuvo frente al viejo edificio del Ministerio de Hacienda en la calle de Alcalá. Los sacos terreros protegían la entrada. Los soldados de vigilancia se parapetaban tras ellos. La luz de lámpara del vestíbulo estaba apagada.


La cárcel de Porlier

No era, la cárcel de Porlier, una verdadera cárcel. Se trataba del edificio de un colegio que había sido habilitado como prisión en tiempos de la República. Ocupaba la manzana entre las calles Bravo, Padilla y Conde Peñalver. La entrada principal estaba en la calle Díaz Porlier. El edificio, de planta baja y tres pisos, era todo él de ladrillo rojo. Las ventanas del primer piso remataban en arco circular y constituían largas galerías en las que se encontraban las celdas de los presos. Los árboles casi se pegaban a las paredes del edificio.


La prisión del Cisne

Dejando atrás la plaza de Rubén Darío y la iglesia de San Fermín de los Navarros, el vehículo llegó a la prisión. El edificio tenía forma cuadrangular, con dos patios interiores y otras tantas galerías, perimetrado por un muro de ladrillo rematado en una pequeña verja. La última luz de la tarde dejaba una claridad ambigua flotando en el ámbito de la galería. Las ventanas de estilo gótico, con cristales esmerilados, se asomaban a un patio con una vegetación densa de árboles altos y frondosos y parterres delimitando pequeñas zonas ajardinadas.


Nota. Las fotos de todos los lugares que constituyen los escenarios de la memoria de la pasión y muerte de Julián Besteiro fueron tomadas mientras me documentaba para escribir el libro. Las descripciones que se incluyen proceden de la redacción final del libro. Había previsto tres entradas, pero será necesario hacer alguna más, pues faltan Dueñas, Guadajoz y Carmona. Quiero dar las gracias a todas las personas que, durante estos días, han querido, visitando este blog, compartir la memoria de uno de los hombres más íntegros que ha dado nunca este país.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Julién Besteiro: morir en Carmona / 2

Mi interés por la figura de Besteiro se remonta a los primeros años de la transición, cuando empezamos, los que entonces teníamos veintipocos años, a descubrir tantos aspectos de nuestro pasado que nos habían sido ocultados. A mí me llamó siempre poderosamente la atención la actitud de Besteiro, quien tuvo el coraje y la entereza moral de quedarse en España y no marchar al exilio. Besteiro fue detenido en los sótanos del Ministerio de Hacienda de Madrid el día 28 de marzo de 1939. La tarde-noche del 29 de marzo ingresó en la cárcel de Porlier, de tan infausta memoria, hoy colegio privado de los Salesianos, después de haberle sido tomada declaración por parte del juez militar encargado de las diligencias previas en el proceso sumarísimo abierto contra él y contra Rafael Sánchez-Guerra, asesor político por entonces del coronel Segismundo Casado.

¿Por qué no se marchó al exilio Besteiro cuando tan fácil le hubiera sido hacerlo? La respuesta no es fácil, pero creo que Besteiro se quedó en España por coherencia política, por integridad moral y para dar una suerte de lección ética a todos aquellos que en los últimos años de su vida le habían calumniado y hasta ridiculizado acusándole de haber pactado previamente con la “quinta columna” las condiciones de su estancia en la España nacionalista, obteniendo la promesa de que su vida sería respetada. Los hechos, desde luego, desmintieron dramáticamente esas voces injuriosas, que tienen nombre y apellidos, algunas aún vivas y casi todas agrupadas bajo la misma bandera. Hay quien ha escrito, sin embargo, bien recientemente, que se quedó por “orgullo suicida”, casi como un ingenuo incauto. Sin medir, como quien dice, el alcance de sus actos.

Del mismo modo, la participación de Besteiro en el Consejo de Defensa fue un hecho extraordinariamente controvertido que ha dado lugar a muchas interpretaciones, no todas respetuosas ni justas, es necesario decirlo; la que roza lo inadmisible es la que insinúa “insania mental” en Besteiro al aceptar participar en el Consejo. ¿Por qué aceptó Besteiro colaborar con el Consejo? Probablemente porque pensó que con su prestigio y moderación podía contribuir a negociar las condiciones de una paz que fuera la paz de la reconciliación y no la paz de la victoria. En eso es obvio que se equivocó; pero no debe achacarse a él el error, sino a la falta de magnanimidad de los vencedores y a su poco sentido del Estado, pues prefirieron, con injustificable ceguera histórica, la vía de la represión, de la eliminación física del adversario, aun siendo conscientes de que abrían heridas que dejarían huella perenne en la sociedad española; Besteiro lo advirtió con toda claridad: “Pensar en que media España pueda destruir a la otra media, sería una nueva locura que acabaría con toda posibilidad de afirmación de nuestra personalidad nacional o mejor, con una destrucción completa de la personalidad nacional.” El fracaso de Besteiro, pues, es el fracaso de todos los españoles que aún creían posible la concordia y la reconciliación.


Lo que sucedió a partir del momento en que Besteiro tomó la decisión de no marchar al exilio, es una historia que, como escribió Miguel Mena en El Periódico de Aragón, merecería figurar, con permiso de Borges, en la historia universal de la infamia. Los hechos narrados en mi novela parten de ahí, de la decisión, nunca del todo bien entendida, de Besteiro de permanecer en España.

Podría decir que, aunque conste de siete capítulos, la novela se divide en dos partes: el ruido y el silencio.

El ruido se arma en torno al hombre público, al dirigente socialista, al político, al expresidente de Las Cortes, al catedrático de Lógica de la Universidad de Madrid: primeras declaraciones, trasiego de cárceles, designación del abogado defensor, Ignacio Arenillas de Chaves, aceptación de éste, idas y venidas de la mujer, Dolores Cebrián, aportando documentos para la defensa, las esperas a pleno sol para poder visitarle en la cárcel del Cisne, el juicio, el discurso de dos horas y media del fiscal militar, Felipe Acedo Colunga, la petición efectuada por éste de pena de muerte porque “las ideas del procesado habían hecho mucho daño a España”, la deliberación del Tribunal, presidido por el general Manuel Nieves Camacho, la comunicación de la sentencia: cadena perpetua sustituida por treinta años de reclusión mayor por el delito de “adhesión a la rebelión militar”, el rechazo del recurso presentado por el abogado.
Después, el silencio, la soledad, el desamparo. Después el hombre de carne y hueso, casi un anciano a los sesenta y nueve años de su edad, con la salud profundamente quebrantada, enfrentándose como un héroe trágico a la adversidad de su destino, al último acto de una vida que las circunstancias convirtieron en tragedia. La historia se fue volviendo triste y los Officium Deffunctorum de Tomás Luis de Victoria ponían la melodía melancólica y sombría a la agonía de un hombre desamparado y abandonado a su suerte en una oscura celda de una destartalada y obsoleta prisión de una pequeña y hermosa ciudad del Sur.

Después, la amargura, los sinsabores, la derrota, los quebrantos, la soledad de las prisiones, la angustia y otra vez el silencio, la enfermedad, la negligencia de un médico que equivocó en su terquedad el diagnóstico e impidió el traslado a un hospital-prisión cuando era evidente para todos menos para él la gravedad extrema del enfermo, y, finalmente, la muerte; y poco antes de morir estas palabras: “Muero siendo socialista. Cuando la libertad en España vuelva a hacer a los hombres libres, quiero que mis restos sean envueltos en una bandera roja y enterrados al lado de la tumba del que fue mi maestro: Pablo Iglesias.”


Es cosa sabida que la historia la escriben los vencedores, y a nadie deben extrañar, por tanto, ni las tergiversaciones, ni los olvidos, ni los cuentos vueltos del revés de la historia “oficial”; sin embargo, la verdad de los hechos acaba siempre por imponerse, aunque sea a destiempo. Han transcurrido más de sesenta años desde que sucedieran los tristes acontecimientos de que en la novela se da cuenta. Hoy su protagonista ocupa el lugar en la Historia que le corresponde y es un referente necesario en la memoria histórica colectiva, a pesar de quienes no escatimaron esfuerzos para emborronar su buen nombre y de quienes le persiguieron hasta después de muerto, negándole el derecho a ser enterrado en Madrid, como era su explícito deseo. ¿Quién se acuerda hoy de Acedo Colunga o de los generales que lo juzgaron y lo condenaron?


Tantos años después, una plaza, en el lugar en que se levantaba la cárcel, lleva su nombre y apellido en la ciudad que le vio morir de modo tan menesteroso como injusto. En un rincón olvidado de lo que fue cementerio y hoy es campo de fútbol, la maleza inunda los restos de la bóveda del nicho que le sirvió de ignominioso lecho de muerte durante veinte largos años. Una tarde de junio, de hace doce años, para sorpresa de futbolistas y árbitro, dejé un ramo de rosas blancas entre medio de la maleza. Después, luchando a brazo partido por desterrar la melancolía, no pude hacer otra cosa que escribir este libro.




Nota. La foto de Besteiro en la cárcel de Carmona junto a los curas vascos está tomada de la página web de PSOE. Las demás son fotos procedentes de la edición del libro de Andrés Saborit sobre Besteiro que publicó Losada en Buenos Aires en 1967. Las fotos de Carmona, la de la plaza y la de los restos de la tumba de Besteiro, puede apreciarse el libro Cartas desde la prisión y el ramo de rosas blancas, las tomé durante el viaje que hice a esa hermosa ciudad sevillana mientras me documentaba para escribir el libro. Son de cuando no tenía cámara digital y de ahí su baja calidad, por la que pido disculpas.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Así, ¿es el final?



Para G. y J. donde quiera que estén.Me pidió, con insistencia incluso, durante los largos y penosos meses que duró la fase terminal de su enfermedad, que no le ocultara el momento en que se acercase el final. Había reflexionado reiteradas veces, incluso en un esfuerzo que sabía inútil de antemano había tratado de imaginárselo, acerca de cómo sería el instante en que se produjera el tránsito, en que cerrara los ojos para no volverlos a abrir y perdiera la conciencia para diluirse en la nada del no ser. Así que, después de que el médico hubo abandonado la habitación del hospital en la que estaba ingresado, balbuceó con inmisericorde esfuerzo y una desangelada torpeza en sus palabras la pregunta decisiva que siempre había temido formular: “Así, ¿es el final?”

Aunque no me fue fácil, no demoré ni un segundo mi respuesta: “Sí, es el final.” Cerró los ojos, guardó silencio y una lágrima tímida rodó por su rostro estragado por los efectos de la cruel enfermedad. Tomé su mano entre las mías, en un gesto de ternura que trataba de reconfortarle en su desamparo. Había venido a vivir a casa desde que se le declaró la enfermedad. Prefirió ocultarle a su madre anciana la realidad de su situación. Lo había cuidado con afecto y esmero, el que da la verdadera amistad. Habíamos compartido, en los sosegados atardeceres del otoño, lecturas y charla, que inevitablemente giraba siempre en torno al mismo tema: cómo prepararse para la agonía del tránsito. Leímos y releímos juntos a Erasmo, a Unamuno, a San Juan de la Cruz. Ahora me había tocado escuchar, del labios del oncólogo, la frase descorazonadora: “en pocas horas entrará en la agonía, despídase y trate de consolarlo en la medida en que le sea posible hacerlo.”

Se fue en silencio, sin aspavientos, conservando entera, inquebrantable, su dignidad. Retuve su mano entre las mías y sentí, un leve instante, la crispación de sus dedos perdidos en la tiniebla, como intentado apresar las sombras que lo cercaban. Cesó todo. Ordené incinerar sus restos en la incerteza de si su alma habría emigrado a tiempo a la región luminosa del mundo de las ideas. Días después conduje mi coche hasta el lugar en cuyo paisaje me había pedido que esparciera sus cenizas. La luz adormecida de la tarde de otoño vio cómo caía en silencio sobre los surcos en barbecho la lluvia gris y leve de su memoria hasta quedar anegada en la geografía estéril del olvido.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Lasciate ogni speranza



En 1907 publicó Joan Maragall el opúsculo “Elogio de la poesía” en el que reflexionaba acerca de la palabra y la creación poética. Escribe Maragall: “Poesía es el arte de la palabra; arte es la humana expresión de la belleza; belleza es la revelación de la esencia por la forma; forma es la huella del ritmo de la vida en la materia.” El arte es, para el poeta catalán, lo que llama la “belleza trashumanada devuelta a Dios” por la expresión del ritmo revelador de la forma natural. Debe ser ese ritmo revelador espontáneo, puro y sincero. La inspiración, que hay que saber esperar, es la señal de la voluntad divina de revelar ese ritmo. El poeta no debe empeñarse en buscarla, debe dejar que fluya en él como un estremecimiento interior, como un escalofrío que no engaña, como una voz que debe ser obedecida y atendida, porque en esto la voluntad, tan poderosa en otras actividades humanas, tiene poco papel. Leyéndolo, en esta nublada mañana con la que se despide el verano, he comprendido por qué se dice que los poetas, los que lo son de verdad, como García Lorca, están tocados por la mano de Dios y se me han iluminado los versos de Cervantes: “yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo.” Eso es, la gracia, el ritmo revelado, el escalofrío que no engaña. Escribe Maragall:

Es falsa la distinción entre fondo y forma: poesía, propiamente hablando, no es más que la forma, el verso. La poesía no está en lo que se dice, sino en el modo de decirlo; o mejor, en la poesía, forma y fondo son una misma cosa. Porque en ella, cuando es verdadera, no precede la idea a la palabra, sino que ésta, al acudir sólo por el ritmo, se trae impensada la idea. En poesía, el concepto viene por el ritmo de las palabras: ésta es su señal inconfundible y su misterio; así se realiza en ella la revelación de la esencia por la forma.


El concepto de la eternidad de las penas del infierno –por ejemplo- nos ha sido dado por muchos y de muchas maneras fuera de la poesía; pero sólo el Dante vio encima de la puerta aquellas palabras: Lasciate ogni speranza voi che entrate. Así nos revela poéticamente la eternidad del infierno: el ritmo de sus tercetos le trajo esta expresión. El concepto en ella contenido ya lo sabíamos: nada nuevo nos dijo el Dante; pero con su modo de decirlo nos hizo temblar nuevamente. El poeta no suele decir cosas nuevas, no es su oficio: lo es el echar sobre las ideas la luz de la forma en que vienen dichas; y esto es lo nuevo, su revelación de la esencia por la forma.

martes, 15 de septiembre de 2009

Preposiciones y signos


El Ayuntamiento de una ciudad catalana del interior, que cuida y protege ejemplarmente su centro histórico, por la que paseaba una calurosa tarde del pasado mes de julio, ha tenido la sensatez y el buen gusto de conservar ciertas reliquias del pasado aunque no estuvieran escritas en la lengua autóctona. Consulto el Diccionario Normativo y Guía Práctica de la Lengua Española, de Francisco Marsá, y dice lo siguiente: “La preposición so equivale a bajo o debajo de, y no se usa sino formando locuciones con los sustantivos capa, color, pena y pretexto.” No deja de asombrarme que una preposición aparentemente en desuso, o poco usada, aparezca tan correctamente empleada en este antiguo letrero tan sabiamente conservado. María Moliner, en su Diccionario de uso del español, escribe en la entrada dedicada a la mencionada preposición: “Hoy se emplea, ya poco, en las expresiones so capa o so color, y se emplea corrientemente en so pena de.”

Por el contrario, circulando por las carreteras cercanas a la costa, me encontré en una valla publicitaria este anuncio de una cadena de gasolineras escrito imitando el lenguaje que los jóvenes emplean en los mensajes que se envían a través de los teléfonos móviles. Las diferencias entre ambos son tan obvias que casi no merece la pena comentarlas. Diré, solamente, que uno contribuye poderosamente al correcto empleo de la lengua y el otro, sin más, con el uso incorrecto de signos matemáticos que sustituyen a palabras, la empobrece y deteriora.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Tu oficio, tu vocación, tu estrella




A Leonardo con el paso de los años se le agotan los discursos. Después de semanas inmerso en el silencio de su propia vida, que es un silencio ancestral, que atiende solo a la naturaleza y al rumor sosegado de las aguas y los pájaros, al ulular del viento en las frondosas ramas de los álamos, un silencio espeso que le envuelve mientras escucha con sus ojos a los muertos, se presenta inhóspita la hora de volver. Hay que arroparse otra vez con los ropajes clamorosos de las palabras, volver a hablar, a comunicarse con esos jóvenes que le escuchan atentos aunque sea solo porque es el primer día del nuevo curso. Y Leonardo, dejando escondido su viejo escepticismo, les habla y los anima a que se comprometan con ellos mismos, a que sean consecuentes con la opción que han tomado, a que ejerzan sin miedo su libertad y su responsabilidad, a que vayan construyendo su propio camino y cimentando su propia manera de ver e interpretar las cosas del mundo, a que vayan tomando conciencia de que su vida es un milagro único e irrepetible y que es suya y de nadie más y que deben vivirla intensamente sin tregua, sin esperas, sin demoras estériles, eligiendo en cada momento una o varias de entre las muchas opciones que la realidad les pone delante de sus ojos, los anima a que crezcan como personas y a que comprendan que no son nadie sin los demás y les lee los versos del poeta “un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno son como polvo, no son nada.” Y cuando parece que la primera clase va a terminar con más pena que gloria, les lee un fragmento del “Elogio de la vida”, del poeta catalán Joan Maragall:

Ama tu oficio, tu vocación, tu estrella, aquello para lo que sirves, aquello en que realmente eres uno entre los hombres. Esfuérzate en tu quehacer como si de cada detalle que piensas, de cada palabra que dices, de cada pieza que pones, de cada golpe de tu martillo, dependiera la salvación de la Humanidad. Porque depende, créelo. Si olvidado de ti mismo haces cuanto puedes en tu trabajo, haces más que un emperador rigiendo automáticamente sus Estados; haces más que el que inventa teorías universales para satisfacer sólo su vanidad, haces más que el político, que el agitador, que el que gobierna. Puedes desdeñar todo esto y el arreglo del mundo. El mundo se arreglaría bien él solo, con sólo hacer cada uno todo su deber con amor, en su casa.


Leonardo observa gestos de perplejidad ante la expresión que emplea el poeta de olvidarse de uno mismo; advierte que les choca, ¿qué querra decir eso de olvidarse de uno mismo? Al darse cuenta, Leonardo les dice: vayan pensándolo y me traen mañana por escrito el fruto de sus reflexiones. Bienvenidos, la clase ha terminado.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Seguir adelante


- Así que usted piensa que no vale la pena seguir adelante.

- Sí, eso es lo que creo.

- De modo que está usted planteándose dejar de escribir.

- No es exactamente así, la decisión de dejar de escribir está ya tomada desde hace tiempo.

- ¿Quiere esto decir que no volverá a publicar ningún libro de creación literaria?

- Uno nunca sabe lo que le deparará el futuro, pero si me permite utilizar la expresión de su primera pregunta, creo que no vale la pena seguir adelante.

- Entonces, si no lo entiendo mal, la publicación de su última novela supone el cierre de su carrera literaria.

- Ignoro a qué se refiere con la expresión “carrera literaria”. No tengo conciencia de cerrar nada, simplemente he llegado a la conclusión de que no vale la pena seguir adelante, y perdone que insista en la utilización de su afortunada expresión.

- En realidad preguntarle por su carrera literaria es una forma de preguntarle por su obra de creación.

- Una cosa es la obra de creación y otra bien distinta su publicación.

- ¿Quiere eso decir que seguirá usted escribiendo pero no publicará lo que escriba?

- Lo ignoro.

- Entonces sus lectores, los que leyeron las obras que publicó, no podrán leer nada más suyo.

- De qué lectores me habla, no creo haber tenido lectores nunca.

- ¿Y su editor, qué dice de todo esto?

- Tampoco tuve nunca editor.

- ¿Y los que publicaron sus obras?

- No fueron editores, le vieron algún interés a las obras que les envié y en ese momento les pareció oportuno publicarlas y lo hicieron, nada más.

- Así pues, advierto que la suya es una decisión firme y meditada.

- Sí, lo es.

- Perdone la crudeza de la pregunta, ¿se siente usted fracasado como escritor?

- El éxito y el fracaso nada tienen que ver con la literatura, así que para mí la expresión “escritor fracasado” es un oxímoron, una contradicción en sus términos.

- Permítame una última pregunta, ¿le hubiera gustado ser más reconocido como escritor?

- Me es completamente indiferente.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La abolición del destino: 2666, de Roberto Bolaño



Por razones que no se me alcanzan, desoí los consejos de los amigos que me instaban con urgencia a que leyera Los detectives salvajes. Ni siquiera compré el libro para tenerlo en la estantería esperando que le llegara su momento oportuno. Tampoco leí las otras novelas y libros de relatos del autor, a pesar de la buena crítica y de la más que favorable recepción de los lectores. Tal vez exceso de trabajo, quizá estuve metido en algún proyecto que me absorbió más de la cuenta, a lo mejor sólo fue pereza ante tantas páginas y una letra tan menuda, la verdad es que no lo sé, pero no leí la obra de Bolaño. Pero los caminos del azar son inescrutables y en agosto de 2006, por mi cumpleaños, alguien me regaló el libro que ahora comento, tras de haberlo leído este verano, tres años después.

A mí me ha pasado con Bolaño lo contrario de lo que le pasa al farmacéutico que dialoga con Amalfitano, en lugar de empezar por novelas breves o libros de cuentos, he empezado a leer la obra de Bolaño por su novela más extensa, más compleja y más ambiciosa: “Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino a lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.” (2666, pp. 289-290) Pone el narrador como ejemplo a Kafka, El proceso y La metamorfosis, o a Melville Bartleby, el escribiente y Moby Dick. No sé si soy de ese tipo de lectores. Desde luego sé saborear las obras breves y perfectas, como Los adioses, pero también las extensas y complejas, como La vida breve, por hablar, ya que entre latinoamericanos estamos, de Onetti. Hasta tres veces leí la trilogía de Sábato, subrayada y anotada, El túnel, como ejemplo de obra breve y perfecta, y Sobre héroes y tumbas o Abbadón, el exterminador, más complejas y difíciles.

























2666
es una obra que aspira a la totalidad. Es una novela puente entre dos mundos menos antagónicos de lo que parece: el de la tradición latinoamericana y el de la europea; en términos de Cortázar: del lado de allá y del lado de acá. Su estructura, dividida en cinco libros independientes pero que convergen en una especie de viaje al infierno, al lado más oscuro de la existencia, al lugar donde se desata una violencia criminal, tremenda e injusta y que se convierte por sí sola en metáfora crudelísima del mal. Esa parte de la novela, la que lleva por título “La parte de los crímenes” es una suerte de letanía macabra en la que se da cuenta de los crueles asesinatos, sin ahorrar detalles espeluznantes, de todas las víctimas, casi siempre mujeres jóvenes y niñas, que se producen en Santa Teresa, trasunto literario, dice el texto de la contraportada, de Ciudad Juárez. Desde aquí me pregunto en qué estaría pensando Lolita Bosch cuando hace unas semanas, precisamente mientras yo leía el libro, publicó un artículo en Babelia en el que hablaba de narcotráfico y literatura y no mencionaba esta parte de la extensa novela de Bolaño; en fin... Esta lepra de la violencia machista, este sinsentido del asesinato de mujeres después de ser violadas salvajemente tiene en esta parte de la novela del escritor chileno un papel preponderante, lo que la convierte en un grito desgarrador de denuncia. La soledad y el desamparo de una mujer que intenta localizar a los padres, trabajadores de una maquiladora, de unas niñas, de quince y trece años, que han sido secuestradas y cuyos cadáveres pasan a engrosar la larga lista de asesinadas, la soledad de esa mujer, digo, es una metáfora del desamparo que la sociedad latinoamericana ha padecido durante siglos: “La mujer volvió a telefonear y dijo el nombre y el puesto del padre, pues pensó que la madre, al ser operaria como ella, era sin duda considerada de un rango inferior, es decir prescindible en cualquier momento o por cualquier razón o capricho de la razón, y esta la vez la telefonista la tuvo esperando tanto rato que las monedas se agotaron y la llamada le se cortó. No tenía más dinero. Desconsolada, la vecina volvió a su casa, en donde la aguardaba otra vecina y las niñas y durante rato las cuatro experimentaron lo que era estar en el purgatorio, una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo, algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si uno lo pensaba bien experimentaba todos los días, pero sin angustia, sin la sombra de la muerte sobrevolando el barrio como una bandada de zopilotes y espesándolo todo, trastocando la rutina de todo, poniendo todas las cosas al revés.” (2666, pp. 659-660)


















Hay en esta larga novela, como no podía ser de otro modo, cuantiosas reflexiones sobre el arte y la literatura. La creación de ese misterioso y secreto escritor llamado Benno von Archimboldi permite a Bolaño indagar en las razones de la escritura y en el sentido de la literatura y también de la lectura. Mas allá de que la búsqueda y la interpretación de la obra del escritor sirva de eje estructural en la primera parte, en la cual cuatro investigadores profesores de universidad siguen la estela del escritor del que creen saberlo casi todo, sobre la figura de Archimboldi se focaliza la parte final, muy lograda e interesante, aunque algo precipitado el final, tal vez porque Bolaño hubiese necesitado algo más de tiempo para acabar de pulir esta última historia. Abunda en esa parte final de la novela la reflexión metaficcional. Me parece importante y significativo el encuentro entre Archimboldi y un viejo escritor que ha optado, como Bartleby, por dejar de escribir y ser sólo lector. Cuando el viejo escritor descubre que “jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra” (p.982), dejó de escribir. La razón la expresa con claridad: “Todo libro que no sea una obra maestra es carne de cañón, esforzada infantería, pieza sacrificable que reproduce, de múltiples maneras el esquema de la obra maestra. Cuando comprendí esta verdad dejé de escribir” (p.984). Dejar de escribir no conlleva, necesariamente, dejar de leer. Es un tópico que se repite a menudo, pero que no por lugar común deja de ser cierto, los escritores son antes lectores que autores. El viejo escritor lo asume con total naturalidad: “Llegó un día en que decidí dejar la literatura. La dejé. No hay trauma en este paso sino liberación. Entre nosotros le confesaré que es como dejar de ser virgen. ¡Un alivio dejar la literatura, es decir dejar de escribir y limitarse a leer!” (p.986)


















La pregunta surge inmediata: ¿es 2666 una obra maestra o es carne de cañón? Antes de responder a esta pregunta retórica, que en realidad no tiene respuesta o si la tiene ha de ser individual y de cada lector de la obra, convendría fijar una cuestión previa: ¿qué queremos decir cuando decimos que una obra literaria es una obra maestra? ¿Qué son obras maestras Don Quijote, Cien años de soledad, La colmena, La vida es sueño, Luces de bohemia, Vida y destino? ¿Son obras maestras las que vencen al paso de tiempo y se convierten en clásicas? ¿Quién decide si una obra se convierte en maestra o no, el paso del tiempo, la crítica especializada, el favor de los lectores, los cánones de investigadores de prestigio? Terreno resbaladizo como puede verse. Pero no me escabullo de responder, o intentar responder, a la primera de las preguntas de este párrafo. 2666 es una obra apasionante, de lectura trepidante y llena de interés se lea por donde se lea, y si no es una obra maestra, porque aún no lo ha decantado así el tiempo y porque yo no soy nadie para decirlo, es una obra muy notable, una obra valiente y arriesgada que se abre sin miedo al abismo oscuro de la existencia humana, que aspira a la totalidad y que resulta un inquietante viaje al fondo de la noche, al lado más oscuro de lo humano, allí donde la violencia y el sinsentido amenazan muy peligrosamente la esperanza.

Nada mejor que este breve diálogo entre Liz Norton, inglesa, una de las investigadoras que siguen la huella de Archimboldi, Pelletier, francés, otro de los profesores expertos en la obra del escritor alemán, y Amalfitano, profesor sudamericano, algo escéptico, que también conoce y ha leído al secreto escritor centroeuropeo; dialogan sobre el exilio y estas son sus palabras, con ellas cierro este largo comentario, no sin decir que a lo mejor Bolaño tenía razón y hubiese sido mejor publicar la obra en cinco volúmenes, desde luego la mano y el brazo que sostienen el voluminoso ejemplar lo hubieran agradecido; pero volvamos a esa cita con la quiero terminar, a sabiendas de que hubiera podido seguir escribiendo sobre esta novela que tantos puntos de interés tiene:

- El exilio debe de ser algo terrible –dijo Norton, comprensiva.
- En realidad –dijo Amalfitano- ahora lo veo como un movimiento natural, algo que, a su manera, contribuye a abolir el destino o lo que comúnmente se considera destino.
- Pero el exilio –dijo Pelletier- está lleno de inconvenientes, de saltos y rupturas que más o menos se repiten y que dificultan cualquier cosa importante que uno se proponga hacer.
- Ahí precisamente radica –dijo Amalfitano- la abolición del destino. Y perdonen otra vez.


Nota. Todas las fotos que ilustran esta entrada están tomadas de la red, las de la portada del libro, las del autor, las de Santa Teresa y las de la obra de teatro que se basó en la novela.







lunes, 31 de agosto de 2009

Antonio Rabinad: Memento mori



Me levanto temprano. Desayuno. Me ducho. Cargo el coche. Recojo la casa. Preparamos la vuelta. Último día de vacaciones. Me entretengo, para hacer un poco de tiempo mientras los demás terminan de organizar lo suyo, en el viejo banco de madera de la entrada de la casa hojeando el periódico. Me topo, de repente, con la inesperada noticia de su muerte. A la melancolía de la partida forzosa, se une la tristeza por la muerte del amigo, a quien hace mucho que no veía.

Lo conocí en el Mercado de San Antonio, en su puesto de venta de libros de lance. El era jurado de un premio literario, que no gané, al que me había presentado y le fui a preguntar. Me atendió con simpatía y me dijo que lo mío le había gustado y lo había defendido, pero que había unanimidad en que la novela de otro era mejor y ganó. Ahora tomo la edición de Memento mori, para mí su mejor novela, de Argos Vergara y leo con nostalgia la dedicatoria que allí mismo me estampó: “Para Javier Quiñones, escritor, en la primavera de su juventud de Antonio Rabinad, en el invierno de la vejez. Mercado de San Antonio, 31 de mayo de 1992.” El juego de palabras gira entorno al título con el que presenté mi novela al concurso “El invierno de la vejez”. Diez años después vería luz dentro de El final del sueño bajo el título de “Voces apagadas”.

Empezó allí, aquel día, una amistad que continuó, con largos espacios de tiempo en los que no sabíamos nada uno de otro, en el devenir de los años. Leí sus obras en primeras ediciones compradas en librerías de viejo: Marco en el sueño, Los contactos furtivos, A veces, a esta hora. Me parecía la obra de un escritor con un mundo propio anclado en la memoria y en un tiempo que ya no existía, en una Barcelona que los años habían devorado insaciablemente. Me gustaron después dos obras suyas: Libertarias y Juegos autorizados. Vinieron después sus memorias publicadas en Alba bajo el título de El hombre indigno.

Con todo el libro suyo que más me gustó fue El niño asombrado. La primera edición es de Seix Barral de 1966. La portada contiene un enigmático dibujo: una cara de niño que casi responde a los dibujos de retratos-robot de la policía y un revolver que sube desde su barbilla hasta en el entrecejo. Todo ello en trazo fino en blanco y negro. En realidad no se trata de una novela de intriga, sino de un conjunto de pequeñas estampas en las que el escritor habla de su infancia, de su niñez. Lo abro al azar y escojo el inicio de uno de esos pequeños relatos, “Las sirenas”:

¡Primavera del año treinta y seis! ¿Cuántos años tenía yo entonces? ¿Ocho, nueve? No llegaba a los diez. El mundo era algo tenue, ilimitado, casi mágico, donde todo era posible; cada palabra poseía una verdad conforme, maravillosa, exacta. Como poblado de dioses invisibles, el vasto cielo sobre los tejados, era, a la tarde, un ondular de túnicas, de nubes. De vuelta del colegio, me sentaba en el suelo del balcón a contemplar los vuelos de las golondrinas; bajo el balcón pasaban dialogando los obreros de la fábricas; reían grupos de mujeres; el río luminoso se apagaba...
El asombro, el pasmo, la maravilla de la vida alentada desde las sombras ha acabado arrastrándote, como ese río luminoso que se apaga, hacia el mar oscuro de la muerte y de la nada. Pero no te has ido del todo, quedarás en la memoria de los tuyos y de los muchos amigos que hiciste a lo largo de los años. Quedarás en tus obras para los lectores que quieran asomarse a ellas y conocer a ese niño asombrado, que se dejó crecer las melenas y las barbas blancas de la nobleza y el espíritu solidario con los desheradados que alumbra la mayoría de tus páginas. Adiós, amigo. Me uno al dolor de tu familia. Esta noche volveré a leer algunos de los relatos del niño asombrado que fuiste y con el que ahora has ido a encontrarte de nuevo.

viernes, 7 de agosto de 2009

Escribir sobre Max Aub / y 3



ADENTRARSE EN EL LABERINTO: ESCRIBIR SOBRE MAX AUB / y 3

Lo peor vino después, digo, sobre todo para el joven e inexperto estudiante, bastante mediocre, la verdad sea dicha, que yo era por entonces: la penuria de datos acerca del escritor, la inexistencia de ediciones, la búsqueda infructuosa en bibliotecas y librerías de viejo. Con todo, el azar me deparó otros encuentros epifánicos –así llama Alberto Manguel a esos hallazgos que tienen una importancia decisiva en nuestra existencia- en mi relación con la obra de Aub. Aún alcancé a comprar, antes de ser descatalogada, la edición del Jusep Torres Campalans, ese pintor de ficción amigo de Picasso, de Alianza Editorial, de modo que fue éste el segundo texto aubiano que leí. ¿Cómo es posible, me preguntaba entonces, que un escritor capaz de escribir libros como aquellos no figurara entre los más destacados de la literatura española, no se editasen sus obras y su nombre no fuera reconocido y celebrado?

No olvidaré fácilmente la alegría que me produjo el hallar, perdido entre hileras de libros viejos en la feria del libro de ocasión de septiembre en el Paseo de Gracia de Barcelona, un ejemplar de la segunda edición de La gallina ciega, editada por Joaquín Mortiz en México, en 1975. Lo encontré en septiembre de 1977, como señala con precisión mi ex-libris, que por cierto se basa en un dibujo del pintor Ramon Gaya, tan ligado al exilio republicano y hombre de tan extraordinaria sensibilidad. Recuerdo aún la amargura de la queja de Aub ante el desconocimiento del público lector cuando efímeramente regresó a España en 1969: "¿Quién soy yo para todos estos que llenan estos cafés del centro de Barcelona y sus enormes terrazas? Nadie. No, nadie sabe quién eres."

A partir de aquel momento me propuse intentar saber quién era en realidad Max Aub y leer su obra a ser posible en su totalidad. Esto lo escribo muy alegremente aquí, pero en aquel entonces era penosísimo encontrar los libros de Aub. Hoy, la edición de sus Obras completas está estancada y aún quedan muchos textos inéditos. Les pongo un solo ejemplo. Cuando edité los cuentos que cerraban el Laberinto mágico -anden ustedes a saber por qué extraña razón Alfaguara no quiso editarlos en su día en un volumen que cerrara la edición del laberinto-, cuando los edité, digo, eran un total de cuarenta cuentos de los cuales dieciocho estaban inéditos en España y se publicaron por primera vez en 2005, fíjense, ¡qué anomalías tiene este dichoso país nuestro!

No fue, sin embargo, hasta un año después cuando empecé a conocer la faceta testimonial, tan importante, tan decisiva, de la obra aubiana. Por momentos tengo la impresión de que les estoy enredando en una maraña de fechas que no tienen la menor importancia, pero son necesarias porque van marcando los hitos de un caminar que empieza a tocar a su fin. En 1978, digo, la editorial Alfaguara empezó a publicar las novelas de El laberinto mágico; la primera, Campo cerrado. Para el joven que yo seguía siendo entonces, aquello fue el encuentro con una literatura y con una visión de nuestra historia reciente que nos había sido hurtada deliberadamente por el franquismo. Si Vida y obra de Luis Álvarez Petreña me había parecido una novela fascinante, los Campos eran decididamente otra cosa: unas novelas de una modernidad sorprendente, interesantes hasta el colmo, con una estructura narrativa sorprendentemente moderna para el tiempo en que fueron escritas, con una multiplicidad de voces que, a menudo en dialogismos, muestran los acentos dispares de la Barcelona de los años inmediatamente anteriores al estallido de la guerra incivil, obras que me estaban enseñando, sin que fuera consciente de ello, cómo había sido de desdichada nuestra historia reciente y qué se había perdido realmente cuando se perdió la República. Esas novelas tenían la virtud de hacerme imaginar el pulso vivo de aquellos días, preñados de muerte y de esperanza a partes iguales. A partir de ese momento, y hasta 1981 en que se publicó, también por Alfaguara, Campo de los almendros, última de las novelas de El laberinto, hice de Aub y de su obra centro de mis estudios literarios, o sea, me adentré más en la espesura, me perdí definitivamente en el laberinto, puesto que ya no era sólo leerle, era empezar a estudiarle, empezar a escribir sobre él y su obra, sobre lo suyo, siempre tan decididamente suyo. Pero, ahora lo puedo decir, ¡fíjense, otra vez, siempre después!, lo que aprendí entonces, digo, fue algo más decisivo: aprendí a escribir, conocí la auténtica dimensión creativa de la literatura, aprendí a poner en cuestión la imagen que me había sido transmitida de nuestra historia y descubrí una visión cosmológica y existencial del ser humano de la que carecían muchas de las novelas que por aquel tiempo había leído. Lo que descubrí en aquellos años en la obra de Aub fue muy importante para el joven que yo era entonces y ahora, treinta y tantos años después, cuando estoy en puertas de encontrar por fin la salida del laberinto, quiero dejar ante ustedes constancia de ello. Y empecé a escribir sobre Max Aub.

¿Cometí un error? ¿Debería haberse quedado el deslumbramiento que me produjo la obra literaria de Aub en eso, en deslumbramiento, en enseñanza, en placer lector? ¿Es conveniente dar el paso que yo di? ¿Debería haberme abstenido de mezclar mi pasión de lector con los estudios académicos y con la escritura de artículos sobre lo leído y después estudiado? A estas alturas de mi vida, créanme, no estoy en disposición de dar respuestas a estos interrogantes, que tal vez no dejen de ser más que interrogaciones retóricas, esto es, preguntas que me hago a mí mismo en voz alta sabiendo que no tengo respuestas para ellas. Lo que no puedo evitar, es borrar lo escrito y lo publicado, lo editado en libros. Han sido muchos años de esfuerzo que han culminado en ese Max Aub, novela que publiqué, como colofón en marzo de 2007 -¡otra vez las fechas!-, bueno, el verdadero colofón empieza con estas páginas que ahora leo ante ustedes, a todo este recorrido mío por un laberinto en buena medida ajeno. Sólo me queda invocar el favor de los dioses y pedir perdón a Aub si algunas de mis páginas fueron decididamente erróneas, lo único que puedo asegurarles es que fueron escritas con la mejor de las voluntades y de las intenciones; pero ya se sabe, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, frase atribuida por San Francisco de Sales a San Bernardo de Claraval, nacido en Fontaine de la Borgoña (Francia) en el año 1091, aunque José María de Iribarren, en su estupendo El porqué de los dichos, sostenga que se trata de una expresión muy antigua y de origen impreciso.

Nacieron así, al hilo de ese descubrimiento, mi tesis de licenciatura y los primeros artículos -el primero en El socialista y el segundo en Ínsula- que dediqué a Max Aub y a su obra. El artículo de Ínsula, muy filológico, nació de mi tesis de licenciatura y se debió a que mi tutor, el doctor Laureano Bonet, me lo pidió para la revista, de cuyo consejo de dirección formaba entonces parte, no se vayan a creer que yo, joven recién licenciado tenía acceso a semejantes publicaciones. Pero el artículo de El socialista lo envié sin conocer a nadie, a las bravas, cuando se cumplían diez años del fallecimiento de Max Aub y cuál fue mi sorpresa cuando lo vi publicado siete días después de haberlo enviado. Esas pocas páginas son las primeras que escribí sobre la vida y la obra de Aub.

En mi tesis de licenciatura incluí, en uno de los apéndices, un proyecto de edición que tuvo que esperar trece años y la socorrida intervención del azar para convertirse en Enero sin nombre. Los relatos completos del Laberinto mágico, editado por Alba Editorial con una presentación de Francisco Ayala, libro en el que recogía y prologaba los cuentos testimoniales de Aub clasificados en tres apartados: cuentos sobre la guerra civil, los campos de concentración y el exilio, ese esquema de clasificación fue el seguido años después por mi amigo Javier Lluch para su magnífica edición en el volumen dedicado a los cuentos en las Obras Completas del escritor. La edición de Lluch recoge un par de cuentos encontrados en el legado, que yo no pude entonces consultar, pero no anduve demasiado equivocado cuando de subtítulo puse lo de “relatos completos”, aunque hubiera sido más certero poner el cuantitativo “casi completos”. Era el año 1995.

Como ejemplo de otras sincronías aubianas que fueron ocurriéndome en mi vida literaria, déjenme que destaque la del año de 1992, que fue para mí trascendental. De libertad tendidas mis banderas, el cuento mío cuya acción transcurría en Alicante y Albatera en los últimos días del mes de marzo de 1939, y que era un homenaje secreto a la persona de Max Aub, ganó el concurso internacional de cuentos que lleva el nombre del escritor y que otorga el Ayuntamiento de Segorbe y la Fundación Max Aub, entonces aún no constituida. Merced a ese premio conocí a Elena Aub, la hija del escritor, después conocería a sus dos hermanas, María Luisa, Mimín, y Carmen; Elena, digo, fue jurado del premio junto a Manuel Tuñón de Lara. No podía iniciarse de otro modo la publicación de mi obra literaria de creación: galardonada con un premio que llevaba el nombre de un escritor al que tan ligado me sentía ya. A ese libro siguieron otros, entre ellos uno del que no acabo de estar del todo insatisfecho, Años triunfales. Prisión y muerte de Julián Besteiro, que vio la luz con un prólogo de Camilo José Cela en 1998, hace ahora diez años. Pero no nos desviemos de nuestro objetivo y volvamos a adentrarnos en el laberinto.

Entretanto, digo, seguía leyendo a Max Aub y escribiendo artículos sobre su obra y sobre la de otros escritores del exilio republicano de 1939, al mismo tiempo que participaba en congresos universitarios dedicados al exilio. El azar, que tanto ha tenido que ver en el desarrollo de mi carrera literaria, me deparó un encuentro casual en la calle, en junio de 2002. Me dirigía a una estafeta de Correos a enviar las pruebas corregidas de mi libro de cuentos El final del sueño al editor y amigo Sergio Gaspar (DVD Ediciones), cuando me encontré con Josep Mengual, de Edhasa. Le dije entonces que había reunido una serie de aforismos extraídos de la obra de Aub y que se los iba a enviar para ver si tenían cabida en la colección de aforismos de la editorial. Al editor, Daniel Fernández, le gustó la propuesta, la compartió y dio el visto bueno a la publicación. Nació así Aforismos en el laberinto, que se publicó con una presentación de José Antonio Marina y del que fui responsable de la selección y del prólogo, como ya he dicho, así como de una biobibliografía que iba como apéndice de la edición. Fue mientras recopilaba datos para esta cronología biográfica de Aub cuando surgió la idea, que se me impuso con la fuerza con la que siempre se imponen los proyectos de verdad, de escribir una obra narrativa sobre la vida y la obra de Max Aub y que acabaría convirtiéndose en una suerte de crónica de una generación desgarrada por la Guerra Civil y el exilio, la generación del 27 y la de la República, la del propio Max Aub, cuyos avatares biográficos servían a la vez de hilo conductor y testimonio de una época irrepetible de nuestras letras: la Edad de Plata. En el texto de la contraportada del libro se dice: “Explorando las posibilidades y los límites del relato de base real, Javier Quiñones ha escrito un vívido retrato generacional de quienes protagonizaron la llamada Edad de Plata de las letras españolas, al hilo de los apasionantes avatares de uno de los escritores europeos más enigmáticos e interesantes del siglo XX. Y, paradójicamente, con un final, si no feliz, sí abierto y esperanzado.”

Ese final, ahora lo puedo confesar ante ustedes, era casi una usurpación literaria, porque en él yo tomaba de la mano a los dos personajes del Laberinto mágico más queridos por Aub, Vicente Dalmases y Asunción Meliá y les seguía la peripecia vital hasta nuestros días en un epílogo al que di el título de “No todo está consumado”. Les llevaba hasta las primeras elecciones libres después de los años de hierro de la dictadura, esto es, hasta el 15 de junio de 1977. Vicente y Asunción, ya muy viejecitos, claro, seguían siendo fieles militantes comunistas, como lo son en Campo abierto o en Campo de los almendros y asisten emocionados a la escena en la cual Pasionaria y Alberti bajan cogidos del brazo las escaleras del hemiciclo de las Cortes para integrarse en la Mesa de Edad que presidió aquella sesión de las primeras Cortes Constituyentes. En ese momento el círculo se cierra, el laberinto les muestra la salida. ¿Les parece si les acompañamos en su paseo vespertino de aquellas tardes de verano preñadas de esperanza y de aires nuevos de libertad? Vamos, pues:

“Durante las primeras semanas de julio empezaron a llegar a Viver de las Aguas los veraneantes. Normalmente se trataba de gentes de Valencia que o bien poseían casas en el pueblo o bien las alquilaban para pasar el verano. Max Aub, Medina Echavarría, Alfonso Zapater y José Gaos fueron los que descubrieron este pueblo en los años treinta a los intelectuales y artistas de la Valencia de entonces y muchos compraron casas en el pueblo y las rehabilitaron. La casa de los Aub estaba al final del pueblo. Era una casona señorial y vieja, rodeada de jardín al que se entraba por una verja y una camino de gravilla y cuyo estado era casi de total abandono, invadido por la maleza, porque la familia del escritor hacía tiempo que no iba a Viver. Asunción y Vicente gustaban a menudo de llegarse paseando hasta allí en los atardeceres calurosos del verano. Una tarde vieron las persianas abiertas de la casa y un coche aparcado en el exterior del jardín. Intrigados, decidieron acercarse. Vieron entonces a un hombre de pelo canoso, con gafas de concha y aire de intelectual, que bajaba el equipaje del coche y lo iba introduciendo en la casa. Iba solo y caminaba trabajosamente, sus gestos estaban marcados por la lentitud y por cierta torpeza. De tanto en tanto se paraba como para descansar, como para reponerse del esfuerzo que le suponía llevar las maletas desde el coche hasta la casa. A Vicente y a Asunción, que se miraron sin decirse palabra, asombrados los dos como estaban, les pareció advertir algo conocido en los rasgos de aquel hombre, era como si ya lo hubieran visto otra vez, había algo en él que les resultaba vagamente familiar, conocido:
-Oye, Vicente, ¿no es ese Max Aub, el escritor que dirigía El Búho? –preguntó Asunción.
-No, mujer, imposible –le contestó Vicente con sus pocas palabras de siempre.
-¿Imposible?, ¿por qué? –le preguntó Asunción con la misma escasez de palabras.
-Porque Max Aub murió en el exilio mexicano en julio de 1972.”

Llegados a esta altura y con la conciencia clara de haber abusado de su generosidad, va siendo hora ya de poner fin a esta disertación y empezar, si ustedes así lo desean, una charla-coloquio sobre Max Aub. Ese libro, del cual les acabo de leer la última página, supuso para mí la salida del laberinto. Cuando lo terminé y lo vi impreso, me asaltó la sensación de que aquello era un punto final, de que ya no tenía nada que decir sobre Aub. No que sintiera cansancio ni nada parecido, de hecho he releído algunos textos suyos con posterioridad, y he tenido la fortuna de encontrar un libro inédito, sobre el que no me quedó otro remedio que trabajar sobre él, pero me di cuenta de que cuanto tenía que decir sobre Aub estaba ya dicho en los muchos artículos que dediqué a su vida y a su obra y en ese libro que lo recogía todo a modo de síntesis final. Había llegado al final del laberinto, sólo faltaba traspasar el umbral, dejar atrás un montón de años y salir al aire libre, a encontrarme de nuevo conmigo mismo. En eso estoy y estaré.
Muchas gracias a todos por su paciencia al escucharme.

Javier Quiñones, Barcelona noviembre de 2008.